Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

lunes, 25 de junio de 2012

3. Lo que trajeron las nieves



(Foto de xeografialuisseoane.blogspot.com)


No mintiera Don Andrés. En la próxima luna llena, di aviso de antemano que me ausentaría y ni Padre ni Catuxa se opusieron a mi salida. De esa manera, pasé mi verano, enterándome de más cosas de Naiciña con el boticario y subiendo a la Castañeira cada vez que la luna engordaba.

Los lobos me trataban como una de ellos. Para Madre Loba yo era una lobata más y como tal debía enseñarme a valerme en su mundo.  Los lobos se comunican con aullidos, gruñidos, gestos y un lenguaje muy críptico y telepático que pronto aprendí a dominar.

A cambio de esos conocimientos, yo les ayudaba en varias tareas. Les sacaba astillas de las patas, les limpiaba de chinches las orejas y les aplicaba un ungüento que Don Andrés me enseñó a preparar y que sirve para las mil heridas que una fiera puede sufrir en el mundo silvestre.

Además, Don Andrés me hacía, a la luz de su linterna, tomar notas del comportamiento lobuno, notas que luego incorporaba a sus artículos sobre lobos que enviaba regularmente a una publicación científica de Santiago de Compostela. Fue grande mi orgullo cuando leí en la dedicatoria de uno de ellos. ”Mi eterno agradecimiento a Doña Violante de Portela sin cuya valiosa ayuda no pudiera terminar este estudio”.

Pasó el verano, y con mi onceavo cumpleaños llegó el otoño. Esa fue, Lectora, una de las épocas más felices de mi vida. Para mí no había otra existencia que vivir dividida entre lobos y humanos cariñosos, no podría decirte a cuales quería más.
Las lluvias fueron particularmente fuertes ese otoño, convirtiendo todos los caminos y las laderas del monte en verdaderos pantanos. Las aguas entraron hasta el invernadero de Naiciña. Padre nos encomendó a Don Andrés y a mí colgar las macetas del techo para protegerlas, ya que él insistía en que nada de Naiciña debía perderse.
Por fin cesó la lluvia, pero en noviembre cayó la primera nevada que se prolongó por más de una semana. Para Navidad, la nieve era tan copiosa que cubría las puertas de las casas, y la llegada de 1928 nos encontró aislados del mundo.
No era la primera vez que las nieves nos separaban del resto de la humanidad, pero algo había en ese invierno que nos hacia sentir que era peor que los otros. Algo en los copos de nieve que parecían más grandes, más helados que de costumbre. Algo amenazante en ese cielo color humo con nubarrones como hechos de algodón sucio.
Las nevadas y los fríos hicieron casi imposible alimentar al ganado. Muchas reses y ovejas murieron de hambre o frío y terminaron asadas en las lareiras de sus amos. Ese fue el destino de nuestra vaca Eufemia a la que comimos para Reyes.
Fue por aquel entonces que los lobos bajaron de la Castañeira y atacaron a nuestras ovejas, llevándose una con ellos.

Don Andrés no me permitió subir con él en esa luna llena tan helada, pero me contó que en la manada las cosas no andaban muy bien. La falta de alimento también diezmó a los corzos y jabalíes que habitaban en el bosque y que servían de comida para los lobos. Ya estos se acababan de zampar la última liebre y el hambre les andaba empujando a romper ese pacto no declarado que hasta ahora les impedía atacar a los humanos.
― Varios lobos murieron. Entre ellos el compañero de Madre Loba. La manada se unió a otro clan también perjudicado por la hambruna—me contó Don Andrés.
La viudez de Madre Loba no llegó a durar mucho, ya que ella ahora convivía con un joven lobo de la nueva manada.
― Pero yo creí que los lobos se casaban de por vida ― protesté.
― Eso es relativo. Son monógamos como los humanos, pero luego que enviudan se pueden casar otra vez. Madre Loba es joven, querrá tener más crías.
El nuevo compañero de Madre Loba resultó ser una amenaza. Un bolchevique lleno de ideas audaces y un poco delincuentes que pondrían en peligro la frágil paz entre mi gente y los lobos.
Una semana después del robo de nuestra oveja, otra batida de lobos atacó el rebaño del Alcalde Fonseca y se comieron hasta el perro que les hizo frente. Fue entonces que Don Matías nos convocó a Don Andrés y a mí a la casa parroquial. Como era su costumbre en ocasiones graves, el sacerdote fue directo al grano.
― La situación es grave. Ya se habla de formar una partida de hombres armados para subir al bosque y terminar con los lobos.
― Es un plan absurdo—le interrumpió el boticario—. Los lobos no habitan en el bosque y con toda esta nieve sería insensato y fatal perseguirlos por el monte.
― Así es— dijo el sacerdote—. Esto sólo terminará en una carnicería. Morirán hombres y morirán lobos. Lo peor es que cuando todo pase, ya jamás volveremos a vivir tranquilos. La guerra con los lobos no terminará nunca.
Nos miró fijamente.
― Está en vosotros evitar la catástrofe.
Al unísono Don Andrés y yo protestamos que no poseíamos armas ni intelecto para resolver este problema, pero ahora fue el turno de Don Matías de interrumpirnos.
― ¿No sois vosotros los grandes zoólogos, los expertos en lobos?
Alzando la voz nos sentenció.
― Ordeno entonces que subáis y deis fin a esta situación. No me importa que recursos o malas artes uséis o que pactos acordéis.
No había salida. Una orden de Don Matías en Nossa Señora Dos Lobos valía más que la del General Primo De Rivera.

A Padre no le pareció tan buena la idea de Don Matías. Se le subió el anticlericalismo liberal a la cabeza, acusó al párroco de abusar de su poder eclesiástico y me prohibió andar de correrías por el bosque.  Ante mi sorpresa, palabras que desconocía brotaron de mis labios para convencerle. No había otra salida. Estaba segura, y Lectora, de veras lo creía, que yo podía parlamentar con los lobos. ¿Qué pensaba ofrecerles? Eso no lo tenía muy claro. Pero me guardé bien de admitir mis dudas ante mis mayores. El caso es que les convencí, a Padre, a Catuxa, y hasta a Don Andrés quien me temo no las tenía todas consigo.
Catuxa me obligó a ponerme dos pares de medias de lana que cubrió con mis botas claveteadas. Dos jerséis, uno debajo y otro arriba de mi vestido. Y por encima de mi capote me envolvió con su mantelo más abrigado. Tanta ropa casi me impedía el caminar. Don Andrés tuvo que ayudarme a subir por la ladera aplastada por la nieve. Por suerte ya no nevaba.
― Espero que tu plan convenza a los lobos, Raiña. ¿Me vas a decir al fin en que consiste?
Miré turbada la nieve que parecía merengue bajo la luz de la media luna.
― Es que no lo sé.
Mi confesión provocó una serie de exclamaciones e interjecciones, alguna no muy santa, de parte del boticario, quien me soltó, dejándome caer en la nieve.
― Ya debía imaginármelo. No debí permitir que ese cura del Diablo me convenciera. ¿Acaso seré yo San Francisco para ir a dialogar con el Hermano Lobo?
Su diatriba se interrumpió de golpe, puesto que en ese justo instante vimos que del bosque avanzaba una pareja de lobos hacia nosotros. Reconocí la figura grisácea de Madre Loba. Se veía cansada y flaca. Tras ella trotaba un lobo desconocido, pero alto y de aspecto juvenil. Era su nueva pareja.
Al verme, Madre Loba apuró el paso aplastando las orejas contra el cráneo y sacudiendo la cola en señal de saludo. Apoyándome en su lomo me incorporé. El otro lobo no se veía tan amistoso. Se mantuvo a distancia prudente, nos ojeó con recelo a mí y a Don Andrés y luego lanzó un fuerte gruñido, enseñándonos los dientes. Madre Loba pegó un respingo y volteando la cabeza lo puso en su lugar con ese idioma lobuno tan preciso que no necesita de palabras.
Siempre telepáticamente, aunque a veces no podía evitar caer en lenguaje humano, di el pésame a Madre Loba por la muerte de su marido. No fui tan hipócrita para felicitarla por su nuevo compañero. Ella a su vez, nos relató la desventura de su clan, la falta de alimento, la muerte de muchos lobos, la necesidad de unirse a otra manada que no estaba sujeta a acuerdos con humanos y que les empujaba a descender más allá del límite impuesto por la Castañeira.
Era tal como temíamos. Estos lobos errabundos y delincuentes forzaban a nuestra manada a cometer actos que destruirían la entente cordiale que siempre existiera entre lobo y hombre en nuestro terruño. Había que encontrar una solución y rápida. Un plan andaba rondando mi cabeza desde esa tarde cuando reparé que de nuestras ovejas, la mitad no pasaría el invierno.
Le ofrecí a Madre Loba un holocausto, como antiguamente los habitantes de la región ofrecían al lobo, su animal tótem. Dos reses a la semana que les serían depositadas en la tarde de determinados días al borde de la Castañeira.
 Los lobos pueden permanecer hasta doce días sin probar bocado, por lo que una doble cena semanal es un banquete en época de hambrunas. Hasta el lobo insolente mostrose interesado en mi oferta. Don Andrés permanecía en silencio. Sus ojos desorbitados eran vivo ejemplo de escepticismo.  Pero Madre Loba creía en mi palabra. Vi alivio en sus cansados ojos.
Ya no tenía yo más que decirle, y me estaba poniendo nerviosa la presencia de su compañero que en ningún momento abandonó su actitud defensiva. Me entraba un poco de miedo pensar que tendría que encontrármelo cuando subiese en luna llena. Mi miedo me dio el valor para susurrarle a Madre Loba que se deshiciese de ese amigo tan insolente.
No sé si el lobo pudo oír mis palabras pero volvió a mostrarnos los dientes y avanzó con el cuerpo totalmente erizado.
Ahora oía claramente sus pensamientos.
“¿Por qué hemos de creer en palabra de humano? ¿Por qué hemos de contentarnos con dos míseras ovejas por semana cuando podemos tenerlas todas? Los humanos morirán de frio y hambre antes que nosotros y ahí les devoraremos y seremos los dueños de la comarca”.
Madre Loba se movió tan rápidamente que me derribó en la nieve. Sus orejas eran verdaderos cuernitos, erguidas y tiesas, su espalda se arqueó y sus incisivos centellearon a la luz de una media luna, tal como brillaba el suelo congelado. Se agachó como amenazando saltar sobre su pareja. El lobo retrocedió asustado, sus orejas gachas, y se dejó caer sobre la nieve en una actitud sumisa.
Ese día aprendí que jamás se debe permitir una bravata de macho. El hombre debe convencer a la mujer con razones, prudencia, hasta con camelo, no con fanfarronadas ni violencia.
Tras poner al lobo en su sitio, Madre Loba se despidió de mí. Vi en sus ojos una muda suplica, no sólo por ella, sino por su manada y por los cachorros que llevaba en su vientre. Me llené de vergüenza al pensar que podía fallarle, pero también de bríos para convencer a quien tuviera que convencer.
Emprendimos el regreso a casa. Don Andrés iba cabizbajo. De pronto me preguntó.
― ¿Crees que tu padre aceptará sacrificar todas sus ovejas?
― No sólo Padre tendrá que hacerlo. Hay cuatro ganaderos en el pueblo, incluyendo a Don Matías. Todos contribuirán. Esto es problema de todos.
Don Andrés se golpeó la frente con la mano.
― Perdiste el meyoyo como diría tu madre, que en paz descanse. Y soy el gran culpable por alentar tus locuras. ¿Cómo crees que vas a convencer a esos hombres de regalarles sus reses a los lobos?
― Es la única manera de protegernos—insistí.
― ¡Ay Raiña! Hay una gran distancia entre el mundo de los lobos y sus leyes, y el mundo de los hombres, su codicia y derechos de propiedad—dijo Don Andrés con voz cansada.
― Pues ese mundo y esos derechos ya no existen. Vea a su alrededor. Todo es nieve, ya ese otro mundo se perdió para nosotros. Ahora vivimos en el mundo de los lobos. ¿No escuchó al lobo gamberro?  Como sea se van a comer nuestras ovejas y vacas. Y cuando muramos, devorarán nuestros cadáveres. ¿No sería mejor compartir nuestra comida y tratar de sobrevivir en paz? Son sólo dos meses más. Ya en primavera las cosas serán diferentes.
O mi razonamiento convenció a Don Andrés o estaba muy cansado para discutir conmigo.
Don Matías nos esperaba en el Pazo. Ante Padre y él contamos nuestra entrevista y mi oferta a los lobos. Para mi sorpresa, al párroco no le pareció mal el plan.
― Como bien dices esto durará hasta la primavera. Son menos de diez semanas. Más ovejas morirán que las que entreguemos a los lobos. Siempre tendremos alimento y nos libraremos de su amenaza.
Padre estaba un poco dubitativo.
― No tengo reparos en entregarles dos ovejas al mes a los lobos. ¿Pero Violante, crees que podremos convencer al Alcalde o a Don Álvaro Texeiros que se separe de uno de sus toros de lid?
― A ese avaro no lo convence ni Cristo— murmuró Don Andrés.
La blasfemia provocó una mirada de reproche por parte del párroco que dejó a Don Andrés rezongando y a mi con dudas porque Don Álvaro, quien se encargaba de las preña de nuestras vacas, era el ganadero más rico del pueblo y tenía reputación de hombre duro y terco. Era de rías baixas, pero tras heredar ganado de su difunta esposa se le metió en cabeza, criar toros en nuestra región. Vivía en Nossa Señora, pero no era de los nuestros. Nunca se aclimató totalmente a los modos montañeses ni a nuestra generosidad.

(Foto de rtve.es)


Al día siguiente, Don Matías convocó a una reunión en la parroquia. Ahí se congregaron los cuatro ganaderos a escuchar a Don Andrés. Decidimos que seria mejor que él hablara. Ninguno de ellos haría caso de las palabras de una chiquilla. El alcalde Fonseca se mostró confundido y alternaba su mirada entre  Padre y  Don Álvaro, esperando ver que decidían ellos antes de lanzarse al agua.
― ¿Está usted dispuesto Señor Conde? — preguntó cautelosamente.
Padre no alcanzó abrir la boca cuando ya Don Álvaro estaba dando de bramidos.
― ¿Pero qué memez es esa? ¿Cómo voy yo a andar regalando mis reses a los lobos? Os habéis vuelto locos. Seguid mi consejo. Subamos al monte y, de una vez por todas, acabemos con esa alimaña.
― Le creía a usted un hombre práctico—la voz de Don Andrés era calmada, pero sus ojos echaban chispas ―. ¿No ve cómo está la nieve? Más fácil sería llegar a Lugo a pie que subir ese monte y regresar con vida. Los lobos conocen su territorio. Nosotros no. Es cierto, podríamos acabar con un par de ellos. Sólo para que ellos después acabasen con todos nosotros.
Ese fue mi momento para meter baza.
― Y el pacto entre lobos y humanos quedaría irrevocablemente roto—usé palabras grandes de esas que impresionan al vulgo―. ¿Además de cuánto tiempo y cuántas reses hablamos? Si entregáis dos a la semana, al final terminareis perdiendo cuatro o cinco vacas nada más.
Don Álvaro me miraba atónito.
― Se nota que no son tus vacas.
Viró hacia los demás.
― ¿Qué hace esta rapaza en una reunión de hombres?― Fijó sus ojos en Don Andrés y lanzo una risita falsa ― .Ya veo. Mucho se habla de vuestras locas carreras por el monte. Señor Conde, me disculpará Vuecencia, pero está dando una pésima educación a su chica.
― Eso es asunto mío—respondió Padre con altanería.
― Es asunto de la comunidad cuando se le presta oídos a las fábulas de una niña demente.
Don Álvaro me apuntó con el dedo.
― Antes que seguir vuestro plan, te dejaría atada al borde del bosque para que te devoraran los lobos.
Se paró bruscamente y con tres trancazos y un portazo abandonó la reunión.
―Ese se fue. Quedamos los tres. Habrá que dividirse el trabajo― dijo Padre con voz serena.
― No tan rápido, Señor Conde, que yo no decido todavía—argumentó el Alcalde.
― Pues decido yo por ti, Fonseca ― ahí, mi padre sacó la voz del Mariscal Pedro Pardo Cela de quien orgullosamente decía descender.― Es cuestión de aferrarte a tus ovejas que ya están desahuciadas o que en las próximas elecciones tengamos otro alcalde.
Era una amenaza muy poco sutil. Padre tendría las arcas vacías, pero su voz todavía poseía algún peso político. Acababa yo de hacer un pedido en el mundo fabuloso de los lobos, y Padre formulaba una amenaza en el mundo materialista de los hombres. El alcalde bajó la cabeza, lo pensó un segundo y cuando la alzó ya tenía claro que decidir. También presentaría su ofrenda en el templo de los lobos.

Esa noche subimos a dar nuestra respuesta a Madre Loba quien, ante mi sorpresa, apareció sola. Le conté toda la entrevista y pareció satisfecha. Don Andrés también lo estaba.
― Verdaderamente, Raiña, lo hiciste mejor que San Francisco― dijo en lo que descendíamos del bosque.
A la noche siguiente, los lobos bajaron al pueblo por última vez. Los detalles de lo ocurrido los supimos más tarde por quienes les vieron, entre ellos una vieja sirvienta de Texeiro.
Los lobos pasaron en silencio por el Pazo, no se detuvieron ante la casa de Don Andrés, ni se dignaron acercarse a la del Alcalde. Cruzaron Nossa Señora y se enfilaron en dirección a tierras de Don Álvaro. Allá se subieron al techo de su casa y aullaron. Rodearon sus establos y pesebres y aullaron. Los toros se revolvían aterrorizados. Los bueyes bramaban pidiendo auxilio. Una de las vacas, bastante vieja, murió de la impresión. Los lobos no se le acercaron ni la tocaron. Sólo aullaron.
Don Álvaro tan bravucón, se manutuvo encerrado en su casa, rodeado de sus cinco escopetas, ninguna de las cuales se atrevió a disparar. Al amanecer, los lobos emprendieron la retirada. Ese martes, a la hora señalada, Don Álvaro ofrendó a los lobos la vaca cardiaca y el mejor de sus toros.


Así pasamos el invierno, lejos de la civilización y recordando siempre que en la Sierra éramos invitados de un mundo sobrenatural. Al llegar la primavera, las nevadas no cesaron. Esta vez ya no era cuestión de apaciguar a los lobos. El miedo se apoderó de los aldeanos. Nosotros, los así llamados “poderosos”, no teníamos fuerzas ni argumentos para tranquilizarles.
La gente del pueblo acusó a Dios de abandonarles. Quizás tenían razón. Los aldeanos decidieron castigarle, u obligarle a ayudarlos. Y lo hicieron de una manera incomprensible quizás para la mente de gente instruida como tú, Lectora, pero que para mí, viviendo en ese mundo tan mágico, tenía mucho sentido.
Una tarde, irrumpieron en la iglesia y arrebataron del altar  la estatua de Nuestra Señora. A pesar de las protestas y coscorrones que les brindó Don Matías, la cargaron hasta las afueras del pueblo. En andas la llevaron hasta el otro lado del puente y bajo una fuerte nevada la subieron hasta la Castañeira y la abandonaron ahí, a la intemperie.
― Para que aprendas lo que se siente tener frío y compartas nuestro dolor― le dijeron al despedirse.
Don Matías no se atrevió a subir a buscarla y A Virxe permaneció sola hasta el oscurecer.
Esa noche, daba vueltas en mi cama incapaz de pegar un ojo. No podía dejar de pensar en la estatua expuesta a los elementos. Tenía once años, sabía que era un bloque de mármol, que A Virxe vivía en otro lado, pero de alguna manera esa falta de respeto con su imagen me sonaba a blasfemia. Me imaginaba lo feo que Nuestra Señora sentiría en su corazón el saber que había gentes tan enojadas con ella que hasta del pueblo la expulsaban.
No pude más, me levanté y vestí. Salí del Pazo, cargando mi linterna, y arrastrando mi colcha mas abrigada, uno de esos edredones alemanes rellenos de pluma de ganso.
Por suerte, la estatua estaba clavada en el borde de la Castañeira y por suerte amainaba la ventisca. La encontré  medio sumergida en la nieve. Alrededor de la estatua un círculo de orina me indicó que los lobos acababan de estar ahí. El círculo era una manera de protegerla y también de convertirla en propiedad lobuna, ya que los humanos la rechazaban.
La cubrí con el edredón.
―A ver si con esto se te quita el frío― dije.
Inmediatamente, sentí vergüenza de mi comportamiento de niña mema. ¿Qué hacía ahí en medio de la noche? La nieve comenzaba a caer de nuevo. En ese instante, mi linterna se apagó y el mundo alrededor mío se volvió oscuridad. Estaba tan oscuro que tuve que apoyarme en la estatua, porque no sabía hacia donde avanzar.
El miedo se apoderó de mí y me maldije por mi soberbia al subir de manera tan impulsiva. No había aprendido nada de mi aventura en el Foxo, ahora no habría ni lobos ni Don Andrés que pudiesen socorrerme. Fue entonces que oí una voz de mujer que en vez de asustarme más, tuvo la rara cualidad de calmarme.
― ¡Camina, vuelve a tu Pazo!
― ¿Cómo?
En lo que acaba de formular mi pregunta vi una estrella que antes no fulgía en el cielo ensancharse de tal manera que su luz bajó a iluminarme como una gigantesca linterna, señalándome el camino. Descendí del monte en pos de esa luz que brillaba como la Estrella de Belén. La misteriosa voz también descendió conmigo.
― Mañana irás a la Biblioteca del Almirante, a la sección de libros en portugués y buscarás O crime do Padre Amaro de Eça de Queiroz. Con ese libro, a la noche siguiente, subirás hasta el Castro Do Raiña y lo leerás a la luz de la luna.
¡Vaya, al parecer yo no iba a dormir esa semana!

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