Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

martes, 15 de octubre de 2013

34. Violante: El que lucha con los ángeles


Davos, enero de 1935

El Ángel de la Muerte estaba junto a mí,  y ya no había tutía. Ay, Lectora, yo hacía unos segundos le abrazara como a un pariente perdido. Pero al verle tan feo, como un gnomo o un ídolo pagano, me acometió un susto infantil y me cubrí la cabeza con la ropa de cama.
No necesitaba más mi lobo para defenderme. Escuché su voz alzarse en una invocación en lengua extraña que ni yo conocía. Me atreví a aparecer por debajo de las sábanas y vi una inmensa nasimia cubrir mi cama como una nube de bruma.
Con un rugido, el ángel arrojó la espada contra mí, pero ésta chocó con el mosquitero como si éste fuese hecho de acero.
― ¡Insolente!― bramó el ángel. Hablaba en arameo y yo podía entenderle ― ¿Quién te ha dado derecho a alzar el escudo Shedim? ¿Quién te crees que eres?
―Soy un Príncipe Shedim que protege a su mujer― la voz de mi marido era serena.
Volviéndose a mi, Davide  dijo en castellano.
―Resiste, Violante. Ni el Shamir puede traspasar el escudo Shedim― señaló al Ángel de La Muerte ―.Ni él tampoco ya que no trae una orden divina para hacerlo.
― ¡Tengo una orden de llevarme a tu mujer!― insistió el de Los Mil Ojos.
―Pero no tienes un bakdol ¿verdad?
Recordé que mi marido me contara que el Cielo era un paraíso burocrático. Era lo único que El Dio aceptara del Diablo, la burocracia. En el Cielo todos los ángeles se movían por decretos, órdenes y estatutos.
El Ángel no traía el famoso bakdol, por lo que se volvió  hacía mi marido y apuntó la espada directo a su ombligo. En ese instante, vi que Davide también estaba armado. En su mano enarbolaba, no la espada oficial que nos dividiera antes de casarnos, sino una cimitarra gigante que relucía a la luz de la piedra-linterna.
―Que no se diga que Davide, hijo de Ashmedai, huyó de una batalla― alzó la espada de manera amenazadora ― ¡Vete y no vuelvas sin tu orden!
― ¡Salte de mi camino, lobo híbrido!― gritó el Ángel ―.O deja que el poder del Todopoderoso te haga añicos.
Con gesto burlón, mi marido comenzó a hacer malabares con su espada pasándola de mano a mano, provocando más la ira de su adversario.
― ¿El poder del Todopoderoso o el de tu orgullo ofendido?  No creo que traigas una orden pidiendo mi cabeza. Hoy no es día para matarme. Hazlo y estarás ejerciendo un libre albedrío que os está vetado a vosotros, angelillos.
El Ángel se detuvo dubitativo. Eso envalentonó más a mi lobo.
―Mátame y arderás eternamente en Gehenna como mi tío Caín o vivirás suspendido entre los cielos como mi abuelo Azazel.
 Esta recitación de parientes castigados tuvo un breve efecto sobre el Ángel, pero rápidamente se recuperó. No sería el Ángel de la Muerte si permitiese que un licántropo le asustase.
Fuego emergió de sus mil ojos y convertido en una antorcha ambulante se lanzó sobre Davide, pero la voz de su adversario era más veloz que una espada. Y otra vez oí una formula. Esta la reconocí porque se parecía a la que yo usaba para convocar a los ángeles. Una nueva presencia entró en escena. Y vi, casi tocando al ángel llameante, a un joven alto y delgado de cabellos negros y rizados.
―Hermano, no toques a mi protegido― la voz del recién llegado era muy dulce.
―Apártate, Hermano Rafael― gruñó el Ángel de la Muerte.
―No dejes que tu ira te vuelva irreflexivo, Davide tiene una larga vida ante él. No tomes decisiones en el nombre de nuestro Rey― suplicó el Arcángel.
Refunfuñado, el Ángel de la Muerte bajó su espada.
―Tienes una pequeña tregua, Dovid ben Ashmedai― rezongó ―Me voy al Cielo a ver que tienen que decir de tu grosería, pero volveré. Tu esposa desea morir. ¿Por qué imponerle tu voluntad?
Con esas palabras desapareció y con él, la oscuridad.
El mosquitero desapareció también y Rafael se acercó mi lecho. Posó su mano en mi frente que ardía, refrescándola, con su mero contacto.
― ¡De prisa!― le urgió Davide ―Cúrala, poderoso Arcángel, tú que eres médico.
Rafael me sonrió pero sus ojos eran tristes cuando se volvieron a mi marido.
―No puedo. Hay cosas que todavía no sabes.
― ¡Pues dímelas!― gritó mi marido exasperado.
―No me corresponde a mí esa área.
En eso, sentí un crujido a mi costado donde  recién estaba sentado Davide. Ahora otro ocupaba el sillón donde durmiera Delarah todos esos días. Era Viktor, pero un Viktor más viejo.
―Quizás tu padre pueda explicarte mejor― dijo Rafael y así supe que al fin iba a conocer a mi suegro.
Ashmedai hizo un gesto despectivo para que el Arcángel se retirara.
―Puedes irte, Rafael. Esto es un asunto de familia.
Sin decir palabra, Rafael desapareció y Ashmedai fijó sus ojos en su hijo que mantenía su mirada tercamente en el suelo.
― ¡Bravo, Davide! No pensé que tuvieses tantas agallas―. Se volvió hacia mi ―Mi querida niña, por fin nos conocemos. Ya ves como es tu marido. No me invitó a la boda, no me avisó que iba a ser abuelo.
El recuerdo de mi hija muerta me retorció las entrañas como una tenaza al rojo vivo.
― ¡Tú mataste a mi hija!― Davide apuntó a su padre con su dedo acusatorio.
―No fui yo― la sonrisa desapareció del rostro ése que era de Viktor, pero a la vez no lo era.
―Fuisteis vosotros― mi suegro volvió a mirarme ―.Mi querida Violante, no te has dado cuenta, pero vosotros sois un caos de la naturaleza. Una desmesura entrópica que existe únicamente porque el Todopoderoso tiene algún plan que hasta yo ignoro. Ese plan lo llevareis a cabo separados, juntos podéis causar alguna catástrofe.
― ¡Qué mentiroso eres!―el rostro de Davide estaba desencajado de dolor y rabia.―Hadakosh Baruj Ju permitió nuestra unión. El la preparó. ¿Cómo explicas que soñase con Violante todos estos años? ¿Qué su saliva me haya salvado la vida?
Su Majestad asentía a cada palabra de su hijo con expresión pensativa.
―Es cierto, pero mi Patrón es muy caprichoso. Cambia de idea como tú de corbata. Ahora ya no os desea ver juntos. ¿Qué le voy a hacer yo?
― ¿Y por eso Violante debe morir?― la voz de Davide enronquecía de dolor.
― ¿Quién habló de morir?― Ashmedai hizo un gesto de falsa sorpresa ―Esta jovencita tiene una larga vida por delante, con muchos hijos y prosperidad. Eso si la dejas.
Dejar es un verbo bisemántico implica abandonar algo o permitir algo. En este caso comprendí que para que Dios me permitiese vivir, Davide debía abandonarme.
― ¡No lo escuches! ― Me ordenó mi marido ―. Es tan mentiroso como su mujer. Debemos resistir esto juntos.
― ¿Hasta la tumba, como los Amantes de Verona?― se burló su padre ― ¿No te basta con haber matado una esposa? Eres un Barba Azul.
Davide se aferró a los barrotes de metal de mi cama. Vi como sus nudillos palidecían, señal del esfuerzo que le costaba contenerse.
― ¿No lo sabías Violante?― mi cara de sorpresa me delataba ante mi suegro ―Resulta que Agar, la primera Signora Ascarelli, descubrió a su marido cuando se transformaba en lobo. No tenía la experiencia con licántropos que tienes tú. Cayó fulminada y el pobre Davide en traje de lobo no pudo auxiliarla. Tuvo que esperar toda la noche sentado al lado de ella. Ya cuando volvió a ser hombre era viudo.
Miré con asco a esta criatura tan cruel. Ahora comprendía el rumor de que Davide matara a Agar. Me dolía el corazón al imaginar su tortura atrapado en un cuerpo inútil sin poder socorrer a su mujer. 
―Estoy con Davide―dije con voz firme―. Lucharemos y nuestro amor superara a la muerte.
― ¡Qué cursi!― gimió Ashmedai ―De mi hijo espero cualquier cosa porque es bruto como su madre. Pero tú Violante que has sido elegida para una misión sagrada, que has visto el resplandor de La Innombrable, ¿cómo puedes ser tan mediocre? Qué rápido te olvidas de la promesa que hiciste a tu Naiciña. Juraste terminar la tarea que la idiota de Diamante no cumplió. Cuidar de Davide. Puedes morir por tu amor, pero entonces tu marido vivirá destrozado por el remordimiento. ¿Es eso lo que quieres? ¿Hundirle más en la desesperación? ¿Terminar de enloquecerlo?
Comencé a llorar. Me sentía muy confundida
―No entiendo― musitó mi marido cabizbajo ―.He servido al Dio con todas mis fuerzas. Le he amado y así me paga. ¿Por qué?
― Hombres mejores que tú ya se han hecho esa pregunta― comentó Ashmedai con desdén ―Job por ejemplo. Servir a tu Dio es un trabajo ingrato. Tú solo llevas unos años haciéndolo y has vivido como un rey, rodeado de honores y privilegios. Yo que he vivido cincuenta siglos, te puedo hablar de sacrificios, de malos pagos, de dolor. Yo que he enterrado a mis hijos, que he visto amigos ser masacrados y a mi padre languidecer en una eterna prisión, sé lo que es sufrir por un Patrón que muchas veces nos olvida. ¿Qué sabes tu lo que es pertenecer a una raza que los humanos maldicen y mal nombran demonios? Ahora se te pide como sacrificio abandonar los brazos de una mujer. Todas las mujeres son iguales. ¿Qué tiene ésta de diferente? ¿Acaso muerde con el coño?
Las manos de Davide soltaron de los barrotes y le vi a punto de lazarse sobre su padre. No alcanzó a tocarlo porque sacando fuerzas de la nada, de un brinco, me interpuse y oprimí al cuerpo de mi marido al mío.
― ¡No!― dije tratando de calmarlo con mis caricias.
 Seguí repitiendo el “no” hasta que le sentí relajarse. Apreté su cabeza contra mi pecho como si fuera un niño al que había que alimentar. Todo lo que deseaba era que no viese a ese padre que se complacía en martirizarlo, aunque todo lo que dijese fuese verdad.
―Muy bien, suegro, explícame ahora el negocio ― que increíblemente serena sonaba mi voz ― Yo dejo a Davide ¿y qué pasa conmigo? ¿Sigo aquí como la Dama de las   Camelias?
Mi suegro chasqueó los dientes.
― ¡En qué cabeza cabe,  mujer! Apenas me firmes este papelillo― se quito el pañuelo del bolsillo superior y extrajo una hoja doblada en cuatro. ―Rafael, a quien ya has conocido, vendrá y te dejara como nueva.
Metió la mano la mano dentro de su americana y la volvió a sacar.
― ¿Habrá un bolígrafo por aquí? Le presté mi Montblanc a una dama esta mañana y se la ha quedado―miró con desprecio a Davide quien le observaba con ojos vidriosos como si no le reconociese ― A ti no te pido,  si ya sé que nada más cargas tus cuchillos de faquir.
―Hay uno en la mesita de noche― le indiqué con el hombro.
Mis brazos me dolían de tanto sujetar a Davide que era un peso muerto. Por entre mis piernas sentí correr sangre y el pánico entró en mi cabeza. Me iba desangrar, quizás era mejor así. No firmar nada, pero todavía tenía una última carta. El sueño de Delarah.
Mi suegro se nos acercó, bolígrafo en una mano y el documento en la otra.
― Fírmalo Violante. Léelo por supuesto. Eso no es como los papeluchos de Lilith. Aquí sólo se te pide acatar la voluntad del Altísimo.
―No tan rápido― conseguí formular una sonrisa ―. Nos estás pidiendo que muramos en vida, porque vivir separados es eso.
―No soy yo, Violante, es mi Patrón.
―Y tú gozas cumpliendo esa orden, no me lo niegues. Pero como no somos payasos, cobraremos por esa diversión. Quiero algo a cambio de mi firma.
Fue su turno de sorprenderse.
―Si esperas que vaya donde El Patrón…
―Esto no tiene nada que ver con tu Patrón. Tú te has ensañado y divertido con nosotros, ahora paga el billete de entrada. A mí por romperme el corazón sin yo tener culpa, y a Davide por hablarle con esa bestialidad indigna de un padre.
El Rey de los Shedim torció la boca.
―Al cabo que si sabes morder.
Por un momento pensé que me iba a atacar, pero su rostro se compuso.
 ―Está bien, que no se diga que soy tacaño. ¿Qué deseas?
―Que deseamos― le corregí ― Nos darás lo que más deseamos, claro menos estar juntos. Algo que nos compense de ese dolor.
Besé los ojos de mi esposo.
 ―Cielo mío, piensa bien que vas a pedir. Tiene que ser algo muy valioso.
Viré mi rostro hacia mi suegro.
―Quiero que me des el poder de acortar el camino.
Fingió no entenderme por lo que tuve que ser más específica.
―Ya sabes. Kefizat ha derech. Ese don de de trasladarme a cualquier lugar en un segundo.
Ashmedai puso cara de escandalizado.
― ¿Qué pides,  chiquilla? Si ese don nada más se le concede a los muy sabios o muy piadosos.
Me encogí de hombros.
―Pues yo lo quiero. Anda que es muy poco― Empezaba a sentir mi cabeza flotar como si hubiera bebido champaña. Debía ser la perdida de sangre.
Mi suegro comenzó a revolver los ojos como una máquina traga perras
―Te lo concederé, pero con un límite―dijo finalmente ―. Únicamente,  podrás usarlo los lunes.
―Me parece justo.
 Nunca creyera yo que fuese tan fácil torcer la voluntad del Rey de los Shedim. Y ahí comprendí que acababa de cumplir con los pedidos de  Naiciña. Solamente me faltaba encontrar los seis libros restantes de María Hebrea, pero tendría que hacerlo sola. Acaricié la cabeza del hombre al que ya no podría seguir sirviendo como mujer.
―Es tu turno, ángel mío.
Davide se irguió. Por primera vez desde la aparición de su padre, se veía entero y seguro.
―Quiero tu anillo. El que le quitaste a Shlomo-ja-melej.
Los ojos azules del Rey pestañearon, pero luego sonrió y se quitó el anillo que llevaba en la mano izquierda.
―Oigo y obedezco, Príncipe de los Shedim. Aquí lo tienes.
Davide miró a la sortija con desprecio.
―No te pases de listo. Ya sabes cual quiero.
―Esta es muy valiosa― insistió Ashmedai.
―Sirve para comunicarse con animales. Don que ya poseo. Dame la que te pido. Ya daka, daka.
La mano de Davide se estiró hacia su padre quien le dirigió una mirada oscura.
― ¿Estás seguro? Otros, por sólo desear esta sortija, han tenido triste fin.
Sin responder, Davide movió los dedos exigiendo la joya. Ashmedai se quitó el anillo del índice de su mano derecha y lo puso en la palma de su hijo. Davide  hizo saltar en el aire la sortija para luego cogerla y colocársela en su anular, arriba de su alianza matrimonial.
Firmé el papel sin leerlo. El texto era muy breve. Mi marido si se tomó el tiempo de leerlo, pero termino firmándolo también.
Todo comenzó a darme vueltas y sentí que me hundía en un pozo. Lo último que oí fue el grito de Davide.
― ¡Llama a Rafael que se nos muere!



Cuando abrí los ojos era de día y un sol grande y dorado entraba por la ventana. Brinqué de la cama y corrí a la ventana, a ver como la nieve de los pinos comenzaba a fundirse. Abrí el cristal y una brisa primaveral entró a entibiar mi cuerpo.
― ¿Extraño fenómeno meteorológico verdad?― me volví y vi que el Arcángel Rafael estaba en el sillón  ―.Tus ángeles quisieron brindarte una alegría con este clima de primavera.
― ¿Y Ashmedai y Davide?― pregunté mirando a mí alrededor.
―Su Majestad se ha marchado. Nada más tiene que hacer aquí. En cuanto a Davide, está pagando tu cuenta. Tampoco tú tienes nada que hacer aquí.
Me sentía muy bien, como no me sintiera en meses. Ya no tosía, ya no me dolía el pecho ni sentía la sangre fluir de mi vagina.
― ¿Estoy curada?
―Completamente. Puedes volver a emprender tu camino.
Bajé los ojos al recordar el precio que tendría que pagar por mi salud.
―Pero sola. ¿Qué será de mí? ¿Que será de mi Davide?
―Los justos nunca están solos― dijo el arcángel ―En cuanto a Davide, quizás su camino sea muy turbio y te arrastrase con él a un pozo que no es tu sitio.
― ¿Ese anillo que obtuvo de su padre...?
―  Es el Sello de Salomón que sirve para convocar a ángeles y demonios.
― ¿Puede hacerlo?
―Convocarnos sí. ¿Qué le obedezcan? Lo dudo. Tal vez más de alguno se enfade ante su insolencia.
El ángel se acerco a mí.
―Eres muy valiente. No estoy criticando al Todopoderoso, pero tu sufrimiento acabará algún día y tendrás tu recompensa.
Agaché la cabeza. Ya no valía la pena llorar sobre leche derramada. Debía resignarme.
―Muchas gracias Señor Arcángel por curarme.
―Agradéceselo Al De Arriba― apuntó al cielo ―Allá se te tiene en alta estima.
Con esas palabras, Rafael desapareció.




(Arcangel Rafael)

Davide ―ya ni me atrevía a llamarle marido―pagó por mi estadía en el hospital y yo empaqué mi equipaje. Me parecía imposible poder moverme ágilmente, cuando hacía algunas horas apenas podía tenerme en pie. La pregunta ahora era dónde ir. No podía volver a Trieste a la casa de Davide. Fue Delarah quien llegó a salvarme con una oferta de ser mi guía en las próximas semanas, pagando todos mis gastos
―Cuando Maimuna me aviso que viajase rápidamente a Davos, a acompañarte en tu enfermedad, pensé que te encontraría muerta― dijo con mirada de reproche mientras me ayudaba empacar ―pero bueno, quizás estés un poco muerta. Yo lo estaría con todo lo que has pasado.
― ¿Adónde iremos?― pregunté.
―A París― dijo arrojando unas prendas interiores en la maleta sin doblarlas. En el mundo de Frau Brand sólo las mucamas empacaban.
―Beberemos champaña todas las noches, bailaremos hasta el amanecer y te enseñaré a flirtear. No tienes que acostarte con nadie, pero si quiero que te quites esa tristeza de adentro. Después, hablaremos de negocios. Tu tía me ha dicho que seremos socias en lo de su restaurante.
Comprendí que el sueño de muchas mujeres se me haría realidad. Sería independiente, pero en ese momento odiaba esa independencia. Mis ojos cayeron sobre mi alianza de oro.
―Quisiera ver a Davide por ultima vez.
Delarah pegó un respingo.
 ― ¿Tú no aprendes, verdad?―  hizo una mueca ―bueno, por última vez, y después a esperar a mañana que es lunes y podrás ejercer tu nuevo don y llevarnos a Paris.

Esa noche, Davide vino a verme a mi cuarto.  Bastome verlo para saber que estaba hecho añicos. Su mirada de rabia me era insoportable.
―Por favor, amor, no me mires así― supliqué.
―Hubiese preferido que ambos nos hubiésemos ido al infierno, pero juntos.
― ¿Por eso me odias?
Lanzó un suspiro.
 ―Cuando se ha amado tanto a una persona ese sentimiento nunca puede convertirse en indiferencia. Soy un hombre de extremos. Si te amé ayer, hoy nada más puedo odiarte.
―Ódiame, pero no me olvides― estiré mi mano y cubrí la suya nuevamente aferrada al barrote de mi cama. Retrocedió como si le quemara.
―No me toques. ¡En el nombre del Dio, no lo hagas!
Traté de detener las lágrimas que se abarrotaban mis ojos pugnando por salir.
―Ódiame todo lo que queras, pero por favor, no te divorcies de mi.
Me miró como si le hablase en lapón.
―Has firmado un papel jurando romper todo lazo conmigo y ahora me pides…
―Firmé un papel diciendo que renunciaba a ti, pero no hablé de divorcio. Además nos casamos en Italia donde no hay divorcio.
―Pero yo puedo repudiarte según la Ley de Moisés― dijo ―. Sin siquiera avisarte.
―Lo sé, por eso te ruego, por nuestra hija muerta. Si algún día encuentras una mujer que te hace feliz, escríbeme y ese día te daré la libertad. Pero mientras me ames, mientras me odies, quiero que sigamos casados.
― ¿Y si tú volvieras a enamorarte?
―Nunca― cerré los ojos ―nunca.
Sentí sus manos en mi cuello.
―Júralo. Si me entero que has estado con otro, lo buscaré y lo mataré. Si mi padre mató a los siete esposos de Sarah, yo mataré a cincuenta que se te acerquen.
Me sentí llena de felicidad al oír  a mi bruto  profesar su amor inalterable por mí,
―No seré de nadie sino de ti. Y quiero que cuando El Dio se arrepienta y vuelva a juntarnos sigamos casados.
Me soltó sorprendido.
― ¿Ese  es tu gran plan? ¿Esperar que el Dio se arrepienta?
―Tu padre dijo que cambiaba de idea cada rato. Hagámosle cambiar sus planes demostrándole que aun alejados seguimos siendo el uno del otro.
Sus ojos se llenaron de desilusión.
―Eres una verdadera Pandora. Has soltado todas las calamidades sobre mí, pero insistes en aferrarte a la esperanza.
― ¿No puedes tú hacer lo mismo? ¿Guardar en tu corazón la convicción de que alguna día volveremos a estar juntos?
Se metió las manos en los bolillos y miró el cielo.
― ¿Recuerdas el cuento del Pescador y su Alma? El pescador expulsó a su alma de su cuerpo y  la mandó a vagar por el mundo. Sin el corazón del pescador, el alma se volvió cruel. Yo soy así ahora. Sin corazón no tengo espacio para esperar nada bueno.
Salió por la puerta cerrándola con un portazo. Recién comprendí que Davide tan sabio en el Talmud y tan versado en la Tora, carecía de fe. Yo tendría que tenerla por los dos.



Fue el lunes cuando salimos Delarah, mi equipaje y yo del Hotel Gentien sin decir palabra de nuestro destino ni mirar atrás. Mis valijas embarcaron a Paris en el tren, pero Delarah y yo viajamos usando otra vía. Comprobé que mi suegro no mintiera y que tenía el poder de acortar el camino.
Lectora, sé que vosotras os devanáis los sesos tratando de adivinar cómo se consigue tamaño prodigio. Como toda magia, nace de un sonido. No de una canción como mis milagros meteorológicos sino de una oración. Ya oíste de otros que se cree que acortar el camino se consigue diciendo el Shema al revés. Si me preguntas, te diré que quizás sí, tal como hay quien jura que correr tres vueltas, en contra de las manecillas del reloj, alrededor de una sinagoga te vuelve invisible. He visto gente hacerlo y desaparecer. A otros los  he visto quedar más mareados que perdiz borracha y siempre en el mismo sitio. Tal como les ocurre a muchos que recitan el Shema de atrás para adelante. Después quedan corridos e incómodos, con la única certeza de que dijeron mal una oración, que puede ser también pecado.
Así es que no puedo todavía decirte como lo hice. Te basta saber que en menos de un minuto,  Delarah y yo estábamos en un puente del Sena.
De la sorpresa dejé caer el libro que llevaba en mis manos. Era Le Grande Meaulnes, último disfraz elegido por La Puerta de las Tempestades. Al alzarlo, el libro se abrió en una página en la que el texto ya no estaba en francés.
―Hija mía― leyeron mis asustados ojos―si puedes leer esta pagina es que ya posees el don de Kefizat Ja Derej, y que ese don no viene de mí sino que es una compensación de Arriba por tu gran sacrificio.
― ¿Qué tanto lees?― preguntó Delarah impaciente.
En voz alta leí lo que acababa de saber.
―Vaya, pues es un buen pago por tu sacrificio― dijo ceñuda, pero su ceño se suavizó al verme llorar.
― Anda si soy bruta. No llores. Ya sé que preferirías tener a tu marido antes que este don, pero ya ves. Si Allah todopoderoso te compensa por tu sacrificio quizás también se apiade de ti eventualmente― me cogió de la mano― Vamos que tengo hambre.
Me da vergüenza decirlo, pero yo también tenía hambre. La seguí por esas calles parisinas que pronto se volverían lugar común de mi existencia

Senyor Jajam me dijo que El Dio tiene diferentes nombres en hebreo. Cada uno adecuado a la plegaria que se eleve. Según Delarah, esto también ocurría en el Islam. Allah Vesyarim era a quien se llamaba cuando se deseaba que sonriese a nuestra suplica y que postergase las desgracias que nos impusiera. Fue a El a quien rezaría por mucho, mucho tiempo, hasta que me escuchó.
Así, Lectora, doy término a los prodigiosos sucesos que me acaecieron antes y después de cruzar la primera Puerta de María Hebrea. Lo más extraordinario, al traer a la memoria algo que sucedió hace mas de un cuarto de siglo, es no poder sentir lástima por esa mujer que era yo a los diecisiete años. Casi tan extraordinario como mi incapacidad para recordar una pasión que entonces me hacía jirones el estómago al imaginarme vivir separada de Davide.
¿Qué sabía esa pobre ilusa de separaciones y encuentros que le tenía preparado su mazal? ¿Qué sabía del amor que sobrepasa pasiones y que aumenta con el tiempo y la distancia, que supera hasta la muerte y que perdona la traición más vil?

Trieste, 1963

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