Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

viernes, 3 de agosto de 2012

17. El Hermano Lobo


La única inspiración posible para Viktor von Karijani (y para Ashmedai)


Parte III: Los hijos de Ashmedai.

17.  El Hermano Lobo
Estambul, Abril de 1934

La dirección que buscaba no quedaba lejos de Tepebasi. Todo era cuestión de bajar la colina hasta una calle de nombre extraño. Algo con fresas de árbol. ¿Acaso las fresas no crecen en matorrales? No era hora de desafiar la lógica turca.
El burdel estaba en un viejo caserón. De esos que se construyeron en el siglo pasado en la capital otomana, en un esfuerzo por volverla ciudad europea. No era un mal barrio, por lo que deduje que debía ser lugar exclusivo para clientela selecta. Estaba bastante alejado de las casas de latrocinio de Karakoy, que yo frecuentaba. ¿Cómo mi Hermano Lobo se había enterado de su existencia? Ya habría tiempo de preguntarle.
La puerta del lupanar me la abrió una mujer de edad mediana, despeinada, mal envuelta en un caftán a rayas, y más pálida que un vampiro. Le hablé en francés. Mi experiencia me ha enseñado que las putas de todo el mundo hablan el idioma galo.
Me hizo pasar apresuradamente, como si temiera que la luz del sol la volviera cenizas. Cruzamos un salón oscuro, subimos unas escalinatas y me abandonó en un lóbrego pasillo señalándome con un gesto mudo la puerta final.
Tenía órdenes del Hermano Lobo de ir precisamente ese día y a esa hora a rescatarle por lo que no me molesté en golpear. Debía estarme esperando.
Al abrir la puerta me azotó la cara un ramalazo de ese olor acre a fluidos de hembra y varón entremezclados. Un olor que no nos molesta en el calor de la refriega, pero que al terminar nos irrita, y quizás aumenta esa tristeza post-coital que nos aflige a los hombres.
En la cama había un lío de miembros y cobijas que mal tapaban a una mujer alta y blanca. Bajo ella, divisé las largas piernas de mi hermano, también blancas cubiertas de un vello castaño que es más claro en su cuerpo que en su rostro y cabeza.
Dejé caer la palma de mi mano sobre su pantorrilla. El chasquido no lo despertó por completo, sólo lo hizo sacudir la pierna como quien espanta un mosquito. Al parecer, la batalla había sido agotadora.
Quien si se despertó fue la mujer que, con una interjección en un idioma desconocido, se levantó y, aquejada de una súbita pruderie, se envolvió en la cobija. Yendo más allá en su decoro lanzó una sábana sobre mi hermano.
Me causó risa.  Cómo si yo no hubiese visto putas en tres continentes, y al Hermano Lobo le conocía de pequeño. Mutti y La Tata Benita solían bañarnos juntos cuando éramos niños. Todavía recordaba la algazara de esas sesiones en esa bañera antigua, con patas de león hechas en bronce, en la que sosteníamos competencias de quien se pateaba más fuerte.  
Volví a sacudir al durmiente.
― Hermano Lobo, despiértate.
No sé porque escogí el español, de los seis idiomas que hablo, para comunicarme. Quizás porque partí de la base de que una prostituta turca no lo hablaría o porque es un idioma que aunque mi hermano domine también detesta. Lo aprendió obligado por los caprichos panibéricos de Senyor Jajám quien sueña con regresar a Sefarad.
Esta vez mi voz surtió efecto. El Hermano Lobo sacó la cabeza de debajo de la almohada y preguntó mirándome con ojos vidriosos.
― ¿Eres tu Viktor? ¿Ya es hora?
Su compañera de escarceos tuvo bastante con nuestra charla y se escabulló, dejando la puerta entreabierta. Ya despierto, mi hermano mayor saltó de la cama y comenzó a vestirse con rapidez como si tuviera prisa por salir del tugurio.
Su ropa lucía arrugada y polvorienta. Lo normal puesto que, tras sobrevivir un viaje en el Oriente Express habría estado tirada en un rincón por... ¿tres, cuatro días? ¿Cuánto había durado esta crisis? En una ocasión, poco después de la muerte de su esposa, Davide tuvo una que duró una semana completa. Era de maravilla, ni yo tenía ese aguante. Siete días en una cama, pero, después de eso, mi hermano podía estarse un año sin tocar una mujer.
Ya Davide estaba vestido. Sacó su cartera del bolsillo, la revisó y extrajo algunos billetes que colocó en una bandejita de plata que estaba para ese propósito sobre la mesita de noche. Lo pensó y, antes de guardar la cartera, colocó otro billete en el plato.
― Was she that good ?― le pregunté en inglés cuando ya estábamos en el pasillo ― ¿Qué te hizo?
Davide caminaba delante de mí, guiándome como Virgilio a Dante o quizás como Lot huyendo de Sodoma, porque nunca volteó a mirar lo que dejaba atrás, temeroso de convertirse en estatua de sal. Hasta su respuesta fue proyectada hacia delante.
 ― ¿No la viste? Era altísima. Por una vez no tuve que hacer ninguna contorsión. No sabes lo bien que se siente poder besar a una mujer en la boca cuando la estás follando.
Sí lo sé, porque al metro ochenta y dos de estatura no me considero bajo, pero Davide mide diez centímetros más que yo y eso pesa cuando se hacen cosas horizontalmente.
― Pues cásate con una giganta y santo remedio ― dije mientras descendíamos la escalera.
Salón y vestíbulo estaban desiertos. Por la mañana, las putas suelen volverse tímidas, rehúyen la cercanía del macho y se encierran en un mundo femenino donde puedan andar desarrapadas y sin pintarse. Ese es su derecho. Se lo han ganado.
― Mi mujer ― dijo mi hermano, cruzando el vestíbulo a grandes zancadas ―. Mi mujer es muy pequeña.
Hora de lanzar mi primer suspiro del día. El Hermano Lobo seguía en esa vena mística en la que creía conocer a la desconocida con la que los ángeles le habían preparado boda, aun antes de ambos nacer.
Incluso Senyor Jajám que nos había contado esa leyenda talmúdica, insistía en que su sobrino debía olvidarse de quimeras y buscarse una esposa adecuada a sus necesidades. Pero si hay alguien más terco que un pollino en este mundo es mi hermano mayor. El insistía en que su zivug, su futura esposa, se le aparecía en sueños.
― Volví a soñar con ella, Hermano Segundo ― me dijo una vez que estábamos en la calle.
Señaló el edificio que acabamos de abandonar.
 ― Hasta allá adentro, ella me persigue.
Afuera nos encontró un aguacero y un cielo gris de abril. Llevaba un paraguas, pero Davide no se guareció bajo el, prefiriendo caminar bajo las lluvia dejando que el agua corriese por su pelo hasta alisar las ondas y resbalar por su cuello. El ama la lluvia, la nieve, el frío. Sería feliz en Alaska.
A pesar del clima, insistió en que caminásemos colina arriba hacia el “Pera Palas” donde yo había tomado una suite doble.
― ¿Tiene una bañera grande? ― preguntó ―. Quiero quitarme este tufo. Espero que me hayas traído una muda de ropa.
― ¿No lo hago siempre? ― suspiré.
 Con mi hermano toda conversación desemboca en incoherencia por lo que me obliga a suspirar mucho. Esto de andar de nodriza de un hombre tan grande, yendo a buscarle a burdeles por toda Europa me cansaba, aunque fuese una vez al año. Prefería mis otros trabajos, quizás tan indignos como éste tales como el pintar frescos en las paredes de prostíbulos, robar joyas o hacer listas de obras de arte para futuros ladrones como lo eran los Nazis.

Estambul en los 30's (presseaporter.com)


Davide sufría de estas crisis desde los quince años. Yo nunca las pasé, quizás porque conocí mujer antes que mi Hermano Lobo. Pero Davide, a los quince años, era un estudioso del Talmud, condenado por su demente madre a ser rabino como su tío, su abuelo y su padre putativo. Un hombre criado para cuidar su espíritu y postergar sus necesidades físicas por lo que estas calenturas resultaban bastante incómodas por no llamarlas totalmente indecentes.
Ante la primera crisis, Senyor Jajam había reaccionado como médico. Le había administrado a su sobrino purgas y pociones. Le había encerrado como se hacía con los locos. Y tras consultar todos sus textos médicos, en lenguas vivas y muertas, le escribió a su amigo Sigmund en Viena pidiéndole consejo.
Freud le respondió con un largo legajo donde habló de libido precoz y otras paparruchadas que en nada resolvieron la situación. Tuvo que intervenir Su Majestad que, con su lógica de demonio, le recordó a Senyor Jajam que Davide no era totalmente humano y que esas fiebres correspondían a un estado de celo animal.
Aun así, el Dr. Alcalay, a quien todos, hasta sus hijas, llamábamos Senyor Jajam, no lo encontró justo. El creía que lo humano en Davide podría conquistar su lado animal. Davide lo intentó, pero dos años más tarde Senyor Jajám lo sorprendió encamado en Trieste con una tal Agar Pontecorvo, jefa de la sección femenina local del Partido Fascista.
Senyor Jajám se dio por vencido y tomó lo que consideró la decisión más práctica. Los casó, a pesar de que Agar era viuda y diez años mayor que su juvenil marido.
Nunca supimos si hubiesen sido felices para siempre, puesto que Agar murió de un infarto tres meses después de su boda. Un año mas tarde, Davide quien le había guardado luto y fidelidad absoluta tanto física como emocional, volvió a sufrir de esa "fiebre" como la llamaba delicadamente su tío. Efectivamente, a Davide le subía la temperatura, tiritaba y deliraba como enfermo de paludismo, pero además se volvía irritable, irracional y violento.
― Ya basta ― dijo Senyor Jajám ―. Vístete con ropas que no sean las tuyas, vete a un lugar donde no conozcan tu nombre y peca a tu regalado gusto. Luego puedes regresar.
De esa manera, y con licencia de Senyor Jajám, que aparte de su tío era su rabino guía, Davide estableció un ritual.
Todos los años cuando sentía la crisis aproximarse compraba un pasaje con destino exótico y luego iba a ese lugar a encerrarse en un lupanar. Tras lo cual regresaba a su vida normal como si nada hubiese pasado. Así le había tenido yo que ir a buscar a prostíbulos de Yokohama, New York y El Cairo, entre otros. Desde la muerte de Agar, mi hermano sólo tenía contacto carnal con mujeres públicas.
La fiebre se convirtió en un ritual más en su vida como la metamorfosis que ambos sufríamos con la primera luna llena. Era algo que sucedía una vez al año, y Davide la aprendió a tolerar como soportaba su licantropía. Para nada le impedía llevar una vida normal: estudiar medicina, ingresar al ejército, ser miembro reconocido del Partido Fascista, incluso alternar con la aristocracia y la realeza.
Para Senyor Jajám sólo le faltaba a su sobrino una cosa para ser totalmente, o al menos, parecer normal. Pero aunque insistía e insistía en que Davide debía tomar estado nuevamente y formar una familia, su sobrino se negaba.
Al principio, decía que no quería volver a sufrir. Cuando me llegó mi turno de enviudar comprendí que había algo de verdad en sus palabras. Yo mismo me había jurado no volver a casarme, pero a diferencia de mi hermano, mi vida sexual no estaba circunscrita a celos ni a ciclos anuales.
Además, pronto Davide salió con otra de sus chifladuras. Según él, su futura esposa se le aparecía en sueños, por lo tanto parte de su búsqueda vital sería encontrar a esta individua a quien Senyor Jajám y yo apodábamos burlonamente “Urganda, la desconocida".
Pero un día Senyor Jajám perdió la paciencia y declaró que Davide podía buscar a Urganda en la tierra, Marte o el reino subterráneo de los Shedim donde regía nuestro padre Ashmedai, pero que su sobrino jamás sería rabino. Creo que, en el fondo, a Davide no le dolió ese dictamen. Ya tenía otros intereses en mente.

Vestíbulo del Pera Palas hoy (esdreams.com)
Vestíbulo del Pera Palas en los3 0's(lamaisonazure.blc)


No alcanzábamos a cruzar la puerta giratoria del Pera Palace, y ya mi antisocial hermano volaba por los escalones flanqueados de columnas de mármol verde en busca de un ascensor o escalera que le llevara a la suite. Me quedé abajo en el mesón revisando el correo. Nada grave. Un telegrama de Mutti recordándome que debía llamar a Der Dicke, mi patrón en Berlín. Otro de Senyor Jajám pidiéndome le avisara nuestra llegada y algún correo para Davide que el Dr. Alcalay nos enviaba para que su sobrino revisase durante su viaje.
Nada había llegado directamente para Davide. Nadie debía saber que el Dr. Ascarelli estaba en Turquía. Nadie, ni siquiera sus superiores en el batallón Regina Elena en el cual servía como miembro del Corpo Sanitario. Inclusive cuando comenté, durante el camino, que podíamos almorzar en Estambul. Davide fue categórico en su respuesta:
― Preferiría que nos marcháramos cuanto antes. No quiero tropezarme con alguno de mis primos Galante.
Curioso que este año, Davide hubiese decidido viajar a Turquía donde todavía quedaban parientes de su abuela materna Blanca Nieves Galante, quienes podían reconocerle pero quizás se le estaban agotando ciudades donde quitarse las " fiebres" y donde fuese anónimo.
Ordené que nos llevaran el desayuno a la suite y subí para encontrarme a mi hermano en el baño, sumergido en bañera ovalada no lo suficientemente grande para abarcarlo por completo.  Sus piernas sobresalían del agua, y su pie derecho descansaba en la cerámica veteada de la pared.
― Ya traen el desayuno ― le dije ― ¿quieres café?
― Cuando llegue, sírveme una taza y déjala entibiar ― ordenó.
Mi hermano no soporta los líquidos calientes.
Apenas dichas estas palabras, se zambulló desde la raíz del pelo hasta las pantorrillas en el agua. Estuvo así casi un minuto y volvió a la superficie. Era un gesto litúrgico como el que se hacía en un baño de purificación. Más tarde lo repetiría en el baño ritual en el mikvah de Trieste.
Hubiese podido hacerlo en aquí. Estambul estaba llena de sinagogas, incluyendo la nueva Kal de Los Francos construida por la comunidad italiana de la ciudad, pero Davide estaba de incógnito. Aparte de bañarse y beberse un café, no tenía ni quería hacer mucho en Estambul.
Volví al cuarto. Estaban golpeando la puerta. El desayuno había llegado. Hice que lo colocaran en una mesita cerca de la ventana. Era una combinación de desayuno continental y levantino con un excelente café turco, mermeladas, miel, yogurt y una cesta llena de panecillos extraídos de las mejores panaderías de Estambul.
Tomé uno redondo que me recordaba a los bagels que había probado en Nueva York, le puse mantequilla y miel. Lo estaba comiendo, mientras admiraba la vista del Bósforo desde la ventana, cuando el Hermano Lobo apareció envuelto de la cintura hasta los pies en una gran toalla blanca.
Se sentó en la cama y bebió el café que para entonces había adquirido la temperatura adecuada. Puso un pie en la cama y lo observó con ojo clínico.
― Es increíble como crecen las uñas en un par de días. ¿Tienes las manos limpias?― preguntó ―. Quisiera que me las cortaras.
De mi equipaje saqué un cortaúñas y cumplí el deseo de mi hermano. No me rebajaba. No era una orden caprichosa. A los hombres altos a veces nos es difícil llegar a nuestros pies.
En otras ocasiones ya le había cortado las uñas a mi hermano y él lo había hecho por mi. También nos habíamos rasurado mutuamente, especialmente nuestras cejas que como le ocurre a todo licántropo, insistían en juntarse en medio de nuestra frente.
― Estas son cosas que un hombre solo puede solicitar de un hermano ― decía.
Terminé de cortarle las uñas y recogí los restos con mucho cuidado. Davide tenía un terror supersticioso a dejar tras de él una parte física de si, fueran cabellos en un peine o restos de uñas.
Junté los trozos de uñas con el lío de ropa vieja que mi hermano había vestido al llegar a Estambul. Mas adelante, él buscaría un incinerador o un cesto de basura público y los arrojaría, alejándose luego sin mirar para atrás. Como hacen los judíos con las vestiduras que han llevado durante un período de luto.
Cuando volví al cuarto, el Hermano Lobo estaba leyendo su correspondencia. Lo hacía velozmente, sin decir palabra, sólo su expresión facial me contaba el contenido de esas cartas. Una fruncida de ceño, un gesto de tedio, una sonrisa vaga, pero todas las cartas tenían el mismo destino, las rompía en muchos cachos y las arrojaba luego al inodoro. Ya lo dije, Davide odiaba dejar olvidados restos de su intimidad. Ni yo que soy ladrón profesional tomaba tantas precauciones.
― ¿Algo importante?―   pregunté.
― Nada. La Principessa me invita a una conferencia de enfermeras en Roma y a un bazar de caridad. Dice que Sus Majestades estarán presentes. Pero no sé…
― ¿No conviene a tus planes?
― Hace un año que me vienen prometiendo una cátedra en Padua ― mi hermano comenzó a revisar el cesto de panes. ― Pero estas conferencias no me sirven.
Lancé un silbido.
― ¿Una cátedra? Davide esas se las dan a los viejos sabios. No tienes ni treinta años aun.
 La ambición de Davide asustaba porque no conocía límites. Bien lo decía Su Majestad ― Nunca he tenido un hijo así, tan desmesurado. ¿Será un castigo divino?
Mi hermano hizo un gesto aburrido.
 ― ¿Y? No fui yo el de la idea. Se le ocurrió a Adelina D’Asti. Dijo que un hombre de mi talento debía compartirlo.
― ¿Qué talento? ¿Qué te crecen los colmillos con la primera luna llena? ¿Qué puedes encontrar mascotas perdidas? ¿Qué de solo tocar objetos puedes saber la historia de sus dueños?
― Creo que se refería a mi sapiencia médica ― Tomó una cuchara de la bandeja ―. Aunque mi olfato si la impresiona. ¿No te impresiona a ti?
Aspiró el perfume del metal.
 ― Esta cuchara, por ejemplo, ha pasado recientemente por dos manos. Las de un cocinero y las de un camarero. El cocinero estuvo destripando pescado ― olfateó con mas cuidado el cubierto ―. Arenque para ser mas preciso. Algún inglés en este hotel que no se la podía pasar sin arenque en su desayuno. Luego el camarero no se lavó las manos hoy. De su casa trajo un último olor, el de su hijo más pequeño, que todavía mama. Huele a leche materna. Y uno de ese par estuvo con una mujer que usa almizcle muy fuerte para perfumarse.
Dejó la cuchara sobre la colcha. Aplaudí sin ganas.
― Enhorabuena. Deberías trabajar en un circo. Dicen que Hanussen comenzó en un circo.
Mi hermano sacudió la cabeza.
― Te agradezco que me busques empleo, pero no quiero imitar a Hanussen. Mira como acabó.
― ¿Le mataste tu?― era una pregunta que nunca me había atrevido a hacerle. Davide había sostenido una larga, no sé si llamarla amistad, con el famoso clarividente antes de la misteriosa muerte de éste.

Erik Jan Hanussen hipnotizando a una mujer.

― ¿Eso te intriga verdad? ― Su risa era tibia y falsa ― ¿Se lo has preguntado a Su Majestad que todo lo sabe?
― Tres veces.
― ¿Y que te respondió?
― Que hay muchas maneras de matar.
― Típica respuesta de nuestro padre. ¿Tienes tabaco?
Fumo pipa como mi padre, pero al hacerme el equipaje, Mutti incluyó un par de cajetillas de los mejores cigarrillos egipcios.
― Son los que fuma tu hermano ― dijo con ternura. Y volví a sentir celos infantiles, porque aunque no lo haya parido, mi madre siente a Davide como suyo desde ese día en Miramar que le rescató del Adriático tal como la hija del Faraón salvase a Moisés de las aguas del Nilo.
Le arrojé la cajetilla a Davide y le cayó en el pecho. La tomó y la olió.
― ¿Todavía sientes esos celos ridículos, hermanito?
El olfato de Davide también le permitía reconocer emociones en otros. Hubiese querido golpearlo. En el pasado lo había hecho. Ahora no, ya sabía que no serviría de nada.
― ¿Como te gustaría poder ir donde Bityah y decirle que soy un asesino, verdad?― dijo en tono burlón.
De niño, Davide también llamaba Mutti a mi madre. Muchos golpes y patadas de mi parte consiguieron hacerle entender que Mutti era mía, pero nunca llegó a llamarla Paula, o Frau Grafin como hacían los otros. La llamaba Bityah que es como la Biblia denomina a la Hija del Faraón.
― ¿Mataste a Hanussen? ― pregunté con voz sorda. A veces sentía que odiaba a Davide.
― Estuve con Hanussen un poco antes de su muerte ― encendió el cigarrillo ― pero le mató la Gestapo. El muy maldito sabía cosas. No les convenía tenerlo vivo.
― Tú también sabes cosas. ¿No temes que a alguien tampoco le convenga que sigas vivo?
― Hay una diferencia con Hanussen y yo ― la voz de mi hermano ya no era burlona ―. El era humano. Yo no.
― Eres mitad humano ― le corregí ―. Y que yo sepa no eres irrompible. Hasta a ti el Ángel de la Muerte vendrá a buscarte.
― Falta mucho para eso. Y antes yo sabré protegerme.
Era cierto, no era fácil matarnos. Éramos casi indestructibles. Más fuertes que la mayoría de los licántropos. Éramos príncipes Shedim, herederos de un reino subterráneo, hijos de un mal llamado demonio y nietos de un ángel caído.
Aburrido de la conversación, Davide retornó a su carta. La última. La que leyó con una gran y genuina sonrisa.
― Es de Delarah ― dijo al terminarla ― .Dice que pasará el invierno en Andalucía y quiere que vaya a visitarla. Curioso, Senyor Jajám me habló de una conferencia en Barcelona en mayo. Podría aprovechar de bajar al Sur y estar con ella.
― ¿Le mencionaste a Delarah que vendrías a su ciudad?
― Lo mío no era un viaje de placer ― revolvió los ojos ―. Y aunque lo fuera.  Me hubiese encargado visitar a cincuenta tías que me habrían atiborrado de café y dulces pringosos para luego interrogarme y saber si la Luz de sus Ojos deja al banquero y se fuga con el judío.
― ¿Alguna posibilidad de que eso suceda?
— ¡Jasba-ja-lila!
 La expresión en la cara de Davide era impagable. Genuino horror. Si fuera cristiano ya se hubiera santiguado como lo hacía la Nana Benita cuando algo la escandalizaba.
― No sería una mala idea ― continué importunándolo. Mi buen humor había regresado ―. Después de todo te ha visto peludo y en cuatro patas. Ya nada que hagas la puede asustar.
― Se necesita más que eso. Delarah es una buena mujer. Ha sufrido mucho.
Me sorprendió la humanidad que reinaba en sus facciones y la semi ternura que teñía sus palabras. Me miró enojado como si le hubiese espiado orinando.
 ― ¿Cuántas veces tengo que decirte que he de casarme con una sola mujer?
― ¿Y si Urganda no existe? Senyor Jajám dice que puede ser una obsesión tuya que ha tomado forma en tu cerebro y que se manifiesta en tus sueños. Quizás un ideal de mujer.
― Senyor Jajám debería dejar de escribirle a Sigmund sobre mis cosas personales ―. Gruñó Davide.
― En este caso te equivocas. Fue Jung el que le dio la idea. Y Su Majestad dice que Agar fue tu zivug. Que no hay tal Urganda.
― ¡Su Majestad es un guerko mentiroso!― escupió Davide.
La sangre se heló en mis venas. “Guerko” es un término que en Judezmo se usa para denominar a los espíritus malignos. Sin embargo, en el lenguaje de mi hermano no podía haber palabra más insultante.
“Guerko” era el nombre que su madre le había dado a Davide cuando descubrió la razón por la cual él se convertía en lobo a la luz de la luna. Temblé al pensar que diría Su Majestad al enterarse que su hijo le había llamado con tal mal nombre.
Mi hermano no parecía preocuparle la reacción de nuestro padre. Nunca le había perdonado seducir a su madre sin permiso de ella. Lo mismo había hecho Su Majestad con la mía, pero Mutti no se quejaba y le encantaba tener un hijo lobo. Mutti es muy excéntrica.
― Aunque Urganda no fuera mi zivug ― insistió Davide ― existe como la descubridora de las Siete Puertas de María Hebrea.
“Y ahí esta el detalle” pensé. Porque Urganda en sus visitas oníricas no sólo le prometía a Davide que sería feliz junto a ella hasta su último suspiro. Además, le ayudaría a ser dueño de los secretos del mundo. En pocas palabras, le llevaría a develar los misterios que la alquimista María Hebrea había dejado que se perdieran ocultos bajo arcanos códigos.
Desde que Senyor Jajám le había hablado por primera vez de esos libros que mi hermano estaba obsesionado, como muchos otros incautos, con hallarles.
― La codicia rompe el saco ― le decía su tío sacudiendo la cabeza ―.  Conténtate con lo que ya tienes.
 Pero Davide era codicioso. Tal como hay hombres que ansían tesoros, el poder o la gloría, el Dr. Ascarelli codiciaba el conocimiento y para él la llave de todo conocimiento solo se encontraba cruzando las Siete Puertas de María Hebrea.

Estación de la Sirkeci (transpressnz.blogspot.com)


Llegamos a tiempo a la Sirkeci y nos embarcamos en el Simplón-Orient Express rumbo a Venecia. Como era nuestra costumbre, compramos todos los boletos de un vagón. Mejor dicho yo los pagué. Antes de viajar a Turquía sabía que mi hermano estaba quebrado y que había empeñado una cigarrera de oro, regalo de la Principessa D’Asti, para cubrir su pasaje hasta el Levante.
Contrario a los rumores, el Dr. Ascarelli no vivía de las mujeres. Aunque aceptaba regalos caros de sus clientes agradecidos y millonarios con la misma clara conciencia que le permitía atender gratis a sus pacientes pobres.
Davide se había criado leyendo libros de caballería a la par que estudiaba el Talmud, la Torah y textos cabalísticos. De ahí le surgía un concepto de moralidad quijotesco un poco deformado por esa tremenda ambición de saber que le definía.
Vivía de su sueldo de teniente, pero sus gustos más caros los subvencionaba con los ingresos obtenidos en el turf. Davide era un asiduo apostador, sin ser compulsivo. Lo único compulsivo en él eran sus ansias de saber. Había revisado todas las reglas y leyes del judaísmo y ninguna le impedía obtener ganancias del mundo hípico.
Con esa racionalización tan conveniente que excusaba todos sus actos, el Hermano Lobo no consideraba hablar con los caballos antes de la carrera como hacer trampas. Los caballos le informaban sobre sus debilidades y sus fortalezas. Le advertían cuál tenía las mejores posibilidades de ganar, incluso a quién se le había administrado drogas para correr más rápido o más lento, o qué jockey había andado de parranda la noche anterior. Con todos esos datos le era fácil a mi hermano deducir a cual bestia debía apostar.

(123b.images.com)


Ya en el vagón, Davide parecía sentirse mejor. Creo que era el baño y la ropa. Observé que tocaba complacido las solapas y puños de su saco como asegurándose de la calidad del casimir inglés.
 ― ¿Dónde los conseguiste?
― Fui a tu sastre en Venecia. Tenía tus medidas y se apuró en hacerlo.
― ¿Le pagaste? ― preguntó alarmado.
― ¿Qué caballero le paga a su sastre de inmediato?― exclamé escandalizado ―. ¿Quieres que piense que somos advenedizos?
― Ya le pagaré con mi próximo sueldo ― dijo mi hermano un poco triste, pero luego sus ojos se iluminaron. Senyor Jajám dice que su sobrino habla con los ojos.
― Tengo cuatro días de permiso todavía. ¿Qué tal si nos bajamos en Belgrado, hacemos un trasbordo al Arslberg y nos vamos a Suiza? Podemos pasar la luna llena allá. Me apetece una cabra montesa. ¿A ti no?
Los sueños de Davide eran siempre más grandes que su realidad.
― ¿Con qué?― pregunté en tono de aguafiestas ― estoy casi tan quebrado como tú.
― ¿Der Dicke no te paga? Harto que robas para él ― arrugó el entrecejo ―. Estos Nazis son unos tacaños. Por eso se van a joder
Estiró los pies, los colocó en la parte vacía de mi asiento y encendió un cigarrillo. Se quedó observando su encendedor que era de platino con incrustaciones de carey. Un regalo de Delarah.
― Quizás pueda empeñarlo en Belgrado ― musito pensativo ― Y habrá a quien pedirle un préstamo.  
A Davide no le daba empacho pedir prestado. Después de todo, había tanta gente que le debía favores.
― Ya veremos ― dije por no desilusionarlo.
Lo cierto es que debía volver a Berlín. Der Dicke exigía mi presencia. Algún buen motivo tendría que buscar para explicar mi viaje a Estambul.

Mi hermano mandó traer todos los periódicos posibles y se sumergió en ellos para enterarse de lo que se había perdido en sus días de lujuria. Las noticias no eran malas, pero si tediosas. Le vi amodorrarse y comenzar a enroscarse en el asiento. Pensé seguir su ejemplo. Ya nos acercábamos a Sofía. Podíamos echar una siesta. Mis intenciones fueron coartadas por la llegada del portero.
― Disculpe Graf von Karijani, Herr Doktor Ascarelli ― dijo en alemán ― pero hay un caballero aquí que dice que le estáis esperando.
Estaba yo a punto de decir que no esperábamos a nadie, cuando la punta de un bastón apareció por debajo del sobaco del portero. Lo reconocí. Había pertenecido a Talleyrand quien se lo obsequió a Su Majestad durante el Congreso de Viena. Nuestro padre había venido a sermonearnos.
Hice un gesto para que el portero lo dejase pasar y cojeando entró un extraño individuo. Su Majestad es un “diablo cojuelo” como le llamase Le Sage. Los Shedim aun en cuerpo humano conservan sus pies palmípedos que no les permiten caminar como nosotros.
Para sus affaires con humanos, Ashmedai utiliza mi cuerpo. Bueno, lo que él dice será mi cuerpo en treinta años más. Su cabello rojo estaba lleno de canas y había patas de gallo en las esquinas de sus ojos y arrugas en la comisura de sus labios. Me horrorizaba pensar que algún día esa sería la imagen que me devolvería mi espejo.
Apenas vio a Su Majestad, Davide tuvo un gesto infantil. Se cubrió el rostro con los periódicos. Senyor Jajám dice que de pequeño, cada vez que lo visitaba su padre, Davide se escondía en su cama y se tapaba la cabeza con las cobijas como si tuviera miedo. En realidad, era el más profundo de los rechazos.
Su Majestad dio un golpecito con el báculo de Talleyrand en las piernas del Dr. Ascarelli que sin descubrirse las recogió. Yo me corrí en el asiento, dándole espacio a mi lado al Rey de los Shedim, quien cerró la portezuela del vagón.
― Te ves muy bien, Viktor ― me dijo con ese tono entre cariñoso y jocoso que usa para dirigirse a mi.
Estiró el brazo y bajó los periódicos hasta que expusieron los ojos de mi hermano.
― Y tú te ves menos "afiebrado".
Davide no respondió, pero sus ojos centellearon.
Mi padre sacó una abultada cartera de su bolsillo y me estiró algunos billetes.
― Te bajas en Belgrado y trasbordas al Arslberg de regreso a Viena.
Señaló a mi hermano con su dedo.
― Tú seguirás hasta  Trieste. Te reintegras a tu batallón. Aunque falten algunos días para que acabe tu permiso, igual. Ya encontrarás manera de arreglártelas en la luna llena.
Davide se desembozó.
― ¿Es una orden?
Su majestad le ignoró y se volvió hacia mí.
― Debes volver a Viena, Viktor. Der Dicke va a caerles de sorpresa mañana. Una de esas visitas de incógnito.
Mi ánimo decayó como empujado por un precipicio.
― ¿Tan pronto? Ni siquiera he tenido tiempo para inventar una excusa para mi viaje.
― No inventes nada ― me dijo Su Majestad con voz firme ―. Dile toda la verdad. Gavrilo ya me avisó. Los  servicios de Goering ya le han advertido que tu hermano estaba en Estambul. Hasta saben con quien se acostó, como saben que has ido en su busca.
Davide apartó por fin los periódicos y se enderezó en su asiento.
―  Para eso sirve tu precioso nieto. Para venirte con chismes ¿Ahora me espían los Nazis?― preguntó entre indignado y escandalizado.
― ¿Creías que Sepp Brand no mandaría a investigar el nuevo juguete de su esposa? ― preguntó nuestro padre.
― No soy su juguete ― Davide adoptó una expresión que pretendía ser digna pero que le hacia lucir ridículamente joven.
― No serás juguete, pero sí un gran bruto ― escupió mi padre encolerizado ―. Te pones plumas de pavo real, meneas el trasero delante de media Europa y pretendes que los Nazis, que ya se sienten dueños del continente, no se interesen en ti.
Se volvió hacia mí.
― Es una suerte que tu patrón sea tan pragmático. Poco le interesan los supuestos poderes de tu hermano. Pero según Gavrilo, Himmler es medio esotérico. Además la Gestapo sabe que Davide estuvo con Hanussen la noche de su muerte.
― ¿Y qué? Ellos le mataron, yo no ― gruñó Davide ― Además siempre has dicho que Gavrilo iba a matarle de todas maneras.
― Estabas ahí,  eres un testigo molesto y ya sabemos que hacen los Nazis con quien les incomoda.
― No pueden matarme ― alardeó mi hermano con petulancia.
― ¡Imbécil!― Había un tono de despectiva lástima en la voz de mi padre que hasta a mí me golpeó.
 ― Sabrán como si te saben licántropo. Cualquier tratado de brujería les dirá que con una bala de plata se acaba con un hombre-lobo. Pero a ver qué hacen contigo y con tu hermano antes de mataros. Y con otros mas débiles cercanos a ti. Danilo Alcalay será muy sabio, pero físicamente es nada más que un viejo judío y los Nazis no tienen piedad con los viejos judíos. ¿Y Mutti? ¿Crees que los Nazis tendrán miramientos con ella por que es aria?
Davide comenzó a jugar con sus dedos señal de que estaba muy nervioso.
― ¿Qué quieres que haga? ― preguntó con voz seca.
― Irte a Trieste y quedarte allá. Nada de Delarah, ni de la Reina ni de la Principessa. Del ejército a casa de tu tío. Debes mantener un perfil bajo por lo menos hasta Año Nuevo. Los Nazis tendrán otras preocupaciones este verano y quizás para el invierno se hayan olvidado de ti.
― ¿Y si no lo hago?
La soberbia de Davide a veces rayaba en la estupidez.
― ¿Pondrías en peligro a tu gente, y a mi reino? ― preguntó Ashmedai. Hasta a él le escandalizaba la soberbia de su hijo.
 Davide lanzó un mirada displicente por la ventana.
― Creo que exageras.
El brazo de Ashmedai se estiró de una manera que nunca mi brazo podría imitar, pasó por sobre mi cabeza como una liana y apoyó la palma contra la ventanilla. Asustado, Davide volteó la cabeza. La mano se alzó abierta en frente de su rostro muy cercana a su tercer ojo.
― Entonces soy un guerko exagerado ― Ashmedai se río al ver la medrosa mirada de su hijo ―. Llámame como quieras, pero este guerko puede con sólo apretar mi palma contra tu frente dejarte tan desnudo de conocimientos como si fueras un recién nacido.
Davide oprimió su cabeza contra el respaldo, intentando alejarse de la mano paterna.
― ¿Lo harías? ― Su voz temblaba.
― Si Jakadosh Baruj Ju me lo ordena, sí.
― ¿Porque habría de pedírtelo?― un leve tono desafiante reapareció en la voz de mi hermano, pero sus ojos todavía expresaban temor ― .Jakadosh Baruj Ju sabe que no tiene mejor siervo que yo.
Esas palabras causaron tal ataque de risa en Su Majestad que se le encogió el brazo.
― Al Todopoderoso no se le sirve ni se le adora con soberbia, sino con humildad. Y poner en peligro los secretos de un mundo que El tanto se esmera en salvaguardar no es manera de servirle.
Ashmedai capturado por ordenes del Rey Salomón (artvalue.com)

― Yo sólo ambiciono poseer los secretos del saber. ¿Acaso Schlomo-ja-melej no lo consiguió? ¿Por qué yo no?
― A Salomón le saqué del trono de una patada en el culo ― se rió Ashmedai ―. Y otro tanto haré contigo si sigues empeñado en dañar a quienes amo, y eso te incluye a ti. Eres igualito a tu abuelo Azael. Si no te cuidamos, terminarás como él, suspendido entre el cielo y la tierra. Alguien tiene que defenderte de ti mismo.
Esa profesión de cariño paterno tan desacostumbrada desarmó a Davide. Como decía Mutti, mi hermano parecía estar sediento de saber, pero en realidad estaba hambriento de cariño.
Hubo un breve silencio que Ashmedai asumió era una declaración de derrota.
― ¿Entonces harás lo que te pido?
― Sí ― murmuró Davide en una voz casi inaudible.
― ¿Puedo contar con tu palabra de Príncipe Shedim?― insistió Su Majestad.
Davide asintió con la cabeza. Dándose por satisfecho, Ashmedai se alzó de su asiento. Al llegar a la puerta recordó algo.
― Ya sé que a Danilo Alcalay le hace mucha ilusión asistir a ese congreso médico en España y que quiere que le acompañes. Sería preferible que no fueras.
― ¿Esa también es una orden?― preguntó mi hermano exasperado.
― No, solamente un aviso. Te gusta hacerte la víctima y decir que tu vida ha sido una serie de malos momentos, pero te lo advierto. Vas a España y ahí probaras por primera vez la hiel de la infelicidad.
Nos barrió con su mirada.
― Habéis de saber ambos, que la infelicidad únicamente se conoce tras probar la felicidad. Si vas a España, Davide, encontrarás una gran felicidad, pero que durará poco.
Una sonrisa irónica torció la boca de mi hermano.
― Si es así, entonces prefiero tentar mi suerte.
― Amen ― dijo Ashmedai y tras lanzar a su hijo mayor una sonrisa igual de irónica, se marchó cojeando por el pasillo. El tren se detuvo. Estábamos en Sofía y ahí se apeaba Su Majestad.

Durante el resto del viaje, mi hermano casi no habló. Ni siquiera tocó su cena y esa noche le sentí revolverse en su litera. David era arrogante y detestaba que torciesen su voluntad, pero también era lo suficientemente sabio para saber quien era el Señor del Mundo y le había dolido que mi padre dijese que no sabía servir a su Dios.
En mi hermano siempre habían luchado sus ansias de conocimiento con el respeto que le debía a Nuestro Señor. A veces me daba lástima. Yo no sufría de esos problemas. Creía en el arrepentimiento final y no dejaba que mis pecados me quitasen el sueño. A diferencia de mi hermano, en mi vida lo sagrado tenía su espacio y lo divino otro.  No era así con Davide que no conocía de soluciones fáciles. Esa religión suya exigía que lo divino siempre guiase a lo terreno.
En Belgrado separamos nuestros caminos casi sin hablarnos. La advertencia de Su Majestad de que los ojos de la Gestapo estaban sobre nosotros nos cohibió hasta el punto de que no nos abrazamos al despedirnos.

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