Trieste-Venecia junio 1934
Fue en
el Hispano Suiza y no en el yate de la Delmedigo que regresé a la casona de
piedra en el Golfo de Trieste. Mi temor al encuentro con Senyor Jajám me impidió apreciar la belleza del paisaje de la
carretera litoral.
Al llegar
a un bosque de olivos, Davide enfiló el Hispano Suiza entremedio de los árboles
y ahí lo aparcó. Cogidos de las manos, nos internamos en el olivar que me recordó
el latifundio de mi madrina.
Mi
marido señaló los arboles que nos rodeaban.
― Esto
es mío. Es la herencia de mi madre. De esto vivo. Así que no creas los rumores
de que te mantendré con lo que gane en las carreras o lo que les quite a las
mujeres. Con esto y con mi sueldo del ejército puedo costear tus alfileres—dijo
con cierto orgullo.
Coloqué
mi mano sobre su brazo.
―
¿Quién te ha dicho que puedes seguir en el ejército? Quizás no me apetezca
estar casada con un militar.
Se echó
a reír.
― ¿Dónde
quedó tu promesa de ser flexible? Lo sabía. A ti te gusta mandar.
Me reí
con él, pero cualquier humor se desvaneció al salir del olivar y llegar a la
huerta porque más allá vimos a Senyor Jajám
cortando uvas de su parrón.
Maurizio
estaba con él y al vernos cruzó a brincos el fresal para llegar hasta nosotros.
Parecía una vaquilla en miniatura. Mi esposo le alzó del suelo y se lo colocó
en el hombro. Así avanzó hacía su tío que estaba tieso, conteniendo la rabia.
― Haces
bien en protegerte con Maurizio porque sino te partía la cara en dos y aquí
mismo ― le gritó de lejos.
Corrí a
prestarle apoyo a mi marido. Le cogí del brazo y así nos acercamos a mi abuelo.
―Por
favor, Senyor Jajám, escucha a Davide.
Que tenemos cosas muy gordas que contarte ―imploré.
―Lo más
gordo que puedes decirme es que éste ya te ha hinchado la tripa― dijo airado el
Dr. Alcalay, fijando los ojos en mi vientre.
Me
ardió la cara de vergüenza y sentí que el cuerpo de mi marido se tensaba. Hundí
mis uñas en su brazo para contenerle.
―Ya veo
que te sorbió el seso nuevamente ―continuó mi irritado abuelo ― ¿Ahora tendré
que escuchar vuestras indecencias?
En ese
instante, Maurizio abrió el hocico y exhaló un largo maullido que más sonaba a
aullido. A todos se nos congeló la sangre.
Senyor Jajam bajó la cabeza con humildad y guardó su furia
en alguna gaveta de su interior.
―Si es la voluntad de los Shedim que os oiga…
¡Tú entra!― ordenó a su sobrino― Pero nada de hadrikas ni de palabrerías inútiles.
― Vosotros
os quedáis afuera― nos indicó al gato y a mí.
Se metió
a la cocina y Davide cabizbajo le siguió, cerrando la puerta en nuestra cara.
Me
quedé pegada a la puerta tratando de escuchar, pero, ignorante de mí, no
entendía su idioma. Maurizio, más insolente que yo, se trepó al alfeizar de la
ventana. No me atreví a fisgar como él hacía.
Apenas
se escuchaban murmullos. A ratos, se levantaban voces airadas para luego bajar.
Un par de veces, yo estuve a un tris de abrir la puerta. Maurizio me lo impidió,
bajando del alfeizar y asiéndome de la falda con sus dientes.
Finalmente,
Senyor Jajám abrió la puerta y me
hizo un gesto de que entrase. Davide estaba sentado cerca de la cocina y
parecía estar ocupado haciéndose un corte en la mano.
―Lo que
he oído es tan prodigioso que necesito pruebas― dijo mi abuelo.
Resultaban
agotadoras esas exigencias empíricas de estos hombres que creían en imposibles,
pero al momento de presenciar lo maravilloso se volvían redomados escépticos.
Cogí la mano de mi marido y lamí la sangre. Buena judía iba a ser si me la
pasaba como Dracula, chupando las heridas de Davide. ¿No qué no podíamos beber
sangre?
En un
segundo, y ante los asombrados ojos de Senyor
Jajám, la herida cesó de sangrar y se cerró sin dejar marca.
―A Dio, Senyor del Mundo― dijo mi abuelo y
agregó algo en hebreo a lo que mi esposo respondió con un cansado “Amen”. Tras
la discusión no parecían quedarle fuerzas.
El
milagro recordó a mi abuelo sus deberes de anfitrión. Nos sirvió café y un
plato de pastas. Luego se sentó y encendió su pipa.
― Es
más que evidente que fuerzas superiores a las nuestras decidieron que vosotros debéis
estar juntos. Ahora no sé si eso implica que forméis una familia.
―me
miró ―. Davide dice que estás dispuesta a ser de los nuestros.
― Tanto
como convertirme... ― empecé y me interrumpió su risa desganada.
―Un poco tarde para hablar de convertirse. Puedes
adorar a Buda y seguirás siendo judía. Tu madre, que en paz descanse, se encargó
de eso. La pregunta es si quieres vivir como judía.
Turbada,
respondí afirmativamente. Sus ojos me ponían nerviosa, eran los de un inquisidor.
― ¿Estás
dispuesta a no comer jamón ni mariscos nunca más en tu vida?
Asentí
calurosamente. Las vieiras y el lacon
eran poco sacrificio a cambio de Davide.
Mi
abuelo señaló a mi esposo.
―Mira
que éste tiene venia de que en noches de luna puede zamparse toda una piara de
cerdos. Tú no tendrás esa licencia. ¿Y el Shabát? ¿Estás dispuesta a guardarlo?
No sabes ni la mitad de cosas que no podrás hacer en ese día.
Si
quería meterme susto lo consiguió, pero ya estaba embarcada y no me iba a
amedrentar tan rápido.
― ¿Y
Niddah? Me parece que os habéis olvidado un poco de eso― continuó mi abuelo.
Me
ruboricé y Davide miró el suelo como buscando hormigas. Yo sabía que Niddah era lo que obligara a mi
marido a poner su espada entre ambos. Algo que no hiciera un par de noches
antes.
― Davide
me pidió que no te interrogase sobre tus creencias. Me basta con que sigas las
tres reglas principales. Pero recuerda, jamás volverás a misa, ni a confesarte,
ni comulgar y ni sueñes en bautizar a tus hijos.
Sentí
una garra atrapándome el estomago. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿No hubiese
sido mejor aceptar el sacrificio de Davide?
Después de todo, ¿cuál de nuestras religiones era más verdadera?
Yo
aceptaba todo el judaísmo, pero sentía que a su libro le faltaban las últimas
páginas. Me parecía una religión incompleta a pesar de que sus rituales abarcasen
todos los aspectos del vida humana. Pero tampoco era yo una católica ortodoxa.
Bastaba recordar mis confesiones a medias. El pudor del Padre Matías me impidió
siempre revelar secretos esotéricos que El
Dio si se sabía de memoria.
¿Si
Nuestro Señor y su Santa Madre sancionaban y propiciaban mi comportamiento
cismático, no debía yo entonces aceptar un modo de vida que al final era el
mismo que ellos llevaran en su existencia terrena?
En
estricto rigor, Lectora, yo me sacaba razones de la manga para acallar mis
dudas. Mi temor mayor era estar lejos de Davide y él bien valía dejar de ir a
misa. Esa fue mi conclusión final, y así cambié mi destino. Otros vivían de acuerdo
a ciertas reglas. Mi deber era armar las mías a medida que las circunstancias
me lo exigiesen.
Esa
tarde, Davide se metió en su uniforme y volvió a sus deberes militares que
abandonara durante la locura que lo tuvo convertido en Orlando, El Furioso. Era
mi primera vez de verle disfrazado de soldado y me pareció no sólo guapísimo,
sino un hombre diferente. Ahora sereno, era el Davide del cual me enamorase, un
hombre seguro de sí mismo, el dueño de las cien respuestas.
Me
costó separarme de él y eso que nuestra despedida fue discreta, casi fría. La
mirada de Senyor Jajám no nos permitió
intercambiar caricias ni requiebros.
Me
hallé nuevamente en la casona del Adriatico, ocupada en aprender a ser la
perfecta casada judía. Senyor Jajám
se empeñó en enseñarme a llevar una cocina de acuerdo a las reglas del
Kashruth. Tarea complicada, puesto que iba más allá de no consumir crustáceos o
lechón asado.
No se
podían mezclar carnes, incluso la de ave, con la leche. No se podían mezclar
los platos en que se consumían esos alimentos. Debían estar separados. Un hogar
tradicional judío necesitaba de una cantidad de vajilla increíble. Equipo para carne, platos para lácteos,
servicio para intermedio o “pareve”, vajilla para el Shabát y las fiestas, y
una completamente libre de contaminación cereal que se usaba para la Pascua
hebrea.
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| Pascua judía en Livorno , 1867 (dinnerinvenice.com) |
Y si
nada más fuese aprender a llevar una cocina. Después venía el asunto del Shabát
y de las mil actividades que no se podían llevar a cabo entre la puesta del sol
del viernes y la del sábado. Durante ese tiempo no se podía cortar una flor,
morderse una uña o desflorar una virgen.
Para el
jueves, Lectora, yo ya estaba agotada, mareada, y desalentada. Senyor Jajám ni intentó tocar el tema de
Niddah. Eso lo dejó en manos de la excelsa Conttesa
Delmedigo. Esta grande dame, a la
que me unía un lejano parentesco, mandó aviso que se dignaba a darme un poco de
su atareado tiempo para instruirme en “cosas de mujeres”.
Para
eso tuve que ir a su caserón en Trieste, en la colina de San Giusto. La Condesa
era un poco como mi madrina, aunque el no conocernos me la hacía distante y fría.
Era alta, de cabello gris, siempre andaba muy bien vestida y enjoyada. Siempre
parecía estar lista para posar para un pintor. Algo que podía ser muy cierto a
juzgar por la cantidad de retratos suyos que salpicaban las paredes del
caserón.
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| Villa Delmedigo (boking.cm) |
Era una
mujer acostumbrada a dar órdenes por lo que sus lecciones parecían castigos que
no podían discutirse. Como todas las damas de la Belle Epoque hablaba en eufemismos, y en francés, de asuntos que
consideraba escabrosos. Vivía con una nieta y con una inmensa cantidad de
criados.
Senyor Jajám me contó con tono trágico como la Condesa
perdiera sus hijos mayores en la Gran Guerra. Su hija Ester había huido con un aventurero,
el misterioso Gavrilo Galante, primo de Davide. La Delmedigo repudió a esta
hija y aun muerta Ester, tenía poco trato con sus tres nietas, producto de un
matrimonio no aceptado por su voluntad.
Desde entonces
toda su s esperanzas quedaron cifradas en Daniele, su único hijo sobreviviente
quien heredaría su titulo y fortuna, pero Daniele, ahora residente en Libia tampoco
tuvo suerte en sus matrimonios. Fue para mí una gran sorpresa el saber quien
había sido su primera mujer.
― ¿Pearl
D’Aguilar, la famosa médium inglesa? ¿Pero no fue asesinada en circunstancias
misteriosas en Berlín?
Recordaba
leer esta escandalosa historia en algún periódico de los que recibía Padre. Aun
a mi tierna edad, me horrorizaron los
pormenores de una muerte escabrosa nacida de la mente de lo que los amarillistas
reporteros denominaban como un “maniático sexual”.
“Efectivamente―
Senyor Jajam endureció rostro y voz para agregar algo que no iba con su
temperamento tolerante y generoso― era una mujer irresponsable que llevó una
vida disipada y tuvo el mal fin que merecía. Jamás se ocupo de su hija.
El resultado de esa extraordinaria messalliance era una niña “delicada”,
otro eufemismo para explicar que la nieta de la Condesa era totalmente idiota.
Para añadir
más sal a la herida, antes de cumplir un año de viudez, Daniele se fugó con su
cuñada, Thirza D’Aguilar. Un matrimonio que las leyes inglesas consideraban
ilegal incluso incestuoso. La segunda nuera tampoco cumplió con las expectativas
de la Delmedigo ya que tras casi morir pariendo otra hembra, quedó estéril. La Contessa hizo lo más práctico, desterró a su hijo y su segunda familia al África
del Norte y asumió su triste realidad, la pequeña idiota sería su única
heredera. Con fatalismo levantino, Rozal Delmedigo aceptó el designio de su
Dio.
Era yo
tan feliz entonces que egoístamente no podía sentir lástima ni por esa mujer
tan adinerada y solitaria ni por su grotesca nieta que merodeaba como un
fantasma la existencia de su abuela. No me la presentaron, ni su nombre supe.
Me imaginé que la tendrían escondida en algún rincón del caserón.
Las clases
me las daba la Delmedigo en un saloncito dieciochesco todo tapizado de brocado
rojo que hubiese encantado a Casanova. Una tarde en que trataba de no dormirme
ante las recatadas explicaciones de mi maestra, sentí a alguien correr por la
galería, arriba de nuestras cabezas.
Alcé la
mirada y alcancé a ver una criatura que avanzaba casi en cuatro patas como un
simio. Se detuvo, apoyó la cara contra las barras del balcón de la galería y me
observó. Me sorprendió no sólo que su mirada era extraordinariamente inteligente,
algo poco común en los retrasados mentales, sino que además era muy bella con
un cabello negro azulado y gigantescos
ojos ambarinos que me recordaron a los de mi Naiciña. La Condesa, sin decir una
palabra, se puso de pie. La criatura salió huyendo acompañada de gemidos
guturales que se apagaron al abrir y cerrar una puerta tras la cual encontró
refugio.
La Delmedigo
no hizo ningún comentario ante la aparición de su extraña nieta, pero ese
viernes que tuve que pasar el Shabát con ella, cerré mi puerta y mi ventana con
pasador. Hasta puse una silla contra la puerta. Aún así, en mi modorra, sentí
la presencia de un ser extraño que me observaba en la oscuridad. Una presencia
que se escurrió hasta la puerta y la traspasó tal como lo hiciera Viktor cuando
era lobo.
Respiré
aliviada cuando la llegada a Trieste de Dass me liberó de las vistas a la Contessa.
Las Delmedigo partieron a pasar el verano en su palacio en Venecia y La
Tía Dass relevó a la Contessa de sus
lecciones. Era mejor maestra, sin duda. Al ser más moderna y mundana inclusive
resultaba ser mejor maestra que Senyor
Jajam. Siento parecer injusta, porque con el tiempo le tomé afecto a mi
abuelo, pero la Tía Dass conocía mis dudas femeninas y mi perplejidad religiosa
ante tanto detalle e hilar tan fino.
También
mi tía relevó a Senyor Jajám de otras
lecciones y ella continúo con las clases de cocina que iniciáramos en Viena.
Ahí comprendí cual era la diferencia entre chefs y cocineras.
Mi
abuelo era un hombre exacto, que seguía las reglas. Jamás se le ocurriría
suplir un ingrediente a último momento. Ponía el grito en el cielo cuando veía
a su hija coger puñados de sal o especias y arrojarlos en la olla sin medir
cantidades. Mi tía, Catuxa, Sister Julian y yo cocinábamos por instinto,
experimentando espontáneamente, tal como vivíamos. Quizás por eso las correas
de una religión rígida no nos gustaban.
Entre
las muchas actividades mundanas de Tía Dass, estaba la de encargarse de mi
ajuar y de mi vestido de bodas. Tanto Senyor
Jajám como mi tía ofrecieron comprarme lo más refinado que pudiesen
encontrar en las casas de moda de Milán. Incluso hablaron de ir a Paris, pero
yo me negué. Mi boda no iba a ser un circo.
En el
baúl de mi cuarto, que ahora compartía con Tía Dass, encontramos un vestido de
verano de organdí de Naiciña. A pesar
del tiempo, estaba en buen estado y no tenía ese tomo amarillento que adquiere
la ropa blanca cuando yace guardada por largo tiempo.
Parecía
perfecto hasta que me lo probé. La cintura de soltera de Naiciña era más estrecha que la mía. Tía Dass remedió el traspié
llevando el vestido a una misteriosa costurera que lo devolvió en menos de dos
horas. En ese tiempo, la modista deshilvanó las costuras y ensanchó la cintura
con una gran faja de seda celeste entresacada en una pieza de encaje.
―Dicen
que trae suerte usar algo azul― dijo Tía Dass.
Tenía
el vestido viejo, la faja azul, el velo amplio de gasa bordado con mariposas
plateadas, que era nuevo y vino de Venecia, y mi tía me prestó sus zapatos. Quería
también prestarme pendientes pero una novia judía, como señal de humildad,
jamás lleva joyas. Ya sólo faltaba el novio.
Después
de dos semanas de acuartelamiento, mi marido regresó para encontrarme hecha una
experta en Niddah y en cocina sefardí, a pesar de que acabé reprobando el curso
del Shabát. Lo tomó con gran filosofía.
―Es
cuestión de práctica. Un año metiendo la pata y luego ya eres una experta― Me
sorprendió su amplitud de mente, pero hasta Senyor
Jajám me aseguraba que los pecados de los ignorantes eran perdonados por El Dio.
―La
mala intención, la alevosía, hacer cosas de adrede, eso si está mal― repetía.
Davide
consideró que ya sabía yo lo necesario, que no había impedimento para nuestra
boda y que podíamos casarnos cuanto antes.
―La
fecha exacta la pone tu novia―le recordó Tía Dass con una leve carraspera.
Según me explicaron, yo tenía que escoger el día de acuerdo a mi ciclo
menstrual. Algo complicado, ya que siempre fui irregular.
― ¿Os
casareis en Trieste?― preguntó mi abuelo ― ¿Quién oficiará? Espero que no me
escojáis a mí. Yo tengo que escoltar a la novia a la juppa.
Davide
nos comunicó que tendríamos boda militar, y que la oficiaría el Teniente
Luzzatto, el rabino-capellán de su escuadra. Cada día yo aprendía algo nuevo.
En Italia había capellanes militares judíos, algo inaudito en España.
―
¿Tendrás arco de sables?― Tía Dass estaba encantada ante la idea de una boda
militar ― ¿Podrás conseguir suficientes oficiales judíos en tu regimiento para
hacerlo?
―De
más― fue la respuesta displicente de su primo ―.Y si no, les traigo de otro. El
Regio Esercito está colmado de
oficiales judíos.
No era
una fanfarronada. En esa época era una verdad grande como un castillo.
Fue
unos días antes de la boda que recibí un extraordinario telegrama. Tan
extraordinario que se lo tuve que dar a leer a mi abuelo. No daban crédito mis
ojos.
―Rozal
te ruega que vayas a Venecia―Senyor Jajam confirmó mis asombrados
temores―Necesita de tu ayuda.
Viajar
sola en un país desconocido me parecía una idea estrambótica, pero ya lo
hiciera yo en España. Algo que mi abuelo recordaba muy bien. Mayor fue mi
sorpresa cuando vi que el Dr. Alcalay me empujaba a hacerlo.
― Rozal
mandará a su chofer a buscarte. Sera un viaje largo, pero tu estadía será
corta. No empaques mucho equipaje.
Sacudí
mi cabeza, dispuesta negarme con todas mis fuerzas pero en los ojos de mi
abuelo había una nube de preocupación.
― ¿Acaso
sabes de que se trata?―le pregunté.
―Me
temo que si, y solo tu puedes ayudarla. Le debemos muchos favores a Rozal,
Violante, y después de todo es nuestra parienta.
Sería
parienta de él. Los favores los recibirían otros, pero no tuve el valor de
decírselo a mi abuelo ni de negarle un capricho. Eso sí, a través de ese viaje silencioso en el automóvil
que la Delmedigo envió por mi, frio como sarcófago, me fui repelando de mi loca
decisión.
Ni
siquiera el espectáculo de Venecia que solo conocía por fotografías cambió mi
oscuro genio. El chofer que era más mudo que una gárgola de catedral (a lo
mejor hasta le cortaron la lengua) por señas me indicó que me apeara y le
siguiera hasta una góndola que nos esperaba en las aguas de la laguna. A pesar
de la leve llovizna y los nubarrones la Reina del Adriático no podía sino
impresionarme en ese viaje de cuadro de Canaletto, tal como el Palazzo
Delmedigo que era nuestro destino.
Por
fuera la inmensa mansión color marfil ya
asombraba, por dentro quitaba el aliento. Al lado de este esplendor el palacio
de la Duquesa era una chabola.
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Atravesamos
un patio de mosaicos bizantinos y espigadas columnas, para subir una larga
escalinata de mármol. Lo impresionante es que ya en la planta baja se veían
arriba de nuestras cabezas más galerías, más escaleras y arcos.
Cruzamos
una puerta de gruesas hojas de ébano y nos internamos en salas que llevaban a
otras salas. Yo apenas alcanzaba a vislumbrar lámparas de cristal, me imagino que
de Murano, y muchos frescos que ocupaban los cielos rasos. Finalmente llegamos
a un salón dotado de grandes ventanales cubiertos por cortinajes de color
mantequilla. Frente a una chimenea, coronada por un Tiepolo y unas estatuas de
mármol, me esperaba mi anfitriona en salto de cama en el mismo tono de las
cortinas. Lo que más me perturbó fue que La Contessa estaba hecha un mar de
lágrimas, algo inconcebible en una dama tan compuesta como ella. Al verme se
abalanzo a abrazarme mientras sollozaba y me llamaba “figlia mia”.
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| Palazzo Pisani (classical addiction.com) |
Era tal
su desazón que por primera vez desde la llegada del telegrama sentí lástima por
ella y cierta preocupación. Esta no se disipó con lo que Rozal Delmedigo dijo o
al menos logré entender entre sus gemidos.
―No nos
esperábamos esto…Ni Viktor ni Davide...Solo tu. Me han hablado de tus poderes...
¿Qué tenían
que ver mi prometido y su hermano o mis poderes en este jaleo? La Delmedigo alzó la mano señalando a
algún punto perdido arriba de nuestras cabezas. Podría señalar la planta alta o
el planeta Júpiter, así de ambiguo el gesto
―allá, allá
esta. Nadie se atreve a acercársele. Solo tú.
Por fin
comprendí que el barullo tenía que ver con la misteriosa nieta y que
necesitaría de mis poderes esotéricos para desencantarla.
La Contessa
estiró la mano e hizo sonar una campanilla. Una mucama acudió al llamado, pero
cuando la Contessa le ordenó que me llevase “allá” vi duda en los ojos de la
chica como si sopesara si perder el empleo era mejor opción que enfrentar fuerzas
oscuras. Finalmente enfiló sus pies hacia la puerta haciéndome un gesto para
que la siguiera. Al parecer todo el servicio era mudo en esa casa. Subimos a
una planta superior y seguí a la criada por un largo pasadizo. Cuando estábamos
a un metro de una puerta blanca, la chica soltó un “sta e qui” y se tomó las de Villadiego. Actitud que debería seguir
yo sino fuera mi curiosidad mayor que mis miedos.
Abrí la
puerta con cautela y dejé que mis pies entre asen en un cuarto grande e
iluminado, pero que parecía victima de un huracán. Hasta el papel tapiz de tono
verde hoja estaba rasgado. Un armario de madera verde almendra mostraba una
puerta abierta por la que escapaban líos de ropa. Otras prendas esparcidas por
el suelo, me indicaron que algo salió o intentó ocultarse en el armario. No era
lo único que decoraba la alfombra. Vi libros con cubiertas y páginas arrancadas
como a dentelladas y una muñeca de porcelana a la que la caída decapitase, y
otra de trapo, medio desnuda. Su ropa también exhibía marca de dientes
afilados. Eso, y un poderoso olor que flotaba sobre mi cabeza, me indicaron la
presencia de un lobo.
Ahora
comprendía porque me llamaron. ¿Pero qué lobo era ése? ¿Uno que devorara ya a
la Caperucita deficiente mental o tal vez fuera ella la trastocada? El olor me
indicó que se trataba de una loba joven. Tenia que ser la Contessina. Me agaché a recoger un taburete volteado y aproveché de
examinar el cuarto. Había pocos muebles. Un estante de libros cuyo contenido yacía
en el piso. Una guitarra en su estuche en un rincón y una maquina de coser de
esas de juguetes en la que las niñas de entonces aprendíamos a hacer
dobladillos y pegar botones.
La
lobita no estaba en ningún rincón ni bajo ningún mueble ni en el armario. Por
lo tanto solo había un espacio donde ocultarse. Bajo la cama cuyo dosel casi
tocaba el techo y cuya colcha de color rosa lechón barría el suelo. Ahí estaba
la muy tuna. Con paso seguro me acerqué al lecho y estando a medio metro de el,
pegué un salto y caí sobre la colcha. El estruendo debería servir para alborotar
a una manada. Pero nada ocurrió. En cambio, sobre mi cabeza sentí un gruñido muy
poco tranquilizador. Alcé mis espantados ojos, pero antes de poder ver lo que
me amenazaba, todo el dosel se vino sobre mí aplastándome y quitándome el
resuello.
Manoteé
como si me ahogara tratando de quitarme de encima esas olas de seda rosa, pero
ante mi horror mis dedos encontraron un largo morro lobuno sobre el cual
brillaban maliciosos los ojos ambarinos que una vez me observasen desde la
galería de la mansión Delmedigo en Trieste.
Aunque joven,
la loba pesaba lo suyo y comencé a experimentar esa angustiante sensación de sofoco
ya que su cuerpo presionaba mi tórax y mi abdomen. No sabia que hacer y mi
terror llegó un punto desconocido cuando del morro asomaron colmillos y una
cita cervantina.
―Española,
hazte a lo largo y busca en otra parte tu ventura, sino quieres en esta morir
hecha pedazos por mis uñas y mis dientes, y no preguntes quién es la que eso te
dice...”
Con eso,
Lectora, no tuve más remedio que desvanecerme.
Cuando
volví en mi estaba tendida en la alfombra, pero mi cabeza descansaba sobre un
cojín y mis pies se hallaban envueltos con los restos de la cortina. Desde donde
estaba podía ver la cama ahogada por el dosel, pero no vi a la loba. Tras de mi
alcancé a oír el sonido de la maquina de coser. Pero por sobre el sonido se
elevó una voz humana, no talmente humana porque quien cantaba solo podía ser la feiticeira
Bambina
innamorata
Stanotte t'ho sognata
Sul cuore addormentata
E sorridevi tu
Aunque el cuello me dolía mucho intenté incorporarme. Solo alcanzaba a ver la espalda de la cantante inclinada sobre su costura y ese cabello larguísimo negriazulado que descendía por su columna vertebral hasta alcanzar las patas de la silla. Mi movimiento la alertó, seguramente conservaba en forma humana los agudos sentidos del lobo. En un segundo estuvo a mi lado con una expresión de genuina preocupación en el rostro.
Stanotte t'ho sognata
Sul cuore addormentata
E sorridevi tu
Aunque el cuello me dolía mucho intenté incorporarme. Solo alcanzaba a ver la espalda de la cantante inclinada sobre su costura y ese cabello larguísimo negriazulado que descendía por su columna vertebral hasta alcanzar las patas de la silla. Mi movimiento la alertó, seguramente conservaba en forma humana los agudos sentidos del lobo. En un segundo estuvo a mi lado con una expresión de genuina preocupación en el rostro.
―No te
muevas―hablaba en un acentuado español―Il Zio Davide no me perdonaría si algo
te pasara.
Con
firmeza gentil, aunque su fuerza era la superior a la de una niña, me obligó a
recostarme. Obseréó su rostro. De cerca se notaban sus facciones finas, pero aguzadas.
Era delgadita, con grandes y profundos ojos. Su cuerpo aparentemente frágil ya ofrecía
formas femeninas.
―Quien
lo diría. Eres más enclenque de lo que pensé― chasqueó la lengua―Vas a darle la
razón a La Noninna. Te describió como
una piccola insignificante donnetta.
Me llenó de ira que La Contessa a mis espalda hiciera comentarios de ese tipo
Me llenó de ira que La Contessa a mis espalda hiciera comentarios de ese tipo
― ¿Eso
te dijo de mí? Pues bien que me mandó recado cuando tuvo un problema
―No te
enfades. Para ella todos somos insignificantes. Gavrilo dice que así son todos
los cobardes―. Sus ojos se llenaron de desprecio― ¿La has visto? Ella y sus
esbirros. Hemos armado una batahola, en una de esas pude haberte devorado, pero
los muy...ni se han asomado a ver si estamos vivas.
Tenía
razón y no pude evitar sonreír. La lobita sonrió enseñando afilados dientes
―Tú no
tuviste miedo. Lo noté, te observé como examinabas todo lo mío. ¿Por qué te
desmayaste entonces?
―Con tu
peso casi me rompes las costillas. No podía respirar. Además, no tengo la
costumbre de oír hablar a los lobos y me amenazaste.
Su
sonrisa se troco en incredulidad
―
¡Acaba!―Me sorprendió la vieja interjección de Naiciña―Si era una cita literaria.
Leí recientemente el Persiles y
Segismunda. Con Cervantes, el Zio Davide me enseñó tu idioma. Y lo de los
lobos parlantes. ¿No charlaste acaso con el Zio Viktor?
Me
sorprendió ese titulo de parentesco que le daba a Davide y a su hermano. Pero
La Contessina me lo explico enseguida. Aparentemente, la enigmática médium era
otra hija de Ashmedai. Eso explicaría la licantropía de...
― ¿Cómo
te llamas?― Pregunté a la que ya debía ver como sobrina.
― ¿Ni
eso te ha contado? Me llamo Ada Ester-Sulamita, pero Tizzy y Betsy me dicen
“Ettie” y ahora todos me conocen por ese apodo.
Se puso
de pie.
―Tú
también puedes decirme así.
Iba a
preguntar quiénes eran Tizzy y Betsy cuando noté que la falda de su vestido tenía
un gran manchón de sangre que reconocí como flujo menstrual. ¿Venia la
licantropía con el mes? ¿O era al revés? Los ojos de Ettie cayeron sobre la
falda y la arrugo con gesto nervioso y avergonzado mientras me explicaba que al
volverse mujer por primera vez la noche antes apareciera en ella también la
curiosa metamorfosis.
A mi
pesar, la situación me resultaba fascinante, Senyor Jajam me habló en su
momento sobre los hijos licántropos del Rey de los Shedim, pero jamás mencionó
a las hembras.
―Noté lo de la sangre ayer, después de la hora del té. No fue gran sorpresa ya que
Las Galante me lo habían explicado. Todas ellas son mujeres ya, aun Zuchinna
que es menor que yo.―Vi la tristeza oscurecer más sus ojos― Aunque no tienen
madre, Gavrilo las preparó para ese momento
Deduje
entonces que las Galante eran las primas de Ettie, las rechazadas nietas de La
Noninna.
― ¿Le
avisaste a tu madrina que te llegó tu mes?
Ettie
se rió sin ganas.
―Pensé
que te habrías dado cuenta por esas clases tan chuscas que te da. La Noninna le
tiene horror a hablar de cosas de mujeres. Yo venia preparada. Traía en mi
equipaje un paquete azul que me dieron mis primas. Son paños que Gavrilo les
trae de Inglaterra. Se van en la basura―señaló el armario y su ropa desordenada
―Ahí le guarde y no estaba. Supe que me lo habían robado.
― ¿No
será que lo pusiste en otro lado?
La
impaciencia arrugó su nariz.
―Que me
lo robaron te digo. Siempre lo hacen. Como se supone que soy idiota, se
aprovechan. Me dio tanta ira. Vino la mucama. Ni el nombre le sé. Amenazó con
encerrarme. Y ahí ocurrió...”
Yo
también sentí ira de ver lo desprotegida que estaba Ettie. ¿De qué valía ser
Contessina y millonaria si las criadas te robaban tus chismes? Instintivamente
la abracé. Sorprendiome que no rechazara mi contacto aunque algo me dijo que no
estaba acostumbrada a los arrumacos.
―Cuando
te enojaste te volviste loba ¿y como te volviste humana?
―No sé.
Estuve dando vueltas por aquí por horas. Con las patas no podía abrir la puerta.
Entonces llegaste y me oculté arriba de la cama. Nunca había saltado tan alto y
cuando te hablé. No sé...salté de la cama y era niña de nuevo―Me miró intensamente.―
¿Crees que sea así siempre? Me enfado y me vuelvo loba, te hablo y me vuelvo
niña.
No
sabía que responderle, pero no era tan fácil como parecía. Hasta ahora no viera
nunca a nadie convertirse en lobo a menos que hubiese luna llena. El caso de
Viktor, mi cuñado me ol explicó, era excepcional.
La
mancha de sangre en la falda iba en aumento y ahora era del tamaño de un plato.
― ¿Tienes
algodón y gasa?― pregunté― Puedo hacerte un apósito y debes lavarte y ponerte
un vestido limpio.
―En el
baño del pasillo hay un botiquín.
Ettie se puso en cuatro patas, que imaginé seria su
medio de movilizarse. Curioso que nadie sospechara que su forma de desplazarse
fuese un presagio de lo que seria al hacerse mujer. Avanzados solo dos pasos,
la lobita lanzó un gritito y apoyándose en un banquito laboriosamente se puso
de pie. Corrí a asistirla
― ¿Qué
te sucede?
Su respuesta
fue apoyarse en mí y dar unos pasos erguida. Entonces soltó mi brazo y caminó
con la columna derecha y una sorpresa mayúscula escrita en sus ojos
―Desde
que me conozco― anunció al llegar a la puerta ―que me es mas fácil caminar como
un gato, pero ahora no me molesta hacerlo como un humano. ¡Que maravilla!
―Algo
bueno tenía que salir de esto― le dije.
Íbamos
ya por el pasillo cuando un leve cuchicheo nos hizo voltear la cabeza. Sentí
una puerta que se cerraba a nuestras espaldas. Así que alguien nos espiaba. Me
acerqué a la puerta y al abrirla me encontré a la mucama que me llevara acompañada
de otra. Ambas abrazadas temblando hasta la punta de sus cofias Aunque sabía
que no me entenderían las apostrofé en español.
― ¡Sois
unas cobardes! Espiáis tras la puertas y le robáis a una niña. ¡Id
inmediatamente a prepararle el baño a La Contessina y traedle una muda de ropa!
Vi el
terror en el rostro de las mujeres a pesar de que no entendían ni jota de mis gritos. . Ni corta ni perezosa, Ettie sirvió
de traductora. Las mucamas salieron disparadas no sé si a subirse a una góndola
o a cumplir mis deseos.
Resultó
ser lo último y pude por fin bañar a Ettie, y vestirla en ropas limpias Fue
mientras secaba su lago cabello que le oí una observación curiosa.
―Sei fragile y casi bruta, ma sei buona.
Entiendo que Zio Davide y María Hebrea te hayan elegido.
La sorpresa hizo que la toalla cayera de mis
manos
―
¿Ettie, qué sabes de María Hebrea?
Su
respuesta fue tan ingenua como a murada de sus grandes ojos.
―Todo.
Que tu eres la elegida para leer sus libros y que yo he de ayudarte.
Me tuve
que sentar en el borde de la tina. Las sorpresas me aplastaban
― ¿Cómo
sabes eso, criatura?
―Perche leí me lo ha detto. ―en su
entusiasmo Ettie saltaba de un idioma al otro―Che tu sarai la mia maminna.Che io saró la tua prima figlia
Acabada
de decir esas palabras y me abrazó tan fuerte que casi me tumba al suelo. Ahí caí
en cuenta que a pesar de su corta edad y su canijo cuerpo, Ettie tenía una fuerza
superior a la mía.
Aunque la
Delmedigo fiel a su naturaleza timorata, no hizo acto de aparición, envió a las
criadas a preparar un cuarto con dos camas para que pasase la noche con su
nieta y también una cena ligera.
Durante
mis reglas yo perdía el apetito y solo comía golosinas. No era ese el caso de
Ettie que se zampó el pollo hasta los huesos, comió su ensalada con las manos y
empinó el plato de consomé lamiendo hasta la última gota. Suspiré, si era el
deseo de María Hebrea que terminase de criar a esta singular criatura, iba a tener
que empezar desde cero. Ettie a pesar de su instintiva inteligencia era un
diamante en bruto que necesitaba de mucho pulido. Esa noche, a pesar de que mi
“hija” se moría de sueño la mantuve despierta hasta la madrugada escuchando con
gran sorpresa la prodigiosa historia de su relación con María Hebrea.
―La conocí
en Notre Dame. En días en que la Zia Ester todavía estaba con nosotros.
A
parecer Ester era la única de su estrambótica familia que se tomó algún interés
en la hija de su hermano. Ambas familias,
Los Galante y Los Delmedigo en el pasado fueron vecinos en Paris y Ettie se crió
con sus primas que hasta ahora eran sus maestras y consejeras. Una discusión
con ellas motivó el extraordinario encuentro entre Ettie y María Hebrea o mejor
dicho una estatua parlante, la misma que convirtiera a Claudel, espero si con
métodos más silenciosos.
![]() |
| (notredamedeparis.fr) |
―Ditta
dice que los cristianos adoran ídolos. Lo que es gran pecado y que por eso los
judíos no debemos entrar en sus templos―me explicó Ettie―Pero Mara dice que
esas esculturas y pinturas son obras de arte, que no hay maldad en admirarlas.
Fue el
espíritu artístico lo que llevó a La Contessina a sus nueve años a internarse en
Notre Dame, mientras en el exterior sus primas debatían cuestiones teológicas.
― ¿Qué te
dijo la estatua exactamente?
―Que
volveríamos a vernos. Pero que su apariencia no sería la misma
Aunque Ettie
estuvo de acuerdo en que la verdadera Madonna era mucho mas guapa que cualquier
estatua, ese primer encuentro la hizo huir despavorida del recinto.
―
¿Sabías quién era ella?
―Ditta
me dijo que era una chica judía que se había metido en líos.
Ahogué
mi risa. Los judíos tenían un modo de explicar las cosas
― ¿Sabes
lo que significa?
Ettie
adopt un aire de suficiencia
―Por
supuesto. Es lo que les ocurre a las mucamas cuando se enredan con los
choferes. Se les hincha la tripa y La Noninna les da kamino. Igual, es mucho castigo eso de obligar a María
Hebrea a vivir en templos tan fríos. ¿No te parece?
Ahí no
pude contener la risa lo que amoscó a mi protegida. Me costó mucho desenfadarla
y ya solo conseguí que me contara que por años mantenía amistad con María
Hebrea quien le enseñara a leer y a coser. .
― ¿Sabes
coser?
Se
cruzó de brazos y lanzó un respingo
― ¿Y
quién cree La Signora Contessa Di Portela que le arregló su vestido de novia? Harto
trabajo que me costó.
Ettie
era un enigma. ¿Cómo una chica que
caminaba gatas y a la que todos tildaban de deficiente mental podía poseer
tantos talentos? Recordé también la guitarra en el rincón del cuarto de Ettie
― ¿Fue
María Hebrea quien te enseñó a tocar a guitarra?
―No,
eso me lo enseñó Il Nonno
Supe
que se refería al misterioso Ashmedai.
― ¿Fue
tu abuelo quien te enseñó a cantar?
Ahora
era el tuno de Ettie de sorprenderse.
― Cosa hai detto? Ma si non posso cantare.
Nadie con sangre Shedim puede cantar
―Pero
yo te oí. Cuando volví en si y estabas cosiendo
Sacudió la cabeza
―El golpe
te hace delirar. Te digo que es imposible.
―Cantaste―
insistí impaciente.― Algo de una bambina
innamorata.
Se
encogió de hombros y se dejó caer sobre la almohada
―Sei pazza. Lasciami dormiré.
Decidí
no insistir aunque estaba segura que mis oídos no me engañaran.
A la mañana
siguiente tuvimos la alegría de recibir la visita de Viktor. Al parecer, La Condesa
le enviara un telegrama con un S:O.S y llegaba pronto a hacer un recuento de
los daños y servir de intermediario entre nostras y La Delmedigo. Yo no quería
tampoco parlamentar con una mujer por quien sentía nada más que desprecio. Cómo
se podía ser tan negligente con alguien de su propia sangre aunque fuese
extraña.
A
Viktor le encantó ver que me ganara la compasión por su sobrina y andaba
dispuesta a protegerla. De todo y todos. Nos anunció que La Noninna, que se inventara
un cuento un poco increíble que su nieta ocultaba un perro en su closet, quería
que cuanto antes nos regresáramos a Trieste.
Yo
también era de la idea que mi “hija”, su guitarra y su maquina de coser regresaran
a un mundo más conocido para poder asumir con mayor facilidad los prodigiosos
cambios que la afectaban. E´n cuanto a mi, imperiosamente necesitaba del consejo
de Senyor Jajam. Lo ocurrido aunque fabuloso también presentaba sus riesgos y yo ya aprendiera mi lección, con lo sobrenatural
debía irse con cuidado.
Con la
excusa de ir a buscar unos paquetes de Modess que Tía Dass me diera en Viena,
logré evadirme de Ettie que ya
acostumbrada a mi presencia la
reclamaba tratándome como si fuera de su
propiedad
El
lacónico chofer me llevó hasta la casa del acantilado prometiendo recogerme en
tres horas. Mi abuelo me recibió con café turco y una bandeja de mostachudos que acababa de sacar del horno.
![]() |
| Mostachudos |
Entre
bocado y bocado le conté de mi ultima empresa. El me escuchó sin interrumpir, ceñudo
y con preocupación en los ojos
―Penosa
misión te han impuesto Kara de Luna― me dijo al terminar ―¿pero quiénes somos
nosotros, míseros mortales, para resistirnos a los designios del Altísimo?
―¿Entonces
hice bien en aceptar la empresa?
―Digamos
que no podías rebelarte― me respondió en tono desabrido.
Animada
por esas palabras me atreví a formular una petición.
―Senyor
Jajam...yo quisiera...digo...me seria fácil si pudiera tener algunas veces a Ettie
aquí. Bajo tu cuidado y tu consejo..
―¡Nunca!
Su
rugido me heló el corazón. Jamás le viera enojado antes. Ni siquiera cuando
volvió a ver a Davide viera yo tanta determinación e ira en su semblante
―La Bestia Cattiva jamás cruzará el
umbral de mi casa― dijo dando un fuerte golpe a la mesa.
El miedo en mis ojos lo obligó a serenarse
―¿Fija mía es que Viktor no te ha contado?
Sacudí
la cabeza. ¿Contarme qué?
―Tu Ettie
es nieta de Ashmedai, pero también es nieta de Lilith. Esa que tú conoces como Satanás. Ada Ester Sulamita e la nipotina dei Diabolo.








Ay, Male, me voy a tener que armar un árbol genealógico... qué familia tan enorme tiene esta gente!
ResponderEliminarEstá tan interesante toda esta historia... Siempre me llamó la atención la cultura judía, esta es una manera fenomenal de acercarme a ella.
Ah, y me ha encantado esta lobita linda... ¡es una ternura!
Bueno, Ettie es la protagonista de esta novela que tengo en mi cabeza. Pr eso es que parece una historia separada.
Eliminar“Cultura judía “es un término muy amplio que abarca muchas subculturas. Yo, en mis novelas, intento recapturar un mundo perdido, la cultura sefardita del Mediterráneo que desapareció con el Holocausto y la cultura judeoitaliana pre-Segunda Guerra Mundial. Ese mudo perdido es de donde venían mis ancestros.
Sí, cierto, es amplísimo... yo desconozco a qué rama pertenece la comunidad que vive en mi país, que es muy grande y por lo tanto, imagino, debe ser también muy variada. Mi abuelo siempre mencionaba a los sefardíes, y me los he encontrado muchas veces en los textos que hablan de "criptojudaísmo" en la colonización española de América. Parece que la Casa de Contratación sólo permitía que viajasen a este continente los llamados "cristianos viejos", pero no hacía muy bien el trabajo, je... igual, no es un tema del que se trate mucho... como siempre, gracias por los datos...! Y ojalá pronto tengamos también la novela de la lobita...
EliminarA pesar de que hay sefarditas, el 80 de la comunidad judeo-argentina es de origen Askenazi, son judíos de Europa oriental, la mayoría llegó a Argentina a fines del Siglo XX como parte de un proyecto agrario iniciado por el filántropo judío Barón de Hirsh.
EliminarLos judíos italianos vienen en tres paquetes. Los Askenazi que son descendientes de los refugiados de la época hitleriana y de la posguerra (una excepción es la comunidad de Trieste que como parte del Imperio Austro-Húngaro era hogar de judíos que hablaban yiddish); los sefarditas cuyos ancestros inmigraron después de la expulsión de España (España en hebreo se llama “Sefarad”) y los Italkim que son judíos descendientes de hebreos que se establecieron en la Península en días de Julio Cesar.
Hubo muchas comunidades conversas en América durante La Colonia y le dieron su trabajo a la Inquisición limeña y la de la Nueva España, pero sus descendientes ni saben su origen ni se sienten judíos.
Uff Cersei está tan menopausica que ni se si me permita seguir trabajando en mi novela.
Esos son los famosos "gauchos judíos", que tienen su novela costumbrista y todo, escrita por Alberto Gerchunoff...
EliminarNo tenía idea que había judíos italianos establecidos desde tiempos de Julio César... pero claro, es lógico si después lo vamos a tener a Pablo predicando en Roma, era muy posible que hubiese gente de su comunidad desde antes...
Cruzo los dedos para que Cersei aguante lo necesario hasta que puedas conseguirle un reemplazo...!
Si, los “Gauchos Judíos” de Gerchunoff es el retrato literario de esa inmigración.
EliminarLa primera comunidad judía en Europa precede a la Era Cristiana y se fundó en Grecia. Esos judíos se llamaban “romaniot" pero sus descendientes desaparecieron con el Holocausto. No así, aunque menguada, la comunidad italiana que sobrevive hasta hoy con muchos influjos de otras partes. Es Mussolini quien en el famoso discurso que da en Bari en 1934, rechazando el antisemitismo alemán, quien trae a colación el documento más antiguo que atestigua la presencia de comunidades hebreas en la Península. Ahí los judíos solicitan permiso al Senado Romano para enviar un colectivo a “llorar (léase honrar) las exequias de Julio Cesar.
Cersei se está portando bien. Que siga asi, D-s quiera