Viena,
Mayo 1934
A
nuestro arribo en Viena, nos encontramos a La Tía Dass esperándonos en el andén
de la Sudbanhoff. Era exactamente como yo me la imaginara. Una mujer alta,
bella, vestida a la última moda. Todo en ella gritaba éxito, independencia,
pero también mucha soledad.
Saludó
a Viktor con cierta displicencia que él respondió con cierta indiferencia. Mi
cuñado parecía ya con ganas de desembarazarse de mí. Pero mi tía en vez de irse
a su automóvil, no cesaba de abrazarme y mirarme. Hablaba muy bien el español.
― Senyor Jajam, tenía razón cuando te describió
por teléfono ―dijo dándome otro beso que de seguro me dejó una muestra de su
pintalabios en mi frente ―. Te pareces a tu madre y a la vez eres diferente a
ella.
Viktor,
tras rechazar la oferta de mi tía de llevarlo a su casa, se marchó. Alcanzó a
decir algunas cosas vagas sobre nuestro próximo encuentro y sobre tomar té en
casa de su madre, pero ni yo confirmé ni él fijó fichas concretas. La única
fecha que teníamos clara en la cabeza era esa cita fatal con Davide.
La
impresión de soledad que emergiera de mi tía resurgió cuando llegamos a su
casa.
Vivía
arriba de su restaurante, en un piso muy femenino y ordenado que reclamaba la
presencia de un macho y de un poquito de desorden masculino.
El
restaurante que ocupaba todo el segundo piso, arriba de las despensas y las
cavas de vino, me pareció más cálido. Sobre todo, porque mi tía hizo hincapié
en que aprendiese su manejo y me pasase la mayor parte del tiempo en sus
cocinas.
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| Comedor del Hotel Sacher. inspiración para el de "Dass"(exigenz.com) |
“Dass”
era uno de los restaurantes más populares de Viena, aunque ahí no se podía
probar carne sino en domingo. Durante la semana, el menú era tan vegetariano
como la dieta de un santón hindú. Se permitían huevos, pescados y lácteos, pero
ni un ala de pollo ni un camarón. Y ni siquiera los domingos se servía cerdo. “Dass”
era estrictamente kashruth lo que no
le impedía ser visitado por la crema y nata de una ciudad orgullosa de su
antisemitismo.
Había
dos áreas para comensales. El comedor más grande era para las tertulias de políticos
y artistas que se reunían bajo las arañas de cristal. Los espejos que empapelaban
las paredes, reflejaron en su día a jefes de estado y reyes reinantes y en
exilio. Hoy reflejaban al haute y el demi monde vienés y lo que quedaba de la
aristocracia del Imperio.
Todo
eso me lo contó Josephine, la jefa de camareras y mano derecha de Dass, porque
en ese restaurante todo el personal era femenino. Incluso la orquesta que
tocaba en una pequeña tarima en un costado de las mesas, estaba compuesta de chicas enfundadas en camiseros de seda negra rematados por largos collares de perlas.
El
segundo comedor se convirtió en mi favorito. Era más pequeño y aquí no había
espejos ni sillones de cuero verde bosque. Hasta el papel mural era más oscuro.
Éste era un espacio para lo discreto.
Las
grandes transacciones comerciales tenían lugar en el comedor principal. Aquí
nada más se daban los negocios ilegítimos y los encuentros secretos. Sus
oscuros rincones escondían amantes y conspiradores. Las mesitas de mármol en el
centro eran para los solitarios: los viudos, los solterones, la esposa
abandonada. Ese comedor era el único sitio donde una mujer sin compañía podía
comer en Viena sin que su reputación se empañase. Fue en una de esas mesas, mientras
almorzaba yo sola el miércoles, cuando volví a ver a Delarah Brand.
Estaba
yo en medio de una sopa fría de cerezas que Josephine me advirtiera era una
especialidad de mi tía. La camarera la trajo en una gran sopera de cristal que
descansaba en una bandeja de hielo molido. Con el cucharón me sirvió el líquido
rosado en un pocillo de bacará y esperó hasta que yo probase el postre que olía
a vino y sabía a crema. Sólo cuando yo sacudí la cabeza entornando los ojos para
demostrar que me gustaba, la camarera se retiró.
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| Sopa de cerezas (André Baranowski) |
El postre
estaba fantástico y como todo lo dulce aportaba cierta calma. Enfrascada en mí
placer, no sentí la presencia extraña. Nada más esa inolvidable voz.
― ¿Quién
lo hubiera dicho? Violante Ascarelli en las mesas solitarias. ¿Jugamos a la
viuda o a la esposa abandonada?
Levanté
los ojos para encontrarme con la irritante visión de Delarah Brand en sedas primaverales
color verde agua y bajo una gran pamela del mismo tono.
―No
deberías usar esos sombreros tan grandes― observé mientras me limpiaba los
labios con la servilleta ― .Te hacen parecer una seta venenosa.
― ¿Venenosa
yo?― fingió reírse―.No soy la que intentó partirle la cabeza a su marido
durante la luna de miel.
Miré
horrorizada a mí alrededor. ¿Qué tal si alguien la oía?
― ¿Cómo
sabes eso?― pregunté medrosa.
―Entierra
el tomahawk y deja de comer cosas que te engordan―dijo señalando un rincón
oscuro del salón ―. Vamos allá y te contare lo que sé.
Aun no
muy segura de mí, me levanté, dejando caer la servilleta que tenía en la falda.
Me dio vergüenza recogerla y seguí, con pasos temblorosos, a la mujer del
banquero hacia donde ella se dirigía.
―Eres
más extraordinaria de lo que creía― dijo Delarah una vez que estuvimos sentadas
―. Me imaginé todo tipo de catástrofes en tu luna de miel, pero no que
intentases matar a tu marido.
―Tu misma
me advertiste que era peligroso― mis ojos estaban fijos en la servilleta que
yacía en el suelo a un metro de nosotras. Parecía una paloma muerta.
―Y no
me hiciste caso. Ahora ya no hay nada que hacer. Te seguirá para siempre.
― ¿Cómo
es que estás tan enterada?
Por suerte la camarera regresó y recogió el paño.
Con él en mano, se acercó a pedir nuestra orden. Envidié la seguridad de
Delarah al dirigirse a ella. Yo todavía me sentía extraña lidiando con meseros.
―Café
para dos, Valerie. El mío negro, pero para mi amiga tráele bastante crema. Le
gustan las cosas dulces.
Cuando se
retiró la camarera, Delarah me escudriñó con sus oscuros ojos.
―Como respuesta
a tu insistente curiosidad, debes saber que Davide vino a pedirme ayuda.
Pobrecillo, sabe que puede contar con mi lealtad. Sobre todo ahora que su mujercita
se las ha arreglado para enajenar a toda su familia y ponerla en su contra.
― ¿Así
que te convertiste en su recadera?
Tenía
que hacer esfuerzos para contenerme. Qué ganas de arañarla.
―
Davide necesita saber si tienes planes de tenderle alguna trampa.
― ¿Y
por qué te lo iba a decir a ti?― pregunté con insolencia.
―Porque
te conviene― Valerie regresó con el café. Esperamos impacientes a que dejase el
servicio en la mesa y Delarah comenzó a echar azúcar en mi taza ―. Porque las
cosas se te pueden poner muy amargas y es mejor confiar en mí.
Le
sujeté la mano antes que vaciase el azucarero en mi taza.
―Dices quererle, pero no te haces cargo de que
las cosas se están poniendo amargas para él también. Vosotros creéis que me
alegra enajenar a los parientes de Davide, pero yo también llevo su sangre y
todos estamos de su lado.
Apartó
mi mano con cierta rudeza.
―Él no lo siente así.
― Lo
que demuestra lo equivocado que está.
― ¿Para
qué le citaste aquí el domingo?― echó una sola cucharada de azúcar en su café.
―Porque
necesitamos hablar sin intermediarios y porque quiero negociar con él. Por si no
lo sabes, tengo algo que Davide desea.
― ¿Aparte
de lo que tienes entre las piernas?― dijo con sorna ―. Sí, ya sé, necesita que
interpretes ese bendito libro de María Hebrea.
― ¿No
te contaron tus djins que ese libro
no es para él?
― No. Nada
más me dijeron que Davide no está todavía preparado para ese conocimiento.
Esa
revelación me sorprendió. ¿Mentía Delarah?
― No
creo que llegue a estar preparado nunca si todos le lleváis la contraria.
Detesta ser contrariado― Delarah probó el café.
―Entonces
yo tampoco estoy preparada para el conocimiento de esos libros― le dije.
― Me
sorprende tu humildad. ¿Cómo piensas negociar con Davide?
―Decirle
que seguiré con él hasta encontrar los otros libros, pero sólo si es consciente
y acepta el riego que corre al estar conmigo, y no intenta descifrarlos por si
sólo, ni obligarme a hacerlo para él.
Vi una
expresión admirada en los ojos de Delarah.
―Es un
buen plan. El tipo de arreglo que funciona en la mente lógica de Davide― estiró
la mano al azucarero ―. Creo que voy a seguir tu ejemplo. Este café sabe a
hiel.
―Toma
el mío― empujé la taza a hacia ella ―. Le echaste azúcar para endulzar el café
de un batallón.
Lo
probó, hizo una mueca y se echó a reír.
―Tienes
razón.
― ¿Vas
a decirle a Davide que no tiene que temerme, que no es una trampa, que puede
venir tranquilo?
―Le
diré que leí sinceridad en tus ojos. Y te haré el favor de no avisarle de tu plan.
Tengo curiosidad por saber si te va a resultar.
―Quisiera
que te motivase algo más que la curiosidad― dije severa ―Quisiera que tuvieras
presente el bienestar de Davide.
Extrajo
su cigarrera y me ofreció un cigarrillo egipcio que no acepté.
―Haces bien. A Davide no le gustan las hembras
fumadoras― encendió el suyo―. Toda mi vida sólo me ha importado una persona:
yo. Es difícil aprender a desvelarse por otro.
Me
observó atentamente.
―Tengo que darte crédito. Eres muy valiente.
Yo en tu lugar estaría temblando. No sabes lo furioso que está tu marido
contigo.
Con
estas tranquilizadoras palabras, Frau Brand dio por terminada nuestra entrevista.
| Adafina |
La
conversación con Delarah fue un punto culminante. Ahora tenía claro lo
inevitable de mi encuentro con Davide. Delarah se equivocaba. Yo no era valiente.
La sola idea de enfrentarme a mi marido me producía lo que mi madrina llamaría
“un canguis fenomenal”.
A
medida que la semana avanzaba, mis manos comenzaron a temblar. Se me escurría
todo de los dedos. Tía Dass que no sabía lo que me preocupaba creyó que era
cansancio e interrumpió sus lecciones de cocina para llevarme a pasear y de
compras, que según ella subía de animo a cualquier mujer. No a ésta. Necesitaba
de más que un sombrero nuevo para elevar mi espíritu.
Los viernes,
después de almuerzo, “Dass” cerraba y no abría sino hasta el domingo, el primer
día de la semana y el único en que se consumía carne en el restaurante. En
realidad no era el único día.
Tras
cerrar a la clientela, ese viernes, las camareras lavaron toda la vajilla
semanal y fregaron las ollas hasta sacarles brillo. Hasta yo tomé parte en ese torbellino
de limpieza, y luego las ayudé a guardarlas.
Enseguida
se abrieron armarios y alacenas que en la semana estaban bajo candado y a la
luz salieron nuevos platos y copas, y bandejas de cobre. Era el servicio para
la carne. En la mañana del viernes llegó el envío de la carnicería, cortes de
primera calidad de animales que fueron sacrificados de acuerdo al ritual y
absolutamente desangrados. Aun así, mi tía los hizo sumergir en fuentes de
salmuera para evitar que quedase en ellos una última gota de sangre. De esos
cortes, ella eligió una gallina gorda, un pollo mediano, y un trozo de cordero
para su cena de Shabát.
―Voy a
enseñarte a hacer adafina― anunció alborozada―.Tengo unas amigas de mi infancia,
de Dubrovnik que viven en Viena y celebran el Shabát conmigo.
La adafina
era un estofado de cordero que se cocinaba en una gran cazuela de barro. La
idea era ir introduciendo en ella ingredientes de todo tipo. Los más duros
primero y los más blandos al final.
A esa
olla increíblemente grande vi descender los elementos más increíbles: cordero,
gallina, garbanzos, nabos, membrillos, ciruelas pasas, aceitunas verdes,
calabacines y huevos con su cascarón intacto. Por aquí y por acá, mi tía embutía
condimentos: dientes de ajo, rajaduras de canela, hojas de menta.
Envuelta
en un gran mandil, con la cara roja por el fuego, Dass ya no era la dama chic
que fuera durante la semana. Parecía una bruja haciendo una poción. A mí me tenía
a cargo de espolvorear la pócima con polvos mágicos de azafrán, jengibre y
clavos de olor.
―Los
alimentos blandos se cocinan primero― decía mientras sacaba lo huevos que ya
estaban a punto. Al quitarles la piel vi que su carne era oscura. Eso me
explicó mi tía se conocía como “enjaminado”.
―No
sabes lo que le gustan a tu marido― dijo devolviendo los huevos a la olla.
Aparte
de la adafina, Tía Dass rellenó calabacines con arroz y carne de cordero, y rostizó
un pollo al limón.
Con
tanta vianda, pensé que vendrían treinta invitados. Al final no eran ni media
docena. Un médico yugoeslavo, su esposa y una hija de mi edad, más una soprano
que había trabajado con mi madre en la Ópera.
Todos
me observaron con gran y vocifero interés. Hablaban en un español arcaico que
ya le había oído a mi abuelo.
― ¿La fija
de Susana?
― ¿La espoza de Davide?
― ¿De veras
eres kondeza?
― ¿Ti pyrdonó Senyor Jajám?
¿De qué
tendría que perdonarme mi abuelo? La curiosidad de los invitados se apaciguó un
poco con la cena que todos consideraron exquisita.
―Komo aparejada por Senyor Jajám― dijeron y no había mayor elogio.
En
apreciar los platillos se olvidaron de mí y cuando retomaron la conversación,
el tema fue otro.
Hablaron
de política, de cómo no se podía confiar en la paz, de la ineficiencia del
Canciller Dollfuss, de los abusos contra los obreros y de la insolencia de los
Nazis.
―Si los
alemanes no nos han invadido es porque Mussolini no los deja― dijo la mujer del
médico, cuyo nombre era Luna.
―No necesitan
invadirnos― la interrumpió su marido ―. Aquí un día cualquiera se tomarán el
poder.
―Ke enjusto, Elías― dijo mi tía ―.Dollfuss
los combate como puede.
―Pero
Dollfuss es tan fascista como ellos― insistió el Dr. Bejarano ―Y da asco ver
los elementos que le rodean. Grupos de extrema derecha, monárquicos…
―Al
menos podemos vivir aquí― le interrumpió Serena, que así se llamaba la soprano
―.En Alemania ya no nos quieren. Kiki Rosemberg me escribió desde Múnich. Le
han cerrado su compañía de ballet y ya Franz nos advirtió a los judíos que ni
pensemos en ir en el tour a Berlín este otoño. No nos admitirán.
Hubo murmullos
de horror e indignación alrededor de la mesa.
― ¿Qué
piensas hacer? ―preguntó Luna.
La
cantante se encogió de hombros.
―Dejar la compañía, por supuesto. Estoy
planeando irme a Italia. Al menos el Duce y sus fascistas no están en contra de
nosotros.
―El
Duce―se burló el médico ―. Ese es del peor de todos.
―De
nuevo te corrijo, querido Elías― dijo nuestra anfitriona mientras Lotte su criada
de todos los días retiraba los platos―.Davide jura que Italia es un paraíso
para los hebreos.
― ¡Tu
primo es un bovo alokado!― la voz de
Bejarano se alzó un poco más de lo debido y hasta Lotte que no entendía el
Judezmo se sobrecogió.
Comencé
a temblar de ira. Gran verdad era que Davide estaba como cabra, pero era mi
marido y mi primo y nadie iba hacer escarnio de él en mi presencia. Un sonido metálico
me sacó de mi ira. Vi mi cuchillo caído en el suelo. Todos me miraron y sentí
que los colores se me subían a la cara. Luna le dio un codazo mal disimulado en
las costillas al marido.
―No deberíamos
hablar de estos temas en la cena del Shabát―dijo mi tía apaciguadora.
El Dr. Bejarano
puso cara de niño regañado.
―Perdón,
Violante, no debí expresarme así de tu marido.
Cuando
ya todos, incluso Lotte, se marcharon, mi tía volvió a hablar de los Nazis.
Según ella, era cosa de tiempo antes que se apoderaran de Austria.
―Dales
dos años, quizás tres, pero Adolf tiene la nariz enfilada hacia Viena y no
parará hasta que la suástica ondeé en el Shomburg.
Mi tía
se sirvió una copa de Cointreau y me sirvió otra a mí. Estábamos en su
salon-budoir en el segundo piso.
―No voy a quedarme aquí para ver eso, pero no
puedo llevarme a “Dass” en la valija―me dijo.
― ¿Qué harás
con el restaurante?
―Los
Nazis querrán apropiarse del sitio. Son como la langosta. Ya Göring se lo ha
hecho saber a Viktor.
― ¿Y
vas a dejárselo?
Hacía
solo cinco días que conocía a mi tía y su negocio, pero ya los sentía como si
fueran parte de mi patrimonio.
― Por supuesto
que no. “Dass” es mi vida. Es mi hijo― se inclinó hacia mi ―.Por eso lo pondré
a tu nombre.
― ¿Yo?
Pero si ni alemán hablo. ¿Y qué entiendo yo de negocios?
―Sabes
de cocina y eso es lo que me importa. De los negocios se ocupará Delarah.
Al oír
el nombre hice una mueca de desagrado.
― ¿Qué tiene ella que ver en esto?
―Será
tu socia mayoritaria. La cuarta parte le pertenecerá. Así no tendrás que
preocuparte del dinero. No pongas esa cara enfurruñada. Ya sé que no te agrada,
pero en los negocios es una verdadera turca. Tiene excelentes asesores y contaremos
con el dinero de Brand y sus amistades Nazis.
―Entonces
déjale el negocio a ella― no soportaba la idea de asociarme con Delarah.
A mi
tía le hizo mucha gracia mi idea.
― ¿Delarah en una cocina? Sí no sabe mondar
una patata. No, hija mía, dejárselo a ella equivale a regalárselo a los Nazis.
Te quiero a ti que has heredado el don de Senyor
Jajám, que amas la cocina como yo.
Tenía
razón. Yo tampoco quería ver a un Nazi comiendo cerdo en las mesitas de cubierta
de mármol.
―Eres
mi única heredera― tía Dass me asió de la mano ―. La hija de mi hermana. Tú protegerás
mi sitio. Colocarás la bandera española en la puerta de “Dass” y así la República
y su neutralidad velarán por mi obra. Si sigues con Davide, cuelga la bandera
italiana también. El Duce todavía asusta a los Nazis.
No había
manera de negarme. Además era un milagro, iba a ser la dueña del restaurante más
importante de Viena. Iba a cocinar. Noté que mi tía me observaba con fijeza.
―Es curioso―
dijo ―Hace una semana ni te conocía. Todavía hay veces que te veo como una extraña.
Sin embargo, hay momentos en que reconozco en ti algo mío, algo muy familiar.
Me inspiras confianza. Además tienes carácter. Esta noche en la mesa parecías
una leoncita. Creí que ibas a lanzarte sobre Elías Bejarano en defensa de tu
marido.
Me
sonrojé.
―No te avergüences.
Tu madre y yo hicimos nuestro mundo lejos de los nuestros. No cometas ese error.
Siempre vela por los tuyos.



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