Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

viernes, 21 de junio de 2013

24. Violante: Dass


Viena, Mayo 1934

A nuestro arribo en Viena, nos encontramos a La Tía Dass esperándonos en el andén de la Sudbanhoff. Era exactamente como yo me la imaginara. Una mujer alta, bella, vestida a la última moda. Todo en ella gritaba éxito, independencia, pero también mucha soledad.
Saludó a Viktor con cierta displicencia que él respondió con cierta indiferencia. Mi cuñado parecía ya con ganas de desembarazarse de mí. Pero mi tía en vez de irse a su automóvil, no cesaba de abrazarme y mirarme. Hablaba muy bien el español.
Senyor Jajam, tenía razón cuando te describió por teléfono ―dijo dándome otro beso que de seguro me dejó una muestra de su pintalabios en mi frente ―. Te pareces a tu madre y a la vez eres diferente a ella.
Viktor, tras rechazar la oferta de mi tía de llevarlo a su casa, se marchó. Alcanzó a decir algunas cosas vagas sobre nuestro próximo encuentro y sobre tomar té en casa de su madre, pero ni yo confirmé ni él fijó fichas concretas. La única fecha que teníamos clara en la cabeza era esa cita fatal con Davide.
La impresión de soledad que emergiera de mi tía resurgió cuando llegamos a su casa.
Vivía arriba de su restaurante, en un piso muy femenino y ordenado que reclamaba la presencia de un macho y de un poquito de desorden masculino.
El restaurante que ocupaba todo el segundo piso, arriba de las despensas y las cavas de vino, me pareció más cálido. Sobre todo, porque mi tía hizo hincapié en que aprendiese su manejo y me pasase la mayor parte del tiempo en sus cocinas.
Comedor del Hotel Sacher. inspiración para el de "Dass"(exigenz.com)


“Dass” era uno de los restaurantes más populares de Viena, aunque ahí no se podía probar carne sino en domingo. Durante la semana, el menú era tan vegetariano como la dieta de un santón hindú. Se permitían huevos, pescados y lácteos, pero ni un ala de pollo ni un camarón. Y ni siquiera los domingos se servía cerdo. “Dass” era estrictamente kashruth lo que no le impedía ser visitado por la crema y nata de una ciudad orgullosa de su antisemitismo.
Había dos áreas para comensales. El comedor más grande era para las tertulias de políticos y artistas que se reunían bajo las arañas de cristal. Los espejos que empapelaban las paredes, reflejaron en su día a jefes de estado y reyes reinantes y en exilio. Hoy reflejaban al haute y el demi monde vienés y lo que quedaba de la aristocracia del Imperio.
Todo eso me lo contó Josephine, la jefa de camareras y mano derecha de Dass, porque en ese restaurante todo el personal era femenino. Incluso la orquesta que tocaba en una pequeña tarima en un costado de las mesas, estaba compuesta de chicas enfundadas en camiseros de seda negra rematados por largos collares de perlas.
El segundo comedor se convirtió en mi favorito. Era más pequeño y aquí no había espejos ni sillones de cuero verde bosque. Hasta el papel mural era más oscuro. Éste era un espacio para lo discreto.
Las grandes transacciones comerciales tenían lugar en el comedor principal. Aquí nada más se daban los negocios ilegítimos y los encuentros secretos. Sus oscuros rincones escondían amantes y conspiradores. Las mesitas de mármol en el centro eran para los solitarios: los viudos, los solterones, la esposa abandonada. Ese comedor era el único sitio donde una mujer sin compañía podía comer en Viena sin que su reputación se empañase. Fue en una de esas mesas, mientras almorzaba yo sola el miércoles, cuando volví a ver a Delarah Brand.
Estaba yo en medio de una sopa fría de cerezas que Josephine me advirtiera era una especialidad de mi tía. La camarera la trajo en una gran sopera de cristal que descansaba en una bandeja de hielo molido. Con el cucharón me sirvió el líquido rosado en un pocillo de bacará y esperó hasta que yo probase el postre que olía a vino y sabía a crema. Sólo cuando yo sacudí la cabeza entornando los ojos para demostrar que me gustaba, la camarera se retiró.

Sopa de cerezas (André Baranowski)

El postre estaba fantástico y como todo lo dulce aportaba cierta calma. Enfrascada en mí placer, no sentí la presencia extraña. Nada más esa inolvidable voz.
― ¿Quién lo hubiera dicho? Violante Ascarelli en las mesas solitarias. ¿Jugamos a la viuda o a la esposa abandonada?
Levanté los ojos para encontrarme con la irritante visión de Delarah Brand en sedas primaverales color verde agua y bajo una gran pamela del mismo tono.
―No deberías usar esos sombreros tan grandes― observé mientras me limpiaba los labios con la servilleta ― .Te hacen parecer una seta venenosa.
― ¿Venenosa yo?― fingió reírse―.No soy la que intentó partirle la cabeza a su marido durante la luna de miel.
Miré horrorizada a mí alrededor. ¿Qué tal si alguien la oía?
― ¿Cómo sabes eso?― pregunté medrosa.
―Entierra el tomahawk y deja de comer cosas que te engordan―dijo señalando un rincón oscuro del salón ―. Vamos allá y te contare lo que sé.
Aun no muy segura de mí, me levanté, dejando caer la servilleta que tenía en la falda. Me dio vergüenza recogerla y seguí, con pasos temblorosos, a la mujer del banquero hacia donde ella se dirigía.
―Eres más extraordinaria de lo que creía― dijo Delarah una vez que estuvimos sentadas ―. Me imaginé todo tipo de catástrofes en tu luna de miel, pero no que intentases matar a tu marido.
―Tu misma me advertiste que era peligroso― mis ojos estaban fijos en la servilleta que yacía en el suelo a un metro de nosotras. Parecía una paloma muerta.
―Y no me hiciste caso. Ahora ya no hay nada que hacer. Te seguirá para siempre.
― ¿Cómo es que estás tan enterada?
 Por suerte la camarera regresó y recogió el paño. Con él en mano, se acercó a pedir nuestra orden. Envidié la seguridad de Delarah al dirigirse a ella. Yo todavía me sentía extraña lidiando con meseros.
―Café para dos, Valerie. El mío negro, pero para mi amiga tráele bastante crema. Le gustan las cosas dulces.
Cuando se retiró la camarera, Delarah me escudriñó con sus oscuros ojos.
―Como respuesta a tu insistente curiosidad, debes saber que Davide vino a pedirme ayuda. Pobrecillo, sabe que puede contar con mi lealtad. Sobre todo ahora que su mujercita se las ha arreglado para enajenar a toda su familia y ponerla en su contra.
― ¿Así que te convertiste en su recadera?
Tenía que hacer esfuerzos para contenerme. Qué ganas de arañarla.
― Davide necesita saber si tienes planes de tenderle alguna trampa.
― ¿Y por qué te lo iba a decir a ti?― pregunté con insolencia.
―Porque te conviene― Valerie regresó con el café. Esperamos impacientes a que dejase el servicio en la mesa y Delarah comenzó a echar azúcar en mi taza ―. Porque las cosas se te pueden poner muy amargas y es mejor confiar en mí.
Le sujeté la mano antes que vaciase el azucarero en mi taza.
 ―Dices quererle, pero no te haces cargo de que las cosas se están poniendo amargas para él también. Vosotros creéis que me alegra enajenar a los parientes de Davide, pero yo también llevo su sangre y todos estamos de su lado.
Apartó mi mano con cierta rudeza.
 ―Él no lo siente así.
― Lo que demuestra lo equivocado que está.
― ¿Para qué le citaste aquí el domingo?― echó una sola cucharada de azúcar en su café.
―Porque necesitamos hablar sin intermediarios y porque quiero negociar con él. Por si no lo sabes, tengo algo que Davide desea.
― ¿Aparte de lo que tienes entre las piernas?― dijo con sorna ―. Sí, ya sé, necesita que interpretes ese bendito libro de María Hebrea.
― ¿No te contaron tus djins que ese libro no es para él?
― No. Nada más me dijeron que Davide no está todavía preparado para ese conocimiento.
Esa revelación me sorprendió. ¿Mentía Delarah?
― No creo que llegue a estar preparado nunca si todos le lleváis la contraria. Detesta ser contrariado― Delarah probó el café.
―Entonces yo tampoco estoy preparada para el conocimiento de esos libros― le dije.
― Me sorprende tu humildad. ¿Cómo piensas negociar con Davide?
―Decirle que seguiré con él hasta encontrar los otros libros, pero sólo si es consciente y acepta el riego que corre al estar conmigo, y no intenta descifrarlos por si sólo, ni obligarme a hacerlo para él.
Vi una expresión admirada en los ojos de Delarah.
―Es un buen plan. El tipo de arreglo que funciona en la mente lógica de Davide― estiró la mano al azucarero ―. Creo que voy a seguir tu ejemplo. Este café sabe a hiel.
―Toma el mío― empujé la taza a hacia ella ―. Le echaste azúcar para endulzar el café de un batallón.
Lo probó, hizo una mueca y se echó a reír.
―Tienes razón.
― ¿Vas a decirle a Davide que no tiene que temerme, que no es una trampa, que puede venir tranquilo?
―Le diré que leí sinceridad en tus ojos. Y te haré el favor de no avisarle de tu plan. Tengo curiosidad por saber si te va a resultar.
―Quisiera que te motivase algo más que la curiosidad― dije severa ―Quisiera que tuvieras presente el bienestar de Davide.
Extrajo su cigarrera y me ofreció un cigarrillo egipcio que no acepté.
 ―Haces bien. A Davide no le gustan las hembras fumadoras― encendió el suyo―. Toda mi vida sólo me ha importado una persona: yo. Es difícil aprender a desvelarse por otro.
Me observó atentamente.
 ―Tengo que darte crédito. Eres muy valiente. Yo en tu lugar estaría temblando. No sabes lo furioso que está tu marido contigo.
Con estas tranquilizadoras palabras, Frau Brand dio por terminada nuestra entrevista.

Adafina

La conversación con Delarah fue un punto culminante. Ahora tenía claro lo inevitable de mi encuentro con Davide. Delarah se equivocaba. Yo no era valiente. La sola idea de enfrentarme a mi marido me producía lo que mi madrina llamaría “un canguis fenomenal”.
A medida que la semana avanzaba, mis manos comenzaron a temblar. Se me escurría todo de los dedos. Tía Dass que no sabía lo que me preocupaba creyó que era cansancio e interrumpió sus lecciones de cocina para llevarme a pasear y de compras, que según ella subía de animo a cualquier mujer. No a ésta. Necesitaba de más que un sombrero nuevo para elevar mi espíritu.
Los viernes, después de almuerzo, “Dass” cerraba y no abría sino hasta el domingo, el primer día de la semana y el único en que se consumía carne en el restaurante. En realidad no era el único día.
Tras cerrar a la clientela, ese viernes, las camareras lavaron toda la vajilla semanal y fregaron las ollas hasta sacarles brillo. Hasta yo tomé parte en ese torbellino de limpieza, y luego las ayudé a guardarlas.
Enseguida se abrieron armarios y alacenas que en la semana estaban bajo candado y a la luz salieron nuevos platos y copas, y bandejas de cobre. Era el servicio para la carne. En la mañana del viernes llegó el envío de la carnicería, cortes de primera calidad de animales que fueron sacrificados de acuerdo al ritual y absolutamente desangrados. Aun así, mi tía los hizo sumergir en fuentes de salmuera para evitar que quedase en ellos una última gota de sangre. De esos cortes, ella eligió una gallina gorda, un pollo mediano, y un trozo de cordero para su cena de Shabát.
―Voy a enseñarte a hacer adafina― anunció alborozada―.Tengo unas amigas de mi infancia, de Dubrovnik que viven en Viena y celebran el Shabát conmigo.
La adafina era un estofado de cordero que se cocinaba en una gran cazuela de barro. La idea era ir introduciendo en ella ingredientes de todo tipo. Los más duros primero y los más blandos al final.
A esa olla increíblemente grande vi descender los elementos más increíbles: cordero, gallina, garbanzos, nabos, membrillos, ciruelas pasas, aceitunas verdes, calabacines y huevos con su cascarón intacto. Por aquí y por acá, mi tía embutía condimentos: dientes de ajo, rajaduras de canela, hojas de menta.
Envuelta en un gran mandil, con la cara roja por el fuego, Dass ya no era la dama chic que fuera durante la semana. Parecía una bruja haciendo una poción. A mí me tenía a cargo de espolvorear la pócima con polvos mágicos de azafrán, jengibre y clavos de olor.
―Los alimentos blandos se cocinan primero― decía mientras sacaba lo huevos que ya estaban a punto. Al quitarles la piel vi que su carne era oscura. Eso me explicó mi tía se conocía como “enjaminado”.
―No sabes lo que le gustan a tu marido― dijo devolviendo los huevos a la olla. 
Aparte de la adafina, Tía Dass rellenó calabacines con arroz y carne de cordero, y rostizó un pollo al limón.
Con tanta vianda, pensé que vendrían treinta invitados. Al final no eran ni media docena. Un médico yugoeslavo, su esposa y una hija de mi edad, más una soprano que había trabajado con mi madre en la Ópera.
Todos me observaron con gran y vocifero interés. Hablaban en un español arcaico que ya le había oído a mi abuelo.
 ― ¿La fija de Susana?
― ¿La espoza de Davide?
― ¿De veras eres kondeza?
― ¿Ti pyrdonó Senyor Jajám?
¿De qué tendría que perdonarme mi abuelo? La curiosidad de los invitados se apaciguó un poco con la cena que todos consideraron exquisita.
Komo aparejada por Senyor Jajám― dijeron y no había mayor elogio.
En apreciar los platillos se olvidaron de mí y cuando retomaron la conversación, el tema fue otro.
Hablaron de política, de cómo no se podía confiar en la paz, de la ineficiencia del Canciller Dollfuss, de los abusos contra los obreros y de la insolencia de los Nazis.
―Si los alemanes no nos han invadido es porque Mussolini no los deja― dijo la mujer del médico, cuyo nombre era Luna.
―No necesitan invadirnos― la interrumpió su marido ―. Aquí un día cualquiera se tomarán el poder.
Ke enjusto, Elías― dijo mi tía ―.Dollfuss los combate como puede.
―Pero Dollfuss es tan fascista como ellos― insistió el Dr. Bejarano ―Y da asco ver los elementos que le rodean. Grupos de extrema derecha, monárquicos…
―Al menos podemos vivir aquí― le interrumpió Serena, que así se llamaba la soprano ―.En Alemania ya no nos quieren. Kiki Rosemberg me escribió desde Múnich. Le han cerrado su compañía de ballet y ya Franz nos advirtió a los judíos que ni pensemos en ir en el tour a Berlín este otoño. No nos admitirán.
Hubo murmullos de horror e indignación alrededor de la mesa.
― ¿Qué piensas hacer? ―preguntó Luna.
La cantante se encogió de hombros.
 ―Dejar la compañía, por supuesto. Estoy planeando irme a Italia. Al menos el Duce y sus fascistas no están en contra de nosotros.
―El Duce―se burló el médico ―. Ese es del peor de todos.
―De nuevo te corrijo, querido Elías― dijo nuestra anfitriona mientras Lotte su criada de todos los días retiraba los platos―.Davide jura que Italia es un paraíso para los hebreos.
― ¡Tu primo es un bovo alokado!― la voz de Bejarano se alzó un poco más de lo debido y hasta Lotte que no entendía el Judezmo se sobrecogió.
Comencé a temblar de ira. Gran verdad era que Davide estaba como cabra, pero era mi marido y mi primo y nadie iba hacer escarnio de él en mi presencia. Un sonido metálico me sacó de mi ira. Vi mi cuchillo caído en el suelo. Todos me miraron y sentí que los colores se me subían a la cara. Luna le dio un codazo mal disimulado en las costillas al marido.
―No deberíamos hablar de estos temas en la cena del Shabát―dijo mi tía apaciguadora.
El Dr. Bejarano puso cara de niño regañado.
―Perdón, Violante, no debí expresarme así de tu marido.

Cuando ya todos, incluso Lotte, se marcharon, mi tía volvió a hablar de los Nazis. Según ella, era cosa de tiempo antes que se apoderaran de Austria.
―Dales dos años, quizás tres, pero Adolf tiene la nariz enfilada hacia Viena y no parará hasta que la suástica ondeé en el Shomburg.
Mi tía se sirvió una copa de Cointreau y me sirvió otra a mí. Estábamos en su salon-budoir en el segundo piso.
 ―No voy a quedarme aquí para ver eso, pero no puedo llevarme a “Dass” en la valija―me dijo.
― ¿Qué harás con el restaurante?
―Los Nazis querrán apropiarse del sitio. Son como la langosta. Ya Göring se lo ha hecho saber a Viktor.
― ¿Y vas a dejárselo?
Hacía solo cinco días que conocía a mi tía y su negocio, pero ya los sentía como si fueran parte de mi patrimonio.
― Por supuesto que no. “Dass” es mi vida. Es mi hijo― se inclinó hacia mi ―.Por eso lo pondré a tu nombre.
― ¿Yo? Pero si ni alemán hablo. ¿Y qué entiendo yo de negocios?
―Sabes de cocina y eso es lo que me importa. De los negocios se ocupará Delarah.
Al oír el nombre hice una mueca de desagrado.
 ― ¿Qué tiene ella que ver en esto?
―Será tu socia mayoritaria. La cuarta parte le pertenecerá. Así no tendrás que preocuparte del dinero. No pongas esa cara enfurruñada. Ya sé que no te agrada, pero en los negocios es una verdadera turca. Tiene excelentes asesores y contaremos con el dinero de Brand y sus amistades Nazis.
―Entonces déjale el negocio a ella― no soportaba la idea de asociarme con Delarah.
A mi tía le hizo mucha gracia mi idea.
 ― ¿Delarah en una cocina? Sí no sabe mondar una patata. No, hija mía, dejárselo a ella equivale a regalárselo a los Nazis. Te quiero a ti que has heredado el don de Senyor Jajám, que amas la cocina como yo.
Tenía razón. Yo tampoco quería ver a un Nazi comiendo cerdo en las mesitas de cubierta de mármol.
―Eres mi única heredera― tía Dass me asió de la mano ―. La hija de mi hermana. Tú protegerás mi sitio. Colocarás la bandera española en la puerta de “Dass” y así la República y su neutralidad velarán por mi obra. Si sigues con Davide, cuelga la bandera italiana también. El Duce todavía asusta a los Nazis.
No había manera de negarme. Además era un milagro, iba a ser la dueña del restaurante más importante de Viena. Iba a cocinar. Noté que mi tía me observaba con fijeza.
―Es curioso― dijo ―Hace una semana ni te conocía. Todavía hay veces que te veo como una extraña. Sin embargo, hay momentos en que reconozco en ti algo mío, algo muy familiar. Me inspiras confianza. Además tienes carácter. Esta noche en la mesa parecías una leoncita. Creí que ibas a lanzarte sobre Elías Bejarano en defensa de tu marido.
Me sonrojé.
―No te avergüences. Tu madre y yo hicimos nuestro mundo lejos de los nuestros. No cometas ese error. Siempre vela por los tuyos.




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