Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

martes, 23 de julio de 2013

29. Violante: Ada-Ester-Sulamita




Trieste-Venecia junio 1934
Fue en el Hispano Suiza y no en el yate de la Delmedigo que regresé a la casona de piedra en el Golfo de Trieste. Mi temor al encuentro con Senyor Jajám me impidió apreciar la belleza del paisaje de la carretera litoral.
Al llegar a un bosque de olivos, Davide enfiló el Hispano Suiza entremedio de los árboles y ahí lo aparcó. Cogidos de las manos, nos internamos en el olivar que me recordó el latifundio de mi madrina.
Mi marido señaló los arboles que nos rodeaban.
― Esto es mío. Es la herencia de mi madre. De esto vivo. Así que no creas los rumores de que te mantendré con lo que gane en las carreras o lo que les quite a las mujeres. Con esto y con mi sueldo del ejército puedo costear tus alfileres—dijo con cierto orgullo.
Coloqué mi mano sobre su brazo.
― ¿Quién te ha dicho que puedes seguir en el ejército? Quizás no me apetezca estar casada con un militar.
Se echó a reír.
― ¿Dónde quedó tu promesa de ser flexible? Lo sabía. A ti te gusta mandar.
Me reí con él, pero cualquier humor se desvaneció al salir del olivar y llegar a la huerta porque más allá vimos a Senyor Jajám cortando uvas de su parrón.
Maurizio estaba con él y al vernos cruzó a brincos el fresal para llegar hasta nosotros. Parecía una vaquilla en miniatura. Mi esposo le alzó del suelo y se lo colocó en el hombro. Así avanzó hacía su tío que estaba tieso, conteniendo la rabia.
― Haces bien en protegerte con Maurizio porque sino te partía la cara en dos y aquí mismo ― le gritó de lejos. 
Corrí a prestarle apoyo a mi marido. Le cogí del brazo y así nos acercamos a mi abuelo.
―Por favor, Senyor Jajám, escucha a Davide. Que tenemos cosas muy gordas que contarte ―imploré.
―Lo más gordo que puedes decirme es que éste ya te ha hinchado la tripa― dijo airado el Dr. Alcalay, fijando los ojos en mi vientre.
Me ardió la cara de vergüenza y sentí que el cuerpo de mi marido se tensaba. Hundí mis uñas en su brazo para contenerle.
―Ya veo que te sorbió el seso nuevamente ―continuó mi irritado abuelo ― ¿Ahora tendré que escuchar vuestras indecencias?
En ese instante, Maurizio abrió el hocico y exhaló un largo maullido que más sonaba a aullido. A todos se nos congeló la sangre.
Senyor Jajam bajó la cabeza con humildad y guardó su furia en alguna gaveta de su interior.
 ―Si es la voluntad de los Shedim que os oiga… ¡Tú entra!― ordenó a su sobrino― Pero nada de hadrikas ni de palabrerías inútiles.
― Vosotros os quedáis afuera― nos indicó al gato y a mí.
Se metió a la cocina y Davide cabizbajo le siguió, cerrando la puerta en nuestra cara.
Me quedé pegada a la puerta tratando de escuchar, pero, ignorante de mí, no entendía su idioma. Maurizio, más insolente que yo, se trepó al alfeizar de la ventana. No me atreví a fisgar como él hacía.
Apenas se escuchaban murmullos. A ratos, se levantaban voces airadas para luego bajar. Un par de veces, yo estuve a un tris de abrir la puerta. Maurizio me lo impidió, bajando del alfeizar y asiéndome de la falda con sus dientes.
Finalmente, Senyor Jajám abrió la puerta y me hizo un gesto de que entrase. Davide estaba sentado cerca de la cocina y parecía estar ocupado haciéndose un corte en la mano.
―Lo que he oído es tan prodigioso que necesito pruebas― dijo mi abuelo.
Resultaban agotadoras esas exigencias empíricas de estos hombres que creían en imposibles, pero al momento de presenciar lo maravilloso se volvían redomados escépticos. Cogí la mano de mi marido y lamí la sangre. Buena judía iba a ser si me la pasaba como Dracula, chupando las heridas de Davide. ¿No qué no podíamos beber sangre?
En un segundo, y ante los asombrados ojos de Senyor Jajám, la herida cesó de sangrar y se cerró sin dejar marca.
A Dio, Senyor del Mundo― dijo mi abuelo y agregó algo en hebreo a lo que mi esposo respondió con un cansado “Amen”. Tras la discusión no parecían quedarle fuerzas.
El milagro recordó a mi abuelo sus deberes de anfitrión. Nos sirvió café y un plato de pastas. Luego se sentó y encendió su pipa.
― Es más que evidente que fuerzas superiores a las nuestras decidieron que vosotros debéis estar juntos. Ahora no sé si eso implica que forméis una familia.
―me miró ―. Davide dice que estás dispuesta a ser de los nuestros.
― Tanto como convertirme... ― empecé y me interrumpió su risa desganada.
 ―Un poco tarde para hablar de convertirse. Puedes adorar a Buda y seguirás siendo judía. Tu madre, que en paz descanse, se encargó de eso. La pregunta es si quieres vivir como judía.
Turbada, respondí afirmativamente. Sus ojos me ponían nerviosa, eran los de un inquisidor.
― ¿Estás dispuesta a no comer jamón ni mariscos nunca más en tu vida?
Asentí calurosamente. Las vieiras y el lacon eran poco sacrificio a cambio de Davide.
Mi abuelo señaló a mi esposo.
―Mira que éste tiene venia de que en noches de luna puede zamparse toda una piara de cerdos. Tú no tendrás esa licencia. ¿Y el Shabát? ¿Estás dispuesta a guardarlo? No sabes ni la mitad de cosas que no podrás hacer en ese día.
Si quería meterme susto lo consiguió, pero ya estaba embarcada y no me iba a amedrentar tan rápido.
― ¿Y Niddah? Me parece que os habéis olvidado un poco de eso― continuó mi abuelo.
Me ruboricé y Davide miró el suelo como buscando hormigas.  Yo sabía que Niddah era lo que obligara a mi marido a poner su espada entre ambos. Algo que no hiciera un par de noches antes.
― Davide me pidió que no te interrogase sobre tus creencias. Me basta con que sigas las tres reglas principales. Pero recuerda, jamás volverás a misa, ni a confesarte, ni comulgar y ni sueñes en bautizar a tus hijos.
Sentí una garra atrapándome el estomago. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿No hubiese sido mejor aceptar el sacrificio de Davide?  Después de todo, ¿cuál de nuestras religiones era más verdadera?
Yo aceptaba todo el judaísmo, pero sentía que a su libro le faltaban las últimas páginas. Me parecía una religión incompleta a pesar de que sus rituales abarcasen todos los aspectos del vida humana. Pero tampoco era yo una católica ortodoxa. Bastaba recordar mis confesiones a medias. El pudor del Padre Matías me impidió siempre revelar secretos esotéricos que El Dio si se sabía de memoria.
¿Si Nuestro Señor y su Santa Madre sancionaban y propiciaban mi comportamiento cismático, no debía yo entonces aceptar un modo de vida que al final era el mismo que ellos llevaran en su existencia terrena?
En estricto rigor, Lectora, yo me sacaba razones de la manga para acallar mis dudas. Mi temor mayor era estar lejos de Davide y él bien valía dejar de ir a misa. Esa fue mi conclusión final, y así cambié mi destino. Otros vivían de acuerdo a ciertas reglas. Mi deber era armar las mías a medida que las circunstancias me lo exigiesen.
Esa tarde, Davide se metió en su uniforme y volvió a sus deberes militares que abandonara durante la locura que lo tuvo convertido en Orlando, El Furioso. Era mi primera vez de verle disfrazado de soldado y me pareció no sólo guapísimo, sino un hombre diferente. Ahora sereno, era el Davide del cual me enamorase, un hombre seguro de sí mismo, el dueño de las cien respuestas.
Me costó separarme de él y eso que nuestra despedida fue discreta, casi fría. La mirada de Senyor Jajám no nos permitió intercambiar caricias ni requiebros.


Me hallé nuevamente en la casona del Adriatico, ocupada en aprender a ser la perfecta casada judía. Senyor Jajám se empeñó en enseñarme a llevar una cocina de acuerdo a las reglas del Kashruth. Tarea complicada, puesto que iba más allá de no consumir crustáceos o lechón asado.
No se podían mezclar carnes, incluso la de ave, con la leche. No se podían mezclar los platos en que se consumían esos alimentos. Debían estar separados. Un hogar tradicional judío necesitaba de una cantidad de vajilla increíble.  Equipo para carne, platos para lácteos, servicio para intermedio o “pareve”, vajilla para el Shabát y las fiestas, y una completamente libre de contaminación cereal que se usaba para la Pascua hebrea.

Pascua judía en Livorno , 1867 (dinnerinvenice.com)

Y si nada más fuese aprender a llevar una cocina. Después venía el asunto del Shabát y de las mil actividades que no se podían llevar a cabo entre la puesta del sol del viernes y la del sábado. Durante ese tiempo no se podía cortar una flor, morderse una uña o desflorar una virgen.
Para el jueves, Lectora, yo ya estaba agotada, mareada, y desalentada. Senyor Jajám ni intentó tocar el tema de Niddah. Eso lo dejó en manos de la excelsa Conttesa Delmedigo. Esta grande dame, a la que me unía un lejano parentesco, mandó aviso que se dignaba a darme un poco de su atareado tiempo para instruirme en “cosas de mujeres”.
Para eso tuve que ir a su caserón en Trieste, en la colina de San Giusto. La Condesa era un poco como mi madrina, aunque el no conocernos me la hacía distante y fría. Era alta, de cabello gris, siempre andaba muy bien vestida y enjoyada. Siempre parecía estar lista para posar para un pintor. Algo que podía ser muy cierto a juzgar por la cantidad de retratos suyos que salpicaban las paredes del caserón.
Villa Delmedigo (boking.cm)

Era una mujer acostumbrada a dar órdenes por lo que sus lecciones parecían castigos que no podían discutirse. Como todas las damas de la Belle Epoque hablaba en eufemismos, y en francés, de asuntos que consideraba escabrosos. Vivía con una nieta y con una inmensa cantidad de criados.
Senyor Jajám me contó con tono trágico como la Condesa perdiera sus hijos mayores en la Gran Guerra. Su hija Ester había huido con un aventurero, el misterioso Gavrilo Galante, primo de Davide. La Delmedigo repudió a esta hija y aun muerta Ester, tenía poco trato con sus tres nietas, producto de un matrimonio no aceptado por su voluntad.
Desde entonces toda su s esperanzas quedaron cifradas en Daniele, su único hijo sobreviviente quien heredaría su titulo y fortuna, pero Daniele, ahora residente en Libia tampoco tuvo suerte en sus matrimonios. Fue para mí una gran sorpresa el saber quien había sido su primera mujer.
― ¿Pearl D’Aguilar, la famosa médium inglesa? ¿Pero no fue asesinada en circunstancias misteriosas en Berlín?
Recordaba leer esta escandalosa historia en algún periódico de los que recibía Padre. Aun a mi tierna edad, me horrorizaron  los pormenores de una muerte escabrosa nacida de la mente de lo que los amarillistas reporteros denominaban como un “maniático sexual”.
“Efectivamente― Senyor Jajam endureció rostro y voz para agregar algo que no iba con su temperamento tolerante y generoso― era una mujer irresponsable que llevó una vida disipada y tuvo el mal fin que merecía. Jamás se ocupo de su hija.
 El resultado de esa extraordinaria messalliance era una niña “delicada”, otro eufemismo para explicar que la nieta de la Condesa era totalmente idiota.
Para añadir más sal a la herida, antes de cumplir un año de viudez, Daniele se fugó con su cuñada, Thirza D’Aguilar. Un matrimonio que las leyes inglesas consideraban ilegal incluso incestuoso. La segunda nuera tampoco cumplió con las expectativas de la Delmedigo ya que tras casi morir pariendo otra hembra, quedó estéril. La Contessa hizo lo más práctico, desterró a su hijo y su segunda familia al África del Norte y asumió su triste realidad, la pequeña idiota sería su única heredera. Con fatalismo levantino, Rozal Delmedigo aceptó el designio de su Dio.
Era yo tan feliz entonces que egoístamente no podía sentir lástima ni por esa mujer tan adinerada y solitaria ni por su grotesca nieta que merodeaba como un fantasma la existencia de su abuela. No me la presentaron, ni su nombre supe. Me imaginé que la tendrían escondida en algún rincón del caserón.
Las clases me las daba la Delmedigo en un saloncito dieciochesco todo tapizado de brocado rojo que hubiese encantado a Casanova. Una tarde en que trataba de no dormirme ante las recatadas explicaciones de mi maestra, sentí a alguien correr por la galería, arriba de nuestras cabezas.
Alcé la mirada y alcancé a ver una criatura que avanzaba casi en cuatro patas como un simio. Se detuvo, apoyó la cara contra las barras del balcón de la galería y me observó. Me sorprendió no sólo que su mirada era extraordinariamente inteligente, algo poco común en los retrasados mentales, sino que además era muy bella con un cabello negro azulado  y gigantescos ojos ambarinos que me recordaron a los de mi Naiciña. La Condesa, sin decir una palabra, se puso de pie. La criatura salió huyendo acompañada de gemidos guturales que se apagaron al abrir y cerrar una puerta tras la cual encontró refugio.
La Delmedigo no hizo ningún comentario ante la aparición de su extraña nieta, pero ese viernes que tuve que pasar el Shabát con ella, cerré mi puerta y mi ventana con pasador. Hasta puse una silla contra la puerta. Aún así, en mi modorra, sentí la presencia de un ser extraño que me observaba en la oscuridad. Una presencia que se escurrió hasta la puerta y la traspasó tal como lo hiciera Viktor cuando era lobo.

Respiré aliviada cuando la llegada a Trieste de Dass me liberó de las vistas a la Contessa. Las Delmedigo partieron a pasar el verano en su palacio en Venecia  y  La Tía Dass  relevó a la Contessa de sus lecciones. Era mejor maestra, sin duda. Al ser más moderna y mundana inclusive resultaba ser mejor maestra que Senyor Jajam. Siento parecer injusta, porque con el tiempo le tomé afecto a mi abuelo, pero la Tía Dass conocía mis dudas femeninas y mi perplejidad religiosa ante tanto detalle e hilar tan fino.
También mi tía relevó a Senyor Jajám de otras lecciones y ella continúo con las clases de cocina que iniciáramos en Viena. Ahí comprendí cual era la diferencia entre chefs y cocineras.
Mi abuelo era un hombre exacto, que seguía las reglas. Jamás se le ocurriría suplir un ingrediente a último momento. Ponía el grito en el cielo cuando veía a su hija coger puñados de sal o especias y arrojarlos en la olla sin medir cantidades. Mi tía, Catuxa, Sister Julian y yo cocinábamos por instinto, experimentando espontáneamente, tal como vivíamos. Quizás por eso las correas de una religión rígida no nos gustaban.
Entre las muchas actividades mundanas de Tía Dass, estaba la de encargarse de mi ajuar y de mi vestido de bodas. Tanto Senyor Jajám como mi tía ofrecieron comprarme lo más refinado que pudiesen encontrar en las casas de moda de Milán. Incluso hablaron de ir a Paris, pero yo me negué. Mi boda no iba a ser un circo.
En el baúl de mi cuarto, que ahora compartía con Tía Dass, encontramos un vestido de verano de organdí de Naiciña. A pesar del tiempo, estaba en buen estado y no tenía ese tomo amarillento que adquiere la ropa blanca cuando yace guardada por largo tiempo.
Parecía perfecto hasta que me lo probé. La cintura de soltera de Naiciña era más estrecha que la mía. Tía Dass remedió el traspié llevando el vestido a una misteriosa costurera que lo devolvió en menos de dos horas. En ese tiempo, la modista deshilvanó las costuras y ensanchó la cintura con una gran faja de seda celeste entresacada en una pieza de encaje.
―Dicen que trae suerte usar algo azul― dijo Tía Dass.
Tenía el vestido viejo, la faja azul, el velo amplio de gasa bordado con mariposas plateadas, que era nuevo y vino de Venecia, y mi tía me prestó sus zapatos. Quería también prestarme pendientes pero una novia judía, como señal de humildad, jamás lleva joyas. Ya sólo faltaba el novio.
Después de dos semanas de acuartelamiento, mi marido regresó para encontrarme hecha una experta en Niddah y en cocina sefardí, a pesar de que acabé reprobando el curso del Shabát. Lo tomó con gran filosofía.
―Es cuestión de práctica. Un año metiendo la pata y luego ya eres una experta― Me sorprendió su amplitud de mente, pero hasta Senyor Jajám me aseguraba que los pecados de los ignorantes eran perdonados por El Dio.
―La mala intención, la alevosía, hacer cosas de adrede, eso si está mal― repetía.
Davide consideró que ya sabía yo lo necesario, que no había impedimento para nuestra boda y que podíamos casarnos cuanto antes.
―La fecha exacta la pone tu novia―le recordó Tía Dass con una leve carraspera. Según me explicaron, yo tenía que escoger el día de acuerdo a mi ciclo menstrual. Algo complicado, ya que siempre fui irregular.
― ¿Os casareis en Trieste?― preguntó mi abuelo ― ¿Quién oficiará? Espero que no me escojáis a mí. Yo tengo que escoltar a la novia a la juppa.
Davide nos comunicó que tendríamos boda militar, y que la oficiaría el Teniente Luzzatto, el rabino-capellán de su escuadra. Cada día yo aprendía algo nuevo. En Italia había capellanes militares judíos, algo inaudito en España.
― ¿Tendrás arco de sables?― Tía Dass estaba encantada ante la idea de una boda militar ― ¿Podrás conseguir suficientes oficiales judíos en tu regimiento para hacerlo?
―De más― fue la respuesta displicente de su primo ―.Y si no, les traigo de otro. El Regio Esercito está colmado de oficiales judíos.
No era una fanfarronada. En esa época era una verdad grande como un castillo.



Fue unos días antes de la boda que recibí un extraordinario telegrama. Tan extraordinario que se lo tuve que dar a leer a mi abuelo. No daban crédito mis ojos.
―Rozal te ruega que vayas a Venecia―Senyor Jajam confirmó mis asombrados temores―Necesita de tu ayuda.
Viajar sola en un país desconocido me parecía una idea estrambótica, pero ya lo hiciera yo en España. Algo que mi abuelo recordaba muy bien. Mayor fue mi sorpresa cuando vi que el Dr. Alcalay me empujaba a hacerlo.
― Rozal mandará a su chofer a buscarte. Sera un viaje largo, pero tu estadía será corta. No empaques mucho equipaje.
Sacudí mi cabeza, dispuesta negarme con todas mis fuerzas pero en los ojos de mi abuelo había una nube de preocupación.
― ¿Acaso sabes de que se trata?―le pregunté.
―Me temo que si, y solo tu puedes ayudarla. Le debemos muchos favores a Rozal, Violante, y después de todo es nuestra parienta.
Sería parienta de él. Los favores los recibirían otros, pero no tuve el valor de decírselo a mi abuelo ni de negarle un capricho. Eso sí,  a través de ese viaje silencioso en el automóvil que la Delmedigo envió por mi, frio como sarcófago, me fui repelando de mi loca decisión.
Ni siquiera el espectáculo de Venecia que solo conocía por fotografías cambió mi oscuro genio. El chofer que era más mudo que una gárgola de catedral (a lo mejor hasta le cortaron la lengua) por señas me indicó que me apeara y le siguiera hasta una góndola que nos esperaba en las aguas de la laguna. A pesar de la leve llovizna y los nubarrones la Reina del Adriático no podía sino impresionarme en ese viaje de cuadro de Canaletto, tal como el Palazzo Delmedigo que era nuestro destino.
Por fuera la inmensa mansión color marfil  ya asombraba, por dentro quitaba el aliento. Al lado de este esplendor el palacio de la Duquesa era una chabola.
(classical adiction.com)

Atravesamos un patio de mosaicos bizantinos y espigadas columnas, para subir una larga escalinata de mármol. Lo impresionante es que ya en la planta baja se veían arriba de nuestras cabezas más galerías, más escaleras y arcos.
Cruzamos una puerta de gruesas hojas de ébano y nos internamos en salas que llevaban a otras salas. Yo apenas alcanzaba a vislumbrar lámparas de cristal, me imagino que de Murano, y muchos frescos que ocupaban los cielos rasos. Finalmente llegamos a un salón dotado de grandes ventanales cubiertos por cortinajes de color mantequilla. Frente a una chimenea, coronada por un Tiepolo y unas estatuas de mármol, me esperaba mi anfitriona en salto de cama en el mismo tono de las cortinas. Lo que más me perturbó fue que La Contessa estaba hecha un mar de lágrimas, algo inconcebible en una dama tan compuesta como ella. Al verme se abalanzo a abrazarme mientras sollozaba y me llamaba “figlia mia”.

Palazzo Pisani (classical addiction.com)

Era tal su desazón que por primera vez desde la llegada del telegrama sentí lástima por ella y cierta preocupación. Esta no se disipó con lo que Rozal Delmedigo dijo o al menos logré entender entre sus gemidos.
―No nos esperábamos esto…Ni Viktor ni Davide...Solo tu. Me han hablado de tus poderes...
¿Qué tenían que ver mi prometido y su hermano o mis poderes en este  jaleo? La Delmedigo alzó la mano señalando a algún punto perdido arriba de nuestras cabezas. Podría señalar la planta alta o el planeta Júpiter, así de ambiguo el gesto
―allá, allá esta. Nadie se atreve a acercársele. Solo tú.
Por fin comprendí que el barullo tenía que ver con la misteriosa nieta y que necesitaría de mis poderes esotéricos para desencantarla.
La Contessa estiró la mano e hizo sonar una campanilla. Una mucama acudió al llamado, pero cuando la Contessa le ordenó que me llevase “allá” vi duda en los ojos de la chica como si sopesara si perder el empleo era mejor opción que enfrentar fuerzas oscuras. Finalmente enfiló sus pies hacia la puerta haciéndome un gesto para que la siguiera. Al parecer todo el servicio era mudo en esa casa. Subimos a una planta superior y seguí a la criada por un largo pasadizo. Cuando estábamos a un metro de una puerta blanca, la chica soltó un “sta e qui” y se tomó las de Villadiego. Actitud que debería seguir yo sino fuera mi curiosidad mayor que mis miedos.
Abrí la puerta con cautela y dejé que mis pies entre asen en un cuarto grande e iluminado, pero que parecía victima de un huracán. Hasta el papel tapiz de tono verde hoja estaba rasgado. Un armario de madera verde almendra mostraba una puerta abierta por la que escapaban líos de ropa. Otras prendas esparcidas por el suelo, me indicaron que algo salió o intentó ocultarse en el armario. No era lo único que decoraba la alfombra. Vi libros con cubiertas y páginas arrancadas como a dentelladas y una muñeca de porcelana a la que la caída decapitase, y otra de trapo, medio desnuda. Su ropa también exhibía marca de dientes afilados. Eso, y un poderoso olor que flotaba sobre mi cabeza, me indicaron la presencia de un lobo.
Ahora comprendía porque me llamaron. ¿Pero qué lobo era ése? ¿Uno que devorara ya a la Caperucita deficiente mental o tal vez fuera ella la trastocada? El olor me indicó que se trataba de una loba joven. Tenia que ser la Contessina. Me agaché a recoger un taburete volteado y aproveché de examinar el cuarto. Había pocos muebles. Un estante de libros cuyo contenido yacía en el piso. Una guitarra en su estuche en un rincón y una maquina de coser de esas de juguetes en la que las niñas de entonces aprendíamos a hacer dobladillos y pegar botones.
La lobita no estaba en ningún rincón ni bajo ningún mueble ni en el armario. Por lo tanto solo había un espacio donde ocultarse. Bajo la cama cuyo dosel casi tocaba el techo y cuya colcha de color rosa lechón barría el suelo. Ahí estaba la muy tuna. Con paso seguro me acerqué al lecho y estando a medio metro de el, pegué un salto y caí sobre la colcha. El estruendo debería servir para alborotar a una manada. Pero nada ocurrió. En cambio, sobre mi cabeza sentí un gruñido muy poco tranquilizador. Alcé mis espantados ojos, pero antes de poder ver lo que me amenazaba, todo el dosel se vino sobre mí aplastándome y quitándome el resuello.
Manoteé como si me ahogara tratando de quitarme de encima esas olas de seda rosa, pero ante mi horror mis dedos encontraron un largo morro lobuno sobre el cual brillaban maliciosos los ojos ambarinos que una vez me observasen desde la galería de la mansión Delmedigo en Trieste.
Aunque joven, la loba pesaba lo suyo y comencé a experimentar esa angustiante sensación de sofoco ya que su cuerpo presionaba mi tórax y mi abdomen. No sabia que hacer y mi terror llegó un punto desconocido cuando del morro asomaron colmillos y una cita cervantina.
―Española, hazte a lo largo y busca en otra parte tu ventura, sino quieres en esta morir hecha pedazos por mis uñas y mis dientes, y no preguntes quién es la que eso te dice...”
Con eso, Lectora, no tuve más remedio que desvanecerme.

Cuando volví en mi estaba tendida en la alfombra, pero mi cabeza descansaba sobre un cojín y mis pies se hallaban envueltos con los restos de la cortina. Desde donde estaba podía ver la cama ahogada por el dosel, pero no vi a la loba. Tras de mi alcancé a oír el sonido de la maquina de coser. Pero por  sobre el sonido se elevó una voz humana, no talmente humana porque quien cantaba  solo podía ser la feiticeira
Bambina innamorata
Stanotte t'ho sognata
Sul cuore addormentata
E sorridevi tu



Aunque el cuello me dolía mucho intenté incorporarme. Solo alcanzaba a ver la espalda de la cantante inclinada sobre su costura y ese cabello larguísimo negriazulado que descendía por su columna vertebral hasta alcanzar las patas de la silla. Mi movimiento la alertó, seguramente conservaba en forma humana los agudos sentidos del lobo. En un segundo estuvo a mi lado con una expresión de genuina preocupación en el rostro.
―No te muevas―hablaba en un acentuado español―Il Zio Davide no me perdonaría si algo te pasara.
Con firmeza gentil, aunque su fuerza era la superior a la de una niña, me obligó a recostarme. Obseréó su rostro. De cerca se notaban sus facciones finas, pero aguzadas. Era delgadita, con grandes y profundos ojos. Su cuerpo aparentemente frágil ya ofrecía formas femeninas.
―Quien lo diría. Eres más enclenque de lo que pensé― chasqueó la lengua―Vas a darle la razón a La Noninna. Te describió como una piccola insignificante donnetta.
Me llenó de ira que La Contessa a mis espalda hiciera comentarios de ese tipo
― ¿Eso te dijo de mí? Pues bien que me mandó recado cuando tuvo un problema
―No te enfades. Para ella todos somos insignificantes. Gavrilo dice que así son todos los cobardes―. Sus ojos se llenaron de desprecio― ¿La has visto? Ella y sus esbirros. Hemos armado una batahola, en una de esas pude haberte devorado, pero los muy...ni se han asomado a ver si estamos vivas.
Tenía razón y no pude evitar sonreír. La lobita sonrió enseñando afilados dientes
―Tú no tuviste miedo. Lo noté, te observé como examinabas todo lo mío. ¿Por qué te desmayaste entonces?
―Con tu peso casi me rompes las costillas. No podía respirar. Además, no tengo la costumbre de oír hablar a los lobos y me amenazaste.
Su sonrisa se troco en incredulidad
― ¡Acaba!―Me sorprendió la vieja interjección de Naiciña―Si era una cita literaria. Leí recientemente el Persiles y Segismunda. Con Cervantes, el Zio Davide me enseñó tu idioma. Y lo de los lobos parlantes. ¿No charlaste acaso con el Zio Viktor?
Me sorprendió ese titulo de parentesco que le daba a Davide y a su hermano. Pero La Contessina me lo explico enseguida. Aparentemente, la enigmática médium era otra hija de Ashmedai. Eso explicaría la licantropía de...
― ¿Cómo te llamas?― Pregunté a la que ya debía ver como sobrina.
― ¿Ni eso te ha contado? Me llamo Ada Ester-Sulamita, pero Tizzy y Betsy me dicen “Ettie” y ahora todos me conocen por ese apodo.
Se puso de pie.
―Tú también puedes decirme así.
Iba a preguntar quiénes eran Tizzy y Betsy cuando noté que la falda de su vestido tenía un gran manchón de sangre que reconocí como flujo menstrual. ¿Venia la licantropía con el mes? ¿O era al revés? Los ojos de Ettie cayeron sobre la falda y la arrugo con gesto nervioso y avergonzado mientras me explicaba que al volverse mujer por primera vez la noche antes apareciera en ella también la curiosa metamorfosis.
A mi pesar, la situación me resultaba fascinante, Senyor Jajam me habló en su momento sobre los hijos licántropos del Rey de los Shedim, pero jamás mencionó a las hembras.
―Noté lo de la sangre ayer, después de la hora del té. No fue gran sorpresa ya que Las Galante me lo habían explicado. Todas ellas son mujeres ya, aun Zuchinna que es menor que yo.―Vi la tristeza oscurecer más sus ojos― Aunque no tienen madre, Gavrilo las preparó para ese momento
Deduje entonces que las Galante eran las primas de Ettie, las rechazadas nietas de La Noninna.
― ¿Le avisaste a tu madrina que te llegó tu mes?
Ettie se rió sin ganas.
―Pensé que te habrías dado cuenta por esas clases tan chuscas que te da. La Noninna le tiene horror a hablar de cosas de mujeres. Yo venia preparada. Traía en mi equipaje un paquete azul que me dieron mis primas. Son paños que Gavrilo les trae de Inglaterra. Se van en la basura―señaló el armario y su ropa desordenada ―Ahí le guarde y no estaba. Supe que me lo habían robado.
― ¿No será que lo pusiste en otro lado?
La impaciencia arrugó su nariz.
―Que me lo robaron te digo. Siempre lo hacen. Como se supone que soy idiota, se aprovechan. Me dio tanta ira. Vino la mucama. Ni el nombre le sé. Amenazó con encerrarme. Y ahí ocurrió...”
Yo también sentí ira de ver lo desprotegida que estaba Ettie. ¿De qué valía ser Contessina y millonaria si las criadas te robaban tus chismes? Instintivamente la abracé. Sorprendiome que no rechazara mi contacto aunque algo me dijo que no estaba acostumbrada a los arrumacos.
―Cuando te enojaste te volviste loba ¿y como te volviste humana?
―No sé. Estuve dando vueltas por aquí por horas. Con las patas no podía abrir la puerta. Entonces llegaste y me oculté arriba de la cama. Nunca había saltado tan alto y cuando te hablé. No sé...salté de la cama y era niña de nuevo―Me miró intensamente.― ¿Crees que sea así siempre? Me enfado y me vuelvo loba, te hablo y me vuelvo niña.
No sabía que responderle, pero no era tan fácil como parecía. Hasta ahora no viera nunca a nadie convertirse en lobo a menos que hubiese luna llena. El caso de Viktor, mi cuñado me ol explicó, era excepcional.
La mancha de sangre en la falda iba en aumento y ahora era del tamaño de un plato.
― ¿Tienes algodón y gasa?― pregunté― Puedo hacerte un apósito y debes lavarte y ponerte un vestido limpio.
―En el baño del pasillo hay un botiquín.
Ettie  se puso en cuatro patas, que imaginé seria su medio de movilizarse. Curioso que nadie sospechara que su forma de desplazarse fuese un presagio de lo que seria al hacerse mujer. Avanzados solo dos pasos, la lobita lanzó un gritito y apoyándose en un banquito laboriosamente se puso de pie. Corrí a asistirla
― ¿Qué te sucede?
Su respuesta fue apoyarse en mí y dar unos pasos erguida. Entonces soltó mi brazo y caminó con la columna derecha y una sorpresa mayúscula escrita en sus ojos
―Desde que me conozco― anunció al llegar a la puerta ―que me es mas fácil caminar como un gato, pero ahora no me molesta hacerlo como un humano. ¡Que maravilla!
―Algo bueno tenía que salir de esto― le dije.
Íbamos ya por el pasillo cuando un leve cuchicheo nos hizo voltear la cabeza. Sentí una puerta que se cerraba a nuestras espaldas. Así que alguien nos espiaba. Me acerqué a la puerta y al abrirla me encontré a la mucama que me llevara acompañada de otra. Ambas abrazadas temblando hasta la punta de sus cofias Aunque sabía que no me entenderían las apostrofé en español.
― ¡Sois unas cobardes! Espiáis tras la puertas y le robáis a una niña. ¡Id inmediatamente a prepararle el baño a La Contessina y traedle una muda de ropa!
Vi el terror en el rostro de las mujeres a pesar de que no entendían ni jota de  mis gritos. . Ni corta ni perezosa, Ettie sirvió de traductora. Las mucamas salieron disparadas no sé si a subirse a una góndola o a cumplir mis deseos.
Resultó ser lo último y pude por fin bañar a Ettie, y vestirla en ropas limpias Fue mientras secaba su lago cabello que le oí una observación curiosa.
Sei fragile y casi bruta, ma sei buona. Entiendo que Zio Davide y María Hebrea te hayan elegido.
 La sorpresa hizo que la toalla cayera de mis manos
― ¿Ettie, qué sabes de María Hebrea?
Su respuesta fue tan ingenua como a murada de sus grandes ojos.
―Todo. Que tu eres la elegida para leer sus libros y que yo he de ayudarte.
Me tuve que sentar en el borde de la tina. Las sorpresas me aplastaban
― ¿Cómo sabes eso, criatura?
Perche leí me lo ha detto. ―en su entusiasmo Ettie saltaba de un idioma al otro―Che tu sarai la mia maminna.Che io saró la tua prima figlia
Acabada de decir esas palabras y me abrazó tan fuerte que casi me tumba al suelo. Ahí caí en cuenta que a pesar de su corta edad y su canijo cuerpo, Ettie tenía una fuerza superior a la mía.

Aunque la Delmedigo fiel a su naturaleza timorata, no hizo acto de aparición, envió a las criadas a preparar un cuarto con dos camas para que pasase la noche con su nieta y también una cena ligera.
Durante mis reglas yo perdía el apetito y solo comía golosinas. No era ese el caso de Ettie que se zampó el pollo hasta los huesos, comió su ensalada con las manos y empinó el plato de consomé lamiendo hasta la última gota. Suspiré, si era el deseo de María Hebrea que terminase de criar a esta singular criatura, iba a tener que empezar desde cero. Ettie a pesar de su instintiva inteligencia era un diamante en bruto que necesitaba de mucho pulido. Esa noche, a pesar de que mi “hija” se moría de sueño la mantuve despierta hasta la madrugada escuchando con gran sorpresa la prodigiosa historia de su relación con María Hebrea.
―La conocí en Notre Dame. En días en que la Zia Ester todavía estaba con nosotros.
A parecer Ester era la única de su estrambótica familia que se tomó algún interés en  la hija de su hermano. Ambas familias, Los Galante y Los Delmedigo en el pasado fueron vecinos en Paris y Ettie se crió con sus primas que hasta ahora eran sus maestras y consejeras. Una discusión con ellas motivó el extraordinario encuentro entre Ettie y María Hebrea o mejor dicho una estatua parlante, la misma que convirtiera a Claudel, espero si con métodos más silenciosos.

(notredamedeparis.fr)

―Ditta dice que los cristianos adoran ídolos. Lo que es gran pecado y que por eso los judíos no debemos entrar en sus templos―me explicó Ettie―Pero Mara dice que esas esculturas y pinturas son obras de arte, que  no hay maldad en admirarlas.
Fue el espíritu artístico lo que llevó a La Contessina a sus nueve años a internarse en Notre Dame, mientras en el exterior sus primas  debatían cuestiones teológicas.
― ¿Qué te dijo la estatua exactamente?
―Que volveríamos a vernos. Pero que su apariencia no sería la misma
Aunque Ettie estuvo de acuerdo en que la verdadera Madonna era mucho mas guapa que cualquier estatua, ese primer encuentro la hizo huir despavorida del recinto.
― ¿Sabías quién era ella?
―Ditta me dijo que era una chica judía que se había metido en líos.
Ahogué mi risa. Los judíos tenían un modo de explicar las cosas
― ¿Sabes lo que  significa?
Ettie adopt un aire de suficiencia
―Por supuesto. Es lo que les ocurre a las mucamas cuando se enredan con los choferes. Se les hincha la tripa y La Noninna les da kamino. Igual, es mucho castigo eso de obligar a María Hebrea a vivir en templos tan fríos. ¿No te parece?
Ahí no pude contener la risa lo que amoscó a mi protegida. Me costó mucho desenfadarla y ya solo conseguí que me contara que por años mantenía amistad con María Hebrea quien le enseñara a leer y a coser. .
― ¿Sabes coser?
Se cruzó de brazos y lanzó un respingo
― ¿Y quién cree La Signora Contessa Di Portela que le arregló su vestido de novia? Harto trabajo que me costó.
Ettie era un enigma. ¿Cómo una chica  que caminaba gatas y a la que todos tildaban de deficiente mental podía poseer tantos talentos? Recordé también la guitarra en el rincón del cuarto de Ettie
― ¿Fue María Hebrea quien te enseñó a tocar a guitarra?
―No, eso me lo enseñó Il Nonno
Supe que se refería al misterioso Ashmedai.
― ¿Fue tu abuelo quien te enseñó a cantar?
Ahora era el tuno de Ettie de sorprenderse.
Cosa hai detto? Ma si non posso cantare. Nadie con sangre Shedim puede cantar
―Pero yo te oí. Cuando volví en si y estabas cosiendo
Sacudió la cabeza
―El golpe te hace delirar. Te digo que es imposible.
―Cantaste― insistí impaciente.― Algo de una bambina innamorata.
Se encogió de hombros y se dejó caer sobre la almohada
Sei pazza. Lasciami dormiré.
Decidí no insistir aunque estaba segura que mis oídos no me engañaran.

A la mañana siguiente tuvimos la alegría de recibir la visita de Viktor. Al parecer, La Condesa le enviara un telegrama con un S:O.S y llegaba pronto a hacer un recuento de los daños y servir de intermediario entre nostras y La Delmedigo. Yo no quería tampoco parlamentar con una mujer por quien sentía nada más que desprecio. Cómo se podía ser tan negligente con alguien de su propia sangre aunque fuese extraña.
A Viktor le encantó ver que me ganara la compasión por su sobrina y andaba dispuesta a protegerla. De todo y todos. Nos anunció que La Noninna, que se inventara un cuento un poco increíble que su nieta ocultaba un perro en su closet, quería que cuanto antes nos regresáramos a Trieste.
Yo también era de la idea que mi “hija”, su guitarra y su maquina de coser regresaran a un mundo más conocido para poder asumir con mayor facilidad los prodigiosos cambios que la afectaban. E´n cuanto a mi, imperiosamente necesitaba del consejo de Senyor Jajam. Lo ocurrido aunque fabuloso también presentaba sus riesgos y yo ya aprendiera mi lección, con lo sobrenatural debía irse con cuidado.
Con la excusa de ir a buscar unos paquetes de Modess que Tía Dass me diera en Viena, logré evadirme de Ettie que ya  acostumbrada a mi presencia  la reclamaba tratándome como si fuera  de su propiedad
El lacónico chofer me llevó hasta la casa del acantilado prometiendo recogerme en tres horas. Mi abuelo me recibió con café turco y  una bandeja de mostachudos que acababa de sacar del horno.
Mostachudos

Entre bocado y bocado le conté de mi ultima empresa. El me escuchó sin interrumpir, ceñudo y con preocupación en los ojos
―Penosa misión te han impuesto Kara de Luna― me dijo al terminar ―¿pero quiénes somos nosotros, míseros mortales, para resistirnos a los designios del Altísimo?
―¿Entonces hice bien en aceptar la empresa?
―Digamos que no podías rebelarte― me respondió en tono desabrido.
Animada por esas palabras me atreví a formular una petición.
―Senyor Jajam...yo quisiera...digo...me seria fácil si pudiera tener algunas veces a Ettie aquí. Bajo tu cuidado y tu consejo..
―¡Nunca!
Su rugido me heló el corazón. Jamás le viera enojado antes. Ni siquiera cuando volvió a ver a Davide viera yo tanta determinación e ira en su semblante
La Bestia Cattiva jamás cruzará el umbral de mi casa― dijo dando un fuerte golpe a la mesa.
 El miedo en mis ojos lo obligó a serenarse
―¿Fija mía es que Viktor no te ha contado?
Sacudí la cabeza. ¿Contarme qué?
―Tu Ettie es nieta de Ashmedai, pero también es nieta de Lilith. Esa que tú conoces como Satanás. Ada Ester Sulamita e la nipotina dei Diabolo.


6 comentarios:

  1. Ay, Male, me voy a tener que armar un árbol genealógico... qué familia tan enorme tiene esta gente!
    Está tan interesante toda esta historia... Siempre me llamó la atención la cultura judía, esta es una manera fenomenal de acercarme a ella.
    Ah, y me ha encantado esta lobita linda... ¡es una ternura!

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    1. Bueno, Ettie es la protagonista de esta novela que tengo en mi cabeza. Pr eso es que parece una historia separada.
      “Cultura judía “es un término muy amplio que abarca muchas subculturas. Yo, en mis novelas, intento recapturar un mundo perdido, la cultura sefardita del Mediterráneo que desapareció con el Holocausto y la cultura judeoitaliana pre-Segunda Guerra Mundial. Ese mudo perdido es de donde venían mis ancestros.

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    2. Sí, cierto, es amplísimo... yo desconozco a qué rama pertenece la comunidad que vive en mi país, que es muy grande y por lo tanto, imagino, debe ser también muy variada. Mi abuelo siempre mencionaba a los sefardíes, y me los he encontrado muchas veces en los textos que hablan de "criptojudaísmo" en la colonización española de América. Parece que la Casa de Contratación sólo permitía que viajasen a este continente los llamados "cristianos viejos", pero no hacía muy bien el trabajo, je... igual, no es un tema del que se trate mucho... como siempre, gracias por los datos...! Y ojalá pronto tengamos también la novela de la lobita...

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    3. A pesar de que hay sefarditas, el 80 de la comunidad judeo-argentina es de origen Askenazi, son judíos de Europa oriental, la mayoría llegó a Argentina a fines del Siglo XX como parte de un proyecto agrario iniciado por el filántropo judío Barón de Hirsh.
      Los judíos italianos vienen en tres paquetes. Los Askenazi que son descendientes de los refugiados de la época hitleriana y de la posguerra (una excepción es la comunidad de Trieste que como parte del Imperio Austro-Húngaro era hogar de judíos que hablaban yiddish); los sefarditas cuyos ancestros inmigraron después de la expulsión de España (España en hebreo se llama “Sefarad”) y los Italkim que son judíos descendientes de hebreos que se establecieron en la Península en días de Julio Cesar.
      Hubo muchas comunidades conversas en América durante La Colonia y le dieron su trabajo a la Inquisición limeña y la de la Nueva España, pero sus descendientes ni saben su origen ni se sienten judíos.
      Uff Cersei está tan menopausica que ni se si me permita seguir trabajando en mi novela.

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    4. Esos son los famosos "gauchos judíos", que tienen su novela costumbrista y todo, escrita por Alberto Gerchunoff...
      No tenía idea que había judíos italianos establecidos desde tiempos de Julio César... pero claro, es lógico si después lo vamos a tener a Pablo predicando en Roma, era muy posible que hubiese gente de su comunidad desde antes...
      Cruzo los dedos para que Cersei aguante lo necesario hasta que puedas conseguirle un reemplazo...!

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    5. Si, los “Gauchos Judíos” de Gerchunoff es el retrato literario de esa inmigración.
      La primera comunidad judía en Europa precede a la Era Cristiana y se fundó en Grecia. Esos judíos se llamaban “romaniot" pero sus descendientes desaparecieron con el Holocausto. No así, aunque menguada, la comunidad italiana que sobrevive hasta hoy con muchos influjos de otras partes. Es Mussolini quien en el famoso discurso que da en Bari en 1934, rechazando el antisemitismo alemán, quien trae a colación el documento más antiguo que atestigua la presencia de comunidades hebreas en la Península. Ahí los judíos solicitan permiso al Senado Romano para enviar un colectivo a “llorar (léase honrar) las exequias de Julio Cesar.
      Cersei se está portando bien. Que siga asi, D-s quiera

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