Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

jueves, 30 de enero de 2014

Epílogo. Viktor: Lilith



Davide estuvo tres días tendido en el piso de la cocina de su casa en Trieste. No hubo manera de mover su cuerpo. Estaba tieso como el de un cadáver. No probó bocado ni bebió. Se quedó tendido, mirando la pared como en un acto de expiación o como parte de ese proceso de luto judío llamado Shiva.
Senyor Jajám y yo  temíamos que cometiese alguna locura. Espiábamos por la ventana viéndole acurrucado en posición fetal sobre ese piso helado. El fuego del fogón se apagó y ya no nos atrevimos a entrar a prenderlo de nuevo. Finamente, nuestra sobrina, Ada-Ester-Sulamita vino. Ella se hincó en el suelo y sostuvo a Davide en su regazo y le dio el calor de Shedim y su cariño de hermana.
― ¿Saldrá de esto?― pregunte a Senyor Jajám mientras tiritábamos en nuestros abrigos en la terraza donde un viento ´lo sacudía todo amenazando con convertirse en el Bora.
― Es como el Bora― dijo El Dr. Alcalay y vi lágrimas en sus ojos ―lleva mucha ira por dentro y eso le dará fuerzas para vivir.
Al tercer día, Ettie se marchó. Davide ya no la necesitaba. Subió a la planta alta, se dio un baño caliente, se rasuró y se vistió. Tras eso, se fue sin decir una palabra. Yo regresé a Berlín a mis Nazis, mis listas de objetos robados y mi piso cerca del Tiergarten.
Una semana mas tarde al volver a casa me encontré con la sorpresa de mi hermano sentado en mi sofá del living. No se que me impresionó mas si su presencia en un Berlín que los judíos pugnaban por abandonar, o el hecho de que hubiese entrado sin llave. Davide, a diferencia mía, no cruzaba paredes. No alcancé a preguntar porque vi que mi hermano no estaba solo. Instalado en mi sillón favorito había una criatura muy extraña. Un hombre, por llamarle así, extremadamente delgado y embutido en un traje que le quedaba grande del cual emergía una cabeza calva, gris y pétrea como hecha de piedra pómez.
El demonio Vassago (deviantart.net)

―Es Vassago-. me lo presentó mi hermano con el dedo. ―Encuentra cosas perdidas. Sirve a nuestra madrastra, pero ahora me sirve a mi.― Acaricio el anillo en su dedo y comprendí que ya había iniciado su convocatoria de demonios.
―Quiero ver a Goering― me dijo sin preámbulos. ― ¿Crees que me recibirá?
―  ¡Qué pregunta! Se muere de ganas de conocerte. ¿A Himmler también querrás verle?
― A ése no. Al Gordo si, voy a trabajar para él. Tengo buenas propuestas, y ya sabe mi precio.
Davide hablaba rápido sin darme oportunidad de interrumpirle. Estaba oscureciendo. Prendí la lámpara, pero Davide no hizo ademan de quitarse las gafas de sol.
― ¿Piensas quedarte en Berlín? ― pregunté por decir algo. La presencia de mi hermano y su demoníaco lacayo me ponían nervioso.
Davide sacudió la cabeza.
― Me marcho al África. Primero Libia. Hace rato que Balbo me quiere allá. Luego...La Reina Elena ha hablado de abrir un instituto para enfermedades tropicales en Mogadiscio.
― ¿Te has vuelto loco? ― exclamé ―hace un calor infernal en el África Oriental. No lo soportarás.
―Para eso tengo a Vassador― señaló al susodicho quien como respuesta se pasó por los labios una lengua obscenamente hinchada como la de un ahorcado. Parecía un gusano emergiendo de su boca.
― Es necesario que los Nazis crean que Las Puertas de María Hebrea están en África. No los quiero siguiéndole la pista… ―  mi hermano no llegó a pronunciar el nombre de Violante. Hasta eso le dolía.
Nervioso señalé las lámparas donde sabia que los esbirros de Goering habían ocultado micrófonos. Davide sonrió desdeñoso.
― Ya Vassador se encargó de ellos. También sabe perder cosas.
― Vassador parece my útil
― No te imaginas cuanto ― Davide se quitó los lentes y casi retrocedo de la impresión. Sus pupilas estaban dilatadas y sus ojos brillaban tal como los de un lobo en la oscuridad.
Triestinos defendiéndose del Bora (ayerinitaly.wordpress.com)


Nunca supe los detalles de la entrevista de Goering y mi hermano. Ninguno de los dos me quiso presente. Poco después, Der Dicke me comunicó que Davide y él habían llegado a un “arreglo”. Mi hermano se marchó al África. Senyor Jajam y yo le dejamos marchar porque no podíamos ayudarlos y nos daba miedo tenerlo cerca. Suena egoísta, pero David ese había vuelto muy grande y su presencia nos quitaba aire y nos resultaba incómoda. Era como el Bora, imparable en su ira y su dolor.
Volví a Dubrovnik a pesar de que todavía no llegaba la primavera. Senyor Jajam había cerrado la casa de Trieste y se trasladó definitivamente a Dalmacia. Se había acostumbrado a la presencia de su nieta y Davide siempre fue el hijo que no tuvo, La ausencia de ambos le resultaba intolerable.
Yo decidí acompañarlo y no fui el único. Su Majestad comenzó a visitarlo diariamente. Sentía un poco de remordimientos por la parte que jugara en la soledad de su amigo. Otra que bajo a Yugoeslavia fue Dass. Venia también cargada de noticias de Viena para mi, cartas de mis mujeres, y hasta un strudel de cereza de Benita que consumimos a la hora del Jause.
Fue un Jause helado a pesar del calor de la chimenea. El Bora amenazaba como siempre con volar el techo y ese viento nos recordaba nuestra soledad y la de los ausentes.
― Nunca entenderé por qué el Dio solicitó un sacrificio tan extremo de Davide tras conocer tanta felicidad. ― dijo Senyor Jajam agregando una rueda de limón a su té.
― Me sorprende tu pregunta Danilo―  mi padre se sirvió otra tajada de strudel. A ese  paso se lo iba a comer todo él solito ― ¿Acaso no hizo lo mismo con Abraham? Pedirle el sacrificio del único hijo que al pobre viejo tanto le costó engendrar.
― Pero un ángel detuvo su mano antes que matara a Isaac. En cambio, Davide sigue castigado― insistió el Dr. Alcalay
― A ése no lo ha castigado nadie. Al revés de Abraham, mi hijo no pasó la prueba. Quien se sacrificó y acató la voluntad del Todopoderoso fue Violante. Davide sólo tuvo que aceptar la decisión de su mujer. ¿Y qué ha hecho desde entonces? Ponerse a convocar demonios y correr a buscar a los Nazis. Así no se va a congraciar con mi Patrón.
― Debo decir que no entiendo su necesidad de aliarse con nuestros enemigos ― reconoció Senyor Jajam.
― Al menos cobra exigiendo la libertad de prisioneros ― dijo Dass.
― Y su excusa es que quiere alejar a los Nazis de la pista de las Puertas de María Hebrea y de Violante ― agregué.
― Pero les tendrá que dar algo a cambio ― continuó mi padre.
― Pues si, algunos artilugios esotéricos que Himmler busca poseer.
― Mientras no les de la llave al Reino Shedim…Ese día lo estampo como una vulgar cucaracha.― Su Majestad dio un golpe tan fuerte en la mesa que hizo tambalear nuestras tazas y corazones.
Ashmedai era rencoroso como sus hijos. Todavía no le perdonaba a Davide el haberle obligado a desprenderse del anillo del Rey Salomón.
― Recibí una carta de  Violante de Paris ― Senyor Jajám buscó cambiar el tema para apaciguar los ánimos ― Sorprendente lo bien que se lleva con Delarah. Pensar que solo unos meses atrás eran rivales a muerte.
― Delarah dejó que la ganase su lado místico. El ser testigo de los milagros de amor entre Violante y mi hermano la hizo resignarse, y ser más humilde.
― Hay algo mas ― observo Dass con sagacidad femenina ― ahora Violante y Delarah están en igualdad de condiciones. Ambas han perdido al hombre que aman. Eso las hace consolarse mutuamente.
― Lo que haya sido ―La interrumpió mi padre ― Las hembras humanas me fascinan por su imprevisibilidad. Hablando de hembras imprevisibles, ¿Viktor no será tiempo de tu reunión anual con tu madrastra?
(belgradenet.com)

Somos, a pesar de que damos otra impresión, una familia unida por tradiciones y obligaciones. Antes de su partida al África, Davide y yo nos veíamos una vez al mes, a Ettie la vemos mes por medio. Cuatro cenas al año es lo que exige Ashmedai de sus hijos, tres visitas obligatorias cumplimos anualmente a nuestro abuelo Azael atrapado en ese ascensor que baja sube eternamente sin jamás dejarle salir... Nuestra obligación familiar también incluye un encuentro anual con El Diablo.  Mi padre tenía razón al recordarme que era mejor salir de ese compromiso cuanto antes.
Invité a mi madrastra a un restaurant húngaro en Belgrado. Un tugurio muy a su gusto, oscuro, lleno de humo donde una orquesta gitana tocaba czardas a toda velocidad.
Orquesta gitana (youtube.com)

Mi madrastra llego rengueando y luciendo como una cocotte retirada, envuelta en pieles ajadas, mucho colorete del color de su pelo y unos diamantes grandes como huevos de perdices. Estaba encantada de verme
 ―Me da pena que estés exiliado y no podamos ir a Dass― dijo con falsa conmiseración ―pero este sitio se ve la mar de animado.
Se bebió dos botellas de champaña ella solita lo que la puso muy alegre. Hubiese cantado si tuviera ese don, pero tanto ella como los Shedim son incapaces de entonar una nota ni siquiera desafinada.
― ¡Vamos, vamos!― agitaba los brazos incitando a los gitanos a tocar mas rápido ― ¿Conocéis Komm Zigany de Grafin Mariza? ¡Tocadla!

La bestia era cruel, esa era la Czarda favorita de Mutti y yo la extrañaba a ella y a mi hija separadas de mí en Viena.
―Esto del exilio se va a volver moda en Europa― dijo Lilith  hundiendo su tenedor en el gulasch ―Pero hay que decir que habéis comenzado temprano. Tú aquí. Tu hermano en África― lanzo un suspiro ― ¡Pobrecillo! Voy a asegurarme de que el clima le sea favorable.
Siempre me ha sorprendido que El Diablo sienta cierta predilección por el Hermano Lobo aunque como todo en ella, es un sentimiento solapado e imprevisible
Yo apenas estaba a la mitad del gulasch pero Lilith estaba ya rebañando el pan en la salsa del plato y dejándole casi limpio. Comenzó a gesticular al camarero para que le trajera el menú. Costaba satisfacer ese apetito diabólico.
― ¿Por que te conmiseras de Davide? Tú has sido la mayor causa de sus desgracias.
― ¿yo?― puso cara de inocencia que en Lilith siempre es falsa ―.Solo sigo ordenes de ya-sabes-quien.
Recordé la acusación de Violante hecha a Su Majestad.
―Pero gozas haciéndolo.
― ¿Puedo evitarlo?― me lanzó una sonrisa que no carecía de atractivo ―Diamante era una pretenciosa insufrible. Se creía mejor que yo.
El Diablo, como las diosas paganas, es vanidosa, insegura y muy envidiosa, siempre dispuesta a castigar a humanas que le hagan sombra.
― ¿Fue por eso que incitaste a mi padre a seducirla?
―Si. Ashmedai se cree muy listo, pero ni él es inmune al poder de Lilith. Es por eso que veo a Davide un poco como mi obra. Como un hijo si quieres.
―Ashmedai dice que lo que quieres de Davide es montarle y domarle como a un potro salvaje
―Eso también― respondió la descarada y por debajo de la mesa me acarició el muslo―Pero ya sabes, mis hijastros me están vedados. Sois treyfe para mi―
Se rio de su propio chiste y luego lanzo grito alborozado como los que lanzaría Mausi
―Ya sé lo que ordenaré. Cerdo, mucho cerdo.
Fue después que ordenó sus chuletas de cerdo en salsa de paprika y eneldo que me atreví a preguntarle.
― ¿Crees que  Davide y Violante volver a estar juntos?
― ¿Quien sabe? Pero te diré que ese par esta destinado a encontrarse y desencontrarse toda la vida. Son una calamidad con zapatos― Miró con desagrado su copa vacía ―¿Podrías ordenarme una botella de slivovtz? Esta champaña está muy empalagosa.

FIN


martes, 15 de octubre de 2013

34. Violante: El que lucha con los ángeles


Davos, enero de 1935

El Ángel de la Muerte estaba junto a mí,  y ya no había tutía. Ay, Lectora, yo hacía unos segundos le abrazara como a un pariente perdido. Pero al verle tan feo, como un gnomo o un ídolo pagano, me acometió un susto infantil y me cubrí la cabeza con la ropa de cama.
No necesitaba más mi lobo para defenderme. Escuché su voz alzarse en una invocación en lengua extraña que ni yo conocía. Me atreví a aparecer por debajo de las sábanas y vi una inmensa nasimia cubrir mi cama como una nube de bruma.
Con un rugido, el ángel arrojó la espada contra mí, pero ésta chocó con el mosquitero como si éste fuese hecho de acero.
― ¡Insolente!― bramó el ángel. Hablaba en arameo y yo podía entenderle ― ¿Quién te ha dado derecho a alzar el escudo Shedim? ¿Quién te crees que eres?
―Soy un Príncipe Shedim que protege a su mujer― la voz de mi marido era serena.
Volviéndose a mi, Davide  dijo en castellano.
―Resiste, Violante. Ni el Shamir puede traspasar el escudo Shedim― señaló al Ángel de La Muerte ―.Ni él tampoco ya que no trae una orden divina para hacerlo.
― ¡Tengo una orden de llevarme a tu mujer!― insistió el de Los Mil Ojos.
―Pero no tienes un bakdol ¿verdad?
Recordé que mi marido me contara que el Cielo era un paraíso burocrático. Era lo único que El Dio aceptara del Diablo, la burocracia. En el Cielo todos los ángeles se movían por decretos, órdenes y estatutos.
El Ángel no traía el famoso bakdol, por lo que se volvió  hacía mi marido y apuntó la espada directo a su ombligo. En ese instante, vi que Davide también estaba armado. En su mano enarbolaba, no la espada oficial que nos dividiera antes de casarnos, sino una cimitarra gigante que relucía a la luz de la piedra-linterna.
―Que no se diga que Davide, hijo de Ashmedai, huyó de una batalla― alzó la espada de manera amenazadora ― ¡Vete y no vuelvas sin tu orden!
― ¡Salte de mi camino, lobo híbrido!― gritó el Ángel ―.O deja que el poder del Todopoderoso te haga añicos.
Con gesto burlón, mi marido comenzó a hacer malabares con su espada pasándola de mano a mano, provocando más la ira de su adversario.
― ¿El poder del Todopoderoso o el de tu orgullo ofendido?  No creo que traigas una orden pidiendo mi cabeza. Hoy no es día para matarme. Hazlo y estarás ejerciendo un libre albedrío que os está vetado a vosotros, angelillos.
El Ángel se detuvo dubitativo. Eso envalentonó más a mi lobo.
―Mátame y arderás eternamente en Gehenna como mi tío Caín o vivirás suspendido entre los cielos como mi abuelo Azazel.
 Esta recitación de parientes castigados tuvo un breve efecto sobre el Ángel, pero rápidamente se recuperó. No sería el Ángel de la Muerte si permitiese que un licántropo le asustase.
Fuego emergió de sus mil ojos y convertido en una antorcha ambulante se lanzó sobre Davide, pero la voz de su adversario era más veloz que una espada. Y otra vez oí una formula. Esta la reconocí porque se parecía a la que yo usaba para convocar a los ángeles. Una nueva presencia entró en escena. Y vi, casi tocando al ángel llameante, a un joven alto y delgado de cabellos negros y rizados.
―Hermano, no toques a mi protegido― la voz del recién llegado era muy dulce.
―Apártate, Hermano Rafael― gruñó el Ángel de la Muerte.
―No dejes que tu ira te vuelva irreflexivo, Davide tiene una larga vida ante él. No tomes decisiones en el nombre de nuestro Rey― suplicó el Arcángel.
Refunfuñado, el Ángel de la Muerte bajó su espada.
―Tienes una pequeña tregua, Dovid ben Ashmedai― rezongó ―Me voy al Cielo a ver que tienen que decir de tu grosería, pero volveré. Tu esposa desea morir. ¿Por qué imponerle tu voluntad?
Con esas palabras desapareció y con él, la oscuridad.
El mosquitero desapareció también y Rafael se acercó mi lecho. Posó su mano en mi frente que ardía, refrescándola, con su mero contacto.
― ¡De prisa!― le urgió Davide ―Cúrala, poderoso Arcángel, tú que eres médico.
Rafael me sonrió pero sus ojos eran tristes cuando se volvieron a mi marido.
―No puedo. Hay cosas que todavía no sabes.
― ¡Pues dímelas!― gritó mi marido exasperado.
―No me corresponde a mí esa área.
En eso, sentí un crujido a mi costado donde  recién estaba sentado Davide. Ahora otro ocupaba el sillón donde durmiera Delarah todos esos días. Era Viktor, pero un Viktor más viejo.
―Quizás tu padre pueda explicarte mejor― dijo Rafael y así supe que al fin iba a conocer a mi suegro.
Ashmedai hizo un gesto despectivo para que el Arcángel se retirara.
―Puedes irte, Rafael. Esto es un asunto de familia.
Sin decir palabra, Rafael desapareció y Ashmedai fijó sus ojos en su hijo que mantenía su mirada tercamente en el suelo.
― ¡Bravo, Davide! No pensé que tuvieses tantas agallas―. Se volvió hacia mi ―Mi querida niña, por fin nos conocemos. Ya ves como es tu marido. No me invitó a la boda, no me avisó que iba a ser abuelo.
El recuerdo de mi hija muerta me retorció las entrañas como una tenaza al rojo vivo.
― ¡Tú mataste a mi hija!― Davide apuntó a su padre con su dedo acusatorio.
―No fui yo― la sonrisa desapareció del rostro ése que era de Viktor, pero a la vez no lo era.
―Fuisteis vosotros― mi suegro volvió a mirarme ―.Mi querida Violante, no te has dado cuenta, pero vosotros sois un caos de la naturaleza. Una desmesura entrópica que existe únicamente porque el Todopoderoso tiene algún plan que hasta yo ignoro. Ese plan lo llevareis a cabo separados, juntos podéis causar alguna catástrofe.
― ¡Qué mentiroso eres!―el rostro de Davide estaba desencajado de dolor y rabia.―Hadakosh Baruj Ju permitió nuestra unión. El la preparó. ¿Cómo explicas que soñase con Violante todos estos años? ¿Qué su saliva me haya salvado la vida?
Su Majestad asentía a cada palabra de su hijo con expresión pensativa.
―Es cierto, pero mi Patrón es muy caprichoso. Cambia de idea como tú de corbata. Ahora ya no os desea ver juntos. ¿Qué le voy a hacer yo?
― ¿Y por eso Violante debe morir?― la voz de Davide enronquecía de dolor.
― ¿Quién habló de morir?― Ashmedai hizo un gesto de falsa sorpresa ―Esta jovencita tiene una larga vida por delante, con muchos hijos y prosperidad. Eso si la dejas.
Dejar es un verbo bisemántico implica abandonar algo o permitir algo. En este caso comprendí que para que Dios me permitiese vivir, Davide debía abandonarme.
― ¡No lo escuches! ― Me ordenó mi marido ―. Es tan mentiroso como su mujer. Debemos resistir esto juntos.
― ¿Hasta la tumba, como los Amantes de Verona?― se burló su padre ― ¿No te basta con haber matado una esposa? Eres un Barba Azul.
Davide se aferró a los barrotes de metal de mi cama. Vi como sus nudillos palidecían, señal del esfuerzo que le costaba contenerse.
― ¿No lo sabías Violante?― mi cara de sorpresa me delataba ante mi suegro ―Resulta que Agar, la primera Signora Ascarelli, descubrió a su marido cuando se transformaba en lobo. No tenía la experiencia con licántropos que tienes tú. Cayó fulminada y el pobre Davide en traje de lobo no pudo auxiliarla. Tuvo que esperar toda la noche sentado al lado de ella. Ya cuando volvió a ser hombre era viudo.
Miré con asco a esta criatura tan cruel. Ahora comprendía el rumor de que Davide matara a Agar. Me dolía el corazón al imaginar su tortura atrapado en un cuerpo inútil sin poder socorrer a su mujer. 
―Estoy con Davide―dije con voz firme―. Lucharemos y nuestro amor superara a la muerte.
― ¡Qué cursi!― gimió Ashmedai ―De mi hijo espero cualquier cosa porque es bruto como su madre. Pero tú Violante que has sido elegida para una misión sagrada, que has visto el resplandor de La Innombrable, ¿cómo puedes ser tan mediocre? Qué rápido te olvidas de la promesa que hiciste a tu Naiciña. Juraste terminar la tarea que la idiota de Diamante no cumplió. Cuidar de Davide. Puedes morir por tu amor, pero entonces tu marido vivirá destrozado por el remordimiento. ¿Es eso lo que quieres? ¿Hundirle más en la desesperación? ¿Terminar de enloquecerlo?
Comencé a llorar. Me sentía muy confundida
―No entiendo― musitó mi marido cabizbajo ―.He servido al Dio con todas mis fuerzas. Le he amado y así me paga. ¿Por qué?
― Hombres mejores que tú ya se han hecho esa pregunta― comentó Ashmedai con desdén ―Job por ejemplo. Servir a tu Dio es un trabajo ingrato. Tú solo llevas unos años haciéndolo y has vivido como un rey, rodeado de honores y privilegios. Yo que he vivido cincuenta siglos, te puedo hablar de sacrificios, de malos pagos, de dolor. Yo que he enterrado a mis hijos, que he visto amigos ser masacrados y a mi padre languidecer en una eterna prisión, sé lo que es sufrir por un Patrón que muchas veces nos olvida. ¿Qué sabes tu lo que es pertenecer a una raza que los humanos maldicen y mal nombran demonios? Ahora se te pide como sacrificio abandonar los brazos de una mujer. Todas las mujeres son iguales. ¿Qué tiene ésta de diferente? ¿Acaso muerde con el coño?
Las manos de Davide soltaron de los barrotes y le vi a punto de lazarse sobre su padre. No alcanzó a tocarlo porque sacando fuerzas de la nada, de un brinco, me interpuse y oprimí al cuerpo de mi marido al mío.
― ¡No!― dije tratando de calmarlo con mis caricias.
 Seguí repitiendo el “no” hasta que le sentí relajarse. Apreté su cabeza contra mi pecho como si fuera un niño al que había que alimentar. Todo lo que deseaba era que no viese a ese padre que se complacía en martirizarlo, aunque todo lo que dijese fuese verdad.
―Muy bien, suegro, explícame ahora el negocio ― que increíblemente serena sonaba mi voz ― Yo dejo a Davide ¿y qué pasa conmigo? ¿Sigo aquí como la Dama de las   Camelias?
Mi suegro chasqueó los dientes.
― ¡En qué cabeza cabe,  mujer! Apenas me firmes este papelillo― se quito el pañuelo del bolsillo superior y extrajo una hoja doblada en cuatro. ―Rafael, a quien ya has conocido, vendrá y te dejara como nueva.
Metió la mano la mano dentro de su americana y la volvió a sacar.
― ¿Habrá un bolígrafo por aquí? Le presté mi Montblanc a una dama esta mañana y se la ha quedado―miró con desprecio a Davide quien le observaba con ojos vidriosos como si no le reconociese ― A ti no te pido,  si ya sé que nada más cargas tus cuchillos de faquir.
―Hay uno en la mesita de noche― le indiqué con el hombro.
Mis brazos me dolían de tanto sujetar a Davide que era un peso muerto. Por entre mis piernas sentí correr sangre y el pánico entró en mi cabeza. Me iba desangrar, quizás era mejor así. No firmar nada, pero todavía tenía una última carta. El sueño de Delarah.
Mi suegro se nos acercó, bolígrafo en una mano y el documento en la otra.
― Fírmalo Violante. Léelo por supuesto. Eso no es como los papeluchos de Lilith. Aquí sólo se te pide acatar la voluntad del Altísimo.
―No tan rápido― conseguí formular una sonrisa ―. Nos estás pidiendo que muramos en vida, porque vivir separados es eso.
―No soy yo, Violante, es mi Patrón.
―Y tú gozas cumpliendo esa orden, no me lo niegues. Pero como no somos payasos, cobraremos por esa diversión. Quiero algo a cambio de mi firma.
Fue su turno de sorprenderse.
―Si esperas que vaya donde El Patrón…
―Esto no tiene nada que ver con tu Patrón. Tú te has ensañado y divertido con nosotros, ahora paga el billete de entrada. A mí por romperme el corazón sin yo tener culpa, y a Davide por hablarle con esa bestialidad indigna de un padre.
El Rey de los Shedim torció la boca.
―Al cabo que si sabes morder.
Por un momento pensé que me iba a atacar, pero su rostro se compuso.
 ―Está bien, que no se diga que soy tacaño. ¿Qué deseas?
―Que deseamos― le corregí ― Nos darás lo que más deseamos, claro menos estar juntos. Algo que nos compense de ese dolor.
Besé los ojos de mi esposo.
 ―Cielo mío, piensa bien que vas a pedir. Tiene que ser algo muy valioso.
Viré mi rostro hacia mi suegro.
―Quiero que me des el poder de acortar el camino.
Fingió no entenderme por lo que tuve que ser más específica.
―Ya sabes. Kefizat ha derech. Ese don de de trasladarme a cualquier lugar en un segundo.
Ashmedai puso cara de escandalizado.
― ¿Qué pides,  chiquilla? Si ese don nada más se le concede a los muy sabios o muy piadosos.
Me encogí de hombros.
―Pues yo lo quiero. Anda que es muy poco― Empezaba a sentir mi cabeza flotar como si hubiera bebido champaña. Debía ser la perdida de sangre.
Mi suegro comenzó a revolver los ojos como una máquina traga perras
―Te lo concederé, pero con un límite―dijo finalmente ―. Únicamente,  podrás usarlo los lunes.
―Me parece justo.
 Nunca creyera yo que fuese tan fácil torcer la voluntad del Rey de los Shedim. Y ahí comprendí que acababa de cumplir con los pedidos de  Naiciña. Solamente me faltaba encontrar los seis libros restantes de María Hebrea, pero tendría que hacerlo sola. Acaricié la cabeza del hombre al que ya no podría seguir sirviendo como mujer.
―Es tu turno, ángel mío.
Davide se irguió. Por primera vez desde la aparición de su padre, se veía entero y seguro.
―Quiero tu anillo. El que le quitaste a Shlomo-ja-melej.
Los ojos azules del Rey pestañearon, pero luego sonrió y se quitó el anillo que llevaba en la mano izquierda.
―Oigo y obedezco, Príncipe de los Shedim. Aquí lo tienes.
Davide miró a la sortija con desprecio.
―No te pases de listo. Ya sabes cual quiero.
―Esta es muy valiosa― insistió Ashmedai.
―Sirve para comunicarse con animales. Don que ya poseo. Dame la que te pido. Ya daka, daka.
La mano de Davide se estiró hacia su padre quien le dirigió una mirada oscura.
― ¿Estás seguro? Otros, por sólo desear esta sortija, han tenido triste fin.
Sin responder, Davide movió los dedos exigiendo la joya. Ashmedai se quitó el anillo del índice de su mano derecha y lo puso en la palma de su hijo. Davide  hizo saltar en el aire la sortija para luego cogerla y colocársela en su anular, arriba de su alianza matrimonial.
Firmé el papel sin leerlo. El texto era muy breve. Mi marido si se tomó el tiempo de leerlo, pero termino firmándolo también.
Todo comenzó a darme vueltas y sentí que me hundía en un pozo. Lo último que oí fue el grito de Davide.
― ¡Llama a Rafael que se nos muere!



Cuando abrí los ojos era de día y un sol grande y dorado entraba por la ventana. Brinqué de la cama y corrí a la ventana, a ver como la nieve de los pinos comenzaba a fundirse. Abrí el cristal y una brisa primaveral entró a entibiar mi cuerpo.
― ¿Extraño fenómeno meteorológico verdad?― me volví y vi que el Arcángel Rafael estaba en el sillón  ―.Tus ángeles quisieron brindarte una alegría con este clima de primavera.
― ¿Y Ashmedai y Davide?― pregunté mirando a mí alrededor.
―Su Majestad se ha marchado. Nada más tiene que hacer aquí. En cuanto a Davide, está pagando tu cuenta. Tampoco tú tienes nada que hacer aquí.
Me sentía muy bien, como no me sintiera en meses. Ya no tosía, ya no me dolía el pecho ni sentía la sangre fluir de mi vagina.
― ¿Estoy curada?
―Completamente. Puedes volver a emprender tu camino.
Bajé los ojos al recordar el precio que tendría que pagar por mi salud.
―Pero sola. ¿Qué será de mí? ¿Que será de mi Davide?
―Los justos nunca están solos― dijo el arcángel ―En cuanto a Davide, quizás su camino sea muy turbio y te arrastrase con él a un pozo que no es tu sitio.
― ¿Ese anillo que obtuvo de su padre...?
―  Es el Sello de Salomón que sirve para convocar a ángeles y demonios.
― ¿Puede hacerlo?
―Convocarnos sí. ¿Qué le obedezcan? Lo dudo. Tal vez más de alguno se enfade ante su insolencia.
El ángel se acerco a mí.
―Eres muy valiente. No estoy criticando al Todopoderoso, pero tu sufrimiento acabará algún día y tendrás tu recompensa.
Agaché la cabeza. Ya no valía la pena llorar sobre leche derramada. Debía resignarme.
―Muchas gracias Señor Arcángel por curarme.
―Agradéceselo Al De Arriba― apuntó al cielo ―Allá se te tiene en alta estima.
Con esas palabras, Rafael desapareció.




(Arcangel Rafael)

Davide ―ya ni me atrevía a llamarle marido―pagó por mi estadía en el hospital y yo empaqué mi equipaje. Me parecía imposible poder moverme ágilmente, cuando hacía algunas horas apenas podía tenerme en pie. La pregunta ahora era dónde ir. No podía volver a Trieste a la casa de Davide. Fue Delarah quien llegó a salvarme con una oferta de ser mi guía en las próximas semanas, pagando todos mis gastos
―Cuando Maimuna me aviso que viajase rápidamente a Davos, a acompañarte en tu enfermedad, pensé que te encontraría muerta― dijo con mirada de reproche mientras me ayudaba empacar ―pero bueno, quizás estés un poco muerta. Yo lo estaría con todo lo que has pasado.
― ¿Adónde iremos?― pregunté.
―A París― dijo arrojando unas prendas interiores en la maleta sin doblarlas. En el mundo de Frau Brand sólo las mucamas empacaban.
―Beberemos champaña todas las noches, bailaremos hasta el amanecer y te enseñaré a flirtear. No tienes que acostarte con nadie, pero si quiero que te quites esa tristeza de adentro. Después, hablaremos de negocios. Tu tía me ha dicho que seremos socias en lo de su restaurante.
Comprendí que el sueño de muchas mujeres se me haría realidad. Sería independiente, pero en ese momento odiaba esa independencia. Mis ojos cayeron sobre mi alianza de oro.
―Quisiera ver a Davide por ultima vez.
Delarah pegó un respingo.
 ― ¿Tú no aprendes, verdad?―  hizo una mueca ―bueno, por última vez, y después a esperar a mañana que es lunes y podrás ejercer tu nuevo don y llevarnos a Paris.

Esa noche, Davide vino a verme a mi cuarto.  Bastome verlo para saber que estaba hecho añicos. Su mirada de rabia me era insoportable.
―Por favor, amor, no me mires así― supliqué.
―Hubiese preferido que ambos nos hubiésemos ido al infierno, pero juntos.
― ¿Por eso me odias?
Lanzó un suspiro.
 ―Cuando se ha amado tanto a una persona ese sentimiento nunca puede convertirse en indiferencia. Soy un hombre de extremos. Si te amé ayer, hoy nada más puedo odiarte.
―Ódiame, pero no me olvides― estiré mi mano y cubrí la suya nuevamente aferrada al barrote de mi cama. Retrocedió como si le quemara.
―No me toques. ¡En el nombre del Dio, no lo hagas!
Traté de detener las lágrimas que se abarrotaban mis ojos pugnando por salir.
―Ódiame todo lo que queras, pero por favor, no te divorcies de mi.
Me miró como si le hablase en lapón.
―Has firmado un papel jurando romper todo lazo conmigo y ahora me pides…
―Firmé un papel diciendo que renunciaba a ti, pero no hablé de divorcio. Además nos casamos en Italia donde no hay divorcio.
―Pero yo puedo repudiarte según la Ley de Moisés― dijo ―. Sin siquiera avisarte.
―Lo sé, por eso te ruego, por nuestra hija muerta. Si algún día encuentras una mujer que te hace feliz, escríbeme y ese día te daré la libertad. Pero mientras me ames, mientras me odies, quiero que sigamos casados.
― ¿Y si tú volvieras a enamorarte?
―Nunca― cerré los ojos ―nunca.
Sentí sus manos en mi cuello.
―Júralo. Si me entero que has estado con otro, lo buscaré y lo mataré. Si mi padre mató a los siete esposos de Sarah, yo mataré a cincuenta que se te acerquen.
Me sentí llena de felicidad al oír  a mi bruto  profesar su amor inalterable por mí,
―No seré de nadie sino de ti. Y quiero que cuando El Dio se arrepienta y vuelva a juntarnos sigamos casados.
Me soltó sorprendido.
― ¿Ese  es tu gran plan? ¿Esperar que el Dio se arrepienta?
―Tu padre dijo que cambiaba de idea cada rato. Hagámosle cambiar sus planes demostrándole que aun alejados seguimos siendo el uno del otro.
Sus ojos se llenaron de desilusión.
―Eres una verdadera Pandora. Has soltado todas las calamidades sobre mí, pero insistes en aferrarte a la esperanza.
― ¿No puedes tú hacer lo mismo? ¿Guardar en tu corazón la convicción de que alguna día volveremos a estar juntos?
Se metió las manos en los bolillos y miró el cielo.
― ¿Recuerdas el cuento del Pescador y su Alma? El pescador expulsó a su alma de su cuerpo y  la mandó a vagar por el mundo. Sin el corazón del pescador, el alma se volvió cruel. Yo soy así ahora. Sin corazón no tengo espacio para esperar nada bueno.
Salió por la puerta cerrándola con un portazo. Recién comprendí que Davide tan sabio en el Talmud y tan versado en la Tora, carecía de fe. Yo tendría que tenerla por los dos.



Fue el lunes cuando salimos Delarah, mi equipaje y yo del Hotel Gentien sin decir palabra de nuestro destino ni mirar atrás. Mis valijas embarcaron a Paris en el tren, pero Delarah y yo viajamos usando otra vía. Comprobé que mi suegro no mintiera y que tenía el poder de acortar el camino.
Lectora, sé que vosotras os devanáis los sesos tratando de adivinar cómo se consigue tamaño prodigio. Como toda magia, nace de un sonido. No de una canción como mis milagros meteorológicos sino de una oración. Ya oíste de otros que se cree que acortar el camino se consigue diciendo el Shema al revés. Si me preguntas, te diré que quizás sí, tal como hay quien jura que correr tres vueltas, en contra de las manecillas del reloj, alrededor de una sinagoga te vuelve invisible. He visto gente hacerlo y desaparecer. A otros los  he visto quedar más mareados que perdiz borracha y siempre en el mismo sitio. Tal como les ocurre a muchos que recitan el Shema de atrás para adelante. Después quedan corridos e incómodos, con la única certeza de que dijeron mal una oración, que puede ser también pecado.
Así es que no puedo todavía decirte como lo hice. Te basta saber que en menos de un minuto,  Delarah y yo estábamos en un puente del Sena.
De la sorpresa dejé caer el libro que llevaba en mis manos. Era Le Grande Meaulnes, último disfraz elegido por La Puerta de las Tempestades. Al alzarlo, el libro se abrió en una página en la que el texto ya no estaba en francés.
―Hija mía― leyeron mis asustados ojos―si puedes leer esta pagina es que ya posees el don de Kefizat Ja Derej, y que ese don no viene de mí sino que es una compensación de Arriba por tu gran sacrificio.
― ¿Qué tanto lees?― preguntó Delarah impaciente.
En voz alta leí lo que acababa de saber.
―Vaya, pues es un buen pago por tu sacrificio― dijo ceñuda, pero su ceño se suavizó al verme llorar.
― Anda si soy bruta. No llores. Ya sé que preferirías tener a tu marido antes que este don, pero ya ves. Si Allah todopoderoso te compensa por tu sacrificio quizás también se apiade de ti eventualmente― me cogió de la mano― Vamos que tengo hambre.
Me da vergüenza decirlo, pero yo también tenía hambre. La seguí por esas calles parisinas que pronto se volverían lugar común de mi existencia

Senyor Jajam me dijo que El Dio tiene diferentes nombres en hebreo. Cada uno adecuado a la plegaria que se eleve. Según Delarah, esto también ocurría en el Islam. Allah Vesyarim era a quien se llamaba cuando se deseaba que sonriese a nuestra suplica y que postergase las desgracias que nos impusiera. Fue a El a quien rezaría por mucho, mucho tiempo, hasta que me escuchó.
Así, Lectora, doy término a los prodigiosos sucesos que me acaecieron antes y después de cruzar la primera Puerta de María Hebrea. Lo más extraordinario, al traer a la memoria algo que sucedió hace mas de un cuarto de siglo, es no poder sentir lástima por esa mujer que era yo a los diecisiete años. Casi tan extraordinario como mi incapacidad para recordar una pasión que entonces me hacía jirones el estómago al imaginarme vivir separada de Davide.
¿Qué sabía esa pobre ilusa de separaciones y encuentros que le tenía preparado su mazal? ¿Qué sabía del amor que sobrepasa pasiones y que aumenta con el tiempo y la distancia, que supera hasta la muerte y que perdona la traición más vil?

Trieste, 1963

martes, 20 de agosto de 2013

33. Violante: Hotel Gentien


Davos, enero de 1935

La nieve caía sobre el pinar en las afueras de mi ventana. Ya no se veía la luna redonda en el cielo. Davide la debía estar gozando. No había cosa que le gustase más que cazar bajo la nieve. Estaba en su elemento. ¡Pobrecillo! Al menos tendría ese consuelo en el caos de ansiedad y dolor que era su vida.
Miré el reloj de mesa. Eran las cuatro de la madrugada,  inútil intentar conciliar el sueño. Tomé el pesado volumen que descansaba en mi mesita de noche. No quise prender la luz que atraería a la enfermera del turno de noche y que despertaría a Delarah Brand, quien dormía acurrucada en un sillón, al costado de mi cama.
Saqué del cajoncito la pequeña piedra luminosa que me regalara mi marido. Venía del Reino de los Shedim y me servía, sin necesidad de cambiar la batería, de linterna. Con esa luz continué mi lectura del Tratado Gittin del Talmud babilónico. Por suerte, esta vez mi marido me asignó un texto más interesante que los últimos que me obligara a estudiar.
Davide estaba obsesionado con que estudiase Talmud. Se apegaba a una antigua creencia de que el Ángel de La Muerte, ese de los mil ojos, no podía tocar a quien estuviese estudiando la Tora.
Senyor Jajam elevó una débil protesta de que las hembras no estudiaban los textos sagrados ni la exegesis, pero mi marido le silenció evocando a Bruriah, Rebeca Bat Meier, la Doncella de Lubomir y no sé cuantas otras que lo hicieron en su día. Senyor Jajám tuvo que ceder, porque al igual que mi marido sabía que El de los Mil Ojos me rondaba.
 
(soncino.com)
Todo sucedió tan rápido, Lectora. Ese Shabát de mi primera tos, Davide hizo a un lado sus deberes religiosos para atenderme como médico. Antes que todo mandamiento venía el deber de proteger la vida humana. A pesar de sus cuidados, yo no mejoraba. Al contrario, me ponía peor.
Ese lunes comenzó un largo peregrinaje de médico en médico, de ciudad en ciudad. Me vieron doctores militares y profesores de las universidades más importantes de Italia. El diagnóstico fue simple: tisis galopante. Los facultativos de Paris y Viena a los que mi desesperado esposo me llevó, estaban tan azorados como él por la sorpresiva aparición de una enfermedad que avanzaba velozmente. Había que internarme, no quedaba otro camino. Así es que un día, llegamos a este sanatorio suizo.  Davide pidió una licencia indefinida que sólo sus altas conexiones le obtuvieron.
Nadie llamaba a este inmenso hospital “sanatorio”. Esa era una palabra fea. Se le conocía como “Hotel Gentien” y su director, el Dr. Laurence, actuaba como el administrador de un balneario. Lástima que los turistas éramos esqueletos consumidos por un mal del que pocos sobrevivían. Todo en el Hotel Gentien era un eufemismo. Nadie mencionaba a la tuberculosis o a sus tratamientos. El sitio era un "Hotel de salud" donde yo era sometida a "baños de sol". La muerte era innombrable y sin embargo, los pacientes se morían igual.
El Dr. Laurence confiaba ciegamente en la helioterapia, pero no funcionaba conmigo. No más que el fétido aceite de hígado de bacalao que me hacían tragar diariamente. En esa época pre-antibióticos, los tísicos o nos moríamos o sobrevivíamos muy a pesar de tratamientos carísimos e inútiles.
Mi cuarto de “hotel", espacioso y con calefacción central, le costaba 25 francos diarios a Davide. Los ejercicios de respiración y de danza que debía hacer desde mi cama le costaban un poco más. Pero él nunca hablaba de dinero. Más tarde me enteraría que la inmensa fortuna de las Delmedigo cubrió esos gastos. Así agradecía La Contessa mis desvelos con su nieta. Mi pobre Ettie tenía prohibió venir a veme, pero me escribía semanalmente.
Las semanas pasaban y yo no parecía querer curarme. A pesar de la buena alimentación y de mi embarazo, continuaba bajando de peso. Llegué a pesar cuarenta kilos, inconcebible en una preñada de seis meses. Davide, que de los nervios estaba casi tan flaco como yo, insistía en esperar un milagro.
―He visto tantos― decía―. ¿Por qué no he de ver uno más?
Cuando yo mostraba escepticismo, ponía cara de ferreiro y me espetaba esa pregunta insoportable y constante.
― Vuoi lasciarmi?
Como si fuera cosa mía, pero para qué no creyera que no ponía de mi parte le hacía caso en todo. Hasta acepté estudiar la Tora.  Una tarde, me trajo un hatillo de libros pesados, forrados en marroquí. Hojeé uno. Estaba escrito en extraños caracteres que adiviné sería arameo.
― ¿Cómo voy a leerlos? ― pregunté.
La respuesta de Davide, Lectora, hasta hoy me sobrecoge. Alzó mi mano y la apretó contra su frente. Sentí que mi palma ardía sin quemarme y vi a mi marido palidecer y sus facciones contraerse de dolor. Un hilo de luz salió de su frente y se hundió en mi mano invadiendo mi flujo sanguíneo y llegando hasta los centros de poder de mi cuerpo. Cuando volví mis ojos al libro, esos caracteres tenían significado.
Con un simple gesto, Davide me traspasó parte del don que Claudia van Egmont, la esposa de Viktor, le regalara. Ahora, yo podía leer el hebreo, el arameo y hasta ese extraño lenguaje-código que Rashi, el sabio de Troyes, inventase para su exegesis.
Cuando no estaba estudiando o sufriendo algún tratamiento inconcebible, recibía visitas. Viktor vino a pasar una temporada en Davos para relevar a mi pobre abuelo. A pesar de sus protestas, retornamos a Senyor Jajam a Trieste. La tisis podía contagiársele. Los hijos de Ashmedai, en cambio, eran inmunes a mi mal.
Viktor seguía triste. El gobierno de Schusnigg proscribió a los Nazis y él, como empleado de Goering, era persona non grata en Viena. El exilio lo aburría. Extrañaba a su madre y a su hija. Pero igual trató de alegrarme. Trajo un gramófono en el que escuchábamos música constantemente. A veces, hasta me alcanzaban las fuerzas para cantar.
También llegó Catuxa acompañada de Don Andrés. La pobrecilla venía muda de susto. Salir de Galicia, montarse en un avión y cruzar el continente eran experiencias nuevas y aterradoras. Nada más el mucho amor que me tenía le permitió esa proeza. Me trajo ropita que tejiera para mi niña, y un saco de flores secas de saúco con las que me hizo una infusión y compresas. Pero para mi mal no valían ni los remedios caseros ni los científicos. El mismo Dr. Laurence se mostraba perplejo ante mi caso.
Después que Catuxa y el boticario se regresaron a Galicia, vino la Duquesa que me trajo una colección de mantones de Manila y noticias de España. Algunas ya las sabía por Don Andrés. Ese año, los catalanes se alzaron y también los mineros en Asturias. Pero a estos últimos se les reprimió brutalmente.
―Les echaron los moros encima. Dicen que hasta violaron a las esposas de los mineros― decía mi madrina abriendo los ojos así como hacia cuando algo la asustaba.
La última visita fue Delarah quien llegó ese invierno envuelta en un abrigo de terciopelo verde muy entallado y  cubierto con una estola de zorro plateado. Me traía como presentes un estuche de pintalabios de Paris y un kimono de seda negra y rosa que trajera del Japón desde donde acaba de volver de un tour asiático que hizo junto al Banquero Brand.
―Hay algo que no entiendo― alzó un espejo redondo para que yo pudiese verme cuando me aplicaba el pintalabios ―.Si vuestro matrimonio fue arreglado en el Cielo ¿por qué os ponen tantos obstáculos para ser felices?
Yo también me preguntaba lo mismo.
― ¿Qué dicen tus genios?
Se encogió de hombros.
―Su Majestad Maimuna sólo me ha dicho que habéis pasado a llevar un cable. Ya sabes. A veces cuando algo no enciende es que accidentalmente pasamos a llevar un alambre y lo desenchufamos. Quizás habéis hecho algo así, pero en términos esotéricos.

Pacientes tuberculosas del Hotel Ninette (newtbdrugs.org)

Mi niña se movió dentro de mí obligándome a regresar al mundo real. Coloqué la mano sobre mi abdomen. Si nada más pudiese vivir un poco más para verla nacer...
Delarah se desperezó y me miró con sus ojos morunos.
― ¿Tú no duermes?― miró su reloj ―. Ya pronto volverá tu marido y yo me muero por un café. Tuve un sueño tan extraño.
― ¿Qué soñaste?
Frunció los labios.
― No sé siquiera si fue un sueño. Se me apareció Maimuna y me mandó un mensaje para ti. Dice que Ashmedai vendrá a verte.
― ¿Ahora? ¿A estas alturas? No estoy como para conocer suegros.
― Pues él puede opinar de manera diferente. En fin, Su Majestad Maimuna dice que le debes pedir un regalo. El don de “acortar el tiempo”.
Mi abuelo ya me hablara de ese don que poseían algunos tzadikkim, los grandes místicos del judaísmo, muchos de los cuales eran un poco magos. Era un poder que les permitía viajar de un lugar a otro en un segundo.
― ¿Y para qué quiero yo eso? ― dije despectivamente ― Cómo si pudiese huir de mi enfermedad. Fue  un mal sueño que tuviste.
― Más que probable ― Delarah se paró entremedio de muchos quejidos ― Eso me pasa por dormir en sillas tan incómodas.
Me dio un poquito de remordimiento. Hacía ya un mes que Delarah no se despegaba de mi lado. Casi no iba a su hotel, un hotel de verdad donde se hospedaba. Ella que siempre se autocalificara de egoísta.
Sentí los pasos de la enfermera acercándose por el pasillo. Guardé la piedrecita y cerré el libro. Delarah aprovechó para irse en busca de un café. Las enfermeras y los médicos la irritaban. Los consideraba muy inútiles.
―Madame está despierta― dijo la enfermera al verme sentada ― ¿Y cómo nos sentimos hoy?
Permití que tomase mi pulso y me pusiera el termómetro bajo el brazo. Se marchó, anunciando que volvería en diez minutos. Como si no lo supiera, como si no fuese una rutina deprimente de todos los días. Estaba aclarando. Yo deseaba volver a mi libro a descubrir como Salomón, el mas sabio de los reyes, apresara a mi suegro para obligarle a encontrar el gusano Shamir, única criatura capaz de traspasar piedra y metal. Todo un cuento de las Mil y una Noches.
La enfermera por fin regresó para examinar el termómetro húmedo con sudor de mi axila. Ya estaba acostumbrada yo a pasarme la vida amortajada en sudor. Apenas se fue, sentí un golpe en la ventana. Me levanté apoyándome en los muebles—así de débil estaba—abrí la cortina y mi marido empujó las hojas del ventanal y entró de un salto. Había vuelto a ser humano.
― ¿Cómo estuvo la cacería? ― pregunte.
―Perseguí un lirón por todo el bosque―se veía exaltado ―. Le dejé ir. Pero qué carrera. Es buen terreno el alpino, me recuerda el Alto Adige.
― ¿De veras?
Se pasó el dedo por el labio.
― ¿Qué la deje huir? Mira, ni una gota de sangre.
―No sí la que tiene sangre en la boca soy yo.
Davide me cargó en brazos hasta la cama. Acarició mi panza y sonrió complacido al sentir a la niña moverse.
―Mientras se mueva todo estará ben― dijo, cubriéndome con las cobijas.
Había una pregunta que no me atrevía a formular hasta ahora.
― ¿La niña va a nacer así como yo? ¿Tísica? Entekiada como dice Senyor Jajam.
―Es posible― Davide desvió la mirada. Algo que hacía a menudo esos días. Se sentó a los pies de mi cama y me tomó las manos ―.Hemos estado hablando con Laurence sobre la posibilidad de practicarte un neumotórax.
Sentí que un escalofrió recorría mi cuerpo. Antes de marcharse, mi abuelo me anduvo hablando de ese procedimiento y de sus riesgos.
―Implica colapsar el pulmón enfermo― continuó mi marido.
Apreté sus dedos.
― ¿No podemos esperar a que nazca la niña?
Volvió a revolver los ojos. Supe la respuesta. Ni Laurence ni Davide creían que yo viviría hasta el parto. Sentí un nudo en la garganta.
―Vuoi lasciarmi?― ahí estaba de nuevo la maldita pregunta.
―Si es la única solución…― dije, pero mi marido no me escuchaba.
Tenía esa expresión de lobo acorralado en los ojos y los dedos le temblaban como los de un borracho. Estaba ebrio pero de miedo. Necesitaba fumar, pero no podía en mi presencia.
―Vete a tomar desayuno― mi voz sonaba tan cansada ―Nos veremos mas tarde.
Se puso de pie muy lentamente,  como hacen los viejos y se dirigió  a la puerta sin mirarme. Yo sabía que en su corazón se odiaba por fracasar en curarme, y quizás por tropezarse con el cable que me desenchufó de lo que fuera que me mantenía viva.

Nunca hubo necesidad del neumotórax. Poco después de Davide abandonar mi cuarto comencé a sufrir fuertes punzadas en el bajo vientre. Cuando intenté levantarme descubrí que sábanas y cama estaban empapadas en sangre. La enfermera me encontró tendida en un charco rojo al pie de la cama.
Puesto que mi hija estaba ya formada, la parí igual que si tuviera alguna posibilidad de vivir, con dolorosas contracciones. Los médicos me dieron algo que me hizo dormir. Cuando desperté, ya no la tenía ni dentro ni afuera. Años más tarde, cuando ya era madre de hijas saludables, me atreví a preguntar los detalles. Mi niña alcanzó a nacer viva, pero era muy pequeña y sus pulmones ya venían enfermos.
Es por eso Lectora que todos los años voy a Davos a poner piedrecillas en su tumba. Es por eso que años más tarde me rehusé a llevarte a ti y a tus hermanas a Suiza. A pesar de que me decían que era la única posibilidad de salvaros. Para mí, Suiza siempre sería un lugar donde mueren niñas inocentes.
La muerte de mi hija acabó con mis deseos de vivir. ¿Para qué seguir luchando contra lo inevitable? Esa noche, luego de enviar a Delarah a descansar a su hotel, se lo dije a Davide en susurros casi inaudibles. Pero él no quería oírme. La locura volvió a apoderarse de mi marido. Pero ni sus odiosos “vuoi lasciarmi?” consiguieron volverme el ánimo.
Me alzó de la cama obligándome a sentarme a pesar de estar casi desfallecida. Metió el Midrash en mis manos.
― ¡Legge!― me ordenó ―Non mi lasciar. Non mi lasciar.
Trataba de obedecerle pero casi no podía ver las letras.
―Me siento morir. Déjame ― le supliqué.
Fue entonces que la ventana se abrió bruscamente y un viento helado entró como una tromba, arrebatándome el libro que resbaló por las sábanas. No cayó al suelo nomás porque Davide lo atajó, y tras besarlo, lo colocó en la mesa. Una oscuridad súbita invadió el cuarto.
Sentí a mi marido gruñir. El lobo dentro de él olía una presencia extraña. Sacó de mi mesita de noche la piedra mágica e iluminó el cuarto. Ahí vi que parado ante la ventana estaba ese monstruo de los mil ojos blandiendo sobre su cabeza una espada flamígera.


martes, 13 de agosto de 2013

32. Violante: Luna de miel



Después del affaire Dollfuss, mi marido se volvió insoportable. Parecía una máquina de propaganda fascista.
― Hai veduto?― Davide casi reventaba de orgullo cuando se dirigía a su tío ― Benito se enfrentó a Adolf.
Era cierto. Italia había sido la única en reaccionar cuando Francia e Inglaterra miraban como niños asustados lo que estaba pasando.
―Hemos sentado la pauta― me dijo mi marido esa noche ―.Europa confía en Il Duce, ahora Italia es poderosa y protectora de otras naciones.
No le presté atención. Terminada mi temporada de veda, me fui a Trieste, ya conocía al protocolo, al Mikvah. Ahora, nada más me importaba volver a estar con Davide. Tener una luna de miel como Dios manda.
Senyor Jajam hizo sus maletas y se marchó a ver como estaban las berenjenas en la huerta delos Galante en Dubrovnik. Nosotros nos quedamos solos, y por tres días casi no recordamos que debíamos comer, limpiar la casa o comunicarnos con el mundo exterior. Dormíamos esporádicamente cuando ya nuestros cuerpos agotados pedían tregua de tanto amor.
Fueron días de exploración y conquista. De creernos Adán  y Eva y ser los primeros en destapar los misterios de la pasión erótica. De palparnos mutuamente, de exigir posesión de rincones de nuestra anatomía y jurar que a nadie más le permitiríamos acceso a ellos. Fueron días absurdos en que la felicidad y el placer tenían un aura de irrealidad.
Fue una revelación para mi enterarme que el Talmud, tan lleno de reglas y tabúes, era muy tolerante en lo referente a asuntos carnales, siempre y cuando en la cama fueran varón y hembra y definitivamente matrimoniados ¿Me gustó todo lo que hicimos? La que dice que lo hace todo en la cama o es una guarra o una mentirosa. Pero puedo decirte, Lectora, que me atrajeron más actos, caricias y posturas que los que mi cuerpo rechazó.
En esa nota, partimos de luna de miel. Era agosto, mal mes para viajar en Italia. El calor era insoportable, más al Sur adonde nos dirigíamos. Fue una suerte contar con huestes de ángeles meteorológicos que bajaban temperaturas, hacían soplar brisas refrescantes e incluso una tarde en Venecia, hicieron llover para deleite de mi marido que amaba la lluvia.

Piazza San Marco, años 30's (reportsfrombeyond.com)

Cobijada bajo un impermeable que sostenía sobre mi cabeza, le observé en Piazza San Marco. Hasta las palomas se guarecían del aguacero mientras Davide, parado en medio de la plaza, alzaba el rostro hasta el cielo para que la lluvia lo mojase entero, lo poseyese como él me poseía a mí. Me di cuenta en ese momento, que Davide no era humano. No lo digo en su desmedro. Yo amaba eso que le hacia diferente a los demás hombres.
Fue en Venecia, en Harry´s Bar, donde nos tropezamos con la Duquesa.
―Debo deciros― dijo ceñuda ―que os veis repelentemente felices y que hacéis una guapa pareja.
Me señaló su dedo acusador.
 ―He oído de novias que lucen rozagantes tras su boda, pero has exagerado la nota, hija mía.
Más tarde, y a solas, me dijo.
―Hay algo ultrajante en vuestra felicidad. Es desmesurada.
 No supe si bromeaba o no. En todo caso lo que decía era verdad.
Partimos a Roma donde tuve ocasión de conocer a todas esas damas de postín que protegían la carrera de mi marido. Hasta obtuve una audiencia real en la que Davide me presentó a Su Majestad.
La Reina Helena era más alta y delgada que lo que se veía en fotografías. Me sorprendió ver a Davide hincar la rodilla en el suelo ante ella. Senyor Jajam decía que un judío no se arrodillaba sino ante Dios. Tal vez  fuera un acto de caballerosidad antigua. Davide trataba a su soberana como Bradomín a la Reina Margarita, como ofreciéndole hasta la última gota de su sangre para defenderla a ella y a su reino. Me daba un poquito de celos esa devoción.

Elena de Montenegro, Reina de Italia (wikipedia.it)

Por fin nos alejamos de todo lo conocido y llegamos a Nápoles. Es de ahí donde conservo más recuerdos de cosas que compartimos. Descubrir la diferencia entre la pizza Margherita y la Siciliana; escuchar a alguien cantar “Signorinella Pálida” bajo la ventana de nuestra pensión a la hora en que todos dormían la siesta y nosotros hacíamos el amor; o ver Capri, desde una gelateria al otro lado de la bahía, donde yo tragaba una tras otra esas bolas de hielo picado multicolor que me teñían la boca con su colorante y que Davide me juraba, provocaban disentería.
―Si algún día Benito se enfada conmigo y me manda en confino― dijo, limpiándome la boca con una servilleta ―le voy a rogar que me destierre a Capri.

Dicen que causa tristeza ver el final de la luna de miel. No a mí que deseaba ya comenzar a vivir como señora casada.
Antes de mi boda, hubo una pequeña disputa entre mi abuelo y Davide. Era la opinión de Senyor Jajám que el kasado kaza kiere,  y no quería  vivir con nosotros. Davide entonces ofreció comprar una casa en Trieste para mí. A esto Senyor Jajám puso el grito en el cielo. ¿Cómo iba Davide a despilfarrar dinero en otra propiedad? La casa del acantilado era un legado de su madre.  Ahí debía él vivir conmigo, su mujer.
 Yo, tímidamente, intenté convencer a mi marido que me permitiera vivir cerca del cuartel, pero esto le enfadó. No era la costumbre, no tendría tiempo para mí. Creo además que le ponía celoso que me vieran sus camaradas. Desde que era guapa, Davide andaba como El Moro de Venecia,  con ganas de retar  a duelo a todo él que osaba mirarme.
Finalmente, se tragó el orgullo y rogó a su tío que se quedase en la casa conmigo. No quería dejarme sola y todavía yo tenía mucho que aprender. Los fines de semana, cuando estuviera de permiso,  los pasaríamos juntos.
Fue un arreglo satisfactorio para todos. La compañía de Senyor Jajám me complacía, como me complacían nuestras sesiones en la cocina cuando bajo la mirada de Maurizio, mi abuelo me enseñaba viejas recetas familiares, todas con alguna historia. De vez en cuando llegaba a limusina de Las Delmedigo a reclamarme. Mi abuelo insistía en su prohibición y solo podía ver a Ettie en su casa.
Se cree que después de la luna de miel, las esposas comienzan a ver los defectos  de sus maridos. No era mi caso. La separación de Davide me hacía  añorar su presencia cada vez más. Todos mis actos,  cada platillo que preparaba, cada racimo que desprendía del parrón, cada vestido que me probaba ante el espejo tenía un solo motivo: agradarle.
El verano comenzó a alejarse. Cumplí diecisiete años. Me parecía curioso ser ya una mujer casada y muy casada.  Davide me explicó que le era grato al Dio que le dedicáramos la noche del viernes al amor, que incluso se esperaba que se cumpliese como un mandamiento.  A veces, me daba vergüenza pensar que Senyor Jajám estaba a un par de habitaciones de nosotros, pero nunca esa vergüenza me impedía cumplir con nuestro mitzvah favorito.
ravioles rellenos con calabaza (receto.com)



Sólo me embargaba un temor, la llegada de mi próxima regla que nos impediría seguir amándonos, pero pasó septiembre y no me bajaba la sangre. Comencé a  perder el apetito, a negarme a probar ciertos alimentos para luego hartarme de frutas y pastas. Estaba muy cansada e incluso me quedaba dormida  en la mesa. Senyor Jajám me observaba sin decir nada, hasta que un viernes cuando estábamos rellenando ravioli con puré de calabaza, me desmayé en la cocina. Me desperté ante la mirada interesada de Maurizio y la preocupada de mi abuelo.
―La verdad es que no me lo esperaba tan pronto― dijo, tomándome el pulso ―pero cómo no iba a ser. Si os pasáis como conejos en la cama.
El significado de sus palabras me arreboló la cara.
― ¿Estás seguro?
Sostuvo mi muñeca.
―Aquí hay dos pulsos― se inclinó a mirarme ―y dos pupilas en tu ojo. ¿Cuántas faltas has tenido?
Me daba vergüenza responderle, pero era médico y mi abuelo.
―Una, quizás dos.
―Habrá que arreglar el viejo cuarto de Davide― dijo meditabundo ―para que cuando nazca la niña, en primavera, pueda ocuparlo.
― ¿Davide ocupaba otro cuarto?
Necesitaba cambiar el tema. La idea de estar embarazada me parecía demasiado prodigiosa para siquiera pensar sobre ella.
―De niño, ocupaba el cuarto que está al lado de que fue tuyo de soltera. Ahora ocupáis la alcoba de su madre.
―Qué extraño. No hay nada de ella ahí.
―Las pertenencias de Diamante están allá afuera―señaló a la terraza―. Bajo las losas. Davide las enterró ahí cuando  se  llevaron a su madre al manicomio.
Sentí una inmensa tristeza al recordar a la tía Diamante que, quiéralo o no, iba a ser la abuela de mi hija.
― ¿Por qué estás tan seguro que va a ser niña?
Me sirvió un poco de confitura de membrillo. El mareo me había abierto el apetito.
―Creí que tu marido te lo había dicho. Ni él ni Viktor tendrán jamás un varón.
Al parecer, los hijos de Ashmedai no podían engendrar varones.
―Una vez le nació un  nieto varón― la voz de Senyor Jajám sonaba aciaga como una profecía y supe que hablaba de Gavrilo Galante ―. Y ya ves como ha acabado, en la cama de Lilith. Se dice que algún día será tan poderoso como los ángeles y estos habrán de darle muerte.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Ettie solo hablaba maravillas de su tío político. Yo todavía no lo conocía. Mi abuelo me observó fijamente, como leyendo mis pensamientos.
― No te alarmes. También se dice que únicamente tu “hija” puede evitar tanta catástrofe. Por eso están destinados a casarse. Pero eso lo dirán El Dio y el tiempo. ¿Te molesta la idea de tener sólo hijas?
―En absoluto― dije con sinceridad ―. La mayoría de las mujeres deseamos hijas.
―Voy a tomar el velero hasta Trieste― dijo Senyor Jajám ―Esta noticia debes dársela cuando estéis solos. Trata de descansar hasta que Davide llegue. La cena ya está dispuesta. Decirte que descanses después será una perdida de tiempo. Con lo aficionados que sois a cumplir con el Mitzvah del Shabát.
Sentí que la cara me ardía.
― ¿Pero se puede?―pregunté.
―Debería decirte que no― respondió severo ―pero sí se puede hasta el séptimo mes, a menos que haya algún contratiempo antes. Igual, espero que tratéis a la niña con cuidado. Nada de copular en la mesa de la cocina.
― ¡Senyor Jajám!― grité escandalizada.
Riéndose, mi abuelo se marchó. Yo me quede sentada en la cocina, con mi mano en el vientre tratando de hacer más concreta la idea de una niña que crecía dentro de mí.
Terminé de poner la mesa y me fui a bañar y a vestir.
Fue al salir del baño que la tos comenzó.  Pensé que seria alguna reacción a las sales, de baño pero el proceso de vestirme fue interrumpido por ataques de tos que me dejaban agotada. Mi cabeza ardía, pero mi cuerpo estaba helado. Lo adjudiqué a un catarro, producto del cambio de estación, pero era el colmo de la mala pata, agriparme justamente ese día.
Por la ventana, sentí pasos en la explanada y la voz de mi marido saludando a Maurizio.
Usualmente, yo bajaba corriendo la escala y me lanzaba en sus brazos, para qué luego él me subiese cargando. Esta vez, el  ritual de las tardes del viernes fue entorpecido por accesos de tos que me atrapaban cada dos escalones y, finalmente, terminaron en un desmayo. Lo último que alcancé a ver fueron las caras preocupadas de mi marido y del gato Shedim.
Desperté al pie de la escalera, con mi cabeza apoyada en el hombro de David que tomaba la temperatura de mi frente.
― ¡Estás ardiendo!― dijo con voz alterada.
―Creo que cogí frio― respondí.
―Esta es calentura de pulmonía. Tienes que haberla incubado desde hace días.
No deseaba discutir con su lógica médica. No era conversación para futuros padres. Intenté levantarme, pero el cuerpo me pesaba.
― ¿Dónde esta mi tío?― pregunto Divide ― ¿Acaso no vio lo mal que estabas?
―Se marchó a Trieste, pero estuvo aquí temprano para recogerme en mi primer desmayo y darme su diagnóstico.
Me las arreglé para sonreír.
― ¿Cuál diagnóstico?― Ya salía el impaciente lobo por  boca de mi marido ― ¿Cómo es eso que te has desmayado dos veces? ¿Qué tienes?
Cogí su mano y la puse sobre mi vientre.
 ―Nada que no se cure en un par de meses.
Entendió enseguida. Mi lobo era muy agudo. Me besó hasta ahogarme. Tuve que empujarlo para poder toser.
―Pero la preñez no provoca tos― dijo preocupado.
Con mucha ternura, me alzó en sus brazos y me llevó hasta nuestro cuarto en la segunda planta. Ahí me depositó en la cama y comenzó a quitarme los zapatos.
―Vas a acostarte y descansar― dijo acariciándome los pies desnudos.
Sentí una gran desazón. Me las había arreglado para arruinar uno de los días más felices de nuestra vida.
Mientras me desabotonaba el vestido, Davide trató de consolarme diciéndome que tendríamos muchos días para celebrar. Lo importante es que íbamos a tener una hija y debía cuidarme.
De  la cómoda me trajo una camisa de dormir de popelina blanca. Me ayudó a quitar el sujetador y, de paso, acarició mis pechos. Al sentir sus dedos, por primera vez sentí otro tipo de fiebre que quizás pudiese superar a la gripe. Atraje su cabeza hacia mí y lo besé con intensidad. Sus manos recorrieron mi torso desnudo expulsando el frío y el dolor, pero la tos volvió a apoderarse de mí.
―No puedo― la frustración hizo brotar las lágrimas a mis ojos ―. Esta maldita tos no me va a dejar amarte como quiero.
― ¿Quién sabe?― observó  Davide filosóficamente ―Nunca he estado dentro de una mujer con tos convulsiva. Sería una experiencia novedosa.
Le di un pescozón en el brazo.
― ¡Cállate lobo cochino!
Riéndose,  me puso la camisa por sobre la cabeza.
―Lo que vas a hacer es descansar. Voy a hacerte uno de los famosos tés de Senyor Jajám para bajar la fiebre y ya verás como mañana estás como nueva.
―Sí,  como nueva― dije escéptica, metiendo los brazos por las mangas ―Con tal que no te contagie.
No llegué a escuchar lo que Davide decía porque otro ataque de tos, el más fuerte hasta la fecha, me sobrevino haciéndome doblar en dos. Sentí que los pulmones se me subían por la garganta. Asustada, puse mi mano sobre mi boca para detenerlos, pero sentí un líquido tibio y viscoso escurriéndose por mis dedos. Vi el rostro de Davide palidecer de susto. Seguí su mirada y vi la sangre que manchaba el camisón.