Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

martes, 13 de agosto de 2013

32. Violante: Luna de miel



Después del affaire Dollfuss, mi marido se volvió insoportable. Parecía una máquina de propaganda fascista.
Hai veduto?― Davide casi reventaba de orgullo cuando se dirigía a su tío ― Benito se enfrentó a Adolf.
Era cierto. Italia había sido la única en reaccionar cuando Francia e Inglaterra miraban como niños asustados lo que estaba pasando.
―Hemos sentado la pauta― me dijo mi marido esa noche ―.Europa confía en Il Duce, ahora Italia es poderosa y protectora de otras naciones.
No le presté atención. Terminada mi temporada de veda, me fui a Trieste, ya conocía al protocolo, al Mikvah. Ahora, nada más me importaba volver a estar con Davide. Tener una luna de miel como Dios manda.
Senyor Jajam hizo sus maletas y se marchó a ver como estaban las berenjenas en la huerta delos Galante en Dubrovnik. Nosotros nos quedamos solos, y por tres días casi no recordamos que debíamos comer, limpiar la casa o comunicarnos con el mundo exterior. Dormíamos esporádicamente cuando ya nuestros cuerpos agotados pedían tregua de tanto amor.
Fueron días de exploración y conquista. De creernos Adán  y Eva y ser los primeros en destapar los misterios de la pasión erótica. De palparnos mutuamente, de exigir posesión de rincones de nuestra anatomía y jurar que a nadie más le permitiríamos acceso a ellos. Fueron días absurdos en que la felicidad y el placer tenían un aura de irrealidad.
Fue una revelación para mi enterarme que el Talmud, tan lleno de reglas y tabúes, era muy tolerante en lo referente a asuntos carnales, siempre y cuando en la cama fueran varón y hembra y definitivamente matrimoniados ¿Me gustó todo lo que hicimos? La que dice que lo hace todo en la cama o es una guarra o una mentirosa. Pero puedo decirte, Lectora, que me atrajeron más actos, caricias y posturas que los que mi cuerpo rechazó.
En esa nota, partimos de luna de miel. Era agosto, mal mes para viajar en Italia. El calor era insoportable, más al Sur adonde nos dirigíamos. Fue una suerte contar con huestes de ángeles meteorológicos que bajaban temperaturas, hacían soplar brisas refrescantes e incluso una tarde en Venecia, hicieron llover para deleite de mi marido que amaba la lluvia.

Piazza San Marco, años 30's (reportsfrombeyond.com)

Cobijada bajo un impermeable que sostenía sobre mi cabeza, le observé en Piazza San Marco. Hasta las palomas se guarecían del aguacero mientras Davide, parado en medio de la plaza, alzaba el rostro hasta el cielo para que la lluvia lo mojase entero, lo poseyese como él me poseía a mí. Me di cuenta en ese momento, que Davide no era humano. No lo digo en su desmedro. Yo amaba eso que le hacia diferente a los demás hombres.
Fue en Venecia, en Harry´s Bar, donde nos tropezamos con la Duquesa.
―Debo deciros― dijo ceñuda ―que os veis repelentemente felices y que hacéis una guapa pareja.
Me señaló su dedo acusador.
 ―He oído de novias que lucen rozagantes tras su boda, pero has exagerado la nota, hija mía.
Más tarde, y a solas, me dijo.
―Hay algo ultrajante en vuestra felicidad. Es desmesurada.
 No supe si bromeaba o no. En todo caso lo que decía era verdad.
Partimos a Roma donde tuve ocasión de conocer a todas esas damas de postín que protegían la carrera de mi marido. Hasta obtuve una audiencia real en la que Davide me presentó a Su Majestad.
La Reina Helena era más alta y delgada que lo que se veía en fotografías. Me sorprendió ver a Davide hincar la rodilla en el suelo ante ella. Senyor Jajam decía que un judío no se arrodillaba sino ante Dios. Tal vez  fuera un acto de caballerosidad antigua. Davide trataba a su soberana como Bradomín a la Reina Margarita, como ofreciéndole hasta la última gota de su sangre para defenderla a ella y a su reino. Me daba un poquito de celos esa devoción.

Elena de Montenegro, Reina de Italia (wikipedia.it)

Por fin nos alejamos de todo lo conocido y llegamos a Nápoles. Es de ahí donde conservo más recuerdos de cosas que compartimos. Descubrir la diferencia entre la pizza Margherita y la Siciliana; escuchar a alguien cantar “Signorinella Pálida” bajo la ventana de nuestra pensión a la hora en que todos dormían la siesta y nosotros hacíamos el amor; o ver Capri, desde una gelateria al otro lado de la bahía, donde yo tragaba una tras otra esas bolas de hielo picado multicolor que me teñían la boca con su colorante y que Davide me juraba, provocaban disentería.
―Si algún día Benito se enfada conmigo y me manda en confino― dijo, limpiándome la boca con una servilleta ―le voy a rogar que me destierre a Capri.

Dicen que causa tristeza ver el final de la luna de miel. No a mí que deseaba ya comenzar a vivir como señora casada.
Antes de mi boda, hubo una pequeña disputa entre mi abuelo y Davide. Era la opinión de Senyor Jajám que el kasado kaza kiere,  y no quería  vivir con nosotros. Davide entonces ofreció comprar una casa en Trieste para mí. A esto Senyor Jajám puso el grito en el cielo. ¿Cómo iba Davide a despilfarrar dinero en otra propiedad? La casa del acantilado era un legado de su madre.  Ahí debía él vivir conmigo, su mujer.
 Yo, tímidamente, intenté convencer a mi marido que me permitiera vivir cerca del cuartel, pero esto le enfadó. No era la costumbre, no tendría tiempo para mí. Creo además que le ponía celoso que me vieran sus camaradas. Desde que era guapa, Davide andaba como El Moro de Venecia,  con ganas de retar  a duelo a todo él que osaba mirarme.
Finalmente, se tragó el orgullo y rogó a su tío que se quedase en la casa conmigo. No quería dejarme sola y todavía yo tenía mucho que aprender. Los fines de semana, cuando estuviera de permiso,  los pasaríamos juntos.
Fue un arreglo satisfactorio para todos. La compañía de Senyor Jajám me complacía, como me complacían nuestras sesiones en la cocina cuando bajo la mirada de Maurizio, mi abuelo me enseñaba viejas recetas familiares, todas con alguna historia. De vez en cuando llegaba a limusina de Las Delmedigo a reclamarme. Mi abuelo insistía en su prohibición y solo podía ver a Ettie en su casa.
Se cree que después de la luna de miel, las esposas comienzan a ver los defectos  de sus maridos. No era mi caso. La separación de Davide me hacía  añorar su presencia cada vez más. Todos mis actos,  cada platillo que preparaba, cada racimo que desprendía del parrón, cada vestido que me probaba ante el espejo tenía un solo motivo: agradarle.
El verano comenzó a alejarse. Cumplí diecisiete años. Me parecía curioso ser ya una mujer casada y muy casada.  Davide me explicó que le era grato al Dio que le dedicáramos la noche del viernes al amor, que incluso se esperaba que se cumpliese como un mandamiento.  A veces, me daba vergüenza pensar que Senyor Jajám estaba a un par de habitaciones de nosotros, pero nunca esa vergüenza me impedía cumplir con nuestro mitzvah favorito.
ravioles rellenos con calabaza (receto.com)



Sólo me embargaba un temor, la llegada de mi próxima regla que nos impediría seguir amándonos, pero pasó septiembre y no me bajaba la sangre. Comencé a  perder el apetito, a negarme a probar ciertos alimentos para luego hartarme de frutas y pastas. Estaba muy cansada e incluso me quedaba dormida  en la mesa. Senyor Jajám me observaba sin decir nada, hasta que un viernes cuando estábamos rellenando ravioli con puré de calabaza, me desmayé en la cocina. Me desperté ante la mirada interesada de Maurizio y la preocupada de mi abuelo.
―La verdad es que no me lo esperaba tan pronto― dijo, tomándome el pulso ―pero cómo no iba a ser. Si os pasáis como conejos en la cama.
El significado de sus palabras me arreboló la cara.
― ¿Estás seguro?
Sostuvo mi muñeca.
―Aquí hay dos pulsos― se inclinó a mirarme ―y dos pupilas en tu ojo. ¿Cuántas faltas has tenido?
Me daba vergüenza responderle, pero era médico y mi abuelo.
―Una, quizás dos.
―Habrá que arreglar el viejo cuarto de Davide― dijo meditabundo ―para que cuando nazca la niña, en primavera, pueda ocuparlo.
― ¿Davide ocupaba otro cuarto?
Necesitaba cambiar el tema. La idea de estar embarazada me parecía demasiado prodigiosa para siquiera pensar sobre ella.
―De niño, ocupaba el cuarto que está al lado de que fue tuyo de soltera. Ahora ocupáis la alcoba de su madre.
―Qué extraño. No hay nada de ella ahí.
―Las pertenencias de Diamante están allá afuera―señaló a la terraza―. Bajo las losas. Davide las enterró ahí cuando  se  llevaron a su madre al manicomio.
Sentí una inmensa tristeza al recordar a la tía Diamante que, quiéralo o no, iba a ser la abuela de mi hija.
― ¿Por qué estás tan seguro que va a ser niña?
Me sirvió un poco de confitura de membrillo. El mareo me había abierto el apetito.
―Creí que tu marido te lo había dicho. Ni él ni Viktor tendrán jamás un varón.
Al parecer, los hijos de Ashmedai no podían engendrar varones.
―Una vez le nació un  nieto varón― la voz de Senyor Jajám sonaba aciaga como una profecía y supe que hablaba de Gavrilo Galante ―. Y ya ves como ha acabado, en la cama de Lilith. Se dice que algún día será tan poderoso como los ángeles y estos habrán de darle muerte.
Un escalofrío recorrió mi cuerpo. Ettie solo hablaba maravillas de su tío político. Yo todavía no lo conocía. Mi abuelo me observó fijamente, como leyendo mis pensamientos.
― No te alarmes. También se dice que únicamente tu “hija” puede evitar tanta catástrofe. Por eso están destinados a casarse. Pero eso lo dirán El Dio y el tiempo. ¿Te molesta la idea de tener sólo hijas?
―En absoluto― dije con sinceridad ―. La mayoría de las mujeres deseamos hijas.
―Voy a tomar el velero hasta Trieste― dijo Senyor Jajám ―Esta noticia debes dársela cuando estéis solos. Trata de descansar hasta que Davide llegue. La cena ya está dispuesta. Decirte que descanses después será una perdida de tiempo. Con lo aficionados que sois a cumplir con el Mitzvah del Shabát.
Sentí que la cara me ardía.
― ¿Pero se puede?―pregunté.
―Debería decirte que no― respondió severo ―pero sí se puede hasta el séptimo mes, a menos que haya algún contratiempo antes. Igual, espero que tratéis a la niña con cuidado. Nada de copular en la mesa de la cocina.
― ¡Senyor Jajám!― grité escandalizada.
Riéndose, mi abuelo se marchó. Yo me quede sentada en la cocina, con mi mano en el vientre tratando de hacer más concreta la idea de una niña que crecía dentro de mí.
Terminé de poner la mesa y me fui a bañar y a vestir.
Fue al salir del baño que la tos comenzó.  Pensé que seria alguna reacción a las sales, de baño pero el proceso de vestirme fue interrumpido por ataques de tos que me dejaban agotada. Mi cabeza ardía, pero mi cuerpo estaba helado. Lo adjudiqué a un catarro, producto del cambio de estación, pero era el colmo de la mala pata, agriparme justamente ese día.
Por la ventana, sentí pasos en la explanada y la voz de mi marido saludando a Maurizio.
Usualmente, yo bajaba corriendo la escala y me lanzaba en sus brazos, para qué luego él me subiese cargando. Esta vez, el  ritual de las tardes del viernes fue entorpecido por accesos de tos que me atrapaban cada dos escalones y, finalmente, terminaron en un desmayo. Lo último que alcancé a ver fueron las caras preocupadas de mi marido y del gato Shedim.
Desperté al pie de la escalera, con mi cabeza apoyada en el hombro de David que tomaba la temperatura de mi frente.
― ¡Estás ardiendo!― dijo con voz alterada.
―Creo que cogí frio― respondí.
―Esta es calentura de pulmonía. Tienes que haberla incubado desde hace días.
No deseaba discutir con su lógica médica. No era conversación para futuros padres. Intenté levantarme, pero el cuerpo me pesaba.
― ¿Dónde esta mi tío?― pregunto Divide ― ¿Acaso no vio lo mal que estabas?
―Se marchó a Trieste, pero estuvo aquí temprano para recogerme en mi primer desmayo y darme su diagnóstico.
Me las arreglé para sonreír.
― ¿Cuál diagnóstico?― Ya salía el impaciente lobo por  boca de mi marido ― ¿Cómo es eso que te has desmayado dos veces? ¿Qué tienes?
Cogí su mano y la puse sobre mi vientre.
 ―Nada que no se cure en un par de meses.
Entendió enseguida. Mi lobo era muy agudo. Me besó hasta ahogarme. Tuve que empujarlo para poder toser.
―Pero la preñez no provoca tos― dijo preocupado.
Con mucha ternura, me alzó en sus brazos y me llevó hasta nuestro cuarto en la segunda planta. Ahí me depositó en la cama y comenzó a quitarme los zapatos.
―Vas a acostarte y descansar― dijo acariciándome los pies desnudos.
Sentí una gran desazón. Me las había arreglado para arruinar uno de los días más felices de nuestra vida.
Mientras me desabotonaba el vestido, Davide trató de consolarme diciéndome que tendríamos muchos días para celebrar. Lo importante es que íbamos a tener una hija y debía cuidarme.
De  la cómoda me trajo una camisa de dormir de popelina blanca. Me ayudó a quitar el sujetador y, de paso, acarició mis pechos. Al sentir sus dedos, por primera vez sentí otro tipo de fiebre que quizás pudiese superar a la gripe. Atraje su cabeza hacia mí y lo besé con intensidad. Sus manos recorrieron mi torso desnudo expulsando el frío y el dolor, pero la tos volvió a apoderarse de mí.
―No puedo― la frustración hizo brotar las lágrimas a mis ojos ―. Esta maldita tos no me va a dejar amarte como quiero.
― ¿Quién sabe?― observó  Davide filosóficamente ―Nunca he estado dentro de una mujer con tos convulsiva. Sería una experiencia novedosa.
Le di un pescozón en el brazo.
― ¡Cállate lobo cochino!
Riéndose,  me puso la camisa por sobre la cabeza.
―Lo que vas a hacer es descansar. Voy a hacerte uno de los famosos tés de Senyor Jajám para bajar la fiebre y ya verás como mañana estás como nueva.
―Sí,  como nueva― dije escéptica, metiendo los brazos por las mangas ―Con tal que no te contagie.
No llegué a escuchar lo que Davide decía porque otro ataque de tos, el más fuerte hasta la fecha, me sobrevino haciéndome doblar en dos. Sentí que los pulmones se me subían por la garganta. Asustada, puse mi mano sobre mi boca para detenerlos, pero sentí un líquido tibio y viscoso escurriéndose por mis dedos. Vi el rostro de Davide palidecer de susto. Seguí su mirada y vi la sangre que manchaba el camisón.



4 comentarios:

  1. Tuberculosis? No, por favor, no tuberculosis!
    Yo quiero aprender a sentir dos pulsos cuando se le toma a una embarazada...
    Me sorprende mucho lo de la noche del viernes, siempre fui bastante reacia con ese tema... conozco bastante a los únicos cristianos que guardan el sábado (los adventistas) y me parece que en eso se diferencian mucho... tendría que preguntarles, pero me da un poco de apuro, je...

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  2. Llevó una hora sin pantallazos azules, per mi compu me tiene enferma. Solo espero poder terminar de subir los caps. para que conozcas el final.
    Conozco médicos viejos y parteras que aseguran que se puede detectar un doble pulso y una doble pupila en una embarazada. Ahora, obvio con tanta maquinaria, los médicos modernos dirán que no es así.
    No creo que los Adventistas sigan lo del sexo en viernes, que no es un mandato bíblico sino costumbre talmúdica basada en la Cábala.
    http://oreinsof.blogspot.com/2011/04/sexo-y-torah.html
    Sino me ves ya sabes el motivo. Fue un gusto inmenso conocerte y mucho más compartir mi novela contigo.

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  3. Ha sido un gusto para mí! Y espero que lo siga siendo! He aprendido muchísimo, y lo que más me gusta en la vida es aprender. Mil gracias, y ojalá no nos perdamos!

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    1. Cersei me permitió poner el penúltimo capítulo. Ya esta arriba

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