Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

miércoles, 24 de abril de 2013

23. Violante: Maurizio



Fue así que después de un viaje de locos por cuatro países, llegué a Trieste a conocer a mi abuelo, aunque creo, Lectora, que se necesitaría de diez vidas para conocerle bien. Juntos pasamos un fin de semana extraordinario. Pero últimamente mi vida era así, novelesca. Quizás siempre lo fue y no me daba cuenta.
Mi abuelo, a quien aprendí a llamar “Senyor Jajám”, se convirtió más que en pariente en mí aliado en una lucha para proteger a Davide. Él me hizo comprender la extensión del peligro en que nos ponía mi marido y el peligro que el mismo Davide corría.
 Ese primer encuentro con Senyor Jajám estuvo marcado por una llantina descomunal de mi parte. Cuando al fin dejé de llorar, me percaté de que las lágrimas combinadas con el polvo del viaje debían tenerme la cara como la de una deshollinadora.
― ¿Habrá algún lugar donde pueda refrescarme?― pregunté con timidez ―. ¿Quizás un lavabo?
La carcajada de Viktor fue la respuesta.
― Violante, estás bajo el techo de un judío sefardita. No puedes encontrar gente más limpia. Únicamente, los turcos y los japoneses les ganan. Arriba Senyor Jajám tiene un baño de emperador romano, con una tina hecha a la medida de Davide. Con eso lo digo todo.
Me sentí un poco cortada. La mención de Davide y la idea de imaginarlo desnudo en una tina me ruborizaba. Senyor Jajám, por suerte, vino en mi auxilio.
―Creo que es hora de mostrarle a Violante su cuarto. ¿Viktor puedes subir el equipaje?
Seguí a Senyor Jajám por las ondulantes escaleras hasta la planta alta de esa casona de piedra que algún día sería mía. Detrás de mi, Viktor cargaba mi sombrerera. Entremedio, se nos entrometió Maurizio con ese cuerpo tan ondulante como la escalera, que parecía dividirse en tres partes como un tren de juguete.

El cuarto era grande, pero sencillo. Dos camas estrechas con colchas de un estampado desteñido y unos mosquiteros que Senyor Jajám llamó namusias. La tela de las colchas se repetía en las cortinas, los cojines que cubrían el arcón bajo la ventana y el tapete de la cómoda sobre la que había un espejo de tres lunas.
―Tu Tía Dass viene de vez en cuando y se queda aquí― dijo Senyor Jajám ―quizás encuentres algunas cosillas de ella que puedes usar.
Se marchó dejándome en compañía de Maurizio quien rápidamente saltó al arcón. En el armario no encontré nada más que un viejo sombrero de paja de Italia adornado con una guirlanda de arrugadas violetas de Parma. Bastóme olerlo, para reconocer que era de Naiciña. Los cajones del tocador contenían una lima de uñas y un peine olvidados por la Tía Dass.  Maurizio se bajó del arcón y con el morro empujó los cojines al suelo, golpeando la tapa del baúl con su patita blanca.
Lo abrí. Adentro, entre hojas de papel de seda y viejos saches, estaban los vestidos de mi madre. Antiguas muselinas y organzas veraniegas que dejara atrás al huir en otoño a buscar su destino en otras tierras. Encontré otras cosas interesantes. Unas muñecas de porcelana y una de trapo, zapatillas bordadas y un paquete de cartas atadas con cintas azules. Ojeé una y vi que eran de Senyor Jajám escritas a su hija desde el frente ruso.
Las solté como si me quemasen. Me sentí avergonzada. Era como si mi presencia abriese viejas heridas, un recordatorio de la traición de una hija que aprovechando a su padre en la guerra, huyera del hogar para cubrirlo de vergüenza. Pero no podía hacer nada, Lectora. El pasado ya existía, yo era el resultado de eso, y a menos que me tirase al mar no había manera de cambiar las cosas.
La expresión filosófica de la cara de Maurizio me indicó que yo tenía la razón. Abrí mi sombrerera que contenía de todo menos sombreros. Saqué la ropa interior que trajera del castillo y el vestido de viaje que lavaran en el hotel de Barcelona. Además, estaba mi camisón y un vestido estampado muy ligero que Viktor me compró en la Ciudad Condal. Era demasiado bonito para un jueves, mejor lo guardaba para el Shabát. Cogí la ropa interior y el vestido de viaje, y me fui en dirección adonde Senyor Jajám me indicara estaba el baño.
No mintiera. El baño era más grande que mi cuarto con una gigantesca tina de mármol donde cabríamos yo, Davide, y todos los gatos del vecindario, incluyendo a Maurizio.
Mientras la tina se llenaba de agua caliente, revisé mi entorno. En un gran armario pintado de color marfil encontré albas y gigantescas toallas y una inmensa barra de jabón de Marsella de la cual corté un trozo. Había también una serie de botellas y frascos de cristales de colores. Una inspección reveló aceites perfumados, sales de baño, y un mucilago pegajoso que apestaba a almendras y que mi instinto me indicó era para el cabello.
En el agua eché todo lo que encontré, levantando una nube de olores que de milagro no me asfixió. Y en un acto de gran coraje me sumergí en aguas moradas que olían a pino y a limón. Para rematarlas, me rocié el mucilago en el pelo.  Por primera vez en días me sentía relajada, y sin miedo. Me costó salir de mi letargo para vaciar y volver a llenar la tina de agua limpia con que enjuagarme.
Al salir del baño y vestirme me sentí como nueva y muy cómoda en esa casa. Me sequé el cabello, notando su textura más sedosa que lo usual tras un lavado de jabón y eso que Catuxa siempre me lo enjuagaba con romero y jugo de limón. La pasta de almendras era mágica. Con razón el cabello de mi marido era tan brillante y suave.
Creo que sin el baño no hubiese soportado esa cena que aunque exquisita, estuvo salpicada de referencias al Gran Ausente. Cuanto más les oía, más me sentía culpable. Davide era amado por ambos, importante en la vida de ambos y sólo por protegerme, Viktor y Senyor Jajám se volvían en su contra. Yo era la intrusa, la manzana de la discordia. Davide no podía ser tan malo si ellos tanto le querían
Pero todas esas consideraciones desaparecieron esa noche, cuando en la soledad de mi cuarto, mi marido invadió mis sueños.


Fue una experiencia horrible despertar en ese cuarto extraño en la cama estrecha donde Naiciña durmiese por años junto a otra igual donde dormía su hermana. Pero ahora yo estaba sola. Sumida en esa modorra en que no sabes si duermes o sueñas, me senté y vi, a través de la gasa de la namusia y en la luna del espejo a mi marido mirándome lleno de reproche.
― Has huido de mí para venir a mi casa. Yo te hubiese traído, te hubiese cargado a través del umbral como mi esposa. No tenías que venir como una huérfana, huyendo de quien la quiere mal. Has puesto a mi gente en contra mía― me reconvino.
Quise explicarle, pero la voz no salía de mi boca. Él descendió del espejo, entró en el cuarto y avanzó en esa oscuridad iluminada por sus ojos. Cuando estaba a unos pasos de mi cama con su brazo estirado a punto de tocarme, Maurizio saltó sobre mi colcha, interponiéndose entre ambos.
Davide desapareció en el acto y me encontré de espaldas en la cama, con los ojos abiertos, preguntándome si todo era un sueño. Pero Maurizio roncaba en la cama de al lado. ¿Cómo entró si la puerta estaba cerrada? No pude volver a dormirme.
A la mañana siguiente, bajé todavía asustada con Maurizio al zaga, todo para toparme con una cabra blanca parada en medio de la cocina. La cabra y Maurizio se enfrentaron en silencio, ninguno de los dos avanzando ni cediendo un centímetro de terreno.
Les miré fascinados hasta que Senyor Jajám entró a interrumpir el duelo. Venía de la huerta a juzgar por las frutas que cargaba en su cesto en una mano. En la otra traía una jarra de metal. Dejó cesto y jarra en la mesa y cogió a la cabra por el ronzal.
―Veo que has conocido a Zafira. Su madre y sus hermanas tienen un establo allá cerca de la huerta. Usualmente no la dejo venir. Maurizio es muy celoso de su territorio, pero se escapó cuando fui a ordeñar a su madre. Te traje fruta y leche para tu café.
Se llevó a la cabra que balaba plañideramente y yo lavé la fruta pensando que ésta parecía la casa del Abuelo de Heidi, salvo por algunos elementos mágicos. Las tuberías parecían estar conectadas a un pozo. ¿Pero cómo el agua salía caliente? Solamente algún secreto taumatúrgico podía explicarlo.
Maurizio se trepó la mesa y desde una prudente distancia observó la jarra de leche. Asumí por su postura que le apetecía. Encontré un cuenco de madera y le serví. Senyor Jajám regresó en ese momento y me miró complacido
― Veo que te gustan los animalitos. Ya lo dice el Talmud, hay que alimentar a los animales de una casa antes que a su gente. Con Viktor y Davide tengo siempre la duda de lo que son, por eso les alimento primero que a todos.
Se rió de su propio chiste para luego mirarme con ojos preocupados que no supe si eran de abuelo, medico o brujo. Tantos membretes se le aplicaban
―Tú no has dormido bien.
Le conté sobre la visita de Davide y sobre mis dudas.
Me escuchó en silencio. Luego llenó un tazón de leche sobre la que vertió café de la cafetera qué estaba sobre las brasas del fogón.
Fija mía ― dijo con tristeza mientras yo me bebía el café ―.Davide sufre mucho y está muy malito. Debe volver con nosotros que le queremos y podemos cuidarle. Pero tu sola, pashariko, no puedes enfrentar a tu marido.
Era la primera vez que reconocía mi matrimonio. ¿Por qué ahora sí y antes no?
―Violante, casarse es más que un papel― dijo con tono con tono de disculpa ―.Para sentirte casada con Davide tendrían que existir algunos hechos. Ni el primero existe.
Me puse roja al comprender que aludía a mi estado de virgen.
―Eres una niña preciosa― me miró con cariño ―. Y de mí Davide… ¿Qué te puedo decir? Si fuera mi hijo, no podría yo estar tan orgulloso de él. Pero no podéis estar juntos. Los lobos no pueden casarse con las ovejitas. Se las devoran.
― ¿Se refiere usted a que Davide es licántropo?
―Ser licántropos no le impidió ni a él ni a su hermano casarse. Es algo más grave. Vosotros no pensáis igual, no creéis en las mismas cosas, no vivís de la misma manera. Los vuestro es solo un enkontradijo, un mal encuentro. Un amor que no se basa en compromiso.
―Pero yo podría...―comencé, pero mi abuelo no me dejó seguir.
― Perla mía, no me llenes de ilusiones falsas. ¿Quién más feliz que este viejo si fueras de los nuestros? Pero para quererte debo aceptarte como eres, con tu manera de pensar y tus creencias. Respóndeme, Violante ¿no serias más feliz si Davide fuese cristiano?
Su mirada era tan dulce que no podía mentirle. Bajé los ojos avergonzada.
―No te avergüences. La única vergüenza es no creer en nada. Algún día, Violante encontrarás un buen hombre que será como tú y te hará feliz. Y yo seré feliz ese día si El Dio me da vida para verte― Me besó en la frente ―.Novia que te veiga.

Senyor Jajám usualmente pasaba el Sabbat en casa de amigos en Trieste y asistía al servicio allá, pero al ser yo su huésped no quiso viajar. Pasaríamos el Shabát juntos y le ayude a preparar las muchas comidas que marcaban la fiesta. Estaba encantado al saber que yo heredara su talento para la cocina. Le conté de mis sueños de querer ser chef y los reparos de Naiciña.
―Tu madre, alav ha shalom tenía razón en un sentido. Tu Tía Dass es un caso aislado. Se ha hecho muy famosa por su cocina, pero está muy sola.
 Tomó algunas cerezas que trajera del huerto y comenzó a deshuesarlas
 ― Es la fruta favorita de Davide. Cuando era niño se perdió una vez. Fue cuando regresé del frente, acabada la Gran Guerra. Davide había huido hacia el norte, hacia Trieste. Le encontré en un bosque de cerezos, más allá de Capodistria, dormido entre los árboles en flor. Los animales habían cuidado de él. Desde entonces tiene ese olor tan peculiar.
Recordé lo que Davide me contase en nuestro viaje de bodas
― Me dijo algo de ese viaje. Que era como vivir durante la Peste Negra, completamente aislado de la gente.
― De ahí se volvió tan antisocial. Uno cree que es la licantropía. Pero mira a Viktor, tiene más amigos y aliados que dedos en las manos.
― ¿Antisocial, Davide, si parece ser amigo de todo el mundo?
Mi abuelo, me observó como sopesando si debía contarme un secreto
― Él usa a la gente, pero aparte de su hermano y yo, no tiene realmente amigos. Es triste, porque en el fondo se siente muy solo.
Senyor Jajám colocó la fruta en un cazo con agua y agregándole una varita de canela, la puso a hervir.
― Algún día te enseñare a hacer una inchusa de cerezas, es una tarta que le gusta mucho a Davide.
Se me hizo un nudo en la garganta. ¿De qué servía saber hornear inchusas, si Davide no era para mí?
Más tarde, cuando Senyor Jajam estaba preparándose para el sábado, yo atrapé a Maurizio que andaba persiguiendo una mariposa en el balcón.
―Muéstrame el cuarto de mi marido― le rogué.
Ni corto ni perezoso, me llevó al final del pasillo y se detuvo ante una puerta. La abrí sin dificultad. Era un cuarto parecido al mío. Un armario, una cómoda un arcón y una cama con colcha blanca. La diferencia eran los libros. Estaban en todas partes. Sobre la cómoda, sobre la cama, hasta en el suelo. Dentro del baúl encontré más libros. Milagrosamente, no había libros en del armario, sólo ropa. Muchos trajes de buen casimir con el sello de Savile Road, como los que usaba Federico, y varios uniformes, de todos los tipos con camisas verdes o negras. Arriba vi sombreros, gorras de plato y hasta un fez fascista de fieltro negro con flecos.
Empecé a frotar la tela con mis manos y a acariciar los sombreros en un esfuerzo por dejar mi olor en todos.  También froté las cortinas y la colcha.
 ― Me marcho a Viena― susurré ―.Encuéntrame donde la Tía Dass.
Maurizio, desde el umbral, me miraba sin censurarme, con gran comprensión en sus ojos verdes.
―Si hay alguna manera que puedas llevarle un mensaje, dile que estaré en Viena y que me encuentre allá el próximo domingo ― le dije al gato ―.Y que no me atormente ni atormente a nadie hasta entonces.
Ni terminaba de formular mi mensaje, cuando el micho ya se subía a la cómoda y empujaba su cabeza en contra del vidrio. Bruscamente, éste cedió abriéndose como las aguas del Mar Rojo y Maurizio cruzó hacia otro mundo. Me quedé estupefacta. Golpeé en el vidrio, pero nada. Estaba duro y frío como todos los cristales.
Me escabullí a mi cuarto y traté de tranquilizarme, mientras me ponía mi mejor vestido. Ni acababa de abrochármelo, cuando en la luna del medio de mi espejo vi la cara risueña de Maurizio quien elegantemente emergió del cristal tal como Davide hiciera la noche anterior.
― ¿Le viste, le dijiste? ― Los ojos del felino me indicaron que mi mensaje llegara ya a Davide.
Me estremecí. Pero no era momento de miedos. Ahora debía ser la neniña valiente a la que Naiciña encargase tareas hercúleas.
Poco a poco, Lectora, me hacía cargo que lo que Davide hacía o intentaba hacer era muy peligroso. No sólo para mí, sino para nuestro mundo que existía paralelo a esencias y energías que nunca debían llegar a manos de los hombres.
En sus experimentos, Davide irresponsablemente seguía los pasos de un Prometeo moderno o quizás un Dr. Frankestein que creaba un monstruo que terminaría por servírselo de almuerzo. Esa energía tan alarmante, que tenía algo que ver con los poderes de los Mouros o Shedim, como ahora sabía se llamaban, no podía funcionar en nuestro mundo chapucero, irremediablemente estropeado. Desencadenarla simplemente alteraría la poca armonía cósmica que disfrutábamos.
Senyor Jajám me lo anduvo explicando durante la cena del Shabát usando una alegoría que quizás no correspondiese a la versión talmúdica. Pero es válido trasmitir la verdad en forma de cuento al inocente o al ignorante, y yo era ambas cosas.
Mientras yo tragaba mi brodo de pollo espeso de polenta, y mientras el suyo se enfriaba en su plato, Senyor Jajám dibujó para mi un retrato del Dio en los comienzos, desesperadamente solo y lleno de ansiedad en un mundo oscuro donde Él era el único habitante.
Había que construir algo, pero El Dio era demasiado magno, lo llenaba todo, no dejaba espacio para crear cosas grandes o importantes. Entonces, El Todopoderoso fabricó una vasija dentro de la cual se comprimió. Desde su interior dio inicio al proceso creativo. Pero era tan inmenso su poder que rayos divinos resquebrajaron la vasija haciéndola estallar en millones de pedacitos que, como los vidrios del espejo de La Reina de las Nieves, nevaron sobre el universo dejándolo para siempre herido e imperfecto, por lo que toda creación posterior nació resquebrajada, descalabrada, e imperfecta. La única manera de curar el mundo y hacerle un universo impecable era reparar esas rajaduras iníciales. Algo que Senyor Jajám llamó Tikun Olam.
― ¿Cómo se hace eso?― pregunté.
― Pues con caridad, con oración sincera, con actos de bondad y altruismo. Las buenas obras hechas desinteresadamente son la mejor vía para el Tikun Olam. Pero aunque haya millones de buenas obras, el proceso es dinámico porque constantemente los humanos cometemos actos que producen nuevas heridas.
― ¿Qué tipo de actos?
―Actos desmesurados. Toda inmoderación invita al caos. El que vive sin límites, vive sin El Dio.
Volvió a su sopa que ya estaba fría. En vez de regresarla a la sopera, la vertió en un bol de cerámica que descansaba sobre un pequeño pedestal en un costado bajo la mesa. Maurizio trotó feliz a la fuente y comenzó sonoramente a tomarse el caldo.
―Es como Davide. Le gustan la cosas frías― explicó Senyor Jajám con ternura.
― ¿Por qué esta en un pedestal su fuente?
―Sufre de relujo intestinal y le es más cómodo comer de un plato que esté a un nivel más alto que el piso.
La explicación de mi abuelo me indicó que el Tikun Olam también se aplicaba a los animalitos.
Tras el caldo, vino un pescado exquisito cocinado con una salsa de ciruelas. Senyor Jajam era un magnífico cocinero. Incluso mejor que yo.
Senyor Jajám, esa desmesura de la que hablas no es lo que afije a Davide ¿verdad? Él no vive más allá de Dios. No conozco hombre más creyente en su religión. Hasta a veces da lata con ella.
Senyor Jajám sonrió con tristeza.
Pashariko, practicar una religión es encomiable, pero no implica necesariamente creer en el Dio. La fe en rituales no es sinónimo de fe en el poder del Altísimo. Fe es algo tremendo, inquebrantable que no tambalea, más bien se fortalece, ante la ausencia de lógica. La fe no es fácil y Davide al poner su confianza y lealtad en el conocimiento, se ha alejado de su Creador.
―Entonces― pregunté asustada ― ¿Qué puede suceder?
―En nuestra historia hemos visto pasar muchos locos desmesurados que en su arrogancia se han creído más poderosos que El Dio. Todos tuvieron triste fin.
A través de la pierna de cordero asada con romero y de la compota de cerezas, incluso al día siguiente en las tres comidas que marcan el sábado judío, mi abuelo me habló de esos locos. Nombres exóticos e historias desdichadas y terribles: Jacob Frank, Sabbtai Zvi, Joseph Della Reina y Elisha Ben Abuya que fuera al Paraíso y regresara convertido en un hereje.


No le conté nada a Senyor Jajám de mi mensaje a Davide, pero en nuestro viaje a Viena, ya reventaba de culpa y ansiedad, por lo que confesé a Viktor lo hecho.
Mi confesión encolerizó a mi cuñado.
― ¿Cómo pudiste?  Por protegerte, tu abuelo y yo hemos traicionado a Davide. Como él está ahora es muy peligroso. Se nos puede ir la vida en ello.
― Precisamente por eso, no puedo continuar poniéndoos en peligro. Tengo que ser yo sola quien detenga a Davide.
― ¿Así?― pregunto escéptico― ¿Y cómo planea la Señora Condesa hacer eso?
Me turbé. No tenía plan realmente.
―Eres una mocosa tonta― gritó.
Su voz atrajo al portero que plantó su cara en la ventanilla de la puerta. Avergonzados, le hicimos un gesto de que todo estaba bien.
―Actuar irreflexivamente no nos lleva a ninguna parte―dijo mi cuñado en voz baja ―.Esto es muy grave. Si no te hubiese rescatado no sabemos que te hubiese hecho mi hermano.
―Es que quizás no debiste rescatarme. Quizás debimos dejar que las cosas siguiesen su curso.
―Las cosas se nos han ido de las manos― noté el cansancio de la desesperación en la voz de Viktor ―. Ahora otros más poderosos entraron en el juego y no para bien. ¿No te das cuenta de que al defenderte a ti intentamos proteger al mundo de Davide y a él de sí mismo? Se ha vuelto una exageración desenfrenada que invita al caos.  Nuestro Señor no permitirá el caos aunque para eso tenga que hacer desaparecer a tu marido. Su Majestad, mi padre, teme que si Davide persiste en enfrentar un conocimiento que no le está destinado puede morir, enloquecer o recibir la Pulsa Denura.
Viktor me explico que ésta era una maldición cabalística que generalmente mataba al maldito, pero que podía también tener un aspecto peor.
―Cerrar las puertas del Cielo a las oraciones del maldito. ¿Te imaginas? Nada de lo que él pida puede darse porque Dios ya no le escucha. Para un creyente como David no podría haber peor castigo.
―Entonces hay que avisarle― dije horrorizada ―. Él no puede enloquecer hasta el punto que crea que su poder es más grande que el divino.
― Aprende algo Violante, un poco de poder hace a un hombre sentirse tan poderoso que olvida todos los parámetros. Yo lo sé, trabajo para hombres borrachos de poder que ya se sienten semidioses.
Los Nazis de Viktor me importaban poco. Ya te he dicho, Lectora, la política no era asunto mío. La vida de mi marido sí.
―No os escuchará a vosotros― le expliqué a Viktor ―. Ahora os ve como traidores. Pero yo soy una extraña que tiene algo que él desea. Tal vez si pretendo negociar, pueda hacerle entrar en razón.
― ¿Y si no?― dio Viktor con cara enfurruñado, pero luego su sentido práctico se sobrepuso a su enojo.
―Digamos que puedes intentarlo. Al final eres tan terca como él. Mejor que os enfrentéis de una vez y si el resultado es óptimo, que bien. ¿Y si no? Pues ya no hay nada que hacer. Otros tendrán que encargarse de Davide.

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