Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

lunes, 8 de julio de 2013

27. Violante :El Ángel de la Muerte


Nunca supe cuanto rato pasó, cuánto tiempo tuve a Davide entre mis brazos antes de oír, en el saloncito contiguo, el sonido de unos tacones presurosos y nerviosos. No podía ser Josephine quien siempre usaba zapatos planos. En el umbral, bajo otra insoportable pamela, apareció Delarah Brand.

(etsy.com)

― ¿Pero qué has hecho?― grito ―. No os puedo dejar solos. Primero, le partes la cabeza. Ahora, le envenenas. A la próxima, lo capas.
El cuerpo de mi marido se sacudió de risa. A mi no me parecía nada graciosa esa acusación infundada.
―No le hice nada. El muy bruto que se echó un ungüento...
Davide se incorporó, cogió el limón de mi mano y comenzó a morderlo. Al parecer, los cítricos le proporcionaban un alivio momentáneo.
―Delarah Hanoum, creo que voy a necesitar de tu apoyo― dijo mi marido.
Ni corta ni perezosa, la muy golfa corrió a su lado y le enlazó la cintura, pasando un brazo de mi marido alrededor de su cuello, acto que precipitó la fatal pamela al suelo.
Davide, con paso inseguro, salió de la habitación apoyado en su muleta turca. A mi no me dijeron nada de que les siguiese, pero lo hice, cargando la americana de mi esposo en una mano y los limones en la otra.
Antes de bajar la escalera que llevaba a la calle, Delarah le dijo algo a Davide en un idioma que asumí era turco.
― ¿Qué dices?― pregunté sospechosa.
Se volvió como sorprendida de que yo todavía fuese parte del paisaje. Aun así me respondió.
―Le dije que por aquí es más fácil bajar a la calle y llegar al coche sin tener que pasar por el comedor. Que en Sachers nos espera un camarero amigo que le entrará discretamente por la puerta de servicio. Que nadie debe verle porque le creerán borracho. Él que ni prueba el alcohol.
Había indignación en sus ojos, pero no contra mí, sino contra quien osase pensar mal del hombre que amaba. Me conmovió notar que a pesar de su profesión de egocentrismo, el bienestar de Davide y su reputación le importaban mucho.
Al final, sí necesitó Delarah de mi ayuda para bajar a Davide quien, a la mitad de la escalera, casi se le cae. Tuve que frotarle el limón en la boca nuevamente, pero aún así fue difícil llevarle al descapotable de Delarah. Estaba oscureciendo, por suerte nadie nos vio.
El viaje fue de pesadilla. Yo iba en el asiento de atrás con mi marido en los brazos. Un par de veces, Davide perdió el conocimiento. En silencio, Delarah, condujo veloz como una flecha en dirección al Hotel Sachers.
Cuando llegamos, Davide tenía un aspecto casi de cadáver, los labios azulados y una palidez que llamaba a mortaja. El mismo camarero insinuó la posibilidad de ir por un médico, pero una mirada furibunda de Delarah lo hizo encogerse de hombros y ayudar a sacar a Davide del auto y llevarlo en elevador hasta la suite de Frau Brand.

Suite de Sachers (exeterinternational.com)

La suite era lujosísima, mucho más que la del hotel de Lisboa. Nos recibieron dos pekineses y la gata siamesa que yo conociera ya en Málaga. Los tres corrieron a ocultarse bajo los sillones del saloncito, como suelen hacerlo los animales cuando olfatean la muerte en el aire.
Acostamos a mi marido en la cama de Delarah. Qué ironía para ella quien tanto rogase por verle en su lecho, tenerle ahora, pero moribundo.
De ahí vendrían dos de las horas más negras de mi vida. Lectora, te lo digo yo que conozco de horas negras más que de las otras.
Siguiendo sus instrucciones, le dimos a Davide de beber zumo de naranja con la esperanza de que la vitamina C actuase sobre el tóxico. Luego le administramos bicarbonato de soda, incluso cubrimos su brazo con dentífrico que contenía este ingrediente. Todo parecía funcionar inicialmente, para que luego el dolor horrible retornase. Incluso, intentamos aplicarle un torniquete, pero tampoco dio resultado.
Ya su brazo colgaba como muerto y estaba negro desde los dedos hasta el hombro, señal de que la plata subía por su torrente sanguíneo. Davide comenzó a delirar y a hablar en hebreo. Quizás rezaba. Según Delarah, estaba recitando su vidui, su última confesión de pecados.
―Eso lo tendrá ocupado un rato porque ha de ser larga su lista― dijo Frau Brand con ácido humor.
¿Cómo podía pitorrearse y estar tan tranquila cuando el hombre que amábamos se nos iba ante nuestros ojos?
―Me doy por vencida ― dijo, abriendo el armario del que sacó un vestido de noche y zapatos.
― ¿Qué haces?― le pregunté.
― Vestirme para ir a cenar ―fue su flemática respuesta ― ¿No pretenderás que coma aquí con él en ese estado?
 Contoneando las caderas, Delarah se marchó al baño del cual emergió unos minutos más tarde ataviada en un ajustado vestido de seda negra y encaramada en altas sandalias. Se dirigió a su tocador y ante mi mirada estupefacta comenzó a peinarse. Finalmente, en el reflejo del espejo vio mi expresión de censura. Se volteo hacia mí con el cepillo en la mano.


―Discúlpame, tú también debes tener hambre. ¿Deseas que te suban la cena? O quizás prefieras bajar conmigo― la miré indignada― Entiendo, te da vergüenza bajar con ese vestido roto. Puedo prestarte algo.
― ¿No te das cuenta que no puedo pensar en comer si Davide se está muriendo?― respondí con furia contenida.
―Eso, se está muriendo. ¿Y quieres matarte de hambre para irte con él?― volteó y siguió acicalándose ―No hay antídoto para el envenenamiento con plata y menos para un licántropo. ¿Quién lo hubiera creído, que moriría de esa manera?
Su voz se quebró y vi que hacía un gran esfuerzo por no llorar. Entonces me di cuenta que era de esas personas que le temen tanto al dolor que fingen no sentirlo. Cundo la vi levantarse e ir hacia la puerta, supe que quería huir para no estallar en llanto ante testigos.
Yo no era así. No me daba vergüenza llorar, desesperarme y abrazarme a Davide quien seguía delirando aunque muy débilmente. Hablaba en los cien idiomas que dominaba y repetía mi nombre mil veces en medio de palabras extrañas que expelía como un ser poseído por los demonios.
De pronto, vi un resplandor en la ventana como si alguien proyectase la luz de una linterna hacia el interior de la suite. Me acerqué a mirar y retrocedí aterrorizada. Un hombre apoyaba su nariz contra el cristal.
 No era un ladrón, no era de este mundo. Era alguien terrible con un cuerpo rodeado de llamas y cubierto de ojos parpadeantes como tatuajes movibles. Alzó la mano y vi que enarbolaba una espada más larga que la de Davide y hecha enteramente de fuego. Era el Ángel de la Muerte.
― ¡Noo! ― grité y corrí hacia la cama cubriendo a Davide con mi cuerpo―. ¡Vete! ¡Vete! Yo, Violante, que comando a los ángeles del tiempo te lo ordeno. Aléjate, no es hora todavía y no puedes tocarle. Es el hijo del Rey de los Shedim.
Todos mis argumentos eran irrisorios, pero ante mi sorpresa, el Ángel se retiró. A saber por cuánto tiempo.
Mi marido abrió los ojos. Vi en ellos un gran terror. El terror de quien ve la muerte cerca. Bruscamente, me hizo a un lado. De un salto se incorporó y corrió al baño. Le seguí y le encontré arrodillado sobre el retrete vomitando. Cuando me acerqué, para sostenerle la frente, vi que vomitaba sangre.
Tuve que luchar contra mi histeria que era una mezcla de emociones: terror, asco, dolor. Cogí una toalla y mojándola comencé a limpiarle la boca. Le sostuve contra mi pecho y como pude le arrastre de regreso a la alcoba.
No iba a dejar que muriese en el baño, pero cuando ya tenía la mitad de su cuerpo fuera del umbral las fuerzas me abandonaron y quedé ahí de rodillas sobre la alfombra de la suite, con el cuerpo casi sin vida de mi marido entre mis brazos. Lloré, llena de vergüenza ante mi debilidad, ante mi ignorancia, ante mi frustración. Ahora sabía lo que la Virgen sintiera al pie de la Cruz.
―Madre Mía― supliqué ―si en algo te ofendí castígame a mí, pero no a él. Y si es Davide tu ofensor castígame también a mí, que él no sabe lo que hace. Mira mi dolor, Señora Todopoderosa.
Agotada, comencé a decir Aves Marías sin ton ni son, sin llevar cuentas, sin detenerme en ningún misterio, porque toda yo era un misterio doloroso.  Así nos encontró Delarah cuando retornó de su cena.
― ¿Está muerto?― preguntó asustada.
―No, pero vomitó sangre hace un rato y el Ángel de la Muerte anduvo merodeando.
Agachándose, Delarah me ayudó a arrastrarlo hasta la cama.
―Si al menos le hubiese mordido una víbora― dijo enojada― Entonces sería solo cuestión de abrirle la herida y extraer el veneno.
La miré con ojos que no veían, y dejando a mi esposo en la alfombra, corrí al saloncito donde olvidara su americana. La voz de Delarah me siguió.
― ¿Dónde vas? ¿No esperarás que le alce yo sola? Pesa lo suyo, ¿sabes?
Desde su escondite, las mascotas me observaron revisar el interior de la americana. Escogí el cuchillo más pequeño, el que parecía un escalpelo. Con él, retorné a la alcoba.
― ¿No querías tenerle encima tuyo?― Le pregunté irónica a Delarah ― Ahí no te pesaría tanto.
De no ser que sus manos estaban ocupadas con Davide, la turca me sacaba los ojos, pero se aguantó y sólo observó desconfiada el arma en mi mano.
― ¿Para qué eso? No seas tonta que ya es demasiado tarde. El veneno está en todo su cuerpo. Debe tener una hemorragia interna.
Sin escucharla, me arrodillé ante el brazo negro y lacio de mi marido e hinqué el escalpelo en la piel quemada.
―Ten cuidado. Vas y le abres una arteria y se desangra. Así terminas de matarle― refunfuñó Delarah.
―Preferible eso antes que quedarme con las manos cruzadas.
De la herida comenzó a salir pus amarillento. Traté de limpiarlo, pero era mucho. Impaciente, oprimí mis labios contra la carne y sentí un sabor nauseabundo en la boca, pero seguí chupando.
Delarah corrió al baño y volvió con un jofaina que puso delante mí. Escupí en ella el pus y volví a succionar la herida. Chupé y chupé imaginando que con cada sorbo de pus y sangre sacaba la toxina del sistema de mi marido.
A ratos, escupía la sangre en la jofaina que Delarah, con infinita paciencia, sostenía para ese propósito. A ratos, Lectora, me olvidaba de expulsarla y me la tragaba sin asquearme. Esto, duró un par de minutos. Cinco, ocho, no saqué la cuenta. Sólo me detuvo la voz de Delarah
―Mira― y vi que pálido rostro de mi Davide comenzaba a tomar color y que su respiración se tornaba normal.
Noté con alegría que su brazo estaba tibio. Llena de una absurda felicidad, cubrí el brazo de besos y lamí la herida que ahora parecía un corte insignificante y ni siquiera sangraba.
―Has detenido su hemorragia― dijo Delarah y su voz sonó extraña, como entre asustada y admirada. ― ¡Bendito sea Allah!
― ¡Bendito sea Allah!― repetí.
El resultado de mi acto nos dio fuerzas para que entre ambas lo subiéramos a la cama. Todo en Davide parecía normal. En un momento, hasta abrió los ojos y pidió agua. Fue Delarah quien le dio de beber. Yo me mantenía a distancia, como de pequeña cuando me llevaban a la iglesia a ver el pesebre vivo y no me atrevía a mirar al Niño Jesús que manoteaba en la cuna.
Finalmente, me fui al baño a lavar el escalpelo que repuse junto a sus hermanos cuchillos en la americana.
Delarah estaba ahora sentada en la cama con las manos de Davide entre las suyas. No me sentí celosa. En ese momento no sentía nada. Al verme, soltó presurosa las manos de mi marido y puso cara de avergonzada.
―Se ha quedado dormido― dijo.
―Entonces que descanse ― Yo misma nada más quería una cama y dormir tres días ―.Me voy a casa.
― ¿De noche? Espera, que te llevo.
― Quédate con él. Me basta con que me prestes un poco de dinero para un taxi.
Sacó un monedero de su bolso y lo metió en el bolsillo de su tapado que me puso sobre los hombros.
― Llévatelo. Hace frío afuera.
Me lo puse recordando que mi vestido no estaba en un estado de ser visto por camareros.
― ¿Te das cuenta de lo que ha pasado aquí?― me preguntó severa ―Le has salvado la vida.
Trate de reírme pero mi risa sonó a falsa.
 ―Primero decías que quería cargármelo y ahora...―
―No me estoy retractando― su expresión adusta se suavizó un poco ―.En dos ocasiones casi le has matado. Eres más fuerte que él.
No supe que decir.
―He visto a Davide pelear a cuchillo desenvainado con una sola mano y vencer a su adversario. Le he visto golpear a dos hombres él solo, hasta casi matarles. Le he visto― dijo Delarah en voz baja como si hablase de un misterio sagrado ―Y a ti te ha dejado atacarle dos veces. Contigo él se vuelve débil porque sabe.
― ¿Sabe qué?―casi grité.
―Él sabe que en ti está el poder de destruirlo y el de salvarlo.
―Por favor, no le repitas esa sarta de sandeces cuando despierte―dije con voz cansada.
―Por supuesto que lo haré― se irguió altanera― Es un pecado presenciar un milagro y no revelarlo.
Eso decía el Padre Matías, pero yo no me sentía testigo de milagros. Me fui sin despedirme de Davide. Me sentía como en el Pazo, antes de mi huida. No quería verle.

Tía Dass me esperaba en su piso con cien preguntas y una cara preocupadísima
― ¿Dónde has estado? ¿Qué pasó aquí? Llego y me encuentro todo dado vuelta y Josephine me dijo que Davide vino al Jause. ¿Dónde esta?
Sacudí la cabeza.
― ¿Podemos hablar mañana?
Como estaban las cosas, era un pedido absurdo, pero mi tía no llegó a decirlo porque algo en mí la hizo lanzar un grito.
― ¡Estás manchada de sangre!
Bajé los ojos y vi que el cuello de piqué antes albo ahora estaba cubierto de manchas rojizas.
―Es la sangre de Davide― sus ojos se alarmaron ―. Pero no temas. Está bien.
Señalé a la mesa donde reposase una vez el samovar.
 ―Se quemó con el té y se aplicó una pomada que contenía nitrato de plata.
Dio Senyor del Mundo. ¿Está muerto?― Se cubrió la boca con las manos, apenas hecha esta pregunta.
―No, le administramos un antídoto.
 Mi tía no entendía nada de química ni de venenos así es que se tragó la trola.
―Tienes un aspecto calamitoso. Debe haber sido una experiencia horrible. ¿Donde está él ahora?
―En Sachers.
Recé para que terminasen ahí las explicaciones.
― ¿Se hospeda ahí? Porque se olvidó un par de cosillas aquí.
Dass fue a su cuarto y regresó con la corbata y el cuchillo de Davide.
―Usé la corbata para hacerle un torniquete y el cuchillo para partir los limones. ― dije cansada ―. La vitamina C es un antídoto para la intoxicación con plata.
―Mira tú. Lo que una aprende por ahí― puso cara de escéptica ―.Josephine me dijo que habías pedido limones. Te confieso que cuando encontré esto, se me pasaron por la cabeza toda clase de imagines libidinosas de actos innombrables que involucraran limones, cuchillos y corbatas.
Le lancé una mirada furiosa y me devolvió una de falsa vergüenza.
―Discúlpame. Tengo una mente muy sucia. Anda, vete a acostar que te ves fatal.
También me sentía fatal. Tomé de sus manos el cuchillo y la corbata y arrastré los pies hasta mi alcoba.
Sólo cuando pude cerrar la puerta tras de mí, ahí sumida en la oscuridad, di rienda suelta a lágrimas contenidas por horas que ahora nacían de un cansancio que jamás sintiera antes. Me quité el tapado y lo dejé en una silla con las pertenencias de Davide.
Cuando me dispuse a desabotonarme el vestido, noté que estaba abierto hasta la cintura. Me ardió la cara al pensar que por horas anduve por ahí medio encuerada. Para ser exactos desde que Davide abriera el vestido para acariciarme en una tarde que parecía pertenecer a otro siglo. Estiré un brazo hacia el interruptor. Ahora necesitaba de la luz.
―No la enciendas―desde las sombras la voz me indicó la presencia de alguien en la cama. Era Davide.
― ¿Qué haces aquí?― Por un momento temí que viniera a atacarme nuevamente.
―Vine a buscar mi cuchillo y mi corbata.
 No podía verlo, pero su voz calmada me hizo visualizar esa sonrisa un poco irónica.
― ¿Por dónde entraste?― todavía seguía yo pegada a la puerta.
― Por la ventana, tal como salí de la suite de Sachers. Es una lástima que no posea el don de Viktor de hacerme invisible.
El recuerdo de Viktor y nuestra fuga, me llenó de pánico y di vuelta la manija de la puerta dispuesta a huir.
― ¡No! ― gritó mi marido y era una suplica, no una orden ―Por favor no te vayas. Vine a darte las gracias.
Solté la manija.
―Por favor― su voz seguía suplicante, un tono inaudito en él ―.No me tengas miedo. Me mataría antes que hacerte daño.
Era tan sincera su voz que me atreví a dar unos pasos hacia la cama.
―Ven― me llamó de entre las sombras.
A tientas, le busqué, pero me tropecé y casi me voy de bruces. El me sujeto con firmeza sin hacerme daño y me hizo sentarme a su lado. Puso algo entre mis manos. Era un libro. No necesitaba luz para saber que acababa de regresarme “La Puerta de las Tempestades”.
―Quiero decirte que ya no me importan los libros de María Hebrea, ni tus poderes ni ser más sabio que todo el mundo. Me basta con tenerte. Nada más te quiero a ti― me dijo.
Pensé que deliraba nuevamente.
―Créeme, por favor― me rogó oprimiendo sus labios contra mi hombro ―No soporto vivir sin ti, y para eso estoy dispuesto a seguirte donde tu vayas, hacer lo que tú hagas, creer en lo que tú creas.
Le cubrí los labios con la mano antes de que dijese una blasfemia.
―Estás cansado. Mañana pensarás diferente.
Se desembarazó de mi mano y tras besarla, repitió las palabras que acababa de decir.
― ¿No te das cuenta de lo que pasó esta noche? Me salvaste la vida. En ti están mi salud y mi salvación.
―Davide, lo que pasó fue quizás cosa de una vez― insistí ― Tu fin no se acercaba y Nuestro Señor me usó como instrumento.
―Creíais que no os oía. Estaba en otro mundo, pero lo oí todo. Te oí cuando expulsaste al Ángel de la Muerte. Tú fuiste hecha para mí. Todo lo que me faltó, lo que carecí de niño está en ti. Me equivoqué. Mi felicidad no está en los Libros de María Hebrea sino en ti.
Quería cubrirme los oídos y gritar. Toda mujer sueña con que el hombre amado le profese su amor. Pero ésta parecía la declaración de un condenado majarete.
―Te lo voy a demostrar―dijo súbitamente ―.Prende la luz.
Corrí hacia la puerta y casi la abro y salgo así medio desnuda a la calle, pero la razón se impuso. Alguien tenía que conservar la sensatez.
La luz me lo mostró con ojos cansados y un poquitín paliducho. Pero nada comparado al horror que fuera hacía unas horas. Estaba sin su americana y la camisa de seda tenía las mangas arremangadas. El brazo, que una vez estuvo negro e hinchado, ahora tenía el mismo color de su rostro y no había marcas en el ni de la quemadura ni del corte que le practicara yo temprano.
Se puso de pie, cogió el cuchillo que yo dejara en la silla y tanteó con el su brazo izquierdo como si buscara un espacio adecuado.
―Éste no― dijo pasando al derecho ―probemos aquí.
Antes de yo poder detenerlo, y ante mis horrorizados ojos, se hizo un corte horizontal en el antebrazo de unos tres centímetros. Vi su sangre fluir.
― ¿Te vas a quedar ahí parada?― preguntó con gran serenidad ―.Me he abierto una arteria. Puedo desangrarme.
Ya la razón y lógica no gobernaban mi mente, me aferré a su brazo y lo chupé como si fuese una sanguijuela. Lamí la herida como un perro aguantándome el asco que me producía el líquido viscoso que manchaba mis labios y entraba en mi boca.
―Vete al baño y enáguate la boca― me ordenó.
 Lo obedecí sin mirarle. En el baño puse la boca bajo el caño y dejé que el agua enjuagase hasta el último resto de sangre de mis labios. Sólo ahí regresé. Davide estaba sentado en la cama y con una calma chicha se estaba examinando el brazo.
―Mira ― me lo enseñó triunfante. No sólo la hemorragia se detuvo, no quedaba marca de la incisión.
―Poseo un don que heredé de alguien ―me dijo, y yo ya sabía yo que eso de "heredar” era un eufemismo ― .Un don que me permite detener una hemorragia, pero nunca tan rápidamente como tú y no hay explicación para la desaparición de la cicatriz o el dolor. Es como si tu saliva tuviese un anestésico muy poderoso. Lo sospeché ya en el camino a Portugal. ¿Recuerdas? Cuando me sacaste la espina.
Me dejé caer en la cama llorando. Ya mis nervios no soportaban más.
Su mano me acarició el cabello y apartándolo me levantó el rostro por la barbilla.
―No llores― me rogó ―.No me hagas sentir remordimiento en el día más feliz de mi vida. Ahora sé que eres mi mazal. Que lo tenía yo atajeado. Que es lo que leí en tu carita cuando te conocí.
Me besó la frente y luego los ojos muy despacio. Odiaba destruir sus esperanzas, pero todavía tenía una duda.
― ¿Y si este don fuese para todo el mundo, no sólo para curarte a ti?
Me miró con sonrisa indulgente.
 ― ¿Estarías dispuesta a probarlo?
Asentí con fervor. Necesitaba comprender.
Volvió a tomar el cuchillo.
―Esto te va a doler un poquito― dijo y besándome el dedo índice, dio un leve pinchazo en la yema con la punta del afilada arma.
Fue un dolor pequeño, pero agudo, una gota de sangre cubrió mi carne. Rápidamente me lo metí en la boca y lo chupé. Cuando lo retiré de mis labios todavía vi restos de sangre y me escocía mucho. Trate de lamerlo pero mi esposo me detuvo.
― ¿Ves? Te apuesto que te duele. En cambio a mí…
― ¿Nada?― pregunté escéptica.
Nadika de nada.
Me levantó de la cama y me llevó al baño donde enjuagó el dedo y luego le aplicó un poco de alcohol del botiquín.
― ¿No más dudas?― me preguntó. Asentí. Ya no podía luchar más ante las evidencias.
Volvimos al cuarto tomados de la mano y Davide apagó la luz.
― ¿Vamos a...?― susurré cuando volvió a abrazarme.
―No, estoy agotado y tú también. Tu primera vez tiene que ser perfecta.
No me apetecía la idea de volver a dormir apoyada en una bayoneta, pero mi marido se tendió en la cama y me atrajo hacia su pecho. Se sentía tibio y dulce estar así acurrucada junto a él.
― ¿Y la espada? ¿No es pecado dormir así tan juntos?
―Pecado― respondió con voz soñolienta ―.Es dormir lejos de ti.

― Ahora, si estoy segura que eres familia nuestra ― Dijo mi tía con cierto sarcasmo al día siguiente cuando le conté toda la verdad ― Estamos de formar un circo. Entiendo que te lo guardaras anoche. Es de no creerlo.
Estábamos tomando desayuno en el segundo comedor, mientras Davide se duchaba en el piso arriba de nosotros. Todavía los sucesos del día anterior me parecían imposibles de creer y contarle a mi tía y revivirlos no los hacía más reales.
Comencé a esparcir confitura sobre mi tercer croissant. Como siempre, los nervios me abrían el apetito.
― ¿Que haréis ahora?― preguntó mi tía ―.  Por lo que me contaste, serás tu la que decida el rumbo de ambos. Otro prodigio en este cuento, Davide ha puesto su vida en tus manos.
Bajé los ojos avergonzada.
― ¿No será una responsabilidad muy grande?
― Tú sabrás.

Le subí el café a mi marido y le encontré peinando su cabello mojado ante el espejo de mi cómoda. Era la imagen de la limpieza corporal, pero su ropa estaba arrugada y la camisa exhibía manchitas de sangre y jugo de naranja.
― Si no te molesta, iré a la casa de Viktor― me dijo.
Al parecer, si se tomaba en serio el cuento de que yo ahora daba las órdenes.
―Siempre tengo una muda de ropa allá. Si está él podemos hacer las paces tal como lo deseas—agregó.
Rodeé su cintura con mis brazos, apoyando mi mejilla sobre su pulmón derecho. No podía imaginarme sensación mas celestial estar así pegadita a él. Ese placer sólo era superado por el de despertar en sus brazos, sin espadas ni dudas entre ambos.
― ¿Y después que regreses de donde Viktor?
― Ya te lo dije. Eres tú quien decide.
― Pues si no te viene mal, me gustaría que volviésemos a Trieste y que también hicieses las paces con Senyor Jajam.
Sus músculos se endurecieron bajo mis manos.
― Es que no bastará hacer las paces. Tendré que pedirle perdón. Me he portado infame con él― su voz sonaba insegura.
― ¿Tanto te cuesta? Anda, si me pediste perdón a mí y eso era ya difícil—dije modosa.
Su cuerpo se relajó y sentí que ahogaba la risa.
― ¿Te pedí perdón yo? No recuerdo.
― ¿Te parece poco todo lo que dijiste anoche?
No respondió y termine por darle una palmada en la espalda.
― ¿Ya te olvidaste?
Se echo a reír.
― Sostengo lo dicho. Sólo que no recordaba esa parte de pedirte perdón.
Intenté imponer seriedad a mi voz.
― Davide, hay algo más que quiero consultarle a Senyor Jajam.  No puedo con tanta responsabilidad. Estos nuevos poderes y tú.  A lo mejor no hago bien en aceptar tanta docilidad de tu parte. Quizá yo debería también ser flexible en algunas cosas.
Se volvió y me asió el rostro, escudriñando en mis ojos.
― ¿Qué se te está ocurriendo? Ni lo intentes. He visto a muchos matrimonios fracasar por falsas conversiones.
― ¡Qué yo no me voy a convertir en nada!—dije escandalizada ―. Nada más digo que hay cosas que tú haces que son tú y al quitártelas dejarías de ser quien eres, la persona a la que quiero. No sé si me entiendes.
― ¿Y tú estarías dispuesta a hacer esas cosas conmigo?
― Pues sí. No me son ofensivas y son cosas que hacía gente en la que yo creo. 
Andaba yo muy enredada, pero mi marido me entendió. A veces le amaba por eso, Lectora, porque me entendía cuando yo no sabía explicarme.
Me abrazó muy fuerte.

― ¿Cómo puede un pedacito de mujer como tú hacerme tan feliz? ― tras la pregunta retórica vino una lluvia de besos que me impidieron preguntarle como un pedazo de bestia como él podía hacerme tan feliz.

3 comentarios:

  1. Uf, es muy tierno... cómo me gustan este tipo de historias, en las que los amantes andan salvándose la vida uno al otro todo el tiempo. Oia, que de repente me acordé de unos... de unos cuantos, bah.
    En algunas tradiciones la saliva de vampiro tiene la misma propiedad que la de Violante con Davide...

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  2. Si, porque aburre un poco que sea siempre el héroe el que salva a la heroina. Uff lo de saliva me vino de que aqui creen que la saliva de perros tiene un poder sanador. En mi primera novela, era un poco peor el poder curativo estaba en la leche maena de la prota.

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    1. Yo no me animaría a dejar que un perrito me lama una herida. Ahora, un vampiro... depende cuál, jaja! Si tiene los ojos de ya - te - imaginas - quién, probablemente me encontraran seca, joooo...

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