Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

miércoles, 3 de julio de 2013

26. Violante: Nitrato de plata (Alerta: contenido sexual)

(mah.sen.es)


Aunque Tía Dass contrataba únicamente chicas judías para atender su negocio y acompañarla en la cocina, Lotte, su criada de confianza era una devota católica por lo que el domingo era su día de asueto. Ese día, mi tía acostumbraba hacerse el desayuno ella sola, almorzaba en su restaurante, y luego se iba a visitar amigas asegurándose de quedarse con ellas para el Jause, la hora del té de Viena.
 Tal como planeáramos, Viktor y su madre invitaron ese día a Dass a tomar el Jause con ellos. Yo fingí un dolor de cabeza como excusa para quedarme, sola y muy nerviosa, en el piso.  El sábado, Delarah me llamó para avisarme que Davide llegaría en el tren de las cinco.
Con los ojos fijos en el reloj me puse un vestido en gasa gris humo, con margaritas estampadas y  con un gran cuello de piqué blanco ,que me comprara mi tía. Antes de sentarme ante el tocador a pintarme, llamé por el auricular que comunicaba con la cocina.
(McCalls, 1934)

―Té para dos. Bitte― pedí en mi titubeante alemán.
― ¿Fraulein espera a alguien?― la voz de Josephine sonó censuradora. No tenía instrucciones de Dass respecto a visitas ni gente extraña en su casa.
Ja― comencé y me mordí el labio. No sabía suficiente alemán para explicar la presencia de Davide. Y decidí que mejor pisar sobre seguro. ―Mein Mann. Herr Doktor Ascarelli.
―Ahh― un suspiro de alivio sopló en mi oreja ―pero Frau Dass no nos dijo nada. Le hubiéramos preparado sus platillos favoritos.
Tratando de no parecer impaciente, le dije que no estaba segura de que nos quedaríamos a cenar. Mis ojos escudriñaban el reloj de pared. Por fin colgamos y me fui a pintarme los labios.
Josephine era muy diligente. Acababa yo de aplicarme el pintalabios y de rociarme “Tabú” en el cabello y las orejas, cuando una de las camareras andaba golpeando la puerta para luego entrar con una gigantesca bandeja cargada con un samovar de porcelana y un servicio de té, cuyas piezas fue colocando sobre la mesa. 
(eliteaucion.com)

La vista de los emparedados sin corteza me recordó la casa de mi madrina y esa tarde en que conocí a Davide.Sentí la congoja de la nostalgia en el corazón. Si antes temía ver a mi marido, ahora anhelaba su presencia a pesar de los miedos que me metiera Delarah.
La camarera se fue cerrando la puerta tras de ella. La entreabrí. Así Davide podría subir apenas Josephine me avisará de su llegada. ¿Debería esperarle de pie o sentada? ¿En el salón o en el dormitorio? No, el dormitorio no.
 Comencé a dar de vueltas como una idiota. Finalmente, aquejada por esa inseguridad que nos entra a las mujeres cuando esperamos al hombre que nos interesa, corrí al cuarto a verme al espejo. La imagen me tranquilizó. Seguía siendo la misma, no estaba peor.
Oprimí las manos contra mi pecho para aquietar el inicio de una taquicardia, me alisé el cabello con las manos y con un paso más firme me dirigí al saloncito. Fue ahí que me encontré cara a cara con mi marido que estaba hurgando en la bandeja de los sándwiches como un gato que aprovecha la lejanía de su dueño para treparse a la mesa. Al verme, dejó caer el bocadillo, con la cara de un niño atrapado en travesura.
Un segundo pasó en que todo quedó paralizado, pero únicamente por un segundo. Igual que unicamente por un segundo sentí que me faltaba el aire y que iba a desvanecerme. En la cara de Davide se dibujó primero sorpresa, luego tristeza y luego esa alegría rara que nace de la tristeza. No sé que reflejaría mi rostro, pero mis pies volaron. En otro segundo estaba en sus brazos que se cerraron alrededor mío lo suficientemente fuertes para alzarme del suelo y acercarme a su boca que hizo exactamente lo que yo quería que hiciera.
Nos besamos con desesperación como se debe besar la gente cuando se reencuentra tras largos periodos de cárcel. Nos besamos con hambre como si nada más pudiéramos alimentarnos el uno del otro. Y luego, muy despacito, nos despegamos. Él me deposito con cuidado en el suelo, pero seguí apretada contra su pecho, contra la camisa de seda bajo la cual latía su corazón tan fuerte como el Big Ben.
―Creí que no iba a volver a verte― dijo ―creí que nunca mas íbamos a estar así.
Refregué mi rostro contra su pecho y alce mi brazo para poder acariciar su rostro.
―No sabes lo feliz que me hizo tu mensaje y luego cuando Delarah me lo corroboró― su voz estaba ahogada por mi cabello que seguía besando.
Me apartó por un segundo para mirarme como asegurándose de que era yo.
― Soy la misma ― le dije sonriendo ―. Feúcha como siempre.
―Qué linda eres― dijo y le creí. Porque ahí, bajo la caricia de su mirada, me sentía hermosa.
Lo tomé de la mano y lo llevé al sofá. Necesitaba pensar, pero era difícil con él a mi lado y en ese estado tan cariñoso que me desarmaba.
―Davide― dije, tratando de recobrar el rumbo de mi plan ―. Tenemos que hablar.
Su respuesta fue volver a besarme con un vigor que me dejaba frágil e indefensa.
Su boca viró de rumbo de mi rostro hacia mis orejas y comenzó a bajar por mi cuello, haciéndome cosquillas. Yo infructuosamente trataba de librarme de sus caricias, pero mi risa le animaba a seguir.
Lo vi encima de mí con sus manos encontrándome y empujándome y empujándome hasta que mi cabeza aterrizó en el brazo del sofá y mi cuerpo quedó en postura horizontal. Volvió a reclamar mi boca, mientras sus dedos me recorrían sin prisa. Yo le dejé hacer. Había tiempo, toda una vida para hablar.
Esas manos suyas que parecían estar en todas partes ascendieron por mi espalda, apartaron mi cabello y desabotonaron mi vestido sin que yo lo impidiese. La tela se deslizó por mis bazos y se derrumbó enroscándose alrededor de mi cintura.
Mi esposo se puso de pie, se quitó la americana que arrojó al suelo y se aflojó la corbata. Nunca dejó de mirarme y bajo su mirada, yo no atinaba a moverme, codiciando el momento en que resbalara de nuevo sobre mí.
Su boca se pegó a mi piel, cubriendo de besos pequeños mis hombros, mi tórax y mis senos, aún cubiertos por el sujetador de blonda. Estrujó mis pechos hasta que estos, henchidos como palomas, amenazaron rebalsar la prenda que los cubría. El besó ese exceso, dejando que su lengua recorriese la parte alta de mis senos para luego deslizarse entre ambos.
La intimidad de la caricia me hizo perder la conciencia. Sólo podía permanecer ahí, mis dedos enterrados en su cabello, gimiendo ahogada, pensando que no podía haber mayor deleite que ése. Me equivocaba. Un sonido metálico en mi espalda me hizo ver que la ultima barrera entre mis tetitas y su boca desaparecía. De un golpe, Davide me arrancó el brassiere y lo mandó a hacerle compañía a su ropa en el suelo.
El primer contacto de sus labios con mis pezones envió una descarga eléctrica través de todo mi ser. Lancé un grito sofocado y me arqueé como si de verdad me tocase la corriente. Ese grito se convirtió poco a poco en una serie de suspiros jadeantes a medida que ese hombre extraordinario me obligaba a conocer sensaciones insospechadas y bastante desvergonzadas. Pero no podía detenerle. Era mi marido, mi dueño y yo ya no conocía otra voluntad más que la suya que se enfocaba en un único objetivo, matarme de placer.
Mis pezones me dolían de tanto ser lamidos, mordidos y succionados, pero era un tormento placentero como otro que crecía entre mis pernas que en el abandono de la situación se abrían y se enlazaban a la cintura de Davide. Como si supiese, su mano acarició mi muslo, subiendo hasta tocarme ahí exactamente donde me dolía. Volví a arquearme, mientras una ola dulce como la miel me recorría entera y hacía brotar lágrimas de mis ojos. Mi cuerpo volvió a caer sobre los cojines y quedó ahí temblando como si acabara de sufrir un ataque de epilepsia.
― ¿Qué fue eso?― mi voz parecía venir de otro mundo.
―Eso, luz de mis ojos, tiene un nombre científico― su dedo recorrió mis labios ―. Es un orgasmo, chiquito, pero no muy común en una mujer a menos que su hombre esté dentro de ella.
Me moría de vergüenza al darme cuenta que estaba ahí medio desnuda y expuesta, ante un hombre, dueño total de la situación, y que ahora sabía como dominarme. Era impropio, alguien podía llegar y sorprendernos. Además, era la casa de mi tía.
―Davide― susurré― .No podemos seguir aquí.
―Tienes razón― su cuerpo volvió a cubrir el mío ―. No podemos seguir así.
No, que yo dije “aquí", no "así". Teníamos que marcharnos, pero no pude decirle nada porque Davide volvía a besarme. Su mano regresó a mi entrepierna donde comenzaba de nuevo esa sensación tan rara. “Orgasmo” la llamó él, sonaba a medicina.
―Davide― su boca por fin me liberaba y se apoyaba en mi barbilla ― .Vámonos a otro…
Un grito de dolor interrumpió mis palabras. El muy maldito me estaba mordiendo.
 Pensé que la pasión le hacía olvidar su delicadeza.
― ¿Qué haces? Suéltame que me haces daño.
Ni me soltó ni me respondió. Entonces, supe que me estaba sujetando como los lobos sujetan a la presa. Le vi alzar la mano y acercarla a mi rostro hasta que su palma se apoyó en mi frente. Y ahí dejó de morderme por un momento para decirme palabras que me paralizaron.
―Lo siento, Violante, pero no quiero que nos separemos nunca.
Su voz sonaba muy lejana y yo me estaba sumergiendo en un pozo oscuro mientras que de mi frente escapaba una luz que entraba en la palma de su mano. Fue el terror el que finalmente me hizo moverme. Usando mis codos y rodillas de palanca, me liberé de sus manos, de su cuerpo, de sus colmillos y rodé al suelo.
Vi la expresión de sorpresa en su rostro, pero rápidamente sus sentidos animales lo tenían alerta. De un sólo zarpazo me cogió de la parte de mi vestido que colgaba ridículamente alrededor de mi cintura. Yo no sería animal, pero todo mi instinto me impulsó a huir de Davide en sentido contrario a esa mano aferrada a mi ropa.
Escuché como la tela se desgarraba. Asustada, me así de lo primero que encontré, que fue el tapete de la mesita. Sin planearlo, lo jalé hacia mí derribando la bandeja y precipitando una lluvia de bizcochos sobre la alfombra.
El samovar bamboleó unos segundos antes de desplomarse sobre el brazo que seguía asido a mi vestido. Un  crujido de la porcelana al partirse contra el suelo y grito que coaguló mi sangre fueron la respuesta al golpe y sentí su mano aflojar. Estaba libre.
Como pude, me puse de pie, sosteniendo los restos de mi ropa contra mi pecho desnudo. Davide estaba semi postrado en el sofá. Sus ojos estaban cerrados y respiraba agitado como los animales cuando les duele algo.
¡Pues vaya que era alharaco! El samovar no pesaba tanto ni estaba tan caliente. Entonces recordé lo que Viktor me contara sobre la sensibilidad de la epidermis del Hermano Lobo al calor.
Era mi oportunidad de huir. Sin mirar donde iba, me dirigí a la puerta, pero algo en el suelo me hizo tropezar y caer de bruces. Era la americana de mi marido, y el obstáculo que diera conmigo en la alfombra era algo metálico que llevaba adentro. Los benditos cuchillos.
Davide no parecía interesado en perseguirme. Estaba arremangándose la manga. Su brazo lucía rojo e hinchado como si acabara de sumergirlo en agua muy cliente. Sin ni siquiera mirarme, de un salto se paró y corrió hacia el dormitorio.
Aproveché para volver a meter brazos y cabeza dentro de mi vestido que tenía un jirón desde el sobaco hasta la cintura. Tanteé el interior de la americana hasta que di con el mango del cuchillo más largo, el de cocina. Con él en la mano, pegado al muslo, caminé de puntillas hasta el cuarto de mi tía.
Desde el umbral vi que mi marido estaba en el baño metiendo una gran algazara. La llave del lavabo estaba abierta, pero Davide ni la miraba, ocupado en registrar el botiquín. Arrojó al suelo todos los frascos de medicina hasta que finalmente dio con uno que abrió con los dientes.  Todo lo hacía con los dientes ahora. Era un verdadero animal. Comenzó a aplicarse una pomada blanca sobre el brazo, lanzando bufidos de ira.
Estaba a punto de volverme y huir, cuando él se volteo y me vio. Sus ojos me lanzaron una mirada terrible que bajó por mi cuerpo hasta dar con el cuchillo. Algo como una mueca disfrazada de sonrisa se dibujó en su rostro.
― ¿Y con eso planeas detenerme?― preguntó.
Nunca alcancé a saber si podría detenerlo o no, porque se tambaleó como el samovar hacía un rato y se agarró de la puerta para no caer. Sacudió la cabeza e intento sonreír de nuevo, pero vi su rostro palidecer de dolor. Trastabillando, entró al cuarto y se desplomó en la cama.
¿Era una trampa? No supe que hacer. Davide estaba tendido inmóvil como desmayado o muerto. Me acerqué sin soltar el cuchillo. A medida que me acercaba sentía su respiración entrecortada.
―El brazo ― murmuró.
Corrí al baño. Mojé una toalla en el agua que brotaba del grifo todavía abierto. Cerré la llave y regresé corriendo a la pieza. En algún lugar del camino, dejé caer el cuchillo sobre la alfombra.

(www7.uc.cl)

Con la toalla comencé a limpiar la capa de pomada que se aplicara como si fuese crema chantilly. Ahora fue mi turno de gritar, porque su piel se desprendió, como la de un pimiento asado, quedando parte de ella en la tolla. Ante mis ojos vi un espectáculo horrible de tejidos expuestos resumiendo pus. Miré a mi marido en busca de una explicación.
Haciendo un gran esfuerzo, Davide abrió sus ojos y observó su brazo.
― ¿Qué tenía el ungüento?― pregunto con voz débil.
Corrí al baño, tropezándome con los frascos en el suelo, y encontré el pomo. Me bastó una mirada a la lista de ingredientes para darme cuenta. Regresé, arrastrando los pies.
―Nitrato de plata― respondí. Hubo un largo silencio, mientras mi marido asimilaba que acababa de ser envenenado. Sin quererlo, era yo quien le llevara a la única sustancia que podía matar a un licántropo.
― ¿Qué puedo hacer?― pregunté desconsolada.
―Llama a Josephine, dile que traiga todos los limones que pueda encontrar.
Era admirable como podía controlar su dolor y tener presencia de ánimo.  Hacía apenas unos minutos aullaba al sentir una pequeña quemadura. Ahora en presencia de la muerte, se comportaba heroico y pragmático.
Corrí de vuelta al salón y me colgué del auricular. La voz que llamó a Josephine sonó histérica y ajena. Luché por controlarla y pedir lo ordenado, tratando de parecer normal. Sentí un respingo al otro lado del auricular, pero Josephine no se dignaría a discutirme.
Recogí la americana y la llevé al cuarto. Davide yacía en la cama, sus ojos estaban cerrados.
―Ya viene Josephine.
Traté de hablar con voz calma, pero las lágrimas se acumulaban en mi garganta. Lo menos que quería hacer ahora era gimotear. Dejé la americana al borde de la cama y volví al salón.
Josephine, siempre tan diligente, estaba parada en medio de la sala con una fuente con limones en las manos. Sus ojos revisaron cada detalle del cuarto, los cojines aplastados del sofá, el samovar en el suelo y las galletas esparcidas sobre la alfombra. Sus ojos me revisaron a mí desde mi rostro que debía ser todo un cuadro hasta el jirón del vestido.
Herr Doktor? ― preguntó con una voz admirablemente tranquila.
―Allá adentro― dije señalando el cuarto.
Ja―dijo ella con una expresión que pretendía ser compresiva y mundana.
Se agachó a recoger el samovar. Con él en la mano, se retiró después de lo que yo consideré el intervalo más largo de mi vida.
Volví al cuarto y le pasé los limones a Davide quien comenzó a darles mordiscos. No puedo decir que sus modales fuesen muy urbanos, pero por una vez lo de un caso de vida y muerte se aplicaba a la situación. Estaba a mitad del segundo fruto cuando pareció sentirse un poco mejor. Al menos, pudo sentarse en la cama y observar todo el caos a su alrededor.
―Será mejor que recojas todo, antes que llegué tu tía― señaló lo frascos en el suelo.
Como autómata lo obedecí. El hombre tenía voz de mando. Y lo obedecía cuando debería estar corriendo por las calles de Viena o cubriéndole de reproches. ¿Acaso me olvidaba de lo que me hiciera y de lo que planeaba hacerme?
El sí se acordaba de lo sucedido.
―Debí haber intentado quitarte tus poderes cuando estabas en el medio del orgasmo―él muy maldito no tenía vergüenza ―Ahí no hubieras tenido fuerzas para resistirme.
― ¡No doy crédito!― grité ― ¿No te das cuenta de lo que causa tu irreflexión?
― ¿Yo qué he hecho?― sus ojos se abrieron inmensos de sorpresa ―.Tú me quemaste.
―Y tú, el gran médico, te echas cualquier potaje sin mirar lo que contiene. ¿Por qué no esperaste que te ayudara yo? Las quemaduras se arreglan con agua fría o manteca.
―Si te hubiera dejado, me hubieses abierto en canal con mi propio cuchillo como si fuese un bacalao.
 Cogió la agenda de direcciones de mi tía que estaba en la mesita de noche y comenzó a hojearla.
― ¿Qué haces?
―Buscar a alguien que me saque de aquí. No estoy en condiciones de salir por mi propio pie y no me quiero quedar a esperar a Dass. Juntas vais a volverme loco con reproches y preguntas.
Exasperada, me fui al baño. Mientras terminaba de reponer el desorden del botiquín, sentí que Davide hablaba con alguien. Fue muy breve. Habló en voz baja y cortante. La persona al otro lado debía tener muy buena disposición para obedecerle.
― ¿A quién llamaste?― pregunté desde el umbral del baño al verle colgar.
― A Delarah. Ya está en camino.
―Así que esa es tu cómplice, Dr. Frankestein. Y yo que pensé que los sabios locos eran cosa de Hollywood.
Davide no me oía. De nuevo se derrumbaba sobre el respaldo de la cama, los ojos cerrados y ese aliento esporádico tan alarmante regresó.
― ¿Te duele?― pregunté odiando mi preocupación.
―Hasta el cuello― masculló entre dientes ―. Comenzó hace un rato, pero se está volviendo insoportable.
Todo su brazo tenía ahora un tono violáceo y rojizo como las nubes del atardecer de un día soleado.
―Come más limón― le ofrecí una fruta pero no parecía tener fuerzas para cogerla. Recobré el cuchillo del suelo y partí el limón. Me trepé a la cama y exprimí un poco de zumo sobre sus labios que apenas podía entreabrir. Para poder darle de beber mejor, me acomodé sobre la almohada sosteniendo su cabeza en mi regazo.
― ¡Pobre loco mío!― Oprimí mis labios contra su pelo húmedo de transpiración.
Recordé a un alcalde que tuvimos en Nossa Señora, en mi infancia. Un hombre my capaz que un día perdió la cabeza. Le dio por correr desnudo con las ovejas. Su esposa, una mujer agobiada por ocho partos y envejecida antes de tiempo, le seguía con una cobija en la que lo envolvía cuando el hombre se cansaba. Una vez, la vi bajo un castaño con el alcalde en sus brazos, acunándole como yo ahora hacía con mi marido demente.

Ya no le reprochaba nada a Davide. ¿Cómo se puede regañar a quien no conoce la razón? Hasta ese deseo que hiciera presa de mí esa tarde se apagó reemplazado por una ternura inmensa y más intensa que todas las pasiones humanas. Mi compasión sólo se equiparaba a la que hizo que Sancho siguiese al más divino de los lunáticos.  Pero la única Ínsula Barataria que ansiaba era una que devolviese cordura y salud a mi marido.

2 comentarios:

  1. Este Davide está obnibiladísimo... es un peligro andante... pobre Violante, en qué situación la ha metido! Bien, ahora no me queda más que esperar la continuación...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Voy a tratar de subirlo esta próxima semana. Este finde estoy ultra ocupada y muy complicada. Con las lluvias casi no me atrevo a prender la c y en casa no faltan los problemas domésticos. Mil gracias por haberla leído, y espero que continúes.

      Eliminar