Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

viernes, 10 de agosto de 2012

19. Viktor: Telepatía en Carinhall

Carinhall (forosegundaguerra.com)



Carinhall, mayo1934
Se nos hizo tarde revisando diseños, discutiendo planes de decoración, dando consejos de qué cuadros y esculturas debían o no decorar ciertos cuartos. Ya había oscurecido cuando finalmente la infatigable Greta Grundtmann, secretaria de Göring,  nos permitió un respiro al Dr. Binder, al Barón van Egmont, mi suegro, y a mí.
Sobre la mesa, todavía quedaban hojas de papel que la eficiente Fraulein Grundtmann no había ingresado en sus innumerables archiveros, pero nuestro Amo nos  convocaba a cenar. A Der Dicke no le gusta cenar tarde y odia esperar. Ya su estómago rugía.
Aunque Karin Hall aún no estaba terminada, a Goring le complacía venir a ver como estaba quedando su nueva casa en el Shorfheide y nos trasladaba, al igual que su trabajo diario, hasta ahí. Todavía no había comodidades en la mansión, e incluso nuestra cena la tuvimos en medio de vigas descubiertas, paredes sin pintar, y estatuas amortajadas en sábanas.
La cena que Der Dicke había mandado traer desde Horcher's en Berlín, estuvo deliciosa. Tras haber tragado tres platos, Goring se volvió generoso y me invitó a pasar la noche.
―Aprovecha que todavía Himmler no ha instalado micrófonos― dijo entre risotadas ―después será imposible roncar aquí sin que la Gestapo se entere.
Me pregunté cómo se podía vivir así, sin privacidad, sabiendo que todos los que nos rodean sean posibles enemigos. Ese pensamiento me acompañó hasta la cama de campaña instalada en lo que pronto sería un cuarto de huéspedes. 
Estaba tan cansado que dejé aparte mis consideraciones sobre la falta de intimidad del Reich, o de los peligros de trabajar para alguien como Der Dicke. Pronto me encontré sumido en sueños desde donde mi hermano me llamaba con urgencia:
”Despierta Hermano Segundo. ¡Qué te tengo grandes noticias!”
Abrí los ojos, pero aún en la oscuridad supe que estaba solo. Me había vuelto a hundir en la almohada, cuando nuevamente la voz de Davide resonó en mi cabeza:
” ¡Qué te digo que despiertes! Urganda existe. Ya la he visto”.
El hallazgo de la mítica Urganda no me causó tanta maravilla como el comprender que por fin, y tras un año de arduo trabajo, Davide dominaba el arte de la telepatía. ¡Lo que se iba ahorrar en telegramas!
Van Egmont tenía razón. Ese era el don que Davide había extraído de Hanussen antes de que al clarividente lo liquidara la Gestapo. Pero mí suegro se había equivocado al predecir que mi hermano nunca podría ser telépata.
― Davide tiene la cabeza como un tambor, llena de ruidos. Para usar la telepatía debe existir un estado de serenidad espiritual.
 Y van Egmont sabía de eso. En dos ocasiones presencié cuando mi difunta esposa recibía mensajes mentales de su padre.
Sin embargo, ahí estaba Davide invadiendo mi mente y quitándome el sueño con sus monomanías.
― ¿No puedes esperar hasta mañana?― Me revolví en el estrecho catre.
“No, mañana estaré muy ocupado. ¡Pero hombre, qué mal hermano eres! Acabo de encontrar a la mujer de mi vida y no quieres atenderme”.
Me senté en la cama.
”― ¡Qué cínico eres! Todo lo que has encontrado es una mujer que te llevará a un gran tesoro”.
“Eso también. Aunque no estoy seguro. No sentí cerca de ella el aroma de la Puerta de María Hebrea”.
― ¿Es qué acaso tiene olor el bendito libro?
Davide chasqueó la lengua.
You never listen! Si me escucharas sabrías que María Hebrea en sus estudios alquímicos aprendió a fabricar perfumes. Ella dotó cada libro de un perfume especial que eran las siete fragancias que luego regaló a sus siete hijas.  La primera Puerta huele a almendras que es a lo que huelen los ángeles”.
― ¿Es por eso que el abuelo Azael huele a cianuro? Y yo que creí que era porque vivía comiendo mazapán”.
Podía imaginarme la mueca de impaciencia de mi hermano. Decidí darle una oportunidad para explayarse.
― ¿Entonces esta Urganda no hedía a almendras?
“¿Qué no hedía? Hombre, apestaba a puta barata. Si se echó encima el frasco del pachulí más hediondo que puedas imaginarte”. Davide se atragantaba de risa. “Y se mezclaba con el olor de su cuerpo. Porque ésa no tuvo tiempo de bañarse. O a lo mejor las españolas todavía le temen al agua. ¿Creerán que las van a tomar por cristianas nuevas?”
―Vaya, tu Urganda es una guarra y más encima puta. Enhorabuena.
“No seas tonto. Pobrecita. Si es una inocente. Si la vieras. Qué espectáculo. Creo que se vació el frasco encima porque no tiene costumbre de usar perfume. Es lo menos sofisticada que he visto. Nada de maschietta en ella. No me imagino que lengua de hombre haya entrado en su boca”.
―Pues cuidado que no le haya entrado una lengua de mujer. No me fío de esas chicas tan sanas. Acuérdate de lo que te he contado de las BDM.
“Comparar a Violante con tus putitas Nazis”. Así que Urganda tenía nombre. “¡Qué chistoso eres Hermano Segundo!”
Su voz escondía furia reprimida que dio paso a un chorro de sarcasmo.
“¿Y cómo que estás durmiendo solo y con Van Egmont bajo el mismo techo? Se iba a perder el viejo tamaña oportunidad”.
Si hubiese estado presente físicamente mi hermano no se hubiese librado de una pateadura de mi parte. Maldije la hora en que Su Majestad cometió la infidencia de contarle las debilidades de mi pobre suegro.
“Qué serio te pones, Hermano Segundo”. La risa tibia de Davide se acercó a mí como si estuviese sentado en mi cama. “Era una broma. No tengo nada en contra del Barón, sólo que le encuentro un poco tacaño con sus poderes. Su hija, por el contrario…”
Ahora no hubiese pateado a Davide. Lo hubiese matado como nuestro ancestro Caín hizo con su hermano. ¿Qué no había nada sagrado para él? ¿Qué no sabía que las palabras irreflexivas a veces paren imágenes dolorosas?
Veía ante mí el rostro emaciado de Claudia en su lecho de muerte, suplicando ver a su cuñado. Y Davide había venido y ella le había permitido aplicar la palma de su mano sobre su frente y así pudo concederle su don mas preciado. La capacidad de entender todas las lenguas del mundo.
Sin embargo, mi mujer, juiciosa hasta en su generosidad, se había reservado el don de la telepatía. Todo para que tres años más tarde, Davide lo consiguiera de un tan Eric Jan Hanussen, tan desahuciado como mi mujer. Sin embargo, Hanussen no le había dado el poder de la clarividencia. O quizás Davide no lo quiso. Despreciaba las artes que permitían ver el futuro.
―El futuro te lo labras tu y El Dio te lo permite― decía en su acostumbrada arrogancia.
Y labrarse el futuro para mi hermano era succionar poderes de todo él que los tuviese. Claro, si estos se lo permitían. Porque yo, jamás le daría los míos. Estaba harto de verlo chuparles los dones a otros.
Gitanos, rabinos moribundos, magos hartos de cargar con facultades que no les habían traído felicidad, todos gustosos dejaban que el Dr. Ascarelli les exprimiese como limones. Hasta un indio iroqués al que conocimos en el Valle del Hudson y que había otorgado a mi hermano un antiguo secreto nativo para detener mentalmente las hemorragias. Así Davide había salvado al hijo de la Principessa D’Asti.
―Eres un piojo chupasangre― dije en voz alta ―.No sé como Nuestro Señor te permite seguir absorbiendo tanto poder. No sé como el cuerpo te aguanta tanto engreimiento. Un día, vas a reventar hinchado de tantas ínfulas. Pero quizás Dios te detenga antes.
“Y termine haciendo lo que tu madre no pudo lograr: matarte”.
Mi buen tino no me permitió decir en voz alta estas últimas palabras. Yo sabia que toda palabra puede ser una plegaria y ascender al cielo para luego bajar como espada a destruir a quien vaya dirigida. Pero, esta noche, Davide podía leer mis pensamientos. Un largo silencio cayó como toalla mojada sobre nosotros. El silencio tenia el sonido de su angustia y de mis remordimientos.
“Su Majestad tiene razón, soy un bruto”, finalmente dijo. “Perdóname, Hermano Segundo. A veces yo mismo me doy asco y entiendo que hasta mi madre haya querido matarme”.
―Cuéntame de Urganda ― dije para aplacar mis remordimientos. Esto lo calmó. Comenzó a hablarme y de a poco su voz fue tomando ánimos. Así me enteré de que Violante era la nieta de Senyor Jajám.
― ¿Vas a decírselo a tu tío?
“¿Estás loco? Es muy posible que mi tío se ablande y quiera hacerse cargo de ella. Así nunca podría acercarme a Violante”.
― ¿Por qué no? ¿Por qué sois primos? No creo que sea impedimento. Siempre quiso que te casaras con Dass.
“El viejo no es tonto. Sabría enseguida lo que quiero de Violante. Y en su afán por protegerla, terminaría alejándola de mí. No, Hermano Segundo, debo aprovechar la urgencia del momento y hacer las cosas a mi manera”.
― ¿Y luego? Ni siquiera sabes si ha encontrado el libro. Y aunque lo hiciese. Tú no puedes leerlo. Solo ella puede interpretarlo.
“Pues lo hará para mi. Lo de la mujer es del marido y ella compartirá sus bienes conmigo”.
La fría lógica de Davide era sobrecogedora.
― ¿Y tú qué compartirás con ella?
―La protegeré. La chica no se ve de muchas luces. Me imagino que es de las que leen novelas y creen que el mundo está hecho de almíbar. Seamos realistas, Hermano Lobo, no soy peor que su otro primo. Las mujeres como Violante nunca pueden esperar ese amor de Hollywood de parte de sus maridos.
― ¿Es muy fea?
“Es… desabrida. Para el ojo normal puede parecer carente de atractivos. Pero ya me conoces, para mi no hay mujer fea. Pobrecilla, cree que por no ser guapa ni tener dote no vale nada. Si supiera, que para mi brilla como el oro. Como si la Jojma la hubiese vestido de su luz”.
Enamorado del saber, como lo estaba Davide, se volvía poético en su descripción de una mujer que encarnaba a la mítica Jojma, la Sabiduría Divina.
“Ya duérmete Hermano Segundo”, sentí que la voz se alejaba. “Si tus pecados te lo permiten”.
Mis pecados me lo permitieron, pero antes de caer en el estupor del sueño, me imaginé a   Davide todavía despierto. Mis palabras también habrían creado imágenes dolorosas que le desvelarían. Estaría así hasta el amanecer cuando entonaría sus oraciones matutinas con más rabia que de costumbre. Porque para mi hermano, rezar era siempre un interrogatorio a su Dio, lleno de exigencias y quejas por una vida que siempre le había sido pesada.

 Desperté temprano. No me hice ninguna ilusión de poder bañarme en esa casa aún no terminada. Por lo que me vestí y bajé al salón.
Der Dicke dormía y Greta Grundtmann estaba todavía ocupada en su tocado. Como todas las mujeres, se hacía esperar. Solo el Barón y yo nos encontrábamos ante la chimenea. Unos criados un poco confundidos, ya que todavía no se aguardaban vistas en Karinhall,  nos sirvieron el café en un servicio compuesto por piezas de loza que no hacían juego.
―Debo hablar con usted― le dije a mi suegro.
Van Egmont es ante todo un soldado. No gasta en palabras inútiles. Se paró tan erguido como un arco a punto de soltar una flecha y me hizo un gesto que le siguiera. Salimos a un hermoso paraje tibio de sol primaveral y nos encaminamos hacia la vieja caseta de piedra que guardaba antes los botes de la propiedad. Sólo ahí, y después de encender nuestras pipas, pudimos conversar en privado.
― ¡Habla!― me ordenó.
De la manera más breve y concisa posible, le informé lo que me había comunicado mi hermano. Su bigote se encogió de enfado.
―Tu hermano es un peligro ―dijo con voz sorda― Me ha costado lo que no sabes hacer que Göring se olvide él por un tiempo. Convencerle de que nosotros nos valemos solos para encontrar los libros de María Hebrea. Y ahora Ascarelli nos sale con esto. Se marcha a España coincidiendo con el viaje de Frau Brand y se pone a perseguir quimeras como si fuese Galahad en pos del Santo Grial.
― ¿Qué podemos hacer para detenerle?
―Hablarás con tu padre. Su Majestad sabrá como meterlo en cintura. Por suerte, para nosotros, los Nazis están ocupados con asuntos más graves. Ya esta cuestión de la SA no da para más. Me temo que podemos esperar una masacre.
―Pero es inaudito. Rohm y Hitler son viejos camaradas, hasta se tutean.
―Rohm, como tu hermano, es arrogante y se ha vuelto descuidado y cosechado enemigos. Su sentencia de muerte ya está firmada.
Recordé las palabras de Dass
 ― ¿No es eso bueno para nosotros? ¿Dejarles despedazarse entre ellos?
―No me gusta que mueran alemanes― Van Egmont era holandés, pero se tomaba muy en serio la ciudadanía alemana que llevaba desde su infancia ―. Desde que terminó la guerra sólo he visto baños de sangre inocente. Durante los años de Weimar, Freikorps y comunistas se disparaban en la calle. Muchos niños y ancianos recibieron balas perdidas. Tu propio padre adoptivo, Stefan von Karijani, fue fusilado por pertenecer a una sociedad esotérica. Nos guste o no, Hitler ha traído una semblanza de paz a Alemania.
―Pero sigue muriendo gente inocente― insistí.
―Ya te he dicho. Los Nazis pueden servirnos, pero para eso debemos socavar sus malos cimientos desde adentro. Conservar lo bueno, modelar el partido a nuestro gusto. Dejar tanta medida represiva de lado, dejar de molestar a los judíos, levantar la economía germana y volvernos respetables como lo consiguió El Duce en Italia.
Van Egmont seguía creyendo esa fábula. Yo ya no podía hacerlo. Fijé mis ojos en el lago envuelto en una neblina matinal que se estaba despejando para dar paso al sol.
―Increíble que haya algo tan bello en medio del infierno― comenté.
―Nos incumbe a nosotros el mantener estas cosas bellas. Por Mausi, porque ella es el futuro. Ya te lo he dicho Viktor, nosotros no importamos. Sólo tu hija debe preocuparnos.
Había tal dejo de tristeza en su voz, que me forzó a mirarle de reojo. Me pregunté por enésima vez si era cierto lo que decía Ashmedai que el Barón había permitido que su única hija se casara con un bueno para nada como yo, únicamente para tenerme siempre a su lado.
Era un pensamiento incomodo, no porque la homosexualidad de mi suegro me hiciese despreciarlo. Había demasiado en él que yo respetaba para permitir que un aspecto tan mínimo de su ser me afectase. Lo que me dolía era que yo nunca podría corresponder a su amor.

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