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| La única inspiración posible para Viktor von Karijani (y para Ashmedai) |
Parte III: Los hijos de Ashmedai.
17. El Hermano Lobo
Estambul,
Abril de 1934
La
dirección que buscaba no quedaba lejos de Tepebasi. Todo era cuestión de bajar
la colina hasta una calle de nombre extraño. Algo con fresas de árbol. ¿Acaso
las fresas no crecen en matorrales? No era hora de desafiar la lógica turca.
El
burdel estaba en un viejo caserón. De esos que se construyeron en el siglo
pasado en la capital otomana, en un esfuerzo por volverla ciudad europea. No
era un mal barrio, por lo que deduje que debía ser lugar exclusivo para clientela
selecta. Estaba bastante alejado de las casas de latrocinio de Karakoy, que yo
frecuentaba. ¿Cómo mi Hermano Lobo se había enterado de su existencia? Ya habría
tiempo de preguntarle.
La
puerta del lupanar me la abrió una mujer de edad mediana, despeinada, mal
envuelta en un caftán a rayas, y más pálida que un vampiro. Le hablé en francés.
Mi experiencia me ha enseñado que las putas de todo el mundo hablan el idioma
galo.
Me hizo
pasar apresuradamente, como si temiera que la luz del sol la volviera cenizas. Cruzamos
un salón oscuro, subimos unas escalinatas y me abandonó en un lóbrego pasillo señalándome
con un gesto mudo la puerta final.
Tenía órdenes
del Hermano Lobo de ir precisamente ese día y a esa hora a rescatarle por lo
que no me molesté en golpear. Debía estarme esperando.
Al
abrir la puerta me azotó la cara un ramalazo de ese olor acre a fluidos de hembra
y varón entremezclados. Un olor que no nos molesta en el calor de la refriega,
pero que al terminar nos irrita, y quizás aumenta esa tristeza post-coital que
nos aflige a los hombres.
En la cama
había un lío de miembros y cobijas que mal tapaban a una mujer alta y blanca. Bajo
ella, divisé las largas piernas de mi hermano, también blancas cubiertas de un
vello castaño que es más claro en su cuerpo que en su rostro y cabeza.
Dejé
caer la palma de mi mano sobre su pantorrilla. El chasquido no lo despertó por
completo, sólo lo hizo sacudir la pierna como quien espanta un mosquito. Al
parecer, la batalla había sido agotadora.
Quien
si se despertó fue la mujer que, con una interjección en un idioma desconocido,
se levantó y, aquejada de una súbita pruderie,
se envolvió en la cobija. Yendo más allá en su decoro lanzó una sábana sobre mi
hermano.
Me
causó risa. Cómo si yo no hubiese visto
putas en tres continentes, y al Hermano Lobo le conocía de pequeño. Mutti y La Tata Benita solían bañarnos juntos
cuando éramos niños. Todavía recordaba la algazara de esas sesiones en esa bañera
antigua, con patas de león hechas en bronce, en la que sosteníamos competencias
de quien se pateaba más fuerte.
Volví a
sacudir al durmiente.
― Hermano
Lobo, despiértate.
No sé
porque escogí el español, de los seis idiomas que hablo, para comunicarme. Quizás
porque partí de la base de que una prostituta turca no lo hablaría o porque es
un idioma que aunque mi hermano domine también detesta. Lo aprendió obligado
por los caprichos panibéricos de Senyor
Jajám quien sueña con regresar a Sefarad.
Esta
vez mi voz surtió efecto. El Hermano Lobo sacó la cabeza de debajo de la
almohada y preguntó mirándome con ojos vidriosos.
― ¿Eres
tu Viktor? ¿Ya es hora?
Su
compañera de escarceos tuvo bastante con nuestra charla y se escabulló, dejando
la puerta entreabierta. Ya despierto, mi hermano mayor saltó de la cama y comenzó
a vestirse con rapidez como si tuviera prisa por salir del tugurio.
Su ropa
lucía arrugada y polvorienta. Lo normal puesto que, tras sobrevivir un viaje en
el Oriente Express habría estado tirada en un rincón por... ¿tres, cuatro días?
¿Cuánto había durado esta crisis? En una ocasión, poco después de la muerte de
su esposa, Davide tuvo una que duró una semana completa. Era de maravilla, ni
yo tenía ese aguante. Siete días en una cama, pero, después de eso, mi hermano
podía estarse un año sin tocar una mujer.
Ya Davide
estaba vestido. Sacó su cartera del bolsillo, la revisó y extrajo algunos
billetes que colocó en una bandejita de plata que estaba para ese propósito
sobre la mesita de noche. Lo pensó y, antes de guardar la cartera, colocó otro
billete en el plato.
― Was she that good ?― le pregunté en
inglés cuando ya estábamos en el pasillo ― ¿Qué te hizo?
Davide
caminaba delante de mí, guiándome como Virgilio a Dante o quizás como Lot
huyendo de Sodoma, porque nunca volteó a mirar lo que dejaba atrás, temeroso de
convertirse en estatua de sal. Hasta su respuesta fue proyectada hacia delante.
― ¿No la viste? Era altísima. Por una vez no tuve
que hacer ninguna contorsión. No sabes lo bien que se siente poder besar a una
mujer en la boca cuando la estás follando.
Sí lo
sé, porque al metro ochenta y dos de estatura no me considero bajo, pero Davide
mide diez centímetros más que yo y eso pesa cuando se hacen cosas
horizontalmente.
― Pues cásate
con una giganta y santo remedio ― dije mientras descendíamos la escalera.
Salón y
vestíbulo estaban desiertos. Por la mañana, las putas suelen volverse tímidas, rehúyen
la cercanía del macho y se encierran en un mundo femenino donde puedan andar
desarrapadas y sin pintarse. Ese es su derecho. Se lo han ganado.
― Mi mujer
― dijo mi hermano, cruzando el vestíbulo a grandes zancadas ―. Mi mujer es muy pequeña.
Hora de
lanzar mi primer suspiro del día. El Hermano Lobo seguía en esa vena mística en
la que creía conocer a la desconocida con la que los ángeles le habían
preparado boda, aun antes de ambos nacer.
Incluso
Senyor Jajám que nos había contado
esa leyenda talmúdica, insistía en que su sobrino debía olvidarse de quimeras y
buscarse una esposa adecuada a sus necesidades. Pero si hay alguien más terco
que un pollino en este mundo es mi hermano mayor. El insistía en que su zivug, su futura esposa, se le aparecía
en sueños.
― Volví
a soñar con ella, Hermano Segundo ― me dijo una vez que estábamos en la calle.
Señaló
el edificio que acabamos de abandonar.
― Hasta allá adentro, ella me persigue.
Afuera
nos encontró un aguacero y un cielo gris de abril. Llevaba un paraguas, pero
Davide no se guareció bajo el, prefiriendo caminar bajo las lluvia dejando que
el agua corriese por su pelo hasta alisar las ondas y resbalar por su cuello.
El ama la lluvia, la nieve, el frío. Sería feliz en Alaska.
A pesar
del clima, insistió en que caminásemos colina arriba hacia el “Pera Palas”
donde yo había tomado una suite doble.
― ¿Tiene
una bañera grande? ― preguntó ―. Quiero quitarme este tufo. Espero que me hayas
traído una muda de ropa.
― ¿No
lo hago siempre? ― suspiré.
Con mi hermano toda conversación desemboca en
incoherencia por lo que me obliga a suspirar mucho. Esto de andar de nodriza de
un hombre tan grande, yendo a buscarle a burdeles por toda Europa me cansaba,
aunque fuese una vez al año. Prefería mis otros trabajos, quizás tan indignos
como éste tales como el pintar frescos en las paredes de prostíbulos, robar
joyas o hacer listas de obras de arte para futuros ladrones como lo eran los
Nazis.
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| Estambul en los 30's (presseaporter.com) |
Davide sufría
de estas crisis desde los quince años. Yo nunca las pasé, quizás porque conocí
mujer antes que mi Hermano Lobo. Pero Davide, a los quince años, era un estudioso
del Talmud, condenado por su demente madre a ser rabino como su tío, su abuelo
y su padre putativo. Un hombre criado para cuidar su espíritu y postergar sus
necesidades físicas por lo que estas calenturas resultaban bastante incómodas
por no llamarlas totalmente indecentes.
Ante la
primera crisis, Senyor Jajam había reaccionado
como médico. Le había administrado a su sobrino purgas y pociones. Le había
encerrado como se hacía con los locos. Y tras consultar todos sus textos médicos,
en lenguas vivas y muertas, le escribió a su amigo Sigmund en Viena pidiéndole
consejo.
Freud
le respondió con un largo legajo donde habló de libido precoz y otras paparruchadas
que en nada resolvieron la situación. Tuvo que intervenir Su Majestad que, con
su lógica de demonio, le recordó a Senyor
Jajam que Davide no era totalmente humano y que esas fiebres correspondían
a un estado de celo animal.
Aun así,
el Dr. Alcalay, a quien todos, hasta sus hijas, llamábamos Senyor Jajam, no lo encontró justo. El creía que lo humano en
Davide podría conquistar su lado animal. Davide lo intentó, pero dos años más
tarde Senyor Jajám lo sorprendió
encamado en Trieste con una tal Agar Pontecorvo, jefa de la sección femenina
local del Partido Fascista.
Senyor Jajám se dio por vencido y tomó lo que consideró
la decisión más práctica. Los casó, a pesar de que Agar era viuda y diez años mayor
que su juvenil marido.
Nunca supimos
si hubiesen sido felices para siempre, puesto que Agar murió de un infarto tres
meses después de su boda. Un año mas tarde, Davide quien le había guardado luto
y fidelidad absoluta tanto física como emocional, volvió a sufrir de esa "fiebre"
como la llamaba delicadamente su tío. Efectivamente, a Davide le subía la temperatura,
tiritaba y deliraba como enfermo de paludismo, pero además se volvía irritable,
irracional y violento.
― Ya
basta ― dijo Senyor Jajám ―. Vístete
con ropas que no sean las tuyas, vete a un lugar donde no conozcan tu nombre y
peca a tu regalado gusto. Luego puedes regresar.
De esa
manera, y con licencia de Senyor Jajám,
que aparte de su tío era su rabino guía, Davide estableció un ritual.
Todos
los años cuando sentía la crisis aproximarse compraba un pasaje con destino
exótico y luego iba a ese lugar a encerrarse en un lupanar. Tras lo cual
regresaba a su vida normal como si nada hubiese pasado. Así le había tenido yo
que ir a buscar a prostíbulos de Yokohama, New York y El Cairo, entre otros. Desde
la muerte de Agar, mi hermano sólo tenía contacto carnal con mujeres públicas.
La fiebre
se convirtió en un ritual más en su vida como la metamorfosis que ambos sufríamos
con la primera luna llena. Era algo que sucedía una vez al año, y Davide la
aprendió a tolerar como soportaba su licantropía. Para nada le impedía llevar
una vida normal: estudiar medicina, ingresar al ejército, ser miembro
reconocido del Partido Fascista, incluso alternar con la aristocracia y la
realeza.
Para Senyor Jajám sólo le faltaba a su
sobrino una cosa para ser totalmente, o al menos, parecer normal. Pero aunque
insistía e insistía en que Davide debía tomar estado nuevamente y formar una
familia, su sobrino se negaba.
Al
principio, decía que no quería volver a sufrir. Cuando me llegó mi turno de
enviudar comprendí que había algo de verdad en sus palabras. Yo mismo me había
jurado no volver a casarme, pero a diferencia de mi hermano, mi vida sexual no
estaba circunscrita a celos ni a ciclos anuales.
Además,
pronto Davide salió con otra de sus chifladuras. Según él, su futura esposa se
le aparecía en sueños, por lo tanto parte de su búsqueda vital sería encontrar
a esta individua a quien Senyor Jajám
y yo apodábamos burlonamente “Urganda, la desconocida".
Pero un
día Senyor Jajám perdió la paciencia
y declaró que Davide podía buscar a Urganda en la tierra, Marte o el reino subterráneo
de los Shedim donde regía nuestro padre Ashmedai, pero que su sobrino jamás
sería rabino. Creo que, en el fondo, a Davide no le dolió ese dictamen. Ya tenía
otros intereses en mente.
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| Vestíbulo del Pera Palas hoy (esdreams.com) |
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| Vestíbulo del Pera Palas en los3 0's(lamaisonazure.blc) |
No alcanzábamos
a cruzar la puerta giratoria del Pera Palace, y ya mi antisocial hermano volaba
por los escalones flanqueados de columnas de mármol verde en busca de un
ascensor o escalera que le llevara a la suite. Me quedé abajo en el mesón
revisando el correo. Nada grave. Un telegrama de Mutti recordándome que debía llamar a Der Dicke, mi patrón en Berlín. Otro de Senyor Jajám pidiéndome le avisara nuestra llegada y algún correo
para Davide que el Dr. Alcalay nos enviaba para que su sobrino revisase durante
su viaje.
Nada había
llegado directamente para Davide. Nadie debía saber que el Dr. Ascarelli estaba
en Turquía. Nadie, ni siquiera sus superiores en el batallón Regina Elena en el cual servía como
miembro del Corpo Sanitario.
Inclusive cuando comenté, durante el camino, que podíamos almorzar en Estambul.
Davide fue categórico en su respuesta:
― Preferiría
que nos marcháramos cuanto antes. No quiero tropezarme con alguno de mis primos
Galante.
Curioso
que este año, Davide hubiese decidido viajar a Turquía donde todavía quedaban
parientes de su abuela materna Blanca Nieves Galante, quienes podían
reconocerle pero quizás se le estaban agotando ciudades donde quitarse las
" fiebres" y donde fuese anónimo.
Ordené
que nos llevaran el desayuno a la suite y subí para encontrarme a mi hermano en
el baño, sumergido en bañera ovalada no lo suficientemente grande para
abarcarlo por completo. Sus piernas
sobresalían del agua, y su pie derecho descansaba en la cerámica veteada de la
pared.
― Ya
traen el desayuno ― le dije ― ¿quieres café?
― Cuando
llegue, sírveme una taza y déjala entibiar ― ordenó.
Mi
hermano no soporta los líquidos calientes.
Apenas
dichas estas palabras, se zambulló desde la raíz del pelo hasta las pantorrillas
en el agua. Estuvo así casi un minuto y volvió a la superficie. Era un gesto
litúrgico como el que se hacía en un baño de purificación. Más tarde lo repetiría
en el baño ritual en el mikvah de
Trieste.
Hubiese
podido hacerlo en aquí. Estambul estaba llena de sinagogas, incluyendo la nueva
Kal de Los Francos construida por la comunidad italiana de la ciudad, pero Davide
estaba de incógnito. Aparte de bañarse y beberse un café, no tenía ni quería
hacer mucho en Estambul.
Volví
al cuarto. Estaban golpeando la puerta. El desayuno había llegado. Hice que lo
colocaran en una mesita cerca de la ventana. Era una combinación de desayuno
continental y levantino con un excelente café turco, mermeladas, miel, yogurt y
una cesta llena de panecillos extraídos de las mejores panaderías de Estambul.
Tomé
uno redondo que me recordaba a los bagels
que había probado en Nueva York, le puse mantequilla y miel. Lo estaba comiendo,
mientras admiraba la vista del Bósforo desde la ventana, cuando el Hermano Lobo
apareció envuelto de la cintura hasta los pies en una gran toalla blanca.
Se sentó
en la cama y bebió el café que para entonces había adquirido la temperatura
adecuada. Puso un pie en la cama y lo observó con ojo clínico.
― Es
increíble como crecen las uñas en un par de días. ¿Tienes las manos limpias?―
preguntó ―. Quisiera que me las cortaras.
De mi
equipaje saqué un cortaúñas y cumplí el deseo de mi hermano. No me rebajaba. No
era una orden caprichosa. A los hombres altos a veces nos es difícil llegar a
nuestros pies.
En
otras ocasiones ya le había cortado las uñas a mi hermano y él lo había hecho
por mi. También nos habíamos rasurado mutuamente, especialmente nuestras cejas
que como le ocurre a todo licántropo, insistían en juntarse en medio de nuestra
frente.
― Estas
son cosas que un hombre solo puede solicitar de un hermano ― decía.
Terminé
de cortarle las uñas y recogí los restos con mucho cuidado. Davide tenía un
terror supersticioso a dejar tras de él una parte física de si, fueran cabellos
en un peine o restos de uñas.
Junté los
trozos de uñas con el lío de ropa vieja que mi hermano había vestido al llegar
a Estambul. Mas adelante, él buscaría un incinerador o un cesto de basura público
y los arrojaría, alejándose luego sin mirar para atrás. Como hacen los judíos
con las vestiduras que han llevado durante un período de luto.
Cuando volví
al cuarto, el Hermano Lobo estaba leyendo su correspondencia. Lo hacía velozmente,
sin decir palabra, sólo su expresión facial me contaba el contenido de esas
cartas. Una fruncida de ceño, un gesto de tedio, una sonrisa vaga, pero todas
las cartas tenían el mismo destino, las rompía en muchos cachos y las arrojaba
luego al inodoro. Ya lo dije, Davide odiaba dejar olvidados restos de su
intimidad. Ni yo que soy ladrón profesional tomaba tantas precauciones.
― ¿Algo
importante?― pregunté.
― Nada.
La Principessa me invita a una conferencia de enfermeras en Roma y a un bazar
de caridad. Dice que Sus Majestades estarán presentes. Pero no sé…
― ¿No
conviene a tus planes?
― Hace
un año que me vienen prometiendo una cátedra en Padua ― mi hermano comenzó a revisar
el cesto de panes. ― Pero estas conferencias no me sirven.
Lancé
un silbido.
― ¿Una
cátedra? Davide esas se las dan a los viejos sabios. No tienes ni treinta años
aun.
La ambición de Davide asustaba porque no
conocía límites. Bien lo decía Su Majestad ― Nunca he tenido un hijo así, tan
desmesurado. ¿Será un castigo divino?
Mi
hermano hizo un gesto aburrido.
― ¿Y? No fui yo el de la idea. Se le ocurrió a
Adelina D’Asti. Dijo que un hombre de mi talento debía compartirlo.
― ¿Qué
talento? ¿Qué te crecen los colmillos con la primera luna llena? ¿Qué puedes
encontrar mascotas perdidas? ¿Qué de solo tocar objetos puedes saber la
historia de sus dueños?
― Creo
que se refería a mi sapiencia médica ― Tomó una cuchara de la bandeja ―. Aunque
mi olfato si la impresiona. ¿No te impresiona a ti?
Aspiró
el perfume del metal.
― Esta cuchara, por ejemplo, ha pasado
recientemente por dos manos. Las de un cocinero y las de un camarero. El
cocinero estuvo destripando pescado ― olfateó con mas cuidado el cubierto ―. Arenque
para ser mas preciso. Algún inglés en este hotel que no se la podía pasar sin
arenque en su desayuno. Luego el camarero no se lavó las manos hoy. De su casa
trajo un último olor, el de su hijo más pequeño, que todavía mama. Huele a
leche materna. Y uno de ese par estuvo con una mujer que usa almizcle muy
fuerte para perfumarse.
Dejó la
cuchara sobre la colcha. Aplaudí sin ganas.
―
Enhorabuena. Deberías trabajar en un circo. Dicen que Hanussen comenzó en un circo.
Mi
hermano sacudió la cabeza.
― Te
agradezco que me busques empleo, pero no quiero imitar a Hanussen. Mira como acabó.
― ¿Le
mataste tu?― era una pregunta que nunca me había atrevido a hacerle. Davide
había sostenido una larga, no sé si llamarla amistad, con el famoso clarividente
antes de la misteriosa muerte de éste.
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| Erik Jan Hanussen hipnotizando a una mujer. |
― ¿Eso
te intriga verdad? ― Su risa era tibia y falsa ― ¿Se lo has preguntado a Su
Majestad que todo lo sabe?
― Tres veces.
― ¿Y
que te respondió?
― Que
hay muchas maneras de matar.
― Típica
respuesta de nuestro padre. ¿Tienes tabaco?
Fumo
pipa como mi padre, pero al hacerme el equipaje, Mutti incluyó un par de cajetillas de los mejores cigarrillos egipcios.
― Son
los que fuma tu hermano ― dijo con ternura. Y volví a sentir celos infantiles,
porque aunque no lo haya parido, mi madre siente a Davide como suyo desde ese
día en Miramar que le rescató del Adriático tal como la hija del Faraón salvase
a Moisés de las aguas del Nilo.
Le
arrojé la cajetilla a Davide y le cayó en el pecho. La tomó y la olió.
― ¿Todavía
sientes esos celos ridículos, hermanito?
El
olfato de Davide también le permitía reconocer emociones en otros. Hubiese
querido golpearlo. En el pasado lo había hecho. Ahora no, ya sabía que no
serviría de nada.
― ¿Como
te gustaría poder ir donde Bityah y decirle que soy un asesino, verdad?― dijo
en tono burlón.
De
niño, Davide también llamaba Mutti a
mi madre. Muchos golpes y patadas de mi parte consiguieron hacerle entender que
Mutti era mía, pero nunca llegó a
llamarla Paula, o Frau Grafin como hacían
los otros. La llamaba Bityah que es como la Biblia denomina a la Hija del
Faraón.
― ¿Mataste
a Hanussen? ― pregunté con voz sorda. A veces sentía que odiaba a Davide.
― Estuve
con Hanussen un poco antes de su muerte ― encendió el cigarrillo ― pero le mató
la Gestapo. El muy maldito sabía cosas. No les convenía tenerlo vivo.
― Tú
también sabes cosas. ¿No temes que a alguien tampoco le convenga que sigas
vivo?
― Hay
una diferencia con Hanussen y yo ― la voz de mi hermano ya no era burlona ―. El
era humano. Yo no.
― Eres
mitad humano ― le corregí ―. Y que yo sepa no eres irrompible. Hasta a ti el Ángel
de la Muerte vendrá a buscarte.
― Falta
mucho para eso. Y antes yo sabré protegerme.
Era
cierto, no era fácil matarnos. Éramos casi indestructibles. Más fuertes que la mayoría
de los licántropos. Éramos príncipes Shedim, herederos de un reino subterráneo,
hijos de un mal llamado demonio y nietos de un ángel caído.
Aburrido
de la conversación, Davide retornó a su carta. La última. La que leyó con una
gran y genuina sonrisa.
― Es de
Delarah ― dijo al terminarla ― .Dice que pasará el invierno en Andalucía y
quiere que vaya a visitarla. Curioso, Senyor
Jajám me habló de una conferencia en Barcelona en mayo. Podría aprovechar
de bajar al Sur y estar con ella.
― ¿Le
mencionaste a Delarah que vendrías a su ciudad?
― Lo
mío no era un viaje de placer ― revolvió los ojos ―. Y aunque lo fuera. Me hubiese encargado visitar a cincuenta tías
que me habrían atiborrado de café y dulces pringosos para luego interrogarme y
saber si la Luz de sus Ojos deja al banquero y se fuga con el judío.
― ¿Alguna
posibilidad de que eso suceda?
— ¡Jasba-ja-lila!
La expresión en la cara de Davide era impagable.
Genuino horror. Si fuera cristiano ya se hubiera santiguado como lo hacía la
Nana Benita cuando algo la escandalizaba.
― No
sería una mala idea ― continué importunándolo. Mi buen humor había regresado ―.
Después de todo te ha visto peludo y en cuatro patas. Ya nada que hagas la
puede asustar.
― Se
necesita más que eso. Delarah es una buena mujer. Ha sufrido mucho.
Me sorprendió
la humanidad que reinaba en sus facciones y la semi ternura que teñía sus
palabras. Me miró enojado como si le hubiese espiado orinando.
― ¿Cuántas veces tengo que decirte que he de
casarme con una sola mujer?
― ¿Y si
Urganda no existe? Senyor Jajám dice
que puede ser una obsesión tuya que ha tomado forma en tu cerebro y que se
manifiesta en tus sueños. Quizás un ideal de mujer.
― Senyor Jajám debería dejar de escribirle
a Sigmund sobre mis cosas personales ―. Gruñó Davide.
― En
este caso te equivocas. Fue Jung el que le dio la idea. Y Su Majestad dice que
Agar fue tu zivug. Que no hay tal
Urganda.
― ¡Su
Majestad es un guerko mentiroso!―
escupió Davide.
La
sangre se heló en mis venas. “Guerko” es un término que en Judezmo se usa para
denominar a los espíritus malignos. Sin embargo, en el lenguaje de mi hermano
no podía haber palabra más insultante.
“Guerko”
era el nombre que su madre le había dado a Davide cuando descubrió la razón por
la cual él se convertía en lobo a la luz de la luna. Temblé al pensar que diría
Su Majestad al enterarse que su hijo le había llamado con tal mal nombre.
Mi
hermano no parecía preocuparle la reacción de nuestro padre. Nunca le había
perdonado seducir a su madre sin permiso de ella. Lo mismo había hecho Su
Majestad con la mía, pero Mutti no se
quejaba y le encantaba tener un hijo lobo. Mutti
es muy excéntrica.
―
Aunque Urganda no fuera mi zivug ―
insistió Davide ― existe como la descubridora de las Siete Puertas de María
Hebrea.
“Y ahí
esta el detalle” pensé. Porque Urganda en sus visitas oníricas no sólo le
prometía a Davide que sería feliz junto a ella hasta su último suspiro. Además,
le ayudaría a ser dueño de los secretos del mundo. En pocas palabras, le
llevaría a develar los misterios que la alquimista María Hebrea había dejado
que se perdieran ocultos bajo arcanos códigos.
Desde que
Senyor Jajám le había hablado por
primera vez de esos libros que mi hermano estaba obsesionado, como muchos otros
incautos, con hallarles.
― La
codicia rompe el saco ― le decía su tío sacudiendo la cabeza ―. Conténtate con lo que ya tienes.
Pero Davide era codicioso. Tal como hay
hombres que ansían tesoros, el poder o la gloría, el Dr. Ascarelli codiciaba el
conocimiento y para él la llave de todo conocimiento solo se encontraba
cruzando las Siete Puertas de María Hebrea.
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| Estación de la Sirkeci (transpressnz.blogspot.com) |
Llegamos
a tiempo a la Sirkeci y nos embarcamos en el Simplón-Orient Express rumbo a
Venecia. Como era nuestra costumbre, compramos todos los boletos de un vagón. Mejor
dicho yo los pagué. Antes de viajar a Turquía sabía que mi hermano estaba
quebrado y que había empeñado una cigarrera de oro, regalo de la Principessa
D’Asti, para cubrir su pasaje hasta el Levante.
Contrario
a los rumores, el Dr. Ascarelli no vivía de las mujeres. Aunque aceptaba
regalos caros de sus clientes agradecidos y millonarios con la misma clara conciencia
que le permitía atender gratis a sus pacientes pobres.
Davide
se había criado leyendo libros de caballería a la par que estudiaba el Talmud,
la Torah y textos cabalísticos. De ahí le surgía un concepto de moralidad quijotesco
un poco deformado por esa tremenda ambición de saber que le definía.
Vivía
de su sueldo de teniente, pero sus gustos más caros los subvencionaba con los
ingresos obtenidos en el turf. Davide
era un asiduo apostador, sin ser compulsivo. Lo único compulsivo en él eran sus
ansias de saber. Había revisado todas las reglas y leyes del judaísmo y ninguna
le impedía obtener ganancias del mundo hípico.
Con esa
racionalización tan conveniente que excusaba todos sus actos, el Hermano Lobo
no consideraba hablar con los caballos antes de la carrera como hacer trampas. Los
caballos le informaban sobre sus debilidades y sus fortalezas. Le advertían cuál
tenía las mejores posibilidades de ganar, incluso a quién se le había administrado
drogas para correr más rápido o más lento, o qué jockey había andado de
parranda la noche anterior. Con todos esos datos le era fácil a mi hermano
deducir a cual bestia debía apostar.
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| (123b.images.com) |
Ya en
el vagón, Davide parecía sentirse mejor. Creo que era el baño y la ropa.
Observé que tocaba complacido las solapas y puños de su saco como asegurándose
de la calidad del casimir inglés.
― ¿Dónde los conseguiste?
― Fui a
tu sastre en Venecia. Tenía tus medidas y se apuró en hacerlo.
― ¿Le
pagaste? ― preguntó alarmado.
― ¿Qué
caballero le paga a su sastre de inmediato?― exclamé escandalizado ―. ¿Quieres
que piense que somos advenedizos?
― Ya le
pagaré con mi próximo sueldo ― dijo mi hermano un poco triste, pero luego sus
ojos se iluminaron. Senyor Jajám dice
que su sobrino habla con los ojos.
― Tengo
cuatro días de permiso todavía. ¿Qué tal si nos bajamos en Belgrado, hacemos un
trasbordo al Arslberg y nos vamos a Suiza? Podemos pasar la luna llena allá. Me
apetece una cabra montesa. ¿A ti no?
Los
sueños de Davide eran siempre más grandes que su realidad.
― ¿Con qué?―
pregunté en tono de aguafiestas ― estoy casi tan quebrado como tú.
― ¿Der Dicke no te paga? Harto que robas
para él ― arrugó el entrecejo ―. Estos Nazis son unos tacaños. Por eso se van a
joder
Estiró
los pies, los colocó en la parte vacía de mi asiento y encendió un cigarrillo. Se
quedó observando su encendedor que era de platino con incrustaciones de carey. Un
regalo de Delarah.
― Quizás
pueda empeñarlo en Belgrado ― musito pensativo ― Y habrá a quien pedirle un préstamo.
A
Davide no le daba empacho pedir prestado. Después de todo, había tanta gente
que le debía favores.
― Ya veremos
― dije por no desilusionarlo.
Lo
cierto es que debía volver a Berlín. Der
Dicke exigía mi presencia. Algún buen motivo tendría que buscar para
explicar mi viaje a Estambul.
Mi
hermano mandó traer todos los periódicos posibles y se sumergió en ellos para enterarse
de lo que se había perdido en sus días de lujuria. Las noticias no eran malas,
pero si tediosas. Le vi amodorrarse y comenzar a enroscarse en el asiento. Pensé
seguir su ejemplo. Ya nos acercábamos a Sofía. Podíamos echar una siesta. Mis
intenciones fueron coartadas por la llegada del portero.
― Disculpe
Graf von Karijani, Herr Doktor Ascarelli
― dijo en alemán ― pero hay un caballero aquí que dice que le estáis esperando.
Estaba
yo a punto de decir que no esperábamos a nadie, cuando la punta de un bastón apareció
por debajo del sobaco del portero. Lo reconocí. Había pertenecido a Talleyrand
quien se lo obsequió a Su Majestad durante el Congreso de Viena. Nuestro padre había
venido a sermonearnos.
Hice un
gesto para que el portero lo dejase pasar y cojeando entró un extraño
individuo. Su Majestad es un “diablo cojuelo” como le llamase Le Sage. Los
Shedim aun en cuerpo humano conservan sus pies palmípedos que no les permiten
caminar como nosotros.
Para sus
affaires con humanos, Ashmedai utiliza mi cuerpo. Bueno, lo que él dice será mi
cuerpo en treinta años más. Su cabello rojo estaba lleno de canas y había patas
de gallo en las esquinas de sus ojos y arrugas en la comisura de sus labios. Me
horrorizaba pensar que algún día esa sería la imagen que me devolvería mi
espejo.
Apenas
vio a Su Majestad, Davide tuvo un gesto infantil. Se cubrió el rostro con los periódicos.
Senyor Jajám dice que de pequeño,
cada vez que lo visitaba su padre, Davide se escondía en su cama y se tapaba la
cabeza con las cobijas como si tuviera miedo. En realidad, era el más profundo
de los rechazos.
Su
Majestad dio un golpecito con el báculo de Talleyrand en las piernas del Dr.
Ascarelli que sin descubrirse las recogió. Yo me corrí en el asiento, dándole
espacio a mi lado al Rey de los Shedim, quien cerró la portezuela del vagón.
― Te
ves muy bien, Viktor ― me dijo con ese tono entre cariñoso y jocoso que usa
para dirigirse a mi.
Estiró
el brazo y bajó los periódicos hasta que expusieron los ojos de mi hermano.
― Y tú
te ves menos "afiebrado".
Davide
no respondió, pero sus ojos centellearon.
Mi
padre sacó una abultada cartera de su bolsillo y me estiró algunos billetes.
― Te
bajas en Belgrado y trasbordas al Arslberg de regreso a Viena.
Señaló
a mi hermano con su dedo.
― Tú seguirás
hasta Trieste. Te reintegras a tu batallón.
Aunque falten algunos días para que acabe tu permiso, igual. Ya encontrarás
manera de arreglártelas en la luna llena.
Davide
se desembozó.
― ¿Es
una orden?
Su
majestad le ignoró y se volvió hacia mí.
― Debes
volver a Viena, Viktor. Der Dicke va
a caerles de sorpresa mañana. Una de esas visitas de incógnito.
Mi ánimo
decayó como empujado por un precipicio.
― ¿Tan
pronto? Ni siquiera he tenido tiempo para inventar una excusa para mi viaje.
― No
inventes nada ― me dijo Su Majestad con voz firme ―. Dile toda la verdad. Gavrilo
ya me avisó. Los servicios de Goering ya
le han advertido que tu hermano estaba en Estambul. Hasta saben con quien se
acostó, como saben que has ido en su busca.
Davide
apartó por fin los periódicos y se enderezó en su asiento.
― Para eso sirve tu precioso nieto. Para venirte
con chismes ¿Ahora me espían los Nazis?― preguntó entre indignado y escandalizado.
―
¿Creías que Sepp Brand no mandaría a investigar el nuevo juguete de su esposa? ―
preguntó nuestro padre.
― No
soy su juguete ― Davide adoptó una expresión que pretendía ser digna pero que le
hacia lucir ridículamente joven.
― No
serás juguete, pero sí un gran bruto ― escupió mi padre encolerizado ―. Te
pones plumas de pavo real, meneas el trasero delante de media Europa y
pretendes que los Nazis, que ya se sienten dueños del continente, no se
interesen en ti.
Se
volvió hacia mí.
― Es
una suerte que tu patrón sea tan pragmático. Poco le interesan los supuestos
poderes de tu hermano. Pero según Gavrilo, Himmler es medio esotérico. Además
la Gestapo sabe que Davide estuvo con Hanussen la noche de su muerte.
― ¿Y
qué? Ellos le mataron, yo no ― gruñó Davide ― Además siempre has dicho que
Gavrilo iba a matarle de todas maneras.
―
Estabas ahí, eres un testigo molesto y
ya sabemos que hacen los Nazis con quien les incomoda.
― No
pueden matarme ― alardeó mi hermano con petulancia.
― ¡Imbécil!―
Había un tono de despectiva lástima en la voz de mi padre que hasta a mí me
golpeó.
― Sabrán como si te saben licántropo. Cualquier
tratado de brujería les dirá que con una bala de plata se acaba con un hombre-lobo.
Pero a ver qué hacen contigo y con tu hermano antes de mataros. Y con otros mas
débiles cercanos a ti. Danilo Alcalay será muy sabio, pero físicamente es nada
más que un viejo judío y los Nazis no tienen piedad con los viejos judíos. ¿Y Mutti? ¿Crees que los Nazis tendrán miramientos
con ella por que es aria?
Davide comenzó
a jugar con sus dedos señal de que estaba muy nervioso.
― ¿Qué
quieres que haga? ― preguntó con voz seca.
― Irte
a Trieste y quedarte allá. Nada de Delarah, ni de la Reina ni de la Principessa.
Del ejército a casa de tu tío. Debes mantener un perfil bajo por lo menos hasta
Año Nuevo. Los Nazis tendrán otras preocupaciones este verano y quizás para el
invierno se hayan olvidado de ti.
― ¿Y si
no lo hago?
La
soberbia de Davide a veces rayaba en la estupidez.
― ¿Pondrías
en peligro a tu gente, y a mi reino? ― preguntó Ashmedai. Hasta a él le escandalizaba
la soberbia de su hijo.
Davide lanzó un mirada displicente por la
ventana.
― Creo
que exageras.
El
brazo de Ashmedai se estiró de una manera que nunca mi brazo podría imitar, pasó
por sobre mi cabeza como una liana y apoyó la palma contra la ventanilla.
Asustado, Davide volteó la cabeza. La mano se alzó abierta en frente de su
rostro muy cercana a su tercer ojo.
―
Entonces soy un guerko exagerado ― Ashmedai
se río al ver la medrosa mirada de su hijo ―. Llámame como quieras, pero este guerko puede con sólo apretar mi palma
contra tu frente dejarte tan desnudo de conocimientos como si fueras un recién
nacido.
Davide oprimió
su cabeza contra el respaldo, intentando alejarse de la mano paterna.
― ¿Lo
harías? ― Su voz temblaba.
― Si Jakadosh Baruj Ju me lo ordena, sí.
― ¿Porque
habría de pedírtelo?― un leve tono desafiante reapareció en la voz de mi
hermano, pero sus ojos todavía expresaban temor ― .Jakadosh Baruj Ju sabe que no tiene mejor siervo que yo.
Esas
palabras causaron tal ataque de risa en Su Majestad que se le encogió el brazo.
― Al
Todopoderoso no se le sirve ni se le adora con soberbia, sino con humildad. Y poner
en peligro los secretos de un mundo que El tanto se esmera en salvaguardar no
es manera de servirle.
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| Ashmedai capturado por ordenes del Rey Salomón (artvalue.com) |
― Yo sólo
ambiciono poseer los secretos del saber. ¿Acaso Schlomo-ja-melej no lo consiguió? ¿Por qué yo no?
― A Salomón
le saqué del trono de una patada en el culo ― se rió Ashmedai ―. Y otro tanto
haré contigo si sigues empeñado en dañar a quienes amo, y eso te incluye a ti. Eres
igualito a tu abuelo Azael. Si no te cuidamos, terminarás como él, suspendido
entre el cielo y la tierra. Alguien tiene que defenderte de ti mismo.
Esa profesión
de cariño paterno tan desacostumbrada desarmó a Davide. Como decía Mutti, mi hermano parecía estar sediento
de saber, pero en realidad estaba hambriento de cariño.
Hubo un
breve silencio que Ashmedai asumió era una declaración de derrota.
― ¿Entonces
harás lo que te pido?
― Sí ―
murmuró Davide en una voz casi inaudible.
― ¿Puedo
contar con tu palabra de Príncipe Shedim?― insistió Su Majestad.
Davide asintió
con la cabeza. Dándose por satisfecho, Ashmedai se alzó de su asiento. Al
llegar a la puerta recordó algo.
― Ya sé
que a Danilo Alcalay le hace mucha ilusión asistir a ese congreso médico en
España y que quiere que le acompañes. Sería preferible que no fueras.
― ¿Esa también
es una orden?― preguntó mi hermano exasperado.
― No,
solamente un aviso. Te gusta hacerte la víctima y decir que tu vida ha sido una
serie de malos momentos, pero te lo advierto. Vas a España y ahí probaras por
primera vez la hiel de la infelicidad.
Nos barrió
con su mirada.
― Habéis
de saber ambos, que la infelicidad únicamente se conoce tras probar la
felicidad. Si vas a España, Davide, encontrarás una gran felicidad, pero que
durará poco.
Una
sonrisa irónica torció la boca de mi hermano.
― Si es
así, entonces prefiero tentar mi suerte.
― Amen
― dijo Ashmedai y tras lanzar a su hijo mayor una sonrisa igual de irónica, se
marchó cojeando por el pasillo. El tren se detuvo. Estábamos en Sofía y ahí se
apeaba Su Majestad.
Durante
el resto del viaje, mi hermano casi no habló. Ni siquiera tocó su cena y esa
noche le sentí revolverse en su litera. David era arrogante y detestaba que
torciesen su voluntad, pero también era lo suficientemente sabio para saber
quien era el Señor del Mundo y le había dolido que mi padre dijese que no sabía
servir a su Dios.
En mi
hermano siempre habían luchado sus ansias de conocimiento con el respeto que le
debía a Nuestro Señor. A veces me daba lástima. Yo no sufría de esos problemas.
Creía en el arrepentimiento final y no dejaba que mis pecados me quitasen el
sueño. A diferencia de mi hermano, en mi vida lo sagrado tenía su espacio y lo
divino otro. No era así con Davide que no
conocía de soluciones fáciles. Esa religión suya exigía que lo divino siempre guiase
a lo terreno.
En
Belgrado separamos nuestros caminos casi sin hablarnos. La advertencia de Su Majestad
de que los ojos de la Gestapo estaban sobre nosotros nos cohibió hasta el punto
de que no nos abrazamos al despedirnos.








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