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| (Foto de xeografialuisseoane.blogspot.com) |
No
mintiera Don Andrés. En la próxima luna llena, di aviso de antemano que me
ausentaría y ni Padre ni Catuxa se opusieron a mi salida. De esa manera, pasé
mi verano, enterándome de más cosas de Naiciña
con el boticario y subiendo a la Castañeira cada vez
que la luna engordaba.
Los
lobos me trataban como una de ellos. Para Madre Loba yo era una lobata más y
como tal debía enseñarme a valerme en su mundo. Los lobos se comunican con aullidos, gruñidos,
gestos y un lenguaje muy críptico y telepático que pronto aprendí a dominar.
A
cambio de esos conocimientos, yo les ayudaba en varias tareas. Les sacaba
astillas de las patas, les limpiaba de chinches las orejas y les aplicaba un
ungüento que Don Andrés me enseñó a preparar y que sirve para las mil heridas
que una fiera puede sufrir en el mundo silvestre.
Además,
Don Andrés me hacía, a la luz de su linterna, tomar notas del comportamiento
lobuno, notas que luego incorporaba a sus artículos sobre lobos que enviaba
regularmente a una publicación científica de Santiago de Compostela. Fue grande
mi orgullo cuando leí en la dedicatoria de uno de ellos. ”Mi eterno
agradecimiento a Doña Violante de Portela sin cuya valiosa ayuda no pudiera
terminar este estudio”.
Pasó el
verano, y con mi onceavo cumpleaños llegó el otoño. Esa fue, Lectora, una de
las épocas más felices de mi vida. Para mí no había otra existencia que vivir
dividida entre lobos y humanos cariñosos, no podría decirte a cuales quería más.
Las
lluvias fueron particularmente fuertes ese otoño, convirtiendo todos los
caminos y las laderas del monte en verdaderos pantanos. Las aguas entraron
hasta el invernadero de Naiciña. Padre
nos encomendó a Don Andrés y a mí colgar las macetas del techo para protegerlas,
ya que él insistía en que nada de Naiciña
debía perderse.
Por fin
cesó la lluvia, pero en noviembre cayó la primera nevada que se prolongó por más
de una semana. Para Navidad, la nieve era tan copiosa que cubría las puertas de
las casas, y la llegada de 1928 nos encontró aislados del mundo.
No era
la primera vez que las nieves nos separaban del resto de la humanidad, pero
algo había en ese invierno que nos hacia sentir que era peor que los otros. Algo
en los copos de nieve que parecían más grandes, más helados que de costumbre.
Algo amenazante en ese cielo color humo con nubarrones como hechos de algodón
sucio.
Las
nevadas y los fríos hicieron casi imposible alimentar al ganado. Muchas reses y
ovejas murieron de hambre o frío y terminaron asadas en las lareiras de sus amos. Ese fue el destino
de nuestra vaca Eufemia a la que comimos para Reyes.
Fue por
aquel entonces que los lobos bajaron de la Castañeira
y atacaron a nuestras ovejas, llevándose una con ellos.
Don
Andrés no me permitió subir con él en esa luna llena tan helada, pero me contó
que en la manada las cosas no andaban muy bien. La falta de alimento también
diezmó a los corzos y jabalíes que habitaban en el bosque y que servían de
comida para los lobos. Ya estos se acababan de zampar la última liebre y el
hambre les andaba empujando a romper ese pacto no declarado que hasta ahora les
impedía atacar a los humanos.
― Varios
lobos murieron. Entre ellos el compañero de Madre Loba. La manada se unió a
otro clan también perjudicado por la hambruna—me contó Don Andrés.
La viudez
de Madre Loba no llegó a durar mucho, ya que ella ahora convivía con un joven
lobo de la nueva manada.
― Pero
yo creí que los lobos se casaban de por vida ― protesté.
― Eso
es relativo. Son monógamos como los humanos, pero luego que enviudan se pueden
casar otra vez. Madre Loba es joven, querrá tener más crías.
El
nuevo compañero de Madre Loba resultó ser una amenaza. Un bolchevique lleno de
ideas audaces y un poco delincuentes que pondrían en peligro la frágil paz entre
mi gente y los lobos.
Una
semana después del robo de nuestra oveja, otra batida de lobos atacó el rebaño
del Alcalde Fonseca y se comieron hasta el perro que les hizo frente. Fue
entonces que Don Matías nos convocó a Don Andrés y a mí a la casa parroquial. Como
era su costumbre en ocasiones graves, el sacerdote fue directo al grano.
― La
situación es grave. Ya se habla de formar una partida de hombres armados para subir
al bosque y terminar con los lobos.
― Es un
plan absurdo—le interrumpió el boticario—. Los lobos no habitan en el bosque y
con toda esta nieve sería insensato y fatal perseguirlos por el monte.
― Así
es— dijo el sacerdote—. Esto sólo terminará en una carnicería. Morirán hombres
y morirán lobos. Lo peor es que cuando todo pase, ya jamás volveremos a vivir
tranquilos. La guerra con los lobos no terminará nunca.
Nos
miró fijamente.
― Está
en vosotros evitar la catástrofe.
Al
unísono Don Andrés y yo protestamos que no poseíamos armas ni intelecto para
resolver este problema, pero ahora fue el turno de Don Matías de interrumpirnos.
― ¿No
sois vosotros los grandes zoólogos, los expertos en lobos?
Alzando
la voz nos sentenció.
― Ordeno
entonces que subáis y deis fin a esta situación. No me importa que recursos o
malas artes uséis o que pactos acordéis.
No había
salida. Una orden de Don Matías en Nossa
Señora Dos Lobos valía más que la del General Primo De Rivera.
A Padre
no le pareció tan buena la idea de Don Matías. Se le subió el anticlericalismo
liberal a la cabeza, acusó al párroco de abusar de su poder eclesiástico y me
prohibió andar de correrías por el bosque.
Ante mi sorpresa, palabras que desconocía brotaron de mis labios para
convencerle. No había otra salida. Estaba segura, y Lectora, de veras lo creía,
que yo podía parlamentar con los lobos. ¿Qué pensaba ofrecerles? Eso no lo tenía
muy claro. Pero me guardé bien de admitir mis dudas ante mis mayores. El caso
es que les convencí, a Padre, a Catuxa, y hasta a Don Andrés quien me temo no
las tenía todas consigo.
Catuxa
me obligó a ponerme dos pares de medias de lana que cubrió con mis botas
claveteadas. Dos jerséis, uno debajo y otro arriba de mi vestido. Y por encima
de mi capote me envolvió con su mantelo
más abrigado. Tanta ropa casi me impedía el caminar. Don Andrés tuvo que
ayudarme a subir por la ladera aplastada por la nieve. Por suerte ya no nevaba.
― Espero
que tu plan convenza a los lobos, Raiña.
¿Me vas a decir al fin en que consiste?
Miré
turbada la nieve que parecía merengue bajo la luz de la media luna.
― Es
que no lo sé.
Mi confesión
provocó una serie de exclamaciones e interjecciones, alguna no muy santa, de
parte del boticario, quien me soltó, dejándome caer en la nieve.
― Ya
debía imaginármelo. No debí permitir que ese cura del Diablo me convenciera.
¿Acaso seré yo San Francisco para ir a dialogar con el Hermano Lobo?
Su diatriba
se interrumpió de golpe, puesto que en ese justo instante vimos que del bosque
avanzaba una pareja de lobos hacia nosotros. Reconocí la figura grisácea de
Madre Loba. Se veía cansada y flaca. Tras ella trotaba un lobo desconocido,
pero alto y de aspecto juvenil. Era su nueva pareja.
Al
verme, Madre Loba apuró el paso aplastando las orejas contra el cráneo y
sacudiendo la cola en señal de saludo. Apoyándome en su lomo me incorporé. El
otro lobo no se veía tan amistoso. Se mantuvo a distancia prudente, nos ojeó
con recelo a mí y a Don Andrés y luego lanzó un fuerte gruñido, enseñándonos
los dientes. Madre Loba pegó un respingo y volteando la cabeza lo puso en su
lugar con ese idioma lobuno tan preciso que no necesita de palabras.
Siempre
telepáticamente, aunque a veces no podía evitar caer en lenguaje humano, di el
pésame a Madre Loba por la muerte de su marido. No fui tan hipócrita para
felicitarla por su nuevo compañero. Ella a su vez, nos relató la desventura de
su clan, la falta de alimento, la muerte de muchos lobos, la necesidad de
unirse a otra manada que no estaba sujeta a acuerdos con humanos y que les
empujaba a descender más allá del límite impuesto por la Castañeira.
Era tal
como temíamos. Estos lobos errabundos y delincuentes forzaban a nuestra manada
a cometer actos que destruirían la entente
cordiale que siempre existiera entre lobo y hombre en nuestro terruño.
Había que encontrar una solución y rápida. Un plan andaba rondando mi cabeza
desde esa tarde cuando reparé que de nuestras ovejas, la mitad no pasaría el
invierno.
Le
ofrecí a Madre Loba un holocausto, como antiguamente los habitantes de la
región ofrecían al lobo, su animal tótem. Dos reses a la semana que les serían
depositadas en la tarde de determinados días al borde de la Castañeira.
Los lobos pueden permanecer hasta doce días
sin probar bocado, por lo que una doble cena semanal es un banquete en época de
hambrunas. Hasta el lobo insolente mostrose interesado en mi oferta. Don Andrés
permanecía en silencio. Sus ojos desorbitados eran vivo ejemplo de escepticismo.
Pero Madre Loba creía en mi palabra. Vi
alivio en sus cansados ojos.
Ya no tenía
yo más que decirle, y me estaba poniendo nerviosa la presencia de su compañero
que en ningún momento abandonó su actitud defensiva. Me entraba un poco de
miedo pensar que tendría que encontrármelo cuando subiese en luna llena. Mi
miedo me dio el valor para susurrarle a Madre Loba que se deshiciese de ese
amigo tan insolente.
No sé
si el lobo pudo oír mis palabras pero volvió a mostrarnos los dientes y avanzó
con el cuerpo totalmente erizado.
Ahora oía
claramente sus pensamientos.
“¿Por
qué hemos de creer en palabra de humano? ¿Por qué hemos de contentarnos con dos
míseras ovejas por semana cuando podemos tenerlas todas? Los humanos morirán de
frio y hambre antes que nosotros y ahí les devoraremos y seremos los dueños de la
comarca”.
Madre
Loba se movió tan rápidamente que me derribó en la nieve. Sus orejas eran
verdaderos cuernitos, erguidas y tiesas, su espalda se arqueó y sus incisivos
centellearon a la luz de una media luna, tal como brillaba el suelo congelado. Se
agachó como amenazando saltar sobre su pareja. El lobo retrocedió asustado, sus
orejas gachas, y se dejó caer sobre la nieve en una actitud sumisa.
Ese día
aprendí que jamás se debe permitir una bravata de macho. El hombre debe convencer
a la mujer con razones, prudencia, hasta con camelo, no con fanfarronadas ni
violencia.
Tras
poner al lobo en su sitio, Madre Loba se despidió de mí. Vi en sus ojos una
muda suplica, no sólo por ella, sino por su manada y por los cachorros que
llevaba en su vientre. Me llené de vergüenza al pensar que podía fallarle, pero
también de bríos para convencer a quien tuviera que convencer.
Emprendimos
el regreso a casa. Don Andrés iba cabizbajo. De pronto me preguntó.
― ¿Crees
que tu padre aceptará sacrificar todas sus ovejas?
― No sólo
Padre tendrá que hacerlo. Hay cuatro ganaderos en el pueblo, incluyendo a Don Matías.
Todos contribuirán. Esto es problema de todos.
Don Andrés
se golpeó la frente con la mano.
― Perdiste
el meyoyo como diría tu madre, que en
paz descanse. Y soy el gran culpable por alentar tus locuras. ¿Cómo crees que
vas a convencer a esos hombres de regalarles sus reses a los lobos?
― Es la
única manera de protegernos—insistí.
― ¡Ay Raiña! Hay una gran distancia entre el
mundo de los lobos y sus leyes, y el mundo de los hombres, su codicia y
derechos de propiedad—dijo Don Andrés con voz cansada.
― Pues
ese mundo y esos derechos ya no existen. Vea a su alrededor. Todo es nieve, ya
ese otro mundo se perdió para nosotros. Ahora vivimos en el mundo de los lobos.
¿No escuchó al lobo gamberro? Como sea
se van a comer nuestras ovejas y vacas. Y cuando muramos, devorarán nuestros
cadáveres. ¿No sería mejor compartir nuestra comida y tratar de sobrevivir en
paz? Son sólo dos meses más. Ya en primavera las cosas serán diferentes.
O mi
razonamiento convenció a Don Andrés o estaba muy cansado para discutir conmigo.
Don Matías
nos esperaba en el Pazo. Ante Padre y él contamos nuestra entrevista y mi
oferta a los lobos. Para mi sorpresa, al párroco no le pareció mal el plan.
― Como bien
dices esto durará hasta la primavera. Son menos de diez semanas. Más ovejas
morirán que las que entreguemos a los lobos. Siempre tendremos alimento y nos
libraremos de su amenaza.
Padre
estaba un poco dubitativo.
― No
tengo reparos en entregarles dos ovejas al mes a los lobos. ¿Pero Violante,
crees que podremos convencer al Alcalde o a Don Álvaro Texeiros que se separe
de uno de sus toros de lid?
― A ese
avaro no lo convence ni Cristo— murmuró Don Andrés.
La
blasfemia provocó una mirada de reproche por parte del párroco que dejó a Don
Andrés rezongando y a mi con dudas porque Don Álvaro, quien se encargaba de las
preña de nuestras vacas, era el ganadero más rico del pueblo y tenía reputación
de hombre duro y terco. Era de rías baixas,
pero tras heredar ganado de su difunta esposa se le metió en cabeza, criar
toros en nuestra región. Vivía en Nossa
Señora, pero no era de los nuestros. Nunca se aclimató totalmente a los
modos montañeses ni a nuestra generosidad.
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| (Foto de rtve.es) |
Al día
siguiente, Don Matías convocó a una reunión en la parroquia. Ahí se congregaron
los cuatro ganaderos a escuchar a Don Andrés. Decidimos que seria mejor que él
hablara. Ninguno de ellos haría caso de las palabras de una chiquilla. El
alcalde Fonseca se mostró confundido y alternaba su mirada entre Padre y Don Álvaro, esperando ver que decidían ellos
antes de lanzarse al agua.
― ¿Está
usted dispuesto Señor Conde? — preguntó cautelosamente.
Padre
no alcanzó abrir la boca cuando ya Don Álvaro estaba dando de bramidos.
― ¿Pero
qué memez es esa? ¿Cómo voy yo a andar regalando mis reses a los lobos? Os habéis
vuelto locos. Seguid mi consejo. Subamos al monte y, de una vez por todas,
acabemos con esa alimaña.
― Le creía
a usted un hombre práctico—la voz de Don Andrés era calmada, pero sus ojos
echaban chispas ―. ¿No ve cómo está la nieve? Más fácil sería llegar a Lugo a
pie que subir ese monte y regresar con vida. Los lobos conocen su territorio.
Nosotros no. Es cierto, podríamos acabar con un par de ellos. Sólo para que
ellos después acabasen con todos nosotros.
Ese fue
mi momento para meter baza.
― Y el
pacto entre lobos y humanos quedaría irrevocablemente roto—usé palabras grandes
de esas que impresionan al vulgo―. ¿Además de cuánto tiempo y cuántas reses
hablamos? Si entregáis dos a la semana, al final terminareis perdiendo cuatro o
cinco vacas nada más.
Don
Álvaro me miraba atónito.
― Se
nota que no son tus vacas.
Viró
hacia los demás.
― ¿Qué
hace esta rapaza en una reunión de hombres?― Fijó sus ojos en Don Andrés y
lanzo una risita falsa ― .Ya veo. Mucho se habla de vuestras locas carreras por
el monte. Señor Conde, me disculpará Vuecencia, pero está dando una pésima
educación a su chica.
― Eso
es asunto mío—respondió Padre con altanería.
― Es
asunto de la comunidad cuando se le presta oídos a las fábulas de una niña
demente.
Don
Álvaro me apuntó con el dedo.
― Antes
que seguir vuestro plan, te dejaría atada al borde del bosque para que te
devoraran los lobos.
Se paró
bruscamente y con tres trancazos y un portazo abandonó la reunión.
―Ese se
fue. Quedamos los tres. Habrá que dividirse el trabajo― dijo Padre con voz
serena.
― No
tan rápido, Señor Conde, que yo no decido todavía—argumentó el Alcalde.
― Pues
decido yo por ti, Fonseca ― ahí, mi padre sacó la voz del Mariscal Pedro Pardo
Cela de quien orgullosamente decía descender.― Es cuestión de aferrarte a tus
ovejas que ya están desahuciadas o que en las próximas elecciones tengamos otro
alcalde.
Era una
amenaza muy poco sutil. Padre tendría las arcas vacías, pero su voz todavía
poseía algún peso político. Acababa yo de hacer un pedido en el mundo fabuloso
de los lobos, y Padre formulaba una amenaza en el mundo materialista de los
hombres. El alcalde bajó la cabeza, lo pensó un segundo y cuando la alzó ya
tenía claro que decidir. También presentaría su ofrenda en el templo de los
lobos.
Esa
noche subimos a dar nuestra respuesta a Madre Loba quien, ante mi sorpresa, apareció
sola. Le conté toda la entrevista y pareció satisfecha. Don Andrés también lo
estaba.
― Verdaderamente,
Raiña, lo hiciste mejor que San
Francisco― dijo en lo que descendíamos del bosque.
A la
noche siguiente, los lobos bajaron al pueblo por última vez. Los detalles de lo
ocurrido los supimos más tarde por quienes les vieron, entre ellos una vieja
sirvienta de Texeiro.
Los
lobos pasaron en silencio por el Pazo, no se detuvieron ante la casa de Don
Andrés, ni se dignaron acercarse a la del Alcalde. Cruzaron Nossa Señora y se enfilaron en dirección
a tierras de Don Álvaro. Allá se subieron al techo de su casa y aullaron.
Rodearon sus establos y pesebres y aullaron. Los toros se revolvían
aterrorizados. Los bueyes bramaban pidiendo auxilio. Una de las vacas, bastante
vieja, murió de la impresión. Los lobos no se le acercaron ni la tocaron. Sólo aullaron.
Don
Álvaro tan bravucón, se manutuvo encerrado en su casa, rodeado de sus cinco
escopetas, ninguna de las cuales se atrevió a disparar. Al amanecer, los lobos
emprendieron la retirada. Ese martes, a la hora señalada, Don Álvaro ofrendó a
los lobos la vaca cardiaca y el mejor de sus toros.
Así
pasamos el invierno, lejos de la civilización y recordando siempre que en la Sierra éramos invitados de
un mundo sobrenatural. Al llegar la primavera, las nevadas no cesaron. Esta vez
ya no era cuestión de apaciguar a los lobos. El miedo se apoderó de los
aldeanos. Nosotros, los así llamados “poderosos”, no teníamos fuerzas ni
argumentos para tranquilizarles.
La
gente del pueblo acusó a Dios de abandonarles. Quizás tenían razón. Los
aldeanos decidieron castigarle, u obligarle a ayudarlos. Y lo hicieron de una
manera incomprensible quizás para la mente de gente instruida como tú, Lectora,
pero que para mí, viviendo en ese mundo tan mágico, tenía mucho sentido.
Una
tarde, irrumpieron en la iglesia y arrebataron del altar la estatua de Nuestra Señora. A pesar de las
protestas y coscorrones que les brindó Don Matías, la cargaron hasta las afueras
del pueblo. En andas la llevaron hasta el otro lado del puente y bajo una fuerte
nevada la subieron hasta la
Castañeira y la
abandonaron ahí, a la intemperie.
― Para
que aprendas lo que se siente tener frío y compartas nuestro dolor― le dijeron
al despedirse.
Don
Matías no se atrevió a subir a buscarla y A
Virxe permaneció sola hasta el oscurecer.
Esa
noche, daba vueltas en mi cama incapaz de pegar un ojo. No podía dejar de
pensar en la estatua expuesta a los elementos. Tenía once años, sabía que era
un bloque de mármol, que A Virxe vivía
en otro lado, pero de alguna manera esa falta de respeto con su imagen me
sonaba a blasfemia. Me imaginaba lo feo que Nuestra Señora sentiría en su
corazón el saber que había gentes tan enojadas con ella que hasta del pueblo la
expulsaban.
No pude
más, me levanté y vestí. Salí del Pazo, cargando mi linterna, y arrastrando mi
colcha mas abrigada, uno de esos edredones alemanes rellenos de pluma de ganso.
Por
suerte, la estatua estaba clavada en el borde de la Castañeira
y por suerte amainaba la ventisca. La encontré medio sumergida en la nieve. Alrededor de la
estatua un círculo de orina me indicó que los lobos acababan de estar ahí. El
círculo era una manera de protegerla y también de convertirla en propiedad
lobuna, ya que los humanos la rechazaban.
La
cubrí con el edredón.
―A ver
si con esto se te quita el frío― dije.
Inmediatamente,
sentí vergüenza de mi comportamiento de niña mema. ¿Qué hacía ahí en medio de
la noche? La nieve comenzaba a caer de nuevo. En ese instante, mi linterna se
apagó y el mundo alrededor mío se volvió oscuridad. Estaba tan oscuro que tuve
que apoyarme en la estatua, porque no sabía hacia donde avanzar.
El
miedo se apoderó de mí y me maldije por mi soberbia al subir de manera tan
impulsiva. No había aprendido nada de mi aventura en el Foxo, ahora no habría ni lobos ni Don Andrés que pudiesen
socorrerme. Fue entonces que oí una voz de mujer que en vez de asustarme más,
tuvo la rara cualidad de calmarme.
― ¡Camina,
vuelve a tu Pazo!
― ¿Cómo?
En lo
que acaba de formular mi pregunta vi una estrella que antes no fulgía en el
cielo ensancharse de tal manera que su luz bajó a iluminarme como una
gigantesca linterna, señalándome el camino. Descendí del monte en pos de esa
luz que brillaba como la
Estrella de Belén. La misteriosa voz también descendió
conmigo.
― Mañana
irás a la Biblioteca
del Almirante, a la sección de libros en portugués y buscarás O crime do Padre Amaro de Eça de
Queiroz. Con ese libro, a la noche siguiente, subirás hasta el Castro Do Raiña y lo leerás a la luz de
la luna.
¡Vaya,
al parecer yo no iba a dormir esa semana!


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