Soy un
hombre de grandes energías. ¿Qué licántropo no lo es? Aparte que heredé el
vigor Shedim, bien combinado con esa histeria creativa de los Hamburgo, pero he
de confesar que estas carrerilla y aventuras me dejaron exhausto.
Tras
mal dormir en el tren , como a las ocho de la mañana, llegamos a Madrid. La
pobre Violante no cesaba de quejarse. Tenía hambre, quería un baño y su aspecto
la preocupaba.
― ¡Pero
mírame! Si estoy hecha una birria.
No la
miraba, pero mi cuñadita comenzaba a oler un poco rancio. Tanto carrerón en ese
calor primaveral. Le permití tomarse un café con magdalenas y le di la triste noticia.
Seguíamos viaje. Se fue lamentando todo
el camino a Barajas. Cuando vio el avión que nos llevaría a Barcelona casi se desmayó.
― ¡Qué
no me subo en eso! ― hasta daba pataditas en el suelo ― ¿Cuándo va a parar esta
cosa? ¿Somos un rally o pretendemos dar la vuelta al mundo en 80 días?
―
Pretendemos huir de tu marido ― tuve que adoptar un tono severo ―. Te aviso que
ya se ha enterado de nuestra huida y está bramándome en la cabeza. No voy a
poder dormir con él lanzándome rocas al cerebro como un Polifemo
Esa
noticia la hizo reaccionar y subirse por primera vez en su vida a un avión de
pasajeros, que por suerte no se demoró mucho en llevarnos a Barcelona, porque a
cada rato la pobre parecía estar a punto de devolver el café y hasta los callos
de la noche anterior.
Por fin,
en Barcelona, nos tomamos un respiro. Las obras que Goring me había hecho
adquirir en España ― la excusa oficial para mi viaje ― todavía no habían
llegado y descubrí que el vapor que nos trasladaría a Génova se iba a tardar
dos días. Eso era lo que esperaba que le tomase a Davide descubrir nuestro
paradero. Como mi hermano no tenía alas, no había manera de que llegase a
Barcelona antes de nuestro viaje.
El muy
zorro intentaba rastrearme mentalmente durante mis horas de sueño, pero tanto
Su Majestad como Senyor Jajám me
habían enseñado algunas técnicas mentales y ejercicios espirituales que
bloqueaban su acceso. Ya me podía imaginar lo furioso que estaría Davide. Se lo merecía por arrogante.
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| Paseo de Gracia c 1930 |
Nos hospedamos
en el hotel Saxea en el Paseo de Gracia. Un lugar discreto y sencillo que por
suerte le permitió a mi cuñada el lujo de un baño. La llevé de compras para que
adquiriera un camisón, útiles de aseo, y un poco de ropa interior. Pronto
volvió a oler esa mezcla almizclera tan característica de ella que era la
combinación de un talco con aroma a rosas y el perfume de puta del cual me
había hablado mi hermano.
Para
entretenerla la llevé a ver “La corte del faraón” en el Teatro Circo y “Yo soy
un fugitivo” en el Metropol. Lloró con las desgracias de Paul Muni y batió
palmas con la zarzuela.
Me di cuenta
que a pesar de sus prodigiosas artes era un alma sencilla. Un baño, una muda de
ropa, buena comida catalana, una pizca de diversión y se ponía contenta. Eso
era su felicidad y se olvidaba que teníamos un monstruo pegado a nuestros
talones.
Estaba
de tan buen humor que ni chistó cuando le dije que volveríamos a volar. Esta
vez desde Barcelona a Roma.
― Será
mas rápido por avión ― fue su único comentario.
Después
de dejar todo el cargamento para Goring bien asegurado en un buque a Génova,
nos subimos a un hidroplano rumbo a Roma. Antes había pasado por la droguería a
comprar unos polvos para el mareo, y de un marinero yanqui conseguí un poco de
goma de mascar que destapó los oídos de mi cuñada haciéndole el viaje tan
ligero que hasta pudo comer. Aunque más se la pasó con la nariz pegada a la ventana
mirando con curiosidad gatuna las nubes que a ratos dejaban ver un retazo del Mediterráneo.
El
viaje no tuvo mayores contratiempos. Llegamos a Roma y, sin tiempo ni de
almorzar ni de ver la ciudad, abordamos el tren a Trieste. Fue durante el
almuerzo de un viaje de casi ocho horas que Violante volvió a interrogarme sobre
Su Majestad y sobre mi madrastra.
A
grades rasgos le conté como El Altísimo había creado a Lilith como la primera
esposa de Adán, pero que había salido descontentadiza, marchándose del Paraíso
tras insultar a su marido y a su Creador.
― Al marcharse
del Paraíso se llevó varios poderes que tenían allí y que luego Adán y Eva perderían.
Ella volvió al Jardín del Edén para tentar a Eva y así fue castigada y maldita,
pero no destruida. En general, Dios no destruye a sus criaturas. Estas se
destruyen a si mismas.
― ¿Pero
Lilith está en pugna con El?― preguntó mi cuñada.
― Sí y
no. Como todas las criaturas vivientes, sirve algún propósito divino, aunque todavía
no le he encontrado el suyo a mi madrastra. Es particularmente fastidiosa y malévola.
― Me lo imagino. ¿Cómo es que llego a ser tu madrastra?
― Me lo imagino. ¿Cómo es que llego a ser tu madrastra?
― El Altísimo
le pidió como favor a Ashmedai casarse con ella. Creía que así podría
controlarla. Qué va. Se llevan pésimo.
― ¿Por
eso él se entretiene con otras? ― preguntó mordaz ―. Todavía me queda otra
curiosidad.
― ¿Solamente
una?
Me hizo
una mueca.
― No
tengo la culpa de que seáis una familia tan curiosa. ¿Cómo es que tu madre no
trato de ahogarte al saberte hijo de un daimon?
Violante
era muy preguntona, pero tenía razón. Nuestra familia, que ahora era la suya,
era muy extraña. Con eso en mente comencé
a contarle mi génesis. La escuchó con gran atención. Aun las partes más escabrosas
no fueron interrumpidas. Sólo una vez. Cuando le expliqué que a Stefan von Karijani,
el marido de mi madre, no le gustaban las mujeres, se limitó a decir.
― Oh,
como Oscar Wilde.
― Algo parecido.
Pero a su Lord Alfred Douglas, un oficial de húsares llamado Sandor Hezleny, sí
le iban las mujeres. Stefan arregló para que Sandor se ocupase de cumplir con
sus deberes conyugales y que en lo posible le hiciese un hijo a su esposa.
Vi el
desagrado en los ojos de mi cuñada, pero no me interrumpió.
― Mi
padre putativo tuvo la indelicadeza de avisarle a su mujer de su trato para que
ésta no recibiese a Sandor a arañazos. Ella lloró y lloró. Y sus lágrimas
fueron escuchadas por Su Majestad. Por lo que cuando Hezleny se presento ante
ella…―
― No
era el tal Hezleny, sino El Rey de los Mouros.
― Pues
ya te sabes el cuento ― dije sonriendo.
Me
simpatizaba Violante. Había pocas mujeres con las que pudiese hablar con total
libertad de temas tan paradójicos. Nos pasamos el resto del viaje hablando de
esto y aquello.
Fue una
lastima que la noche cayera antes de llegar a Venecia y que arribáramos a la
estación de Trieste, toda rosa y blanco como un pastel de cumpleaños, cuando ya
estaba oscuro. Violante se perdió la vista de la Perla del Adriático, pero ya
habría tiempo para conocer la ciudad.
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| Estación de Trieste |
La
noche estaba tibia y la brisa no amenazaba ser la predecesora de ninguno de
esos vientos dueños de Trieste, el Bora y el Siroco. Recogimos nuestros bártulos
porque en el camino ya nos habíamos hecho de equipaje. Yo cargaba un maletín
pequeño, más la sombrerera y bolso de mano de mi cuñada. Puntual como siempre,
Beppo el chofer de la Baronesa nos
esperaba con la limosina con el escudo de los Delmedigo D’Asti en la puerta.
―
¿Quién es ?― susurró Violante un poco aprehensiva ante a figura que hacía
reverencias y nos abría la puerta, tan silencioso y siniestro como el cochero
de Drácula.
Ya dentro
del automóvil, le conté a Violante sobre Rozal Delmedigo, su posición como dama
de honor de la Reina Elena, y su parentesco con Davide y Senyor Jajám.
― Su
abuela era prima de Blanca Nieves Galante la madre de Senyor Jajám, y Agar Pontecorvo, la primera mujer de Davide, era su
sobrina política.
― Qué
bonito nombre, Rozal. Es judía y dama de la reina. ¿Cómo es posible?
― Es Italia
― me encogí de hombros ―. Aquí las cosas son diferentes. En cuanto a su nombre
es más prosaico que lo que suena. De soltera era Roza-Lea Errera. Alguien lo
contrajo como Rozal. ¿Más poético no te parece?
Por la
ventanilla, Violante escudriñó la ciudad alumbrada por luz artificial.
― ¿Podremos
subir a San Giusto?― preguntó ― .Quiero ver la tumba de Su Majestad, Don Carlos.
Violante
no cesaba de sorprenderme.
― ¿No
me iras a salir conque eres Carlista?
― Yo
no,…pero el abuelo, el otro, el almirante ― dijo con tono de disculpa.
― Y así
dices que la nuestra es una familia curiosa.
Al
llegar al muelle, el viento se puso un poco más recio. Excelente para hacernos
a la mar.
El silencioso
Beppo nos abandonó a nosotros y a nuestro equipaje en el muelle. Ya nada tenía
que hacer aquí, el resto del camino era nuestro. Violante me miró asombrada,
cuando me vio cargar con nuestras maletas y enfilar camino hacia el yate.
― ¿No
vamos a casa de mi abuelo?
― Así
es, pero tu abuelo no vive en Trieste. Un licántropo como Davide no puede vivir
cómodo entre tanta gente. No te imaginas lo horrible que fue para mí vivir en
Viena después de la guerra. Estábamos apilados en dos piezas en un barrio de
obreros…
―
¡Detente!― Violante tenia una voz de mando dentro de su cuerpecito. Le obedecí.
― Ahora
mismo me explicas. ¿Cómo se te ocurre que nos vamos a embarcar de noche?
― Es el
único modo de llegar a casa de tu abuelo. ¿Le temes al mar?
En la
oscuridad sus ojos fulguraron.
― Soy
hija y neta de marinos― respondió altanera.
―
Colosal ― volví a caminar hacia el yate y detrás de mí sentí sus pasos. Era
casi conmovedora su confianza.
Si
hubiese una noche perfecta para navegar era ésta. Hacia calor, el mar estaba semi
tranquilo y el viento soplaba a favor nuestro. Si no lo hubiera hecho, habría tenido
que recurrir a los ángeles meteorológicos de Violante. Tenía curiosidad por
verla ejercer sus poderes.
Al
comienzo de la travesía, mi cuñada se sumergió en un espeso silencio. Temí que
se hubiese mareado, pero noté que miraba el mar un poco impresionada como
buscando algo familiar en esas aguas que de noche eran negras y de día tan
zafiro como mis ojos.
― ¿Está
muy lejos la casa de mi abuelo?― La voz de Violante era un eco en la oscuridad.
― Está
a medio camino entre Miramar y Duino ― dije a sabiendas que esas palabras no tenían
significado para ella, pero me equivocaba.
― ¿Miramar?
Ahí es donde vivía el emperador Maximiliano: ¿Iremos allá?
― Ahora
viven ahí los Duques de Aosta― dije oteando en la oscuridad por alguna luz que me
señalara el rumbo de los acantilados ―.Tu marido atendió en alguna ocasión a la
Duquesa. Así que quizás te inviten.
Mi
cuñada lanzó un respingo.
― Mi madrina tenía razón. Davide cultiva
amistades importantes. ¿Qué espera conseguir de ellos?
― Favores
personales. Asegurar su posición. Tienes un maridito muy ambicioso, pero para
ser justo también quiere afianzar la posición de la comunidad hebrea italiana.
Demostrar su lealtad a la corona.
― ¿Entonces
es monárquico?
― ¿Y tú
no? ― Mi sangre noble me impedía creer que una aristócrata no fuese monárquica.
― No sé
― la sentí titubear ―.Creo en reyes, pero en buenos reyes. No como los Borbones
que escogen como esposas a excelentes regentes, pero ellos, desde Carlos III, que
no hay uno que valga un duro.
Tenían
sentido sus palabras, pero para el hijo de un rey y nieto de emperadores, el
republicanismo siempre será un término grosero.
― Lo que
no entiendo ― dijo la Condesa de Portela ― .Es como Davide puede levantar la
zarpa ante el Duce e hincar la rodilla ante la Reina. Ya lo dijo Nuestro Señor,
no se puede servir a dos amos.
― Pues
él se las arregla ― y añadí ácidamente ―En realidad él solo sirve a su inmensa
soberbia, y cuando ésta se lo permite, también a su Dio. Para tu marido, el Fascismo es un baluarte contra los Rojos y
la única corriente ideológica anticomunista que recibe a los judíos con los brazos
abiertos Por otro lado, está agradecido a la Casa de Saboya por su trato a los
judíos. Al final, la lealtad e intereses de Davide siempre estarán con su
pueblo.
― ¿Y si
esos intereses no concuerdan con los de Italia?
Lancé
un suspiro.
―No sé, pero no creo que suceda nunca. Imagínate,
Violante, los judíos han vivido aquí desde los días de Julio Cesar, siempre en
relativa paz. La historia de Italia es la suya y aquí pasan cosas increíbles.
En el tiempo en que en Francia acusaban a Dreyfuss en este país tenían un Ministro
de Guerra judío, el Conde Ottolenghi. Tienen más generales y almirantes judíos
que los yanquis que se precian de ser tan tolerantes. Quizás los judíos puedan
ser contrarios a algún gobierno italiano, pero nunca a Italia.
― ¿Pero
no era así en Alemania? Y todo se fue al diablo cuando llegó Hitler.
―Es
diferente― yo mismo no sabía como explicarlo ―.
Puede que los judíos realmente alemanes eran una minoría. Aquí todos son
italianos. Bueno, no en Trieste que fue parte el Imperio Austro-Húngaro hasta
hace poco. Pero con los judíos italianos
sucede una cosa que exaspera a Senyor Jajám.
Cuanto más se acerca un judío a ser totalmente italiano más va dejando de ser judío.
Se asimilan, abandonan la religión y las tradiciones con gran facilidad.
― Por
eso Davide se aferra tanto a esas cosas.
Esta
Violante para ser tan joven era muy intuitiva.
― Exactamente,
él sueña con una comunidad integrada, pero siempre conservando su sello
particular. No le culpo. Senyor Jajám le llenó la cabeza de historias
de médicos de la corte y visires judíos en reinos moros.
Su risa
tintineó sobre el crujir de las olas como el grito de una gaviota.
― Ya,
mi madrina me contó que mí abuelo cree en la resurrección de Sefarad.
― Senyor Jajám sueña con una Sefarad
Republicana y para Davide, Sefarad ya existe, aquí― señalé hacia los
acantilados ―. Mi hermano sigue viviendo en un pasado que pudo ser y nunca
existió. Una tierra utópica.
― Un Kastiyo en Sefarad― dijo Violante en
voz baja.
No
conocía la expresión y ella me la explicó.
―
Delarah dice que un Kastiyo en Sefarad
es un país de ensueños. Y que sólo ahí Davide es feliz. Que únicamente una mujer
que pueda vivir en ese castillo podrá ser totalmente su pareja.
― ¿Quieres
tu vivir en un Kastiyo en Sefarad?
Mis
ojos acostumbrados a la oscuridad la vieron voltear la cabeza como si no
quisiese verme
― Estoy
huyendo de él, ¿no? Esa es tu respuesta.
Por primera vez sentí que me mentía. Pero no hubo
tiempo para preocuparse o interrogarla, porque la ansiada luz me llamaba. Senyor Jajám no había olvidado encender
las antorchas.
Puse
proa rumbo a los siete metros de playa que a la luz de los hachones adquiría un
tono rosáceo. Al lado mío, la mujer de mi hermano, había vuelto a quedar muda
con la boca abierta de admiración ante el espectáculo de la inmensa casona de piedra
que como castillo de novela gótica se erguía en lo más alto del acantilado,
arriba de una empinada escalera que llevaba a la playa. Atraqué el yate de la
baronesa, en el vejo muelle, siempre a punto de caerse al mar, y cargué nuestro
equipaje hasta la arena.
Detrás
de mí, venia Violante aún sobrecogida.
― ¿Pero
esta casa es de Davide?
― Era
de su madre.
Ya
habría tiempo de explicarle el origen legendario de esa extraña casa con la que
Diamante se había encaprichado durante su noviazgo. Una casa que se decía había
sido construida por un noble húngaro para ocultar al mundo la exótica belleza
de su querida. Otros hablaban de alemanes que habían venido aquí a realizar
ritos paganos, y había quien decía que la casa había sido construida por
Lucifer y que albergaba espíritus malignos. Todas patrañas. Fantasmas y espíritus
habían huido despavoridos ante la aparición de taumaturgos diestros como Senyor Jajám y su sobrino licántropo.
El
miedo de Volante creció al ver la empinada escalera.
― ¿Debemos
subirla? ― preguntó insegura.
― A menos
que quieras que te cargue ― Era una oferta retorica, pero ella me lanzó una
mirada esperanzada.
― ¿Podrías?
Mi
caballerosidad me impedía negarme, aunque me maldije por hablar tan
impulsivamente. Metí su bolso bajo el sobaco, y asiéndola de la cintura, me la
eché al hombro como si fuese una alfombra. Con el equipaje en las manos, comencé
mi ascenso.
Violante
iba muda y tiesa. La pobre habría esperado que la llevase elegantemente en
brazos, pero eso se lo dejábamos a Henry Fonda y a Sylvia Sidney en las
pantallas del cine. Ya bastante había tenido soportándola en el lomo desde Lugo
hasta Lisboa.
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| Castillo de Miramar |
Subí
con velocidad de lobo con ese mismo sentido del equilibrio que me permitía cargar
bolsas de mano y cuñada, y por fin me hallé en la amplia explanada de piedra
que acababa en el parrón, seto natural entre la casa y la huerta. La luz eléctrica,
producto de un generador doméstico, iluminaba el segundo piso al que se llegaba
por otra escala de piedra, pero ésta ondulante y más amplia.
Bajo el
balcón-galería de madera de roble, colmado de macetas con flores, estaba un
largo banco de piedra en el cual estaba sentado Senyor Jajám. Su aspecto no podía ser más mundano, las mangas enrolladas
de su camisa, el viejo chaleco que no hacia juego con sus pantalones, y el
sombrero que seguía sobre su cabeza, indicación de que recientemente había
dicho sus oraciones.
No nos
vio ni nos sintió, tan ensimismado estaba sirviendo, en una fuente cortada de
un tonel, sardinas y anchoas a los gatos vagabundos que aun en ese lugar
recóndito y perdido sabían encontrar buena comida y una mano amiga. Desde el balcón,
parado en un macetero de pensamientos, Maurizio montaba guardia mirando con
desprecio de gato Shedim a esos felinos mendigos.
Dejé
caer bolsos y Violante en el piso. El ruido alertó primero a los gatos que nos
lanzaron una inicial mirada de sorpresa, para luego continuar su festín. El Dr.
Alcalay levantó la vista y se quedó tan petrificado que un micho le arrebató de
la mano la sardina que estaba desmenuzando.
Senyor Jajám ajustó sus lentes y se nos acercó.
― Cumplí
con su pedido― le dije ―Aquí se la traigo, viva y entera.
Iba a
añadir “y todavía virgen” pero me pareció de mal gusto.
Senyor Jajám parecía a punto de abrazarme, pero
recordando la peste a pescado de sus manos, se limitó a lanzarme una sonrisa de
oreja a oreja y volteó nuevamente a mirar a su nieta con gran admiración. La
pobre no sabía ni que decir ni hacer y estaba ahí parada como boba. Al final, decidió
recurrir a la cortesía.
― Che bella casa― dijo en italiano.
― Ay fija mía― dijo Senyor Jajám combinando Judezmo y castellano ― Bendito el Dio ke te trae con byen. Cómo te pareces a tu madre.
Esto provocó
de parte de Violante una larga explicación sobre como su Naiciña era más alta y esbelta que la hija. Senyor Jajám la escuchó a medias, e interrumpió la diatriba
plantándole un beso en la frente. Consciente de los restos de anchoa en sus
manos, no la abrazó. El beso silenció a su nieta momentáneamente, para luego, como
un rayo parte la nube, precipitar una lluvia de lágrimas y sollozos, bastante explicables
por el agotamiento de tres días de viaje en vehículos tan extraños como
hidroavión y lomo de lobo.
Como
las lágrimas no cesaban y hasta Maurizio bajó por la escalera a inspeccionar lo
que sucedía, Senyor Jajám comenzó a ofrecer
soluciones.
― Povereta. Has de estar muy cansada. Ven
a sentarte.
La escoltó
hasta el banco de piedra donde comían los gatos, pero estos demostrando su mala
ralea, la escupieron con ese sonido que hacen los felinos cuando algo les
incomoda. Hubo que llevar entonces a la Condesa a la cocina donde la
depositamos en una silla y Senyor Jajám
probó varios remedios para calmar el llanto histérico. Pero cuando ni el agua
azucarada ni el aguardiente de ciruelas surtieron efecto, el Doctor Alcalay se
dio por vencido.
― Esto
se cura con descanso. Habrá que llevarla arriba. Violante, dormirás en el cuarto
que era de Susana.
La
mención de la Naiciña acrecentó el
llanto de mi cuñada quien ahora hipaba entre sollozos y cuyo cuerpo se movía
sacudido por convulsiones.
Finalmente,
fue Maurizio quien tomó la iniciativa. Saltó sobre la mesa haciendo bambolear
el mueble con su peso, y avanzó decidido hacia la llorona. Violante dejó de llorar
y retrocedió en su silla. El masivo cuerpo del gato, moteado de negro y blanco
como una vaca, era del porte de un Spaniel y sus ojos tenían ese brillo
amenazador que relucen en los ojos de los felinos y de los Shedim, pero cuando
su cabeza, la mitad de la cual es negra como si llevase una capucha de verdugo,
se acercó a la de Violante los ojos nuevamente eran de un verde almendra,
tranquilos y llenos de humor.
La
Condesa tentativamente acarició la cabeza del gato.
― Qué
minino tan grande ― dijo admirada ―. Y qué bonito.
― No es
talmente un minino ― le explico el abuelo aliviado al ver que ya no lloraba ―.
Maurizio es un Shedim.
― Su verdadero
nombre es Kastimon. Servía a nuestra hermana Perla. Su hija se lo cedió a
Davide cuando él vino a vivir a esta casa― agregué yo.
― Nos
protege de malos espíritus y fantasmas ― terminó Senyor Jajám.
― ¿Y
por qué es gato? ¿Y por qué le llamáis Maurizio?― Violante estaba un poco
cohibida al saberse enfrente de su primer Shedim y había dejado de acariciar al
minino.
―
Porque los gatos son los únicos animales de esta tierra que pueden sobrevivir en
el reino Shedim y por eso deambulan libremente entre ambos mundos ― dijo su
abuelo ―. En cuanto al nombre. Haz de saber que entre nosotros, los trocamos como
una manera de proteger a quien está en peligro, y toda criatura del reino subterráneo
que cambia de atmósfera enfrenta un peligro.
― Nosotros
hemos pensado cambiarte el nombre― expliqué a la fascinada Violante ―. para evadir
el rastreo de Davide.
― Ya no
se puede― Me corrigió con tristeza nuestro anfitrión ― .Davide ya os encontró. Le
tomó menos de un día.
Ante
los ojos aterrados de Violante, Senyor Jajám
nos contó la parte de nuestra saga que no sabíamos. Como siempre, habíamos subestimado
los poderes del Hermano Lobo. Un día le bastó para rastrearnos a Lisboa y
cuando descendíamos del hidroavión en Barcelona, había él llegado a la capital
portuguesa.
― Por suerte
no tenía tu velocidad de lobo ― dijo Senyor
Jajám ― y por suerte no tenía ochavos en los bolsillos. En Lisboa hubo de
ir por un préstamo a la
Embajada. Ahí gente cercana a la Principessa D’Asti nos dio aviso
y pudimos movernos aprisa.
Nuevamente
El Dio estaba de nuestro lado, porque
en Madrid se reportó a la Embajada y encontró un telegrama del Coronel Viterbo
exigiendo su retorno al batallón y dando por cancelado su permiso.
Lancé
un suspiro de alivio.
― ¿Hasta
cuándo le tendrán acuartelado? Mañana es viernes.
― Viterbo
ha prometido sujetarlo por lo menos una semana― dijo con tristeza Senyor Jajám ―. Pero sólo sujetará su
cuerpo. ¿Cómo te han ido tus ejercicios, Viktor?
― Bien,
pero debo confesar que es difícil luchar contra su poder. Es un martillo en la
cabeza y no me deja dormir.
―Anoche
se metió en mi sueño ― Senyor Jajám
se sentó y se quitó los lentes ―.Venia armado de bilibiz y de reproches, pero yo tenía más que él para endilgarle.
Se acobardó y huyó. Señal que todavía le queda algo de vergüenza.
― Con
usted tendrá vergüenza y remordimientos. Pero a nosotros puede despedazarnos.
― ¿Que
vamos a hacer? ― en su miedo, Violante volvió a aferrarse a Maurizio que
comenzó a lamerle los dedos. Le había
caído en gracia al morrongo.
― Tenemos
una semana― dijo su abuelo. ― .Por lo pronto, te quedarás a pasar el Shabát
conmigo. Rezaremos mucho. Es la única defensa contra Davide. Rezaremos para que
no nos dañe y también por él, porque está muy desorientado.
― ¿Y
después? ― pregunté. No soy descreído, pero se necesitaría de más que una
oración para devolverle la serenidad a Davide.
― Después
te llevarás a Violante a Viena a casa de Hadassah y allí esperareis mis órdenes.
Yo enfrentaré a Davide primero. Soy el único padre que ha conocido y tendrá que
escucharme.
Violante
se sintió tranquilizada por las palabras del abuelo. Yo no. En el fondo me sentía
culpable. Como hermano, había traicionado la confianza de Davide y no creía que
él pudiera perdonarme.
Afuera,
había comenzado una trifulca. Metidos en el barril, los gatos se daban
cabezazos en sus esfuerzos por limpiar el fondo. Maurizio indignado, brincó de
la mesa al suelo y voló hasta el patio donde en unos segundos, a punta de zarpazos
y maullidos de ira, dispersó a la panda de mendigos. Quedó él como rey de la
explanada, erguido como un perro que ha ganado un concurso canino.
― ¡Vedle!―
exclamó Violante admirada― .Sí se ríe el muy tuno.
Efectivamente,
Maurizio conservaba en su apariencia animal su humor Shedim y se reía enseñando
una lengua rosada como un cacho de jamón.
Olvidándose
de sus cuitas, Violante corrió al patio y echándose sobre el piso de piedra
comenzó a jugar con Maurizio. Así de lejos, parecía una niña. Senyor Jajám la observaba con una sonrisa nostálgica, quizás recordando
a la hija perdida que le había dado esa nieta. Nuestros ojos se encontraron y leí
en ellos un pensamiento compartido. Violante era muy joven, no tenía diecisiete
años aún, y la vida que le había tocado le estaba quedando grande.
Acepté por esa noche la hospitalidad de Senyor Jajám. Fue una cena incomoda principalmente para Violante. Era bastante difícil tratar de mantener una apariencia de normalidad en la casa de extraños que actuábamos como si la conociéramos de toda la vida. Porque estábamos actuando. Sólo las circunstancias habían hecho a Senyor Jajám olvidar que había guardado luto por la madre de su nieta ahí presente, estando la Naiciña aun viva.
Para
colmo, y por alguna maldita razón, todo lo que hablábamos giraba en torno del
Herman Lobo. Su nombre no se nos caía de la boca.
― Esto pasó
el año en que Davide se cayó del árbol y estuvo aturdido por tres horas.
― Recuerdo
muy bien, fue poco después de que Davide regresó de la luna de miel.
― Hay
que reparar la cerca de los olivares, pero estoy esperando que Davide se
encargué de eso.
La
pobre Violante bebía agua cada vez que el nombre de su marido salía a flote en
la conversación. La ahogaba su recuerdo.
Al
menos bajo su techo, David no intentó atacarme, pero era una tregua breve. Mi
viaje continuó. Dejé a Violante en manos de su abuelo y volví a embarcarme de
regreso a Trieste. Otra vez abordé un tren esta vez rumbo a Génova en busca del
botín de Goring. Mis deberes me reclamaban.
Mi
hermano aprovechó el viaje para perseguirme. Cada vez que intentaba dormitar en
mi compartimiento, él muy maldito se deslizaba como lombriz por mi sueño haciéndome
saltar en mi asiento. Tanto sobresalto finalmente me hizo desistir de intentar
dormir. Llegué al puerto agotado y de mal humor.
Mientras
esperaba el arribo del buque con las obras de arte, decidí ir en busca del
algún objeto que alejase la mala influencia de Davide. Únicamente una bruja podría
proporcionármelo y conozco tres muy jóvenes, pero muy poderosas. Fue su padre
quien me trajo de parte de ellas un amuleto. Así, en Génova, volví a ver a
Gavrilo Galante, mi sobrino.
Hay
quien dice que Gavrilo y Davide son muy parecidos. Altos, fornidos, de cabellos
oscuros y ojos profundos como el Adriático, pero su carácter es tan diferente.
A pesar de que Gavrilo también se convierte en lobo. La diferencia es que Davide
solo se transforma en noches de luna. Gavrilo puede convertirse en licántropo a
la luz del sol o cuando se le antoja. No es un don, no lo heredó de su madre,
tan hija de Ashmedai como yo. El lo aprendió. Senyor Jajam cuando se enoja
hasta perder su caridad acostumbrada, farfulla “un don diabólico que mamó de la
teta de Lilith” Y tan equivocado no está.
Fue en
un callejón oscuro donde nos encontramos, cerca del puerto y de una calle llena
de tugurios donde el solo más valiente marinero se atreve a entrar. Gavrilo ha
vivido en el mar toda su vida y es valiente como solo lo puede ser quien copula
con El Diablo.
Me besó
en la mejilla y me estiró un objeto envuelto en una bufanda de seda todavía
perfumada con Shalimar.
“¡Cuidado,
Tío Viktor!” dijo entre serio y burlón “Es una cadena de plata”
Casi la
dejo cae al suelo. Es el único metal que puede matarme.
― No
seas tonto― me tranquilizó ―. A menos que se te entierre en la piel no puede
hacerte daño. Llévala siempre. Con los días, la plata se pondrá negra a medida
que absorba la ira de tu hermano. Para entonces, él ya no podrá meterse en tus
sueños.
― ¿Eso
han dicho tus brujas?
― Eso
mismo. No te imaginas como han trabajado, mis pobrecitas. Pero juran por la llegada
del Mesías que te protegerá. Y ya ves, yo lo he cargado sin problemas. Así que a
confiar en los poderes de mis oscuras hijas.
No hay nada más sabio que un loco. Y Gavrilo y
sus tres hijas merecen vivir en cuartos acolchados. Con un breve titubeo, me
puse la cadena que era larga alrededor de mi cuello. No ocurrió nada del otro
mundo.
― Las
niñas dicen que le han puesto hechizo de protección con tu nombre― Gavrilo se
abanicó con su gorra de marino― no se la andes prestando a otros licántropos.
― ¿Y Violante?
¿No tienes algo para ella?
― A
Violante la protegen sus ángeles y el Patrón de todos ellos― con esas palabas
me despidió. El también tenía que partir.
Retorné
a Trieste el domingo por la mañana. Tras dejar mi cargamento bien custodiado en
el tren que iba a Viena, volví al embarcadero y surqué el Adriático hacia la
casa de Davide.
Encontré
a todos sus habitantes en la cocina, muy tranquilos y sin aspecto trasnochado. Hasta
Maurizio estaba ahí sentado desfachatadamente en el Dargesh. ¿Qué diría Su Majestad si le viese?
Senyor Jajám y Violante habían hecho muy buenas migas y
no parecían conocerse de apenas un par de días. Estaban parloteando alegremente
mientras freían bulemas. En la cocina
habían encontrado su justo medio, un punto de encuentro, un placer y habilidad mutuos.
Me dio
lastima separarles, pero era hora de marcharnos. Violante fue en busca de su
magro equipaje, al que había agregado un antiguo sombrero, de esos que los
ingleses llaman "Picture hat", que luego supe había sido de su madre.
Al despedirse
se puso a llorar nuevamente. Sobre todo cuando Senyor Jajám poniéndole las manos sobre la cabeza, recitó una bendición
en hebreo.
Abordamos
el bote y nos hicimos a la mar. Violante estuvo con el rostro vuelto hacia la
playa donde Senyor Jajám, con
Maurizio en el hombro, agitaba la mano. Mi cuñada siguió despidiéndose de ellos
hasta que la playa se perdió en el horizonte.
Después
de eso, Violante cayó en un gran mutismo. Pensé que estaría ensimismada en los
recuerdos de los días pasados junto a su abuelo. Tal vez más adelante—el viaje seria
largo—los compartiría conmigo. Pero ya en el tren, casi en la frontera con
Eslovenia, seguía callada.
―Violante―
por fin me atreví a interrumpir su hermetismo ―. Vamos a tener que planear una
estrategia. En una semana, Davide saldrá con permiso y lo primero que hará será
ir en tu búsqueda.
Me miró
fijamente con esos ojos dorados como hojas de otoño.
― En
una semana, Davide vendrá a buscarme a Viena ― su voz era increíblemente
serena.
― ¿Cómo
puedes estar tan segura?― pregunte ―. Quizás Senyor Jajám acierte con alguna manera de detenerle
― Davide
vendrá a buscarme a Viena porque yo se lo pedí ― la calma de su voz comenzó a
asustarme ―Le envié un mensaje con Maurizio de que me encuentre el próximo
domingo en la casa de Tía Dass, en Viena.




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