(Mayo,
1934)
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| Wienerwald (sobreaustria.com) |
Todo
esto comenzó en la luna llena de mayo. Había sido una noche difícil. Estuve
persiguiendo una liebre por horas por el Wienerwald, para finalmente dejarla
escapar. Llegué agotado a casa, después de salir el sol y Mutti,
en su eterna ternura maternal, me mandó adormir. Ni pensaba en despertarme
antes del mediodía, pero no contaba con otro interruptor de sueño.
“¡Despierta
hombre, despierta!”
Esa voz
maldita. ¡Cómo entendía al bisabuelo Caín ahora! Lástima no tener una quijada
de burro cerca para sacarme de encima a ese hermano tan fastidioso.
“¡Lo
tiene! ¡El Libro! ¡Lo tuve en mis manos!”
Su voz
estaba tan excitada que de no saberle abstemio, le hubiera tomado por ebrio.
― ¿El
libro de María Hebrea?― Me desperecé.
“El
primero. El de las Tempestades. Y me permitió leerlo. ¿Puedes creerlo? Toda una
página, después el texto se ocultó a mis ojos. Pero no hay duda. Violante es la Gran Lectora ”.
― ¿Te
dejo leerlo?
De
pronto, me embargó la curiosidad. Me senté en la cama y escuché el cuento. Al
terminarse éste, toda mi somnolencia se había desvanecido. Me froté los ojos
como si fuese testigo de un prodigioso sueño.
Violante
no sólo era custodia de secretos arcanos, además era guardiana de licántropos.
Pero lo más extraordinario era cómo subía y bajaba el tono de voz de mi hermano
al hablar de ella. A veces, susurraba como si tratase un misterio sagrado,
otras alzaba su voz como si quisiera que todo el mundo se enterase de lo que
hablaba, de lo que sentía. Porque más allá del hallazgo del escabullido libro, Davide
había encontrado algo muy valioso. Sería peregrino aventurar que había
encontrado esa razón vital que finalmente le anclase al mundo real, pero ciertamente
mi hermano hablaba de Violante como si fuese algo muy suyo, algo muy querido.
Hablaba como si…
―
Hablas de Violante como yo hablaba de Claudia ― dije.
“¿Y por
qué no habría de hacerlo? Es mi mujer”.
― Todavía
no.
“Hoy
casi lo fue. No sabes lo que me costó…”Ahora su voz bajó. “Me trae loco,
Hermano Segundo. Sólo sueño en estar dentro de ella”.
― ¿O sea,
te volvió la fiebre?
“Pero
es diferente. Porque sé que después de estar con ella, voy a querer volver a…No
puedo usar esa palabra con Violante”.
Mi
pobre Davide como todo enamorado cursi había caído en el complejo
Madonna-Prostituta. Su futura esposa estaba ahora en un altar y no se le podían
aplicar términos groseros como “follarsela” a pesar de que eso es precisamente lo
que quería hacer con ella.
Bostecé.
― Ya,
la quieres para madre de tus lobeznos, para envejecer junto a ella y para que
os entierren juntos en la misma tumba.
“Ríete
todo lo que quieras, gran cínico. ¿No te parece sorprendente que sepa que soy
lobo y no le importa? Nunca pude decírselo
a la pobre Agar, que descanse en la
Paz del Señor”.
― Es
cierto—dije sin medir mis palabras ―. Al menos no tendrás el peligro de que se
le pare el corazón si te ve vestido de lobo.
Un
largo silencio siguió a mis insensatas palabras. Yo me hubiese pateado el culo si fuese
anatómicamente posible. Había mencionado lo inmencionable.
Yo era
el único humano en saber ese secreto. Otros a sus espaldas, decían que Davide había
matado a su mujer chupándole la savia vital. En realidad, Agar había caído
fulminada de un infarto cuando le vio transformarse. Semele consumida por los
rayos de Helios. Davide había matado a su mujer efectivamente, pero no de la
manera que contaban las malas lenguas.
Necesitaba
cambiar el tema para remediar mi torpeza.
― ¿Davide,
conseguiste lo que te pidió Van Egmont?
Su voz
me llegó seca, señal que todavía le dolían los recuerdos
“Lo
tendrás apenas regrese a Italia. La fotografías de pinturas que quiere Der Dicke, y la carta para su amiguito. ¡Qué
cantidad de fascistas hay en Inglaterra! Y son muy traidores. Porque eso de
querer negociar con Adolf antes que con Il Duce...”
― ¿La carta
es para Hitler?
“Es
para Göring. Creen que porque es de buena casta y un héroe militar se puede
confiar en él. Digamos que es la cara respetable de tus Nazis”.
― Esperemos
que con esto, Goring pueda demostrarle a Himmler que trabajas para nosotros y
así quitarte a la Gestapo de encima.
“Pues
que quede claro que será la última vez que trabaje para eso cerdos”, pensó
Davide enojado. “Y a ti te advierto. Voy a sacar copia de esa carta y se la
daré a ya-sabes-quien. Mi lealtad siempre estará en un sólo lado”.
― Me
parece justo. Mientras los Nazis no lo sepan.
“Me
importa un pepino lo que sepan los Nazis”.
El desdén en la voz telepática de mi hermano era patente. “Si consigo lo
que quiero, serán nada dentro de poco. En un mundo muy diferente quizás
alcancen a llenar un párrafo en libros de historia”.
Ayy,
Davide y sus sueños de traer al Mesías antes de tiempo, de curar los males del
mundo con la ayuda del Vril, y de ser inmensamente feliz. Todo lo que él creía
había escondido María Hebrea en sus elusivos libros.
― Antes
de que cambies el mundo tendrás que casarte con tu prima. ¿Estás seguro de
lograrlo?
“Eso es
pan comido” pensó despectivo. “En tres días, estaremos camino a Portugal de
luna de miel. Es una pena que no puedas venir, pero será una boda muy sencilla”.
― ¿Te
la llevas a Portugal?
“Tengo
algunos asuntos que resolver en la embajada en Lisboa Y está en el camino de
Galicia”.
― Me
alegro de que el amor no te haga olvidar tu lado práctico ― dije con sorna.
mientras volvía a acostarme. El sueño había regresado― Ahora déjame dormir.
Estás en libertad de ir a ponerle ojos de carnero degollado a tu Dulcinea,
mientras te imaginas lo que su boca puede hacerte.
“En el
futuro, Hermano Segundo, te pediré que te refieras con más respeto a tu cuñada”,
refunfuñó, pero había risa en sus pensamientos a medida que estos se alejaban.
Fue
después de bañarme y vestirme que pude pensar con claridad en lo que le sucedía
a Davide, y en los peligros que estos conllevaban.
Mutti había
invitado a Dass a comer. Siempre lo hacía cuando me volvía lobo en Viena. Era
una comida especial con la que Paula von Karijani daba la bienvenida a su hijo
al mundo de los humanos. Todo un ritual.
Mutti y
Benita me esperaban al amanecer. Me dejaban dormir, mientras vestían a Mausi y
se iban las tres a misa a rezar por mí, como si me hubiera pasado la noche en
francachela.
Luego,
arreglaban la casa y esperaban a que Dass enviase la mejor de su cocina. Mausi
los llamaba "cumpleaños chiquitos” porque siempre había pastel. En esta
ocasión era una Spanische Windtorte,
toda vestida de merengue y coronada de violetas cristalizadas como una novia de
pueblo. Mi hija la disfrutó más que yo.
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| Spanische Windtorte (cubierta de The Cooking of Vienna´s Empire) |
Después
de que Mausi se comió dos tajadas y Benita la cargó medio dormida a su cuarto a
terminar su siesta, los adultos nos sentamos en el salón a beber café y brandy.
Fue entonces que Dass preguntó:
― ¿Algo
extraordinario últimamente?
En
nuestra vida lo extraordinario era pan de cada día.
― Nada
fuera de lo común ― Agité el brandy en mi copa. Tenía reflejos rojizos como el
cabello de mi madre― .Ahh si, parece que Davide dio por fin con La Puerta de
las Tempestades.
Ambas
mujeres casi dejaron caer sus tazas y me encontré ante dos pares de ojos
desorbitados. Tuve que contarles a grandes rasgos la historia.
― Esto
esta mal, pero muy mal ― Dass golpeó su taza con la cucharilla ― .Davide está
engañando a Senyor Jajám y a esa
chica. No la conozco, pero es la hija de mi hermana.
Mutti
arrugó el entrecejo.
― A mi
lo que me preocupa es que Davide tenga acceso a un texto tan peligroso Viktor,
sabes que adoro a tu hermano, pero no soy ciega a sus defectos. Es desmesurado
en todo hasta el punto de la entropía. Me asusta lo que pueda hacer con tanto
conocimiento.
Me sentí
asaeteado por sus miradas que me traspasaban. En mala hora había abierto la
boca.
― ¿Qué
puedo yo hacer?
―
Puedes detenerle. Sólo tú puedes—me respondieron a coro.
― No sé
como.
Me
sentía muy incomodo porque compartía sus resquemores, pero un enfrentamiento
con mi hermano era algo que siempre había querido evitar.
Dass se levantó.
― Habrá
que avisarle a Senyor Jajám. ¿Puedo
usar vuestro teléfono?
― Por
supuesto y yo voy a avisarle a tu padre, Viktor—Mutti también dejó su asiento.
Me
quedé solo entre tazas y copas aun no vacías, mientras ellas se iban en busca
de sus hombres para salvar el mundo, labor en la cual yo no deseaba participar.
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| (foto de membersvirtualtourist.com) |
Dass
habló con su padre, y Mutti se comunicó por su telégrafo mágico con su amante
de toda la vida. Gracias a sus tejes y manejes,
me encontré dos días después en Trieste en la cocina de Senyor Jajam donde entre él, Su Majestad
y yo confeccionamos un plan y de paso ,también una fuente de Sprski Ajvar, un caviar falso hecho con
pimientos y berenjenas.
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| Sprski Ajvar (panacomp.net) |
La
cocina de Senyor Jajám era un sitio
extraordinario. Un cruce entre el laboratorio de Frankestein y el de Paracelso.
Pero eso no saltaba a primera vista. El no iniciado sólo vería una pieza amplia
de paredes perfectamente enjabegadas y no sabría que eran albañiles Shedim
quienes cubrían de cal sus paredes al menos dos veces al año.
No sabrían
que en esas ollas de cobre rojizas como mi pelo se cocinaban manjares que
cambiaban la voluntad de quien los comía. No sabrían que los vegetales que
llenaban las cestas al igual que los frutos procedían de árboles y arbustos que
crecían de una manera mágica siguiendo tradiciones ancestrales que les hacían
inmunes a enfermedades y a plagas. No sabrían que el gato mestizo que en la
ventana mordisqueaba las hojas de geranio de una maceta, venía de un mundo
subterráneo. Pensándolo bien, mejor que no lo supieran, que siguiera siendo el
secreto de unos pocos. Esos pocos estábamos ahí reunidos y a mi me tenían a
cargo de asar las verduras sobre una parrilla.
― Cuidado,
Viktor, que no se te quemen—me advirtió Senyor
Jajam mientras introducía una bandeja que contenía una pierna de cordero,
el plato principal, a otro de sus hornos. Había tres en su cocina. Uno de
hierro forjado para la carne, otro de metal esmaltado con puertas cubiertas de cerámica
para los lácteos, y un gran fogón en la cual siempre ardían brasas sobre las
cuales colocábamos parrillas.
― Anda
dándolos vuelta. Con cinco minutos serán suficientes—me indicó Su Majestad
desde el “dargesh”, el asiento de honor que Senyor
Jajám tenía en su casa nada más para que se sentase el Rey de los Shedim.
Aún
desde esa elevada posición, mi padre tenía la obligación de ayudarnos, aunque
fuese exprimiendo limones. En la cocina de Senyor
Jajám todos éramos un equipo. No había espectadores aparte de Maurizio, el
gato, y eso porque no se podía obligar a un felino a ser marmitón. Estaba por
debajo de su dignidad.
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| Maurizio |
Los
primeros veinticinco minutos en la cocina se gastaron en discutir como era posible
que Davide hubiese llegado a conseguir un libro que magos y sabios habían
buscado por siglos.
― Otros
le han encontrado, pero nunca pudieron leer más que una advertencia que María
Hebrea colocó ahí para asustar a los intrusos—dijo Su Majestad retirando
algunas pipas de limón del jugo.
― Creo
que nos equivocamos con Davide y menospreciamos sus poderes y su hambre de
saber.
Tras
esas palabras, Senyor Jajám sacó los
pimientos del fuego y me ordenó que dejase la berenjena un cuarto de hora más
en la parrilla.
Era un
hombre alto, de barba y cabello cano, que caminaba un poco encorvado. Ahora la preocupación
le encorvaba más. Lo que más le entristecía era que Davide, a quien consideraba
su hijo, le hubiese engañado.
― No
puedo creer que haya tramado un plan tan siniestro — comenzó a quitarle la piel
a los pimientos ―. Ha usado mi nombre, me dejó regresar sin decirme nada. Y la
pobre Violante… Parece que salió tan ilusa como su madre.
― O tan
demente como mi hijo. Tiemblo al pensar que lleguen a copular y se
reproduzcan—gruñó su Majestad.
― ¿Pero
crees que eso pueda suceder? ¿Lo permitirán desde Allá Arriba? ― señalé hacia
lo alto.
Mi
padre no respondió. Se puso a mondar un ajo con los dedos, los ojos fijos en la
mesa y las mejillas teñidas de gris que así se ruborizan los Shedim.
― Tú
sabes más de lo que dices—le acusé.
Senyor Jajam dejó de desmenuzar pimientos y le miró
― ¿Es
eso cierto, Su Majestad?
Mi
padre tomó un cuchillo y comenzó a darle golpes a los dientes de ajo que en
cinco segundos quedaron perfectamente machacados. Los dedos flexibles de Shedim
le permitían usar las armas blancas, aún un cuchillo de cocina, con la destreza
de un maestro de esgrima. Un atributo heredado por Davide.
― Yo
siempre sé cosas. Por algo soy El Rey de
los Shedim. Por algo voy Allá Arriba todos los días.
A lo
que mi padre se refería era que todas las mañanas, tras su visita filial al
Abuelo Azael, subía al Cielo a estudiar su porción de Torah diaria en la
Yeshiva Celestial, Luego iba donde El Gran Patrón a solicitar sus ordenes para
ese día.
― ¿Y Allá
Arriba que dicen?― preguntó Senyor Jajám.
Mi padre
se encogió de hombros.
― Arriba
todos los días cambian de idea. Danilo, esa berenjena ya debe estar pasada.
Senyor Jajám, obediente a sus prioridades, retiró la
berenjena del horno y la envolvió en una toalla para que se les desprendiese la
piel. Después de colocarla en una fuente de vidrio, puso tres copas en la mesa,
dos de las cuales llenó de aguardiente de ciruelas. La tercera la llenó de Orchata de chufas. Su Majestad no toca
el alcohol.
― Entonces
si Allá Arriba no se han decidido, poco podemos hacer para detener a Davide. Mejor
dejamos que las cosas sigan su curso—dijo.
Ashmedai
se sirvió su refresco.
― Hay
un problema y en eso están de acuerdo los de Allá Arriba. Tu nieta, Danilo, es
una criatura insólita, protegida por seres omnipotentes, pero también dotada de
energías portentosas algunas todavía ignotas. Si se entera de lo que su marido realmente
quiere de ella—chasqueó los labios y nos miró—. Ya sabéis como se ponen las
mujeres al saberse burladas. Ese enfrentamiento será un duelo cósmico que puede
trascender hasta desestabilizar la armonía universal.
Senyor Jajám y yo intercambiamos miradas asustadas
― A
veces sólo un mínimo acto puede afectar el orden cósmico. Es necesario separarles
antes que eso suceda—dijo mi padre y me miró con sonrisa torcida—. Ahí entras
tu Viktor.
No soy
un hombre heroico, soy únicamente un licántropo que trata de vivir como un
hombre normal, pero hay veces que uno debe actuar como un superhombre. Por eso
llegué hasta esa cocina perdida en un pueblo que ni los mapas conocen.
Fue en
Monforte de Lemos que conseguí un caballo. Ni más me apeaba del tren y ya supe
que ese era el vehiculo más seguro de la región para llevarme, hasta Nossa Señora Dos Lobos. Me señalaron un establo y ahí, tras discutir
el razonable precio, elegí una yegua de pelito castaño, muy joven. Más
complicado resultó domarla, porque aunque me aseguraba el dueño que era animal
pacifico, no era tonta y ver que un lobo vestido de hombre se le acercaba, no
le infundía tranquilidad.
No tenía
el tiempo de domarla como se debe, como le habían enseñado los gitanos a mi
hermano, conocimiento que él tuvo a bien compartir conmigo. Ese proceso
consiste en acostumbrar al animal al olor hibrido que exuda el licántropo, y
puede tomar varios días. No contaba con tanto tiempo y tuve que recurrí al
lenguaje telepático para convencerla de mis buenas intenciones.
Por suerte
tanto Su Majestad como Senyor Jajám me
habían dosificado con sus energías, pero nada más que para el viaje y sólo por
un corto tiempo. Era una medida de emergencia. Ninguno de los dos me creía digno
de sus poderes ni deseaban que me acostumbrase a ellos.
Esos
poderes me ayudaron a convencer a la yegua de que me dejase montarla. Pasada su
etapa arisca, hicimos buena amistad y juntos emprendimos un viaje sin mayores
pormenores que me llevó hasta la Sierra de Courel, más exactamente hasta un
bosque de hayas al pie de una ladera en medio del cual brotaba un pueblecito de
cuento.
Estaba
tranquilo como deben estar los pueblos en domingo. Un lugareño tuvo la
amabilidad de indicarme el caserón de mi cuñada, pero al llegar al puente la
hasta ahora fiel jaca, se encabritó. Estaba
asustada y de algo muy aterrador que le impedía seguir.
Un
hombre salió de una casa de postigos azules, la última antes de llegar al
puente. Al verle tanto yo como la yegua retrocedimos sorprendidos. Era un licántropo.
Este pueblo me estaba resultando la mar de curioso.
― Busco
al Dr. Ascarelli, pero mi caballo... ― dije esperando que no hubiese reconocido
en mí a uno de su especie.
― Puede
dejarlo en mi establo. Quizás esté cansado—dijo mirándome muy raro.
Acepte
la oferta del hombre-lobo, pero yo mismo llevé a la yegua hasta el establo. La
pobre había aceptado un licántropo, ya dos eran demasiado para su lógica
equina.
Tras
cerrar el establo, el extraño me indico por gestos que le siguiese. Abrió la
puerta de su casa
― Pasa,
hermano—me invitó. Sabía quien era yo.
Me
ofreció un asiento en un canapé tapizado y se presentó.
― Soy
Andrés Sarmiento, boticario del pueblo y amigo de Violante de toda una vida. De
donde conoces a Ascarelli?
Preferí
no mentir.
― Soy
su...hermano. ¿Está él en casa de su mujer?
― Me
imagino que sí. Fuimos a pescar esta mañana y de pronto me aquejó una jaqueca
tan fuerte que tuve que regresarme. Luego quise ir al Pazo, pero cada vez que
intento cruzar el puente el dolor regresa y me lo impide.
― Qué
extraño. Mi yegua está igual. Ninguno puede cruzar el puente. Creo que debo ir
a ver que sucede.
Me puse
de pie.
― Voy
contigo ― dijo el boticario.
― Prefiero
ir solo. Si no puedo cruzar, regresaré.
Pero no
sucedió nada. El viejo puente cubierto de hiedra no me impidió la pasada.
Una vez
cruzado el puente, me volví para indicarle a Don Andrés que ya estaba salvo y
no le vi. No se veía a nadie en el pueblo.
Caminé
hacia la casa acompañado por un silencio tan agudo que sacaba ecos de mis
pisadas. Una puerta abierta me llevó a una gran cocina al parecer abandonada de
pronto, a juzgar por los restos sanguinolentos de un pescado que descansaban en
la mesa del centro.
Mi
olfato de lobo me indicó que estaba en un espacio peligroso. La realidad se había
alterado de tal manera que el tiempo se había suspendido dando lugar a la
desaparición de todo humano.
El
tiempo no existe, por eso es posible jugar con nuestra percepción de él. Yo veía
a una mujer preparar un pescado, oía a palafreneros discutir con los caballos y
mas allá se sentían los rumores de un pueblecito en su descanso dominical, pero
esos sonidos pertenecían a un mundo paralelo al cual yo habitaba. Alguien había
trastocado portales, cruzado umbrales y me había trasladado a mí a un espacio
astral.
¿Podía
Davide hacer eso? ¿De quién había heredado ese don tan peligroso? ¿Los Shedim,
María Hebrea, o había dado al fin con la veta del peligroso Vril? Acababa de
hacerme esa pregunta cuando descubrí que ya no estaba solo en ese ambiente
irreal. Se acercaban a la cocina unos sonidos entrecortados de gemidos femeninos
y gruñidos licantrópicos.
En la
cocina irrumpió mi Hermano Lobo disfrazado de hombre, pero con toda la ira de
una fiera dibujada en la cara. De la mano de la bestia pendía una cabellera
rojiza y de ésta pendía la criatura más desarrapada que he visto en mi vida.
Descalza, desgreñada, con la ropa mojada pegada a un cuerpo que no era del todo
feo, pero que no podría haber atraído a ningún hombre en ese momento.
Era
como presenciar un final alternativo de la Caperucita Roja. Lo que hubiese
sucedido de triunfar El Lobo. Así de miserable se veía esta pobre Caperucita
con un rostro hinchado de tanto llorar y los ojos desorbitados por el terror y
el dolor físico que debe causar el que nos arrastren de los cabellos. Nadie con
corazón podría haber sido insensible a su miseria, pero Davide había perdido el
corazón.
― ¿Qué
haces aquí?― rugió entre furioso y sorprendido.
Esbocé
mi mejor sonrisa.
― Nada.
Sólo visitaros, venir a daros la enhorabuena y a conocer a mi cuñada.
Por fin,
mi hermano soltó a la mujer, quien logró incorporarse trabajosamente apoyándose
en una alacena.
―
¡Violante, vete a tu cuarto! ― bramó Davide.
A la
voz de su amo, la pobre chica salió despavorida de la cocina. Supuse que huiría
de la casa, es lo que hubiera hecho yo. Pero quizás también tenía conciencia de
que caminaba por un mudo ilusorio del cual no había escapatoria.
Tras
quedarnos solos, mi hermano se desplomó en una silla. Fue entonces que noté la herida de su frente.
Busqué un trapo que se viese medianamente limpio, lo mojé y lo apliqué a su
cara. El lo apartó de un manotazo.
― Estoy
agotado. Nunca había hecho tanto esfuerzo en mi vida.
Se notaba.
Estaba muy pálido y sus ojos tenían esa mirada desorientada de los exhaustos.
Me pidió agua y le alcance una jarra que bebió como si acabase de cruzar el
desierto.
― ¿Cómo
hiciste todo eso?― indiqué el vació a nuestro alrededor.
― No sé.
Desenterré todas las fuentes de poder que he acumulado en años, incluso algunas
inexploradas y… encontré el Vril. Así
conseguí todo esto.
― Lo
que hiciste es muy peligroso. Pudiste haber causado una catástrofe.
Se encogió
de hombros.
― No
sabia que hacer. Nunca supuse que Violante se pondría así. ¡Esos malditos ángeles
delatores!― Dio con el puño en la mesa.
― ¿Qué
le dijeron?
Así que
Violante parlamentaba con los ángeles. Sí tenía amigos importantes.
― Qué
sé yo. Algo horrible. Se puso como una fiera. No había manera de hablarle ni de
convencerle. No cree que la quiera.
― Pues
vaya manera de demostrárselo. No sabía que tratabas así a las mujeres.
Me miró
con expresión abatida.
― Nunca
había tratado a una mujer así.
― Te va
a costar mucho convencerla de tu amor.
― Why bother? ― Barrió el aire con la mano
como demostrando lo fútiles que eran mis palabras ― .No creo poder ni quiero convencerla.
― ¿Qué
harás entonces?
Se puso
de pie y se dirigió hacia la puerta.
― Zanjar
este asunto de una vez por todas.
Me
mostró las manos.
― Ya
has visto lo que puedo hacer. Con Violante será más fácil.
Me
alarmé.
― No
puedes hacerlo en contra de su voluntad. Nunca lo has hecho.
― Nunca
he hecho lo que hice hoy. ¿Quién dice que no puedo seguir?
Se sonrío
sin ganas.
― Además
ella abrió la puerta. No puede cerrarla. Ya no tiene voluntad.
Le puse
la mano en el hombro.
― No
sabes lo que dices. Mejor te acuestas y después puedes comenzar a planear lo
que vas hacer.
Su
empujón no fue muy fuerte, pero a un hombre normal lo hubiese derribado. Lo vi
alejarse de la cocina por el vestíbulo y luego subir pesadamente las escaleras.
Se veía encorvado como Senyor Jajám. Esperé
que cayese, pero logró llegar al segundo piso. No quise seguirle. Las cosas habían
llegado a un punto en que no podía enfrentármele cara a cara. Tendría que
utilizar mis poderes. Los que siempre Davide
había codiciado y nunca le di. Y quizás yo también debía apelar a Vril.





Una pregunta personal: el modelo de Maurizio ¿es un gato tuyo? Qué bonito es...
ResponderEliminarOtra pregunta, no tan personal: ¿don Andrés ya tiene club de fans? Anótame en ese... ;) No me preguntes por qué, son cosas inexplicables. No me malinterpretes, Davide y Viktor están muy bien, pero especialmente al segundo se me antoja verlo más como un hermano que otra cosa (y yo no soy Cersei, ojo...). Pero con el farmacéutico... ah, es otro cantar, jaja!
Está interesantísimo... Mujer, tengo que irme a limpiar mi casa! ¿Cómo quieres que lo haga, teniendo ésto para leer?
Maurizio es mi hijo-gato. Lo crié desde que tenía un mes hasta sus doceavo año. No era una mascota común, era un duende, no era de este mundo. Es dfiicil de explicar, pero es el regalo (después de mi hermano) más bonito que me dio D-s. Murió en junio del 2009, esta novela nació de mi soledad, porque cuando se fue perdí suerte y todo. De ahí todo fue cuesta abajo, y para salir de mi tristeza me puse a escribir.
EliminarNo lo puedo creer, eres la primera fan del boticario. Tal vez merezca novela aparte. Me alegro tanto que te siga gustando la novela. Aquí me pongo a incluir diálogos larguísimos, más trasfondo que Martin, hay gente que pide acción constante y suelen aburrirse con tanta cháchara. Me alegro que no sea tu caso
¿Aburrirme con los diálogos? ¡Pero no, válgame! Me encantan los diálogos cuando están tan bien logrados como aquí. Lo único que puede aburrirme en una novela bien hecha son las descripciones botánicas agotadoras (como las que hacía Salgari, jaja!)...
EliminarHay veces que los animales nos entienden más que los demás humanos... me imagino lo que habrás sufrido con la partida de Maurizio... aunque supongo que nunca lo podré entender del todo, esos dolores son intransferibles. Cuando pasa algo así, siempre recuerdo las palabras de C.S. Lewis: "El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces..." Parece que no, pero ver las cosas desde esa perspectiva nos hace salir adelante...
¿Has notado que últimamente me atraen las figuras que, sin llegar a ser paternales, son protectoras? ;) Creo que en esa tónica está nuestro querido farmacéutico...
Más que recordar la felicidad de entonces, las pérdidas provocan remordimientos, por tiempo perdido, por cosas que no hice para salvarlo, ec.
EliminarUna vez cuando revisaba mi manuscrito se me ocurrió que conociéndome y conociendo mi manera de pesar (que me gustan los romances entre jóvenes y maduros) que se pudiera creer que Violante y Don Andrés iban a tener algo, pero nunca fue esa mi intención cuando la escribía.
Ahora, la mujer que escribió esta novela el 2009, y la presente son mu diferentes. Entonces yo me sentía muy en control de mi vida, muy autosuficiente. Ahora (y lo noto en la novela que estoy planeando) ando en busca de un protector, de alguien que tome decisiones por mi y solucione mi vida y eso se refleja en mi héroe, y por supuesto en mi adoración por El Matarreyes
Algo de eso que dices me trae a la memoria mis sentimientos cuando partió mi abuela, la mujer que me crió de pequeña y a la cual amo más que a mi propia madre (aunque suene sacrílego, es así)... todos los "podría..." tal cosa o la otra. Pero al final uno hizo lo que hizo, seguro que inspirado en el mayor bien... si las cosas salieron de otra manera es porque, aunque lo lamentemos, no podemos estar en control de absolutamente todos los factores... pero la calma a veces es muy esquiva, muy difícil de hallar...
EliminarNunca se me hubiera ocurrido que Andrés pudiera tener una relación amorosa con Violante... yo le hubiera buscado otra compañera, jeje... Debe ser por lo mismo que no me cierran las teorías del romance Miles-Charlie. No sé, cuando hay esa diferencia, no de edad, sino de roles (algo así como mentor y protegida, o maestro y alumna) me suena un poco a abuso de poder... no lo sé, es inconsciente. Tal vez porque en mi profesión siempre se nos alerta TANTO sobre no dar lugar a situaciones equívocas (sobre todo cuando se trabaja con adolescentes tardíos o adultos jóvenes), es como una posibilidad que tengo cerrada a cal y canto, tanto que ni siquiera la percibo. Pero te repito, no es por la diferencia de edad (?), es por la constitución de los roles.
Me pone muy feliz que estés planeando seguir escribiendo... ¿en qué formato? ¿Será digital, o edición papel? Porque si es la segunda, no tendré más remedio que cruzar la cordillera para ir a buscarla, jajaja! Ah, pero es cierto, existe Amazon... yo que buscaba excusas para viajar, jaja!
No me parece sacrílego, en el cariño no hay reglas.
EliminarNo sé, he conocido tantos matrimonios maestro-alumna. En el mundo académico se da mucho. La mayoría de los catedráticos en nuestra facultad o estaban casados con colegas o alumnas. Era un círculo vicioso, pero claro la mayor parte de las veces no termina en el altar sino en acusaciones de acoso, manipulaciones, chantajes, etc.
Mi novela esta en mi cabeza, no creo que nunca llegue a publicar nada, pero me gustaría escribirla Claro, sin tiempo, sin una compu decente, no se. Pero a ver si me animo.