Al
salir de la cocina estaba consciente de mi dilema. ¿Huir o someterme?
Mi
marido andaba convertido en el flautista de Hamelin, todo el pueblo le seguía
ciegamente y nadie me ayudaría. ¿Para qué luchar? Mejor obedecerle, o fingir
hacerlo, mientras ideaba un plan mejor.
Subí,
casi trepando los escalones. Entré en mi cuarto, cerrando la puerta tras de mí,
sin muchas esperanzas de que fuese una valla entre mi todopoderoso primo y yo.
A
solas, sentí que la desesperación me vencía y anduve dándome vueltas por largo
rato como un ratón enjaulado. Las paredes parecían moverse con la intención de
oprimirme. La ventana no era una puerta de escape. Quizás el espejo. Me aferré
a él con ambas manos y entoné El Dueto de
las Flores. El rostro enfadado de la feiticeira
se reflejó en el cristal.
―
Bonita escena la del río ― me espetó ― .Asustasteis a los sapos, y hasta las
truchas tuvieron que emigrar a aguas más tranquilas. Para la próxima, guardaos
vuestras peleas maritales para la casa. ¡Qué feo espectáculo!
Sus
palabras fueron un balde de agua fría.
― ¿Qué
no viste lo que me hizo?
― Vi
que intentaste congelarlo, partirle la cabeza, ahogarle y nada pudiste.
Acéptalo, el Hijo del Rey de los Mouros
es demasiada fuerza para tí. Cometiste la barrabasada de casarte con él, le
diste venia para acceder a tus secretos y más encima les trajiste aquí para que
alborotara nuestra tierra.
― ¿Qué
puedo hacer?― mi angustia me impedía ya llorar.
― ¿Qué
se yo? Quizás confiar en el otro lobo. Ahora debo irme a mi río a arreglar
vuestro entuerto. No se os ocurra apareceros por allá.
La
imagen desapareció y me quedé golpeando el vidrio inútilmente. Entonces, sentí
otros golpes en la puerta. Tras ellos, ésta se abrió y dio paso a mi marido. ¡Qué
educado! Ahora hasta llamaba a la puerta.
La
rabia me tranquilizó un poco. Crucé los brazos sobre mi pecho. Si al menos
tuviese algo de plata cerca, algo afilado. Según Don Andrés la plata era letal
para un licántropo, pero quizás no para el Hijo del Rey de los Mouros.
― Violante,
tenemos que hablar ― su voz sonaba muy cansada.
―
¿Hablar? ¿Ahora? ¿Ya para qué? ― respondí.
Señaló
mi cama.
―
Siéntate por favor.
Sólo
porque su voz era cortes, le obedecí.
― ¿Por
qué haces las cosas más difíciles? ― me preguntó con voz tan dolida que a pesar
mío me conmovió. ¿Era posible que fuese yo tan bruta que todavía le quisiese un
poquito?
― ¿Cómo
puedo hacer las cosas más fáciles? ― pregunté, aunque no tenia ni pizca de intención
de hacerle las cosas menos difíciles.
―
Aceptando lo inevitable. Cediéndome el control de tus poderes y tratando de
llevar la fiesta en paz.
Lo hacía
sonar muy sencillo, como si yo fuese una chica caprichosa. Aún así, y para ser
justa, Lectora, lo pensé un rato. Sopesé mis opciones, sus argumentos y la
situación en que nos encontrábamos.
― Lo
siento, pero no puedo ― dije con gran tristeza.
Volví a
ver la ira en sus ojos. La ira de quien ve su poder contrariado.
― ¿Cómo
que no puedes?
― Hace
tiempo, hice un trato con María Hebrea. ― Me sorprendió la calma de mi voz. Es
que el saber que tenemos razón siempre nos tranquiliza― .Se me apareció varias
veces y bajo diferentes formas, pero jamás me dijo que necesitaría de un guía
que interpretase la sabiduría que ella me entregaba. Los ángeles me advirtieron
que no te obedeciera. Y recién, un
espíritu me acusó de darte más poder del que debía.
Vi como
sus ojos asustados oteaban mi cuarto como esperando ver un duende escondido en un rincón.
― Lo siento, aunque quisiese no puedo
desobedecerles― le dije.
Se aferró
a las barras de metal del pie de mi cama.
― Entonces no me dejas alternativa.
Vi como
sus nudillos palidecían y comprendí que hacía un esfuerzo sobrehumano para no
atacarme. Volvió el miedo a mí.
― ¿Vas
a matarme?
― Qué tonta
eres ― en su desdén ni se dignó a mirarme ―. De todo haces un melodrama.
Cuando
finalmente me miró note una fría autoridad en sus ojos que tiñó también sus
palabras.
― Tengo
que ir a arreglar mis cosas. Parto para Italia mañana. Mis deberes me llaman.
Tú también haz de hacer tu equipaje. Vienes conmigo, pero antes solucionaré este
asunto ― me lanzó una sonrisa sarcástica ― Tu espíritu tuvo razón. Ya me diste
la potestad sobre ti. Pedirte permiso era una mera cortesía.
Se
marchó dejando la puerta semi abierta. La cerré de un portazo, echando el
picaporte, aunque sabía que no era suficiente para detenerle. Me arrojé, boca
abajo en el lecho, llorando a gritos. Otra vez sentí que golpeaban la puerta.
― ¡Vete
al infierno! ― grité.
― Soy
yo, Violante ― sentí una voz extraña y como nada más estábamos tres en la casa,
asumí que era el otro lobo― .Viktor, tu cuñado.
―
¡Déjame en paz! ― grité. Ahora al menos sabía su nombre.
―
Violante, disculpa, pero quiero ayudarte.
Ya la
voz no se sentía al otro lado de la puerta, sino más cerca. Levanté los ojos y
sofoqué un grito. El pelirrojo estaba al pie de mi cama.
― ¿Pero
qué es esto? ― pregunté irritada ―. ¿Los licántropos ahora traspasáis paredes?
― No
todos los licántropos. Éste sí ― apuntó a su pecho y sonrió. Al hacerlo se le
formaron hoyuelos cerca de las mejillas.
No era feo el macho.
― ¿Entonces
Davide no puede...?― señalé la pared.
― Es un
don únicamente mío, que él ha codiciado siempre, pero nunca le permití
absorberlo.
Temblé
a pesar mío.
― ¿Es
así cómo lo hace? ¿Absorbe los poderes de la gente?
― Mi
hermano es un vampiro del conocimiento. Quiere acumular toda la sabiduría del
mundo en su interior.
― ¿Y cómo
absorbe los poderes?
Se tocó
la frente.
― Aquí
esta tu tercer ojo. El del conocimiento. Ahí guardas todas tus facultades. El
oprime la parte baja de la palma ― lo demostró apoyando su mano contra mi
frente ― .Así aspira tu sustancia. Es un traspaso.
Todo mi
cuerpo tiritó bajo mi ropa todavía húmeda.
― ¿Duele?
― No,
lo vi hacérselo a Claudia, mi esposa. Ella me dijo después que nada más sintió
una presión y un leve mareo ― su voz sonaba nostálgica ―. Y mucho calor en la
frente por el traspaso de energía supongo.
― ¿Le
dejaste hacerle eso a tu esposa?
Se
encogió de hombros y vi una gran tristeza en sus ojos azules.
― Ella
iba a morir y quería dejarle sus poderes. Esa ha sido la especialidad del
Hermano Lobo. Buscar gente a punto de morir que necesitaba legar sus dones a
alguien.
― Pero
yo no quiero…― Me detuve recordando las palabras de la feiticeira y la amenaza de Davide antes de dejarme ― ¿Él puede
hacerlo, verdad?
― Creo
que sí ― Viktor desvió la mirada. La situación parecía avergonzarlo.
― ¿Hay
alguna manera de detenerle? ― le así del brazo ― .Tu eres su hermano. Hijo del
rey de los Mouros. Debes encontrar
una forma de destruirlo.
Viktor
me miró horrorizado.
―
¿Tanto le odias? Ni él te odia así ― se
sentó en la cama ― .Lo siento Violante, pero aunque el fratricidio sea cosa de
familia entre nosotros, no voy a matar a mi hermano.
Comencé
a llorar avergonzada. Yo que nunca maté una mosca no podía creer que en tan sólo
un día mis instintos asesinos se desataran de esa manera.
― Él no
es quien yo creía que era ― dije como si fuese una gran excusa.
― ¿Y
quién lo es? Pero creo que te engañas. Al menos esa idea superficial que te
hizo enamorarte de Davide no es tan ajena a la realidad.
Lo miré
con escepticismo.
― No es
un mal hombre mi hermano, pero es muy arrogante y cree siempre tener la razón.
Ha sufrido mucho.
― En el
bosque dijo que ni su madre le quiso.
― Muy
cierto. Cuando supo de quien era hijo, su madre intentó matarle, como tú hoy
día. Él era apenas un crío de meses.
Cubrí
mi boca horrorizada.
― ¿Ella
era…humana? ― pregunté.
― Tal
vez demasiado humana. Era tu parienta. La tía de tu madre. Se llamaba Diamante.
La noticia me dejó pasmada. La mítica tía Diamante, cuyo nombre yo llevaba, era también mi suegra. Ahora me explicaba la cara de ferreiro de Davide al oír su nombre.
La noticia me dejó pasmada. La mítica tía Diamante, cuyo nombre yo llevaba, era también mi suegra. Ahora me explicaba la cara de ferreiro de Davide al oír su nombre.
Viktor
se puso de pie.
― Otro
día te contaré la historia de tu marido. Creo que tengo un plan y que no
implica matar a mi hermano. Debemos huir y esta misma noche.
Huir me
parecía una gran idea. ¿Pero adónde?
― La
gente del pueblo está de su parte ― comencé.
― La
gente del pueblo no existe. Se quedaron en otro espacio y no pueden cruzar el
puente.
Viktor
estaba lleno de información que compartió generosamente conmigo. Así supe que
llevaba casi un día atrapada en un mundo falso. Que mi gente no podía llegar
hasta nosotros.
―
Tenemos suerte de que el esfuerzo que le ha costado crear este mundo haya
agotado a Davide. Esta noche se quedará en pie vigilando que ni tú ni yo
salgamos de este espacio.
―
¿Entonces cómo huiremos?
―
Confía en mí.
Viktor
se quedó pensativo como si confeccionara un plan en su cabeza. Un plan tan
utópico que no podía repetirse en voz alta.
― Espérame al anochecer. Ponte ropa de viaje,
pero nada pesado. Nada de equipaje. Échate algo de valor en el bolsillo, pero
ya te dije, nada muy pesado que voy a tener que cargarte.
― ¿Adónde
iremos?
Alzó
las cejas.
― A un
lugar muy lejano.
Y con
esa frase de cuento se marchó.
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| (foto de 123rf.com) |
Davide
debería estar muy cansado porque no volvió a mi cuarto. Yo tenía hambre, pero
no me atreví a bajar. No quería encontrarme con él y que me leyese en los ojos
mi plan de fugarme.
Como no
podía llevar equipaje, me puse dos enaguas, dos pares de bragas y dos
sujetadores, uno encima del otro. Arriba me puse un vestido de lino de color
neutro. Me costó abrochármelo por la cantidad de ropa interior que llevaba.
Calcé zapatos planos de viaje y me eché encima un macfarlán escocés que trajera de Irlanda
Por ultimo, me envolví la cabeza con una
chalina blanca y me metí en los bolsillos mis lentes de leer, y dos cosas
extraordinarias: mi certificado de matrimonio y el frasquito de Tabú. Lectora,
no me preguntes porque elegí cargar esos objetos antes que otros de mayor valor
monetario o emocional.
Me
tendí en la cama a esperar a que oscureciese. El exceso de ropa me asaba de
calor y temía comenzar a sudar. Por fin, la noche bajo, muy lenta y tibia, con
una media luna como una diadema. Traté de aguzar el oído para escuchar los
pasos de Viktor, pero no sentía nada.
Afuera,
el viento sacudía el manzano que crecía bajo mi ventana, pero era un viento muy
fuerte porque parecía como si un gran peso agitara el árbol, como si un animal
de gran tamaño se trepara por él. Abrí la ventana con tiento y casi choca mi
nariz con un morrazo de lobo que a la luz del quinqué se veía rojo como sangre.
Di un
paso hacia atrás, sofocando un chillido de susto. El enorme lobo, rojo como un
zorro, saltó adentro del cuarto.
―
¿Viktor?― pregunté asustada y sin esperar respuesta. Los lobos, aún si eran
hombres de día, no tenían el don de la palabra.
― Sí,
soy yo ― contestó muy cortes el lobo.
La
impresión de oír a un animal hablar como un humano y no a través de mensajes
telepáticos, me hizo caer en la cama. De
suerte y no me desmayé.
―
¡Aprisa!― me apremió el lobo ― .Trépate a mi espalda. No sé cuanto pueda
aguantar este esfuerzo que hago.
Un
licántropo sólo puede metamorfosearse ante una luna llena. Comprendí que si
Viktor lo hacía ahora tenía que ser gracias a algún poder muy agotador.
Sin pensarlo
dos veces, me subí a su inmensa grupa y me tendí cuan larga era sobre su
espinazo.
― Pon
tus brazos alrededor de mi cuello y amarra tus muñecas con tu bufanda, así si te
desmayas o te quedas dormida no caerás.
Obedecí,
haciendo un buen nudo marinero que aseguraron mi cabeza y mis brazos alrededor
de Viktor.
―
¿Iremos por la ventana? ― pregunté.
Me
asustaba la idea de un salto. Ya sabes, sufro de vértigo.
― No
podemos. El muy maldito puso unas bateas con agua abajo por si tratabas de
huir. No sabes lo que me costó treparme a tu árbol.
―
¿Entonces?
― Sujétate
bien y no preguntes tanto.
Apenas
dichas esas palabras, Viktor encaminó sus patas hasta la puerta que nunca llegó
a abrir. Antes de yo darme cuenta, sentí que mi cuerpo se fundía con el de la
bestia y que en mis costados se hundían astillas de madera que no llegaban a
cortarme, pero sí a causarme dolor. Apreté los dientes y el dolor desapareció.
Me hallé, todavía montada en el lobo, pero en
el pasadizo. No sentía a Davide, pero sí
música que venía de la planta baja. “Love
Me” de Jack Teagarden. Era un disco de Fred que mi marido ahora andaba
escuchando.
El lobo me llevó hasta la escalera. Ahí divisé
en el vestíbulo, a un metro de la escalera, uno de los altos sillones forrados
de cuero de la biblioteca. Seguramente, Davide lo trajera de la biblioteca para
montar guardia desde él y asegurarse de que yo no escaparía
― ¡Nos
verá! ― exclamé asustada.
― ¡Calla!
Somos invisibles. Mientras no te muevas ni hables, no podrá oírnos ni olernos,
ni vernos. Pero calla.
Lentamente,
para no marearme, el lobo descendió elegantemente la escalinata, bueno todo lo
elegante que se puede cuando se cargan cincuenta y ocho kilos de condesa en la
espalda.
Viktor no mentía. Davide no nos vio. Seguía enfrascado en su libro. Al acercarme
reconocí su lectura. El muy perro andaba leyendo mi libro de María Hebrea.
“Qué le
aproveche”, pensé. “Criara canas intentando traducirle”.
Como
para confirmar mis palabras Davide cerró el libro con gesto frustrado y se
llevó la mano a la frente donde le golpeara yo esa tarde.
Pasamos
por su lado, y noté con sorpresa lágrimas en sus ojos. Y a mi pesar, sentí un
poco de lástima por él.
Siempre
invisibles, nos alejamos de Davide hacia la entrada principal. Otra vez
experimenté el dolor de pasar a través de una puerta. Aunado a éste,
experimenté un dolor espiritual. Una sensación de traicionar a alguien muy
querido. ¿Lo sentía así Viktor?
No
llegué a preguntarle porque una vez que nos encontramos a la intemperie, el
lobo comenzó una carrera frenética. Más veloz que un rayo cruzó el puente. Tan
rápido iba que sentí que se levantaba una nube de polvo bajo sus patas que me
cegaba como una tormenta de arena. Cuando volví a abrir los ojos estábamos en
medio del camino hacia Monforte.
― ¡Lo
logramos! ― gritó el lobo ― .Ahora trata de dormir, porque tenemos una larga
carrera, por delante y no quiero que me interrumpas ni quiero atrasarme
haciendo tertulia contigo.


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