Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

martes, 25 de junio de 2013

25. Viktor: Interludio Nazi.

Berlín, mayo de 1934

Jalé de la sábana y expuse el cuadro, quedándome luego a un costado, como un maestro que espera que sus alumnos resuelvan un problema de aritmética en la pizarra.
― ¡Ohh!― Liesel lanzó el suspiro de aprobación de rigor.

Giovanna de Aragón de Rafael

Mi suegro era un hueso más duro de roer. Acercándose, examinó el lienzo con ojos de ave rapaz. Su mirada se deslizó por las curvas de terciopelo rojizo que envolvían a Giovanna de Aragón. Sólo cuando terminó de revisar cada detalle, cada pliegue, cada hilo de oro que ribeteaba el rico ropaje renacentista, buscó sus gafas de su bolsillo, y tras ponérselas, enfocó sus ojos hacia el rostro de la dama que un día pintase Rafael.
― ¡Extraordinario!― exclamó―.  Te has superado a ti mismo, Viktor.
Traté de mantener una expresión flemática. Van Egmont odia los sentimentalismos, pero su opinión me importa mucho.
― Aunque he visto ese retrato cien veces en El Louvre― Liesel comentó ―.No podría decir que éste no es aquel. Eres el mejor falsificador del mundo.
Arrugó la nariz llena de pecas que había heredado, al igual que su pelo cobrizo, de su madre irlandesa.
― Me asombras Vik, pero no entiendo que es lo que Der Dicke planea hacer con este talento tuyo para la falsificación.
Ni acabadas de decir sus palabras y ya sus asustados ojos recorrían la rotonda mirando con temor los visillos que cubrían los ventanales hasta el suelo. ¿Ocultarían micrófonos?
A pesar de su madre irlandesa, Liesel era nacida y criada en Viena, un ejemplar perfecto de belleza austriaca, una mujer de mundo, la asistente de Mutti y su fotógrafa estrella, pero aquí en Berlín, como todos nosotros, vivía viendo espías y micrófonos en cada rincón.
―Tranquila― le aseguró el Barón ―.Aquí no nos oirá nadie. Es uno de los pocos lugares en mi casa que Goring no ha intervenido. Aparte de esta rotonda que Viktor usa como atelier, únicamente en la cocina y mi baño, nuestro querido gordo nos permite alguna intimidad.
― ¿Y la Gestapo no habrá estado por aquí?― Liesel señaló los ventanales que conformaban las paredes de la rotonda.
―Por supuesto― rió Va Egmont ―. Pero con el permiso de Goring, Viktor y yo desmantelamos su red de micrófonos. Como Himmler está tratando de cultivar una imagen de amistad con el Reichsfuhrer tuvo que aguantarse.
―Pero entonces…― balbuceó la periodista mirando avergonzada la seda roja de su bata ―. Goring sabe que compartimos cuartos separados.
―Goring lo sabe todo ― sonrió con cierta tristeza mi suegro ―.Nos conocemos de hace tanto, el mismo ha aplaudido que te haya escogido a ti como ...
Se detuvo, porque como caballero y hombre honesto le molestaba fingirse amante de una mujer cuya reputación debía ensuciar para proteger la suya.
Liesel se puso del color de su bata. Era una chica moderna de las que nunca soñó llegar virgen al altar y con una mente amplísima, aparte de ser bastante discreta. Cualidades perfectas para convertirla en la falsa amante de mi suegro, pero aun así conservaba cierto pudor.
―Si Goring me cree una vulgar tapadera― intentó echarlo a broma ―.Pronto mi reputación andará por los suelos.
―Lo importante es que la Gestapo y otros Nazis intransigentes y homófobos, y eso incluye a Himmler, creen que El Barón y tu sois amantes― dije.
Una sonrisa llena de alivio iluminó la cara de Liesel.
―¿Entonces puedo ir a la peluquería y a la modista con la cabeza en alto?― bromeó.
―No te olvides de hacer que me manden las cuentas―.El Barón la envolvió en una sonrisa cariñosa ―.Eso también forma parte del plan.
Liesel corrió a abrazarlo y lo besó en los labios, el único intercambio erótico que se permitían. Hacía más de veinte años que mi suegro no tenía relaciones con el sexo opuesto.
―Debo ir a vestirme ― dijo Liesel ― .Es tardísimo. Me la voy a pasar en manos de gente que me pondrán muy guapa. Quiero que presumas que tienes como querida a la mujer más chic de Berlín.
―Eso debería haberlo dicho yo― reconoció galantemente Van Egmont ―.Cuando termines de gastar mi dinero, podríamos ir a cenar a Horcher´s, y luego al teatro. Tengo boletos para “Don Carlos”. Después, si todavía te quedan energías podríamos ir a bailar. Eso, si te apetece.
― ¿Qué si me apetece?― como respuesta Liesel desparramó otro diluvio de besos sobre el rostro de mi suegro ―. Un pajarito me contó que eres un gran bailarín.
No faltaba a la verdad el pajarito al decir que Van Egmont era un magnífico e incansable bailarín, lo que le hacía un gran compañero de juerga de una mujer joven y vigorosa como Liesel. Aparte del respetuoso cariño que los unía, creo que esa era la gran razón por la cual aceptaba fingir ser la amante de mi suegro.
―Me han dicho que todas las noches, en “Don Carlos” el publico aplaude a rabiar cuando el Marqués de Posa suplica al rey Felipe: “Señor, dadnos libertad”. ¿No te parece una buena señal, Viktor?―preguntó Liesel, pero sin esperar mi respuesta, alzó los bordes de su larga bata y se escabulló como un cervatillo por la puerta que conectaba la rotonda al resto de la casa. La mirada pensativa de Van Egmont la siguió.
―Se necesita más que unos aplausos en una representación para cambiar las cosas― observó ―. Liesel es muy ingenua.
Me preocupó su expresión.
― ¿Tan mal andan las cosas?
― ¿No te lo ha dicho tu patrón?― sus ojos recorrieron las paredes curvas de mi taller con el mismo temor que Liesel expresara hacía unos instantes.
―Acompáñame al jardín― ordenó, abriendo la puerta corredera.
Le seguí y juntos bajamos los escalones hasta el camino empedrado flanqueado por cipreses.
Fue casi cinco minutos más tarde, cuando ya estábamos bastante alejados de la villa del Barón en Grunewald, que mi suegro habló.
―Veo que Goring no te ha informado. En menos de un mes este asunto de la S.A estará liquidado.
Sentí un escalofrió recorrerme la espalda.
―¿Una purga?
Van Egmont asintió:
 ―Y tan grande que no te la puedes imaginar. Adolf y sus secuaces se quitarán los guantes. Es el fin de Rohm, de sus allegados y de gente como él.
“Gente como él” era un doloroso eufemismo para mi suegro. En la liberal― algunos la llamaban libertina ― atmósfera de Weimar se había creado una cultura homosexual que no temía exhibirse a pleno sol. A la par de clubes, cabarets, asociaciones y publicaciones para homosexuales, se habían iniciado esfuerzos para legalizar su situación.
Himmler y Rohm (jotdown.es)

Ahora, gracias a una purga de los S.A y su líder, el homosexual Ernst Rohm, todo eso iba a ser parte del pasado.  Esa libertad de Weimar no sería más que una ilusión irresponsable que había colocado a cientos de nombres de homosexuales en las listas que los Nazis tenían de los que apodaban “enemigos del estado”.
Al comienzo de su reinado, los Nazis no se habían manifestado en contra de los homosexuales. El mismo Hitler no parecía tener una postura clara respecto a ellos, pero Himmler, homófobo convencido, en su lucha de poder contra Rohm le estaba llevando al Fuhrer a  ver que ese “amor “ inconfesable e innombrable para tantos , castraba a la raza aria y contrariaba su mayor propósito, la perpetuación de la especie. La caída de Rohm y sus S.A. convertiría de alguna forma a los homosexuales en degenerados, enemigos públicos, tan peligrosos como esos otros espantajos que poblaban las pesadillas de los pequeños Nazis: los judíos.

El Barón van Egmont nunca había sido parte de la cultura homosexual de Weimar. Sus amores eran clandestinos y su vida privada nunca fue objeto de chismes. Tras la muerte de su mujer, había intentado mantener relaciones heterosexuales con una dama lo suficientemente generosa para no hacer público el fracaso de su romance. Desde entonces, otras mujeres de gran corazón y discreción habían aceptado fingir ser queridas de mi suegro. Hasta Mutti le había servido de tapadera para luego cederle el puesto a Liesel.
Sin embargo, esas mentiras no eran suficientes. Los ojos de la Gestapo veían por debajo de las piedras. Un rumor, una sospecha y Van Egmont caería en desgracia, que ahora podría llevarle a algo más grave que una reputación arruinada. Goring me había hablado con cruda franqueza sobre la posibilidad de tal tragedia. No se atrevía a tocar el tema con del Barón, pero creía que era el momento de volverse a casar y me había encargado proponerle la idea a mi suegro Sólo que yo tampoco me atrevía a entrometer mi nariz en los asuntos de van Egmont.
―Es en tiempos tan difíciles como estos― la voz de mi suegro interrumpió mis pensamientos ―cuando más me irrita pensar en gente que tiene poderes y que en vez de usarlos para bien, lo perturba todo.
―Se refiere usted a Davide?
―¿A quién otro? ―hizo un gesto de fastidio ―.Tu hermano con sus experimentos caprichosos puede haber precipitado ciertos eventos que todavía podían aplazarse. Y esa chica tan imprudente. ¿Qué has sabido de ella?
―La vi un par de veces antes de volver a Berlín. Una vez, la acompañé al correo para ponerle un telegrama a su gente en Galicia, explicando las razones de su huída.
― Espero que no les habrá dado detalles sobre lo que realmente ocurrió.
―Solamente que Davide había tenido que volver a su batallón. Luego la llevé a casa y la presenté con Mutti. Le prometimos que el día señalado mantendremos a Dass ocupada para que Violante y su marido puedan hablar a solas.
―¿Hablar?― Van Egmont casi rugió ―¿Cómo va a hablar una mocosa con una fuerza ingobernable como Davide?
―Ella dice que tiene un plan.
― ¿Qué plan va a tener? Las mujeres tienen instinto, pero no poseen el sentido común y la lógica que exige un plan. Para planear se necesita de una cabeza fría no del cerebro enfebrecido de una adolescente enamoriscada.
Como lobo, yo sabía que el instinto a veces es más poderoso que razón y lógica, pero era imposible convencer de eso a un viejo soldado como van Egmont que seguía aferrándose a máximas decimonónicas obsoletas. Ahora viviríamos en el mundo de la sinrazón, en donde ideas como la libertad, la lógica y el derecho a judíos y homosexuales de ser parte de la sociedad alemana no eran más que peligrosas quimeras. Busqué cambiar de tema.
― ¿Qué dijo Himmler del trabajo de mi hermano en España?
―Creo que le gustó, lo que le disgustó fue el pago.
― ¡Qué exagerado! Nada más le costó dos prisioneros. Inicialmente Davide quería diez vidas por su trabajo. ¿Qué pasará ahora con Oppenheim y Nagy?
― Oppenheim fue puesto en libertad esta mañana. A estas horas, ya debe haber cruzado la frontera suiza. En cuanto a Nagy― mi suegro carraspeó ―, me temo que sufrió un infarto en Dachau.

Dachau en 1934 (Jewish Historical Institute"

Hice memoria, Nagy era un pintor flaco y comunista al que conocí cuando yo estudiaba arte en Milán. Fui yo quien le sugirió el nombre a Davide cuando mi hermano decidió que cobraría su espionaje en vidas humanas. Las vidas de prisioneros de Dachau que los Nazis deberían liberar. Ese era el único motivo por el que Davide aceptó la encomienda.
― No sabía que Nagy era cardiaco.
― En Dachau hay un guardia que ha elaborado un método de castración con la bayoneta ― dijo mi suegro con voz sorda ―. Ya te imaginarás que con esos tratamientos todos los prisioneros sufren del corazón.
Nos quedamos en silencio, ahogados de ira y asco, pero sobre todo de impotencia.
― Al menos Himmler no molestará más a mi hermano.
― No ahora que sabe su precio. Hizo un mal chiste, algo sobre que era típicamente judío eso de cobrar en sangre y libras de carne como Shylock. Entre nos, Viktor, me daría terror que Davide siguiera en contacto con los Nazis. Es tan imprevisible.
Me eché a reír.
― ¿Cree usted que se volvería Nazi? No creo que le acepten en el Partido.
Van Egmont no tenía mucho sentido del humor y su mirada vidriosa congeló mi risa.
― Digamos que le considero más peligroso que los Nazis. Lo que ya es mucho decir.
Por una vez me atreví a contradecirle.
― ¿No le parece que exagera?
― Me temo que no. Ese hermano tuyo no es como tú. No es humano.
― ¿Quiere decir que es más Shedim que yo?
― Lo que quise decir es que tu hermano es menos humano que tú porque en él prima la bestia. Es, y no te ofendas, un animal muy peligroso.
A medida que caminábamos de regreso a la casa, pensé que sin quererlo mi suegro había dado con la verdad. Davide era un animal, pero en el mundo que nos asechaba en ese año de 1934, los humanos llegarían a extremos de crueldad tales que los animales serían mejores que ellos.


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