Davos,
enero de 1935
La
nieve caía sobre el pinar en las afueras de mi ventana. Ya no se veía la luna
redonda en el cielo. Davide la debía estar gozando. No había cosa que le
gustase más que cazar bajo la nieve. Estaba en su elemento. ¡Pobrecillo! Al
menos tendría ese consuelo en el caos de ansiedad y dolor que era su vida.
Miré el
reloj de mesa. Eran las cuatro de la madrugada, inútil intentar conciliar el sueño. Tomé el
pesado volumen que descansaba en mi mesita de noche. No quise prender la luz
que atraería a la enfermera del turno de noche y que despertaría a Delarah
Brand, quien dormía acurrucada en un sillón, al costado de mi cama.
Saqué
del cajoncito la pequeña piedra luminosa que me regalara mi marido. Venía del
Reino de los Shedim y me servía, sin necesidad de cambiar la batería, de
linterna. Con esa luz continué mi lectura del Tratado Gittin del Talmud babilónico.
Por suerte, esta vez mi marido me asignó un texto más interesante que los
últimos que me obligara a estudiar.
Davide
estaba obsesionado con que estudiase Talmud. Se apegaba a una antigua creencia
de que el Ángel de La Muerte, ese de los mil ojos, no podía tocar a quien
estuviese estudiando la Tora.
Senyor Jajam elevó una débil protesta de que las hembras
no estudiaban los textos sagrados ni la exegesis, pero mi marido le silenció
evocando a Bruriah, Rebeca Bat Meier, la Doncella de Lubomir y no sé cuantas
otras que lo hicieron en su día. Senyor Jajám
tuvo que ceder, porque al igual que mi marido sabía que El de los Mil Ojos me
rondaba.
Todo sucedió
tan rápido, Lectora. Ese Shabát de mi primera tos, Davide hizo a un lado sus
deberes religiosos para atenderme como médico. Antes que todo mandamiento venía
el deber de proteger la vida humana. A pesar de sus cuidados, yo no mejoraba.
Al contrario, me ponía peor.
Ese
lunes comenzó un largo peregrinaje de médico en médico, de ciudad en ciudad. Me
vieron doctores militares y profesores de las universidades más importantes de
Italia. El diagnóstico fue simple: tisis galopante. Los facultativos de Paris y
Viena a los que mi desesperado esposo me llevó, estaban tan azorados como él
por la sorpresiva aparición de una enfermedad que avanzaba velozmente. Había
que internarme, no quedaba otro camino. Así es que un día, llegamos a este sanatorio
suizo. Davide pidió una licencia
indefinida que sólo sus altas conexiones le obtuvieron.
Nadie
llamaba a este inmenso hospital “sanatorio”. Esa era una palabra fea. Se le
conocía como “Hotel Gentien” y su director, el Dr. Laurence, actuaba como el administrador
de un balneario. Lástima que los turistas éramos esqueletos consumidos por un
mal del que pocos sobrevivían. Todo en el Hotel Gentien era un eufemismo. Nadie
mencionaba a la tuberculosis o a sus tratamientos. El sitio era un "Hotel
de salud" donde yo era sometida a "baños de sol". La muerte era
innombrable y sin embargo, los pacientes se morían igual.
El Dr.
Laurence confiaba ciegamente en la helioterapia, pero no funcionaba conmigo. No
más que el fétido aceite de hígado de bacalao que me hacían tragar diariamente.
En esa época pre-antibióticos, los tísicos o nos moríamos o sobrevivíamos muy a
pesar de tratamientos carísimos e inútiles.
Mi
cuarto de “hotel", espacioso y con calefacción central, le costaba 25
francos diarios a Davide. Los ejercicios de respiración y de danza que debía
hacer desde mi cama le costaban un poco más. Pero él nunca hablaba de dinero.
Más tarde me enteraría que la inmensa fortuna de las Delmedigo cubrió esos
gastos. Así agradecía La Contessa mis desvelos con su nieta. Mi pobre Ettie
tenía prohibió venir a veme, pero me escribía semanalmente.
Las
semanas pasaban y yo no parecía querer curarme. A pesar de la buena
alimentación y de mi embarazo, continuaba bajando de peso. Llegué a pesar
cuarenta kilos, inconcebible en una preñada de seis meses. Davide, que de los
nervios estaba casi tan flaco como yo, insistía en esperar un milagro.
―He
visto tantos― decía―. ¿Por qué no he de ver uno más?
Cuando yo
mostraba escepticismo, ponía cara de ferreiro
y me espetaba esa pregunta insoportable y constante.
― Vuoi lasciarmi?
Como si
fuera cosa mía, pero para qué no creyera que no ponía de mi parte le hacía caso
en todo. Hasta acepté estudiar la Tora.
Una tarde, me trajo un hatillo de libros pesados, forrados en marroquí.
Hojeé uno. Estaba escrito en extraños caracteres que adiviné sería arameo.
― ¿Cómo
voy a leerlos? ― pregunté.
La
respuesta de Davide, Lectora, hasta hoy me sobrecoge. Alzó mi mano y la apretó
contra su frente. Sentí que mi palma ardía sin quemarme y vi a mi marido
palidecer y sus facciones contraerse de dolor. Un hilo de luz salió de su
frente y se hundió en mi mano invadiendo mi flujo sanguíneo y llegando hasta
los centros de poder de mi cuerpo. Cuando volví mis ojos al libro, esos
caracteres tenían significado.
Con un
simple gesto, Davide me traspasó parte del don que Claudia van Egmont, la
esposa de Viktor, le regalara. Ahora, yo podía leer el hebreo, el arameo y
hasta ese extraño lenguaje-código que Rashi, el sabio de Troyes, inventase para
su exegesis.
Cuando
no estaba estudiando o sufriendo algún tratamiento inconcebible, recibía visitas.
Viktor vino a pasar una temporada en Davos para relevar a mi pobre abuelo. A
pesar de sus protestas, retornamos a Senyor
Jajam a Trieste. La tisis podía contagiársele. Los hijos de Ashmedai, en
cambio, eran inmunes a mi mal.
Viktor seguía
triste. El gobierno de Schusnigg proscribió a los Nazis y él, como empleado de Goering,
era persona non grata en Viena. El
exilio lo aburría. Extrañaba a su madre y a su hija. Pero igual trató de
alegrarme. Trajo un gramófono en el que escuchábamos música constantemente. A
veces, hasta me alcanzaban las fuerzas para cantar.
También
llegó Catuxa acompañada de Don Andrés. La pobrecilla venía muda de susto. Salir
de Galicia, montarse en un avión y cruzar el continente eran experiencias
nuevas y aterradoras. Nada más el mucho amor que me tenía le permitió esa
proeza. Me trajo ropita que tejiera para mi niña, y un saco de flores secas de
saúco con las que me hizo una infusión y compresas. Pero para mi mal no valían
ni los remedios caseros ni los científicos. El mismo Dr. Laurence se mostraba perplejo
ante mi caso.
Después
que Catuxa y el boticario se regresaron a Galicia, vino la Duquesa que me trajo
una colección de mantones de Manila y noticias de España. Algunas ya las sabía por
Don Andrés. Ese año, los catalanes se alzaron y también los mineros en
Asturias. Pero a estos últimos se les reprimió brutalmente.
―Les
echaron los moros encima. Dicen que hasta violaron a las esposas de los
mineros― decía mi madrina abriendo los ojos así como hacia cuando algo la
asustaba.
La última
visita fue Delarah quien llegó ese invierno envuelta en un abrigo de terciopelo
verde muy entallado y cubierto con una
estola de zorro plateado. Me traía como presentes un estuche de pintalabios de
Paris y un kimono de seda negra y rosa que trajera del Japón desde donde acaba
de volver de un tour asiático que hizo junto al Banquero Brand.
―Hay algo
que no entiendo― alzó un espejo redondo para que yo pudiese verme cuando me
aplicaba el pintalabios ―.Si vuestro matrimonio fue arreglado en el Cielo ¿por
qué os ponen tantos obstáculos para ser felices?
Yo
también me preguntaba lo mismo.
― ¿Qué
dicen tus genios?
Se
encogió de hombros.
―Su
Majestad Maimuna sólo me ha dicho que habéis pasado a llevar un cable. Ya
sabes. A veces cuando algo no enciende es que accidentalmente pasamos a llevar
un alambre y lo desenchufamos. Quizás habéis hecho algo así, pero en términos esotéricos.
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| Pacientes tuberculosas del Hotel Ninette (newtbdrugs.org) |
Mi niña
se movió dentro de mí obligándome a regresar al mundo real. Coloqué la mano
sobre mi abdomen. Si nada más pudiese vivir un poco más para verla nacer...
Delarah
se desperezó y me miró con sus ojos morunos.
― ¿Tú
no duermes?― miró su reloj ―. Ya pronto volverá tu marido y yo me muero por un
café. Tuve un sueño tan extraño.
― ¿Qué
soñaste?
Frunció
los labios.
― No sé
siquiera si fue un sueño. Se me apareció Maimuna y me mandó un mensaje para ti.
Dice que Ashmedai vendrá a verte.
―
¿Ahora? ¿A estas alturas? No estoy como para conocer suegros.
― Pues
él puede opinar de manera diferente. En fin, Su Majestad Maimuna dice que le
debes pedir un regalo. El don de “acortar el tiempo”.
Mi
abuelo ya me hablara de ese don que poseían algunos tzadikkim, los grandes místicos del judaísmo, muchos de los cuales
eran un poco magos. Era un poder que les permitía viajar de un lugar a otro en
un segundo.
― ¿Y
para qué quiero yo eso? ― dije despectivamente ― Cómo si pudiese huir de mi
enfermedad. Fue un mal sueño que tuviste.
― Más
que probable ― Delarah se paró entremedio de muchos quejidos ― Eso me pasa por
dormir en sillas tan incómodas.
Me dio
un poquito de remordimiento. Hacía ya un mes que Delarah no se despegaba de mi
lado. Casi no iba a su hotel, un hotel de verdad donde se hospedaba. Ella que
siempre se autocalificara de egoísta.
Sentí
los pasos de la enfermera acercándose por el pasillo. Guardé la piedrecita y
cerré el libro. Delarah aprovechó para irse en busca de un café. Las enfermeras
y los médicos la irritaban. Los consideraba muy inútiles.
―Madame
está despierta― dijo la enfermera al verme sentada ― ¿Y cómo nos sentimos hoy?
Permití
que tomase mi pulso y me pusiera el termómetro bajo el brazo. Se marchó, anunciando
que volvería en diez minutos. Como si no lo supiera, como si no fuese una
rutina deprimente de todos los días. Estaba aclarando. Yo deseaba volver a mi
libro a descubrir como Salomón, el mas sabio de los reyes, apresara a mi suegro
para obligarle a encontrar el gusano Shamir, única criatura capaz de traspasar
piedra y metal. Todo un cuento de las Mil y una Noches.
La
enfermera por fin regresó para examinar el termómetro húmedo con sudor de mi
axila. Ya estaba acostumbrada yo a pasarme la vida amortajada en sudor. Apenas
se fue, sentí un golpe en la ventana. Me levanté apoyándome en los muebles—así
de débil estaba—abrí la cortina y mi marido empujó las hojas del ventanal y
entró de un salto. Había vuelto a ser humano.
― ¿Cómo
estuvo la cacería? ― pregunte.
―Perseguí
un lirón por todo el bosque―se veía exaltado ―. Le dejé ir. Pero qué carrera.
Es buen terreno el alpino, me recuerda el Alto Adige.
― ¿De
veras?
Se pasó
el dedo por el labio.
― ¿Qué
la deje huir? Mira, ni una gota de sangre.
―No sí
la que tiene sangre en la boca soy yo.
Davide
me cargó en brazos hasta la cama. Acarició mi panza y sonrió complacido al
sentir a la niña moverse.
―Mientras
se mueva todo estará ben― dijo, cubriéndome con las cobijas.
Había
una pregunta que no me atrevía a formular hasta ahora.
― ¿La
niña va a nacer así como yo? ¿Tísica? Entekiada
como dice Senyor Jajam.
―Es
posible― Davide desvió la mirada. Algo que hacía a menudo esos días. Se sentó a
los pies de mi cama y me tomó las manos ―.Hemos estado hablando con Laurence
sobre la posibilidad de practicarte un neumotórax.
Sentí
que un escalofrió recorría mi cuerpo. Antes de marcharse, mi abuelo me anduvo
hablando de ese procedimiento y de sus riesgos.
―Implica
colapsar el pulmón enfermo― continuó mi marido.
Apreté
sus dedos.
― ¿No
podemos esperar a que nazca la niña?
Volvió
a revolver los ojos. Supe la respuesta. Ni Laurence ni Davide creían que yo
viviría hasta el parto. Sentí un nudo en la garganta.
―Vuoi lasciarmi?― ahí estaba de nuevo la
maldita pregunta.
―Si es
la única solución…― dije, pero mi marido no me escuchaba.
Tenía
esa expresión de lobo acorralado en los ojos y los dedos le temblaban como los
de un borracho. Estaba ebrio pero de miedo. Necesitaba fumar, pero no podía en
mi presencia.
―Vete a
tomar desayuno― mi voz sonaba tan cansada ―Nos veremos mas tarde.
Se puso
de pie muy lentamente, como hacen los
viejos y se dirigió a la puerta sin
mirarme. Yo sabía que en su corazón se odiaba por fracasar en curarme, y quizás
por tropezarse con el cable que me desenchufó de lo que fuera que me mantenía
viva.
Nunca
hubo necesidad del neumotórax. Poco después de Davide abandonar mi cuarto comencé
a sufrir fuertes punzadas en el bajo vientre. Cuando intenté levantarme descubrí
que sábanas y cama estaban empapadas en sangre. La enfermera me encontró
tendida en un charco rojo al pie de la cama.
Puesto
que mi hija estaba ya formada, la parí igual que si tuviera alguna posibilidad
de vivir, con dolorosas contracciones. Los médicos me dieron algo que me hizo
dormir. Cuando desperté, ya no la tenía ni dentro ni afuera. Años más tarde,
cuando ya era madre de hijas saludables, me atreví a preguntar los detalles. Mi
niña alcanzó a nacer viva, pero era muy pequeña y sus pulmones ya venían
enfermos.
Es por
eso Lectora que todos los años voy a Davos a poner piedrecillas en su tumba. Es
por eso que años más tarde me rehusé a llevarte a ti y a tus hermanas a Suiza.
A pesar de que me decían que era la única posibilidad de salvaros. Para mí,
Suiza siempre sería un lugar donde mueren niñas inocentes.
La muerte
de mi hija acabó con mis deseos de vivir. ¿Para qué seguir luchando contra lo
inevitable? Esa noche, luego de enviar a Delarah a descansar a su hotel, se lo
dije a Davide en susurros casi inaudibles. Pero él no quería oírme. La locura volvió
a apoderarse de mi marido. Pero ni sus odiosos “vuoi lasciarmi?” consiguieron
volverme el ánimo.
Me alzó
de la cama obligándome a sentarme a pesar de estar casi desfallecida. Metió el
Midrash en mis manos.
― ¡Legge!― me ordenó ―Non mi lasciar. Non mi lasciar.
Trataba
de obedecerle pero casi no podía ver las letras.
―Me
siento morir. Déjame ― le supliqué.
Fue
entonces que la ventana se abrió bruscamente y un viento helado entró como una
tromba, arrebatándome el libro que resbaló por las sábanas. No cayó al suelo nomás
porque Davide lo atajó, y tras besarlo, lo colocó en la mesa. Una oscuridad súbita
invadió el cuarto.
Sentí a
mi marido gruñir. El lobo dentro de él olía una presencia extraña. Sacó de mi
mesita de noche la piedra mágica e iluminó el cuarto. Ahí vi que parado ante la
ventana estaba ese monstruo de los mil ojos blandiendo sobre su cabeza una
espada flamígera.



Ay, por favor, que Cersei te deje terminar la historia!
ResponderEliminarNo se puede acabar así!
Bueno, el mensaje anterior era para que supieras que te había leído, jaja!
ResponderEliminarMe desperté con la idea dando vueltas en mi cabeza,y no me la puedo quitar. ¿No será que Davide va a ofrecerse en lugar de Violante? Ya que ella se lo arrebató al ángel la vez anterior... tiemblo...
Esta ubicación en una casa de cuidados no puede evitar hacer una referencia a La Montaña Mágica... es cierto, cómo se ocultaba la realidad en esos sitios, cómo se disfrazaba la enfermedad con otros nombres... cómo se improvisaba, se probaba, sobre el cuerpo de los pobres tísicos... bueno, no sé, en ese sentido, si la medicina experimental de hoy será muy diferente... no sé si House es una fuente confiable al respecto.
No veo la hora de enterarme del final!
Hay un sacrificio, pero es todo lo que puedo adelantar.
EliminarHace unos años cuando estaba escribiendo otra novela (oero con casi los mismos personajes) leí una nota biográfica sobre Indira Gandhi quien en los Años 30’s sufrió de tisis y estuvo recluida mucho tiempo en uno de esos “hoteles” No recuerdo si fue Ninette o Voilette. El de la foto es el Shatztad, hoy un verdadero hotel.
Todos los tratamientos que menciono los saqué de esa nota.
Yo solo espero que el técnico pueda venir este fin de semana.
Ya fala pco