Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

viernes, 22 de junio de 2012


2. Los lobos
(foto de grupo-breterna.blogspt.com)


Por aquel entonces, yo ya tenía fama de impulsiva y atolondrada. Cuando tomaba una decisión la llevaba rápidamente a cabo, sin pensarlo, aunque ésta diese con mi hocico en el suelo. Mis lecturas sin guía me llenaban la cabeza de pajaritos y también de cierta soberbia, por lo que las palabras de Catuxa no me inhibieron de mi propósito de interrogar al boticario sobre los secretos de mi madre.
Ya te dije, Lectora, hasta no ver un lobisomen no iba a creer en su existencia. Pero un prurito detectivesco me hacía pensar que algún misterio ocultaba Don Andrés, algo que explicaría esa fama rara que le perseguía.
 ―Medio pueblo lo sabe, pero callan por miedo― aseguraba Catuxa―. ¿Acaso no   reparas en lo flaco que es y su mal color?
 ― ¿Miedo a qué, si Don Andrés es inofensivo?
―Con lo canijo que se ve, es muy fuerte― seguía enumerando mi nodriza―.  Y si le miras bien, tiene un dedo más largo que los otros. Dicen que usa cera de su botica para quitarse el vello de las cejas que se le entrejuntan sobre la nariz.
Yo ya notara lo del dedo, y Don Andrés, así de enjuto que era, podía levantar una vaca un palmo del suelo y con un solo brazo. Viendo que mi escepticismo flaqueaba, Catuxa continuó:
―Jamás se le encuentra en luna llena. Cierra con cadenas su puerta. Puede  patearla  un caballo y no abre. Eso porque corre la fada por esos montes del Señor.
Mi decisión se hizo más firme. En la próxima luna llena tendría que vigilar al boticario.
(foto de elhabitatdeluniornio.net)


Don Andrés vivía casi en las afueras del pueblo, en la ribera del río, a unos pasos del viejo puente cubierto de hiedra que separaba a Nossa Señora de nuestras tierras.
Desde la puerta de nuestra capilla se veía perfectamente la parte trasera de la casa del boticario con su portón gigante y unas ventanas desde las cuales, Don Andrés decía, un poco en broma, se podía pescar en el río. Era cuestión de esperar a la luna llena y seguirle. Desde la capilla podría yo vigilar sus pasos.
Era primavera, pero en las noches hacía frío, por lo que oculté mi abrigo y mis botas en la capilla. No hablé más de Don Andrés con Catuxa, pero marqué en el calendario un círculo alrededor de la fecha del próximo plenilunio.
En verano nunca se cenaba en el Pazo antes de las nueve. Acercándose esa hora, el día señalado, le dije a Catuxa que me iba a la capilla a rezar por Naiciña. Tan atareada estaba la pobre que ni cuenta se dio de lo extraño de mi comportamiento.
Tenía yo todo planeado. Vería a Don Andrés salir de su casa, le seguiría, y volvería cuando ya la luz de la luna me certificase que era lobo u hombre.
Me acababa de colocar las botas cuando al asomarme a la puerta de la capilla, ya vi a Don Andrés, morral al hombro, cerrar su portón con grandes cadenas. Seguidamente caminó hacia el puente.
Iba muy tranquilo para quien se decía que se iba a convertir en lobo. Incluso fumaba. Al cruzar el puente lanzó el cigarrillo al río. Cuando llegó cerca del Pazo, tuve que juntar la puerta para que no me viese. Me puse el abrigo. Cuando salí, ya Don Andrés, a grandes zancadas, ganaba el monte.
Todavía había luz. El cielo era un muestrario de rosas y lilas. Caminé despacio, sin quitarle la vista de encima al boticario, y llegué hasta el cerezo que plantara Naiciña. Para entonces, mi presa se internaba en la Castañeira.
Apuré el paso y me adentré en el bosque. Los gruesos castaños me servían de escondite para espiar como Don Andrés cada vez caminaba más rápido, casi tan rápido como el cielo cambiaba de color. Del rosa tornó a un violeta oscuro. La luna ya se asomaba tras las nubes cuando Don Andrés alcanzó el Castro Do Raiña y se entrometió por los círculos que una vez fueron habitaciones.
Amparada por la oscuridad, llegué hasta los restos del muro donde me parapeté para esperarle. ¿Esperar a qué? Pronto tuve mi repuesta. Don Andrés dejó caer el morral en el suelo y comenzó a quitarse la ropa. Mi pudor de niña venció mi curiosidad y viré la cabeza fijando los ojos en la luna que avanzaba por el cielo, arrastrando la cola de su bata de plata.
Un largo aullido tras mi espalda interrumpió mi observación astronómica, helándome la sangre. Me volví lentamente porque ya sabía que mis ojos no darían crédito a lo que vieran. En medio del círculo de piedras celtas se erguía un gran lobo.
¿De dónde venía? ¿Dónde estaba Don Andrés? No pudo marcharse tan velozmente.  Tenía que rendirme ante la evidencia. Don Andrés y el lobo eran uno mismo.
Como para certificar mi hallazgo, la fiera volvió a aullar más alto, un sonido largo que quebró en dos. No acababa de cerrar el hocico, cuando brotó del monte un coro de saludos lobunos. Parecía que todos los lobos del mundo saludaban al lobisomen.
Para mi gran alarma, los aullidos fueron seguidos por sus dueños que descendían en masa desde la cumbre hasta el Castro, al encuentro del lobo Don Andrés.
Era el momento de huir, pero una cosa era proponérselo y otra que mis piernas se desplazaran. Me sentía como anclada en tierra. Por fin logré andar con bastante torpeza y ruido que sin duda alertó a las bestias. No podía verlas claramente, pero percibía que todas sus orejas se erguían para tomar nota de cada uno de mis movimientos.
Despavorida y desorientada, corrí sin rumbo siguiendo la luz de la luna que, gorda y plateada, se partía de la risa en medio del cielo al ver mis apuros.
Llegué a la Castañeira, pero si el bosque antes era mi amigo, ahora era francamente hostil. Los gruesos troncos interrumpían mi carrera, obstaculizándome el paso, el suelo parecía estar lleno de piedrecillas, ramas caídas y raíces que me hacían tropezar. Tras de mí sentía las pisadas de los lobos persiguiéndome.
De pronto, el suelo se abrió bajo mis pies y me precipité en una caída tan vertiginosa e imprevista que no me dio tiempo de entrar en pánico. La caída no fue muy larga y cuando aterricé, no en un piso rocoso sino sobre mullida piel, me di cuenta que en mi desorientación acababa de caer en un Foxo Dos Lobos. ¡Qué golpe para mi orgullo que los lobos me hicieran caer en una trampa fabricada para ellos!
Me palpé el cuerpo para cerciorarme de que nada estuviese roto y luego toqué la piel que amortiguara mi caída. Al comienzo, temí que fuese un cadáver de lobo, pero por el tacto y el olor reconocí pieles de oveja. ¿A quién se le ocurrió forrar el piso de la trampa? ¿Alguien presintió que algún entrometido fisgón como yo pudiese caer en ella?  Pues si era así quizás viniera a buscarme, porque sola no saldría nunca.

Foxo dos lobos (foto de es.wikloc.com)


 El foso no era hondo, apenas un par de metros, pero no había manera de escalarle. Quienquiera que viniese a buscarme lo haría al amanecer. Esa ley que todos conocían, pero que todos callaban, impedía a los humanos subir a la Castañeira en la noche. Tampoco valía la pena gritar. Sólo me oiría la luna que sobre la boca del foso me hacía muecas.
Súbitamente la luna desapareció y otros ojos me observaron desde lo alto. La enorme cabeza del lobo bloqueaba la luz de luna. El miedo regresó a morderme las entrañas. ¿No serían esas pieles de oveja los sobrantes de la cena del lobisomen? ¿Acaso era ese su método de cacería? ¿Atrapar a sus presas en el foso y luego bajar a merendárselas? No pude evitar que una mezcla de sollozo y gemido de pánico escapase de mi boca.
El lobo se retiró como avergonzado de mi debilidad, para reaparecer un segundo más tarde arrastrando algo largo y sinuoso que al descender me pareció una boa. Nunca viera yo culebra tan grande. La luna se dignó a iluminarme y vi que lo que bajaba hacia mí no estaba vivo. Me atreví a alzar la mano y al tocarla supe que era una cuerda.
No necesitaba que el lobo me diese instrucciones. Rápidamente, até la cuerda a mi cintura con un fuerte nudo marinero que Padre me enseñara. De inmediato, sentí que me alzaban y mis pies ya no tocaron el piso. Me aferré a la cuerda con ambas manos y cerré los ojos hasta que el aire frío de la noche golpeó mi cara y supe que estaba fuera del foso.
Abrí lo ojos y me encontré sentada en el bosque, enfrente de tres lobos. Uno de ellos era Don Andrés. Los otros parecían lobos de verdad, al menos sus tamaños eran normales. Uno era hembra, la reconocí por sus tetas henchidas de leche.
Los lobos me observaban con tanta curiosidad como yo a ellos, pero leí en sus ojos dorados un velado reproche que me llenó de vergüenza y dolió más que una docena de azotes. Yo era la intrusa, la invasora de su mundo secreto. Para colmo, mi desaparición atraería al hombre a su santuario. Porque mi ausencia iba a notarse. No había modo en que yo regresase en la oscuridad y no iba a tener el descaro de pedirles a los lobos que me guiasen hasta mi casa.
Llena de remordimiento comencé a llorar. La loba acercóseme y comenzó a darme golpecitos con su largo hocico. A pesar de que cada golpe casi me derribaba, supe que era una muestra de afecto. Eso  me hizo llorar más, ahora abrazada al cuello de la fiera, mi rostro mojado enterrado en su pelaje que olía a tierra y hojarasca, lo que no era mal aroma.
Ante mi sorpresa, los lobos comenzaron a alejarse. Quedé sola con Madre Loba quien a empellones me urgió a ponerme de pie. Algo que hice apoyándome en ella. Siempre a morrazos, la loba me indicó que la siguiera y emprendimos el camino por un bosque oscuro como el pecado, al que ahora accedía gracias a mi guía.

Castro de San Cibran (oftocomunity.es)


Así llegamos de regreso al Castro donde nos esperaban un lobo viejo y tuerto que me miró con desprecio y dos lobas que se acercaron a husmearme con mucha curiosidad. También había un par de cachorros que, más insolentes que sus mayores, se alzaron en dos patas para mirarme mejor, para luego morder el borde de mi abrigo hasta que su madre les alejó.
En el claro de luna, fuera de ese pavoroso bosque, notaba lo hermosos que eran los lobos y cuan elegantes sus movimientos. No tenía miedo ya de ellos y al reconocerlo se volvieron mansos como perros y me dejaron acariciarles. Dejé de temer incluso al castigo que me esperaba al día siguiente.
Un sonido salió de mi estómago recordándome que ya era hora de cenar. Yo que siempre fui de buen diente comencé a sentir un hambre feroz. ¿Pero dónde encontrar comida?  Madre Loba estaba alimentando a sus hijos de pie como la Loba Capitolina, mas su instinto maternal la hizo reconocer mi hambre. Se tendió cuan larga era, con grandes protestas de sus lobatos, y ofreciome una teta.
De pequeña, Catuxa más de una vez me permitiera mamar de ovejas, pero ahora yo era una niña grande, no era decoroso. Aun así, el hambre vence cualquier decoro y cualquier asco. ¿Si Rómulo y Remo lo hicieron por qué yo no? Me tendí en el suelo y me entrometí entre las cabezas de los cachorros, para compartir su cena. La leche de loba, descubrí, era un poco acre, pero para nada inferior a la de vaca. Calmó las quejas de mis tripas, y con ello también cualquier resquemor que quedase dentro de mí sobre los lobos. Comprendí que vivía una experiencia mágica, única y que no podía arrepentirme, tan sólo gozarla.
Tras la cena, me quedé jugando un rato con los cachorros, hasta que unos aullidos del bosque hicieron que mis nuevos amigos levantasen las orejitas en punta y respondiesen con sonidos propios a los llamados de la manada. Acto seguido, se marcharon ladera abajo hacia la Castañeira.
No me importó quedarme sola. Seguramente, los otros cazaban algún ciervo y les invitaban a compartir. Luego volverían.  Era como si entendiese perfectamente sus hábitos y movimientos. Como si con la leche absorbiera yo conocimientos antes ajenos a mí. Me tendí a lo largo de la pared y a pesar de que sentía un poco frío, en poco rato estaba dormida.
Desperté cerca del amanecer. Al desperezarme, reparé en que dormía con Madre Loba de almohada, y que los lobatos y las otras hembras me rodeaban brindándome su calor. Deseaba quedarme ahí para siempre, pero era el momento crítico de volver al mundo de los humanos y responder muchas preguntas.
Abracé con fuerza a cada lobo a guisa de despedida. No tenía palabras para explicarles mi sentir o agradecerles, pero quizás no fuese necesario. Quizás ya entendían. Comencé a caminar hacia la Castañeira, un poco temblorosa, porque tenía los miembros entumecidos. No llegaba todavía al bosque cuando vi la figura de Don Andrés, morral al hombro, que surgía de entre la niebla.
―Vamos, vamos― me dijo secamente―.Que ya vienen y armados hasta los dientes. Vaya que tendremos que dar explicaciones.
Yo iba a decir algo, pero con un gesto me detuvo:
―Déjame hablar a mí.
Antes de entrar en el bosque, volteé a mirar hacia el Castro y vi con alivio que los lobos ya iban monte arriba. No eran de los que esperasen a ver el espectáculo de hombres con escopetas.
Seguimos caminando en silencio hasta que Don Andrés se inclinó cerca de un arbusto de arándanos silvestres y recogió algunas bayas.
―Cómetelas― me ordenó. Le obedecí porque tenía hambre y porque me encantan los arándanos.

Cerca del Foxo dos Lobos nos encontramos con la partida de caza, formada por Padre, Don Matías, Don Antonio Fonseca que era el alcalde del pueblo, su hijo Xoan y Beito, el zapatero. Tal como Don Andrés describiera, venían armados hasta los dientes y andaban muy ocupados oteando los alrededores de la trampa donde yo dejara huellas de botas.
Fue Don Matías quien nos vio primero y alertó a Padre. Este tenía el rostro desencajado y los ojos enrojecidos de quien no los pegara en toda la noche. Nunca le vi moverse tan rápido. Casi de un salto llegó hasta mí y me estrechó en sus brazos con tanta fuerza que sentí que me molía los huesos.
― ¿Estás bien, Violante?―preguntó.
Asentí con la cabeza y en su rostro se dibujó la furia. Creo que si no fuera yo una niña me hubiese asestado un bofetón, pero al Conde de Portela le enseñaron que a las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa. A cambio, me lanzó un torrente de preguntas que yo ya me temía. ¿Qué hacía en el bosque? ¿Qué no sabia que casi les matara de preocupación?
―Te buscamos toda la noche por el pueblo― rugía Padre.
―Hasta fuimos a su casa, Don Andrés― metió baza el hijo del alcalde―. Y no le encontramos.
―En las noches de luna subo al bosque a buscar yerbas medicinales― dijo Don Andrés con frialdad―. Y a veces duermo aquí.
―Pues es usted único― dijo Don Antonio―. Porque cuando se nos ocurrió que la niña podría estar en la Castañeira ya era noche y nadie…― se detuvo avergonzado de admitir que hombres hechos y derechos le temían al lugar.
― ¿Al cabo donde encontró a la niña?― terminó por preguntar.
―Se cayó en el Foxo ― dijo Don Andrés―. Pasó la noche ahí. La saqué al amanecer con esto que siempre cargo.
Les enseñó la cuerda. Al final, con leves cambios, andaba diciendo la verdad.
―De milagro no se rompió un hueso―dijo Beito.
―Hace tiempo que os dije que hay que cerrar esa trampa― dijo Don Andrés con tono impaciente―. Alguien se iba a caer ahí tarde o temprano. Por eso arrojé unas pieles de oveja que amortiguaron su caída.
Xoan era atrevido como los jóvenes lobos. Se acercó y tocó la manga de mi abrigo.
― ¡Cata, esos son pelos de lobo!
Cierto.  Yo estaba cubierta de pelos de Madre Loba.
―No son de oveja― continuó Xoan hasta que un codazo de su padre le hizo callar.
Padre seguía enfurecido.
― ¿Pero qué rayos te dio por meterte en la Castañeira?
―Tranquilícese Señor Conde― dijo Don Matías con voz conciliadora―. Lo importante es que Violante está sana y salva. Llévesela, Usía, a casa y después hablaremos de regaños y castigos.
Con otro gruñido, Padre me asió de la mano y emprendimos el viaje de regreso. Los hombres ahora caminaban un poco alejados. Noté que me observaban a hurtadillas como si de pronto me tuviesen miedo. Todos menos Don Andrés que iba cabizbajo, ensimismado en sus pensamientos, y Don Matías que era el único que aparentaba estar tranquilo y campechano.
Al llegar al Pazo, los hombres se despidieron de Padre y tomaron el camino del pueblo. Cuando cruzaban el puente, vi que Beito seguía mirándome raro. Nuestras miradas se encontraron y él se santiguó.
En la puerta del Pazo nos esperaba Catuxa, brazos en jarra. Ella no creía en lo del pétalo de la rosa porque se me abalanzó encima y cogiéndome de la oreja comenzó a zarandearme.
Leria, leria. Vaya con la señorita. Medio susto que nos pega. La próxima vez que quiera ir a rezar en el bosque como los paganos, al menos tenga la cortesía de enviarnos recado.
A pescozones y empellones me llevó hasta la casa, sin que Padre se entrometiese. Esa fue mi bienvenida.
Al parecer Padre se tranquilizó al ver que Catuxa se encargaba de mi regaño. Porque aparte de dejarme sin salir del Pazo por una semana, y la misma cantidad de tiempo sin postre, no volvió a hacerme reproches. Ni él ni Catuxa me pidieron explicaciones y nunca me interrogaron sobre los detalles de mi aventura. Fue como si se estableciese un pacto de silencio entre los tres.
El sábado, Padre levantó mi castigo y me permitió bajar al pueblo a confesarme con Don Matías. Desde la muerte de Naiciña, no había necesidad de que el sacerdote subiese a la capilla.
Ante mi sorpresa, el párroco no me esperaba en el confesionario sino en la sacristía donde no me confesara ya desde mi Primera Comunión, el año anterior. Me ofreció un asiento y tras ponerse la estola, fue directo al grano.
―Hay más cosas en el Cielo y en la Tierra, Horacio― comenzó a recitar a Shakespeare―. A lo que voy Violante, es que esas cosas no nos pertenecen a los hombres y mientras no te lleven al pecado, no hay necesidad de confesarlas.
 Acto seguido cerró los ojos y recitó la formula.
―Ave María Purísima.
Me quede estupefacta. ¿Así que Don Matías también era parte del pacto de silencio?
―Sin pecado concebida― dije mecánicamente. Ahora comprendía lo que padre quería decir cuando describía al párroco como muy “jesuita”. Comencé a recitar mis pecados triviales.
―Me acuso de desobedecer a mi padre al ir al bosque. De mentirle a Catuxa diciendo que estaría en la capilla. Me acuso de alborotar al pueblo con mi huída.
Una sonrisa complacida apareció en el rostro de Don Matías.
― ¿Algo más?
―Aunque Padre me prohibió el postre esta semana, le robé un Melindre a Catuxa en la cocina.
Don Matías frunció el ceño.
―Eso estuvo muy mal.
Vaya, ¿así que robar rosquillas era peor que irme al monte asustando a medio mundo?
Don Matías me impuso tres rosarios y me despidió. Antes de irme a la iglesia a cumplir mi penitencia, el párroco me hizo una última advertencia.
―Espero que en el futuro cuando quieras subir a la Castañeira de noche, nos avises para evitar preocupaciones.
Hincada ante el altar, mis manos desgranando el rosario, mi boca moviéndose como autómata, mi mente seguía clavada en esas palabras de Don Matías. Caí en cuenta que ni Catuxa ni Padre me prohibieron volver al bosque. ¿Qué dijera Catuxa? Que la próxima vez que me fuese al bosque “enviase recado”. Casi lo mismo dicho por Don Matías. Eso quería decir que podía volver al bosque. Que lo haría. Era mi deseo, una misión obligatoria. Confusa, di por terminada mi penitencia, me levanté, metí el rosario en mi bolsillo y tras hacer una última genuflexión ante el altar, me marché con el ánimo más nublado que cuando llegara.
Para salir del pueblo tenía que pasar ante la casa de Don Andrés. Los sábados, él cerraba la botica temprano, pero los postigos azules de su ventaba estaban abiertos y pude verle adentro ordenando frascos en los estantes. Golpeé en la ventana para llamar su atención. Se volvió, puso cara de sorpresa al verme, pero abriome la puerta.
― ¿Qué necesitas?― preguntó a guisa de saludo. Empujé la puerta y con paso resuelto entré en la farmacia, cerrándola tras de mí.
La voz no me tembló ni un instante.
―Vine a decirle que sé que usted es lobisomen. Que sé que usted me sacó del Foxo que le dijo a Madre Loba que me cuidase y me amamantase. Quiero darle las gracias.
Al principio, pensé que me ofendería fingiendo no entender, pero Don Andrés no era tonto. Fue a la ventana y bajó la cortina. Luego se volvió hacia mí con el ceño fruncidísimo.
― ¿Sabes lo que estás diciendo Neniña? Eres muy audaz. Otros han pagado con su vida conocer el secreto del lobisomen. ¿No tienes miedo?
―Si quería matarme, me mataba en el bosque― dije triunfante.
―Eres lista, casi tanto como entrometida y curiosa.
Sus palabras me ofendieron.
―No fue por curiosidad que le seguí a usted. Necesitaba saber.
― ¿Saber qué?
―Qué tipo de lobisomen era. Catuxa me dijo que los hay peligrosos, pero también creo que debe haberles buenos.
― ¿Y para qué necesitabas saber?― Su ceja se alzó hasta tocar la raíz de su cabello. De verdad la tenía espesa tal como Catuxa dijera.
―Pues necesitaba saber si podía confiar en usted como confió Naiciña.
Acto seguido, le conté todo lo que Naiciña me dijera en su lecho de muerte. El sólo recordarlo me hacía temblar la voz con lágrimas retenidas. Al finalizar, Don Andrés era el confuso.
Se rascó la sien.
― ¿Quien lo dijera? Ahora todo cae en su sitio.
― ¿Sabía Naiciña que usted era lobisomen?
―Nunca lo dijo. Pero creo que lo sospechaba― puso su mano en mi hombro―.Tu madre Raiña, era una mujer muy inteligente, pero también muy enigmática.
― ¿Es verdad que la astróloga le dijo que me casaría con un rey?
―Rey o príncipe. No estaba claro. Lo seguro es que te casaras con alguien de la realeza. ― Pues me casaré con un rey― dije muy oronda―. Y torceré su voluntad tal como Naiciña lo pidió.
Don Andrés suspiró.
―Espero que no sea el Rey Alfonso, aunque dicen que es de voluntad débil. Tal vez te cases con alguno de los infantes.
Arrugué la nariz.
―Están muy feos.
―Entonces te buscaremos uno guapo.
Riéndose, Don Andrés me empujó hacia la puerta.
―Es hora de que te vayas. El Conde me invitó a almorzar mañana. Será para agradecerme tu rescate. Ahí hablaremos.
Quise decir algo, pero no me dejó.
―Mañana, Violante, aprende a tener paciencia.

Paciencia era una palabra desconocida para mí. Esa noche casi no dormí.  Al día siguiente apremié a Catuxa para que domase mi hirsuto cabello en dos trenzas y que me planchase  el vestido de terciopelo negro.
―Vaya con la niña― decía Catuxa mientras ataba mis trenzas―. Tal parece que esperase al novio.
Tuve que controlar mi impaciencia a través del almuerzo. Mis piernas bajo la mesa se agitaban irritadas al ver que Don Andrés y Padre hablaban tan tranquilamente de política cuando había asuntos más urgentes por discutir. En honor a nuestro huésped, Padre permitió que me sirviesen postre, pero ni las natillas me supieron sabrosas ese día.
Al fin, Padre dio por terminado el almuerzo y me dijo que escoltase a Don Andrés hasta la biblioteca del Almirante para mostrarle los libros. Como si el boticario no les conociera de memoria.
Fue ya en la biblioteca, sentado, y tras yo servirle una copa de Oporto, que por fin Don Andrés se acordó de nuestros asuntos.
―Anoche estuve cavilando mucho en las palabras de Doña Susana― me dijo―. Entiendo ahora que ella veía en ti algo que se nos escapa. Estás destinada a una vida mágica muy lejos de lo ordinario.
Eso me gustaba.
―Has de saber que lo ocurrido en el bosque dejó huellas― continuo Don Andrés―. El beber la leche de Madre Loba te hace parte de la manada. De ahora en adelante, deberás subir conmigo en la luna llena.
Lo que me decía era increíble pero también era una gran noticia. Lo que más deseaba era volver a ver a los lobos.
―Hay otras en Galicia como tú― me advirtió Don Andrés―. En Portugal las llaman Peeiros dos lobos  o Fadas dos Lobos, pero nunca vi a alguien tan joven serlo. Mas esa es tu fada y has de correrla como yo debo convertirme en lobo.
Me sentí pequeña y humilde. Por primera vez entendí que esto ya no era un juego, sino algo más grande que trascendía mi pobre inteligencia, pero que debía acatar.
― ¿Qué dirán los otros?
―Nada, ya lo saben y saben que más fácil es detener a la mar embravecida que a una fada.
Tenía razón. Padre y el cura párroco se inclinaban a cerrar los ojos y aceptar lo inevitable. Yo no era como las demás y eso tenía algo que ver con los misterios de Naiciña.
―Hábleme de mi madre― supliqué―. ¿Quién era ella? ¿De dónde venía?
En típico humor gallego, Don Andrés me respondió con otra pregunta.
― ¿Violante, qué sabes de los judíos?
¿Qué tenían que ver los benditos judíos en esto? Sólo por cortesía le respondí.
―Son las gentes de la Biblia. Nuestro Señor nació entre ellos y le mataron.
Don Andrés frunció el entrecejo.
― ¿Qué más?
―Que vinieron a España, a vivir en esas aljamas que os gustaba visitar con Naiciña. Eso hasta que los Reyes Católicos se hartaron de su maldad y les mandaron al destierro. A los que se quedaron, el Santo Oficio los quemó en la hoguera― terminé triunfante, mirando a Don Andrés esperando verle asombrado ante mi sapiencia. Estaba asombrado realmente.
― ¿Eso te lo contó Don Matías?
―Algo en el catecismo y lo demás lo leí ahí― señalé los estantes de madera de cerezo.
Don Andrés tomó un sorbo de Oporto antes de seguir con su interrogatorio.
―Dime, si Cristo vino a nacer entre judios, él y sus padres, San José y la Santa Virgen, también serían judíos, me imagino.
―Así es― asentí.
―Y San Pedro y los Apóstoles y la Magdalena eran judíos.
¿Adónde quería llegar?
―Entonces no todos los judíos serán malos―dijo.
―No― respondí terca―. Pero sí los que le crucificaron.
―Si mal no recuerdo quienes le crucificaron fueron los romanos y no estamos acusando a los italianos de deicidio.
No conocía la palabra. Don Andrés me explicó que significaba “matar a Dios”.
― ¿En ese libro que leíste decía que el Santo Oficio mataba judios por ser estos deicidas?
Hice un esfuerzo por recordar.
―Decía que les quemaba por ser “conversos judaizantes”.
―Eso quiere decir, Violante, que eran judíos que aun convertidos al cristianismo seguían practicando su religión e incitando a otros como ellos a hacer lo mismo.
― ¿Era su religión muy mala?― No me esperaba esta lección de historia.
― ¿Qué dirías si te contase que, con leves disimilitudes, judíos y cristianos creemos en lo mismo? Que seguimos los mismos mandamientos y que la gran diferencia es que ellos esperan al Mesías y que nosotros creemos que ya estuvo entre nosotros.
―Pues que son muy bobos puesto que el Mesías ya vino.
―Pero nosotros creemos que Jesús volverá a la tierra. Entonces no son tan bobos. Es cuestión de que esta vez sí le reconozcan.
Ya la conversación me estaba exasperando.
― ¿Qué tiene que ver esto con Naiciña?
Don Andrés acomodó su larga figura en el sillón y me miró fijamente antes de responder.
―Los judíos a los que el Santo Oficio no achicharró se fueron a vagar por el mundo. Algunos se establecieron en tierras de moros, otros fueron a Italia, pero la gran mayoría se fue a vivir en el Levante y en tierras del Imperio Otomano. De allá viene la familia de tu madre.
Me quedé perpleja. ¿Acaso esa lección de historia y geografía intentaba decirme que Naiciña era judía?
―Pero Naiciña iba a la iglesia, se confesaba.
―Tu madre se convirtió antes de casarse. Fue la única exigencia que tu padre le puso en la vida. Pero como recordarás, tu madre ayunaba muchas veces al año, en fechas de fiestas judías que así lo exigen y no comía carne de cerdo…
―Ni crustáceos ni le gustaba la sangre en las filloas. Y hacía que Catuxa cocinase con aceite de oliva—recordé.
 Levanté los ojos azorada hacia Don Andrés.
―Entonces Naiciña era una conversa judaizante.
Don Andrés sonrió.
―Por suerte para ella ya no existe el Santo Oficio en España.
―Esa gente, el padre que le contaba sobre María Hebrea, la hermana cocinera y la Tía Diamante ¿son todos judíos?
Don Andrés asintió.
―Sí, Violante. Esa parte de tu familia sigue aferrada a su judaísmo, pero no esperes conocerlos. Lamentablemente, los judíos tienen tantos prejuicios como los cristianos.
Como en sueños oí a Don Andrés contarme de mi abuelo que tras servir como médico militar en el ejército austro-húngaro, retornó de la Gran Guerra solo para descubrir que su hija ya no estaba en su casa. Que su hija, después de ser tiple de la Opera de Viena, terminó volviéndose católica y condesa española. Que con gran ira y dolor la desheredó, declaró muerta, y hasta practicó rituales judíos de luto.
― ¿Cómo supo esto Naiciña?
―Poco después de la guerra, le escribió a su hermana, que trabaja de cocinera en un gran hotel vienés, y ella le contó todo eso.
Así que tenía una tía que cocinaba en un gran hotel.
― ¿Entonces por qué Naiciña decía que una mujer no podía ser chef?
―Al parecer tu tía no es una mujer común. Vaya, al parecer ninguna mujer de tu familia es común.
― ¿Y la Tía Diamante?
―Pues poco sé de ella― respondió el boticario―. Sólo que enloqueció al quedar viuda muy joven. Según la carta de tu tía Hadassah, Diamante murió de gripe española el año en que terminó la guerra.
Estaba yo realmente aviada. ¿Cómo iba a cumplir la misión de una loca, más encima difunta?
Don Andrés se levantó de su asiento.
―Debo irme, Violante. Ha sido mucha información para ti en un solo día. Ya tendremos tiempo para hablar.
Sus ojos pasearon por los estantes de la biblioteca
― ¿Leíste todos esos libros?
Me encogí de hombros.
―Algunos, los que me parecieron interesantes. Hay otros que son soberanas latas.
―Deberías revisarlos. Tal vez el primero de los libros de María Hebrea esté aquí en esta biblioteca.
― ¿Cómo así? ¿Tan fácil es encontrar esa primera puerta?
―Según mis estudios, ese primer libro fue visto en Portugal en el Medioevo. ¿Quién quita que tu abuelo que tantos libros compró en Lisboa no lo adquiriese?
―No entiendo. Si el libro se disfraza, ¿cómo se puede conocer su trayectoria?
Don Andrés volvió a sentarse para comenzar otro nuevo cuento que en realidad más que cuento era acertijo.
―Cercana a su muerte, María Hebrea congregó a sus siete discípulas a las que llamaba “sus siete hijas” y les entregó su manuscrito con órdenes de protegerlo. A fines del Siglo III, el Emperador Diocleciano comenzó a destruir los textos de la Biblioteca de Alejandría, labor que continuarían en siglos subsiguientes, cristianos y árabes. Asustadas, las Hijas de María Hebrea fragmentaron su obra y cada una partió al destierro llevándose un capítulo. Ellas pusieron un encantamiento sobre estos textos para que se transformasen de tal manera que el vulgo al leerlos no reconociese la obra. Pero para mayor confusión, adeptos y hombres sabios sí podrían, al hojear los libros, encontrarse con alguna página que se les revelase como escrita por María. Además podían reconocerlo por el aroma, ya que cada volumen tiene un perfume característico. Sin embargo, esa sería la única señal de que se encontraban ante una puerta mágica, puesto que para poder entrar necesitarían de la “llavecita”.
Le miré sin comprender.
― ¿Existe una llave?
―Sí, Violante. Una llave de carne y hueso. Una mujer, doncella sin mácula, que encontrará el primer capítulo, y luego a lo largo de su vida, cuando ya sea esposa y madre, hallará los otros. Sólo ella puede descifrar ese saber tan recóndito que María Hebrea ocultó con tanto cuidado.
Me sentí desalentada.
― No creo que pueda yo nunca hallarlo. No hay pistas.
Don Andrés se puso de pie, dando por terminada la conversación
―La pregunta no es cómo la encontrarás Violante. La pregunta es cómo la Puerta te encontrará a ti.

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