Nunca
supe cuanto rato pasó, cuánto tiempo tuve a Davide entre mis brazos antes de
oír, en el saloncito contiguo, el sonido de unos tacones presurosos y
nerviosos. No podía ser Josephine quien siempre usaba zapatos planos. En el umbral,
bajo otra insoportable pamela, apareció Delarah Brand.
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| (etsy.com) |
― ¿Pero
qué has hecho?― grito ―. No os puedo dejar solos. Primero, le partes la cabeza.
Ahora, le envenenas. A la próxima, lo capas.
El
cuerpo de mi marido se sacudió de risa. A mi no me parecía nada graciosa esa
acusación infundada.
―No le
hice nada. El muy bruto que se echó un ungüento...
Davide
se incorporó, cogió el limón de mi mano y comenzó a morderlo. Al parecer, los cítricos
le proporcionaban un alivio momentáneo.
―Delarah
Hanoum, creo que voy a necesitar de
tu apoyo― dijo mi marido.
Ni
corta ni perezosa, la muy golfa corrió a su lado y le enlazó la cintura, pasando
un brazo de mi marido alrededor de su cuello, acto que precipitó la fatal
pamela al suelo.
Davide,
con paso inseguro, salió de la habitación apoyado en su muleta turca. A mi no
me dijeron nada de que les siguiese, pero lo hice, cargando la americana de mi
esposo en una mano y los limones en la otra.
Antes
de bajar la escalera que llevaba a la calle, Delarah le dijo algo a Davide en
un idioma que asumí era turco.
― ¿Qué
dices?― pregunté sospechosa.
Se volvió
como sorprendida de que yo todavía fuese parte del paisaje. Aun así me respondió.
―Le
dije que por aquí es más fácil bajar a la calle y llegar al coche sin tener que
pasar por el comedor. Que en Sachers nos espera un camarero amigo que le
entrará discretamente por la puerta de servicio. Que nadie debe verle porque le
creerán borracho. Él que ni prueba el alcohol.
Había
indignación en sus ojos, pero no contra mí, sino contra quien osase pensar mal
del hombre que amaba. Me conmovió notar que a pesar de su profesión de
egocentrismo, el bienestar de Davide y su reputación le importaban mucho.
Al
final, sí necesitó Delarah de mi ayuda para bajar a Davide quien, a la mitad de
la escalera, casi se le cae. Tuve que frotarle el limón en la boca nuevamente,
pero aún así fue difícil llevarle al descapotable de Delarah. Estaba
oscureciendo, por suerte nadie nos vio.
El
viaje fue de pesadilla. Yo iba en el asiento de atrás con mi marido en los
brazos. Un par de veces, Davide perdió el conocimiento. En silencio, Delarah, condujo
veloz como una flecha en dirección al Hotel Sachers.
Cuando
llegamos, Davide tenía un aspecto casi de cadáver, los labios azulados y una
palidez que llamaba a mortaja. El mismo camarero insinuó la posibilidad de ir
por un médico, pero una mirada furibunda de Delarah lo hizo encogerse de
hombros y ayudar a sacar a Davide del auto y llevarlo en elevador hasta la
suite de Frau Brand.
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| Suite de Sachers (exeterinternational.com) |
La suite
era lujosísima, mucho más que la del hotel de Lisboa. Nos recibieron dos
pekineses y la gata siamesa que yo conociera ya en Málaga. Los tres corrieron a
ocultarse bajo los sillones del saloncito, como suelen hacerlo los animales
cuando olfatean la muerte en el aire.
Acostamos
a mi marido en la cama de Delarah. Qué ironía para ella quien tanto rogase por verle
en su lecho, tenerle ahora, pero moribundo.
De ahí vendrían
dos de las horas más negras de mi vida. Lectora, te lo digo yo que conozco de
horas negras más que de las otras.
Siguiendo
sus instrucciones, le dimos a Davide de beber zumo de naranja con la esperanza de
que la vitamina C actuase sobre el tóxico. Luego le administramos bicarbonato
de soda, incluso cubrimos su brazo con dentífrico que contenía este
ingrediente. Todo parecía funcionar inicialmente, para que luego el dolor
horrible retornase. Incluso, intentamos aplicarle un torniquete, pero tampoco
dio resultado.
Ya su brazo
colgaba como muerto y estaba negro desde los dedos hasta el hombro, señal de
que la plata subía por su torrente sanguíneo. Davide comenzó a delirar y a
hablar en hebreo. Quizás rezaba. Según Delarah, estaba recitando su vidui, su última confesión de pecados.
―Eso lo
tendrá ocupado un rato porque ha de ser larga su lista― dijo Frau Brand con ácido
humor.
¿Cómo
podía pitorrearse y estar tan tranquila cuando el hombre que amábamos se nos
iba ante nuestros ojos?
―Me doy
por vencida ― dijo, abriendo el armario del que sacó un vestido de noche y
zapatos.
― ¿Qué
haces?― le pregunté.
― Vestirme
para ir a cenar ―fue su flemática respuesta ― ¿No pretenderás que coma aquí con
él en ese estado?
Contoneando las caderas, Delarah se marchó al baño
del cual emergió unos minutos más tarde ataviada en un ajustado vestido de seda negra y encaramada en altas sandalias. Se dirigió a su tocador y ante mi mirada estupefacta
comenzó a peinarse. Finalmente, en el reflejo del espejo vio mi expresión de censura.
Se volteo hacia mí con el cepillo en la mano.
―Discúlpame,
tú también debes tener hambre. ¿Deseas que te suban la cena? O quizás prefieras
bajar conmigo― la miré indignada― Entiendo, te da vergüenza bajar con ese
vestido roto. Puedo prestarte algo.
― ¿No
te das cuenta que no puedo pensar en comer si Davide se está muriendo?―
respondí con furia contenida.
―Eso,
se está muriendo. ¿Y quieres matarte de hambre para irte con él?― volteó y
siguió acicalándose ―No hay antídoto para el envenenamiento con plata y menos
para un licántropo. ¿Quién lo hubiera creído, que moriría de esa manera?
Su voz
se quebró y vi que hacía un gran esfuerzo por no llorar. Entonces me di cuenta
que era de esas personas que le temen tanto al dolor que fingen no sentirlo.
Cundo la vi levantarse e ir hacia la puerta, supe que quería huir para no
estallar en llanto ante testigos.
Yo no
era así. No me daba vergüenza llorar, desesperarme y abrazarme a Davide quien seguía
delirando aunque muy débilmente. Hablaba en los cien idiomas que dominaba y repetía
mi nombre mil veces en medio de palabras extrañas que expelía como un ser
poseído por los demonios.
De
pronto, vi un resplandor en la ventana como si alguien proyectase la luz de una
linterna hacia el interior de la suite. Me acerqué a mirar y retrocedí
aterrorizada. Un hombre apoyaba su nariz contra el cristal.
No era un ladrón, no era de este mundo. Era
alguien terrible con un cuerpo rodeado de llamas y cubierto de ojos
parpadeantes como tatuajes movibles. Alzó la mano y vi que enarbolaba una
espada más larga que la de Davide y hecha enteramente de fuego. Era el Ángel de
la Muerte.
― ¡Noo!
― grité y corrí hacia la cama cubriendo a Davide con mi cuerpo―. ¡Vete! ¡Vete!
Yo, Violante, que comando a los ángeles del tiempo te lo ordeno. Aléjate, no es
hora todavía y no puedes tocarle. Es el hijo del Rey de los Shedim.
Todos
mis argumentos eran irrisorios, pero ante mi sorpresa, el Ángel se retiró. A
saber por cuánto tiempo.
Mi marido
abrió los ojos. Vi en ellos un gran terror. El terror de quien ve la muerte
cerca. Bruscamente, me hizo a un lado. De un salto se incorporó y corrió al
baño. Le seguí y le encontré arrodillado sobre el retrete vomitando. Cuando me acerqué,
para sostenerle la frente, vi que vomitaba sangre.
Tuve
que luchar contra mi histeria que era una mezcla de emociones: terror, asco,
dolor. Cogí una toalla y mojándola comencé a limpiarle la boca. Le sostuve
contra mi pecho y como pude le arrastre de regreso a la alcoba.
No iba
a dejar que muriese en el baño, pero cuando ya tenía la mitad de su cuerpo
fuera del umbral las fuerzas me abandonaron y quedé ahí de rodillas sobre la
alfombra de la suite, con el cuerpo casi sin vida de mi marido entre mis
brazos. Lloré, llena de vergüenza ante mi debilidad, ante mi ignorancia, ante
mi frustración. Ahora sabía lo que la Virgen sintiera al pie de la Cruz.
―Madre
Mía― supliqué ―si en algo te ofendí castígame a mí, pero no a él. Y si es
Davide tu ofensor castígame también a mí, que él no sabe lo que hace. Mira mi
dolor, Señora Todopoderosa.
Agotada,
comencé a decir Aves Marías sin ton ni son, sin llevar cuentas, sin detenerme
en ningún misterio, porque toda yo era un misterio doloroso. Así nos encontró Delarah cuando retornó de su
cena.
― ¿Está
muerto?― preguntó asustada.
―No, pero
vomitó sangre hace un rato y el Ángel de la Muerte anduvo merodeando.
Agachándose,
Delarah me ayudó a arrastrarlo hasta la cama.
―Si al
menos le hubiese mordido una víbora― dijo enojada― Entonces sería solo cuestión
de abrirle la herida y extraer el veneno.
La miré
con ojos que no veían, y dejando a mi esposo en la alfombra, corrí al saloncito
donde olvidara su americana. La voz de Delarah me siguió.
―
¿Dónde vas? ¿No esperarás que le alce yo sola? Pesa lo suyo, ¿sabes?
Desde
su escondite, las mascotas me observaron revisar el interior de la americana. Escogí
el cuchillo más pequeño, el que parecía un escalpelo. Con él, retorné a la
alcoba.
― ¿No
querías tenerle encima tuyo?― Le pregunté irónica a Delarah ― Ahí no te pesaría
tanto.
De no
ser que sus manos estaban ocupadas con Davide, la turca me sacaba los ojos,
pero se aguantó y sólo observó desconfiada el arma en mi mano.
― ¿Para
qué eso? No seas tonta que ya es demasiado tarde. El veneno está en todo su
cuerpo. Debe tener una hemorragia interna.
Sin
escucharla, me arrodillé ante el brazo negro y lacio de mi marido e hinqué el
escalpelo en la piel quemada.
―Ten cuidado.
Vas y le abres una arteria y se desangra. Así terminas de matarle― refunfuñó
Delarah.
―Preferible
eso antes que quedarme con las manos cruzadas.
De la
herida comenzó a salir pus amarillento. Traté de limpiarlo, pero era mucho.
Impaciente, oprimí mis labios contra la carne y sentí un sabor nauseabundo en
la boca, pero seguí chupando.
Delarah
corrió al baño y volvió con un jofaina que puso delante mí. Escupí en ella el
pus y volví a succionar la herida. Chupé y chupé imaginando que con cada sorbo
de pus y sangre sacaba la toxina del sistema de mi marido.
A ratos,
escupía la sangre en la jofaina que Delarah, con infinita paciencia, sostenía
para ese propósito. A ratos, Lectora, me olvidaba de expulsarla y me la tragaba
sin asquearme. Esto, duró un par de minutos. Cinco, ocho, no saqué la cuenta.
Sólo me detuvo la voz de Delarah
―Mira―
y vi que pálido rostro de mi Davide comenzaba a tomar color y que su
respiración se tornaba normal.
Noté
con alegría que su brazo estaba tibio. Llena de una absurda felicidad, cubrí el
brazo de besos y lamí la herida que ahora parecía un corte insignificante y ni siquiera
sangraba.
―Has
detenido su hemorragia― dijo Delarah y su voz sonó extraña, como entre asustada
y admirada. ― ¡Bendito sea Allah!
― ¡Bendito
sea Allah!― repetí.
El
resultado de mi acto nos dio fuerzas para que entre ambas lo subiéramos a la
cama. Todo en Davide parecía normal. En un momento, hasta abrió los ojos y pidió
agua. Fue Delarah quien le dio de beber. Yo me mantenía a distancia, como de pequeña
cuando me llevaban a la iglesia a ver el pesebre vivo y no me atrevía a mirar
al Niño Jesús que manoteaba en la cuna.
Finalmente,
me fui al baño a lavar el escalpelo que repuse junto a sus hermanos cuchillos
en la americana.
Delarah
estaba ahora sentada en la cama con las manos de Davide entre las suyas. No me sentí
celosa. En ese momento no sentía nada. Al verme, soltó presurosa las manos de
mi marido y puso cara de avergonzada.
―Se ha quedado
dormido― dijo.
―Entonces
que descanse ― Yo misma nada más quería una cama y dormir tres días ―.Me voy a
casa.
― ¿De
noche? Espera, que te llevo.
― Quédate
con él. Me basta con que me prestes un poco de dinero para un taxi.
Sacó un
monedero de su bolso y lo metió en el bolsillo de su tapado que me puso sobre
los hombros.
― Llévatelo.
Hace frío afuera.
Me lo
puse recordando que mi vestido no estaba en un estado de ser visto por
camareros.
― ¿Te
das cuenta de lo que ha pasado aquí?― me preguntó severa ―Le has salvado la vida.
Trate
de reírme pero mi risa sonó a falsa.
―Primero decías que quería cargármelo y
ahora...―
―No me
estoy retractando― su expresión adusta se suavizó un poco ―.En dos ocasiones
casi le has matado. Eres más fuerte que él.
No supe
que decir.
―He visto
a Davide pelear a cuchillo desenvainado con una sola mano y vencer a su
adversario. Le he visto golpear a dos hombres él solo, hasta casi matarles. Le
he visto― dijo Delarah en voz baja como si hablase de un misterio sagrado ―Y a
ti te ha dejado atacarle dos veces. Contigo él se vuelve débil porque sabe.
― ¿Sabe
qué?―casi grité.
―Él
sabe que en ti está el poder de destruirlo y el de salvarlo.
―Por
favor, no le repitas esa sarta de sandeces cuando despierte―dije con voz
cansada.
―Por supuesto
que lo haré― se irguió altanera― Es un pecado presenciar un milagro y no revelarlo.
Eso decía
el Padre Matías, pero yo no me sentía testigo de milagros. Me fui sin
despedirme de Davide. Me sentía como en el Pazo, antes de mi huida. No quería verle.
Tía
Dass me esperaba en su piso con cien preguntas y una cara preocupadísima
― ¿Dónde
has estado? ¿Qué pasó aquí? Llego y me encuentro todo dado vuelta y Josephine
me dijo que Davide vino al Jause. ¿Dónde
esta?
Sacudí
la cabeza.
― ¿Podemos
hablar mañana?
Como
estaban las cosas, era un pedido absurdo, pero mi tía no llegó a decirlo porque
algo en mí la hizo lanzar un grito.
― ¡Estás
manchada de sangre!
Bajé
los ojos y vi que el cuello de piqué antes albo ahora estaba cubierto de manchas
rojizas.
―Es la
sangre de Davide― sus ojos se alarmaron ―. Pero no temas. Está bien.
Señalé a
la mesa donde reposase una vez el samovar.
―Se quemó con el té y se aplicó una pomada que
contenía nitrato de plata.
― Dio Senyor del Mundo. ¿Está muerto?― Se
cubrió la boca con las manos, apenas hecha esta pregunta.
―No, le
administramos un antídoto.
Mi tía no entendía nada de química ni de
venenos así es que se tragó la trola.
―Tienes
un aspecto calamitoso. Debe haber sido una experiencia horrible. ¿Donde está él
ahora?
―En
Sachers.
Recé
para que terminasen ahí las explicaciones.
― ¿Se
hospeda ahí? Porque se olvidó un par de cosillas aquí.
Dass
fue a su cuarto y regresó con la corbata y el cuchillo de Davide.
―Usé la
corbata para hacerle un torniquete y el cuchillo para partir los limones. ―
dije cansada ―. La vitamina C es un antídoto para la intoxicación con plata.
―Mira tú.
Lo que una aprende por ahí― puso cara de escéptica ―.Josephine me dijo que habías
pedido limones. Te confieso que cuando encontré esto, se me pasaron por la
cabeza toda clase de imagines libidinosas de actos innombrables que involucraran
limones, cuchillos y corbatas.
Le lancé
una mirada furiosa y me devolvió una de falsa vergüenza.
―Discúlpame.
Tengo una mente muy sucia. Anda, vete a acostar que te ves fatal.
También
me sentía fatal. Tomé de sus manos el cuchillo y la corbata y arrastré los pies
hasta mi alcoba.
Sólo
cuando pude cerrar la puerta tras de mí, ahí sumida en la oscuridad, di rienda
suelta a lágrimas contenidas por horas que ahora nacían de un cansancio que
jamás sintiera antes. Me quité el tapado y lo dejé en una silla con las
pertenencias de Davide.
Cuando
me dispuse a desabotonarme el vestido, noté que estaba abierto hasta la cintura.
Me ardió la cara al pensar que por horas anduve por ahí medio encuerada. Para
ser exactos desde que Davide abriera el vestido para acariciarme en una tarde
que parecía pertenecer a otro siglo. Estiré un brazo hacia el interruptor.
Ahora necesitaba de la luz.
―No la
enciendas―desde las sombras la voz me indicó la presencia de alguien en la
cama. Era Davide.
― ¿Qué
haces aquí?― Por un momento temí que viniera a atacarme nuevamente.
―Vine a
buscar mi cuchillo y mi corbata.
No podía verlo, pero su voz calmada me hizo
visualizar esa sonrisa un poco irónica.
― ¿Por
dónde entraste?― todavía seguía yo pegada a la puerta.
― Por
la ventana, tal como salí de la suite de Sachers. Es una lástima que no posea
el don de Viktor de hacerme invisible.
El
recuerdo de Viktor y nuestra fuga, me llenó de pánico y di vuelta la manija de
la puerta dispuesta a huir.
― ¡No!
― gritó mi marido y era una suplica, no una orden ―Por favor no te vayas. Vine
a darte las gracias.
Solté
la manija.
―Por favor―
su voz seguía suplicante, un tono inaudito en él ―.No me tengas miedo. Me mataría
antes que hacerte daño.
Era tan
sincera su voz que me atreví a dar unos pasos hacia la cama.
―Ven―
me llamó de entre las sombras.
A
tientas, le busqué, pero me tropecé y casi me voy de bruces. El me sujeto con
firmeza sin hacerme daño y me hizo sentarme a su lado. Puso algo entre mis manos.
Era un libro. No necesitaba luz para saber que acababa de regresarme “La Puerta
de las Tempestades”.
―Quiero
decirte que ya no me importan los libros de María Hebrea, ni tus poderes ni ser
más sabio que todo el mundo. Me basta con tenerte. Nada más te quiero a ti― me
dijo.
Pensé
que deliraba nuevamente.
―Créeme,
por favor― me rogó oprimiendo sus labios contra mi hombro ―No soporto vivir sin
ti, y para eso estoy dispuesto a seguirte donde tu vayas, hacer lo que tú
hagas, creer en lo que tú creas.
Le cubrí
los labios con la mano antes de que dijese una blasfemia.
―Estás
cansado. Mañana pensarás diferente.
Se desembarazó
de mi mano y tras besarla, repitió las palabras que acababa de decir.
― ¿No
te das cuenta de lo que pasó esta noche? Me salvaste la vida. En ti están mi
salud y mi salvación.
―Davide,
lo que pasó fue quizás cosa de una vez― insistí ― Tu fin no se acercaba y
Nuestro Señor me usó como instrumento.
―Creíais
que no os oía. Estaba en otro mundo, pero lo oí todo. Te oí cuando expulsaste
al Ángel de la Muerte. Tú fuiste hecha para mí. Todo lo que me faltó, lo que carecí
de niño está en ti. Me equivoqué. Mi felicidad no está en los Libros de María
Hebrea sino en ti.
Quería
cubrirme los oídos y gritar. Toda mujer sueña con que el hombre amado le profese
su amor. Pero ésta parecía la declaración de un condenado majarete.
―Te lo voy
a demostrar―dijo súbitamente ―.Prende la luz.
Corrí
hacia la puerta y casi la abro y salgo así medio desnuda a la calle, pero la razón
se impuso. Alguien tenía que conservar la sensatez.
La luz
me lo mostró con ojos cansados y un poquitín paliducho. Pero nada comparado al
horror que fuera hacía unas horas. Estaba sin su americana y la camisa de seda
tenía las mangas arremangadas. El brazo, que una vez estuvo negro e hinchado,
ahora tenía el mismo color de su rostro y no había marcas en el ni de la
quemadura ni del corte que le practicara yo temprano.
Se puso
de pie, cogió el cuchillo que yo dejara en la silla y tanteó con el su brazo izquierdo
como si buscara un espacio adecuado.
―Éste
no― dijo pasando al derecho ―probemos aquí.
Antes
de yo poder detenerlo, y ante mis horrorizados ojos, se hizo un corte
horizontal en el antebrazo de unos tres centímetros. Vi su sangre fluir.
― ¿Te vas
a quedar ahí parada?― preguntó con gran serenidad ―.Me he abierto una arteria.
Puedo desangrarme.
Ya la
razón y lógica no gobernaban mi mente, me aferré a su brazo y lo chupé como si
fuese una sanguijuela. Lamí la herida como un perro aguantándome el asco que me
producía el líquido viscoso que manchaba mis labios y entraba en mi boca.
―Vete
al baño y enáguate la boca― me ordenó.
Lo obedecí sin mirarle. En el baño puse la
boca bajo el caño y dejé que el agua enjuagase hasta el último resto de sangre
de mis labios. Sólo ahí regresé. Davide estaba sentado en la cama y con una
calma chicha se estaba examinando el brazo.
―Mira ―
me lo enseñó triunfante. No sólo la hemorragia se detuvo, no quedaba marca de
la incisión.
―Poseo
un don que heredé de alguien ―me dijo, y yo ya sabía yo que eso de
"heredar” era un eufemismo ― .Un don que me permite detener una
hemorragia, pero nunca tan rápidamente como tú y no hay explicación para la
desaparición de la cicatriz o el dolor. Es como si tu saliva tuviese un anestésico
muy poderoso. Lo sospeché ya en el camino a Portugal. ¿Recuerdas? Cuando me
sacaste la espina.
Me dejé
caer en la cama llorando. Ya mis nervios no soportaban más.
Su mano
me acarició el cabello y apartándolo me levantó el rostro por la barbilla.
―No
llores― me rogó ―.No me hagas sentir remordimiento en el día más feliz de mi
vida. Ahora sé que eres mi mazal. Que
lo tenía yo atajeado. Que es lo que leí
en tu carita cuando te conocí.
Me besó
la frente y luego los ojos muy despacio. Odiaba destruir sus esperanzas, pero todavía
tenía una duda.
― ¿Y si
este don fuese para todo el mundo, no sólo para curarte a ti?
Me miró
con sonrisa indulgente.
― ¿Estarías dispuesta a probarlo?
Asentí
con fervor. Necesitaba comprender.
Volvió
a tomar el cuchillo.
―Esto
te va a doler un poquito― dijo y besándome el dedo índice, dio un leve pinchazo
en la yema con la punta del afilada arma.
Fue un
dolor pequeño, pero agudo, una gota de sangre cubrió mi carne. Rápidamente me
lo metí en la boca y lo chupé. Cuando lo retiré de mis labios todavía vi restos
de sangre y me escocía mucho. Trate de lamerlo pero mi esposo me detuvo.
― ¿Ves?
Te apuesto que te duele. En cambio a mí…
― ¿Nada?―
pregunté escéptica.
―Nadika de nada.
Me
levantó de la cama y me llevó al baño donde enjuagó el dedo y luego le aplicó
un poco de alcohol del botiquín.
― ¿No más
dudas?― me preguntó. Asentí. Ya no podía luchar más ante las evidencias.
Volvimos
al cuarto tomados de la mano y Davide apagó la luz.
― ¿Vamos
a...?― susurré cuando volvió a abrazarme.
―No,
estoy agotado y tú también. Tu primera vez tiene que ser perfecta.
No me
apetecía la idea de volver a dormir apoyada en una bayoneta, pero mi marido se
tendió en la cama y me atrajo hacia su pecho. Se sentía tibio y dulce estar así
acurrucada junto a él.
― ¿Y la
espada? ¿No es pecado dormir así tan juntos?
―Pecado―
respondió con voz soñolienta ―.Es dormir lejos de ti.
―
Ahora, si estoy segura que eres familia nuestra ― Dijo mi tía con cierto
sarcasmo al día siguiente cuando le conté toda la verdad ― Estamos de formar un
circo. Entiendo que te lo guardaras anoche. Es de no creerlo.
Estábamos
tomando desayuno en el segundo comedor, mientras Davide se duchaba en el piso
arriba de nosotros. Todavía los sucesos del día anterior me parecían imposibles
de creer y contarle a mi tía y revivirlos no los hacía más reales.
Comencé
a esparcir confitura sobre mi tercer croissant. Como siempre, los nervios me
abrían el apetito.
― ¿Que
haréis ahora?― preguntó mi tía ―. Por lo
que me contaste, serás tu la que decida el rumbo de ambos. Otro prodigio en
este cuento, Davide ha puesto su vida en tus manos.
Bajé
los ojos avergonzada.
― ¿No
será una responsabilidad muy grande?
― Tú
sabrás.
Le subí
el café a mi marido y le encontré peinando su cabello mojado ante el espejo de
mi cómoda. Era la imagen de la limpieza corporal, pero su ropa estaba arrugada
y la camisa exhibía manchitas de sangre y jugo de naranja.
― Si no
te molesta, iré a la casa de Viktor― me dijo.
Al
parecer, si se tomaba en serio el cuento de que yo ahora daba las órdenes.
―Siempre
tengo una muda de ropa allá. Si está él podemos hacer las paces tal como lo
deseas—agregó.
Rodeé
su cintura con mis brazos, apoyando mi mejilla sobre su pulmón derecho. No
podía imaginarme sensación mas celestial estar así pegadita a él. Ese placer sólo
era superado por el de despertar en sus brazos, sin espadas ni dudas entre
ambos.
― ¿Y
después que regreses de donde Viktor?
― Ya te
lo dije. Eres tú quien decide.
― Pues
si no te viene mal, me gustaría que volviésemos a Trieste y que también
hicieses las paces con Senyor Jajam.
Sus
músculos se endurecieron bajo mis manos.
― Es
que no bastará hacer las paces. Tendré que pedirle perdón. Me he portado infame
con él― su voz sonaba insegura.
―
¿Tanto te cuesta? Anda, si me pediste perdón a mí y eso era ya difícil—dije
modosa.
Su
cuerpo se relajó y sentí que ahogaba la risa.
― ¿Te
pedí perdón yo? No recuerdo.
― ¿Te
parece poco todo lo que dijiste anoche?
No
respondió y termine por darle una palmada en la espalda.
― ¿Ya
te olvidaste?
Se echo
a reír.
―
Sostengo lo dicho. Sólo que no recordaba esa parte de pedirte perdón.
Intenté
imponer seriedad a mi voz.
―
Davide, hay algo más que quiero consultarle a Senyor Jajam. No puedo con
tanta responsabilidad. Estos nuevos poderes y tú. A lo mejor no hago bien en aceptar tanta
docilidad de tu parte. Quizá yo debería también ser flexible en algunas cosas.
Se
volvió y me asió el rostro, escudriñando en mis ojos.
― ¿Qué
se te está ocurriendo? Ni lo intentes. He visto a muchos matrimonios fracasar
por falsas conversiones.
― ¡Qué
yo no me voy a convertir en nada!—dije escandalizada ―. Nada más digo que hay
cosas que tú haces que son tú y al quitártelas dejarías de ser quien eres, la
persona a la que quiero. No sé si me entiendes.
― ¿Y tú
estarías dispuesta a hacer esas cosas conmigo?
― Pues
sí. No me son ofensivas y son cosas que hacía gente en la que yo creo.
Andaba
yo muy enredada, pero mi marido me entendió. A veces le amaba por eso, Lectora,
porque me entendía cuando yo no sabía explicarme.
Me
abrazó muy fuerte.
― ¿Cómo
puede un pedacito de mujer como tú hacerme tan feliz? ― tras la pregunta retórica
vino una lluvia de besos que me impidieron preguntarle como un pedazo de bestia
como él podía hacerme tan feliz.




Uf, es muy tierno... cómo me gustan este tipo de historias, en las que los amantes andan salvándose la vida uno al otro todo el tiempo. Oia, que de repente me acordé de unos... de unos cuantos, bah.
ResponderEliminarEn algunas tradiciones la saliva de vampiro tiene la misma propiedad que la de Violante con Davide...
Si, porque aburre un poco que sea siempre el héroe el que salva a la heroina. Uff lo de saliva me vino de que aqui creen que la saliva de perros tiene un poder sanador. En mi primera novela, era un poco peor el poder curativo estaba en la leche maena de la prota.
ResponderEliminarYo no me animaría a dejar que un perrito me lama una herida. Ahora, un vampiro... depende cuál, jaja! Si tiene los ojos de ya - te - imaginas - quién, probablemente me encontraran seca, joooo...
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