Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

domingo, 12 de agosto de 2012

20. Viktor: En busca de Davide


(Mayo, 1934)

Wienerwald (sobreaustria.com)


Todo esto comenzó en la luna llena de mayo. Había sido una noche difícil. Estuve persiguiendo una liebre por horas por el Wienerwald, para finalmente dejarla escapar. Llegué agotado a casa, después de salir el sol y   Mutti, en su eterna ternura maternal, me mandó adormir. Ni pensaba en despertarme antes del mediodía, pero no contaba con otro interruptor de sueño.
“¡Despierta hombre, despierta!”
Esa voz maldita. ¡Cómo entendía al bisabuelo Caín ahora! Lástima no tener una quijada de burro cerca para sacarme de encima a ese hermano tan fastidioso.
“¡Lo tiene! ¡El Libro! ¡Lo tuve en mis manos!”
Su voz estaba tan excitada que de no saberle abstemio, le hubiera tomado por ebrio.
― ¿El libro de María Hebrea?― Me desperecé.
“El primero. El de las Tempestades. Y me permitió leerlo. ¿Puedes creerlo? Toda una página, después el texto se ocultó a mis ojos. Pero no hay duda. Violante es la Gran Lectora”.
― ¿Te dejo leerlo?
De pronto, me embargó la curiosidad. Me senté en la cama y escuché el cuento. Al terminarse éste, toda mi somnolencia se había desvanecido. Me froté los ojos como si fuese testigo de un prodigioso sueño.
Violante no sólo era custodia de secretos arcanos, además era guardiana de licántropos. Pero lo más extraordinario era cómo subía y bajaba el tono de voz de mi hermano al hablar de ella. A veces, susurraba como si tratase un misterio sagrado, otras alzaba su voz como si quisiera que todo el mundo se enterase de lo que hablaba, de lo que sentía. Porque más allá del hallazgo del escabullido libro, Davide había encontrado algo muy valioso. Sería peregrino aventurar que había encontrado esa razón vital que finalmente le anclase al mundo real, pero ciertamente mi hermano hablaba de Violante como si fuese algo muy suyo, algo muy querido. Hablaba como si…
― Hablas de Violante como yo hablaba de Claudia ― dije.
“¿Y por qué no habría de hacerlo? Es mi mujer”.
― Todavía no.
“Hoy casi lo fue. No sabes lo que me costó…”Ahora su voz bajó. “Me trae loco, Hermano Segundo. Sólo sueño en estar dentro de ella”.
― ¿O sea, te volvió la fiebre?
“Pero es diferente. Porque sé que después de estar con ella, voy a querer volver a…No puedo usar esa palabra con Violante”. 
Mi pobre Davide como todo enamorado cursi había caído en el complejo Madonna-Prostituta. Su futura esposa estaba ahora en un altar y no se le podían aplicar términos groseros como “follarsela” a pesar de que eso es precisamente lo que quería hacer con ella.
Bostecé.
― Ya, la quieres para madre de tus lobeznos, para envejecer junto a ella y para que os entierren juntos en la misma tumba.
“Ríete todo lo que quieras, gran cínico. ¿No te parece sorprendente que sepa que soy lobo y no le importa?  Nunca pude decírselo a la pobre Agar, que descanse en la Paz del Señor”.
― Es cierto—dije sin medir mis palabras ―. Al menos no tendrás el peligro de que se le pare el corazón si te ve vestido de lobo.
Un largo silencio siguió a mis insensatas palabras.  Yo me hubiese pateado el culo si fuese anatómicamente posible. Había mencionado lo inmencionable.
Yo era el único humano en saber ese secreto. Otros a sus espaldas, decían que Davide había matado a su mujer chupándole la savia vital. En realidad, Agar había caído fulminada de un infarto cuando le vio transformarse. Semele consumida por los rayos de Helios. Davide había matado a su mujer efectivamente, pero no de la manera que contaban las malas lenguas.
Necesitaba cambiar el tema para remediar mi torpeza.
― ¿Davide, conseguiste lo que te pidió Van Egmont?
Su voz me llegó seca, señal que todavía le dolían los recuerdos
“Lo tendrás apenas regrese a Italia. La fotografías de pinturas que quiere Der Dicke, y la carta para su amiguito. ¡Qué cantidad de fascistas hay en Inglaterra! Y son muy traidores. Porque eso de querer negociar con Adolf antes que con Il Duce...”
― ¿La carta es para Hitler?
“Es para Göring. Creen que porque es de buena casta y un héroe militar se puede confiar en él. Digamos que es la cara respetable de tus Nazis”.
― Esperemos que con esto, Goring pueda demostrarle a Himmler que trabajas para nosotros y así quitarte a la Gestapo de encima.
“Pues que quede claro que será la última vez que trabaje para eso cerdos”, pensó Davide enojado. “Y a ti te advierto. Voy a sacar copia de esa carta y se la daré a ya-sabes-quien. Mi lealtad siempre estará en un sólo lado”.
― Me parece justo. Mientras los Nazis no lo sepan.
“Me importa un pepino lo que sepan los Nazis”.  El desdén en la voz telepática de mi hermano era patente. “Si consigo lo que quiero, serán nada dentro de poco. En un mundo muy diferente quizás alcancen a llenar un párrafo en libros de historia”.
Ayy, Davide y sus sueños de traer al Mesías antes de tiempo, de curar los males del mundo con la ayuda del Vril, y de ser inmensamente feliz. Todo lo que él creía había escondido María Hebrea en sus elusivos libros.
― Antes de que cambies el mundo tendrás que casarte con tu prima. ¿Estás seguro de lograrlo?
“Eso es pan comido” pensó despectivo. “En tres días, estaremos camino a Portugal de luna de miel. Es una pena que no puedas venir, pero será una boda muy sencilla”.
― ¿Te la llevas a Portugal?
“Tengo algunos asuntos que resolver en la embajada en Lisboa Y está en el camino de Galicia”.
― Me alegro de que el amor no te haga olvidar tu lado práctico ― dije con sorna. mientras volvía a acostarme. El sueño había regresado― Ahora déjame dormir. Estás en libertad de ir a ponerle ojos de carnero degollado a tu Dulcinea, mientras te imaginas lo que su boca puede hacerte.
“En el futuro, Hermano Segundo, te pediré que te refieras con más respeto a tu cuñada”, refunfuñó, pero había risa en sus pensamientos a medida que estos se alejaban.

Fue después de bañarme y vestirme que pude pensar con claridad en lo que le sucedía a Davide, y en los peligros que estos conllevaban.
Mutti había invitado a Dass a comer. Siempre lo hacía cuando me volvía lobo en Viena. Era una comida especial con la que Paula von Karijani daba la bienvenida a su hijo al mundo de los humanos. Todo un ritual.
Mutti y Benita me esperaban al amanecer. Me dejaban dormir, mientras vestían a Mausi y se iban las tres a misa a rezar por mí, como si me hubiera pasado la noche en francachela.
Luego, arreglaban la casa y esperaban a que Dass enviase la mejor de su cocina. Mausi los llamaba "cumpleaños chiquitos” porque siempre había pastel. En esta ocasión era una Spanische Windtorte, toda vestida de merengue y coronada de violetas cristalizadas como una novia de pueblo. Mi hija la disfrutó más que yo.
Spanische Windtorte (cubierta de The Cooking of Vienna´s Empire)

Después de que Mausi se comió dos tajadas y Benita la cargó medio dormida a su cuarto a terminar su siesta, los adultos nos sentamos en el salón a beber café y brandy. Fue entonces que Dass preguntó:
― ¿Algo extraordinario últimamente?
En nuestra vida lo extraordinario era pan de cada día.
― Nada fuera de lo común ― Agité el brandy en mi copa. Tenía reflejos rojizos como el cabello de mi madre― .Ahh si, parece que Davide dio por fin con La Puerta de las Tempestades.
Ambas mujeres casi dejaron caer sus tazas y me encontré ante dos pares de ojos desorbitados. Tuve que contarles a grandes rasgos la historia.
― Esto esta mal, pero muy mal ― Dass golpeó su taza con la cucharilla ― .Davide está engañando a Senyor Jajám y a esa chica. No la conozco, pero es la hija de mi hermana.
Mutti arrugó el entrecejo.
― A mi lo que me preocupa es que Davide tenga acceso a un texto tan peligroso Viktor, sabes que adoro a tu hermano, pero no soy ciega a sus defectos. Es desmesurado en todo hasta el punto de la entropía. Me asusta lo que pueda hacer con tanto conocimiento.
Me sentí asaeteado por sus miradas que me traspasaban. En mala hora había abierto la boca.
― ¿Qué puedo yo hacer?
― Puedes detenerle. Sólo tú puedes—me respondieron a coro.
― No sé como.
Me sentía muy incomodo porque compartía sus resquemores, pero un enfrentamiento con mi hermano era algo que siempre había querido evitar.
 Dass se levantó.
― Habrá que avisarle a Senyor Jajám. ¿Puedo usar vuestro teléfono?
― Por supuesto y yo voy a avisarle a tu padre, Viktor—Mutti también dejó su asiento.
Me quedé solo entre tazas y copas aun no vacías, mientras ellas se iban en busca de sus hombres para salvar el mundo, labor en la cual yo no deseaba participar.
(foto de membersvirtualtourist.com)


Dass habló con su padre, y Mutti se comunicó por su telégrafo mágico con su amante de toda la vida. Gracias a sus tejes y manejes,  me encontré dos días después en Trieste en la cocina de Senyor Jajam donde entre él, Su Majestad y yo confeccionamos un plan y de paso ,también una fuente de Sprski Ajvar, un caviar falso hecho con pimientos y berenjenas.
Sprski Ajvar (panacomp.net)

La cocina de Senyor Jajám era un sitio extraordinario. Un cruce entre el laboratorio de Frankestein y el de Paracelso. Pero eso no saltaba a primera vista. El no iniciado sólo vería una pieza amplia de paredes perfectamente enjabegadas y no sabría que eran albañiles Shedim quienes cubrían de cal sus paredes al menos dos veces al año.
No sabrían que en esas ollas de cobre rojizas como mi pelo se cocinaban manjares que cambiaban la voluntad de quien los comía. No sabrían que los vegetales que llenaban las cestas al igual que los frutos procedían de árboles y arbustos que crecían de una manera mágica siguiendo tradiciones ancestrales que les hacían inmunes a enfermedades y a plagas. No sabrían que el gato mestizo que en la ventana mordisqueaba las hojas de geranio de una maceta, venía de un mundo subterráneo. Pensándolo bien, mejor que no lo supieran, que siguiera siendo el secreto de unos pocos. Esos pocos estábamos ahí reunidos y a mi me tenían a cargo de asar las verduras sobre una parrilla.
― Cuidado, Viktor, que no se te quemen—me advirtió Senyor Jajam mientras introducía una bandeja que contenía una pierna de cordero, el plato principal, a otro de sus hornos. Había tres en su cocina. Uno de hierro forjado para la carne, otro de metal esmaltado con puertas cubiertas de cerámica para los lácteos, y un gran fogón en la cual siempre ardían brasas sobre las cuales colocábamos parrillas.
― Anda dándolos vuelta. Con cinco minutos serán suficientes—me indicó Su Majestad desde el “dargesh”, el asiento de honor que Senyor Jajám tenía en su casa nada más para que se sentase el Rey de los Shedim.
Aún desde esa elevada posición, mi padre tenía la obligación de ayudarnos, aunque fuese exprimiendo limones. En la cocina de Senyor Jajám todos éramos un equipo. No había espectadores aparte de Maurizio, el gato, y eso porque no se podía obligar a un felino a ser marmitón. Estaba por debajo de su dignidad.
Maurizio

Los primeros veinticinco minutos en la cocina se gastaron en discutir como era posible que Davide hubiese llegado a conseguir un libro que magos y sabios habían buscado por siglos.
― Otros le han encontrado, pero nunca pudieron leer más que una advertencia que María Hebrea colocó ahí para asustar a los intrusos—dijo Su Majestad retirando algunas pipas de limón del jugo.
― Creo que nos equivocamos con Davide y menospreciamos sus poderes y su hambre de saber.
Tras esas palabras, Senyor Jajám sacó los pimientos del fuego y me ordenó que dejase la berenjena un cuarto de hora más en la parrilla.
Era un hombre alto, de barba y cabello cano, que caminaba un poco encorvado. Ahora la preocupación le encorvaba más. Lo que más le entristecía era que Davide, a quien consideraba su hijo, le hubiese engañado.
― No puedo creer que haya tramado un plan tan siniestro — comenzó a quitarle la piel a los pimientos ―. Ha usado mi nombre, me dejó regresar sin decirme nada. Y la pobre Violante… Parece que salió tan ilusa como su madre.
― O tan demente como mi hijo. Tiemblo al pensar que lleguen a copular y se reproduzcan—gruñó su Majestad.
― ¿Pero crees que eso pueda suceder? ¿Lo permitirán desde Allá Arriba? ― señalé hacia lo alto.
Mi padre no respondió. Se puso a mondar un ajo con los dedos, los ojos fijos en la mesa y las mejillas teñidas de gris que así se ruborizan los Shedim.
― Tú sabes más de lo que dices—le acusé.
Senyor Jajam dejó de desmenuzar pimientos y le miró
― ¿Es eso cierto, Su Majestad?
Mi padre tomó un cuchillo y comenzó a darle golpes a los dientes de ajo que en cinco segundos quedaron perfectamente machacados. Los dedos flexibles de Shedim le permitían usar las armas blancas, aún un cuchillo de cocina, con la destreza de un maestro de esgrima. Un atributo heredado por Davide.
― Yo siempre sé cosas.  Por algo soy El Rey de los Shedim. Por algo voy Allá Arriba todos los días.
A lo que mi padre se refería era que todas las mañanas, tras su visita filial al Abuelo Azael, subía al Cielo a estudiar su porción de Torah diaria en la Yeshiva Celestial, Luego iba donde El Gran Patrón a solicitar sus ordenes para ese día.
― ¿Y Allá Arriba que dicen?― preguntó Senyor Jajám.
Mi padre se encogió de hombros. 
― Arriba todos los días cambian de idea. Danilo, esa berenjena ya debe estar pasada.
Senyor Jajám, obediente a sus prioridades, retiró la berenjena del horno y la envolvió en una toalla para que se les desprendiese la piel. Después de colocarla en una fuente de vidrio, puso tres copas en la mesa, dos de las cuales llenó de aguardiente de ciruelas. La tercera la llenó de Orchata de chufas. Su Majestad no toca el alcohol.
― Entonces si Allá Arriba no se han decidido, poco podemos hacer para detener a Davide. Mejor dejamos que las cosas sigan su curso—dijo.
Ashmedai se sirvió su refresco.
― Hay un problema y en eso están de acuerdo los de Allá Arriba. Tu nieta, Danilo, es una criatura insólita, protegida por seres omnipotentes, pero también dotada de energías portentosas algunas todavía ignotas. Si se entera de lo que su marido realmente quiere de ella—chasqueó los labios y nos miró—. Ya sabéis como se ponen las mujeres al saberse burladas. Ese enfrentamiento será un duelo cósmico que puede trascender hasta desestabilizar la armonía universal.
Senyor Jajám y yo intercambiamos miradas asustadas
― A veces sólo un mínimo acto puede afectar el orden cósmico. Es necesario separarles antes que eso suceda—dijo mi padre y me miró con sonrisa torcida—. Ahí entras tu Viktor.

No soy un hombre heroico, soy únicamente un licántropo que trata de vivir como un hombre normal, pero hay veces que uno debe actuar como un superhombre. Por eso llegué hasta esa cocina perdida en un pueblo que ni los mapas conocen.
Fue en Monforte de Lemos que conseguí un caballo. Ni más me apeaba del tren y ya supe que ese era el vehiculo más seguro de la región para llevarme, hasta Nossa Señora Dos Lobos.  Me señalaron un establo y ahí, tras discutir el razonable precio, elegí una yegua de pelito castaño, muy joven. Más complicado resultó domarla, porque aunque me aseguraba el dueño que era animal pacifico, no era tonta y ver que un lobo vestido de hombre se le acercaba, no le infundía tranquilidad.
No tenía el tiempo de domarla como se debe, como le habían enseñado los gitanos a mi hermano, conocimiento que él tuvo a bien compartir conmigo. Ese proceso consiste en acostumbrar al animal al olor hibrido que exuda el licántropo, y puede tomar varios días. No contaba con tanto tiempo y tuve que recurrí al lenguaje telepático para convencerla de mis buenas intenciones.
Por suerte tanto Su Majestad como Senyor Jajám me habían dosificado con sus energías, pero nada más que para el viaje y sólo por un corto tiempo. Era una medida de emergencia. Ninguno de los dos me creía digno de sus poderes ni deseaban que me acostumbrase a ellos.
Esos poderes me ayudaron a convencer a la yegua de que me dejase montarla. Pasada su etapa arisca, hicimos buena amistad y juntos emprendimos un viaje sin mayores pormenores que me llevó hasta la Sierra de Courel, más exactamente hasta un bosque de hayas al pie de una ladera en medio del cual brotaba un pueblecito de cuento.
Estaba tranquilo como deben estar los pueblos en domingo. Un lugareño tuvo la amabilidad de indicarme el caserón de mi cuñada, pero al llegar al puente la hasta ahora fiel jaca, se encabritó.  Estaba asustada y de algo muy aterrador que le impedía seguir.
Un hombre salió de una casa de postigos azules, la última antes de llegar al puente. Al verle tanto yo como la yegua retrocedimos sorprendidos. Era un licántropo. Este pueblo me estaba resultando la mar de curioso.
― Busco al Dr. Ascarelli, pero mi caballo... ― dije esperando que no hubiese reconocido en mí a uno de su especie.
― Puede dejarlo en mi establo. Quizás esté cansado—dijo mirándome muy raro. 
Acepte la oferta del hombre-lobo, pero yo mismo llevé a la yegua hasta el establo. La pobre había aceptado un licántropo, ya dos eran demasiado para su lógica equina.
Tras cerrar el establo, el extraño me indico por gestos que le siguiese. Abrió la puerta de su casa
― Pasa, hermano—me invitó.  Sabía quien era yo.
Me ofreció un asiento en un canapé tapizado y se presentó.
― Soy Andrés Sarmiento, boticario del pueblo y amigo de Violante de toda una vida. De donde conoces a Ascarelli?
Preferí no mentir.
― Soy su...hermano. ¿Está él en casa de su mujer?
― Me imagino que sí. Fuimos a pescar esta mañana y de pronto me aquejó una jaqueca tan fuerte que tuve que regresarme. Luego quise ir al Pazo, pero cada vez que intento cruzar el puente el dolor regresa y me lo impide.
― Qué extraño. Mi yegua está igual. Ninguno puede cruzar el puente. Creo que debo ir a ver que sucede.
Me puse de pie.
― Voy contigo ― dijo el boticario.
― Prefiero ir solo. Si no puedo cruzar, regresaré.
Pero no sucedió nada. El viejo puente cubierto de hiedra no me impidió la pasada.
Una vez cruzado el puente, me volví para indicarle a Don Andrés que ya estaba salvo y no le vi. No se veía a nadie en el pueblo.
Caminé hacia la casa acompañado por un silencio tan agudo que sacaba ecos de mis pisadas. Una puerta abierta me llevó a una gran cocina al parecer abandonada de pronto, a juzgar por los restos sanguinolentos de un pescado que descansaban en la mesa del centro.
Mi olfato de lobo me indicó que estaba en un espacio peligroso. La realidad se había alterado de tal manera que el tiempo se había suspendido dando lugar a la desaparición de todo humano.
El tiempo no existe, por eso es posible jugar con nuestra percepción de él. Yo veía a una mujer preparar un pescado, oía a palafreneros discutir con los caballos y mas allá se sentían los rumores de un pueblecito en su descanso dominical, pero esos sonidos pertenecían a un mundo paralelo al cual yo habitaba. Alguien había trastocado portales, cruzado umbrales y me había trasladado a mí a un espacio astral.
¿Podía Davide hacer eso? ¿De quién había heredado ese don tan peligroso? ¿Los Shedim, María Hebrea, o había dado al fin con la veta del peligroso Vril? Acababa de hacerme esa pregunta cuando descubrí que ya no estaba solo en ese ambiente irreal. Se acercaban a la cocina unos sonidos entrecortados de gemidos femeninos y gruñidos licantrópicos.
En la cocina irrumpió mi Hermano Lobo disfrazado de hombre, pero con toda la ira de una fiera dibujada en la cara. De la mano de la bestia pendía una cabellera rojiza y de ésta pendía la criatura más desarrapada que he visto en mi vida. Descalza, desgreñada, con la ropa mojada pegada a un cuerpo que no era del todo feo, pero que no podría haber atraído a ningún hombre en ese momento.
Era como presenciar un final alternativo de la Caperucita Roja. Lo que hubiese sucedido de triunfar El Lobo. Así de miserable se veía esta pobre Caperucita con un rostro hinchado de tanto llorar y los ojos desorbitados por el terror y el dolor físico que debe causar el que nos arrastren de los cabellos. Nadie con corazón podría haber sido insensible a su miseria, pero Davide había perdido el corazón.
― ¿Qué haces aquí?― rugió entre furioso y sorprendido.
Esbocé mi mejor sonrisa.
― Nada. Sólo visitaros, venir a daros la enhorabuena y a conocer a mi cuñada.
Por fin, mi hermano soltó a la mujer, quien logró incorporarse trabajosamente apoyándose en una alacena.
― ¡Violante, vete a tu cuarto! ― bramó Davide.
A la voz de su amo, la pobre chica salió despavorida de la cocina. Supuse que huiría de la casa, es lo que hubiera hecho yo. Pero quizás también tenía conciencia de que caminaba por un mudo ilusorio del cual no había escapatoria.
Tras quedarnos solos, mi hermano se desplomó en una silla.  Fue entonces que noté la herida de su frente. Busqué un trapo que se viese medianamente limpio, lo mojé y lo apliqué a su cara. El lo apartó de un manotazo.
― Estoy agotado. Nunca había hecho tanto esfuerzo en mi vida.
Se notaba. Estaba muy pálido y sus ojos tenían esa mirada desorientada de los exhaustos. Me pidió agua y le alcance una jarra que bebió como si acabase de cruzar el desierto.
― ¿Cómo hiciste todo eso?― indiqué el vació a nuestro alrededor.
― No sé. Desenterré todas las fuentes de poder que he acumulado en años, incluso algunas inexploradas y… encontré el Vril.  Así conseguí todo esto.
― Lo que hiciste es muy peligroso. Pudiste haber causado una catástrofe.
Se encogió de hombros.
― No sabia que hacer. Nunca supuse que Violante se pondría así. ¡Esos malditos ángeles delatores!― Dio con el puño en la mesa.
― ¿Qué le dijeron? 
Así que Violante parlamentaba con los ángeles. Sí tenía amigos importantes.
― Qué sé yo. Algo horrible. Se puso como una fiera. No había manera de hablarle ni de convencerle. No cree que la quiera.
― Pues vaya manera de demostrárselo. No sabía que tratabas así a las mujeres.
Me miró con expresión abatida.
― Nunca había tratado a una mujer así.
― Te va a costar mucho convencerla de tu amor.
Why bother? ― Barrió el aire con la mano como demostrando lo fútiles que eran mis palabras ― .No creo poder ni quiero convencerla.
― ¿Qué harás entonces?
Se puso de pie y se dirigió hacia la puerta.
― Zanjar este asunto de una vez por todas.
Me mostró las manos.
― Ya has visto lo que puedo hacer. Con Violante será más fácil.
Me alarmé.
― No puedes hacerlo en contra de su voluntad. Nunca lo has hecho.
― Nunca he hecho lo que hice hoy. ¿Quién dice que no puedo seguir?
Se sonrío sin ganas.
― Además ella abrió la puerta. No puede cerrarla. Ya no tiene voluntad.
Le puse la mano en el hombro.
― No sabes lo que dices. Mejor te acuestas y después puedes comenzar a planear lo que vas hacer.
Su empujón no fue muy fuerte, pero a un hombre normal lo hubiese derribado. Lo vi alejarse de la cocina por el vestíbulo y luego subir pesadamente las escaleras. Se veía encorvado como Senyor Jajám. Esperé que cayese, pero logró llegar al segundo piso. No quise seguirle. Las cosas habían llegado a un punto en que no podía enfrentármele cara a cara. Tendría que utilizar mis poderes. Los que  siempre Davide había codiciado y nunca le di. Y quizás yo también debía apelar a Vril.

6 comentarios:

  1. Una pregunta personal: el modelo de Maurizio ¿es un gato tuyo? Qué bonito es...
    Otra pregunta, no tan personal: ¿don Andrés ya tiene club de fans? Anótame en ese... ;) No me preguntes por qué, son cosas inexplicables. No me malinterpretes, Davide y Viktor están muy bien, pero especialmente al segundo se me antoja verlo más como un hermano que otra cosa (y yo no soy Cersei, ojo...). Pero con el farmacéutico... ah, es otro cantar, jaja!
    Está interesantísimo... Mujer, tengo que irme a limpiar mi casa! ¿Cómo quieres que lo haga, teniendo ésto para leer?

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    1. Maurizio es mi hijo-gato. Lo crié desde que tenía un mes hasta sus doceavo año. No era una mascota común, era un duende, no era de este mundo. Es dfiicil de explicar, pero es el regalo (después de mi hermano) más bonito que me dio D-s. Murió en junio del 2009, esta novela nació de mi soledad, porque cuando se fue perdí suerte y todo. De ahí todo fue cuesta abajo, y para salir de mi tristeza me puse a escribir.
      No lo puedo creer, eres la primera fan del boticario. Tal vez merezca novela aparte. Me alegro tanto que te siga gustando la novela. Aquí me pongo a incluir diálogos larguísimos, más trasfondo que Martin, hay gente que pide acción constante y suelen aburrirse con tanta cháchara. Me alegro que no sea tu caso

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    2. ¿Aburrirme con los diálogos? ¡Pero no, válgame! Me encantan los diálogos cuando están tan bien logrados como aquí. Lo único que puede aburrirme en una novela bien hecha son las descripciones botánicas agotadoras (como las que hacía Salgari, jaja!)...
      Hay veces que los animales nos entienden más que los demás humanos... me imagino lo que habrás sufrido con la partida de Maurizio... aunque supongo que nunca lo podré entender del todo, esos dolores son intransferibles. Cuando pasa algo así, siempre recuerdo las palabras de C.S. Lewis: "El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces..." Parece que no, pero ver las cosas desde esa perspectiva nos hace salir adelante...
      ¿Has notado que últimamente me atraen las figuras que, sin llegar a ser paternales, son protectoras? ;) Creo que en esa tónica está nuestro querido farmacéutico...

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    3. Más que recordar la felicidad de entonces, las pérdidas provocan remordimientos, por tiempo perdido, por cosas que no hice para salvarlo, ec.
      Una vez cuando revisaba mi manuscrito se me ocurrió que conociéndome y conociendo mi manera de pesar (que me gustan los romances entre jóvenes y maduros) que se pudiera creer que Violante y Don Andrés iban a tener algo, pero nunca fue esa mi intención cuando la escribía.
      Ahora, la mujer que escribió esta novela el 2009, y la presente son mu diferentes. Entonces yo me sentía muy en control de mi vida, muy autosuficiente. Ahora (y lo noto en la novela que estoy planeando) ando en busca de un protector, de alguien que tome decisiones por mi y solucione mi vida y eso se refleja en mi héroe, y por supuesto en mi adoración por El Matarreyes

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    4. Algo de eso que dices me trae a la memoria mis sentimientos cuando partió mi abuela, la mujer que me crió de pequeña y a la cual amo más que a mi propia madre (aunque suene sacrílego, es así)... todos los "podría..." tal cosa o la otra. Pero al final uno hizo lo que hizo, seguro que inspirado en el mayor bien... si las cosas salieron de otra manera es porque, aunque lo lamentemos, no podemos estar en control de absolutamente todos los factores... pero la calma a veces es muy esquiva, muy difícil de hallar...
      Nunca se me hubiera ocurrido que Andrés pudiera tener una relación amorosa con Violante... yo le hubiera buscado otra compañera, jeje... Debe ser por lo mismo que no me cierran las teorías del romance Miles-Charlie. No sé, cuando hay esa diferencia, no de edad, sino de roles (algo así como mentor y protegida, o maestro y alumna) me suena un poco a abuso de poder... no lo sé, es inconsciente. Tal vez porque en mi profesión siempre se nos alerta TANTO sobre no dar lugar a situaciones equívocas (sobre todo cuando se trabaja con adolescentes tardíos o adultos jóvenes), es como una posibilidad que tengo cerrada a cal y canto, tanto que ni siquiera la percibo. Pero te repito, no es por la diferencia de edad (?), es por la constitución de los roles.
      Me pone muy feliz que estés planeando seguir escribiendo... ¿en qué formato? ¿Será digital, o edición papel? Porque si es la segunda, no tendré más remedio que cruzar la cordillera para ir a buscarla, jajaja! Ah, pero es cierto, existe Amazon... yo que buscaba excusas para viajar, jaja!

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    5. No me parece sacrílego, en el cariño no hay reglas.
      No sé, he conocido tantos matrimonios maestro-alumna. En el mundo académico se da mucho. La mayoría de los catedráticos en nuestra facultad o estaban casados con colegas o alumnas. Era un círculo vicioso, pero claro la mayor parte de las veces no termina en el altar sino en acusaciones de acoso, manipulaciones, chantajes, etc.
      Mi novela esta en mi cabeza, no creo que nunca llegue a publicar nada, pero me gustaría escribirla Claro, sin tiempo, sin una compu decente, no se. Pero a ver si me animo.

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