2. Los
lobos
| (foto de grupo-breterna.blogspt.com) |
Por
aquel entonces, yo ya tenía fama de impulsiva y atolondrada. Cuando tomaba una
decisión la llevaba rápidamente a cabo, sin pensarlo, aunque ésta diese con mi
hocico en el suelo. Mis lecturas sin guía me llenaban la cabeza de pajaritos y también
de cierta soberbia, por lo que las palabras de Catuxa no me inhibieron de mi
propósito de interrogar al boticario sobre los secretos de mi madre.
Ya te
dije, Lectora, hasta no ver un lobisomen
no iba a creer en su existencia. Pero un prurito detectivesco me hacía pensar
que algún misterio ocultaba Don Andrés, algo que explicaría esa fama rara que
le perseguía.
―Medio pueblo lo sabe, pero callan por miedo―
aseguraba Catuxa―. ¿Acaso no reparas en lo flaco que es y su mal color?
― ¿Miedo a qué, si Don Andrés es inofensivo?
―Con lo
canijo que se ve, es muy fuerte― seguía enumerando mi nodriza―. Y si le miras bien, tiene un dedo más largo
que los otros. Dicen que usa cera de su botica para quitarse el vello de las
cejas que se le entrejuntan sobre la nariz.
Yo ya
notara lo del dedo, y Don Andrés, así de enjuto que era, podía levantar una
vaca un palmo del suelo y con un solo brazo. Viendo que mi escepticismo
flaqueaba, Catuxa continuó:
―Jamás
se le encuentra en luna llena. Cierra con cadenas su puerta. Puede patearla
un caballo y no abre. Eso porque corre la fada por esos montes del Señor.
Mi
decisión se hizo más firme. En la próxima luna llena tendría que vigilar al
boticario.
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| (foto de elhabitatdeluniornio.net) |
Don
Andrés vivía casi en las afueras del pueblo, en la ribera del río, a unos pasos
del viejo puente cubierto de hiedra que separaba a Nossa Señora de nuestras
tierras.
Desde
la puerta de nuestra capilla se veía perfectamente la parte trasera de la casa
del boticario con su portón gigante y unas ventanas desde las cuales, Don
Andrés decía, un poco en broma, se podía pescar en el río. Era cuestión de
esperar a la luna llena y seguirle. Desde la capilla podría yo vigilar sus
pasos.
Era
primavera, pero en las noches hacía frío, por lo que oculté mi abrigo y mis
botas en la capilla. No hablé más de Don Andrés con Catuxa, pero marqué en el
calendario un círculo alrededor de la fecha del próximo plenilunio.
En
verano nunca se cenaba en el Pazo antes de las nueve. Acercándose esa hora, el
día señalado, le dije a Catuxa que me iba a la capilla a rezar por Naiciña. Tan atareada estaba la pobre
que ni cuenta se dio de lo extraño de mi comportamiento.
Tenía
yo todo planeado. Vería a Don Andrés salir de su casa, le seguiría, y volvería
cuando ya la luz de la luna me certificase que era lobo u hombre.
Me
acababa de colocar las botas cuando al asomarme a la puerta de la capilla, ya vi
a Don Andrés, morral al hombro, cerrar su portón con grandes cadenas. Seguidamente
caminó hacia el puente.
Iba muy
tranquilo para quien se decía que se iba a convertir en lobo. Incluso fumaba. Al
cruzar el puente lanzó el cigarrillo al río. Cuando llegó cerca del Pazo, tuve
que juntar la puerta para que no me viese. Me puse el abrigo. Cuando salí, ya
Don Andrés, a grandes zancadas, ganaba el monte.
Todavía
había luz. El cielo era un muestrario de rosas y lilas. Caminé despacio, sin
quitarle la vista de encima al boticario, y llegué hasta el cerezo que plantara
Naiciña. Para entonces, mi presa se
internaba en la Castañeira.
Apuré
el paso y me adentré en el bosque. Los gruesos castaños me servían de escondite
para espiar como Don Andrés cada vez caminaba más rápido, casi tan rápido como
el cielo cambiaba de color. Del rosa tornó a un violeta oscuro. La luna ya se
asomaba tras las nubes cuando Don Andrés alcanzó el Castro Do Raiña y se entrometió por los círculos que una vez fueron
habitaciones.
Amparada
por la oscuridad, llegué hasta los restos del muro donde me parapeté para esperarle.
¿Esperar a qué? Pronto tuve mi repuesta. Don Andrés dejó caer el morral en el suelo
y comenzó a quitarse la ropa. Mi pudor de niña venció mi curiosidad y viré la
cabeza fijando los ojos en la luna que avanzaba por el cielo, arrastrando la
cola de su bata de plata.
Un
largo aullido tras mi espalda interrumpió mi observación astronómica, helándome
la sangre. Me volví lentamente porque ya sabía que mis ojos no darían crédito a
lo que vieran. En medio del círculo de piedras celtas se erguía un gran lobo.
¿De dónde
venía? ¿Dónde estaba Don Andrés? No pudo marcharse tan velozmente. Tenía que rendirme ante la evidencia. Don Andrés
y el lobo eran uno mismo.
Como
para certificar mi hallazgo, la fiera volvió a aullar más alto, un sonido largo
que quebró en dos. No acababa de cerrar el hocico, cuando brotó del monte un
coro de saludos lobunos. Parecía que todos los lobos del mundo saludaban al lobisomen.
Para mi
gran alarma, los aullidos fueron seguidos por sus dueños que descendían en masa
desde la cumbre hasta el Castro, al encuentro del lobo Don Andrés.
Era el
momento de huir, pero una cosa era proponérselo y otra que mis piernas se desplazaran.
Me sentía como anclada en tierra. Por fin logré andar con bastante torpeza y
ruido que sin duda alertó a las bestias. No podía verlas claramente, pero
percibía que todas sus orejas se erguían para tomar nota de cada uno de mis
movimientos.
Despavorida
y desorientada, corrí sin rumbo siguiendo la luz de la luna que, gorda y
plateada, se partía de la risa en medio del cielo al ver mis apuros.
Llegué
a la Castañeira , pero si el bosque antes era mi amigo,
ahora era francamente hostil. Los gruesos troncos interrumpían mi carrera, obstaculizándome
el paso, el suelo parecía estar lleno de piedrecillas, ramas caídas y raíces
que me hacían tropezar. Tras de mí sentía las pisadas de los lobos
persiguiéndome.
De
pronto, el suelo se abrió bajo mis pies y me precipité en una caída tan vertiginosa
e imprevista que no me dio tiempo de entrar en pánico. La caída no fue muy larga
y cuando aterricé, no en un piso rocoso sino sobre mullida piel, me di cuenta
que en mi desorientación acababa de caer en un Foxo Dos Lobos. ¡Qué golpe para mi orgullo que los lobos me
hicieran caer en una trampa fabricada para ellos!
Me
palpé el cuerpo para cerciorarme de que nada estuviese roto y luego toqué la piel
que amortiguara mi caída. Al comienzo, temí que fuese un cadáver de lobo, pero
por el tacto y el olor reconocí pieles de oveja. ¿A quién se le ocurrió forrar el
piso de la trampa? ¿Alguien presintió que algún entrometido fisgón como yo
pudiese caer en ella? Pues si era así quizás
viniera a buscarme, porque sola no saldría nunca.
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| Foxo dos lobos (foto de es.wikloc.com) |
El foso no era hondo, apenas un par de metros,
pero no había manera de escalarle. Quienquiera que viniese a buscarme lo haría
al amanecer. Esa ley que todos conocían, pero que todos callaban, impedía a los
humanos subir a la Castañeira en la noche.
Tampoco valía la pena gritar. Sólo me oiría la luna que sobre la boca del foso
me hacía muecas.
Súbitamente
la luna desapareció y otros ojos me observaron desde lo alto. La enorme cabeza
del lobo bloqueaba la luz de luna. El miedo regresó a morderme las entrañas. ¿No
serían esas pieles de oveja los sobrantes de la cena del lobisomen? ¿Acaso era ese su método de cacería? ¿Atrapar a sus
presas en el foso y luego bajar a merendárselas? No pude evitar que una mezcla de
sollozo y gemido de pánico escapase de mi boca.
El lobo
se retiró como avergonzado de mi debilidad, para reaparecer un segundo más
tarde arrastrando algo largo y sinuoso que al descender me pareció una boa. Nunca
viera yo culebra tan grande. La luna se dignó a iluminarme y vi que lo que
bajaba hacia mí no estaba vivo. Me atreví a alzar la mano y al tocarla supe que
era una cuerda.
No
necesitaba que el lobo me diese instrucciones. Rápidamente, até la cuerda a mi
cintura con un fuerte nudo marinero que Padre me enseñara. De inmediato, sentí
que me alzaban y mis pies ya no tocaron el piso. Me aferré a la cuerda con
ambas manos y cerré los ojos hasta que el aire frío de la noche golpeó mi cara y
supe que estaba fuera del foso.
Abrí lo
ojos y me encontré sentada en el bosque, enfrente de tres lobos. Uno de ellos
era Don Andrés. Los otros parecían lobos de verdad, al menos sus tamaños eran
normales. Uno era hembra, la reconocí por sus tetas henchidas de leche.
Los
lobos me observaban con tanta curiosidad como yo a ellos, pero leí en sus ojos
dorados un velado reproche que me llenó de vergüenza y dolió más que una docena
de azotes. Yo era la intrusa, la invasora de su mundo secreto. Para colmo, mi desaparición
atraería al hombre a su santuario. Porque mi ausencia iba a notarse. No había
modo en que yo regresase en la oscuridad y no iba a tener el descaro de
pedirles a los lobos que me guiasen hasta mi casa.
Llena
de remordimiento comencé a llorar. La loba acercóseme y comenzó a darme
golpecitos con su largo hocico. A pesar de que cada golpe casi me derribaba,
supe que era una muestra de afecto. Eso me hizo llorar más, ahora abrazada al cuello
de la fiera, mi rostro mojado enterrado en su pelaje que olía a tierra y
hojarasca, lo que no era mal aroma.
Ante mi
sorpresa, los lobos comenzaron a alejarse. Quedé sola con Madre Loba quien a empellones
me urgió a ponerme de pie. Algo que hice apoyándome en ella. Siempre a morrazos,
la loba me indicó que la siguiera y emprendimos el camino por un bosque oscuro
como el pecado, al que ahora accedía gracias a mi guía.
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| Castro de San Cibran (oftocomunity.es) |
Así
llegamos de regreso al Castro donde nos esperaban un lobo viejo y tuerto que me
miró con desprecio y dos lobas que se acercaron a husmearme con mucha
curiosidad. También había un par de cachorros que, más insolentes que sus
mayores, se alzaron en dos patas para mirarme mejor, para luego morder el borde
de mi abrigo hasta que su madre les alejó.
En el
claro de luna, fuera de ese pavoroso bosque, notaba lo hermosos que eran los
lobos y cuan elegantes sus movimientos. No tenía miedo ya de ellos y al
reconocerlo se volvieron mansos como perros y me dejaron acariciarles. Dejé de
temer incluso al castigo que me esperaba al día siguiente.
Un
sonido salió de mi estómago recordándome que ya era hora de cenar. Yo que siempre
fui de buen diente comencé a sentir un hambre feroz. ¿Pero dónde encontrar
comida? Madre Loba estaba alimentando a
sus hijos de pie como la
Loba Capitolina , mas su instinto maternal la hizo reconocer
mi hambre. Se tendió cuan larga era, con grandes protestas de sus lobatos, y
ofreciome una teta.
De pequeña,
Catuxa más de una vez me permitiera mamar de ovejas, pero ahora yo era una niña
grande, no era decoroso. Aun así, el hambre vence cualquier decoro y cualquier asco.
¿Si Rómulo y Remo lo hicieron por qué yo no? Me tendí en el suelo y me entrometí
entre las cabezas de los cachorros, para compartir su cena. La leche de loba,
descubrí, era un poco acre, pero para nada inferior a la de vaca. Calmó las
quejas de mis tripas, y con ello también cualquier resquemor que quedase dentro
de mí sobre los lobos. Comprendí que vivía una experiencia mágica, única y que
no podía arrepentirme, tan sólo gozarla.
Tras la
cena, me quedé jugando un rato con los cachorros, hasta que unos aullidos del
bosque hicieron que mis nuevos amigos levantasen las orejitas en punta y
respondiesen con sonidos propios a los llamados de la manada. Acto seguido, se
marcharon ladera abajo hacia la
Castañeira.
No me
importó quedarme sola. Seguramente, los otros cazaban algún ciervo y les invitaban
a compartir. Luego volverían. Era como
si entendiese perfectamente sus hábitos y movimientos. Como si con la leche
absorbiera yo conocimientos antes ajenos a mí. Me tendí a lo largo de la pared
y a pesar de que sentía un poco frío, en poco rato estaba dormida.
Desperté
cerca del amanecer. Al desperezarme, reparé en que dormía con Madre Loba de
almohada, y que los lobatos y las otras hembras me rodeaban brindándome su
calor. Deseaba quedarme ahí para siempre, pero era el momento crítico de volver
al mundo de los humanos y responder muchas preguntas.
Abracé
con fuerza a cada lobo a guisa de despedida. No tenía palabras para explicarles
mi sentir o agradecerles, pero quizás no fuese necesario. Quizás ya entendían. Comencé
a caminar hacia la Castañeira , un poco
temblorosa, porque tenía los miembros entumecidos. No llegaba todavía al bosque
cuando vi la figura de Don Andrés, morral al hombro, que surgía de entre la
niebla.
―Vamos,
vamos― me dijo secamente―.Que ya vienen y armados hasta los dientes. Vaya que tendremos
que dar explicaciones.
Yo iba
a decir algo, pero con un gesto me detuvo:
―Déjame
hablar a mí.
Antes
de entrar en el bosque, volteé a mirar hacia el Castro y vi con alivio que los
lobos ya iban monte arriba. No eran de los que esperasen a ver el espectáculo
de hombres con escopetas.
Seguimos
caminando en silencio hasta que Don Andrés se inclinó cerca de un arbusto de
arándanos silvestres y recogió algunas bayas.
―Cómetelas―
me ordenó. Le obedecí porque tenía hambre y porque me encantan los arándanos.
Cerca
del Foxo dos Lobos nos encontramos
con la partida de caza, formada por Padre, Don Matías, Don Antonio Fonseca que
era el alcalde del pueblo, su hijo Xoan y Beito, el zapatero. Tal como Don
Andrés describiera, venían armados hasta los dientes y andaban muy ocupados oteando
los alrededores de la trampa donde yo dejara huellas de botas.
Fue Don
Matías quien nos vio primero y alertó a Padre. Este tenía el rostro desencajado
y los ojos enrojecidos de quien no los pegara en toda la noche. Nunca le vi
moverse tan rápido. Casi de un salto llegó hasta mí y me estrechó en sus brazos
con tanta fuerza que sentí que me molía los huesos.
― ¿Estás
bien, Violante?―preguntó.
Asentí
con la cabeza y en su rostro se dibujó la furia. Creo que si no fuera yo una
niña me hubiese asestado un bofetón, pero al Conde de Portela le enseñaron que
a las mujeres no se les toca ni con el pétalo de una rosa. A cambio, me lanzó
un torrente de preguntas que yo ya me temía. ¿Qué hacía en el bosque? ¿Qué no
sabia que casi les matara de preocupación?
―Te
buscamos toda la noche por el pueblo― rugía Padre.
―Hasta
fuimos a su casa, Don Andrés― metió baza el hijo del alcalde―. Y no le
encontramos.
―En las
noches de luna subo al bosque a buscar yerbas medicinales― dijo Don Andrés con
frialdad―. Y a veces duermo aquí.
―Pues
es usted único― dijo Don Antonio―. Porque cuando se nos ocurrió que la niña
podría estar en la Castañeira ya era
noche y nadie…― se detuvo avergonzado de admitir que hombres hechos y derechos
le temían al lugar.
― ¿Al
cabo donde encontró a la niña?― terminó por preguntar.
―Se cayó
en el Foxo ― dijo Don Andrés―. Pasó
la noche ahí. La saqué al amanecer con esto que siempre cargo.
Les
enseñó la cuerda. Al final, con leves cambios, andaba diciendo la verdad.
―De
milagro no se rompió un hueso―dijo Beito.
―Hace
tiempo que os dije que hay que cerrar esa trampa― dijo Don Andrés con tono
impaciente―. Alguien se iba a caer ahí tarde o temprano. Por eso arrojé unas
pieles de oveja que amortiguaron su caída.
Xoan
era atrevido como los jóvenes lobos. Se acercó y tocó la manga de mi abrigo.
― ¡Cata, esos son pelos de lobo!
Cierto. Yo estaba cubierta de pelos de Madre Loba.
―No son
de oveja― continuó Xoan hasta que un codazo de su padre le hizo callar.
Padre seguía
enfurecido.
― ¿Pero
qué rayos te dio por meterte en la Castañeira ?
―Tranquilícese
Señor Conde― dijo Don Matías con voz conciliadora―. Lo importante es que
Violante está sana y salva. Llévesela, Usía, a casa y después hablaremos de
regaños y castigos.
Con
otro gruñido, Padre me asió de la mano y emprendimos el viaje de regreso. Los
hombres ahora caminaban un poco alejados. Noté que me observaban a hurtadillas
como si de pronto me tuviesen miedo. Todos menos Don Andrés que iba cabizbajo,
ensimismado en sus pensamientos, y Don Matías que era el único que aparentaba
estar tranquilo y campechano.
Al
llegar al Pazo, los hombres se despidieron de Padre y tomaron el camino del pueblo.
Cuando cruzaban el puente, vi que Beito seguía mirándome raro. Nuestras miradas
se encontraron y él se santiguó.
En la puerta
del Pazo nos esperaba Catuxa, brazos en jarra. Ella no creía en lo del pétalo de
la rosa porque se me abalanzó encima y cogiéndome de la oreja comenzó a
zarandearme.
―Leria, leria. Vaya con la señorita. Medio
susto que nos pega. La próxima vez que quiera ir a rezar en el bosque como los
paganos, al menos tenga la cortesía de enviarnos recado.
A pescozones
y empellones me llevó hasta la casa, sin que Padre se entrometiese. Esa fue mi
bienvenida.
Al
parecer Padre se tranquilizó al ver que Catuxa se encargaba de mi regaño. Porque
aparte de dejarme sin salir del Pazo por una semana, y la misma cantidad de
tiempo sin postre, no volvió a hacerme reproches. Ni él ni Catuxa me pidieron
explicaciones y nunca me interrogaron sobre los detalles de mi aventura. Fue como
si se estableciese un pacto de silencio entre los tres.
El
sábado, Padre levantó mi castigo y me permitió bajar al pueblo a confesarme con
Don Matías. Desde la muerte de Naiciña,
no había necesidad de que el sacerdote subiese a la capilla.
Ante mi
sorpresa, el párroco no me esperaba en el confesionario sino en la sacristía
donde no me confesara ya desde mi Primera Comunión, el año anterior. Me ofreció
un asiento y tras ponerse la estola, fue directo al grano.
―Hay más
cosas en el Cielo y en la Tierra, Horacio― comenzó a recitar a Shakespeare―. A
lo que voy Violante, es que esas cosas no nos pertenecen a los hombres y
mientras no te lleven al pecado, no hay necesidad de confesarlas.
Acto seguido cerró los ojos y recitó la formula.
―Ave
María Purísima.
Me
quede estupefacta. ¿Así que Don Matías también era parte del pacto de silencio?
―Sin pecado
concebida― dije mecánicamente. Ahora comprendía lo que padre quería decir cuando
describía al párroco como muy “jesuita”. Comencé a recitar mis pecados
triviales.
―Me acuso
de desobedecer a mi padre al ir al bosque. De mentirle a Catuxa diciendo que estaría
en la capilla. Me acuso de alborotar al pueblo con mi huída.
Una
sonrisa complacida apareció en el rostro de Don Matías.
― ¿Algo
más?
―Aunque
Padre me prohibió el postre esta semana, le robé un Melindre a Catuxa en la cocina.
Don Matías
frunció el ceño.
―Eso estuvo
muy mal.
Vaya, ¿así
que robar rosquillas era peor que irme al monte asustando a medio mundo?
Don
Matías me impuso tres rosarios y me despidió. Antes de irme a la iglesia a
cumplir mi penitencia, el párroco me hizo una última advertencia.
―Espero
que en el futuro cuando quieras subir a la Castañeira
de noche, nos avises para evitar preocupaciones.
Hincada
ante el altar, mis manos desgranando el rosario, mi boca moviéndose como
autómata, mi mente seguía clavada en esas palabras de Don Matías. Caí en cuenta
que ni Catuxa ni Padre me prohibieron volver al bosque. ¿Qué dijera Catuxa? Que
la próxima vez que me fuese al bosque “enviase recado”. Casi lo mismo dicho por
Don Matías. Eso quería decir que podía volver al bosque. Que lo haría. Era mi deseo,
una misión obligatoria. Confusa, di por terminada mi penitencia, me levanté, metí
el rosario en mi bolsillo y tras hacer una última genuflexión ante el altar, me
marché con el ánimo más nublado que cuando llegara.
Para salir
del pueblo tenía que pasar ante la casa de Don Andrés. Los sábados, él cerraba
la botica temprano, pero los postigos azules de su ventaba estaban abiertos y
pude verle adentro ordenando frascos en los estantes. Golpeé en la ventana para
llamar su atención. Se volvió, puso cara de sorpresa al verme, pero abriome la
puerta.
― ¿Qué
necesitas?― preguntó a guisa de saludo. Empujé la puerta y con paso resuelto
entré en la farmacia, cerrándola tras de mí.
La voz
no me tembló ni un instante.
―Vine a
decirle que sé que usted es lobisomen.
Que sé que usted me sacó del Foxo que
le dijo a Madre Loba que me cuidase y me amamantase. Quiero darle las gracias.
Al
principio, pensé que me ofendería fingiendo no entender, pero Don Andrés no era
tonto. Fue a la ventana y bajó la cortina. Luego se volvió hacia mí con el ceño
fruncidísimo.
― ¿Sabes
lo que estás diciendo Neniña? Eres
muy audaz. Otros han pagado con su vida conocer el secreto del lobisomen. ¿No tienes miedo?
―Si
quería matarme, me mataba en el bosque― dije triunfante.
―Eres
lista, casi tanto como entrometida y curiosa.
Sus palabras
me ofendieron.
―No fue
por curiosidad que le seguí a usted. Necesitaba saber.
― ¿Saber
qué?
―Qué
tipo de lobisomen era. Catuxa me dijo
que los hay peligrosos, pero también creo que debe haberles buenos.
― ¿Y
para qué necesitabas saber?― Su ceja se alzó hasta tocar la raíz de su cabello.
De verdad la tenía espesa tal como Catuxa dijera.
―Pues
necesitaba saber si podía confiar en usted como confió Naiciña.
Acto
seguido, le conté todo lo que Naiciña
me dijera en su lecho de muerte. El sólo recordarlo me hacía temblar la voz con
lágrimas retenidas. Al finalizar, Don Andrés era el confuso.
Se
rascó la sien.
― ¿Quien
lo dijera? Ahora todo cae en su sitio.
― ¿Sabía
Naiciña que usted era lobisomen?
―Nunca
lo dijo. Pero creo que lo sospechaba― puso su mano en mi hombro―.Tu madre Raiña, era una mujer muy inteligente,
pero también muy enigmática.
― ¿Es
verdad que la astróloga le dijo que me casaría con un rey?
―Rey o príncipe.
No estaba claro. Lo seguro es que te casaras con alguien de la realeza. ― Pues
me casaré con un rey― dije muy oronda―. Y torceré su voluntad tal como Naiciña lo pidió.
Don
Andrés suspiró.
―Espero
que no sea el Rey Alfonso, aunque dicen que es de voluntad débil. Tal vez te cases
con alguno de los infantes.
Arrugué
la nariz.
―Están
muy feos.
―Entonces
te buscaremos uno guapo.
Riéndose,
Don Andrés me empujó hacia la puerta.
―Es hora
de que te vayas. El Conde me invitó a almorzar mañana. Será para agradecerme tu
rescate. Ahí hablaremos.
Quise
decir algo, pero no me dejó.
―Mañana,
Violante, aprende a tener paciencia.
Paciencia
era una palabra desconocida para mí. Esa noche casi no dormí. Al día siguiente apremié a Catuxa para que
domase mi hirsuto cabello en dos trenzas y que me planchase el vestido de terciopelo negro.
―Vaya
con la niña― decía Catuxa mientras ataba mis trenzas―. Tal parece que esperase
al novio.
Tuve
que controlar mi impaciencia a través del almuerzo. Mis piernas bajo la mesa se
agitaban irritadas al ver que Don Andrés y Padre hablaban tan tranquilamente de
política cuando había asuntos más urgentes por discutir. En honor a nuestro
huésped, Padre permitió que me sirviesen postre, pero ni las natillas me
supieron sabrosas ese día.
Al fin,
Padre dio por terminado el almuerzo y me dijo que escoltase a Don Andrés hasta
la biblioteca del Almirante para mostrarle los libros. Como si el boticario no
les conociera de memoria.
Fue ya
en la biblioteca, sentado, y tras yo servirle una copa de Oporto, que por fin Don
Andrés se acordó de nuestros asuntos.
―Anoche
estuve cavilando mucho en las palabras de Doña Susana― me dijo―. Entiendo ahora
que ella veía en ti algo que se nos escapa. Estás destinada a una vida mágica
muy lejos de lo ordinario.
Eso me
gustaba.
―Has de
saber que lo ocurrido en el bosque dejó huellas― continuo Don Andrés―. El beber
la leche de Madre Loba te hace parte de la manada. De ahora en adelante,
deberás subir conmigo en la luna llena.
Lo que
me decía era increíble pero también era una gran noticia. Lo que más deseaba
era volver a ver a los lobos.
―Hay
otras en Galicia como tú― me advirtió Don Andrés―. En Portugal las llaman Peeiros dos lobos o Fadas
dos Lobos, pero nunca vi a alguien tan joven serlo. Mas esa es tu fada y has de correrla como yo debo convertirme
en lobo.
Me
sentí pequeña y humilde. Por primera vez entendí que esto ya no era un juego,
sino algo más grande que trascendía mi pobre inteligencia, pero que debía
acatar.
― ¿Qué
dirán los otros?
―Nada, ya
lo saben y saben que más fácil es detener a la mar embravecida que a una fada.
Tenía
razón. Padre y el cura párroco se inclinaban a cerrar los ojos y aceptar lo
inevitable. Yo no era como las demás y eso tenía algo que ver con los misterios
de Naiciña.
―Hábleme
de mi madre― supliqué―. ¿Quién era ella? ¿De dónde venía?
En típico
humor gallego, Don Andrés me respondió con otra pregunta.
― ¿Violante,
qué sabes de los judíos?
¿Qué
tenían que ver los benditos judíos en esto? Sólo por cortesía le respondí.
―Son
las gentes de la
Biblia. Nuestro Señor nació entre ellos y le mataron.
Don Andrés
frunció el entrecejo.
― ¿Qué
más?
―Que
vinieron a España, a vivir en esas aljamas que os gustaba visitar con Naiciña. Eso hasta que los Reyes Católicos
se hartaron de su maldad y les mandaron al destierro. A los que se quedaron, el
Santo Oficio los quemó en la hoguera― terminé triunfante, mirando a Don Andrés
esperando verle asombrado ante mi sapiencia. Estaba asombrado realmente.
― ¿Eso
te lo contó Don Matías?
―Algo
en el catecismo y lo demás lo leí ahí― señalé los estantes de madera de cerezo.
Don Andrés
tomó un sorbo de Oporto antes de seguir con su interrogatorio.
―Dime, si
Cristo vino a nacer entre judios, él y sus padres, San José y la Santa Virgen , también serían
judíos, me imagino.
―Así es―
asentí.
―Y San
Pedro y los Apóstoles y la Magdalena
eran judíos.
¿Adónde
quería llegar?
―Entonces
no todos los judíos serán malos―dijo.
―No― respondí
terca―. Pero sí los que le crucificaron.
―Si mal
no recuerdo quienes le crucificaron fueron los romanos y no estamos acusando a
los italianos de deicidio.
No conocía
la palabra. Don Andrés me explicó que significaba “matar a Dios”.
― ¿En
ese libro que leíste decía que el Santo Oficio mataba judios por ser estos
deicidas?
Hice un
esfuerzo por recordar.
―Decía
que les quemaba por ser “conversos judaizantes”.
―Eso
quiere decir, Violante, que eran judíos que aun convertidos al cristianismo seguían
practicando su religión e incitando a otros como ellos a hacer lo mismo.
― ¿Era
su religión muy mala?― No me esperaba esta lección de historia.
― ¿Qué
dirías si te contase que, con leves disimilitudes, judíos y cristianos creemos
en lo mismo? Que seguimos los mismos mandamientos y que la gran diferencia es
que ellos esperan al Mesías y que nosotros creemos que ya estuvo entre nosotros.
―Pues
que son muy bobos puesto que el Mesías ya vino.
―Pero
nosotros creemos que Jesús volverá a la tierra. Entonces no son tan bobos. Es
cuestión de que esta vez sí le reconozcan.
Ya la
conversación me estaba exasperando.
― ¿Qué
tiene que ver esto con Naiciña?
Don Andrés
acomodó su larga figura en el sillón y me miró fijamente antes de responder.
―Los judíos
a los que el Santo Oficio no achicharró se fueron a vagar por el mundo. Algunos
se establecieron en tierras de moros, otros fueron a Italia, pero la gran
mayoría se fue a vivir en el Levante y en tierras del Imperio Otomano. De allá
viene la familia de tu madre.
Me
quedé perpleja. ¿Acaso esa lección de historia y geografía intentaba decirme
que Naiciña era judía?
―Pero Naiciña iba a la iglesia, se confesaba.
―Tu
madre se convirtió antes de casarse. Fue la única exigencia que tu padre le
puso en la vida. Pero como recordarás, tu madre ayunaba muchas veces al año, en
fechas de fiestas judías que así lo exigen y no comía carne de cerdo…
―Ni crustáceos
ni le gustaba la sangre en las filloas.
Y hacía que Catuxa cocinase con aceite de oliva—recordé.
Levanté los ojos azorada hacia Don Andrés.
―Entonces
Naiciña era una conversa judaizante.
Don Andrés
sonrió.
―Por
suerte para ella ya no existe el Santo Oficio en España.
―Esa
gente, el padre que le contaba sobre María Hebrea, la hermana cocinera y la Tía Diamante ¿son
todos judíos?
Don Andrés
asintió.
―Sí,
Violante. Esa parte de tu familia sigue aferrada a su judaísmo, pero no esperes
conocerlos. Lamentablemente, los judíos tienen tantos prejuicios como los
cristianos.
Como en
sueños oí a Don Andrés contarme de mi abuelo que tras servir como médico
militar en el ejército austro-húngaro, retornó de la Gran Guerra solo para
descubrir que su hija ya no estaba en su casa. Que su hija, después de ser
tiple de la Opera
de Viena, terminó volviéndose católica y condesa española. Que con gran ira y
dolor la desheredó, declaró muerta, y hasta practicó rituales judíos de luto.
― ¿Cómo
supo esto Naiciña?
―Poco
después de la guerra, le escribió a su hermana, que trabaja de cocinera en un
gran hotel vienés, y ella le contó todo eso.
Así que
tenía una tía que cocinaba en un gran hotel.
― ¿Entonces
por qué Naiciña decía que una mujer
no podía ser chef?
―Al
parecer tu tía no es una mujer común. Vaya, al parecer ninguna mujer de tu familia
es común.
― ¿Y la Tía Diamante ?
―Pues
poco sé de ella― respondió el boticario―. Sólo que enloqueció al quedar viuda
muy joven. Según la carta de tu tía Hadassah, Diamante murió de gripe española
el año en que terminó la guerra.
Estaba
yo realmente aviada. ¿Cómo iba a cumplir la misión de una loca, más encima
difunta?
Don Andrés
se levantó de su asiento.
―Debo
irme, Violante. Ha sido mucha información para ti en un solo día. Ya tendremos
tiempo para hablar.
Sus
ojos pasearon por los estantes de la biblioteca
― ¿Leíste
todos esos libros?
Me encogí
de hombros.
―Algunos,
los que me parecieron interesantes. Hay otros que son soberanas latas.
―Deberías
revisarlos. Tal vez el primero de los libros de María Hebrea esté aquí en esta
biblioteca.
― ¿Cómo
así? ¿Tan fácil es encontrar esa primera puerta?
―Según
mis estudios, ese primer libro fue visto en Portugal en el Medioevo. ¿Quién
quita que tu abuelo que tantos libros compró en Lisboa no lo adquiriese?
―No
entiendo. Si el libro se disfraza, ¿cómo se puede conocer su trayectoria?
Don Andrés
volvió a sentarse para comenzar otro nuevo cuento que en realidad más que
cuento era acertijo.
―Cercana
a su muerte, María Hebrea congregó a sus siete discípulas a las que llamaba
“sus siete hijas” y les entregó su manuscrito con órdenes de protegerlo. A
fines del Siglo III, el Emperador Diocleciano comenzó a destruir los textos de la Biblioteca de
Alejandría, labor que continuarían en siglos subsiguientes, cristianos y árabes.
Asustadas, las Hijas de María Hebrea fragmentaron su obra y cada una partió al
destierro llevándose un capítulo. Ellas pusieron un encantamiento sobre estos
textos para que se transformasen de tal manera que el vulgo al leerlos no
reconociese la obra. Pero para mayor confusión, adeptos y hombres sabios sí
podrían, al hojear los libros, encontrarse con alguna página que se les revelase
como escrita por María. Además podían reconocerlo por el aroma, ya que cada
volumen tiene un perfume característico. Sin embargo, esa sería la única señal
de que se encontraban ante una puerta mágica, puesto que para poder entrar necesitarían
de la “llavecita”.
Le miré
sin comprender.
― ¿Existe
una llave?
―Sí,
Violante. Una llave de carne y hueso. Una mujer, doncella sin mácula, que
encontrará el primer capítulo, y luego a lo largo de su vida, cuando ya sea
esposa y madre, hallará los otros. Sólo ella puede descifrar ese saber tan recóndito
que María Hebrea ocultó con tanto cuidado.
Me sentí
desalentada.
― No
creo que pueda yo nunca hallarlo. No hay pistas.
Don Andrés
se puso de pie, dando por terminada la conversación
―La
pregunta no es cómo la encontrarás Violante. La pregunta es cómo la Puerta te encontrará
a ti.



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