Fue así
que después de un viaje de locos por cuatro países, llegué a Trieste a conocer
a mi abuelo, aunque creo, Lectora, que se necesitaría de diez vidas para
conocerle bien. Juntos pasamos un fin de semana extraordinario. Pero últimamente
mi vida era así, novelesca. Quizás siempre lo fue y no me daba cuenta.
Mi
abuelo, a quien aprendí a llamar “Senyor Jajám”, se convirtió más que en pariente
en mí aliado en una lucha para proteger a Davide. Él me hizo comprender la
extensión del peligro en que nos ponía mi marido y el peligro que el mismo
Davide corría.
Ese primer encuentro con Senyor Jajám estuvo marcado por una llantina descomunal de mi
parte. Cuando al fin dejé de llorar, me percaté de que las lágrimas combinadas
con el polvo del viaje debían tenerme la cara como la de una deshollinadora.
―
¿Habrá algún lugar donde pueda refrescarme?― pregunté con timidez ―. ¿Quizás un
lavabo?
La
carcajada de Viktor fue la respuesta.
―
Violante, estás bajo el techo de un judío sefardita. No puedes encontrar gente
más limpia. Únicamente, los turcos y los japoneses les ganan. Arriba Senyor Jajám tiene un baño de emperador
romano, con una tina hecha a la medida de Davide. Con eso lo digo todo.
Me sentí
un poco cortada. La mención de Davide y la idea de imaginarlo desnudo en una
tina me ruborizaba. Senyor Jajám, por
suerte, vino en mi auxilio.
―Creo
que es hora de mostrarle a Violante su cuarto. ¿Viktor puedes subir el equipaje?
Seguí a
Senyor Jajám por las ondulantes
escaleras hasta la planta alta de esa casona de piedra que algún día sería mía.
Detrás de mi, Viktor cargaba mi sombrerera. Entremedio, se nos entrometió
Maurizio con ese cuerpo tan ondulante como la escalera, que parecía dividirse
en tres partes como un tren de juguete.
El
cuarto era grande, pero sencillo. Dos camas estrechas con colchas de un
estampado desteñido y unos mosquiteros que Senyor
Jajám llamó namusias. La tela de
las colchas se repetía en las cortinas, los cojines que cubrían el arcón bajo
la ventana y el tapete de la cómoda sobre la que había un espejo de tres lunas.
―Tu Tía
Dass viene de vez en cuando y se queda aquí― dijo Senyor Jajám ―quizás encuentres algunas cosillas de ella que puedes
usar.
Se
marchó dejándome en compañía de Maurizio quien rápidamente saltó al arcón. En
el armario no encontré nada más que un viejo sombrero de paja de Italia
adornado con una guirlanda de arrugadas violetas de Parma. Bastóme olerlo, para
reconocer que era de Naiciña. Los
cajones del tocador contenían una lima de uñas y un peine olvidados por la Tía
Dass. Maurizio se bajó del arcón y con
el morro empujó los cojines al suelo, golpeando la tapa del baúl con su patita
blanca.
Lo abrí.
Adentro, entre hojas de papel de seda y viejos saches, estaban los vestidos de
mi madre. Antiguas muselinas y organzas veraniegas que dejara atrás al huir en
otoño a buscar su destino en otras tierras. Encontré otras cosas interesantes.
Unas muñecas de porcelana y una de trapo, zapatillas bordadas y un paquete de
cartas atadas con cintas azules. Ojeé una y vi que eran de Senyor Jajám escritas a su hija desde el frente ruso.
Las solté
como si me quemasen. Me sentí avergonzada. Era como si mi presencia abriese
viejas heridas, un recordatorio de la traición de una hija que aprovechando a
su padre en la guerra, huyera del hogar para cubrirlo de vergüenza. Pero no podía
hacer nada, Lectora. El pasado ya existía, yo era el resultado de eso, y a
menos que me tirase al mar no había manera de cambiar las cosas.
La
expresión filosófica de la cara de Maurizio me indicó que yo tenía la razón.
Abrí mi sombrerera que contenía de todo menos sombreros. Saqué la ropa interior
que trajera del castillo y el vestido de viaje que lavaran en el hotel de
Barcelona. Además, estaba mi camisón y un vestido estampado muy ligero que
Viktor me compró en la Ciudad Condal. Era demasiado bonito para un jueves, mejor
lo guardaba para el Shabát. Cogí la ropa interior y el vestido de viaje, y me
fui en dirección adonde Senyor Jajám
me indicara estaba el baño.
No
mintiera. El baño era más grande que mi cuarto con una gigantesca tina de
mármol donde cabríamos yo, Davide, y todos los gatos del vecindario, incluyendo
a Maurizio.
Mientras
la tina se llenaba de agua caliente, revisé mi entorno. En un gran armario
pintado de color marfil encontré albas y gigantescas toallas y una inmensa
barra de jabón de Marsella de la cual corté un trozo. Había también una serie
de botellas y frascos de cristales de colores. Una inspección reveló aceites
perfumados, sales de baño, y un mucilago pegajoso que apestaba a almendras y
que mi instinto me indicó era para el cabello.
En el
agua eché todo lo que encontré, levantando una nube de olores que de milagro no
me asfixió. Y en un acto de gran coraje me sumergí en aguas moradas que olían a
pino y a limón. Para rematarlas, me rocié el mucilago en el pelo. Por primera vez en días me sentía relajada, y
sin miedo. Me costó salir de mi letargo para vaciar y volver a llenar la tina
de agua limpia con que enjuagarme.
Al
salir del baño y vestirme me sentí como nueva y muy cómoda en esa casa. Me
sequé el cabello, notando su textura más sedosa que lo usual tras un lavado de jabón
y eso que Catuxa siempre me lo enjuagaba con romero y jugo de limón. La pasta
de almendras era mágica. Con razón el cabello de mi marido era tan brillante y
suave.
Creo
que sin el baño no hubiese soportado esa cena que aunque exquisita, estuvo salpicada
de referencias al Gran Ausente. Cuanto más les oía, más me sentía culpable. Davide
era amado por ambos, importante en la vida de ambos y sólo por protegerme,
Viktor y Senyor Jajám se volvían en
su contra. Yo era la intrusa, la manzana de la discordia. Davide no podía ser
tan malo si ellos tanto le querían
Pero
todas esas consideraciones desaparecieron esa noche, cuando en la soledad de mi
cuarto, mi marido invadió mis sueños.
Fue una
experiencia horrible despertar en ese cuarto extraño en la cama estrecha donde Naiciña durmiese por años junto a otra
igual donde dormía su hermana. Pero ahora yo estaba sola. Sumida en esa modorra
en que no sabes si duermes o sueñas, me senté y vi, a través de la gasa de la namusia y en la luna del espejo a mi
marido mirándome lleno de reproche.
― Has
huido de mí para venir a mi casa. Yo te hubiese traído, te hubiese cargado a
través del umbral como mi esposa. No tenías que venir como una huérfana,
huyendo de quien la quiere mal. Has puesto a mi gente en contra mía― me reconvino.
Quise
explicarle, pero la voz no salía de mi boca. Él descendió del espejo, entró en
el cuarto y avanzó en esa oscuridad iluminada por sus ojos. Cuando estaba a
unos pasos de mi cama con su brazo estirado a punto de tocarme, Maurizio saltó
sobre mi colcha, interponiéndose entre ambos.
Davide
desapareció en el acto y me encontré de espaldas en la cama, con los ojos
abiertos, preguntándome si todo era un sueño. Pero Maurizio roncaba en la cama
de al lado. ¿Cómo entró si la puerta estaba cerrada? No pude volver a dormirme.
A la
mañana siguiente, bajé todavía asustada con Maurizio al zaga, todo para toparme
con una cabra blanca parada en medio de la cocina. La cabra y Maurizio se
enfrentaron en silencio, ninguno de los dos avanzando ni cediendo un centímetro
de terreno.
Les miré
fascinados hasta que Senyor Jajám entró
a interrumpir el duelo. Venía de la huerta a juzgar por las frutas que cargaba
en su cesto en una mano. En la otra traía una jarra de metal. Dejó cesto y
jarra en la mesa y cogió a la cabra por el ronzal.
―Veo
que has conocido a Zafira. Su madre y sus hermanas tienen un establo allá cerca
de la huerta. Usualmente no la dejo venir. Maurizio es muy celoso de su
territorio, pero se escapó cuando fui a ordeñar a su madre. Te traje fruta y
leche para tu café.
Se
llevó a la cabra que balaba plañideramente y yo lavé la fruta pensando que ésta
parecía la casa del Abuelo de Heidi, salvo por algunos elementos mágicos. Las
tuberías parecían estar conectadas a un pozo. ¿Pero cómo el agua salía
caliente? Solamente algún secreto taumatúrgico podía explicarlo.
Maurizio
se trepó la mesa y desde una prudente distancia observó la jarra de leche.
Asumí por su postura que le apetecía. Encontré un cuenco de madera y le serví. Senyor Jajám regresó en ese momento y me
miró complacido
― Veo
que te gustan los animalitos. Ya lo dice el Talmud, hay que alimentar a los
animales de una casa antes que a su gente. Con Viktor y Davide tengo siempre la
duda de lo que son, por eso les alimento primero que a todos.
Se rió
de su propio chiste para luego mirarme con ojos preocupados que no supe si eran
de abuelo, medico o brujo. Tantos membretes se le aplicaban
―Tú no
has dormido bien.
Le conté
sobre la visita de Davide y sobre mis dudas.
Me
escuchó en silencio. Luego llenó un tazón de leche sobre la que vertió café de
la cafetera qué estaba sobre las brasas del fogón.
―Fija mía ― dijo con tristeza mientras yo
me bebía el café ―.Davide sufre mucho y está muy malito. Debe volver con nosotros
que le queremos y podemos cuidarle. Pero tu sola, pashariko, no puedes enfrentar a tu marido.
Era la
primera vez que reconocía mi matrimonio. ¿Por qué ahora sí y antes no?
―Violante,
casarse es más que un papel― dijo con tono con tono de disculpa ―.Para sentirte
casada con Davide tendrían que existir algunos hechos. Ni el primero existe.
Me puse
roja al comprender que aludía a mi estado de virgen.
―Eres
una niña preciosa― me miró con cariño ―. Y de mí Davide… ¿Qué te puedo decir?
Si fuera mi hijo, no podría yo estar tan orgulloso de él. Pero no podéis estar juntos.
Los lobos no pueden casarse con las ovejitas. Se las devoran.
― ¿Se refiere
usted a que Davide es licántropo?
―Ser licántropos
no le impidió ni a él ni a su hermano casarse. Es algo más grave. Vosotros no pensáis
igual, no creéis en las mismas cosas, no vivís de la misma manera. Los vuestro
es solo un enkontradijo, un mal
encuentro. Un amor que no se basa en compromiso.
―Pero
yo podría...―comencé, pero mi abuelo no me dejó seguir.
― Perla
mía, no me llenes de ilusiones falsas. ¿Quién más feliz que este viejo si fueras
de los nuestros? Pero para quererte debo aceptarte como eres, con tu manera de
pensar y tus creencias. Respóndeme, Violante ¿no serias más feliz si Davide
fuese cristiano?
Su
mirada era tan dulce que no podía mentirle. Bajé los ojos avergonzada.
―No te avergüences.
La única vergüenza es no creer en nada. Algún día, Violante encontrarás un buen
hombre que será como tú y te hará feliz. Y yo seré feliz ese día si El Dio me da vida para verte― Me besó en
la frente ―.Novia que te veiga.
Senyor Jajám usualmente pasaba el Sabbat en casa de
amigos en Trieste y asistía al servicio allá, pero al ser yo su huésped no
quiso viajar. Pasaríamos el Shabát juntos y le ayude a preparar las muchas
comidas que marcaban la fiesta. Estaba encantado al saber que yo heredara su
talento para la cocina. Le conté de mis sueños de querer ser chef y los reparos
de Naiciña.
―Tu
madre, alav ha shalom tenía razón en
un sentido. Tu Tía Dass es un caso aislado. Se ha hecho muy famosa por su cocina,
pero está muy sola.
Tomó algunas cerezas que trajera del huerto y
comenzó a deshuesarlas
― Es la fruta favorita de Davide. Cuando era
niño se perdió una vez. Fue cuando regresé del frente, acabada la Gran Guerra.
Davide había huido hacia el norte, hacia Trieste. Le encontré en un bosque de
cerezos, más allá de Capodistria, dormido entre los árboles en flor. Los
animales habían cuidado de él. Desde entonces tiene ese olor tan peculiar.
Recordé
lo que Davide me contase en nuestro viaje de bodas
― Me
dijo algo de ese viaje. Que era como vivir durante la Peste Negra,
completamente aislado de la gente.
― De
ahí se volvió tan antisocial. Uno cree que es la licantropía. Pero mira a
Viktor, tiene más amigos y aliados que dedos en las manos.
―
¿Antisocial, Davide, si parece ser amigo de todo el mundo?
Mi
abuelo, me observó como sopesando si debía contarme un secreto
― Él
usa a la gente, pero aparte de su hermano y yo, no tiene realmente amigos. Es
triste, porque en el fondo se siente muy solo.
Senyor Jajám colocó la fruta en un cazo con agua y
agregándole una varita de canela, la puso a hervir.
― Algún
día te enseñare a hacer una inchusa de
cerezas, es una tarta que le gusta mucho a Davide.
Se me
hizo un nudo en la garganta. ¿De qué servía saber hornear inchusas, si Davide no era para mí?
Más
tarde, cuando Senyor Jajam estaba preparándose
para el sábado, yo atrapé a Maurizio que andaba persiguiendo una mariposa en el
balcón.
―Muéstrame
el cuarto de mi marido― le rogué.
Ni
corto ni perezoso, me llevó al final del pasillo y se detuvo ante una puerta.
La abrí sin dificultad. Era un cuarto parecido al mío. Un armario, una cómoda
un arcón y una cama con colcha blanca. La diferencia eran los libros. Estaban
en todas partes. Sobre la cómoda, sobre la cama, hasta en el suelo. Dentro del
baúl encontré más libros. Milagrosamente, no había libros en del armario, sólo
ropa. Muchos trajes de buen casimir con el sello de Savile Road, como los que
usaba Federico, y varios uniformes, de todos los tipos con camisas verdes o
negras. Arriba vi sombreros, gorras de plato y hasta un fez fascista de fieltro
negro con flecos.
Empecé
a frotar la tela con mis manos y a acariciar los sombreros en un esfuerzo por
dejar mi olor en todos. También froté
las cortinas y la colcha.
― Me marcho a Viena― susurré ―.Encuéntrame donde
la Tía Dass.
Maurizio,
desde el umbral, me miraba sin censurarme, con gran comprensión en sus ojos
verdes.
―Si hay
alguna manera que puedas llevarle un mensaje, dile que estaré en Viena y que me
encuentre allá el próximo domingo ― le dije al gato ―.Y que no me atormente ni
atormente a nadie hasta entonces.
Ni
terminaba de formular mi mensaje, cuando el micho ya se subía a la cómoda y
empujaba su cabeza en contra del vidrio. Bruscamente, éste cedió abriéndose como
las aguas del Mar Rojo y Maurizio cruzó hacia otro mundo. Me quedé estupefacta.
Golpeé en el vidrio, pero nada. Estaba duro y frío como todos los cristales.
Me escabullí
a mi cuarto y traté de tranquilizarme, mientras me ponía mi mejor vestido. Ni
acababa de abrochármelo, cuando en la luna del medio de mi espejo vi la cara
risueña de Maurizio quien elegantemente emergió del cristal tal como Davide
hiciera la noche anterior.
― ¿Le
viste, le dijiste? ― Los ojos del felino me indicaron que mi mensaje llegara ya
a Davide.
Me estremecí.
Pero no era momento de miedos. Ahora debía ser la neniña valiente a la que Naiciña
encargase tareas hercúleas.
Poco a poco,
Lectora, me hacía cargo que lo que Davide hacía o intentaba hacer era muy peligroso.
No sólo para mí, sino para nuestro mundo que existía paralelo a esencias y energías
que nunca debían llegar a manos de los hombres.
En sus
experimentos, Davide irresponsablemente seguía los pasos de un Prometeo moderno
o quizás un Dr. Frankestein que creaba un monstruo que terminaría por
servírselo de almuerzo. Esa energía tan alarmante, que tenía algo que ver con
los poderes de los Mouros o Shedim,
como ahora sabía se llamaban, no podía funcionar en nuestro mundo chapucero,
irremediablemente estropeado. Desencadenarla simplemente alteraría la poca
armonía cósmica que disfrutábamos.
Senyor Jajám me lo anduvo explicando durante la cena del Shabát
usando una alegoría que quizás no correspondiese a la versión talmúdica. Pero
es válido trasmitir la verdad en forma de cuento al inocente o al ignorante, y
yo era ambas cosas.
Mientras
yo tragaba mi brodo de pollo espeso
de polenta, y mientras el suyo se enfriaba en su plato, Senyor Jajám dibujó para mi un retrato del Dio en los comienzos, desesperadamente solo y lleno de ansiedad en
un mundo oscuro donde Él era el único habitante.
Había
que construir algo, pero El Dio era
demasiado magno, lo llenaba todo, no dejaba espacio para crear cosas grandes o
importantes. Entonces, El Todopoderoso fabricó una vasija dentro de la cual se
comprimió. Desde su interior dio inicio al proceso creativo. Pero era tan
inmenso su poder que rayos divinos resquebrajaron la vasija haciéndola estallar
en millones de pedacitos que, como los vidrios del espejo de La Reina de las
Nieves, nevaron sobre el universo dejándolo para siempre herido e imperfecto,
por lo que toda creación posterior nació resquebrajada, descalabrada, e
imperfecta. La única manera de curar el mundo y hacerle un universo impecable era
reparar esas rajaduras iníciales. Algo que Senyor
Jajám llamó Tikun Olam.
― ¿Cómo
se hace eso?― pregunté.
― Pues
con caridad, con oración sincera, con actos de bondad y altruismo. Las buenas
obras hechas desinteresadamente son la mejor vía para el Tikun Olam. Pero aunque haya millones de buenas obras, el proceso
es dinámico porque constantemente los humanos cometemos actos que producen
nuevas heridas.
― ¿Qué tipo
de actos?
―Actos
desmesurados. Toda inmoderación invita al caos. El que vive sin límites, vive
sin El Dio.
Volvió
a su sopa que ya estaba fría. En vez de regresarla a la sopera, la vertió en un
bol de cerámica que descansaba sobre un pequeño pedestal en un costado bajo la
mesa. Maurizio trotó feliz a la fuente y comenzó sonoramente a tomarse el caldo.
―Es
como Davide. Le gustan la cosas frías― explicó Senyor Jajám con ternura.
― ¿Por
qué esta en un pedestal su fuente?
―Sufre
de relujo intestinal y le es más cómodo comer de un plato que esté a un nivel más
alto que el piso.
La
explicación de mi abuelo me indicó que el Tikun
Olam también se aplicaba a los animalitos.
Tras el
caldo, vino un pescado exquisito cocinado con una salsa de ciruelas. Senyor Jajam era un magnífico cocinero.
Incluso mejor que yo.
―Senyor Jajám, esa desmesura de la que
hablas no es lo que afije a Davide ¿verdad? Él no vive más allá de Dios. No
conozco hombre más creyente en su religión. Hasta a veces da lata con ella.
Senyor Jajám sonrió con tristeza.
―Pashariko, practicar una religión es
encomiable, pero no implica necesariamente creer en el Dio. La fe en rituales no es sinónimo de fe en el poder del
Altísimo. Fe es algo tremendo, inquebrantable que no tambalea, más bien se
fortalece, ante la ausencia de lógica. La fe no es fácil y Davide al poner su
confianza y lealtad en el conocimiento, se ha alejado de su Creador.
―Entonces―
pregunté asustada ― ¿Qué puede suceder?
―En
nuestra historia hemos visto pasar muchos locos desmesurados que en su
arrogancia se han creído más poderosos que El
Dio. Todos tuvieron triste fin.
A través
de la pierna de cordero asada con romero y de la compota de cerezas, incluso al
día siguiente en las tres comidas que marcan el sábado judío, mi abuelo me
habló de esos locos. Nombres exóticos e historias desdichadas y terribles: Jacob
Frank, Sabbtai Zvi, Joseph Della Reina y Elisha Ben Abuya que fuera al Paraíso
y regresara convertido en un hereje.
No le
conté nada a Senyor Jajám de mi
mensaje a Davide, pero en nuestro viaje a Viena, ya reventaba de culpa y
ansiedad, por lo que confesé a Viktor lo hecho.
Mi confesión
encolerizó a mi cuñado.
― ¿Cómo
pudiste? Por protegerte, tu abuelo y yo
hemos traicionado a Davide. Como él está ahora es muy peligroso. Se nos puede ir
la vida en ello.
― Precisamente
por eso, no puedo continuar poniéndoos en peligro. Tengo que ser yo sola quien
detenga a Davide.
― ¿Así?―
pregunto escéptico― ¿Y cómo planea la Señora Condesa hacer eso?
Me
turbé. No tenía plan realmente.
―Eres
una mocosa tonta― gritó.
Su voz
atrajo al portero que plantó su cara en la ventanilla de la puerta. Avergonzados,
le hicimos un gesto de que todo estaba bien.
―Actuar
irreflexivamente no nos lleva a ninguna parte―dijo mi cuñado en voz baja ―.Esto
es muy grave. Si no te hubiese rescatado no sabemos que te hubiese hecho mi
hermano.
―Es que
quizás no debiste rescatarme. Quizás debimos dejar que las cosas siguiesen su
curso.
―Las
cosas se nos han ido de las manos― noté el cansancio de la desesperación en la
voz de Viktor ―. Ahora otros más poderosos entraron en el juego y no para bien.
¿No te das cuenta de que al defenderte a ti intentamos proteger al mundo de
Davide y a él de sí mismo? Se ha vuelto una exageración desenfrenada que invita
al caos. Nuestro Señor no permitirá el
caos aunque para eso tenga que hacer desaparecer a tu marido. Su Majestad, mi
padre, teme que si Davide persiste en enfrentar un conocimiento que no le está
destinado puede morir, enloquecer o recibir la Pulsa Denura.
Viktor
me explico que ésta era una maldición cabalística que generalmente mataba al
maldito, pero que podía también tener un aspecto peor.
―Cerrar
las puertas del Cielo a las oraciones del maldito. ¿Te imaginas? Nada de lo que
él pida puede darse porque Dios ya no le escucha. Para un creyente como David
no podría haber peor castigo.
―Entonces
hay que avisarle― dije horrorizada ―. Él no puede enloquecer hasta el punto que
crea que su poder es más grande que el divino.
―
Aprende algo Violante, un poco de poder hace a un hombre sentirse tan poderoso
que olvida todos los parámetros. Yo lo sé, trabajo para hombres borrachos de
poder que ya se sienten semidioses.
Los
Nazis de Viktor me importaban poco. Ya te he dicho, Lectora, la política no era
asunto mío. La vida de mi marido sí.
―No os
escuchará a vosotros― le expliqué a Viktor ―. Ahora os ve como traidores. Pero
yo soy una extraña que tiene algo que él desea. Tal vez si pretendo negociar,
pueda hacerle entrar en razón.
― ¿Y si
no?― dio Viktor con cara enfurruñado, pero luego su sentido práctico se
sobrepuso a su enojo.
―Digamos
que puedes intentarlo. Al final eres tan terca como él. Mejor que os enfrentéis
de una vez y si el resultado es óptimo, que bien. ¿Y si no? Pues ya no hay nada
que hacer. Otros tendrán que encargarse de Davide.

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