Después
del affaire Dollfuss, mi marido se volvió insoportable. Parecía una máquina de
propaganda fascista.
― Hai veduto?― Davide casi reventaba de
orgullo cuando se dirigía a su tío ― Benito se enfrentó a Adolf.
Era
cierto. Italia había sido la única en reaccionar cuando Francia e Inglaterra
miraban como niños asustados lo que estaba pasando.
―Hemos
sentado la pauta― me dijo mi marido esa noche ―.Europa confía en Il Duce, ahora Italia es poderosa y
protectora de otras naciones.
No le
presté atención. Terminada mi temporada de veda, me fui a Trieste, ya conocía
al protocolo, al Mikvah. Ahora, nada más me importaba volver a estar con Davide.
Tener una luna de miel como Dios manda.
Senyor Jajam hizo sus maletas y se marchó a ver como
estaban las berenjenas en la huerta delos Galante en Dubrovnik. Nosotros nos
quedamos solos, y por tres días casi no recordamos que debíamos comer, limpiar
la casa o comunicarnos con el mundo exterior. Dormíamos esporádicamente cuando
ya nuestros cuerpos agotados pedían tregua de tanto amor.
Fueron días
de exploración y conquista. De creernos Adán
y Eva y ser los primeros en destapar los misterios de la pasión erótica.
De palparnos mutuamente, de exigir posesión de rincones de nuestra anatomía y
jurar que a nadie más le permitiríamos acceso a ellos. Fueron días absurdos en
que la felicidad y el placer tenían un aura de irrealidad.
Fue una
revelación para mi enterarme que el Talmud, tan lleno de reglas y tabúes, era
muy tolerante en lo referente a asuntos carnales, siempre y cuando en la cama
fueran varón y hembra y definitivamente matrimoniados ¿Me gustó todo lo que hicimos?
La que dice que lo hace todo en la cama o es una guarra o una mentirosa. Pero
puedo decirte, Lectora, que me atrajeron más actos, caricias y posturas que los
que mi cuerpo rechazó.
En esa
nota, partimos de luna de miel. Era agosto, mal mes para viajar en Italia. El
calor era insoportable, más al Sur adonde nos dirigíamos. Fue una suerte contar
con huestes de ángeles meteorológicos que bajaban temperaturas, hacían soplar brisas
refrescantes e incluso una tarde en Venecia, hicieron llover para deleite de mi
marido que amaba la lluvia.
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| Piazza San Marco, años 30's (reportsfrombeyond.com) |
Cobijada
bajo un impermeable que sostenía sobre mi cabeza, le observé en Piazza San
Marco. Hasta las palomas se guarecían del aguacero mientras Davide, parado en
medio de la plaza, alzaba el rostro hasta el cielo para que la lluvia lo mojase
entero, lo poseyese como él me poseía a mí. Me di cuenta en ese momento, que Davide
no era humano. No lo digo en su desmedro. Yo amaba eso que le hacia diferente a
los demás hombres.
Fue en
Venecia, en Harry´s Bar, donde nos tropezamos con la Duquesa.
―Debo
deciros― dijo ceñuda ―que os veis repelentemente felices y que hacéis una guapa
pareja.
Me
señaló su dedo acusador.
―He oído de novias que lucen rozagantes tras
su boda, pero has exagerado la nota, hija mía.
Más tarde,
y a solas, me dijo.
―Hay
algo ultrajante en vuestra felicidad. Es desmesurada.
No supe si bromeaba o no. En todo caso lo que decía
era verdad.
Partimos
a Roma donde tuve ocasión de conocer a todas esas damas de postín que protegían
la carrera de mi marido. Hasta obtuve una audiencia real en la que Davide me
presentó a Su Majestad.
La
Reina Helena era más alta y delgada que lo que se veía en fotografías. Me sorprendió
ver a Davide hincar la rodilla en el suelo ante ella. Senyor Jajam decía que un judío no se arrodillaba sino ante Dios.
Tal vez fuera un acto de caballerosidad
antigua. Davide trataba a su soberana como Bradomín a la Reina Margarita, como
ofreciéndole hasta la última gota de su sangre para defenderla a ella y a su
reino. Me daba un poquito de celos esa devoción.
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| Elena de Montenegro, Reina de Italia (wikipedia.it) |
Por fin
nos alejamos de todo lo conocido y llegamos a Nápoles. Es de ahí donde conservo
más recuerdos de cosas que compartimos. Descubrir la diferencia entre la pizza
Margherita y la Siciliana; escuchar a alguien cantar “Signorinella Pálida” bajo
la ventana de nuestra pensión a la hora en que todos dormían la siesta y
nosotros hacíamos el amor; o ver Capri, desde una gelateria al otro lado de la bahía, donde yo tragaba una tras otra
esas bolas de hielo picado multicolor que me teñían la boca con su colorante y
que Davide me juraba, provocaban disentería.
―Si algún
día Benito se enfada conmigo y me manda en
confino― dijo, limpiándome la boca con una servilleta ―le voy a rogar que
me destierre a Capri.
Dicen
que causa tristeza ver el final de la luna de miel. No a mí que deseaba ya comenzar
a vivir como señora casada.
Antes
de mi boda, hubo una pequeña disputa entre mi abuelo y Davide. Era la opinión
de Senyor Jajám que el kasado kaza kiere, y no quería
vivir con nosotros. Davide entonces ofreció comprar una casa en Trieste
para mí. A esto Senyor Jajám puso el
grito en el cielo. ¿Cómo iba Davide a despilfarrar dinero en otra propiedad? La
casa del acantilado era un legado de su madre. Ahí debía él vivir conmigo, su mujer.
Yo, tímidamente, intenté convencer a mi marido
que me permitiera vivir cerca del cuartel, pero esto le enfadó. No era la
costumbre, no tendría tiempo para mí. Creo además que le ponía celoso que me
vieran sus camaradas. Desde que era guapa, Davide andaba como El Moro de
Venecia, con ganas de retar a duelo a todo él que osaba mirarme.
Finalmente,
se tragó el orgullo y rogó a su tío que se quedase en la casa conmigo. No quería
dejarme sola y todavía yo tenía mucho que aprender. Los fines de semana, cuando
estuviera de permiso, los pasaríamos
juntos.
Fue un
arreglo satisfactorio para todos. La compañía de Senyor Jajám me complacía, como me complacían nuestras sesiones en
la cocina cuando bajo la mirada de Maurizio, mi abuelo me enseñaba viejas
recetas familiares, todas con alguna historia. De vez en cuando llegaba a
limusina de Las Delmedigo a reclamarme. Mi abuelo insistía en su prohibición y
solo podía ver a Ettie en su casa.
Se cree
que después de la luna de miel, las esposas comienzan a ver los defectos de sus maridos. No era mi caso. La separación
de Davide me hacía añorar su presencia
cada vez más. Todos mis actos, cada
platillo que preparaba, cada racimo que desprendía del parrón, cada vestido que
me probaba ante el espejo tenía un solo motivo: agradarle.
El verano
comenzó a alejarse. Cumplí diecisiete años. Me parecía curioso ser ya una mujer
casada y muy casada. Davide me explicó
que le era grato al Dio que le
dedicáramos la noche del viernes al amor, que incluso se esperaba que se
cumpliese como un mandamiento. A veces,
me daba vergüenza pensar que Senyor Jajám
estaba a un par de habitaciones de nosotros, pero nunca esa vergüenza me impedía
cumplir con nuestro mitzvah favorito.
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| ravioles rellenos con calabaza (receto.com) |
Sólo me
embargaba un temor, la llegada de mi próxima regla que nos impediría seguir
amándonos, pero pasó septiembre y no me bajaba la sangre. Comencé a perder el apetito, a negarme a probar ciertos
alimentos para luego hartarme de frutas y pastas. Estaba muy cansada e incluso
me quedaba dormida en la mesa. Senyor Jajám me observaba sin decir nada,
hasta que un viernes cuando estábamos rellenando ravioli con puré de calabaza, me desmayé en la cocina. Me desperté
ante la mirada interesada de Maurizio y la preocupada de mi abuelo.
―La
verdad es que no me lo esperaba tan pronto― dijo, tomándome el pulso ―pero cómo
no iba a ser. Si os pasáis como conejos en la cama.
El
significado de sus palabras me arreboló la cara.
― ¿Estás
seguro?
Sostuvo
mi muñeca.
―Aquí
hay dos pulsos― se inclinó a mirarme ―y dos pupilas en tu ojo. ¿Cuántas faltas
has tenido?
Me daba
vergüenza responderle, pero era médico y mi abuelo.
―Una, quizás
dos.
―Habrá que arreglar el viejo cuarto de Davide― dijo meditabundo ―para que cuando nazca la niña, en primavera, pueda ocuparlo.
―Habrá que arreglar el viejo cuarto de Davide― dijo meditabundo ―para que cuando nazca la niña, en primavera, pueda ocuparlo.
― ¿Davide
ocupaba otro cuarto?
Necesitaba
cambiar el tema. La idea de estar embarazada me parecía demasiado prodigiosa
para siquiera pensar sobre ella.
―De
niño, ocupaba el cuarto que está al lado de que fue tuyo de soltera. Ahora ocupáis
la alcoba de su madre.
―Qué
extraño. No hay nada de ella ahí.
―Las
pertenencias de Diamante están allá afuera―señaló a la terraza―. Bajo las
losas. Davide las enterró ahí cuando se llevaron a su madre al manicomio.
Sentí
una inmensa tristeza al recordar a la tía Diamante que, quiéralo o no, iba a
ser la abuela de mi hija.
― ¿Por
qué estás tan seguro que va a ser niña?
Me sirvió
un poco de confitura de membrillo. El mareo me había abierto el apetito.
―Creí
que tu marido te lo había dicho. Ni él ni Viktor tendrán jamás un varón.
Al
parecer, los hijos de Ashmedai no podían engendrar varones.
―Una
vez le nació un nieto varón― la voz de Senyor Jajám sonaba aciaga como una
profecía y supe que hablaba de Gavrilo Galante ―. Y ya ves como ha acabado, en
la cama de Lilith. Se dice que algún día será tan poderoso como los ángeles y
estos habrán de darle muerte.
Un
escalofrío recorrió mi cuerpo. Ettie solo hablaba maravillas de su tío
político. Yo todavía no lo conocía. Mi abuelo me observó fijamente, como
leyendo mis pensamientos.
― No te
alarmes. También se dice que únicamente tu “hija” puede evitar tanta
catástrofe. Por eso están destinados a casarse. Pero eso lo dirán El Dio y el tiempo. ¿Te molesta la idea
de tener sólo hijas?
―En
absoluto― dije con sinceridad ―. La mayoría de las mujeres deseamos hijas.
―Voy a
tomar el velero hasta Trieste― dijo Senyor
Jajám ―Esta noticia debes dársela cuando estéis solos. Trata de descansar
hasta que Davide llegue. La cena ya está dispuesta. Decirte que descanses después
será una perdida de tiempo. Con lo aficionados que sois a cumplir con el
Mitzvah del Shabát.
Sentí
que la cara me ardía.
― ¿Pero
se puede?―pregunté.
―Debería
decirte que no― respondió severo ―pero sí se puede hasta el séptimo mes, a
menos que haya algún contratiempo antes. Igual, espero que tratéis a la niña
con cuidado. Nada de copular en la mesa de la cocina.
― ¡Senyor Jajám!― grité escandalizada.
Riéndose,
mi abuelo se marchó. Yo me quede sentada en la cocina, con mi mano en el
vientre tratando de hacer más concreta la idea de una niña que crecía dentro de
mí.
Terminé
de poner la mesa y me fui a bañar y a vestir.
Fue al salir
del baño que la tos comenzó. Pensé que
seria alguna reacción a las sales, de baño pero el proceso de vestirme fue interrumpido
por ataques de tos que me dejaban agotada. Mi cabeza ardía, pero mi cuerpo estaba
helado. Lo adjudiqué a un catarro, producto del cambio de estación, pero era el
colmo de la mala pata, agriparme justamente ese día.
Por la
ventana, sentí pasos en la explanada y la voz de mi marido saludando a Maurizio.
Usualmente,
yo bajaba corriendo la escala y me lanzaba en sus brazos, para qué luego él me
subiese cargando. Esta vez, el ritual de
las tardes del viernes fue entorpecido por accesos de tos que me atrapaban cada
dos escalones y, finalmente, terminaron en un desmayo. Lo último que alcancé a
ver fueron las caras preocupadas de mi marido y del gato Shedim.
Desperté
al pie de la escalera, con mi cabeza apoyada en el hombro de David que tomaba
la temperatura de mi frente.
― ¡Estás
ardiendo!― dijo con voz alterada.
―Creo
que cogí frio― respondí.
―Esta
es calentura de pulmonía. Tienes que haberla incubado desde hace días.
No
deseaba discutir con su lógica médica. No era conversación para futuros padres.
Intenté levantarme, pero el cuerpo me pesaba.
― ¿Dónde
esta mi tío?― pregunto Divide ― ¿Acaso no vio lo mal que estabas?
―Se marchó
a Trieste, pero estuvo aquí temprano para recogerme en mi primer desmayo y
darme su diagnóstico.
Me las
arreglé para sonreír.
― ¿Cuál
diagnóstico?― Ya salía el impaciente lobo por
boca de mi marido ― ¿Cómo es eso que te has desmayado dos veces? ¿Qué
tienes?
Cogí su
mano y la puse sobre mi vientre.
―Nada que no se cure en un par de meses.
Entendió
enseguida. Mi lobo era muy agudo. Me besó hasta ahogarme. Tuve que empujarlo
para poder toser.
―Pero
la preñez no provoca tos― dijo preocupado.
Con
mucha ternura, me alzó en sus brazos y me llevó hasta nuestro cuarto en la
segunda planta. Ahí me depositó en la cama y comenzó a quitarme los zapatos.
―Vas a
acostarte y descansar― dijo acariciándome los pies desnudos.
Sentí
una gran desazón. Me las había arreglado para arruinar uno de los días más felices
de nuestra vida.
Mientras
me desabotonaba el vestido, Davide trató de consolarme diciéndome que tendríamos
muchos días para celebrar. Lo importante es que íbamos a tener una hija y debía
cuidarme.
De la cómoda me trajo una camisa de dormir de
popelina blanca. Me ayudó a quitar el sujetador y, de paso, acarició mis
pechos. Al sentir sus dedos, por primera vez sentí otro tipo de fiebre que quizás
pudiese superar a la gripe. Atraje su cabeza hacia mí y lo besé con intensidad.
Sus manos recorrieron mi torso desnudo expulsando el frío y el dolor, pero la
tos volvió a apoderarse de mí.
―No
puedo― la frustración hizo brotar las lágrimas a mis ojos ―. Esta maldita tos
no me va a dejar amarte como quiero.
― ¿Quién
sabe?― observó Davide filosóficamente ―Nunca
he estado dentro de una mujer con tos convulsiva. Sería una experiencia
novedosa.
Le di
un pescozón en el brazo.
― ¡Cállate
lobo cochino!
Riéndose, me puso la camisa por sobre la cabeza.
―Lo que
vas a hacer es descansar. Voy a hacerte uno de los famosos tés de Senyor Jajám para bajar la fiebre y ya
verás como mañana estás como nueva.
―Sí, como nueva― dije escéptica, metiendo los
brazos por las mangas ―Con tal que no te contagie.
No
llegué a escuchar lo que Davide decía porque otro ataque de tos, el más fuerte
hasta la fecha, me sobrevino haciéndome doblar en dos. Sentí que los pulmones se
me subían por la garganta. Asustada, puse mi mano sobre mi boca para
detenerlos, pero sentí un líquido tibio y viscoso escurriéndose por mis dedos.
Vi el rostro de Davide palidecer de susto. Seguí su mirada y vi la sangre que
manchaba el camisón.



Tuberculosis? No, por favor, no tuberculosis!
ResponderEliminarYo quiero aprender a sentir dos pulsos cuando se le toma a una embarazada...
Me sorprende mucho lo de la noche del viernes, siempre fui bastante reacia con ese tema... conozco bastante a los únicos cristianos que guardan el sábado (los adventistas) y me parece que en eso se diferencian mucho... tendría que preguntarles, pero me da un poco de apuro, je...
Llevó una hora sin pantallazos azules, per mi compu me tiene enferma. Solo espero poder terminar de subir los caps. para que conozcas el final.
ResponderEliminarConozco médicos viejos y parteras que aseguran que se puede detectar un doble pulso y una doble pupila en una embarazada. Ahora, obvio con tanta maquinaria, los médicos modernos dirán que no es así.
No creo que los Adventistas sigan lo del sexo en viernes, que no es un mandato bíblico sino costumbre talmúdica basada en la Cábala.
http://oreinsof.blogspot.com/2011/04/sexo-y-torah.html
Sino me ves ya sabes el motivo. Fue un gusto inmenso conocerte y mucho más compartir mi novela contigo.
Ha sido un gusto para mí! Y espero que lo siga siendo! He aprendido muchísimo, y lo que más me gusta en la vida es aprender. Mil gracias, y ojalá no nos perdamos!
ResponderEliminarCersei me permitió poner el penúltimo capítulo. Ya esta arriba
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