Davos,
enero de 1935
El
Ángel de la Muerte estaba junto a mí, y
ya no había tutía. Ay, Lectora, yo hacía unos segundos le abrazara como a un
pariente perdido. Pero al verle tan feo, como un gnomo o un ídolo pagano, me
acometió un susto infantil y me cubrí la cabeza con la ropa de cama.
No
necesitaba más mi lobo para defenderme. Escuché su voz alzarse en una
invocación en lengua extraña que ni yo conocía. Me atreví a aparecer por debajo
de las sábanas y vi una inmensa nasimia
cubrir mi cama como una nube de bruma.
Con un
rugido, el ángel arrojó la espada contra mí, pero ésta chocó con el mosquitero
como si éste fuese hecho de acero.
― ¡Insolente!―
bramó el ángel. Hablaba en arameo y yo podía entenderle ― ¿Quién te ha dado derecho
a alzar el escudo Shedim? ¿Quién te crees que eres?
―Soy un
Príncipe Shedim que protege a su mujer― la voz de mi marido era serena.
Volviéndose
a mi, Davide dijo en castellano.
―Resiste,
Violante. Ni el Shamir puede traspasar el escudo Shedim― señaló al Ángel de La
Muerte ―.Ni él tampoco ya que no trae una orden divina para hacerlo.
― ¡Tengo
una orden de llevarme a tu mujer!― insistió el de Los Mil Ojos.
―Pero
no tienes un bakdol ¿verdad?
Recordé
que mi marido me contara que el Cielo era un paraíso burocrático. Era lo único
que El Dio aceptara del Diablo, la
burocracia. En el Cielo todos los ángeles se movían por decretos, órdenes y
estatutos.
El Ángel
no traía el famoso bakdol, por lo que
se volvió hacía mi marido y apuntó la
espada directo a su ombligo. En ese instante, vi que Davide también estaba
armado. En su mano enarbolaba, no la espada oficial que nos dividiera antes de
casarnos, sino una cimitarra gigante que relucía a la luz de la
piedra-linterna.
―Que no
se diga que Davide, hijo de Ashmedai, huyó de una batalla― alzó la espada de
manera amenazadora ― ¡Vete y no vuelvas sin tu orden!
― ¡Salte
de mi camino, lobo híbrido!― gritó el Ángel ―.O deja que el poder del
Todopoderoso te haga añicos.
Con
gesto burlón, mi marido comenzó a hacer malabares con su espada pasándola de
mano a mano, provocando más la ira de su adversario.
― ¿El
poder del Todopoderoso o el de tu orgullo ofendido? No creo que traigas una orden pidiendo mi cabeza.
Hoy no es día para matarme. Hazlo y estarás ejerciendo un libre albedrío que os
está vetado a vosotros, angelillos.
El Ángel
se detuvo dubitativo. Eso envalentonó más a mi lobo.
―Mátame
y arderás eternamente en Gehenna como mi tío Caín o vivirás suspendido entre
los cielos como mi abuelo Azazel.
Esta recitación de parientes castigados tuvo
un breve efecto sobre el Ángel, pero rápidamente se recuperó. No sería el Ángel
de la Muerte si permitiese que un licántropo le asustase.
Fuego emergió
de sus mil ojos y convertido en una antorcha ambulante se lanzó sobre Davide,
pero la voz de su adversario era más veloz que una espada. Y otra vez oí una
formula. Esta la reconocí porque se parecía a la que yo usaba para convocar a
los ángeles. Una nueva presencia entró en escena. Y vi, casi tocando al ángel
llameante, a un joven alto y delgado de cabellos negros y rizados.
―Hermano,
no toques a mi protegido― la voz del recién llegado era muy dulce.
―Apártate,
Hermano Rafael― gruñó el Ángel de la Muerte.
―No
dejes que tu ira te vuelva irreflexivo, Davide tiene una larga vida ante él. No
tomes decisiones en el nombre de nuestro Rey― suplicó el Arcángel.
Refunfuñado,
el Ángel de la Muerte bajó su espada.
―Tienes
una pequeña tregua, Dovid ben Ashmedai― rezongó ―Me voy al Cielo a ver que
tienen que decir de tu grosería, pero volveré. Tu esposa desea morir. ¿Por qué imponerle
tu voluntad?
Con
esas palabras desapareció y con él, la oscuridad.
El mosquitero
desapareció también y Rafael se acercó mi lecho. Posó su mano en mi frente que ardía,
refrescándola, con su mero contacto.
― ¡De
prisa!― le urgió Davide ―Cúrala, poderoso Arcángel, tú que eres médico.
Rafael
me sonrió pero sus ojos eran tristes cuando se volvieron a mi marido.
―No
puedo. Hay cosas que todavía no sabes.
― ¡Pues
dímelas!― gritó mi marido exasperado.
―No me
corresponde a mí esa área.
En eso,
sentí un crujido a mi costado donde
recién estaba sentado Davide. Ahora otro ocupaba el sillón donde
durmiera Delarah todos esos días. Era Viktor, pero un Viktor más viejo.
―Quizás
tu padre pueda explicarte mejor― dijo Rafael y así supe que al fin iba a
conocer a mi suegro.
Ashmedai
hizo un gesto despectivo para que el Arcángel se retirara.
―Puedes
irte, Rafael. Esto es un asunto de familia.
Sin
decir palabra, Rafael desapareció y Ashmedai fijó sus ojos en su hijo que
mantenía su mirada tercamente en el suelo.
―
¡Bravo, Davide! No pensé que tuvieses tantas agallas―. Se volvió hacia mi ―Mi
querida niña, por fin nos conocemos. Ya ves como es tu marido. No me invitó a
la boda, no me avisó que iba a ser abuelo.
El
recuerdo de mi hija muerta me retorció las entrañas como una tenaza al rojo
vivo.
― ¡Tú
mataste a mi hija!― Davide apuntó a su padre con su dedo acusatorio.
―No fui
yo― la sonrisa desapareció del rostro ése que era de Viktor, pero a la vez no
lo era.
―Fuisteis
vosotros― mi suegro volvió a mirarme ―.Mi querida Violante, no te has dado
cuenta, pero vosotros sois un caos de la naturaleza. Una desmesura entrópica
que existe únicamente porque el Todopoderoso tiene algún plan que hasta yo
ignoro. Ese plan lo llevareis a cabo separados, juntos podéis causar alguna
catástrofe.
― ¡Qué
mentiroso eres!―el rostro de Davide estaba desencajado de dolor y rabia.―Hadakosh Baruj Ju permitió nuestra
unión. El la preparó. ¿Cómo explicas que soñase con Violante todos estos años? ¿Qué
su saliva me haya salvado la vida?
Su
Majestad asentía a cada palabra de su hijo con expresión pensativa.
―Es
cierto, pero mi Patrón es muy caprichoso. Cambia de idea como tú de corbata.
Ahora ya no os desea ver juntos. ¿Qué le voy a hacer yo?
― ¿Y por
eso Violante debe morir?― la voz de Davide enronquecía de dolor.
―
¿Quién habló de morir?― Ashmedai hizo un gesto de falsa sorpresa ―Esta
jovencita tiene una larga vida por delante, con muchos hijos y prosperidad. Eso
si la dejas.
Dejar
es un verbo bisemántico implica abandonar algo o permitir algo. En este caso
comprendí que para que Dios me permitiese vivir, Davide debía abandonarme.
― ¡No
lo escuches! ― Me ordenó mi marido ―. Es tan mentiroso como su mujer. Debemos
resistir esto juntos.
― ¿Hasta
la tumba, como los Amantes de Verona?― se burló su padre ― ¿No te basta con
haber matado una esposa? Eres un Barba Azul.
Davide
se aferró a los barrotes de metal de mi cama. Vi como sus nudillos palidecían,
señal del esfuerzo que le costaba contenerse.
― ¿No lo
sabías Violante?― mi cara de sorpresa me delataba ante mi suegro ―Resulta que
Agar, la primera Signora Ascarelli, descubrió a su marido cuando se
transformaba en lobo. No tenía la experiencia con licántropos que tienes tú.
Cayó fulminada y el pobre Davide en traje de lobo no pudo auxiliarla. Tuvo que
esperar toda la noche sentado al lado de ella. Ya cuando volvió a ser hombre
era viudo.
Miré
con asco a esta criatura tan cruel. Ahora comprendía el rumor de que Davide
matara a Agar. Me dolía el corazón al imaginar su tortura atrapado en un cuerpo
inútil sin poder socorrer a su mujer.
―Estoy
con Davide―dije con voz firme―. Lucharemos y nuestro amor superara a la muerte.
― ¡Qué
cursi!― gimió Ashmedai ―De mi hijo espero cualquier cosa porque es bruto como
su madre. Pero tú Violante que has sido elegida para una misión sagrada, que
has visto el resplandor de La Innombrable, ¿cómo puedes ser tan mediocre? Qué rápido
te olvidas de la promesa que hiciste a tu Naiciña.
Juraste terminar la tarea que la idiota de Diamante no cumplió. Cuidar de
Davide. Puedes morir por tu amor, pero entonces tu marido vivirá destrozado por
el remordimiento. ¿Es eso lo que quieres? ¿Hundirle más en la desesperación? ¿Terminar
de enloquecerlo?
Comencé
a llorar. Me sentía muy confundida
―No
entiendo― musitó mi marido cabizbajo ―.He servido al Dio con todas mis fuerzas. Le he amado y así me paga. ¿Por qué?
― Hombres
mejores que tú ya se han hecho esa pregunta― comentó Ashmedai con desdén ―Job
por ejemplo. Servir a tu Dio es un
trabajo ingrato. Tú solo llevas unos años haciéndolo y has vivido como un rey,
rodeado de honores y privilegios. Yo que he vivido cincuenta siglos, te puedo
hablar de sacrificios, de malos pagos, de dolor. Yo que he enterrado a mis
hijos, que he visto amigos ser masacrados y a mi padre languidecer en una
eterna prisión, sé lo que es sufrir por un Patrón que muchas veces nos olvida.
¿Qué sabes tu lo que es pertenecer a una raza que los humanos maldicen y mal
nombran demonios? Ahora se te pide como sacrificio abandonar los brazos de una
mujer. Todas las mujeres son iguales. ¿Qué tiene ésta de diferente? ¿Acaso
muerde con el coño?
Las
manos de Davide soltaron de los barrotes y le vi a punto de lazarse sobre su
padre. No alcanzó a tocarlo porque sacando fuerzas de la nada, de un brinco, me
interpuse y oprimí al cuerpo de mi marido al mío.
― ¡No!―
dije tratando de calmarlo con mis caricias.
Seguí repitiendo el “no” hasta que le sentí
relajarse. Apreté su cabeza contra mi pecho como si fuera un niño al que había
que alimentar. Todo lo que deseaba era que no viese a ese padre que se complacía
en martirizarlo, aunque todo lo que dijese fuese verdad.
―Muy
bien, suegro, explícame ahora el negocio ― que increíblemente serena sonaba mi
voz ― Yo dejo a Davide ¿y qué pasa conmigo? ¿Sigo aquí como la Dama de las Camelias?
Mi
suegro chasqueó los dientes.
― ¡En
qué cabeza cabe, mujer! Apenas me firmes
este papelillo― se quito el pañuelo del bolsillo superior y extrajo una hoja
doblada en cuatro. ―Rafael, a quien ya has conocido, vendrá y te dejara como
nueva.
Metió
la mano la mano dentro de su americana y la volvió a sacar.
―
¿Habrá un bolígrafo por aquí? Le presté mi Montblanc a una dama esta mañana y
se la ha quedado―miró con desprecio a Davide quien le observaba con ojos
vidriosos como si no le reconociese ― A ti no te pido, si ya sé que nada más cargas tus cuchillos de faquir.
―Hay
uno en la mesita de noche― le indiqué con el hombro.
Mis
brazos me dolían de tanto sujetar a Davide que era un peso muerto. Por entre
mis piernas sentí correr sangre y el pánico entró en mi cabeza. Me iba
desangrar, quizás era mejor así. No firmar nada, pero todavía tenía una última
carta. El sueño de Delarah.
Mi
suegro se nos acercó, bolígrafo en una mano y el documento en la otra.
―
Fírmalo Violante. Léelo por supuesto. Eso no es como los papeluchos de Lilith.
Aquí sólo se te pide acatar la voluntad del Altísimo.
―No tan
rápido― conseguí formular una sonrisa ―. Nos estás pidiendo que muramos en vida,
porque vivir separados es eso.
―No soy
yo, Violante, es mi Patrón.
―Y tú
gozas cumpliendo esa orden, no me lo niegues. Pero como no somos payasos,
cobraremos por esa diversión. Quiero algo a cambio de mi firma.
Fue su
turno de sorprenderse.
―Si
esperas que vaya donde El Patrón…
―Esto
no tiene nada que ver con tu Patrón. Tú te has ensañado y divertido con
nosotros, ahora paga el billete de entrada. A mí por romperme el corazón sin yo
tener culpa, y a Davide por hablarle con esa bestialidad indigna de un padre.
El Rey
de los Shedim torció la boca.
―Al
cabo que si sabes morder.
Por un
momento pensé que me iba a atacar, pero su rostro se compuso.
―Está bien, que no se diga que soy tacaño. ¿Qué
deseas?
―Que deseamos―
le corregí ― Nos darás lo que más deseamos, claro menos estar juntos. Algo que
nos compense de ese dolor.
Besé
los ojos de mi esposo.
―Cielo mío, piensa bien que vas a pedir. Tiene
que ser algo muy valioso.
Viré mi
rostro hacia mi suegro.
―Quiero
que me des el poder de acortar el camino.
Fingió
no entenderme por lo que tuve que ser más específica.
―Ya
sabes. Kefizat ha derech. Ese don de
de trasladarme a cualquier lugar en un segundo.
Ashmedai
puso cara de escandalizado.
― ¿Qué
pides, chiquilla? Si ese don nada más se
le concede a los muy sabios o muy piadosos.
Me encogí
de hombros.
―Pues
yo lo quiero. Anda que es muy poco― Empezaba a sentir mi cabeza flotar como si
hubiera bebido champaña. Debía ser la perdida de sangre.
Mi
suegro comenzó a revolver los ojos como una máquina traga perras
―Te lo
concederé, pero con un límite―dijo finalmente ―. Únicamente, podrás usarlo los lunes.
―Me
parece justo.
Nunca creyera yo que fuese tan fácil torcer la
voluntad del Rey de los Shedim. Y ahí comprendí que acababa de cumplir con los
pedidos de Naiciña. Solamente me faltaba
encontrar los seis libros restantes de María Hebrea, pero tendría que hacerlo
sola. Acaricié la cabeza del hombre al que ya no podría seguir sirviendo como
mujer.
―Es tu
turno, ángel mío.
Davide
se irguió. Por primera vez desde la aparición de su padre, se veía entero y
seguro.
―Quiero
tu anillo. El que le quitaste a Shlomo-ja-melej.
Los
ojos azules del Rey pestañearon, pero luego sonrió y se quitó el anillo que
llevaba en la mano izquierda.
―Oigo y
obedezco, Príncipe de los Shedim. Aquí lo tienes.
Davide
miró a la sortija con desprecio.
―No te
pases de listo. Ya sabes cual quiero.
―Esta
es muy valiosa― insistió Ashmedai.
―Sirve
para comunicarse con animales. Don que ya poseo. Dame la que te pido. Ya daka, daka.
La mano
de Davide se estiró hacia su padre quien le dirigió una mirada oscura.
― ¿Estás
seguro? Otros, por sólo desear esta sortija, han tenido triste fin.
Sin
responder, Davide movió los dedos exigiendo la joya. Ashmedai se quitó el
anillo del índice de su mano derecha y lo puso en la palma de su hijo.
Davide hizo saltar en el aire la sortija
para luego cogerla y colocársela en su anular, arriba de su alianza
matrimonial.
Firmé
el papel sin leerlo. El texto era muy breve. Mi marido si se tomó el tiempo de
leerlo, pero termino firmándolo también.
Todo
comenzó a darme vueltas y sentí que me hundía en un pozo. Lo último que oí fue
el grito de Davide.
― ¡Llama
a Rafael que se nos muere!
Cuando abrí los ojos era de día y un sol grande y dorado entraba por la ventana. Brinqué de la cama y corrí a la ventana, a ver como la nieve de los pinos comenzaba a fundirse. Abrí el cristal y una brisa primaveral entró a entibiar mi cuerpo.
― ¿Extraño fenómeno meteorológico verdad?― me volví y vi que el Arcángel Rafael estaba en el sillón ―.Tus ángeles quisieron brindarte una alegría con este clima de primavera.
― ¿Y Ashmedai y Davide?― pregunté mirando a mí alrededor.
―Su Majestad se ha marchado. Nada más tiene que hacer aquí. En cuanto a Davide, está pagando tu cuenta. Tampoco tú tienes nada que hacer aquí.
Me sentía muy bien, como no me sintiera en meses. Ya no tosía, ya no me dolía el pecho ni sentía la sangre fluir de mi vagina.
― ¿Estoy curada?
―Completamente. Puedes volver a emprender tu camino.
Bajé los ojos al recordar el precio que tendría que pagar por mi salud.
―Pero sola. ¿Qué será de mí? ¿Que será de mi Davide?
―Los justos nunca están solos― dijo el arcángel ―En cuanto a Davide, quizás su camino sea muy turbio y te arrastrase con él a un pozo que no es tu sitio.
― ¿Ese anillo que obtuvo de su padre...?
― Es el Sello de Salomón que sirve para convocar a ángeles y demonios.
― ¿Puede hacerlo?
―Convocarnos sí. ¿Qué le obedezcan? Lo dudo. Tal vez más de alguno se enfade ante su insolencia.
El ángel se acerco a mí.
―Eres muy valiente. No estoy criticando al Todopoderoso, pero tu sufrimiento acabará algún día y tendrás tu recompensa.
Agaché la cabeza. Ya no valía la pena llorar sobre leche derramada. Debía resignarme.
―Muchas gracias Señor Arcángel por curarme.
―Agradéceselo Al De Arriba― apuntó al cielo ―Allá se te tiene en alta estima.
Con esas palabras, Rafael desapareció.
![]() |
| (Arcangel Rafael) |
Davide
―ya ni me atrevía a llamarle marido―pagó por mi estadía en el hospital y yo
empaqué mi equipaje. Me parecía imposible poder moverme ágilmente, cuando hacía
algunas horas apenas podía tenerme en pie. La pregunta ahora era dónde ir. No podía
volver a Trieste a la casa de Davide. Fue Delarah quien llegó a salvarme con
una oferta de ser mi guía en las próximas semanas, pagando todos mis gastos
―Cuando
Maimuna me aviso que viajase rápidamente a Davos, a acompañarte en tu
enfermedad, pensé que te encontraría muerta― dijo con mirada de reproche
mientras me ayudaba empacar ―pero bueno, quizás estés un poco muerta. Yo lo estaría
con todo lo que has pasado.
― ¿Adónde
iremos?― pregunté.
―A París―
dijo arrojando unas prendas interiores en la maleta sin doblarlas. En el mundo
de Frau Brand sólo las mucamas empacaban.
―Beberemos
champaña todas las noches, bailaremos hasta el amanecer y te enseñaré a
flirtear. No tienes que acostarte con nadie, pero si quiero que te quites esa
tristeza de adentro. Después, hablaremos de negocios. Tu tía me ha dicho que
seremos socias en lo de su restaurante.
Comprendí
que el sueño de muchas mujeres se me haría realidad. Sería independiente, pero
en ese momento odiaba esa independencia. Mis ojos cayeron sobre mi alianza de
oro.
―Quisiera
ver a Davide por ultima vez.
Delarah
pegó un respingo.
― ¿Tú no aprendes, verdad?― hizo una mueca ―bueno, por última vez, y
después a esperar a mañana que es lunes y podrás ejercer tu nuevo don y
llevarnos a Paris.
Esa noche,
Davide vino a verme a mi cuarto. Bastome
verlo para saber que estaba hecho añicos. Su mirada de rabia me era
insoportable.
―Por
favor, amor, no me mires así― supliqué.
―Hubiese preferido que ambos nos hubiésemos ido al infierno, pero juntos.
―Hubiese preferido que ambos nos hubiésemos ido al infierno, pero juntos.
― ¿Por
eso me odias?
Lanzó un suspiro.
Lanzó un suspiro.
―Cuando se ha amado tanto a una persona ese
sentimiento nunca puede convertirse en indiferencia. Soy un hombre de extremos.
Si te amé ayer, hoy nada más puedo odiarte.
―Ódiame,
pero no me olvides― estiré mi mano y cubrí la suya nuevamente aferrada al
barrote de mi cama. Retrocedió como si le quemara.
―No me
toques. ¡En el nombre del Dio, no lo
hagas!
Traté
de detener las lágrimas que se abarrotaban mis ojos pugnando por salir.
―Ódiame
todo lo que queras, pero por favor, no te divorcies de mi.
Me miró
como si le hablase en lapón.
―Has
firmado un papel jurando romper todo lazo conmigo y ahora me pides…
―Firmé un
papel diciendo que renunciaba a ti, pero no hablé de divorcio. Además nos
casamos en Italia donde no hay divorcio.
―Pero yo
puedo repudiarte según la Ley de Moisés― dijo ―. Sin siquiera avisarte.
―Lo sé,
por eso te ruego, por nuestra hija muerta. Si algún día encuentras una mujer
que te hace feliz, escríbeme y ese día te daré la libertad. Pero mientras me
ames, mientras me odies, quiero que sigamos casados.
― ¿Y si
tú volvieras a enamorarte?
―Nunca―
cerré los ojos ―nunca.
Sentí sus
manos en mi cuello.
―Júralo.
Si me entero que has estado con otro, lo buscaré y lo mataré. Si mi padre mató
a los siete esposos de Sarah, yo mataré a cincuenta que se te acerquen.
Me sentí
llena de felicidad al oír a mi bruto profesar su amor inalterable por mí,
―No
seré de nadie sino de ti. Y quiero que cuando El Dio se arrepienta y vuelva a juntarnos sigamos casados.
Me soltó
sorprendido.
― ¿Ese es tu gran plan? ¿Esperar que el Dio se arrepienta?
―Tu
padre dijo que cambiaba de idea cada rato. Hagámosle cambiar sus planes demostrándole
que aun alejados seguimos siendo el uno del otro.
Sus
ojos se llenaron de desilusión.
―Eres
una verdadera Pandora. Has soltado todas las calamidades sobre mí, pero insistes
en aferrarte a la esperanza.
― ¿No
puedes tú hacer lo mismo? ¿Guardar en tu corazón la convicción de que alguna día
volveremos a estar juntos?
Se metió
las manos en los bolillos y miró el cielo.
― ¿Recuerdas
el cuento del Pescador y su Alma? El pescador expulsó a su alma de su cuerpo y la mandó a vagar por el mundo. Sin el corazón
del pescador, el alma se volvió cruel. Yo soy así ahora. Sin corazón no tengo
espacio para esperar nada bueno.
Salió por
la puerta cerrándola con un portazo. Recién comprendí que Davide tan sabio en
el Talmud y tan versado en la Tora, carecía de fe. Yo tendría que tenerla por
los dos.
Fue el lunes
cuando salimos Delarah, mi equipaje y yo del Hotel Gentien sin decir palabra de
nuestro destino ni mirar atrás. Mis valijas embarcaron a Paris en el tren, pero
Delarah y yo viajamos usando otra vía. Comprobé que mi suegro no mintiera y que
tenía el poder de acortar el camino.
Lectora,
sé que vosotras os devanáis los sesos tratando de adivinar cómo se consigue
tamaño prodigio. Como toda magia, nace de un sonido. No de una canción como mis
milagros meteorológicos sino de una oración. Ya oíste de otros que se cree que
acortar el camino se consigue diciendo el Shema al revés. Si me preguntas, te
diré que quizás sí, tal como hay quien jura que correr tres vueltas, en contra
de las manecillas del reloj, alrededor de una sinagoga te vuelve invisible. He
visto gente hacerlo y desaparecer. A otros los
he visto quedar más mareados que perdiz borracha y siempre en el mismo
sitio. Tal como les ocurre a muchos que recitan el Shema de atrás para
adelante. Después quedan corridos e incómodos, con la única certeza de que
dijeron mal una oración, que puede ser también pecado.
Así es
que no puedo todavía decirte como lo hice. Te basta saber que en menos de un
minuto, Delarah y yo estábamos en un
puente del Sena.
De la
sorpresa dejé caer el libro que llevaba en mis manos. Era Le Grande Meaulnes, último disfraz elegido por La Puerta de las
Tempestades. Al alzarlo, el libro se abrió en una página en la que el texto ya
no estaba en francés.
―Hija
mía― leyeron mis asustados ojos―si puedes leer esta pagina es que ya posees el
don de Kefizat Ja Derej, y que ese
don no viene de mí sino que es una compensación de Arriba por tu gran
sacrificio.
― ¿Qué
tanto lees?― preguntó Delarah impaciente.
En voz
alta leí lo que acababa de saber.
―Vaya,
pues es un buen pago por tu sacrificio― dijo ceñuda, pero su ceño se suavizó al
verme llorar.
― Anda
si soy bruta. No llores. Ya sé que preferirías tener a tu marido antes que este
don, pero ya ves. Si Allah todopoderoso te compensa por tu sacrificio quizás
también se apiade de ti eventualmente― me cogió de la mano― Vamos que tengo
hambre.
Me da vergüenza
decirlo, pero yo también tenía hambre. La seguí por esas calles parisinas que
pronto se volverían lugar común de mi existencia
Senyor Jajam me dijo que El Dio tiene diferentes nombres en hebreo. Cada uno adecuado a la plegaria
que se eleve. Según Delarah, esto también ocurría en el Islam. Allah Vesyarim era a quien se llamaba
cuando se deseaba que sonriese a nuestra suplica y que postergase las desgracias
que nos impusiera. Fue a El a quien rezaría por mucho, mucho tiempo, hasta que
me escuchó.
Así,
Lectora, doy término a los prodigiosos sucesos que me acaecieron antes y
después de cruzar la primera Puerta de María Hebrea. Lo más extraordinario, al
traer a la memoria algo que sucedió hace mas de un cuarto de siglo, es no poder
sentir lástima por esa mujer que era yo a los diecisiete años. Casi tan
extraordinario como mi incapacidad para recordar una pasión que entonces me
hacía jirones el estómago al imaginarme vivir separada de Davide.
¿Qué
sabía esa pobre ilusa de separaciones y encuentros que le tenía preparado su mazal? ¿Qué sabía del amor que sobrepasa
pasiones y que aumenta con el tiempo y la distancia, que supera hasta la muerte
y que perdona la traición más vil?
Trieste,
1963


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