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| (mah.sen.es) |
Aunque Tía
Dass contrataba únicamente chicas judías para atender su negocio y acompañarla
en la cocina, Lotte, su criada de confianza era una devota católica por lo que
el domingo era su día de asueto. Ese día, mi tía acostumbraba hacerse el
desayuno ella sola, almorzaba en su restaurante, y luego se iba a visitar
amigas asegurándose de quedarse con ellas para el Jause, la hora del té de Viena.
Tal como planeáramos, Viktor y su madre
invitaron ese día a Dass a tomar el Jause con ellos. Yo fingí un dolor de
cabeza como excusa para quedarme, sola y muy nerviosa, en el piso. El sábado, Delarah me llamó para avisarme que
Davide llegaría en el tren de las cinco.
Con los
ojos fijos en el reloj me puse un vestido en gasa gris humo, con margaritas
estampadas y con un gran cuello de piqué
blanco ,que me comprara mi tía. Antes de sentarme ante el tocador a pintarme,
llamé por el auricular que comunicaba con la cocina.
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| (McCalls, 1934) |
―Té
para dos. Bitte― pedí en mi
titubeante alemán.
― ¿Fraulein espera a alguien?― la voz de
Josephine sonó censuradora. No tenía instrucciones de Dass respecto a visitas
ni gente extraña en su casa.
―Ja― comencé y me mordí el labio. No sabía
suficiente alemán para explicar la presencia de Davide. Y decidí que mejor
pisar sobre seguro. ―Mein Mann. Herr Doktor
Ascarelli.
―Ahh―
un suspiro de alivio sopló en mi oreja ―pero Frau Dass no nos dijo nada. Le hubiéramos preparado sus platillos
favoritos.
Tratando
de no parecer impaciente, le dije que no estaba segura de que nos quedaríamos a
cenar. Mis ojos escudriñaban el reloj de pared. Por fin colgamos y me fui a pintarme
los labios.
Josephine
era muy diligente. Acababa yo de aplicarme el pintalabios y de rociarme “Tabú”
en el cabello y las orejas, cuando una de las camareras andaba golpeando la
puerta para luego entrar con una gigantesca bandeja cargada con un samovar de porcelana y un servicio de té, cuyas piezas fue colocando
sobre la mesa.
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| (eliteaucion.com) |
La vista de los emparedados sin corteza me recordó la casa de mi
madrina y esa tarde en que conocí a Davide.Sentí
la congoja de la nostalgia en el corazón. Si antes temía ver a mi marido, ahora
anhelaba su presencia a pesar de los miedos que me metiera Delarah.
La camarera se fue cerrando la puerta tras de ella. La entreabrí. Así Davide podría subir apenas Josephine me avisará de su llegada. ¿Debería esperarle de pie o sentada? ¿En el salón o en el dormitorio? No, el dormitorio no.
La camarera se fue cerrando la puerta tras de ella. La entreabrí. Así Davide podría subir apenas Josephine me avisará de su llegada. ¿Debería esperarle de pie o sentada? ¿En el salón o en el dormitorio? No, el dormitorio no.
Comencé a dar de vueltas como una idiota.
Finalmente, aquejada por esa inseguridad que nos entra a las mujeres cuando
esperamos al hombre que nos interesa, corrí al cuarto a verme al espejo. La
imagen me tranquilizó. Seguía siendo la misma, no estaba peor.
Oprimí
las manos contra mi pecho para aquietar el inicio de una taquicardia, me alisé
el cabello con las manos y con un paso más firme me dirigí al saloncito. Fue ahí
que me encontré cara a cara con mi marido que estaba hurgando en la bandeja de
los sándwiches como un gato que aprovecha la lejanía de su dueño para treparse
a la mesa. Al verme, dejó caer el bocadillo, con la cara de un niño atrapado en
travesura.
Un
segundo pasó en que todo quedó paralizado, pero únicamente por un segundo.
Igual que unicamente por un segundo sentí que me faltaba el aire y que iba a
desvanecerme. En la cara de Davide se dibujó primero sorpresa, luego tristeza y
luego esa alegría rara que nace de la tristeza. No sé que reflejaría mi rostro,
pero mis pies volaron. En otro segundo estaba en sus brazos que se cerraron
alrededor mío lo suficientemente fuertes para alzarme del suelo y acercarme a
su boca que hizo exactamente lo que yo quería que hiciera.
Nos besamos
con desesperación como se debe besar la gente cuando se reencuentra tras largos
periodos de cárcel. Nos besamos con hambre como si nada más pudiéramos
alimentarnos el uno del otro. Y luego, muy despacito, nos despegamos. Él me
deposito con cuidado en el suelo, pero seguí apretada contra su pecho, contra
la camisa de seda bajo la cual latía su corazón tan fuerte como el Big Ben.
―Creí
que no iba a volver a verte― dijo ―creí que nunca mas íbamos a estar así.
Refregué
mi rostro contra su pecho y alce mi brazo para poder acariciar su rostro.
―No
sabes lo feliz que me hizo tu mensaje y luego cuando Delarah me lo corroboró―
su voz estaba ahogada por mi cabello que seguía besando.
Me
apartó por un segundo para mirarme como asegurándose de que era yo.
― Soy
la misma ― le dije sonriendo ―. Feúcha como siempre.
―Qué
linda eres― dijo y le creí. Porque ahí, bajo la caricia de su mirada, me sentía
hermosa.
Lo tomé
de la mano y lo llevé al sofá. Necesitaba pensar, pero era difícil con él a mi
lado y en ese estado tan cariñoso que me desarmaba.
―Davide―
dije, tratando de recobrar el rumbo de mi plan ―. Tenemos que hablar.
Su respuesta
fue volver a besarme con un vigor que me dejaba frágil e indefensa.
Su boca
viró de rumbo de mi rostro hacia mis orejas y comenzó a bajar por mi cuello,
haciéndome cosquillas. Yo infructuosamente trataba de librarme de sus caricias,
pero mi risa le animaba a seguir.
Lo vi
encima de mí con sus manos encontrándome y empujándome y empujándome hasta que
mi cabeza aterrizó en el brazo del sofá y mi cuerpo quedó en postura
horizontal. Volvió a reclamar mi boca, mientras sus dedos me recorrían sin prisa.
Yo le dejé hacer. Había tiempo, toda una vida para hablar.
Esas manos
suyas que parecían estar en todas partes ascendieron por mi espalda, apartaron
mi cabello y desabotonaron mi vestido sin que yo lo impidiese. La tela se
deslizó por mis bazos y se derrumbó enroscándose alrededor de mi cintura.
Mi
esposo se puso de pie, se quitó la americana que arrojó al suelo y se aflojó la
corbata. Nunca dejó de mirarme y bajo su mirada, yo no atinaba a moverme, codiciando
el momento en que resbalara de nuevo sobre mí.
Su boca
se pegó a mi piel, cubriendo de besos pequeños mis hombros, mi tórax y mis senos,
aún cubiertos por el sujetador de blonda. Estrujó mis pechos hasta que estos,
henchidos como palomas, amenazaron rebalsar la prenda que los cubría. El besó
ese exceso, dejando que su lengua recorriese la parte alta de mis senos para
luego deslizarse entre ambos.
La intimidad
de la caricia me hizo perder la conciencia. Sólo podía permanecer ahí, mis
dedos enterrados en su cabello, gimiendo ahogada, pensando que no podía haber
mayor deleite que ése. Me equivocaba. Un sonido metálico en mi espalda me hizo
ver que la ultima barrera entre mis tetitas y su boca desaparecía. De un golpe,
Davide me arrancó el brassiere y lo
mandó a hacerle compañía a su ropa en el suelo.
El primer
contacto de sus labios con mis pezones envió una descarga eléctrica través de
todo mi ser. Lancé un grito sofocado y me arqueé como si de verdad me tocase la
corriente. Ese grito se convirtió poco a poco en una serie de suspiros jadeantes
a medida que ese hombre extraordinario me obligaba a conocer sensaciones
insospechadas y bastante desvergonzadas. Pero no podía detenerle. Era mi
marido, mi dueño y yo ya no conocía otra voluntad más que la suya que se
enfocaba en un único objetivo, matarme de placer.
Mis
pezones me dolían de tanto ser lamidos, mordidos y succionados, pero era un tormento
placentero como otro que crecía entre mis pernas que en el abandono de la
situación se abrían y se enlazaban a la cintura de Davide. Como si supiese, su
mano acarició mi muslo, subiendo hasta tocarme ahí exactamente donde me dolía. Volví
a arquearme, mientras una ola dulce como la miel me recorría entera y hacía brotar
lágrimas de mis ojos. Mi cuerpo volvió a caer sobre los cojines y quedó ahí
temblando como si acabara de sufrir un ataque de epilepsia.
― ¿Qué
fue eso?― mi voz parecía venir de otro mundo.
―Eso,
luz de mis ojos, tiene un nombre científico― su dedo recorrió mis labios ―. Es
un orgasmo, chiquito, pero no muy común en una mujer a menos que su hombre esté
dentro de ella.
Me
moría de vergüenza al darme cuenta que estaba ahí medio desnuda y expuesta,
ante un hombre, dueño total de la situación, y que ahora sabía como dominarme. Era
impropio, alguien podía llegar y sorprendernos. Además, era la casa de mi tía.
―Davide―
susurré― .No podemos seguir aquí.
―Tienes
razón― su cuerpo volvió a cubrir el mío ―. No podemos seguir así.
No, que
yo dije “aquí", no "así". Teníamos que marcharnos, pero no pude
decirle nada porque Davide volvía a besarme. Su mano regresó a mi entrepierna
donde comenzaba de nuevo esa sensación tan rara. “Orgasmo” la llamó él, sonaba
a medicina.
―Davide―
su boca por fin me liberaba y se apoyaba en mi barbilla ― .Vámonos a otro…
Un
grito de dolor interrumpió mis palabras. El muy maldito me estaba mordiendo.
Pensé que la pasión le hacía olvidar su
delicadeza.
― ¿Qué
haces? Suéltame que me haces daño.
Ni me
soltó ni me respondió. Entonces, supe que me estaba sujetando como los lobos
sujetan a la presa. Le vi alzar la mano y acercarla a mi rostro hasta que su
palma se apoyó en mi frente. Y ahí dejó de morderme por un momento para decirme
palabras que me paralizaron.
―Lo
siento, Violante, pero no quiero que nos separemos nunca.
Su voz
sonaba muy lejana y yo me estaba sumergiendo en un pozo oscuro mientras que de
mi frente escapaba una luz que entraba en la palma de su mano. Fue el terror el
que finalmente me hizo moverme. Usando mis codos y rodillas de palanca, me
liberé de sus manos, de su cuerpo, de sus colmillos y rodé al suelo.
Vi la expresión
de sorpresa en su rostro, pero rápidamente sus sentidos animales lo tenían
alerta. De un sólo zarpazo me cogió de la parte de mi vestido que colgaba
ridículamente alrededor de mi cintura. Yo no sería animal, pero todo mi
instinto me impulsó a huir de Davide en sentido contrario a esa mano aferrada a
mi ropa.
Escuché
como la tela se desgarraba. Asustada, me así de lo primero que encontré, que
fue el tapete de la mesita. Sin planearlo, lo jalé hacia mí derribando la
bandeja y precipitando una lluvia de bizcochos sobre la alfombra.
El
samovar bamboleó unos segundos antes de desplomarse sobre el brazo que seguía asido
a mi vestido. Un crujido de la porcelana al partirse contra el suelo y grito que coaguló mi sangre fueron la respuesta al golpe y sentí
su mano aflojar. Estaba libre.
Como
pude, me puse de pie, sosteniendo los restos de mi ropa contra mi pecho desnudo.
Davide estaba semi postrado en el sofá. Sus ojos estaban cerrados y respiraba
agitado como los animales cuando les duele algo.
¡Pues
vaya que era alharaco! El samovar no pesaba tanto ni estaba tan caliente.
Entonces recordé lo que Viktor me contara sobre la sensibilidad de la epidermis
del Hermano Lobo al calor.
Era mi oportunidad
de huir. Sin mirar donde iba, me dirigí a la puerta, pero algo en el suelo me
hizo tropezar y caer de bruces. Era la americana de mi marido, y el obstáculo
que diera conmigo en la alfombra era algo metálico que llevaba adentro. Los
benditos cuchillos.
Davide
no parecía interesado en perseguirme. Estaba arremangándose la manga. Su brazo lucía
rojo e hinchado como si acabara de sumergirlo en agua muy cliente. Sin ni
siquiera mirarme, de un salto se paró y corrió hacia el dormitorio.
Aproveché
para volver a meter brazos y cabeza dentro de mi vestido que tenía un jirón
desde el sobaco hasta la cintura. Tanteé el interior de la americana hasta que
di con el mango del cuchillo más largo, el de cocina. Con él en la mano, pegado
al muslo, caminé de puntillas hasta el cuarto de mi tía.
Desde
el umbral vi que mi marido estaba en el baño metiendo una gran algazara. La
llave del lavabo estaba abierta, pero Davide ni la miraba, ocupado en registrar
el botiquín. Arrojó al suelo todos los frascos de medicina hasta que finalmente
dio con uno que abrió con los dientes. Todo lo hacía con los dientes ahora. Era un
verdadero animal. Comenzó a aplicarse una pomada blanca sobre el brazo, lanzando
bufidos de ira.
Estaba
a punto de volverme y huir, cuando él se volteo y me vio. Sus ojos me lanzaron
una mirada terrible que bajó por mi cuerpo hasta dar con el cuchillo. Algo como
una mueca disfrazada de sonrisa se dibujó en su rostro.
― ¿Y
con eso planeas detenerme?― preguntó.
Nunca alcancé
a saber si podría detenerlo o no, porque se tambaleó como el samovar hacía un
rato y se agarró de la puerta para no caer. Sacudió la cabeza e intento sonreír
de nuevo, pero vi su rostro palidecer de dolor. Trastabillando, entró al cuarto
y se desplomó en la cama.
¿Era
una trampa? No supe que hacer. Davide estaba tendido inmóvil como desmayado o
muerto. Me acerqué sin soltar el cuchillo. A medida que me acercaba sentía su
respiración entrecortada.
―El brazo
― murmuró.
Corrí
al baño. Mojé una toalla en el agua que brotaba del grifo todavía abierto. Cerré
la llave y regresé corriendo a la pieza. En algún lugar del camino, dejé caer
el cuchillo sobre la alfombra.
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Con la toalla
comencé a limpiar la capa de pomada que se aplicara como si fuese crema chantilly.
Ahora fue mi turno de gritar, porque su piel se desprendió, como la de un pimiento
asado, quedando parte de ella en la tolla. Ante mis ojos vi un espectáculo
horrible de tejidos expuestos resumiendo pus. Miré a mi marido en busca de una
explicación.
Haciendo
un gran esfuerzo, Davide abrió sus ojos y observó su brazo.
― ¿Qué
tenía el ungüento?― pregunto con voz débil.
Corrí
al baño, tropezándome con los frascos en el suelo, y encontré el pomo. Me bastó
una mirada a la lista de ingredientes para darme cuenta. Regresé, arrastrando
los pies.
―Nitrato
de plata― respondí. Hubo un largo silencio, mientras mi marido asimilaba que acababa
de ser envenenado. Sin quererlo, era yo quien le llevara a la única sustancia
que podía matar a un licántropo.
― ¿Qué
puedo hacer?― pregunté desconsolada.
―Llama a
Josephine, dile que traiga todos los limones que pueda encontrar.
Era admirable
como podía controlar su dolor y tener presencia de ánimo. Hacía apenas unos minutos aullaba al sentir
una pequeña quemadura. Ahora en presencia de la muerte, se comportaba heroico y
pragmático.
Corrí
de vuelta al salón y me colgué del auricular. La voz que llamó a Josephine sonó
histérica y ajena. Luché por controlarla y pedir lo ordenado, tratando de
parecer normal. Sentí un respingo al otro lado del auricular, pero Josephine no
se dignaría a discutirme.
Recogí
la americana y la llevé al cuarto. Davide yacía en la cama, sus ojos estaban cerrados.
―Ya
viene Josephine.
Traté
de hablar con voz calma, pero las lágrimas se acumulaban en mi garganta. Lo
menos que quería hacer ahora era gimotear. Dejé la americana al borde de la cama
y volví al salón.
Josephine,
siempre tan diligente, estaba parada en medio de la sala con una fuente con limones
en las manos. Sus ojos revisaron cada detalle del cuarto, los cojines
aplastados del sofá, el samovar en el suelo y las galletas esparcidas sobre la
alfombra. Sus ojos me revisaron a mí desde mi rostro que debía ser todo un cuadro
hasta el jirón del vestido.
―Herr Doktor? ― preguntó con una voz
admirablemente tranquila.
―Allá adentro―
dije señalando el cuarto.
―Ja―dijo ella con una expresión que pretendía
ser compresiva y mundana.
Se
agachó a recoger el samovar. Con él en la mano, se retiró después de lo que yo
consideré el intervalo más largo de mi vida.
Volví
al cuarto y le pasé los limones a Davide quien comenzó a darles mordiscos. No
puedo decir que sus modales fuesen muy urbanos, pero por una vez lo de un caso
de vida y muerte se aplicaba a la situación. Estaba a mitad del segundo fruto
cuando pareció sentirse un poco mejor. Al menos, pudo sentarse en la cama y
observar todo el caos a su alrededor.
―Será mejor
que recojas todo, antes que llegué tu tía― señaló lo frascos en el suelo.
Como autómata
lo obedecí. El hombre tenía voz de mando. Y lo obedecía cuando debería estar
corriendo por las calles de Viena o cubriéndole de reproches. ¿Acaso me
olvidaba de lo que me hiciera y de lo que planeaba hacerme?
El sí
se acordaba de lo sucedido.
―Debí
haber intentado quitarte tus poderes cuando estabas en el medio del orgasmo―él
muy maldito no tenía vergüenza ―Ahí no hubieras tenido fuerzas para resistirme.
― ¡No
doy crédito!― grité ― ¿No te das cuenta de lo que causa tu irreflexión?
― ¿Yo
qué he hecho?― sus ojos se abrieron inmensos de sorpresa ―.Tú me quemaste.
―Y tú,
el gran médico, te echas cualquier potaje sin mirar lo que contiene. ¿Por qué
no esperaste que te ayudara yo? Las quemaduras se arreglan con agua fría o
manteca.
―Si te
hubiera dejado, me hubieses abierto en canal con mi propio cuchillo como si
fuese un bacalao.
Cogió la agenda de direcciones de mi tía que
estaba en la mesita de noche y comenzó a hojearla.
― ¿Qué
haces?
―Buscar
a alguien que me saque de aquí. No estoy en condiciones de salir por mi propio
pie y no me quiero quedar a esperar a Dass. Juntas vais a volverme loco con
reproches y preguntas.
Exasperada,
me fui al baño. Mientras terminaba de reponer el desorden del botiquín, sentí
que Davide hablaba con alguien. Fue muy breve. Habló en voz baja y cortante. La
persona al otro lado debía tener muy buena disposición para obedecerle.
― ¿A
quién llamaste?― pregunté desde el umbral del baño al verle colgar.
― A Delarah.
Ya está en camino.
―Así que
esa es tu cómplice, Dr. Frankestein. Y yo que pensé que los sabios locos eran
cosa de Hollywood.
Davide
no me oía. De nuevo se derrumbaba sobre el respaldo de la cama, los ojos
cerrados y ese aliento esporádico tan alarmante regresó.
― ¿Te
duele?― pregunté odiando mi preocupación.
―Hasta
el cuello― masculló entre dientes ―. Comenzó hace un rato, pero se está
volviendo insoportable.
Todo su
brazo tenía ahora un tono violáceo y rojizo como las nubes del atardecer de un
día soleado.
―Come
más limón― le ofrecí una fruta pero no parecía tener fuerzas para cogerla. Recobré
el cuchillo del suelo y partí el limón. Me trepé a la cama y exprimí un poco de
zumo sobre sus labios que apenas podía entreabrir. Para poder darle de beber
mejor, me acomodé sobre la almohada sosteniendo su cabeza en mi regazo.
― ¡Pobre
loco mío!― Oprimí mis labios contra su pelo húmedo de transpiración.
Recordé
a un alcalde que tuvimos en Nossa Señora, en mi infancia. Un hombre my capaz que
un día perdió la cabeza. Le dio por correr desnudo con las ovejas. Su esposa,
una mujer agobiada por ocho partos y envejecida antes de tiempo, le seguía con
una cobija en la que lo envolvía cuando el hombre se cansaba. Una vez, la vi bajo
un castaño con el alcalde en sus brazos, acunándole como yo ahora hacía con mi
marido demente.
Ya no
le reprochaba nada a Davide. ¿Cómo se puede regañar a quien no conoce la razón?
Hasta ese deseo que hiciera presa de mí esa tarde se apagó reemplazado por una
ternura inmensa y más intensa que todas las pasiones humanas. Mi compasión sólo
se equiparaba a la que hizo que Sancho siguiese al más divino de los lunáticos.
Pero la única Ínsula Barataria que
ansiaba era una que devolviese cordura y salud a mi marido.




Este Davide está obnibiladísimo... es un peligro andante... pobre Violante, en qué situación la ha metido! Bien, ahora no me queda más que esperar la continuación...
ResponderEliminarVoy a tratar de subirlo esta próxima semana. Este finde estoy ultra ocupada y muy complicada. Con las lluvias casi no me atrevo a prender la c y en casa no faltan los problemas domésticos. Mil gracias por haberla leído, y espero que continúes.
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