Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

miércoles, 20 de junio de 2012

Primera Parte: La Reina Loba


La Reina Lupa



  1. Mi Mazal

No sé mucho de mis orígenes. Mejor dicho, los fui conociendo con el paso del tiempo. Ese tiempo, Lectora, que sé es nada más una quimera inventada por los hombres para dominarse unos a otros. La fecha de mi nacimiento, o los detalles de éste, poco valen, puesto que mi vida comenzó el día en que por primera vez oí hablar de María Hebrea y de sus muchas Puertas.
Lo recuerdo como si fuese ayer. Fue en el otoño de 1927.
Naiciña, Don Andrés Sarmiento y yo surcábamos por el que sería el último de nuestros viajes arqueológicos. Esta vez en Ribadavia. Acabábamos de ver el portal que los judíos ayudaran a defender de la invasión del Duque de Lancaster, hacía ya muchos siglos, y seguíamos deambulando por las callejuelas de la Judería, apestosas a viejo y a humedad. Una llovizna insistente volvía más tenebrosas las casonas, bajo cuyos arcos nos resguardábamos, y más resbaladizo el empedrado suelo. ¡Qué afán el de Naiciña de visitar barrios tan feos y siempre cuando el tiempo era infame!
Usualmente, en esos tours, yo  me limitaba a seguirles,  arrastrando un poco mis pies en señal de impaciencia. Ahora, la lluvia me obligó a cobijarme bajo el paraguas gigante de Don Andrés quien andaba medio enfrascado en una conversación con mi madre.
― Y sepa usted, Doña Susana, que este libro prodigioso fue fragmentado en siete partes y,  tras la muerte de María,  sacado del Egipto por sus seguidoras que desperdigaron los volúmenes a través el mundo conocido. Se dice que quien llegue a esa primera Puerta está destinado a encontrar las siete, y a poseer los conocimientos más arcanos. El problema está en las dificultades de llegar a ese primer libro…
― Porque tiene la maña de disfrazarse y sólo aparecerá tal cual es ante los ojos de su verdadera dueña ― le interrumpió Naiciña en tono malhumorado ― ¡Ay Don Andrés no me de la lata con esas monsergas! Que ya mi padre, que muchos años viva, nos hablaba de esos libros perdidos a guisa de cuentos para que mi ermanika y yo nos durmiésemos.
La revelación de que Naiciña tenía un papá todavía vivo me dejó tan suspensa que no escuché el resto. Ella nunca hablaba de su familia. Para cuando recobré el interés en la conversación, andaban por los finales.
― Debería usted tratar con más respeto a María Hebrea, Doña Susana. Es una de las pocas alquimistas hembras cuyo nombre la historia conserva, lo que indica que sus artes debieron ser muchas para ser recordada y para destacarse en un mundo de hombres ― Volteó la cabeza hacia mí ―. Me pregunto cuántas niñas hoy en día se interesarían en la alquimia.
― Hoy en día ya no se llaman alquimistas, sino físicas o químicas, y no mire usted a Violante ni le llene la cabeza de musarañas. ¿A qué no sabe con lo que me ha salido la chica? Ésta quiere ser cocinera.
Don Andrés no se rió lo que  hizo que me cayese aún mejor.
― La cocina es una forma de alquimia. ¿Verdad Raiña? ― me preguntó.
― ¿Por qué  llama Raiña a mi fija? ― preguntó Naiciña.
― Porque aunque no me lo pidiera usted, señora Condesa, me tomé la libertad de mandar a hacer el horóscopo de Doña Violante. La astróloga jura que llevará una vida llena de aventuras y que la desposará un rey o el hijo de un rey.
La risa de mi madre tintineó en las viejas paredes de la aljama.
― Pues eso suena mejor que ser cocinera. ¿Pero dónde ha de conocer un rey o príncipe esta niña? A menos que se tropiece con el Rey de los Mouros o uno de sus fijos. Esos que, según Catuxa,, viven entre nosotros, pero se vuelven lobos en la luna llena.
Don Andrés no respondió. Su sonrisa no abandonaba los labios, pero noté que el humor huyó de sus ojos.

Barrio judío de Ribadavia (foto de abraixas.blogspot.com)


Poco después de nuestro retorno de Ribadavia, Naiciña se puso malucha. Una serie de catarros y bronquitis la tuvieron en cama todo el otoño. No cesaba de toser. Padre la llevó a Mondariz, pero cuando las aguas del balneario no surtieron efecto, mandó traer a un médico de Lugo y una enfermera que se instaló en el Pazo. Todo eso costaba dinero, pero Padre vendería hasta sus zapatos para evitar lo inevitable. Naiciña se nos iba.
Fue el día de su partida que me llamó a su cuarto. Nos tenían separadas por temor al contagio. Al principio creí que el que me permitieran visitarla era señal de que estaba mejor. Bastome una mirada a su rostro desencajado y flaco para darme cuenta que parte de ella no era ya de este mundo.
― Escúchame sin interrumpir ― me dijo severa ―. No hay tiempo y Don Andrés me dio una dosis de láudano para aturdir a un elefante. Pronto me quedaré dormida. Sé que no he sido una madre demostrativa, pero eso no quita que seas lo más importante en mi vida.
Quise asegurarle que lo sabía y cuanto la quería por eso, pero levantó la mano con mucho esfuerzo, y me tapó la boca.
― Ya sé que me quieres. Porque también te quiero, debo darte las últimas instrucciones. Hay tres tareas que deberás cumplir. Son tu mazal, si no las cumples, tu vida quedará inconclusa y no tendrá valor alguno.
Un súbito acceso de tos cortó sus palabras, pero logró detenerlo y proseguir. Yo rogaba que se callase. De pronto le tenía medo y temía lo que iba a decir. Esa palabra desconocida, “mazal”, me infundía pavor.
― Deberás torcer la voluntad de un rey.
 Ay sí, facilísimo de hacer.
― Completar lo que la Tía Diamante no terminó.
¿Y quién diantre era la Tía Diamante?
― Y cruzar las Siete Puertas de María Hebrea.
 Recordé esa tarde en Ribadavia. Naiciña deliraba. El láudano la hacía alucinar. ¿Acaso ella misma no dijera que esos libros no existían? ¿Cómo iba yo a encontrarlos? Sólo tenía diez años y mucha ignorancia sobre mis hombros.
A mi madre la ganó la tos que comenzó a sacudir su cuerpo con grandes espasmos, hasta que agotada, volvió a caer sobre sus almohadas. Movía los labios, pero no salía de ellos sonido alguno. Me agaché para escucharla y oí algo que sonaba como zivug.
La puerta se abrió y entró la enfermera chasqueando la lengua como si yo enfermara a Naiciña. Con muchos aspavientos, y un que otro pescozón, me expulsó del cuarto.

María Hebrea (foto de gastrosoler.com)

Lectora, sabía yo tan poco de mi madre. Nunca hablaba de su pasado ni de sus incógnitos orígenes. Por eso es difícil para mí contarte mi historia de manera tradicional, con fechas y precisión cronológica. Prefiero hablarte de lo poco que sabía de Naiciña, y de mi tierra gallega, que fue quien en realidad me parió.
Naiciña tenía un sueño, ser la voz de La Traviata. No llegó más lejos que cantar la parte de Flora en esa temporada en Viena, durante la Gran Guerra, que fue su debut y despedida de los escenarios.
Después se casó y no volvió a cantar. A mí me puso Violetta, quizás con la esperanza de que algún día mi voz hiciese que mi auditorio, a punta de aplausos, echase un teatro abajo. Así dice en mi pasaporte, Violetta-Diamante Osorio y Pardo, Condesa de Portela. Violetta por la Traviata, y Diamante por esa tía que Naiciña dejara atrás con todo su pasado.
A mí nunca me preocupó ese nombre de gema, ni tampoco el cuento de La Traviata, porque esos nombres se quedaron en el pasaporte. En Nossa Señora Dos Lobos, pueblo perdido en la Sierra de Courel, lo que contaba era lo que te imponían en la pila de bautismo. A Don Matías, nuestro párroco, no le parecieron esos patronímicos ni muy católicos ni muy decorosos. Tras mucha discusión con mi padre finalmente llegaron a una solución salomónica. Me bautizaron como Violante que parecía una contracción de ambos nombres.
A Don Matías le bastaba que hubiese en el calendario una Santa Violante. A Naiciña le gustaba el sonido aristocrático de mi nombre. ¿Cuántas reinas no se llamaron Violante? Y no le dijo a Don Matías que lo que más le atraía del nombre fue leer sobre una tal Violante Gómez, alias La Pelicana, una judía medieval que casárase en secreto con un príncipe portugués.

Nací en Monforte de Lemos, en Galicia, pero lejos del mar. Cuando tenía unos meses, nos trasladamos a Madrid a probar fortuna. Naiciña hizo algunas amistades en Madrid, entre ellas la Duquesa de Málaga, miembro de la familia real, que fue mi madrina.
Padre quien, a raíz de su matrimonio, dejara la embajada española en Viena, intentaba infructuosamente conseguir una plaza en la Corte.  Digo infructuosamente, porque las puertas se le cerraban en la cara. Creo que por prejuicio, aunque por aquel entonces yo no sabía de donde nacían esos prejuicios. Tras admitir su fracaso, y viendo quebrantada la salud de su mujer, Padre nos llevó a vivir al Sur, a Andalucía.
 De esa época recuerdo mucho sol, mucha romería y procesión que me encantaban. Fue entonces que descubrí que Dios tenía dos caras, una triste de procesión y una alegre de romería. Me lo imaginaba abatido, vagando por las veredas celestiales, encapuchado y dándose de latigazos. Cuando estaba contento se ponía un clavel en la oreja y aporreaba la guitarra. Llegué a la conclusión que para vivir bien bastaba saber únicamente un secreto, como tener a Dios contento, porque cuando estaba triste descargaba su desolación en nosotros los pobres mortales.
 Padre venía de un antiguo linaje gallego que se remontaba hasta ese rey tan malo con nombre de maullido, Mauregato. La revuelta irmandiña y la decadencia de Galicia como reino, terminaron con los sueños de gloria de nuestra casta. En cada siglo, en cada generación, se fueron perdiendo más cosas, más propiedades, se vaciaron las arcas.
Para cuando yo nací no había nada impresionante a mí alrededor, solo el título de Condesa de Portela que yo heredaría y un poco de dinero extraído de unos viñedos de la Ribeira Sacra que nos permitían gozar del sol andaluz. Llegó el día en que ese dinero se agotó.
Ya no quedaban casas señoriales, ni castillos. Sólo el Pazo de Portela en Samos.
Padre usó el sentido práctico heredado de su madre irlandesa, y rentó el Pazo a un individuo que quería convertirlo en parador. También le vendió la mitad de los viñedos que rodeaban la propiedad con la condición de que su inquilino se ocupase de las viñas, de la venta de la uva, del proceso del vino, y otras labores que a Padre aburrían. El dinero obtenido se dividiría entonces en dos partes, una de las cuales serviría para mantenernos.
Fue con ese dinero que nos fuimos al último punto de la tierra que todavía podíamos llamar nuestro, al Pazo de Santa Mariña en O Courel. Pazo, Pazo no lo era realmente, pero nos gustaba el nombre rimbombante que el bisabuelo escogiera para esa casona encajada en la ladera de un monte. También nos divertía que un capricho de la bisabuela determinara que todo el edificio fuera pintado de un rosa fuerte. “Color de lechón” como decía Padre.
A veces, subiendo por la castañeira, en un atardecer podíase ver todo el Pazo de un color rosa fulgurante, ése que pondría de moda Elsa Schiaparelli, y que daba la impresión de que toda la propiedad ardía en llamas rosáceas.
A pesar de no ser Pazo, propiamente tal, nuestro nuevo hogar era grande. Tenía tres plantas más un gran subterráneo. En la planta alta cabían cuatro salones y una capilla.   Aparte de la casa, estaban los alpendres, la huerta y los establos.
Teníamos un pequeño gallinero donde dormían un par de gallinas pelirrojas, sometidas a los caprichos de un gallo insolente que, de vez en vez, vagabundeaba hasta la misma cocina exigiendo grano. Nuestro pesebre albergaba un rebaño de una docena de ovejas, cuya lana ayudaba, tras ser vendida, a pagar las cuentas de nuestros múltiples acreedores.
También eramos dueños de dos vacas. Una tan vieja que parecía la abuela de la otra. A la Fulgencia, la menor, de vez en cuando se la llevaba a un ganadero cercano que tenía un toro y volvía preñada. Fue gracias a ella que conocí los secretos de la cópula y preñez.
 La vaca vieja no estaba para esos menesteres. Ni leche daba. Más de una vez, Padre tomó la decisión de sacrificarla, pero con ese cariño que sentía por los animales y que yo heredé, terminaba por darle el indulto.
La vaca, cuyo nombre era Eufemia, seguía pastando pacíficamente, mirando al mundo sin comprenderlo con esos mismos ojos bovinos  que las mujeres ponemos cuando amamos con demasiada seguridad a un hombre.

Yo participaba ávidamente en todo lo que sucedía en este ámbito rural y doméstico, siempre supervisada por Catuxa, un personaje importante en mi vida ya que me amamantó de pequeña. De nodriza pasó a ser cocinera, ama de llaves y niñera de vacas, ovejas, gallinas y de la heredera del Condado de Portela.
Catuxa tenía a su cargo una serie de chicas del pueblo que venían tímidas a hacer sonar el piso de la cocina con sus zuecos, y la casa con sus risas, ya luego agarraban confianza. No duraban mucho. Eran torpes, rompían la vajilla, dejaban que el caldo se quemara. Siempre había un nuevo rebaño para reemplazarlas. Se iban contentas con cartas de recomendación de Padre y algún regalo salido del guardarropa de Naiciña.
Para las mozas de Nossa Señora Dos Lobos venir a trabajar al Pazo era mitad rito de pasaje, mitad vacación. Algo que debían conocer antes de casarse. Muchas venían tras los mozos de cuadra que también fungían como pastores del rebaño. A veces se peleaban por ellos, llegando a golpearse, razón de más para ser despedidas. De Fulgencia y ellas aprendí todo lo que había que saber sobre la vida y el amor. Y llegué a la conclusión de que éste último era algo peliagudo, turbio y fastidioso.
Catuxa estaba de acuerdo conmigo. Su esposo la abandonó tras hacerle un quinto hijo, el mismo año en que yo nací. El niño no vivió más allá del invierno y fue enterrado junto a dos de sus hermanos en el cementerio de Samos. Los hijos mayores de Catuxa vivían en Buenos Aires, por lo que ella me traspasó su ternura de madre junto con su leche, y con ellas su desprecio por la falsa felicidad que trae el amor.
― Te voy decir un cosa. Los homes nacieron para mandar y nosotras las mulleres para obedecer. Triste es el caso del home débil y de la hembra que no es sumisa ― decía mientras mondaba patatas cerca de la lumbre ―. Ni tú ni yo neniña, nacimos para someternos, por eso terminaremos solas.
A veces lanzaba quejoso suspiro.
― ¿Quién pode hacerte realmente feliz? Sólo un mouro que surgiese de la tierra.
Catuxa creía en los mouros con tanta fe como creía en la virginidad de Nuestra Señora.
Según ella, vivían en un reino subterráneo bajo toda Galicia. Un mundo parecido al nuestro, pero mucho mejor donde había grandes tesoros que ellos a veces compartían con los humanos más meritorios. La tía de Catuxa era una meiga muy sabia, ducha en remedios, conjuros y algún que otro filtro mágico. Ella una vez tuvo un encuentro con O Re dos Mouros, en la castañeira y bajo los árboles sostuvieron “comercio carnal”. Así lo expresaba Catuxa que tras asistir a la escuela cinco años, la única en su familia en hacerlo, se consideraba muy leída.
― Después de él ya no tuvo más home ― contaba, mientras destripaba truchas ―. Ninguno le llegaba a la medida a Su Majestad.
 Soltaba una risita que rápidamente sofocaba, recordando que no eran temas para hablar con una rapaza como yo.
Todas las creencias en meigas, mouros y otros sucesos sobrenaturales eran sólo para hablarse en la cocina o ante gente de confianza. Catuxa las ocultaba muy bien cuando Don Matías venía a celebrar misa en la capilla.
Con la llegada del sacerdote, Catuxa se volvía católica dogmática de esas que se santiguan por todo. Inclusive cuando Padre le pedía que preparase la queimada en la chimenea del salón más grande, Catuxa se guardaba muy bien de recitar el esconxuro como siempre lo hacía cuando estábamos en familia.
Mouchos, coruxas, sapos e bruxas.
Demos, trasgos e diaños, espritos das nevoadas veigas.
Corvos, pintigas e meigas, feitizos das manciñeiras.
Podres cañotas furadas, fogar dos vermes e alimañas.
Lume das Santas Compañas, mal de ollo, negros meigallos, cheiro de mortos, tronos e raios…

¡Qué placer era beberse el café hirviendo tras oírla cantar ese conjuro que nos protegía de todo hechizo y espíritu maligno!  Aunque la fórmula mágica no servía para alejar a todos los seres sobrenaturales. A los mouros, por ejemplo, no se les incluía, puesto que podían darnos las llaves de sus tesoros escondidos. Otro personaje mítico tampoco caía en la enumeración mágica.
― Por qué no nombras al lobisomen?― Le pregunté una vez a Catuxa ― ¿Acaso nos va a hacer un bien como los mouros?
― ¡Calla!― Catuxa se persignó ―. No hay conjuro que valga contra el lobisomen. Primero debes saber de dónde viene su fado. Si se volve lobo porque hizo tratos con el Diaño o sin mala intención por nacer en Navidad o séptimo varón. O si…―. Se quedó callada.
― ¿O si qué? ― La apremié impaciente.
― Si es de los más peligrosos. De los que nacen del ayuntamiento de muller y del Re dos Mouros.
La voz de Catuxa temblaba al contarme como el producto de esa espantosa cópula no sólo era lobo con piel de hombre. Además, como príncipe del imperio subterráneo, tenía poderes semi diabólicos. Ella no conocía a ninguno, pero su abuela que también era meiga sí sabía de la existencia de uno de esos aristocráticos licántropos que viviera en épocas de las Guerras Carlistas.
― No tuvo Don Carlos mejor general, pero era fiero y brutal como lobo hambriento y no se ahogaba jamás, aunque le tuviesen la cabeza bajo el agua ― Catuxa volvió a hacer la Señal de la Cruz ―. Nuestra Señora nos libre de encontrarnos con uno de esos.
Sus palabras no me daban miedo. Por aquel entonces yo me consideraba muy erudita, por lo tanto era bastante escéptica. Como Santo Tomas, creía en lo que veía y leía y ninguno de los libros de la biblioteca del almirante, mi abuelo, probaba la existencia de los hombres-lobos.
Sin embargo, yo admitía que los lobos gallegos tenían algo de mágicos. Decir “lobo” en O Courel era invocar un espíritu poderoso. Con su mera mención, el animal adquiría un aura sobrenatural. Por eso se le decía “el Otro” como si el respetuoso eufemismo lo mantuviese apartado. Conocí gente a la que el cabello se le puso blanco ante la mera presencia del cánido y quienes lo veían no gustaban hablar de ello. Padre tuvo un encuentro con un lobo cerca del río, una primavera, y jamás pudo describirlo. Bastaba recordárselo para que se le opacara la vista.

La estructura circular de Nossa Señora Dos Lobos nacía dentro de un bosque de hayas. En primavera era una corona verde, que se tornaba oro y ocre en otoño, para luego volverse blanca con las primeras nieves, y de la cual sobresalía, un poco torcida, la torre de la parroquia, el edificio más alto del pueblo. Más allá del bosque, bordeando el río y sus cascadas, ya subiendo a la montaña, crecía un soto de castaños muy tupido, la Castañeira, que se extendía hacia lo alto hasta llegar al viejo Castro. Era ahí donde cazaban los lobos.
Bajaban al atardecer. Nunca descendían más abajo. Nunca les  veíamos cerca del pueblo. Ese era su terreno, ellos establecían su marca por eso se le llamaba la Castañeira dos lobos. En el día, Padre podía cazar perdices en el bosque o Catuxa y yo subir a recoger castañas o setas. Pero al atardecer, nadie se aventuraba en el reino de los lobos. A las ovejas las llevábamos a pastar en el souto de las hayas circundante al pueblo y al Pazo, no fuera a ser que su aroma tentase a alguna fiera y se quebrase la frágil tregua que los lobos tenían con los humanos. En las noches, les oía aullar  llamándose unos a otros en el bosque. Todos les temían. Yo los adoraba.

Castañeira (fot de hongosgaliciaandportugal.blogspot.com)


Lectora, ya deducirás tú que a los diez años yo todavía no pisaba una escuela. Mi educación, si así se la puede llamar, era estrictamente casera. De tanto convivir con gente más acostumbrada a hablar galego que castellano, se me pegó su acento dulce, el hábito de volver la “o” en “u” y un miedo al pluscuamperfecto y otras formas compuestas con el verbo “haber”.
Leer nadie me enseñó. Un día, cuando tenía yo cuatro años, Padre me halló en la biblioteca tendida ante el retrato del Almirante, leyendo un tratado de alquimia. Refleja mucho la mentalidad liberal del Conde De Portela que no me arrebatase el libro y pusiese el grito en el cielo. Se limitó a preguntarme si entendía las palabras en el texto.
― No ― respondí con franqueza ― ¿Qué es un alambique?
Padre buscó otro libro donde hubiese una ilustración del aparato. Después de esa explicación, me dejó el campo abierto para que me ilustrase por cuenta propia.
Tras retirarse de la marina, luego del Fracaso del 98, mi abuelo se dedicó a construir una vasta biblioteca. Fue ahí donde encontré todo tipo de lecturas desde las cartas del Padre Feijoo hasta las Sonatas de Valle-Inclán, que terminaron de revelarme los secretos del amor y la voluptuosidad.
Tras saberme lectora, Naiciña intentó enseñarme a escribir. Empresa difícil porque creo que fue menos años a la escuela que Catuxa. El resultado de su tutoría fue que hasta adulta escribí con muchas faltas de ortografía y con unas letras tambaleantes como beodas.
Naiciña no creía en la educación de las mujeres. En lo único que insistió, cuando había dinero, fue ponerme maestros de canto. De Lugo trajo una solterona para que me enseñase idiomas. Las otras ciencias tuve que extraerlas de la biblioteca. Sin embargo, existía un espacio en mi hogar donde yo aprendía casi tanto como en los libros del abuelo.
 La cocina de Catuxa era un caudal de información y todo un laboratorio para el saber empírico. Ahí descubría recetas mágicas de caldos fortalecientes, de papillas de almidón para hacer crujir las camisas de Padre y hasta fui testigo de milagros químicos como el que una batea de leche, a fuerza de revolverse, se convirtiese en mantequilla. Tan admirada quedé yo ante la sapiencia de Catuxa que comencé a imitarla y pronto la alcancé en saber, por lo que tomé una decisión: sería cocinera, pero no en un Pazo, sino en un gran restaurante u hotel en Londres o París.
A Catuxa no le pareció.
― ¿Adónde vas a ir con eso? Es cierto que somos nosotras las encargadas de nuestras lareiras, pero cuando los ricos quieren un banquete contratan cocineros. Dicen que son mejores.
De nuevo, me mostré escéptica. ¿Cómo iba a ser que un varón se entrometiese en algo tan femenino como la cocina? Por una vez, no consulté los libros. Por una vez, me armé de valor e interrogué a Naiciña.
La idea de una hija cocinera tampoco le agradó.
― ¡Acaba! ¡Has perdido el meyollo! ― dijo en ese castellano extraño que hablaba ―. Tú lo que has de trabajar es la música. Así te aplaudirán en Londres y París. ¿Cómo una fija mía ha de ser fregona?
Me miró con mucho reproche antes de seguir lamentándose.
― ¡Ayy Dio, Senyor del mundo! Tú has salido a mi ermanika. Eso debe ser.
Sus palabras me hicieron olvidar por un momento el pacto no escrito que existía entre nosotras de nunca interrogarla de su pasado, e iba a preguntar quién era esa ermanika cocinera cuando ella me interrumpió.
― Catuxa no miente ― dijo con mucha amargura ― ¿Sabes por qué no les gusta contratar cocineras? Porque a las mujeres nos obligan a estar en la cocina y a preparar la comida. Los hombres salen a ganarse la vida y nosotras nos quedamos ahí encerradas. Es nuestra prisión, la odiamos y odiamos los platillos que preparamos. Mal podríamos escoger el guisar como carrera. Son los hombres que la ven como algo divertido que pueden hacerla un arte, ponerle atención al detalle y usar el meyollo para que cada confección apele al intelecto y no sólo al estómago.
Con eso dio por terminada nuestra charla. Los malos ratos la fatigaban y pronto comenzaría a toser. Me marché de regreso a mi “prisión” donde reporté lo ocurrido a Catuxa, que machacaba la ajada en un mortero. Me escuchó meditabunda y agregó un poco más de ajo a la mezcla.
― ¡Boh! No todas odiamos la cocina. Los homes cocinarán con el cerebro. Que Dios les coja confesados, pero una buena sazón que te entre al alma te la tiene que hacer una hembra que cocine con el corazón, con las entrañas, vaya, hasta con la coneja ―. Esta última palabra correspondía a esa parte del cuerpo que las mujeres tapamos y las niñas usamos únicamente para orinar.


Lectora, no te impacientes ya sé que prometí hablarte de Naiciña y aún no lo hago. ¿Pero por dónde comenzar? Notarás que teníamos una relación distante. Yo la quería y creo que me quería mucho, pero vivía en otro espacio, en un palacio de indescifrables secretos y enigmas.
No conservo retratos de ella. Le disgustaba posar para fotografías.
― ¿Quién quiere verse vieja? ― decía ―. ¿O recordar que una vez fue moza?
Encontré entre sus cosas una vieja fotografía de mi bautizo. Difícil reconocerla bajo esa pamela imposible y esas poco favorecedoras modas de la Gran Guerra. Pero ahí estaba. Sin ser guapa, tenía su salero que no me legó porque soy feúcha y a mucha honra. Naiciña tenía el cabello largo y negro azulado, muy suave, muy diferente a mis rizos cobrizos que quebraban los peines. Sus ojos eran dos almendras gigantes de color ámbar que llenaban su cara. El resto de sus facciones eran ordinarias. Era más alta que yo y muy bien conformada, aunque tirando para el lado de la gordura. Fue una suerte que le tocase vivir en una época en que las rellenitas eran consideradas bellezas.
Jamás se ocupó de la casa ni de la huerta. Creo que ni sabía que teníamos un rebaño de ovejas. Todo lo dejaba en manos de Catuxa quien agradecía esa carta blanca con mimos y consintiendo las chifladuras de Naiciña tales como quedarse en cama los sábados y pasarse ciertos días del año sin probar bocado hasta el anochecer.
Naiciña pasaba sus días en un invernadero que Padre le construyó, dedicada a sus plantas a las que les prodigaba más atención que a mí. Cuando el tiempo le impedía esta tarea se quedaba en un salón donde conservaba un piano y tocaba pieza tras pieza con aire ausente, o se enroscaba en un sillón ante la chimenea a leer poesía muy sentimental que la hacía llorar y a escuchar zarzuelas en el fonógrafo.
Tenía malos los pulmones y el clima no la ayudaba, pero amaba Galicia. Plantó un par de cerezos cerca del muro mal terminado que marcaba el fin de nuestras tierras. En primavera íbamos de excursión allá o al río donde padre pescaba truchas gigantes. También, en primavera, mi madre solía pasear por las callejuelas estrechas de Nossa Señora Dos Lobos admirándose ante una arquitectura que parecía construida por chicos, con piedras desiguales amontonadas una sobre otra y coronadas por techos planos. Las edificaciones eran tan torcidas que algunos tejados se inclinaban a saludarse llegando casi a tocarse y cerrando el paso a toda luz.
Aparte de sus paseos, a Naiciña le gustaba viajar. En los veranos, Padre nos llevaba a Ribadeo a ver el mar y en otras ocasiones permitía que su mujer viajase sola sin más chaperones que yo y Don Andrés Sarmiento, que se convirtiera en el chevalier servante de la Condesa de Portela.

Fue extraordinario que Naiciña, que no confiaba su pasado ni a su marido ni a su hija, depositase su intimidad en Don Andrés, pero tú que le conociste, Lectora, sabrás que no pudo encontrar mejor confidente.
Don Andrés venía de una antigua familia de Monforte. Era el menor de siete hermanos cuya crianza arruinó a sus padres. No pudo terminar la carrera de Medicina y tuvo que optar por la más económica de Farmacia. En Nossa Señora Dos Lobos no había médico por lo que Don Andrés, aparte de dispensar drogas, también era consultado por males menores.
Era muy sabio, muy creyente en la homeopatía y respetuoso de la medicina natural de las meigas, sus únicas rivales. Entre las curanderas y el boticario existía una cierta sociedad que implicaba respeto mutuo.
Era hombre que inspiraba confianza y simpatía, quizás eso fue lo que atrajo a Naiciña.
Tengo la impresión de que veía en Don Andrés a alguien de su pasado. No sé quien, un pariente quizás. Definitivamente, no un amor perdido. Naiciña no era romántica ni mujer de grandes pasiones, aparte de su música. A su marido y único hombre sólo la unió la intimidad necesaria para crearme.
A Padre le tenía sin cuidado esa amistad particular entre su mujer y el boticario. Don Andrés era un solterón irreprochable, aunque las malas lenguas decían que le conocían los burdeles de Lugo, Ourense, Vigo y A Coruña. Era alto, flaco y de facciones inmemorables. Eso sí, siempre andaba de punta en blanco. Su gran debilidad era la buena ropa. Todo lo que vestía debía ser del mejor casimir inglés. Tenía un sastre en Madrid y el calzado se lo hacían en Lisboa.
Con Naiciña hablaban mucho de trapos. No era ese su único interés común. Don Andrés entendía de música y botánica y logró interesarla en otra de sus pasiones, los paseos arqueológicos. Siempre estaban discutiendo sobre injertos de rosas y plantaciones de pimientos o temas graves como el prerrománico galaico o la influencia celta en el megalítico lucense.
Fue él quien llevó a Naiciña monte arriba hasta el Castro Da Raiña, unas antiguas ruinas que muchos creían romanas, pero que para Don Andrés eran innegablemente autóctonas. Según el boticario, el nombre de “Raiña” indicaba que debía ser el entorno de alguna reina tribal, una de esas druidesas celtas, como la enigmática Reina Loba cuyo nombre es parte de la leyenda gallega.
― Quién  quita , Señora Condesa, que este castillo no fuese propiedad de la mismísima Raiña Lupa, que vino a estos parajes antes o después de que el milagro jacobeo la convirtiese a nuestra fe ―.  Así decía Don Andrés señalando la escalinata que junto con un muro añoso, pero indestructible, eran casi lo único que quedaba del castro.
Naiciña sonreía escéptica. Su interés en la arqueología no se enfocaba en reinas celtas sino en otras culturas. Ahí también la iba a ayudar Don Andrés quien consiguió permiso para extender sus paseos arqueológicos fuera de Nossa Señora. Tuve que subirme a carretas, automóviles y trenes y seguir a la incansable pareja hasta Monforte de Lemos, Ourense y Ribadavia en busca de algo llamado “aljamas”. Fue en esta última ciudad tras deambular por calles pedregosas y resbaladizas con la llovizna, que por primera vez oí hablar de las Siete Puertas de María Hebrea. Dos años más tarde en su lecho de muerte, Naiciña me ordenaría cruzar esas puertas.

Después que la enfermera me expulsó del cuarto de Naiciña, aún medio atontada me dirigí al mío donde permanecí toda la tarde, inmersa en pensamientos atropellados todos provocados por la última petición de madre. Ya era casi hora de cenar cuando apareció Catuxa enjugándose los ojos.
― Ven, Nena, ven a despedirte de tu madre.
Dejé que me guiase por el pasillo en penumbra hasta el cuarto de Naiciña. Ahí me encontré a Don Andrés y a Don Matías. Ambos muy muy apesadumbrados. Padre estaba en una butaca, su rostro entre las manos y llorando como no pensé que lloraran los hombres. Pero lo más impresionante era Naiciña. Traía puesto un camisón nuevo y trenzado el cabello. Estaba muy quieta en medio de la cama, las manos cruzadas sobre su rosario. No parecía ella, no parecía humana. Era una hermosa estatua. Cuando me agaché a besarla, su frente estaba fría como un carámbano.
Tan desorientada me dejaron los acontecimientos que me olvidé de llorar. La partida de Naiciña y sus extraños pedidos eran demasiado abruptos y absurdos para poder extraer de mí otra emoción que no fuese la perplejidad.
La noche después que Naiciña se marchó, Catuxa durmió conmigo. Aproveché de contarle las últimas palabras de mi madre que la dejaron tan estupefacta como me dejaran a mí.
― Siempre supe que la Condesa era extraña, quizás por ser extranjera.
― ¿De dónde venía? ― pregunté.
― De muy lejos, muy lejos de Galiza. Tal vez de otro continente. ¿No reparabas en que todo lo hacía diferente? Como hablaba, como rezaba.  Era de otro mundo.
Catuxa decía la verdad. ¿Quién conocería los secretos de Naiciña y de su pasado que a la vez eran las claves que me permitirían construir mi futuro?
Fue en el sepelio, cuando vi a Don Andrés, envuelto en un largo gabán negro y secándose las lágrimas con su gran pañuelo, que decidí que era el único capaz de resolver el acertijo de Naiciña.
Esa tarde, se lo dije a Catuxa en la cocina. Pegó un gran respingo.
― Yo que tú tendría cuidado con hacerle preguntas a ése. ¿Oíste?
Fue ahí que recordé que Catuxa siempre trataba a Don Andrés con frialdad, lo que contrastaba con el cariño que le prodigábamos mis padres y yo.
― ¿Qué te traes con Don Andrés? ― pregunté irritada.
― ¡Nada! ― rezongó Catuxa, revolviendo la sopa con mucha fuerza ―. Mas te aviso, cuídate de ese home peligroso.
¡Peligroso! ¿Don Andrés? ¿De qué hablaba?
Catuxa agachó la cabeza sobre el pote como si quisiese ver el fondo de la sopa.
― Es un lobisomen ― susurró.


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