Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

jueves, 28 de marzo de 2013

23. Viktor: Viaje, pero no de bodas



 
Trieste
Soy un hombre de grandes energías. ¿Qué licántropo no lo es? Aparte que heredé el vigor Shedim, bien combinado con esa histeria creativa de los Hamburgo, pero he de confesar que estas carrerilla y aventuras me dejaron exhausto.
Tras mal dormir en el tren , como a las ocho de la mañana, llegamos a Madrid. La pobre Violante no cesaba de quejarse. Tenía hambre, quería un baño y su aspecto la preocupaba.
― ¡Pero mírame! Si estoy hecha una birria.
No la miraba, pero mi cuñadita comenzaba a oler un poco rancio. Tanto carrerón en ese calor primaveral. Le permití tomarse un café con magdalenas y le di la triste noticia. Seguíamos viaje.  Se fue lamentando todo el camino a Barajas. Cuando vio el avión que nos llevaría a Barcelona casi se desmayó.
― ¡Qué no me subo en eso! ― hasta daba pataditas en el suelo ― ¿Cuándo va a parar esta cosa? ¿Somos un rally o pretendemos dar la vuelta al mundo en 80 días?
― Pretendemos huir de tu marido ― tuve que adoptar un tono severo ―. Te aviso que ya se ha enterado de nuestra huida y está bramándome en la cabeza. No voy a poder dormir con él lanzándome rocas al cerebro como un Polifemo
Esa noticia la hizo reaccionar y subirse por primera vez en su vida a un avión de pasajeros, que por suerte no se demoró mucho en llevarnos a Barcelona, porque a cada rato la pobre parecía estar a punto de devolver el café y hasta los callos de la noche anterior.
Por fin, en Barcelona, nos tomamos un respiro. Las obras que Goring me había hecho adquirir en España ― la excusa oficial para mi viaje ― todavía no habían llegado y descubrí que el vapor que nos trasladaría a Génova se iba a tardar dos días. Eso era lo que esperaba que le tomase a Davide descubrir nuestro paradero. Como mi hermano no tenía alas, no había manera de que llegase a Barcelona antes de nuestro viaje.
El muy zorro intentaba rastrearme mentalmente durante mis horas de sueño, pero tanto Su Majestad como Senyor Jajám me habían enseñado algunas técnicas mentales y ejercicios espirituales que bloqueaban su acceso. Ya me podía imaginar lo furioso que estaría Davide.  Se lo merecía por arrogante.

Paseo de Gracia c 1930

Nos hospedamos en el hotel Saxea en el Paseo de Gracia. Un lugar discreto y sencillo que por suerte le permitió a mi cuñada el lujo de un baño. La llevé de compras para que adquiriera un camisón, útiles de aseo, y un poco de ropa interior. Pronto volvió a oler esa mezcla almizclera tan característica de ella que era la combinación de un talco con aroma a rosas y el perfume de puta del cual me había hablado mi hermano.
Para entretenerla la llevé a ver “La corte del faraón” en el Teatro Circo y “Yo soy un fugitivo” en el Metropol. Lloró con las desgracias de Paul Muni y batió palmas con la zarzuela.
Me di cuenta que a pesar de sus prodigiosas artes era un alma sencilla. Un baño, una muda de ropa, buena comida catalana, una pizca de diversión y se ponía contenta. Eso era su felicidad y se olvidaba que teníamos un monstruo pegado a nuestros talones.
Estaba de tan buen humor que ni chistó cuando le dije que volveríamos a volar. Esta vez desde Barcelona a Roma.
― Será mas rápido por avión ― fue su único comentario.
Después de dejar todo el cargamento para Goring bien asegurado en un buque a Génova, nos subimos a un hidroplano rumbo a Roma. Antes había pasado por la droguería a comprar unos polvos para el mareo, y de un marinero yanqui conseguí un poco de goma de mascar que destapó los oídos de mi cuñada haciéndole el viaje tan ligero que hasta pudo comer. Aunque más se la pasó con la nariz pegada a la ventana mirando con curiosidad gatuna las nubes que a ratos dejaban ver un retazo del Mediterráneo.
El viaje no tuvo mayores contratiempos. Llegamos a Roma y, sin tiempo ni de almorzar ni de ver la ciudad, abordamos el tren a Trieste. Fue durante el almuerzo de un viaje de casi ocho horas que Violante volvió a interrogarme sobre Su Majestad y sobre mi madrastra.
A grades rasgos le conté como El Altísimo había creado a Lilith como la primera esposa de Adán, pero que había salido descontentadiza, marchándose del Paraíso tras insultar a su marido y a su Creador.
― Al marcharse del Paraíso se llevó varios poderes que tenían allí y que luego Adán y Eva perderían. Ella volvió al Jardín del Edén para tentar a Eva y así fue castigada y maldita, pero no destruida. En general, Dios no destruye a sus criaturas. Estas se destruyen a si mismas.
― ¿Pero Lilith está en pugna con El?― preguntó mi cuñada.
― Sí y no. Como todas las criaturas vivientes, sirve algún propósito divino, aunque todavía no le he encontrado el suyo a mi madrastra. Es particularmente fastidiosa y malévola.
― Me lo imagino. ¿Cómo es que llego a ser tu madrastra?
― El Altísimo le pidió como favor a Ashmedai casarse con ella. Creía que así podría controlarla. Qué va. Se llevan pésimo.
― ¿Por eso él se entretiene con otras? ― preguntó mordaz ―. Todavía me queda otra curiosidad.
― ¿Solamente una?
Me hizo una mueca.
― No tengo la culpa de que seáis una familia tan curiosa. ¿Cómo es que tu madre no trato de ahogarte al saberte hijo de un daimon?
Violante era muy preguntona, pero tenía razón. Nuestra familia, que ahora era la suya, era muy extraña.  Con eso en mente comencé a contarle mi génesis. La escuchó con gran atención. Aun las partes más escabrosas no fueron interrumpidas. Sólo una vez. Cuando le expliqué que a Stefan von Karijani, el marido de mi madre, no le gustaban las mujeres, se limitó a decir.
― Oh, como Oscar Wilde.
― Algo parecido. Pero a su Lord Alfred Douglas, un oficial de húsares llamado Sandor Hezleny, sí le iban las mujeres. Stefan arregló para que Sandor se ocupase de cumplir con sus deberes conyugales y que en lo posible le hiciese un hijo a su esposa.
Vi el desagrado en los ojos de mi cuñada, pero no me interrumpió.
― Mi padre putativo tuvo la indelicadeza de avisarle a su mujer de su trato para que ésta no recibiese a Sandor a arañazos. Ella lloró y lloró. Y sus lágrimas fueron escuchadas por Su Majestad. Por lo que cuando Hezleny se presento ante ella…―
― No era el tal Hezleny, sino El Rey de los Mouros.
― Pues ya te sabes el cuento ― dije sonriendo.
Me simpatizaba Violante. Había pocas mujeres con las que pudiese hablar con total libertad de temas tan paradójicos. Nos pasamos el resto del viaje hablando de esto y aquello.
Fue una lastima que la noche cayera antes de llegar a Venecia y que arribáramos a la estación de Trieste, toda rosa y blanco como un pastel de cumpleaños, cuando ya estaba oscuro. Violante se perdió la vista de la Perla del Adriático, pero ya habría tiempo para conocer la ciudad.

Estación de Trieste


La noche estaba tibia y la brisa no amenazaba ser la predecesora de ninguno de esos vientos dueños de Trieste, el Bora y el Siroco. Recogimos nuestros bártulos porque en el camino ya nos habíamos hecho de equipaje. Yo cargaba un maletín pequeño, más la sombrerera y bolso de mano de mi cuñada. Puntual como siempre, Beppo el chofer de la Baronesa  nos esperaba con la limosina con el escudo de los Delmedigo D’Asti en la puerta.
― ¿Quién es ?― susurró Violante un poco aprehensiva ante a figura que hacía reverencias y nos abría la puerta, tan silencioso y siniestro como el cochero de Drácula.
Ya dentro del automóvil, le conté a Violante sobre Rozal Delmedigo, su posición como dama de honor de la Reina Elena, y su parentesco con Davide y Senyor Jajám.
― Su abuela era prima de Blanca Nieves Galante la madre de Senyor Jajám, y Agar Pontecorvo, la primera mujer de Davide, era su sobrina política.
― Qué bonito nombre, Rozal. Es judía y dama de la reina. ¿Cómo es posible?
― Es Italia ― me encogí de hombros ―. Aquí las cosas son diferentes. En cuanto a su nombre es más prosaico que lo que suena. De soltera era Roza-Lea Errera. Alguien lo contrajo como Rozal. ¿Más poético no te parece?
Por la ventanilla, Violante escudriñó la ciudad alumbrada por luz artificial.
― ¿Podremos subir a San Giusto?― preguntó ― .Quiero ver la tumba de Su Majestad, Don Carlos.
Violante no cesaba de sorprenderme.
― ¿No me iras a salir conque eres Carlista?
― Yo no,…pero el abuelo, el otro, el almirante ― dijo con tono de disculpa.
― Y así dices que la nuestra es una familia curiosa.
Al llegar al muelle, el viento se puso un poco más recio. Excelente para hacernos a la mar.
El silencioso Beppo nos abandonó a nosotros y a nuestro equipaje en el muelle. Ya nada tenía que hacer aquí, el resto del camino era nuestro. Violante me miró asombrada, cuando me vio cargar con nuestras maletas y enfilar camino hacia el yate.
― ¿No vamos a casa de mi abuelo?
― Así es, pero tu abuelo no vive en Trieste. Un licántropo como Davide no puede vivir cómodo entre tanta gente. No te imaginas lo horrible que fue para mí vivir en Viena después de la guerra. Estábamos apilados en dos piezas en un barrio de obreros…
― ¡Detente!― Violante tenia una voz de mando dentro de su cuerpecito. Le obedecí.
― Ahora mismo me explicas. ¿Cómo se te ocurre que nos vamos a embarcar de noche?
― Es el único modo de llegar a casa de tu abuelo. ¿Le temes al mar?
En la oscuridad sus ojos fulguraron.
― Soy hija y neta de marinos― respondió altanera.
― Colosal ― volví a caminar hacia el yate y detrás de mí sentí sus pasos. Era casi conmovedora su confianza.
Si hubiese una noche perfecta para navegar era ésta. Hacia calor, el mar estaba semi tranquilo y el viento soplaba a favor nuestro. Si no lo hubiera hecho, habría tenido que recurrir a los ángeles meteorológicos de Violante. Tenía curiosidad por verla ejercer sus poderes.
Al comienzo de la travesía, mi cuñada se sumergió en un espeso silencio. Temí que se hubiese mareado, pero noté que miraba el mar un poco impresionada como buscando algo familiar en esas aguas que de noche eran negras y de día tan zafiro como mis ojos.
― ¿Está muy lejos la casa de mi abuelo?― La voz de Violante era un eco en la oscuridad.
― Está a medio camino entre Miramar y Duino ― dije a sabiendas que esas palabras no tenían significado para ella, pero me equivocaba.
― ¿Miramar? Ahí es donde vivía el emperador Maximiliano: ¿Iremos allá?
― Ahora viven ahí los Duques de Aosta― dije oteando en la oscuridad por alguna luz que me señalara el rumbo de los acantilados ―.Tu marido atendió en alguna ocasión a la Duquesa. Así que quizás te inviten.
Mi cuñada lanzó un respingo.
 ― Mi madrina tenía razón. Davide cultiva amistades importantes. ¿Qué espera conseguir de ellos?
― Favores personales. Asegurar su posición. Tienes un maridito muy ambicioso, pero para ser justo también quiere afianzar la posición de la comunidad hebrea italiana. Demostrar su lealtad a la corona.
― ¿Entonces es monárquico?
― ¿Y tú no? ― Mi sangre noble me impedía creer que una aristócrata no fuese monárquica.
― No sé ― la sentí titubear ―.Creo en reyes, pero en buenos reyes. No como los Borbones que escogen como esposas a excelentes regentes, pero ellos, desde Carlos III, que no hay uno que valga un duro.
Tenían sentido sus palabras, pero para el hijo de un rey y nieto de emperadores, el republicanismo siempre será un término grosero.
― Lo que no entiendo ― dijo la Condesa de Portela ― .Es como Davide puede levantar la zarpa ante el Duce e hincar la rodilla ante la Reina. Ya lo dijo Nuestro Señor, no se puede servir a dos amos.
― Pues él se las arregla ― y añadí ácidamente ―En realidad él solo sirve a su inmensa soberbia, y cuando ésta se lo permite, también a su Dio. Para tu marido, el Fascismo es un baluarte contra los Rojos y la única corriente ideológica anticomunista que recibe a los judíos con los brazos abiertos Por otro lado, está agradecido a la Casa de Saboya por su trato a los judíos. Al final, la lealtad e intereses de Davide siempre estarán con su pueblo.
― ¿Y si esos intereses no concuerdan con los de Italia?
Lancé un suspiro.
 ―No sé, pero no creo que suceda nunca. Imagínate, Violante, los judíos han vivido aquí desde los días de Julio Cesar, siempre en relativa paz. La historia de Italia es la suya y aquí pasan cosas increíbles. En el tiempo en que en Francia acusaban a Dreyfuss en este país tenían un Ministro de Guerra judío, el Conde Ottolenghi. Tienen más generales y almirantes judíos que los yanquis que se precian de ser tan tolerantes. Quizás los judíos puedan ser contrarios a algún gobierno italiano, pero nunca a Italia.
― ¿Pero no era así en Alemania? Y todo se fue al diablo cuando llegó Hitler.
―Es diferente― yo mismo no sabía como explicarlo ―.  Puede que los judíos realmente alemanes eran una minoría. Aquí todos son italianos. Bueno, no en Trieste que fue parte el Imperio Austro-Húngaro hasta hace poco.  Pero con los judíos italianos sucede una cosa que exaspera a Senyor Jajám. Cuanto más se acerca un judío a ser totalmente italiano más va dejando de ser judío. Se asimilan, abandonan la religión y las tradiciones con gran facilidad.
― Por eso Davide se aferra tanto a esas cosas.
Esta Violante para ser tan joven era muy intuitiva.
― Exactamente, él sueña con una comunidad integrada, pero siempre conservando su sello particular. No le culpo.  Senyor Jajám le llenó la cabeza de historias de médicos de la corte y visires judíos en reinos moros.
Su risa tintineó sobre el crujir de las olas como el grito de una gaviota.
― Ya, mi madrina me contó que mí abuelo cree en la resurrección de Sefarad.
Senyor Jajám sueña con una Sefarad Republicana y para Davide, Sefarad ya existe, aquí― señalé hacia los acantilados ―. Mi hermano sigue viviendo en un pasado que pudo ser y nunca existió. Una tierra utópica.
Un Kastiyo en Sefarad― dijo Violante en voz baja.
No conocía la expresión y ella me la explicó.
― Delarah dice que un Kastiyo en Sefarad es un país de ensueños. Y que sólo ahí Davide es feliz. Que únicamente una mujer que pueda vivir en ese castillo podrá ser totalmente su pareja.
― ¿Quieres tu vivir en un Kastiyo en Sefarad?
Mis ojos acostumbrados a la oscuridad la vieron voltear la cabeza como si no quisiese verme
― Estoy huyendo de él, ¿no?  Esa es tu respuesta.
 Por primera vez sentí que me mentía. Pero no hubo tiempo para preocuparse o interrogarla, porque la ansiada luz me llamaba. Senyor Jajám no había olvidado encender las antorchas.
Puse proa rumbo a los siete metros de playa que a la luz de los hachones adquiría un tono rosáceo. Al lado mío, la mujer de mi hermano, había vuelto a quedar muda con la boca abierta de admiración ante el espectáculo de la inmensa casona de piedra que como castillo de novela gótica se erguía en lo más alto del acantilado, arriba de una empinada escalera que llevaba a la playa. Atraqué el yate de la baronesa, en el vejo muelle, siempre a punto de caerse al mar, y cargué nuestro equipaje hasta la arena.
Detrás de mí, venia Violante aún sobrecogida.
― ¿Pero esta casa es de Davide?
― Era de su madre.
Ya habría tiempo de explicarle el origen legendario de esa extraña casa con la que Diamante se había encaprichado durante su noviazgo. Una casa que se decía había sido construida por un noble húngaro para ocultar al mundo la exótica belleza de su querida. Otros hablaban de alemanes que habían venido aquí a realizar ritos paganos, y había quien decía que la casa había sido construida por Lucifer y que albergaba espíritus malignos. Todas patrañas. Fantasmas y espíritus habían huido despavoridos ante la aparición de taumaturgos diestros como Senyor Jajám y su sobrino licántropo.
El miedo de Volante creció al ver la empinada escalera.
― ¿Debemos subirla? ― preguntó insegura.
― A menos que quieras que te cargue ― Era una oferta retorica, pero ella me lanzó una mirada esperanzada.
― ¿Podrías?  
Mi caballerosidad me impedía negarme, aunque me maldije por hablar tan impulsivamente. Metí su bolso bajo el sobaco, y asiéndola de la cintura, me la eché al hombro como si fuese una alfombra. Con el equipaje en las manos, comencé mi ascenso.
Violante iba muda y tiesa. La pobre habría esperado que la llevase elegantemente en brazos, pero eso se lo dejábamos a Henry Fonda y a Sylvia Sidney en las pantallas del cine. Ya bastante había tenido soportándola en el lomo desde Lugo hasta Lisboa.

Castillo de Miramar


Subí con velocidad de lobo con ese mismo sentido del equilibrio que me permitía cargar bolsas de mano y cuñada, y por fin me hallé en la amplia explanada de piedra que acababa en el parrón, seto natural entre la casa y la huerta. La luz eléctrica, producto de un generador doméstico, iluminaba el segundo piso al que se llegaba por otra escala de piedra, pero ésta ondulante y más amplia.
Bajo el balcón-galería de madera de roble, colmado de macetas con flores, estaba un largo banco de piedra en el cual estaba sentado Senyor Jajám. Su aspecto no podía ser más mundano, las mangas enrolladas de su camisa, el viejo chaleco que no hacia juego con sus pantalones, y el sombrero que seguía sobre su cabeza, indicación de que recientemente había dicho sus oraciones.
No nos vio ni nos sintió, tan ensimismado estaba sirviendo, en una fuente cortada de un tonel, sardinas y anchoas a los gatos vagabundos que aun en ese lugar recóndito y perdido sabían encontrar buena comida y una mano amiga. Desde el balcón, parado en un macetero de pensamientos, Maurizio montaba guardia mirando con desprecio de gato Shedim a esos felinos mendigos.
Dejé caer bolsos y Violante en el piso. El ruido alertó primero a los gatos que nos lanzaron una inicial mirada de sorpresa, para luego continuar su festín. El Dr. Alcalay levantó la vista y se quedó tan petrificado que un micho le arrebató de la mano la sardina que estaba desmenuzando.
Senyor Jajám ajustó sus lentes y se nos acercó.
― Cumplí con su pedido― le dije ―Aquí se la traigo, viva y entera.
Iba a añadir “y todavía virgen” pero me pareció de mal gusto.
Senyor Jajám parecía a punto de abrazarme, pero recordando la peste a pescado de sus manos, se limitó a lanzarme una sonrisa de oreja a oreja y volteó nuevamente a mirar a su nieta con gran admiración. La pobre no sabía ni que decir ni hacer y estaba ahí parada como boba. Al final, decidió recurrir a la cortesía.
Che bella casa― dijo en italiano.
Ay fija mía― dijo Senyor Jajám combinando Judezmo y castellano ― Bendito el Dio ke te trae con byen. Cómo te pareces a tu madre.
Esto provocó de parte de Violante una larga explicación sobre como su Naiciña era más alta y esbelta que la hija. Senyor Jajám la escuchó a medias, e interrumpió la diatriba plantándole un beso en la frente. Consciente de los restos de anchoa en sus manos, no la abrazó. El beso silenció a su nieta momentáneamente, para luego, como un rayo parte la nube, precipitar una lluvia de lágrimas y sollozos, bastante explicables por el agotamiento de tres días de viaje en vehículos tan extraños como hidroavión y lomo de lobo.
Como las lágrimas no cesaban y hasta Maurizio bajó por la escalera a inspeccionar lo que sucedía, Senyor Jajám comenzó a ofrecer soluciones.
Povereta. Has de estar muy cansada. Ven a sentarte.
La escoltó hasta el banco de piedra donde comían los gatos, pero estos demostrando su mala ralea, la escupieron con ese sonido que hacen los felinos cuando algo les incomoda. Hubo que llevar entonces a la Condesa a la cocina donde la depositamos en una silla y Senyor Jajám probó varios remedios para calmar el llanto histérico. Pero cuando ni el agua azucarada ni el aguardiente de ciruelas surtieron efecto, el Doctor Alcalay se dio por vencido.
― Esto se cura con descanso. Habrá que llevarla arriba. Violante, dormirás en el cuarto que era de Susana.
La mención de la Naiciña acrecentó el llanto de mi cuñada quien ahora hipaba entre sollozos y cuyo cuerpo se movía sacudido por convulsiones.
Finalmente, fue Maurizio quien tomó la iniciativa. Saltó sobre la mesa haciendo bambolear el mueble con su peso, y avanzó decidido hacia la llorona. Violante dejó de llorar y retrocedió en su silla. El masivo cuerpo del gato, moteado de negro y blanco como una vaca, era del porte de un Spaniel y sus ojos tenían ese brillo amenazador que relucen en los ojos de los felinos y de los Shedim, pero cuando su cabeza, la mitad de la cual es negra como si llevase una capucha de verdugo, se acercó a la de Violante los ojos nuevamente eran de un verde almendra, tranquilos y llenos de humor.
La Condesa tentativamente acarició la cabeza del gato.
― Qué minino tan grande ― dijo admirada ―. Y qué bonito.
― No es talmente un minino ― le explico el abuelo aliviado al ver que ya no lloraba ―. Maurizio es un Shedim.
― Su verdadero nombre es Kastimon. Servía a nuestra hermana Perla. Su hija se lo cedió a Davide cuando él vino a vivir a esta casa― agregué yo.
― Nos protege de malos espíritus y fantasmas ― terminó Senyor Jajám.
― ¿Y por qué es gato? ¿Y por qué le llamáis Maurizio?― Violante estaba un poco cohibida al saberse enfrente de su primer Shedim y había dejado de acariciar al minino.
― Porque los gatos son los únicos animales de esta tierra que pueden sobrevivir en el reino Shedim y por eso deambulan libremente entre ambos mundos ― dijo su abuelo ―. En cuanto al nombre. Haz de saber que entre nosotros, los trocamos como una manera de proteger a quien está en peligro, y toda criatura del reino subterráneo que cambia de atmósfera enfrenta un peligro.
― Nosotros hemos pensado cambiarte el nombre― expliqué a la fascinada Violante ―. para evadir el rastreo de Davide.
― Ya no se puede― Me corrigió con tristeza nuestro anfitrión ― .Davide ya os encontró. Le tomó menos de un día.
Ante los ojos aterrados de Violante, Senyor Jajám nos contó la parte de nuestra saga que no sabíamos. Como siempre, habíamos subestimado los poderes del Hermano Lobo. Un día le bastó para rastrearnos a Lisboa y cuando descendíamos del hidroavión en Barcelona, había él llegado a la capital portuguesa.
― Por suerte no tenía tu velocidad de lobo ― dijo Senyor Jajám ― y por suerte no tenía ochavos en los bolsillos. En Lisboa hubo de ir por un préstamo a la Embajada. Ahí gente cercana a la Principessa D’Asti nos dio aviso y pudimos movernos aprisa.
Nuevamente El Dio estaba de nuestro lado, porque en Madrid se reportó a la Embajada y encontró un telegrama del Coronel Viterbo exigiendo su retorno al batallón y dando por cancelado su permiso.
Lancé un suspiro de alivio.
― ¿Hasta cuándo le tendrán acuartelado? Mañana es viernes.
― Viterbo ha prometido sujetarlo por lo menos una semana― dijo con tristeza Senyor Jajám ―. Pero sólo sujetará su cuerpo. ¿Cómo te han ido tus ejercicios, Viktor?
― Bien, pero debo confesar que es difícil luchar contra su poder. Es un martillo en la cabeza y no me deja dormir.
―Anoche se metió en mi sueño ― Senyor Jajám se sentó y se quitó los lentes ―.Venia armado de bilibiz y de reproches, pero yo tenía más que él para endilgarle. Se acobardó y huyó. Señal que todavía le queda algo de vergüenza.
― Con usted tendrá vergüenza y remordimientos. Pero a nosotros puede despedazarnos.
― ¿Que vamos a hacer? ― en su miedo, Violante volvió a aferrarse a Maurizio que comenzó a lamerle los dedos. Le había caído en gracia al morrongo.
― Tenemos una semana― dijo su abuelo. ― .Por lo pronto, te quedarás a pasar el Shabát conmigo. Rezaremos mucho. Es la única defensa contra Davide. Rezaremos para que no nos dañe y también por él, porque está muy desorientado.
― ¿Y después? ― pregunté. No soy descreído, pero se necesitaría de más que una oración para devolverle la serenidad a Davide.
― Después te llevarás a Violante a Viena a casa de Hadassah y allí esperareis mis órdenes. Yo enfrentaré a Davide primero. Soy el único padre que ha conocido y tendrá que escucharme.
Violante se sintió tranquilizada por las palabras del abuelo. Yo no. En el fondo me sentía culpable. Como hermano, había traicionado la confianza de Davide y no creía que él pudiera perdonarme.
Afuera, había comenzado una trifulca. Metidos en el barril, los gatos se daban cabezazos en sus esfuerzos por limpiar el fondo. Maurizio indignado, brincó de la mesa al suelo y voló hasta el patio donde en unos segundos, a punta de zarpazos y maullidos de ira, dispersó a la panda de mendigos. Quedó él como rey de la explanada, erguido como un perro que ha ganado un concurso canino.
― ¡Vedle!― exclamó Violante admirada― .Sí se ríe el muy tuno.
Efectivamente, Maurizio conservaba en su apariencia animal su humor Shedim y se reía enseñando una lengua rosada como un cacho de jamón.
Olvidándose de sus cuitas, Violante corrió al patio y echándose sobre el piso de piedra comenzó a jugar con Maurizio. Así de lejos,  parecía una niña. Senyor Jajám la observaba con una sonrisa nostálgica, quizás recordando a la hija perdida que le había dado esa nieta. Nuestros ojos se encontraron y leí en ellos un pensamiento compartido. Violante era muy joven, no tenía diecisiete años aún, y la vida que le había tocado le estaba quedando grande.


Acepté por esa noche la hospitalidad de Senyor Jajám. Fue una cena incomoda principalmente para Violante. Era bastante difícil tratar de mantener una apariencia de normalidad en la casa de extraños que actuábamos como si la conociéramos de toda la vida. Porque estábamos actuando. Sólo las circunstancias habían hecho a Senyor Jajám olvidar que había guardado luto por la madre de su nieta ahí presente, estando la Naiciña aun viva.
Para colmo, y por alguna maldita razón, todo lo que hablábamos giraba en torno del Herman Lobo. Su nombre no se nos caía de la boca.
― Esto pasó el año en que Davide se cayó del árbol y estuvo aturdido por tres horas.
― Recuerdo muy bien, fue poco después de que Davide regresó de la luna de miel.
― Hay que reparar la cerca de los olivares, pero estoy esperando que Davide se encargué de eso.
La pobre Violante bebía agua cada vez que el nombre de su marido salía a flote en la conversación. La ahogaba su recuerdo.



Al menos bajo su techo, David no intentó atacarme, pero era una tregua breve. Mi viaje continuó. Dejé a Violante en manos de su abuelo y volví a embarcarme de regreso a Trieste. Otra vez abordé un tren esta vez rumbo a Génova en busca del botín de Goring. Mis deberes me reclamaban.
Mi hermano aprovechó el viaje para perseguirme. Cada vez que intentaba dormitar en mi compartimiento, él muy maldito se deslizaba como lombriz por mi sueño haciéndome saltar en mi asiento. Tanto sobresalto finalmente me hizo desistir de intentar dormir. Llegué al puerto agotado y de mal humor.
Mientras esperaba el arribo del buque con las obras de arte, decidí ir en busca del algún objeto que alejase la mala influencia de Davide. Únicamente una bruja podría proporcionármelo y conozco tres muy jóvenes, pero muy poderosas. Fue su padre quien me trajo de parte de ellas un amuleto. Así, en Génova, volví a ver a Gavrilo Galante, mi sobrino.
Hay quien dice que Gavrilo y Davide son muy parecidos. Altos, fornidos, de cabellos oscuros y ojos profundos como el Adriático, pero su carácter es tan diferente. A pesar de que Gavrilo también se convierte en lobo. La diferencia es que Davide solo se transforma en noches de luna. Gavrilo puede convertirse en licántropo a la luz del sol o cuando se le antoja. No es un don, no lo heredó de su madre, tan hija de Ashmedai como yo. El lo aprendió. Senyor Jajam cuando se enoja hasta perder su caridad acostumbrada, farfulla “un don diabólico que mamó de la teta de Lilith” Y tan equivocado no está.
Fue en un callejón oscuro donde nos encontramos, cerca del puerto y de una calle llena de tugurios donde el solo más valiente marinero se atreve a entrar. Gavrilo ha vivido en el mar toda su vida y es valiente como solo lo puede ser quien copula con El Diablo.
Me besó en la mejilla y me estiró un objeto envuelto en una bufanda de seda todavía perfumada con Shalimar.
“¡Cuidado, Tío Viktor!” dijo entre serio y burlón “Es una cadena de plata”
Casi la dejo cae al suelo. Es el único metal que puede matarme.
― No seas tonto― me tranquilizó ―. A menos que se te entierre en la piel no puede hacerte daño. Llévala siempre. Con los días, la plata se pondrá negra a medida que absorba la ira de tu hermano. Para entonces, él ya no podrá meterse en tus sueños.
― ¿Eso han dicho tus brujas?
― Eso mismo. No te imaginas como han trabajado, mis pobrecitas. Pero juran por la llegada del Mesías que te protegerá. Y ya ves, yo lo he cargado sin problemas. Así que a confiar en los poderes de mis oscuras hijas.
 No hay nada más sabio que un loco. Y Gavrilo y sus tres hijas merecen vivir en cuartos acolchados. Con un breve titubeo, me puse la cadena que era larga alrededor de mi cuello. No ocurrió nada del otro mundo.
― Las niñas dicen que le han puesto hechizo de protección con tu nombre― Gavrilo se abanicó con su gorra de marino― no se la andes prestando a otros licántropos.
― ¿Y Violante? ¿No tienes algo para ella?
― A Violante la protegen sus ángeles y el Patrón de todos ellos― con esas palabas me despidió. El también tenía que partir.
Retorné a Trieste el domingo por la mañana. Tras dejar mi cargamento bien custodiado en el tren que iba a Viena, volví al embarcadero y surqué el Adriático hacia la casa de Davide.
Encontré a todos sus habitantes en la cocina, muy tranquilos y sin aspecto trasnochado. Hasta Maurizio estaba ahí sentado desfachatadamente en el Dargesh. ¿Qué diría Su Majestad si le viese?
Senyor Jajám y Violante habían hecho muy buenas migas y no parecían conocerse de apenas un par de días. Estaban parloteando alegremente mientras freían bulemas. En la cocina habían encontrado su justo medio, un punto de encuentro, un placer y habilidad mutuos.
Me dio lastima separarles, pero era hora de marcharnos. Violante fue en busca de su magro equipaje, al que había agregado un antiguo sombrero, de esos que los ingleses llaman "Picture hat", que luego supe había sido de su madre.
Al despedirse se puso a llorar nuevamente. Sobre todo cuando Senyor Jajám poniéndole las manos sobre la cabeza, recitó una bendición en hebreo.
Abordamos el bote y nos hicimos a la mar. Violante estuvo con el rostro vuelto hacia la playa donde Senyor Jajám, con Maurizio en el hombro, agitaba la mano. Mi cuñada siguió despidiéndose de ellos hasta que la playa se perdió en el horizonte.
Después de eso, Violante cayó en un gran mutismo. Pensé que estaría ensimismada en los recuerdos de los días pasados junto a su abuelo. Tal vez más adelante—el viaje seria largo—los compartiría conmigo. Pero ya en el tren, casi en la frontera con Eslovenia, seguía callada.
―Violante― por fin me atreví a interrumpir su hermetismo ―. Vamos a tener que planear una estrategia. En una semana, Davide saldrá con permiso y lo primero que hará será ir en tu búsqueda.
Me miró fijamente con esos ojos dorados como hojas de otoño.
― En una semana, Davide vendrá a buscarme a Viena ― su voz era increíblemente serena.
― ¿Cómo puedes estar tan segura?― pregunte ―. Quizás Senyor Jajám acierte con alguna manera de detenerle
― Davide vendrá a buscarme a Viena porque yo se lo pedí ― la calma de su voz comenzó a asustarme ―Le envié un mensaje con Maurizio de que me encuentre el próximo domingo en la casa de Tía Dass, en Viena.


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