Fue Viktor quien apareció tres horas mas tarde, a
recogerme en casa de mi abuelo. La presencia de Senyor Jajam, me cohibió, pero ya en marcha se me hicieron pocas
las palabras para cubrir a mi cuñado de reproches. Para lo sobrenatural yo era
de mente amplia, pero también tenía mis límites. Criar a la nieta de Satanás
los rebasaba.
Con los ojos fijos en la carretera y las manos en el
volante del Lancia, Viktor me escuchaba impasible. Finalmente, cuando se me
acabó el resuello y con el las recriminaciones, habló.
― ¿No has caído en cuenta que ésta es una misión que te
impone Nuestra Señora?
No, ciertamente no pensara yo en eso, Aprovechando mi
desconcierto, continuó.
―Si ha sido la misma Virgen quien ha cuidado de Ettie desde
su nacimiento, no puedes poner tu reparos a sus pedidos. Más aun, puesto que
fue Nuestra Señora quien convenció al Altísimo de que permitiera a Lilith
preñarse.
La sorpresa no me dejaba decir palabra.
― ¿No te lo contó tu abuelo?
Por fin encontré mi lengua
―Senyor Jajam
solo me dijo que El Dio levantó su maldición de hacer a Lilith incapaz de ser madre.
―Fue Nuestra Señora, por razones muy suyas, la que lo
convenció de que permitiera que Lilith y Su Majestad procrearan una hija, pero
le pareció a Dios injusto que Lilith pudiese disfrutar de su hija si la Virgen
no pudo hacerlo con el suyo en su penúltima reencarnación. Tampoco se podía
permitir que El Diablo criase a mi medio hermana, por eso ella fue dada en
adopción al pintor Sir Joshua D’Aguilar y a su mujer.
― ¿Tu hermana alguna vez se enteró de su verdadero origen?
La tristeza nubló el azul de los ojos de Viktor
―Lo supo, si, pobrecilla. Creo que eso y el parir una niña anormal la empujaron a
buscar su triste desino.
Nuevamente, sentí compasión por Ettie y también por su
madre.
―Ella dice que María Hebrea la visita y que le enseña
cosas. ¿Cómo es posible entonces que la consideréis retrasada?
―Ettie es un misterio. ¿Quién supondría que se iba a volver
licántropa al llegarle la pubertad? ¿Que otras sorpresas nos esconde?
Recordé entonces la canción de la lobita. Tal como Ettie, Viktor no me
creyó, pero mi insistencia logró rendir su escepticismo.
―Deja que de esto me encargó yo.― Me advirtió cuando ya
estábamos llegando a Trieste.
Encontramos a Ettie de un humor estupendo. Eso después de
pasarse la mañana en el teléfono de chisme con sus primas Galante. Una
actividad que las rusticas montañesas desconocíamos, pero que por lo que
recordaba de mis condiscípulas irlandesas, era una actividad típicamente adolescente.
Estábamos sentados en el saloncito adyacente al cuarto de
Ettie, donde me instalaron mi cama, cuando Viktor trajo a colación su nuevo
poder
Ettie lazó un suspiro.
―Ahh, capoccia tosta!
―miró
a su tío y se tocó la sien señalándome.―Se le ha metido entre ceja y ceja que
puedo cantar. Dile que no es posible.
Diplomáticamente, Viktor viró la conversación
―Te he traído un regalo. Ve por el, está sobre mi cama y
también trae tu guitarra.
En marchándose Ettie, Viktor se volvió hacia mi.
―Déjame hacer las cosas a mi modo. Pero si son ciertas tus
palabras vamos a tener mucho que hacer
Ettie regreso en ese instante con un sobre de Manila en
la mano. Lo dio vuelta inspeccionándolo y arrugando la nariz.
―No es muy grande. ¿Qué contiene?
Viktor lentamente comenzó a abrir el sobre.
― ¿Ettie, te recuerdas la vez que Davide y yo te llevamos al cine ?
Ettie batió palmas
― Siii. Esa película donde la princesa, con ese vestido de
lamé, canta en la terraza...
―Esa misma―Viktor abrió el sobre y echó un vistazo
a su anterior ― ¿Y te recuerdas de la canción?
Ettie comenzó a recitar llevando el ritmo con el dedo.
―Isn’t it romantic? Music in the night...
Viktor extrajo unos papeles del sobre.
―Te he traído las partituras y la letra. Pensé que tal vez
la podrías adaptar a tu guitarra.
Ettie no se hizo de rogar y aunque volteo un banquito en su prisa por ir por la guitarra, pronto
alzaba la silla con una mano. Su fortaleza lobuna era similar a la de Don Andrés.
Instalada en el asiento con el instrumento en el regazo comenzó a rasguear las
cuerdas mientras su tío sostenía las partituras ante sus ojos.
Ettie no cesaba de sorprenderme. Desde mi niñez conocía
yo guitarristas de todos los tipos, pero nunca viera a alguien tan joven y tan diestra.
No sé que me producía mayor asombro si la rapidez con la que trasladaba las
notas del papel a la guitarra o la de sus dedos que se posaban como mariposas
sobre las cuerdas para luego emprender el vuelo. Pero lo realmente sobrenatural
era la música que embelesaba a quien la oyera. Hasta me disgustó que mi cuñado interrumpiera
el concierto con su voz
―Ettie-dijole Viktor― ¿Por qué no lees la letra para
acompañar tu música? Es tan bonita.
Ettie obedeció, leyendo con gran precisión y sin acento
las palabras en inglés. Me pregunté cómo
aprendiera el idioma, ¿quién fue su maestro?
Cuando iba en la segunda estrofa escrita por Rodgers and
Hart, su voz se alzó como un ave que acaba de encontrar abierta la puerta de su
jaula. Nuevamente oí la voz de la feiticeira
y como esa tarde volví a sentirme desfallecer. Era como si las fuerzas
abandonaran mi cuerpo y no tuviera yo más voluntad.
Miré a Viktor y aunque su condición sobrehumana le hacia
inmune a voces hechiceras, leí preocupación en sus ojos. Pero la preocupación
se trocó en miedo cuando su sobrina lanzando un
grito dejó caer la guitarra y se cubrió la boca con la mano. Viktor avanzo
hacia ella y le apartó los dedos de los labios. Ahora a mi entraron ganas de
gritar. Los colmillos de un lobo asomaban de esos labios.
La aterrorizada Ettie no encontró nada mejor que hacer
que montarse en la cama a mi lado. ¡Ay de mí! ¿iba yo a presenciar la
transformación tan temida? El cuarto fue invadido por una espesa bruma. Sentí
el crujir de la cama y un chasquido como el de una bombilla de luz que estalla.
Cerré los ojos y al abrirlo, la lobita negra estaba en el medio de la alfombra.
―Entonces puedo cantar―. fueron las primeras palabras
de Ettie en su piel de loba
―Y hablar cuando te transformas. ¡Que maravilla!―
exclamó el admirado Viktor.
―Si mucha maravilla-dije
yo la aguafiestas-―pero a ver como vuelve a ser humana
―Sera cosa de cantar―opinó mi cuñado
Resultó que no era cosa ni de coser ni de cantar. Por más
que lo intentara, Ettie solo podía aullarle al cielo raso. Comenzamos a
asustarnos y un par de lagrimones asomaron a los ambarinos ojos de la lobita
Fue Viktor quien impuso la calma.
― ¿Ettie, recuerdas cómo te transformaste de nuevo en niña
la ultima vez?
―Creí que era por haber hablado, pero no es así. Seria por
el tortazo que me di al caer sobre Violante. Menudo lio si cada vez voy a tener que aporrearme...
La interrumpí.
―Tu seguiste siendo loba después y cuando me hablase
seguiste sin transformarte. Ahí me desmayé ¿Qué paso luego?
―Me asusté mucho-dijo Ettie—y entonces cómo no sabia que
hacer ,recé un Shema y me bajé de la cama y ahí...
Sin terminar de hablar, la loba brincó sobre mi cama y
abriendo el morro hizo lo inconcebible emitió la oración que, ya sabía yo, era
el Shema, la reafirmación del monoteísmo judaico. Acabada la plegaria, el
cuerpo de Ettie- loba salió proyectado por
el aire, pero en un segundo en el espacio el pelaje se abrió dando paso a la
larga cabellera negriazulada. Pera cuando los pies de Ettie tocaron el suelo,
era humana otra vez.
Así fue, Lectora, como asistí a otra experiencia prodigiosa
y comencé a aprender nuevas cosas sobre la licantropía, porque la de Ettie no
se parecía a ninguna de las que conociera yo antes.
Davide retornó a Trieste y acepto encantado la idea de
que su sobrina fuera también metamorfa.
―Cazaremos todos juntos—anuncio.
Pero antes de irse de cacería, yo deseaba que él cumpliera
su palabra y se la recordé. Ya bastante hacia yo haciéndome cargo de su
excéntrica parentela, ahora le tocaba a él hacer su parte.
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| Novia judía. Roma, 1910 (j-italy.org) |
Así fue como nos casamos en Trieste, un 23 de julio, dos días después de Tisha
B’Av, en los jardines de la Contessa
Delmedigo.
En
compañía de Dass, llegué a la ciudad el día anterior a mi boda, para sumergirme
en el mikvah y quedar completamente
limpia para recibir a mi marido. Pasé la noche en el caserón, vigilada siempre
desde las sombras por “mi hija”. Ettie por supuesto no asistió a la boda,
aunque tal como me lo prometiera, nos espió desde una ventana.
Lo
vio todo, menos la firma del Ketubah,
el contrato matrimonial, un documento larguísimo e incomprensible en el que se
estipulaban nuestros deberes y nuestros derechos económicos. Cuánto se
comprometía Davide a darme para alfileres mensualmente, a cuánto ascendía mi
dote y cuánto debería devolverme mi marido en caso de divorciarnos. Sentados en
el despacho de la Condesa parecíamos una pareja de aristócratas franceses del
Ancien Regime, hasta había abogados y
notarios presentes.
Vosotras
os quejáis, Lectora, de que yo tengo pocos recuerdos de mi boda. Apenas si
conservo una fotografía, pero es que fue un evento tan impersonal. A ratos,
creía estar en una obra de teatro. Había tantas falsedades. Como el que
acompañase a la juppa a Davide su tío
Aronne Ascarelli, un profesor de física de la Universidad de Turín. No era su
tío, sino el hermano de su supuesto padre y Davide no era huérfano. Tenía un
padre al que todavía no me presentaba y que ni siquiera supe si estaba enterado
de mi existencia.
Fue
una boda horriblemente ajena. No estaban ahí ni Catuxa, ni Don Andrés, ni mi
madrina. Pobre Davide, él también extrañaría la presencia de su hermano Viktor.
¿Ahora entiendes por qué me resultó un ritual tan vacío, ficticio y fácil de
olvidar?
Lo
único que recuerdo con ternura fue el maravilloso arco de sables , sostenidos
muy alto para no chocar con la cabeza del
novio, y la sensación que sentí al cruzarlo del brazo de un hombre
guapísimo al que el uniforme le sentaba fenomenal, pero que me resultaba
difícil asociar con quien iba a ser el padre de mis hijos. Por eso conservo esa
foto de nosotros bajo las espadas, porque para mí fue uno de los últimos
testimonios de que el fascismo y los judíos italianos podían coexistir e
incluso fusionarse.
Por
fin, ese extraño día terminó. El último trozo de pastel, cortado por la famosa
espada de Davide se consumió, y pudimos dejar atrás a toda esa ceremonia tan
fatua y superficial. Ahora venía nuestro tercer matrimonio, el que
verdaderamente reconoce el judaísmo, la consumación carnal.
Abandonamos a los invitados, a los parientes y
a los oficiales y sus espadas en Trieste y nos fuimos por carretera hasta la
casa de piedra. Davide me cargó en brazos a través del bosque de olivos, del
fresal y de la explanada de piedra hasta la casa donde nos esperaba Maurizio
con una sonrisa de gato y una cena preparada por manos Shedim en honor a su
príncipe. Pero Su Alteza no tenía hambre, al menos de comida. Mi impaciente
lobo ya esperase demasiado. Sin dignarse a mirar la mesa, subió, conmigo en
brazos, hasta su cuarto de soltero. Ahí, ente libros polvorientos me hizo suya.
Mi
querida Lectora, el pudor me impide contarte detalles exactos de nuestra
primera cópula. Te basta saber que mis temores a que nuestras diferencias de
tamaño impidiesen un ayuntamiento adecuado resultaron infundados. Con un par de
cojines, el hallazgo del ángulo propicio y muchísima paciencia de ambas partes,
logramos unir nuestros cuerpos.
Catuxa
tenía razón. Hubo un momento en que sentí que Davide me partía realmente en
dos, y me temo que chillé, arañé a mi marido y hasta traté, a punta de patadas,
de separarlo de mí. Por suerte no lo logré, porque tras ese dolor que parecía
insoportable e insuperable vino esa primera satisfacción que años más tarde,
cuando ya somos sabias en el goce físico, recordamos con cierto desdén.
A
medida que descendía de las alturas de la voluptuosidad, tuve una dulce
certeza. El cuerpo incrustado en mi anatomía también era dichoso y era yo, mi
piel, mis curvas y mis secretos rincones, los que le proporcionaban esa dicha.
Ah,
pero yo la experta en Niddah sabía que nuestra alegría tenía que detenerse.
Ahora volvía a estar contaminada y tendríamos que esperar siete días y otra
zambullida en el mikvah, antes de volver a amarnos.
Tras
un último beso, mi marido me dejó en su cama y se marchó a dormir en el cuarto
de Senyor Jajam. Como pude, porque
caminar era como tener una navaja en la ingle, me fui al baño y llené la
bañera.
Me
sentía reacia a sacarme de la piel el olor a Davide, su contacto, el sabor a su
saliva y a otros fluidos, pero no podía quedarme con esa traspiración ni esa
sangre que me manchaba los muslos. Al sumergirme en la tina, el agua entró en
mí y sentí el dolor nuevamente de esa primera punzada, pero ahora me embobé
recreando mentalmente lo que acabamos de hacer. Así terminó mi noche de bodas.
Como
ves, conservo ese recuerdo, junto a la Ketubah
y a esa foto amarillenta de un oficial muy alto y una novia muy menuda, ambos
parados bajo un arco de sables. Todo lo demás lo perdí, hasta el anillo de oro
liso que mi marido puso en mi dedo, hasta la hija que hicimos esa noche.
¿Qué
paso con el vestido? Cuando te casaste, Lectora, tuviste la cortesía de
pedírmelo. Pero ya no estaba en mi poder. Lo dejé en el arcón de Naiciña y
nunca más lo vi. Algún ladrón que vino con los muchos ejércitos que ocuparon
esa casa durante “Los Años del Caos”, se lo llevaría. Fue para mejor. ¿Querrías
casarte con un traje ajado antes que la creación exclusiva de Dior que llevabas
cuando te escolté hasta la juppa?
Desperté
tarde con la luz del sol dándome en la cara y el cabello, que cubría como un
velo mi mejilla. Lo aparté de un manotazo. Me incorporé en la cama y vi que mi
cabello rodaba sobre el camisón limpio que me puse tras el baño. Parecía crines
de caballo. Estaba larguísimo, me llegaba más abajo del busto. Lo palpé y no
parecía mi pelo de siempre, se sentía como seda y a medida que mis dedos se
entrometían entre las hebras cobrizas vi que las marañas de siempre ya no
estaban.
Asustada,
me levanté y fui al espejo a comprobar tanta maravilla, pero una sola mirada al
cristal me hizo lanzar un grito y pegar un brinco simultáneamente. La del
espejo no era yo.
Me
cubrí los ojos con la mano, segura de que era presa de ilusión óptica y
acercándome al espejo nuevamente, me atreví a mirarme. No, yo nunca tuve esa
piel tan blanca. La recorrí con los dedos. No la recordaba tan tersa y sin
espinillas. Y esos ojos tan grandes.
¿Cómo? Si el izquierdo siempre fue más pequeño que el otro. ¿Y de dónde salieron esa boca y nariz tan
bien cinceladas?
Me refregué la cara como lo hacia cuando me
convertía en vieja y nada. Tenía que ser un hechizo como él de la feiticeira. Me mojé el rostro con el
agua del jofaina y volví a mírame, pero me enfrenté a una extraña.
Aterrorizada,
corrí al corredor donde había otro espejo y ahí seguía esa cara desconocida
persiguiéndome. Comencé a golpear la
puerta del cuarto de Senyor Jajam.
Davide me abrió. Estaba a medio vestir, descalzo y nada más con los pantalones
encima.
―
¡Mírame!― le grité, cogiéndole del brazo y olvidándome de Niddah ― ¿A quién
ves?
Me
miró como si fuese yo una intrusa.
―
¡Soy yo!― le grité tocándome el rostro ―. Aquí adentro estoy yo, tu mujer.
Poco
a poco, su mirada de sospecha se convirtió en una de terror. Asiéndome del
brazo me arrastró hasta mi cuarto. Sin decir una palabra, quitó la llave de mi
puerta y me la metió en la mano.
―
¡Enciérrate!― me ordenó ―. Enciérrate y no abras hasta que me haya marchado,
que si no lo haces, no respondo de mí.
Muerta
de susto, le obedecí. Sólo cuando cerré la puerta entendí lo que quería
decirme. Estaba yo tan guapa que Niddah o no Niddah, iba a hacerme suya.
Me
quedé ahí quieta, sin moverme. Pasó el tiempo y con él mi corazón se calmó y mi
oído se agudizó. La casa estaba en silencio, ni los pasitos de Maurizio se
oían. Finalmente, sentí pasos subir la escalera. No eran los de mi marido. Unos
golpes en la puerta a mi espalda, me hicieron saltar. Los golpes fueron
seguidos por la voz de mi abuelo.
―
¡Violante, abre fija mía!
Asustada,
me paré y le obedecí, pero temiendo su reacción, me cubrí el rostro con las
manos
―
¡Quita, quita, criatura! ― dijo con impaciencia, mientras apartaba mis manos. Temblando,
esperé que se pusiese a dar de gritos como mi esposo. Pero nada, me miró muy
ancho y luego lanzó un suspiro de alivio.
―Vaya,
Davide me asustó con sus ayes de que había llegado el mago Frestón a encantarle
a Dulcinea.
― ¿Y
qué me pasa entonces?― pregunté ― ¿Acaso no soy víctima de un encantamiento?
Se
echo a reír
―No, Kara de luna. Ese es el rostro que El Dio siempre quiso para ti y que
llevabas muy escondido, por razones que nada más Él conoce.
Más
tranquila, me acerqué al espejo. No pude evitar ponerme un poco engreída al
verme tan guapa.
― ¿Y
por qué ahora vengo a tener esta cara?
―Pues,
ha sido el amor que te puesto colores en las mejillas y brillo en los ojos. He
visto a otras mujeres florecer tras conocer varón, pero nunca así tan
exuberantemente como tú. Igual, creo que esto amerita una Braja.
Y
poniendo sus manos sobre mi cabeza recitó una bendición especial. La que se
hace al presenciar algo maravilloso. Fue así, bajo tan propicios augurios, que
comencé mi vida de casada.



Bueno, el Santo siempre dice que me vé mucho más bonita cuando estoy feliz, pero esa diferencia tan grande... ojalá me hubiera pasado, jajaja!
ResponderEliminarTenía entendido que una boda judía era una de las cosas más hermosas que pueda uno presenciar. Nunca he tenido la fortuna de asistir a una de ellas, pero quién sabe, tal vez en un futuro...
Eso del arco de sables creo que es la fantasía de muchas de nosotras, sobre todo de las que tenemos fijación con los uniformes, jeje...
Me encanta la historia de la lobita, no veo la hora de saber cómo sigue!
Querida Guivi, que bueno que sigas leyendo. En bodas nuevamente hay diferencias. Teno que decir que las bodas askenazis son más lindas y llenas de costumbres muy emotivas. Las sefarditas africanas son escandalosas y llenas de música y color. Las italianas eran muy circunspectas, como digo ahí, lo más importante era la firma del contrato. No pude encontrar fotos de bodas miliares judeo-italianas. Aunque con tanto judío en el Regio Esercito, debe haber habido varias. Una costumbre que no incluí, es que en Italia, la juppa (el toldo que casi siempre se hacia con el talit, el manto sagrado el novio,) no era sostenida ni por postes ni por amigos como en las bodas italianas modernas. La costumbre era que el novio se envolviera el y la novia en el como parte de la ceremonia.
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