- Mi Mazal
No sé
mucho de mis orígenes. Mejor dicho, los fui conociendo con el paso del tiempo.
Ese tiempo, Lectora, que sé es nada más una quimera inventada por los hombres
para dominarse unos a otros. La fecha de mi nacimiento, o los detalles de éste,
poco valen, puesto que mi vida comenzó el día en que por primera vez oí hablar
de María Hebrea y de sus muchas Puertas.
Lo recuerdo
como si fuese ayer. Fue en el otoño de 1927.
Naiciña, Don Andrés Sarmiento y yo surcábamos por el
que sería el último de nuestros viajes arqueológicos. Esta vez en Ribadavia. Acabábamos
de ver el portal que los judíos ayudaran a defender de la invasión del Duque de
Lancaster, hacía ya muchos siglos, y seguíamos deambulando por las callejuelas
de la Judería ,
apestosas a viejo y a humedad. Una llovizna insistente volvía más tenebrosas
las casonas, bajo cuyos arcos nos resguardábamos, y más resbaladizo el
empedrado suelo. ¡Qué afán el de Naiciña
de visitar barrios tan feos y siempre cuando el tiempo era infame!
Usualmente,
en esos tours, yo me limitaba a
seguirles, arrastrando un poco mis pies
en señal de impaciencia. Ahora, la lluvia me obligó a cobijarme bajo el paraguas
gigante de Don Andrés quien andaba medio enfrascado en una conversación con mi
madre.
― Y
sepa usted, Doña Susana, que este libro prodigioso fue fragmentado en siete
partes y, tras la muerte de María, sacado del Egipto por sus seguidoras que
desperdigaron los volúmenes a través el mundo conocido. Se dice que quien
llegue a esa primera Puerta está destinado a encontrar las siete, y a poseer
los conocimientos más arcanos. El problema está en las dificultades de llegar a
ese primer libro…
― Porque
tiene la maña de disfrazarse y sólo aparecerá tal cual es ante los ojos de su
verdadera dueña ― le interrumpió Naiciña
en tono malhumorado ― ¡Ay Don Andrés no me de la lata con esas monsergas! Que
ya mi padre, que muchos años viva, nos hablaba de esos libros perdidos a guisa
de cuentos para que mi ermanika y yo
nos durmiésemos.
La
revelación de que Naiciña tenía un
papá todavía vivo me dejó tan suspensa que no escuché el resto. Ella nunca
hablaba de su familia. Para cuando recobré el interés en la conversación, andaban
por los finales.
―
Debería usted tratar con más respeto a María Hebrea, Doña Susana. Es una de las
pocas alquimistas hembras cuyo nombre la historia conserva, lo que indica que
sus artes debieron ser muchas para ser recordada y para destacarse en un mundo
de hombres ― Volteó la cabeza hacia mí ―. Me pregunto cuántas niñas hoy en día
se interesarían en la alquimia.
― Hoy
en día ya no se llaman alquimistas, sino físicas o químicas, y no mire usted a
Violante ni le llene la cabeza de musarañas. ¿A qué no sabe con lo que me ha
salido la chica? Ésta quiere ser cocinera.
Don Andrés
no se rió lo que hizo que me cayese aún
mejor.
― La cocina
es una forma de alquimia. ¿Verdad Raiña?
― me preguntó.
― ¿Por
qué llama Raiña a mi fija? ―
preguntó Naiciña.
―
Porque aunque no me lo pidiera usted, señora Condesa, me tomé la libertad de
mandar a hacer el horóscopo de Doña Violante. La astróloga jura que llevará una
vida llena de aventuras y que la desposará un rey o el hijo de un rey.
La risa
de mi madre tintineó en las viejas paredes de la aljama.
― Pues
eso suena mejor que ser cocinera. ¿Pero dónde ha de conocer un rey o príncipe
esta niña? A menos que se tropiece con el Rey de los Mouros o uno de sus fijos.
Esos que, según Catuxa,, viven entre nosotros, pero se vuelven lobos en la luna
llena.
Don Andrés
no respondió. Su sonrisa no abandonaba los labios, pero noté que el humor huyó de
sus ojos.
| Barrio judío de Ribadavia (foto de abraixas.blogspot.com) |
Poco
después de nuestro retorno de Ribadavia, Naiciña
se puso malucha. Una serie de catarros y bronquitis la tuvieron en cama todo el
otoño. No cesaba de toser. Padre la llevó a Mondariz, pero cuando las aguas del
balneario no surtieron efecto, mandó traer a un médico de Lugo y una enfermera
que se instaló en el Pazo. Todo eso costaba dinero, pero Padre vendería hasta
sus zapatos para evitar lo inevitable. Naiciña
se nos iba.
Fue el
día de su partida que me llamó a su cuarto. Nos tenían separadas por temor al
contagio. Al principio creí que el que me permitieran visitarla era señal de
que estaba mejor. Bastome una mirada a su rostro desencajado y flaco para darme
cuenta que parte de ella no era ya de este mundo.
― Escúchame
sin interrumpir ― me dijo severa ―. No hay tiempo y Don Andrés me dio una dosis
de láudano para aturdir a un elefante. Pronto me quedaré dormida. Sé que no he
sido una madre demostrativa, pero eso no quita que seas lo más importante en mi
vida.
Quise asegurarle
que lo sabía y cuanto la quería por eso, pero levantó la mano con mucho
esfuerzo, y me tapó la boca.
― Ya sé
que me quieres. Porque también te quiero, debo darte las últimas instrucciones.
Hay tres tareas que deberás cumplir. Son tu mazal,
si no las cumples, tu vida quedará inconclusa y no tendrá valor alguno.
Un
súbito acceso de tos cortó sus palabras, pero logró detenerlo y proseguir. Yo rogaba
que se callase. De pronto le tenía medo y temía lo que iba a decir. Esa palabra
desconocida, “mazal”, me infundía pavor.
―
Deberás torcer la voluntad de un rey.
Ay sí, facilísimo de hacer.
―
Completar lo que la Tía
Diamante no terminó.
¿Y quién
diantre era la Tía
Diamante ?
― Y
cruzar las Siete Puertas de María Hebrea.
Recordé esa tarde en Ribadavia. Naiciña deliraba. El láudano la hacía
alucinar. ¿Acaso ella misma no dijera que esos libros no existían? ¿Cómo iba yo
a encontrarlos? Sólo tenía diez años y mucha ignorancia sobre mis hombros.
A mi madre
la ganó la tos que comenzó a sacudir su cuerpo con grandes espasmos, hasta que
agotada, volvió a caer sobre sus almohadas. Movía los labios, pero no salía de
ellos sonido alguno. Me agaché para escucharla y oí algo que sonaba como zivug.
La
puerta se abrió y entró la enfermera chasqueando la lengua como si yo enfermara
a Naiciña. Con muchos aspavientos, y
un que otro pescozón, me expulsó del cuarto.
Lectora,
sabía yo tan poco de mi madre. Nunca hablaba de su pasado ni de sus incógnitos orígenes.
Por eso es difícil para mí contarte mi historia de manera tradicional, con
fechas y precisión cronológica. Prefiero hablarte de lo poco que sabía de Naiciña, y de mi tierra gallega, que fue
quien en realidad me parió.
Naiciña tenía un sueño, ser la voz de La Traviata. No llegó más lejos que cantar la parte de Flora en esa
temporada en Viena, durante la
Gran Guerra, que fue su debut y despedida de los escenarios.
Después
se casó y no volvió a cantar. A mí me puso Violetta, quizás con la esperanza de
que algún día mi voz hiciese que mi auditorio, a punta de aplausos, echase un
teatro abajo. Así dice en mi pasaporte, Violetta-Diamante Osorio y Pardo,
Condesa de Portela. Violetta por la Traviata , y
Diamante por esa tía que Naiciña dejara
atrás con todo su pasado.
A mí
nunca me preocupó ese nombre de gema, ni tampoco el cuento de La Traviata , porque esos nombres
se quedaron en el pasaporte. En Nossa Señora Dos Lobos, pueblo perdido en la Sierra de Courel, lo que
contaba era lo que te imponían en la pila de bautismo. A Don Matías, nuestro párroco, no le parecieron esos patronímicos ni
muy católicos ni muy decorosos. Tras mucha discusión con mi padre finalmente
llegaron a una solución salomónica. Me bautizaron como Violante que parecía una
contracción de ambos nombres.
A Don Matías
le bastaba que hubiese en el calendario una Santa Violante. A Naiciña le gustaba el sonido aristocrático
de mi nombre. ¿Cuántas reinas no se llamaron Violante? Y no le dijo a Don Matías
que lo que más le atraía del nombre fue leer sobre una tal Violante Gómez, alias
La Pelicana ,
una judía medieval que casárase en secreto con un príncipe portugués.
Nací en
Monforte de Lemos, en Galicia, pero lejos del mar. Cuando tenía unos meses, nos
trasladamos a Madrid a probar fortuna. Naiciña
hizo algunas amistades en Madrid, entre ellas la Duquesa de Málaga, miembro
de la familia real, que fue mi madrina.
Padre
quien, a raíz de su matrimonio, dejara la embajada española en Viena, intentaba
infructuosamente conseguir una plaza en la Corte.
Digo infructuosamente, porque las puertas se le
cerraban en la cara. Creo que por prejuicio, aunque por aquel entonces yo no
sabía de donde nacían esos prejuicios. Tras admitir su fracaso, y viendo quebrantada
la salud de su mujer, Padre nos llevó a vivir al Sur, a Andalucía.
De esa época recuerdo mucho sol, mucha romería
y procesión que me encantaban. Fue entonces que descubrí que Dios tenía dos caras, una triste de
procesión y una alegre de romería. Me lo imaginaba abatido, vagando por las
veredas celestiales, encapuchado y dándose de latigazos. Cuando estaba contento
se ponía un clavel en la oreja y aporreaba la guitarra. Llegué a la conclusión
que para vivir bien bastaba saber únicamente un secreto, como tener a Dios contento,
porque cuando estaba triste descargaba su desolación en nosotros los pobres
mortales.
Padre venía de un antiguo linaje gallego que
se remontaba hasta ese rey tan malo con nombre de maullido, Mauregato. La
revuelta irmandiña y la decadencia de
Galicia como reino, terminaron con los sueños de gloria de nuestra casta. En
cada siglo, en cada generación, se fueron perdiendo más cosas, más propiedades,
se vaciaron las arcas.
Para cuando
yo nací no había nada impresionante a mí alrededor, solo el título de Condesa
de Portela que yo heredaría y un poco de dinero extraído de unos viñedos de la Ribeira Sacra que
nos permitían gozar del sol andaluz. Llegó el día en que ese dinero se agotó.
Ya no
quedaban casas señoriales, ni castillos. Sólo el Pazo de Portela en Samos.
Padre
usó el sentido práctico heredado de su madre irlandesa, y rentó el Pazo a un individuo
que quería convertirlo en parador. También le vendió la mitad de los viñedos
que rodeaban la propiedad con la condición de que su inquilino se ocupase de
las viñas, de la venta de la uva, del proceso del vino, y otras labores que a
Padre aburrían. El dinero obtenido se dividiría entonces en dos partes, una de
las cuales serviría para mantenernos.
Fue con
ese dinero que nos fuimos al último punto de la tierra que todavía podíamos
llamar nuestro, al Pazo de Santa Mariña en O Courel. Pazo, Pazo no lo era
realmente, pero nos gustaba el nombre rimbombante que el bisabuelo escogiera
para esa casona encajada en la ladera de un monte. También nos divertía que un
capricho de la bisabuela determinara que todo el edificio fuera pintado de un
rosa fuerte. “Color de lechón” como decía Padre.
A
veces, subiendo por la castañeira, en
un atardecer podíase ver todo el Pazo de un color rosa fulgurante, ése que
pondría de moda Elsa Schiaparelli, y que daba la impresión de que toda la
propiedad ardía en llamas rosáceas.
A pesar
de no ser Pazo, propiamente tal, nuestro nuevo hogar era grande. Tenía tres plantas
más un gran subterráneo. En la planta alta cabían cuatro salones y una
capilla. Aparte de la casa, estaban los
alpendres, la huerta y los establos.
Teníamos
un pequeño gallinero donde dormían un par de gallinas pelirrojas, sometidas a
los caprichos de un gallo insolente que, de vez en vez, vagabundeaba hasta la
misma cocina exigiendo grano. Nuestro pesebre albergaba un rebaño de una docena
de ovejas, cuya lana ayudaba, tras ser vendida, a pagar las cuentas de nuestros
múltiples acreedores.
También eramos dueños de dos vacas. Una tan vieja que parecía la abuela de la otra. A la Fulgencia , la menor, de
vez en cuando se la llevaba a un ganadero cercano que tenía un toro y volvía
preñada. Fue gracias a ella que conocí los secretos de la cópula y preñez.
La vaca vieja no estaba para esos menesteres.
Ni leche daba. Más de una vez, Padre tomó la decisión de sacrificarla, pero con
ese cariño que sentía por los animales y que yo heredé, terminaba por darle el indulto.
La
vaca, cuyo nombre era Eufemia, seguía pastando pacíficamente, mirando al mundo
sin comprenderlo con esos mismos ojos bovinos que las mujeres ponemos cuando amamos con
demasiada seguridad a un hombre.
Yo
participaba ávidamente en todo lo que sucedía en este ámbito rural y doméstico,
siempre supervisada por Catuxa, un personaje importante en mi vida ya que me amamantó
de pequeña. De nodriza pasó a ser cocinera, ama de llaves y niñera de vacas,
ovejas, gallinas y de la heredera del Condado de Portela.
Catuxa
tenía a su cargo una serie de chicas del pueblo que venían tímidas a hacer
sonar el piso de la cocina con sus zuecos, y la casa con sus risas, ya luego
agarraban confianza. No duraban mucho. Eran torpes, rompían la vajilla, dejaban
que el caldo se quemara. Siempre había un nuevo rebaño para reemplazarlas. Se
iban contentas con cartas de recomendación de Padre y algún regalo salido del
guardarropa de Naiciña.
Para
las mozas de Nossa Señora Dos Lobos venir a trabajar al Pazo era mitad rito de
pasaje, mitad vacación. Algo que debían conocer antes de casarse. Muchas venían
tras los mozos de cuadra que también fungían como pastores del rebaño. A veces
se peleaban por ellos, llegando a golpearse, razón de más para ser despedidas.
De Fulgencia y ellas aprendí todo lo que había que saber sobre la vida y el
amor. Y llegué a la conclusión de que éste último era algo peliagudo, turbio y fastidioso.
Catuxa
estaba de acuerdo conmigo. Su esposo la abandonó tras hacerle un quinto hijo,
el mismo año en que yo nací. El niño no vivió más allá del invierno y fue
enterrado junto a dos de sus hermanos en el cementerio de Samos. Los hijos
mayores de Catuxa vivían en Buenos Aires, por lo que ella me traspasó su
ternura de madre junto con su leche, y con ellas su desprecio por la falsa
felicidad que trae el amor.
― Te
voy decir un cosa. Los homes nacieron
para mandar y nosotras las mulleres
para obedecer. Triste es el caso del home
débil y de la hembra que no es sumisa ― decía mientras mondaba patatas cerca de
la lumbre ―. Ni tú ni yo neniña,
nacimos para someternos, por eso terminaremos solas.
A veces
lanzaba quejoso suspiro.
―
¿Quién pode hacerte realmente feliz? Sólo
un mouro que surgiese de la tierra.
Catuxa
creía en los mouros con tanta fe como
creía en la virginidad de Nuestra Señora.
Según ella,
vivían en un reino subterráneo bajo toda Galicia. Un mundo parecido al nuestro,
pero mucho mejor donde había grandes tesoros que ellos a veces compartían con
los humanos más meritorios. La tía de Catuxa era una meiga muy sabia, ducha en remedios, conjuros y algún que otro
filtro mágico. Ella una vez tuvo un encuentro con O Re dos Mouros, en la castañeira
y bajo los árboles sostuvieron “comercio carnal”. Así lo expresaba Catuxa que
tras asistir a la escuela cinco años, la única en su familia en hacerlo, se
consideraba muy leída.
―
Después de él ya no tuvo más home ―
contaba, mientras destripaba truchas ―. Ninguno le llegaba a la medida a Su
Majestad.
Soltaba una risita que rápidamente sofocaba,
recordando que no eran temas para hablar con una rapaza como yo.
Todas
las creencias en meigas, mouros y
otros sucesos sobrenaturales eran sólo para hablarse en la cocina o ante gente
de confianza. Catuxa las ocultaba muy bien cuando Don Matías venía a celebrar
misa en la capilla.
Con la
llegada del sacerdote, Catuxa se volvía católica dogmática de esas que se
santiguan por todo. Inclusive cuando Padre le pedía que preparase la queimada en la chimenea del salón más
grande, Catuxa se guardaba muy bien de recitar el esconxuro como siempre lo hacía cuando estábamos en familia.
Mouchos, coruxas,
sapos e bruxas.Demos, trasgos e diaños, espritos das nevoadas veigas.
Corvos, pintigas e meigas, feitizos das manciñeiras.
Podres cañotas furadas, fogar dos vermes e alimañas.
Lume das Santas Compañas, mal de ollo, negros meigallos, cheiro de mortos, tronos e raios…
¡Qué placer era beberse el café hirviendo tras oírla cantar
ese conjuro que nos protegía de todo hechizo y espíritu maligno! Aunque la fórmula mágica no servía para
alejar a todos los seres sobrenaturales. A los mouros, por ejemplo, no se les incluía, puesto que podían darnos
las llaves de sus tesoros escondidos. Otro personaje mítico tampoco caía en la
enumeración mágica.
― Por qué no nombras al lobisomen?―
Le pregunté una vez a Catuxa ― ¿Acaso nos va a hacer un bien como los mouros?
― ¡Calla!― Catuxa se persignó ―. No hay conjuro que valga contra
el lobisomen. Primero debes saber de
dónde viene su fado. Si se volve lobo porque hizo tratos con el Diaño o sin mala intención por nacer en
Navidad o séptimo varón. O si…―. Se quedó callada.
― ¿O si
qué? ― La apremié impaciente.
― Si es
de los más peligrosos. De los que nacen del ayuntamiento de muller y del Re dos Mouros.
La voz
de Catuxa temblaba al contarme como el producto de esa espantosa cópula no sólo
era lobo con piel de hombre. Además, como príncipe del imperio subterráneo,
tenía poderes semi diabólicos. Ella no conocía a ninguno, pero su abuela que también
era meiga sí sabía de la existencia
de uno de esos aristocráticos licántropos que viviera en épocas de las Guerras
Carlistas.
― No
tuvo Don Carlos mejor general, pero era fiero y brutal como lobo hambriento y
no se ahogaba jamás, aunque le tuviesen la cabeza bajo el agua ― Catuxa volvió
a hacer la Señal
de la Cruz ―. Nuestra
Señora nos libre de encontrarnos con uno de esos.
Sus palabras
no me daban miedo. Por aquel entonces yo me consideraba muy erudita, por lo
tanto era bastante escéptica. Como Santo Tomas, creía en lo que veía y leía y
ninguno de los libros de la biblioteca del almirante, mi abuelo, probaba la
existencia de los hombres-lobos.
Sin
embargo, yo admitía que los lobos gallegos tenían algo de mágicos. Decir “lobo”
en O Courel era invocar un espíritu
poderoso. Con su mera mención, el animal adquiría un aura sobrenatural. Por eso
se le decía “el Otro” como si el respetuoso eufemismo lo mantuviese apartado. Conocí
gente a la que el cabello se le puso blanco ante la mera presencia del cánido y
quienes lo veían no gustaban hablar de ello. Padre tuvo un encuentro con un
lobo cerca del río, una primavera, y jamás pudo describirlo. Bastaba recordárselo
para que se le opacara la vista.
La
estructura circular de Nossa Señora Dos Lobos nacía dentro de un bosque de
hayas. En primavera era una corona verde, que se tornaba oro y ocre en otoño,
para luego volverse blanca con las primeras nieves, y de la cual sobresalía, un
poco torcida, la torre de la parroquia, el edificio más alto del pueblo. Más
allá del bosque, bordeando el río y sus cascadas, ya subiendo a la montaña,
crecía un soto de castaños muy tupido, la Castañeira , que se extendía hacia lo alto hasta
llegar al viejo Castro. Era ahí donde cazaban los lobos.
Bajaban
al atardecer. Nunca descendían más abajo. Nunca les veíamos cerca del pueblo. Ese era su terreno,
ellos establecían su marca por eso se le llamaba la Castañeira dos lobos. En el día, Padre podía cazar perdices en el
bosque o Catuxa y yo subir a recoger castañas o setas. Pero al atardecer, nadie
se aventuraba en el reino de los lobos. A las ovejas las llevábamos a pastar en
el souto de las hayas circundante al
pueblo y al Pazo, no fuera a ser que su aroma tentase a alguna fiera y se
quebrase la frágil tregua que los lobos tenían con los humanos. En las noches,
les oía aullar llamándose unos a otros
en el bosque. Todos les temían. Yo los adoraba.
![]() |
| Castañeira (fot de hongosgaliciaandportugal.blogspot.com) |
Lectora,
ya deducirás tú que a los diez años yo todavía no pisaba una escuela. Mi
educación, si así se la puede llamar, era estrictamente casera. De tanto
convivir con gente más acostumbrada a hablar galego que castellano, se me pegó su acento dulce, el hábito de
volver la “o” en “u” y un miedo al pluscuamperfecto y otras formas compuestas
con el verbo “haber”.
Leer
nadie me enseñó. Un día, cuando tenía yo cuatro años, Padre me halló en la
biblioteca tendida ante el retrato del Almirante, leyendo un tratado de
alquimia. Refleja mucho la mentalidad liberal del Conde De Portela que no me
arrebatase el libro y pusiese el grito en el cielo. Se limitó a preguntarme si entendía
las palabras en el texto.
― No ―
respondí con franqueza ― ¿Qué es un alambique?
Padre
buscó otro libro donde hubiese una ilustración del aparato. Después de esa
explicación, me dejó el campo abierto para que me ilustrase por cuenta propia.
Tras
retirarse de la marina, luego del Fracaso del 98, mi abuelo se dedicó a
construir una vasta biblioteca. Fue ahí donde encontré todo tipo de lecturas
desde las cartas del Padre Feijoo hasta las Sonatas
de Valle-Inclán, que terminaron de revelarme los secretos del amor y la
voluptuosidad.
Tras
saberme lectora, Naiciña intentó
enseñarme a escribir. Empresa difícil porque creo que fue menos años a la
escuela que Catuxa. El resultado de su tutoría fue que hasta adulta escribí con
muchas faltas de ortografía y con unas letras tambaleantes como beodas.
Naiciña no creía en la educación de las mujeres. En
lo único que insistió, cuando había dinero, fue ponerme maestros de canto. De
Lugo trajo una solterona para que me enseñase idiomas. Las otras ciencias tuve
que extraerlas de la biblioteca. Sin embargo, existía un espacio en mi hogar
donde yo aprendía casi tanto como en los libros del abuelo.
La cocina de Catuxa era un caudal de
información y todo un laboratorio para el saber empírico. Ahí descubría recetas
mágicas de caldos fortalecientes, de papillas de almidón para hacer crujir las
camisas de Padre y hasta fui testigo de milagros químicos como el que una batea
de leche, a fuerza de revolverse, se convirtiese en mantequilla. Tan admirada
quedé yo ante la sapiencia de Catuxa que comencé a imitarla y pronto la alcancé
en saber, por lo que tomé una decisión: sería cocinera, pero no en un Pazo,
sino en un gran restaurante u hotel en Londres o París.
A Catuxa
no le pareció.
―
¿Adónde vas a ir con eso? Es cierto que somos nosotras las encargadas de
nuestras lareiras, pero cuando los
ricos quieren un banquete contratan cocineros. Dicen que son mejores.
De
nuevo, me mostré escéptica. ¿Cómo iba a ser que un varón se entrometiese en
algo tan femenino como la cocina? Por una vez, no consulté los libros. Por una
vez, me armé de valor e interrogué a Naiciña.
La idea
de una hija cocinera tampoco le agradó.
― ¡Acaba! ¡Has perdido el meyollo! ― dijo en ese castellano
extraño que hablaba ―. Tú lo que has de trabajar es la música. Así te
aplaudirán en Londres y París. ¿Cómo una fija
mía ha de ser fregona?
Me miró
con mucho reproche antes de seguir lamentándose.
― ¡Ayy Dio, Senyor del mundo! Tú has salido
a mi ermanika. Eso debe ser.
Sus
palabras me hicieron olvidar por un momento el pacto no escrito que existía
entre nosotras de nunca interrogarla de su pasado, e iba a preguntar quién era
esa ermanika cocinera cuando ella me
interrumpió.
―
Catuxa no miente ― dijo con mucha amargura ― ¿Sabes por qué no les gusta
contratar cocineras? Porque a las mujeres nos obligan a estar en la cocina y a
preparar la comida. Los hombres salen a ganarse la vida y nosotras nos quedamos
ahí encerradas. Es nuestra prisión, la odiamos y odiamos los platillos que
preparamos. Mal podríamos escoger el guisar como carrera. Son los hombres que
la ven como algo divertido que pueden hacerla un arte, ponerle atención al
detalle y usar el meyollo para que cada
confección apele al intelecto y no sólo al estómago.
Con eso
dio por terminada nuestra charla. Los malos ratos la fatigaban y pronto comenzaría
a toser. Me marché de regreso a mi “prisión” donde reporté lo ocurrido a Catuxa,
que machacaba la ajada en un mortero.
Me escuchó meditabunda y agregó un poco más de ajo a la mezcla.
― ¡Boh! No todas odiamos la cocina. Los homes cocinarán con el cerebro. Que
Dios les coja confesados, pero una buena sazón que te entre al alma te la tiene
que hacer una hembra que cocine con el corazón, con las entrañas, vaya, hasta
con la coneja ―. Esta última palabra correspondía a esa parte del cuerpo que
las mujeres tapamos y las niñas usamos únicamente para orinar.
Lectora,
no te impacientes ya sé que prometí hablarte de Naiciña y aún no lo hago. ¿Pero por dónde comenzar? Notarás que
teníamos una relación distante. Yo la quería y creo que me quería mucho, pero
vivía en otro espacio, en un palacio de indescifrables secretos y enigmas.
No conservo
retratos de ella. Le disgustaba posar para fotografías.
―
¿Quién quiere verse vieja? ― decía ―. ¿O recordar que una vez fue moza?
Encontré
entre sus cosas una vieja fotografía de mi bautizo. Difícil reconocerla bajo
esa pamela imposible y esas poco favorecedoras modas de la Gran Guerra. Pero ahí estaba. Sin
ser guapa, tenía su salero que no me legó porque soy feúcha y a mucha honra. Naiciña tenía el cabello largo y negro
azulado, muy suave, muy diferente a mis rizos cobrizos que quebraban los
peines. Sus ojos eran dos almendras gigantes de color ámbar que llenaban su
cara. El resto de sus facciones eran ordinarias. Era más alta que yo y muy bien
conformada, aunque tirando para el lado de la gordura. Fue una suerte que le
tocase vivir en una época en que las rellenitas eran consideradas bellezas.
Jamás
se ocupó de la casa ni de la huerta. Creo que ni sabía que teníamos un rebaño
de ovejas. Todo lo dejaba en manos de Catuxa quien agradecía esa carta blanca
con mimos y consintiendo las chifladuras de Naiciña
tales como quedarse en cama los sábados y pasarse ciertos días del año sin
probar bocado hasta el anochecer.
Naiciña pasaba sus días en un invernadero que Padre
le construyó, dedicada a sus plantas a las que les prodigaba más atención que a
mí. Cuando el tiempo le impedía esta tarea se quedaba en un salón donde conservaba
un piano y tocaba pieza tras pieza con aire ausente, o se enroscaba en un
sillón ante la chimenea a leer poesía muy sentimental que la hacía llorar y a
escuchar zarzuelas en el fonógrafo.
Tenía
malos los pulmones y el clima no la ayudaba, pero amaba Galicia. Plantó un par
de cerezos cerca del muro mal terminado que marcaba el fin de nuestras tierras.
En primavera íbamos de excursión allá o al río donde padre pescaba truchas gigantes.
También, en primavera, mi madre solía pasear por las callejuelas estrechas de
Nossa Señora Dos Lobos admirándose ante una arquitectura que parecía construida
por chicos, con piedras desiguales amontonadas una sobre otra y coronadas por
techos planos. Las edificaciones eran tan torcidas que algunos tejados se
inclinaban a saludarse llegando casi a tocarse y cerrando el paso a toda luz.
Aparte
de sus paseos, a Naiciña le gustaba
viajar. En los veranos, Padre nos llevaba a Ribadeo a ver el mar y en otras
ocasiones permitía que su mujer viajase sola sin más chaperones que yo y Don
Andrés Sarmiento, que se convirtiera en el chevalier
servante de la Condesa
de Portela.
Fue
extraordinario que Naiciña, que no
confiaba su pasado ni a su marido ni a su hija, depositase su intimidad en Don
Andrés, pero tú que le conociste, Lectora, sabrás que no pudo encontrar mejor
confidente.
Don
Andrés venía de una antigua familia de Monforte. Era el menor de siete hermanos
cuya crianza arruinó a sus padres. No pudo terminar la carrera de Medicina y
tuvo que optar por la más económica de Farmacia. En Nossa Señora Dos Lobos no
había médico por lo que Don Andrés, aparte de dispensar drogas, también era
consultado por males menores.
Era muy
sabio, muy creyente en la homeopatía y respetuoso de la medicina natural de las
meigas, sus únicas rivales. Entre las
curanderas y el boticario existía una cierta sociedad que implicaba respeto
mutuo.
Era
hombre que inspiraba confianza y simpatía, quizás eso fue lo que atrajo a Naiciña.
Tengo
la impresión de que veía en Don Andrés a alguien de su pasado. No sé quien, un
pariente quizás. Definitivamente, no un amor perdido. Naiciña no era romántica ni mujer de grandes pasiones, aparte de su
música. A su marido y único hombre sólo la unió la intimidad necesaria para
crearme.
A Padre
le tenía sin cuidado esa amistad particular entre su mujer y el boticario. Don
Andrés era un solterón irreprochable, aunque las malas lenguas decían que le
conocían los burdeles de Lugo, Ourense, Vigo y A Coruña. Era alto, flaco y de
facciones inmemorables. Eso sí, siempre andaba de punta en blanco. Su gran
debilidad era la buena ropa. Todo lo que vestía debía ser del mejor casimir
inglés. Tenía un sastre en Madrid y el calzado se lo hacían en Lisboa.
Con Naiciña hablaban mucho de trapos. No era
ese su único interés común. Don Andrés entendía de música y botánica y logró
interesarla en otra de sus pasiones, los paseos arqueológicos. Siempre estaban
discutiendo sobre injertos de rosas y plantaciones de pimientos o temas graves
como el prerrománico galaico o la influencia celta en el megalítico lucense.
Fue él
quien llevó a Naiciña monte arriba
hasta el Castro Da Raiña, unas
antiguas ruinas que muchos creían romanas, pero que para Don Andrés eran
innegablemente autóctonas. Según el boticario, el nombre de “Raiña” indicaba
que debía ser el entorno de alguna reina tribal, una de esas druidesas celtas,
como la enigmática Reina Loba cuyo nombre es parte de la leyenda gallega.
― Quién quita , Señora Condesa, que este castillo no
fuese propiedad de la mismísima Raiña
Lupa, que vino a estos parajes antes o después de que el milagro jacobeo la
convirtiese a nuestra fe ―. Así decía
Don Andrés señalando la escalinata que junto con un muro añoso, pero
indestructible, eran casi lo único que quedaba del castro.
Naiciña sonreía escéptica. Su interés en la arqueología
no se enfocaba en reinas celtas sino en otras culturas. Ahí también la iba a ayudar
Don Andrés quien consiguió permiso para extender sus paseos arqueológicos fuera
de Nossa Señora. Tuve que subirme a carretas, automóviles y trenes y seguir a
la incansable pareja hasta Monforte de Lemos, Ourense y Ribadavia en busca de
algo llamado “aljamas”. Fue en esta última ciudad tras deambular por calles
pedregosas y resbaladizas con la llovizna, que por primera vez oí hablar de las
Siete Puertas de María Hebrea. Dos años más tarde en su lecho de muerte, Naiciña me ordenaría cruzar esas puertas.
Después
que la enfermera me expulsó del cuarto de Naiciña,
aún medio atontada me dirigí al mío donde permanecí toda la tarde, inmersa en
pensamientos atropellados todos provocados por la última petición de madre. Ya
era casi hora de cenar cuando apareció Catuxa enjugándose los ojos.
― Ven,
Nena, ven a despedirte de tu madre.
Dejé
que me guiase por el pasillo en penumbra hasta el cuarto de Naiciña. Ahí me encontré a Don Andrés y
a Don Matías. Ambos muy muy apesadumbrados. Padre estaba en una butaca, su
rostro entre las manos y llorando como no pensé que lloraran los hombres. Pero
lo más impresionante era Naiciña. Traía
puesto un camisón nuevo y trenzado el cabello. Estaba muy quieta en medio de la
cama, las manos cruzadas sobre su rosario. No parecía ella, no parecía humana.
Era una hermosa estatua. Cuando me agaché a besarla, su frente estaba fría como
un carámbano.
Tan desorientada
me dejaron los acontecimientos que me olvidé de llorar. La partida de Naiciña y sus extraños pedidos eran
demasiado abruptos y absurdos para poder extraer de mí otra emoción que no
fuese la perplejidad.
La
noche después que Naiciña se marchó, Catuxa
durmió conmigo. Aproveché de contarle las últimas palabras de mi madre que la
dejaron tan estupefacta como me dejaran a mí.
―
Siempre supe que la Condesa
era extraña, quizás por ser extranjera.
― ¿De
dónde venía? ― pregunté.
― De
muy lejos, muy lejos de Galiza. Tal vez de otro continente. ¿No reparabas en que
todo lo hacía diferente? Como hablaba, como rezaba. Era de otro mundo.
Catuxa
decía la verdad. ¿Quién conocería los secretos de Naiciña y de su pasado que a la vez eran las claves que me
permitirían construir mi futuro?
Fue en
el sepelio, cuando vi a Don Andrés, envuelto en un largo gabán negro y
secándose las lágrimas con su gran pañuelo, que decidí que era el único capaz de
resolver el acertijo de Naiciña.
Esa
tarde, se lo dije a Catuxa en la cocina. Pegó un gran respingo.
― Yo
que tú tendría cuidado con hacerle preguntas a ése. ¿Oíste?
Fue ahí
que recordé que Catuxa siempre trataba a Don Andrés con frialdad, lo que
contrastaba con el cariño que le prodigábamos mis padres y yo.
― ¿Qué
te traes con Don Andrés? ― pregunté irritada.
―
¡Nada! ― rezongó Catuxa, revolviendo la sopa con mucha fuerza ―. Mas te aviso,
cuídate de ese home peligroso.
¡Peligroso!
¿Don Andrés? ¿De qué hablaba?
Catuxa
agachó la cabeza sobre el pote como si quisiese ver el fondo de la sopa.
― Es un
lobisomen ― susurró.



No hay comentarios:
Publicar un comentario