Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

miércoles, 27 de junio de 2012

4. La primera puerta




Regresé al Pazo y dormité un par de horas, pero los nervios me despertaron antes que llegará Catuxa a hacerlo. Fui a la biblioteca. Los libros en portugués estaban en una sección que nunca tocaba, así que no la conocía bien, pero las obras de Eça De Queiroz estaban a la vista, forradas en marroquí negro con letras doradas en el lomo.
Busqué el volumen donde estaba O Crime y lo hojeé con cuidado. Tenía varias de esas páginas blancas, sedosas y vacías que en las ediciones de lujo anteceden al texto. No alcancé a leer, porque Catuxa apareció en la biblioteca. Venía encolerizada a preguntar dónde estaba la cobija y por qué mis botas y abrigo estaban mojados. ¿Acaso yo paseaba de noche?
Al ver que mi silencio era mi respuesta, rezongó un poco más, para luego dejarme en paz. Últimamente, Catuxa y Padre aceptaban todas mis excentricidades sin hacer mucho alboroto.

A la noche siguiente, esperé a que todos durmieran. Volví a ponerme mi ropa más abrigada y, cargando el libro, subí esta vez hasta la Castañeira. A mi paso, la nieve dejaba de caer y la estrella gigante volvía a iluminar mi senda. Sólo así pude cruzar el bosque hasta el Castro.
Sorprendiome el no ver rastro de los lobos. Aunque como no había nada que cazar, no bajaban a menos que supiesen que les esperaba la ofrenda. Con la tormenta, el Castro era un cúmulo de piedras blancas.  Tenía yo mucho frío y no había lugar donde sentarme. Mejor terminábamos rápido el asunto.
Me detuve ante el muro y comencé a leer. El libro se sentía como un bloque de hielo, pero cuando lo abrí, la luz de la luna cayó directamente sobre sus páginas y me calentó los dedos como si fuese el sol de verano. Ante mi sorpresa, vi que las paginas sedosas, esa mañana vacías, ahora estaban llenas de caracteres escritos a mano en un alfabeto antiguo y que de ellos se desprendía un fuerte olor a almendra, como si estuviese hecho de mazapán.
“Yo Violante Gómez, alias la Pelícana,” leí “antes de abjurar del Dio de mis mayores y así convertirme en princesa, declaro que este es el primer capitulo de la obra de María, la Judía, quien se lo entregara a Rebeca, la mayor de sus hijas para ocultamiento de su saber por los siglos de los siglos. Así yo también le impongo el sortilegio que lo hará invisible a los ojos de todo lector, hasta que ella llegue, la Ultima”.
Mi corazón latía lleno de excitación. ¿Sería posible que esta fuese la primera Puerta de María Hebrea? Di vuelta la página y encontré otro texto escrito por diferente mano.
“Yo Miriam, llamada María la Judía, María Hebrea o María Profetiza, en esta mi séptima, y espero última reencarnación, dejo aquí escrito todo lo que sé, todo lo que he aprendido por gracia del Todopoderoso. Espero al fin poder regresar a mi Palacio de Siete Pilares a impartir justicia, verdad y caridad que son el principio de toda sabiduría. Desde allá he de verte, Hija Mía, aprender lo que yo supe y vivir y lo que viví y no viví en siete vidas. Comencemos aquí con este texto que has de llamar La Puerta de las Tempestades”.
En aquel momento, sentí un movimiento ante mí y supe que no estaba sola.
A un metro de distancia, aparecióseme una mujer, o mejor, dicho una chica, un poco mayor que yo, vestida de blanco y envuelta en un mantelo del mismo color. Era la mujer más bonita que viera en mi vida. Más guapa que mi madrina, la Duquesa de Málaga. Tenía que ser la Dama Do Castro, el espíritu guardián de tesoros.
― ¿Te gusta lo que lees?― me preguntó ―. Se pone mejor.
Reconocí su voz. Era la que me guiara hasta el libro.
― ¿Vas a darme un tesoro?― pregunté abruptamente y olvidando toda regla de cortesía. Se río con un sonido cristalino como el tintineo de las copas de cristal que Padre trajera de Bohemia.
― Ya lo tienes en tus manos. Es un gran tesoro. Haz de saber que el clima o tiempo, como le llamáis, El Todopoderoso lo ha dejado en manos de ángeles meteorológicos. Cada uno regula un aspecto de la ciencia del clima. En ese libro, encontrarás mis instrucciones para convocar a cada ángel, pero recuerda, convocar no implica que serás obedecida. Cada ángel te pedirá algo a cambio de lo que solicites.
― ¿Qué me pedirán? — pregunté, alarmada.
― Eso lo sabrás cuando ellos te lo digan.
 Me acarició la mejilla. Su caricia era tibia a pesar del frío.
― Ahora vete a casa y duerme, que mañana será un día atareado.
Azorada, cerré el libro y comencé a alejarme del Castro, volteando cada tres pasos para mirarla. Era tan mona que uno no quería despegar los ojos de ella. Finalmente, llegué al bosque y no volteé más. Fue ahí que sentí su voz tan gentil. Si la brisa pudiese hablar, sonaría como ella.
― Y gracias por la colcha.
Como autómata crucé la Castañeira, siguiendo la luz de esa inmensa lámpara celestial que me no me dejaba ni un instante. Sólo entonces cuando vi a A Virxe arropada con mi cbija comprendí que ella, la Dama Do Castro y María Hebrea eran una sola.

Esta vez, sí me quedé dormida y Catuxa tuvo que despertarme a sacudones.
― ¡Vaya con la remolona! ¿Otra vez salimos de noche, Doña Violante? ¿Y qué tanto tiene que hacer, Usía, allá arriba en el monte?
Nuevamente, no le di respuesta. No quería contar nada hasta no tener claro lo que debería hacer.
Ya vestida, me fui a la capilla, y a la tenue luz que entraba por el ventanuco cubierto con un vitral verde y vino que representaba a Santiago Apóstol, me puse a leer el libro. Descubrí que el Ángel de la Nieve, se llamaba Shalgiel, y también encontré la formula de como reclamarlo. No la puedo escribir aquí por que es secreta. Cuando llegue el momento, Lectora, tu misma lo descubrirás en La Puerta de las Tempestades, que es tu herencia.
Recité la formula en voz bajita como si estuviérame confesando. Tras decir esas palabras en una lengua desconocida, me quedé trasfigurada, esperando un gran trueno, rayos y apariciones. Nada ocurrió. Esperé y esperé hasta que el desaliento y la queja de mis tripas me indicaron que era hora de desayunar.
Me alejé de la capilla, pensando con tristeza que era absurdo pretender que una rapaza como yo pudiese tener trato con los ángeles.
Se sentía una atmósfera extraña en la casa .Un gran silencio. No se oían las pisadas de padre, ni los gruñidos de Catuxa, ni venían sonidos de los establos o del redil. La cocina estaba desierta, pero sobre el fuego hervía el pote con leche caliente y los panes del desayuno yacían sobre el largo mesón.
La puerta que llevaba al huerto se abrió y una corriente de aire helado invadió la cocina. Fui a cerrarla cuando vi que por el camino pedregoso avanzaba un viejo vestido de labriego. No era raro ver caminantes que pasaban por nuestras tierras detenerse a pedir agua o algo que comer. Pero en un día tan nevado no se esperaban extraños. ¿De dónde venía? ¿Cómo pudo cruzar esos caminos obstaculizados por la nieve?
― Buenos días neniña. ¿Tendrás algo caliente para este viejo?― me preguntó.
Su voz no sonaba a campesino y no me habló en lengua galega que era lo común entre los lugareños.
Le hice pasar y sentarse cerca del fuego ¿Dónde estaba Catuxa que usualmente se ocupaba de esos menesteres? Yo misma le serví un cuenco de leche y le corté un cacho de pan.
El viejo bebió la leche sonoramente. Tras agradecerme la comida, observó por la ventana los copos que caían.
― Feo tiempo nos da el Señor. ¿Te gustaría que dejara de nevar?
Asentí en silencio. Me miró fijamente.
― ¡Entonces canta! ¡Cántame una canción!― me ordenó.
No supe que hacer ni decir. Sus ojos me apremiaban. Hacia tempo que no cantaba. Desde la muerte de Naiciña me daba vergüenza hacerlo. Me costó escoger de mi repertorio, pero finalmente comencé a entonar la canción favorita de Catuxa. Romance da lavandeira:

Era unha noite de lua
Era unha noite crara




El viejo me escuchó atentamente. Cuando terminé mi canción, aplaudió. Acto seguido, se levantó, tomó su sombrero y se dirigió a la puerta.
― Que el Señor te cumpla todos tus deseos.
Le vi alejarse sin nunca voltear la cabeza. Sólo cuando ya ganara la corredeira viró y me saludo. En ese mismo momento paró de nevar.
Pasaron dos increíbles días en que no cayó ni un solo copo. La gente por primera vez comenzó a decir que quizás el invierno se alejaba y lo peor ya pasara. Pero aún estaban los caminos cortados, aún la nieve tenía que retirarse y ahí habría que ver cuanto daño hicieran en los huertos las heladas. Si sólo saliera el sol.
Consulté con mi libro mágico y descubrí que el Ángel del Sol se llamaba Galgaliel. Habría que llamarle.
Esta vez subí a ver a A Virxe que seguía bajo mi cobija en el borde de la Castañeira. Ahí hice mi conjuro. Ni terminaba, cuando una mujer montada a caballo salió del bosque. Era una amazona como las que salían en los libros, ataviada con un elegante traje de montar, y sentada de costado como montaban antaño las hembras. Sobre sus blancos pantalones llevaba un faldellín que en inglés, yo sabía, se llamaba apron, y un sombrero hongo en la cabeza.
Se acercó a mí y a la estatua, medio sumida en nieve y pluma de ganso, y nos observó con interés. Era rubia y bonita.
― Parece que me he perdido—su voz tenía un leve acento extranjero ―. Subí a ver el Castro. Quite curious.
Me moría de curiosidad por saber a quién se le ocurría andar viendo ruinas en semejante clima, pero la cortesía frenó mi lengua.
La amazona miró el cielo tan gris como sus ojos.
― ¡Qué feo día! ¿No te gustaría ver el sol?
― Por supuesto que sí.
― Entonces regálame una canción—dijo, brindándome una sonrisa luminosa.
Conciente de que ésta no era una turista cualquiera le brindé lo mejor de mí. La Seguidilla de “Carmen”, que Naiciña decía que me salía muy bien.






Cuando acabé, la mujer aplaudió con sus manos enguantadas.
Charming ― fue su único comentario, y se marchó lentamente en dirección al puente. No la seguí con la vista, porque ahora sabía que esperar. Mis ojos se fijaron en el cielo aguardando el milagro.
Pocos segundos mas tarde, las nubes se abrían y se asomaba un sol que mi tierra ya olvidase. Llena de gozo, abracé la estatua y bailé alrededor de ella. Ahora ya sabía como pagarles a los ángeles por sus servicios. Bueno estuvo que Naiciña me pusiera maestros de canto.
Detuve mi algazara. No era coincidencia. La obsesión de Naiciña por mi voz tenía ese motivo secreto. Sobrecogida por un temor sagrado y una extraña humildad, bajé al pueblo.
Me encontré con Don Andrés a las puertas de la botica. Junto a otros observaban el progreso del sol por un cielo de un azul pálido. Estiraban los brazos para sentir su calor. Me uní a ellos en ese antiguo ritual con el que pueblos, como los egipcios y los aztecas, agradecían un calor solar. Si supieran que era todo cuestión de una canción.

El sol siguió calentándonos, alcanzando temperaturas estivales. Las nieves se fundieron, enfangándolo todo, pero nadie se quejaba. Había mucho que limpiar, mucho que apartar, pero con calor en el lomo, se trabaja contento.
El mundo exterior nos recordó y los lugareños recordaron a Nuestra Señora y fueron a buscarla. Se sorprendieron al verla más tapada que una mora. Catuxa que fuera con ellos, reconoció mi cobija y se los dijo. Ellos a su vez se lo dijeron a Don Matías, quien me contó que sorprendidos por mi gesto, le preguntaron si quizás A Virxe trajera el sol a cambio de mi manto.
― ¿Qué sé yo?― rezongó el viejo cura ―. Pero sabed una cosa. Con cariño y buenos modales se consigue más de la gente que expulsándola de un pueblo.
Con el sexto sentido de la gente de la Sierra, dedujeron que el sol era un esfuerzo combinado de Nuestra Señora y mío. Tras eso, comenzaron a tratarme con más respeto. Algunos me tenían hasta un poco de miedo. Se santiguaban al verme pasar y a mis espaldas me llamaban Raiña Lupa como si yo fuese esa princesa legendaria. De milagro que tanto homenaje no se me fue a la cabeza.
Le conté a Don Andrés sobre mi hallazgo de la Puerta. Nunca antes, le viera tan alborozado.
― Te encontró La Puerta, Raiña. ¡Existe! Puedes ahora hablar con los ángeles.
De ahí en delante, Don Andrés se convirtió en mi guía. Había cosas en La Puerta que yo no entendía y él me ayudaba descifrar. Términos científicos, hasta astronómicos, que me dejaban perpleja. El no podía ver lo que yo en el libro, pero me ayudaba esclarecer palabras difíciles y a ponerme límites. Porque dones tan prodigiosos en manos de una niña podían desbocarse.
Aparte de guiarme a través del laberinto-texto, Don Andrés se convirtió en mi maestro. No era posible que yo enfrentase tantas pruebas y dones en la ignorancia. Era necesario educarme, enseñarme aún más de lo que una chica de mi edad sabía. Los maestros de canto también regresaron. Ordenes de Don Andrés.
― Es indispensable que cuides esa voz, Raiña. Si es el medio con el que te ganas el favor de los ángeles debe estar en perfectas condiciones.
Por eso consiguió permiso de padre para llevarme a Lugo y hasta a Santiago,  a oír opera, al teatro y a ver algo desconocido por mi llamado “cinematógrafo”, donde no cantaban, pero hablaban a través de letreritos intercalados. Más que por educarme, creo que fuimos allá porque Don Andrés era un cinéfilo redomado. No me importaba. Me encantó ver a Don Quijote y a La Hermana San Sulpicio cobrar vida en una pantalla.
― Imagínate que en Los Estados Unidos ya hablan en las películas, y pronto hasta cantarán—me contaba Don Andrés.
Con tantas nuevas tareas, gozaba de los pocos espacios libres que me permitían seguir con mis comistrajos y pucheros en la cocina de Catuxa, o irme por el monte a estar un rato con los lobos. Madre Loba, siguiendo mis consejos, desterró a su amante. Ahora ella y sus hermanas lideraban la manada. Para el verano, Madre Loba tenía nuevos lobeznos. Dos varones y una hembra por la que concebí un sorpresivo afecto. Hasta nombre le puse, Aurora, y pasó a ser mi hermana.
Milagrosamente, las cosechas se salvaron y pronto hubo pasto para el ganado. Para que el milagro fuese completo, el bosque volvió a llenarse de animales que los lobos podían cazar. El milagro de las cosechas se lo adjudiqué a los ángeles. Pero la comida de los lobos, y esto me lo confirmó Madre Loba, se debía estrictamente a la caridad mágica de la Dama Do Castro.

Mi vida no podía ser más perfecta. Estaba ocupada, contenta, rodeada de cariños humanos y animales y conciente a mi tierna edad de que Dios existía y yo le servía muy a gusto. Nada podía empañar mi paz y alegría, hasta que un día, después de mi doceavo cumpleaños, desperteme para encontrar mis sábanas manchadas de sangre.
Hacía ya un tiempo que tanto Catuxa como Madre Loba me advertían de la llegada de un cambio inevitable, pero yo esperaba que se dilatase al menos un año más. Me angustiaba la idea de ser mujer y cambiar mis hábitos. Ya tenía conciencia que las mujeres llevaban una existencia limitada.
Catuxa me hizo guardar cama, me dio unas pócimas de sabor infame y me enseñó a liarme unos trapos entre las piernas. Tras eso, me llenó de consejos y advertencias.
De ahora en adelante, viviría en constante peligro. Mis asuntos serían escudriñados por mis semejantes que buscarían en mí cualquier descuido o gesto indecoroso para convertirme en blanco de chismes y calumnias. Catuxa usó un termino horrible, “honra”. Era ésta una bruja tan opresora como la madrastra de los cuentos y que me esclavizaría hasta el día de mi muerte.
Estaba tan apesadumbrada que no soportaba la cama. Me levanté y me vestí como pude, aunque los omnipresentes trapos entre mis piernas me recordaban mi vergüenza. No quise ir al pueblo, preferí bordear el río, alejándome del puente y yendo hacia la cascada. Buscaba un lugar sereno y solitario donde pudiese llorar a mis anchas. Pero al llegar al borde del agua vi que tampoco ahí estaría sola.
Sentada en las piedras musgosas, una vieja peinaba su larguísima cabellera cana. No sé si fue el largo del cabello del color de la espuma que parecía cubrir todas las rocas, o el peine de oro que usaba, o el hecho de que la vieja estaba en cueros,  que me hizo reconocer en ella a una feiticeira.
Por Catuxa sabía de la existencia de estas siniestras ondinas. Mí primer impulso fue huir. Catuxa decía que estas viejas con su voz tan bella engatusaban a los hombres para ahogarlos. Pero yo no era macho. Así que no me moví. Al notar la presencia humana, el espíritu viró su cabeza y me miró de hito en hito.
― ¡Buen día Raiña Lupa!― me gritó.
La miré sorprendida. ¿Nos conocíamos?
― No te quedes ahí parada. Ven a ayudarme que tengo un nudo en el cabello.
Impulsivamente, salté por las piedras húmedas y acepté el peine de la ondina con el que comencé a desenredar su largo cabello. Era una labor de nunca acabar, todo su pelo era un matorral y me costaba no jalárselo.
― Lo siento, pero no doy más—dije, tras un cuarto de hora de labor durante la cual permanecimos ambas en perfecto silencio.
Le abrí la mano y le puse el peine en la palma.
― ¡Has de seguir, hasta que yo te diga basta!—ordenó con voz cavernosa.
Extrañamente, no le tuve miedo.
― Seguirás tú. Es tu cabello.
Me atrapó el brazo con su zarpa helada como el hielo y fuerte como un dogal.
― Si no fueras quien eres y te protegieran los Poderosos, ahora mismo te ahogaba. Aflojó la presión y agregó con sonrisa siniestra.
― Me cuentan que sabes cantar. Que tienes una voz preciosa.
― Nunca tanto como la de una feiticeira—respondí en tono gélido. Su sonrisa se tornó amable.
― Buena respuesta, pero pondremos al bosque de juez. ¿Te sabes alguna canción para dos voces? Comienza tú que yo te sigo.
Mi razón me decía que me estaba metiendo en camisa de once varas, pero el orgullo de los Portela me impedía no aceptar el desafió. Con congoja en el alma, porque cantarla me recordaba a Naiciña, inicié las primeras notas del Dueto de las flores. Ante mi sorpresa, la ondina siguió con la voz de Malika, y pronto la canción de Delibes resonó en el viejo bosque gallego.







Mientras cantábamos, sentía la presencia de mil criaturas invisibles que eran nuestro jurado. Pero no había caso, la voz de la feiticeira era mágica, tan bella que no era de este mundo. A ratos, tenía que quedarme en silencio para escucharla. Por fin, el dueto terminó y ella me observó con una gran sonrisa.
― Canto mejor yo, eso ya me lo sabía. Pero en este mundo de humanos no hay mejor voz que la tuya. Cantas mejor que esa tal Melba que dicen que viene de las Antípodas.
Estiró el morro hacia el borde del río.
 ― Ve allá y mírate en el agua.
La obedecí. Esa vez me moví con lentitud temblorosa, aunque yo no era hombre la voz de la feiticeira también me afectaba.  Me agaché a mirarme en el espejo del agua y lancé un grito porque en el reflejo me veía vieja y canosa como la feiticeira.
Esta lanzó grandes risotadas.
― No te asustes, parva, lávate la cara.
Lo hice apresuradamente, mojándome el vestido en el proceso. Para mi alivio, el reflejo me devolvió mi cara feúcha y simple, pero joven.
― Ese es mi regalo por tu buena canción y tu labor de peluquera—anunció la ondina ―. Cada vez que lo necesites canta el “Dueto de las flores” y te volverás vieja. Si quieres volver a ser moza, es cuestión de que te laves la cara.
― Gracias—le dije, preguntándome para mis adentros de qué me serviría este nuevo don. Como si leyese mis pensamientos, la vieja me gritó.
― Al de Allá Arriba no se le antojó hacerte guapa. En la vida verás que hay ocasiones en que más vale ser vieja sabia que moza tonta.
 Me hizo un gesto para que me le acercase. Cuando ya estaba a su lado, me tocó las cejas y el cabello.
― Tu pelo tiene mas nudos que el mío, y es rojizo, pero tus ojos y cejas son azafranados. Se nota que eres bruja y de las mejores. Algún día, embrujarás a un hombre, quizás sin desearlo, y él quizás sin desearlo, te va a querer y te va a odiar y te volverá a querer y luego a odiar. Así, hasta el día en que os entierren en la misma tumba.
La miré asustada.
― Recibiste muchos dones, Violante. No esperes también ser afortunada en el amor.
Volvió a hundir su peine en su blanco pelo.
 ― Ahora vete—ordenó, dándome la espalda.
Me alejé con el corazón muy pesado. No es que fuese de naturaleza romántica, pero es duro aceptar que no se tendrá algo que ni siquiera se conoce.
Esta vez, compartí mi encuentro con Catuxa. Le conté todo esa tarde durante su hora de planchado.
― Eres un peligro—declaró mientras almidonaba las camisa de Padre― .Viramos la espalda y te vas al monte a hablar con Dios sabe quién. ¿No reparas en que la feiticeira bien pudo cascarte la cabeza contra las rocas?
Comenzó a salpicar la ropa de agua sin parar de hablar.
― En cuanto a lo del amor. No seas parva. ¿Cuántas mujeres conoces que son felices en esa faena? Más vale tener un buen esposo que un mal amor.
Sus últimas palabras rebosantes de sabiduría me tranquilizaron. Lo importante era tener un buen marido. Lo del amor eran memeces que solo ocurrían en el cine.
Tomé una decisión. Apenas pudiese me casaría. Que mi novio fuese feo o no me gustase, importaba poco. De esa manera, yo no caería en la tentación de enamorarme. Tampoco extrañaría lo que nunca conocería.  Y así tendría tiempo para hacer cosas útiles.

Poco después de mi primera regla, mi padre me llamó a su despacho. Se veía preocupado. Comenzó hablando de lo contento que estaba Don Andrés con mis progresos escolares. Me di cuenta que daba rodeos porque temía mi reacción a sus palabras. Se equivocaba por completo. Hacía un tiempo que sospechaba que mi vida silvestre y libre iba a terminar.
― Tienes deberes Violante. Quizá no haya dinero, pero heredarás un titulo, este Pazo y obligaciones sociales y morales. Para eso debes educarte.
En suma, Padre me enviaba a un convento de Cork donde todavía vivían algunos parientes de mi abuela irlandesa.
La noticia no me afectó como él creía. Toda yo necesitaba de un cambio, de un espacio nuevo donde pudiese desarrollarme sin las presiones que imponían mi estatus de protectora de la aldea.
― Quisiera que tuvieras una vida normal—terminó Padre y yo concordé con él.
Después de todo, si quería casarme debía aprender a vivir en el mundo en que ya habitaba mi futuro esposo. Porque ciertamente yo no me iba a casar ni  con un ángel, ni con un lobo.
Catuxa y Don Andrés lo tomaron con más tristeza.
― Se te va a extrañar mucho en estas tierras, Raiña.
 Don Andrés hizo un esfuerzo heroico por dominar el temblor sus labios. Catuxa no temía ocultar su dolor. Lloró sonoramente y se sonó de igual manera.
― Una cría hijos no mas para verlos marcharse. ¿Qué será de ti lejos de Galiza? ¿Por qué mandarte al otro lado del mar? ¿Qué no hay escuelas en Santiago o Lugo?
La tristeza de mi gente me enseñó que en la vida somos responsables por quienes amamos y por quienes hacemos amarnos. No podía negar que me sentía culpable. ¿Cómo dejar a un pueblo cuyo clima controlaba y que confiaba en mí presencia protectora?
A sabiendas que no podría dormir, subí al Castro a despedirme. Madre Loba me tranquilizó. El pueblo y la Castañeira existían antes de mi llegada. Seguirían existiendo. Yo volvería en los veranos y ella sólo esperaba estar ahí para verme.
Noté un dejo de preocupación en sus pensamientos. Los lobos no solían sobrevivir a su séptimo año, y Madre Loba ya llevaba cinco en este mundo. Las lágrimas que no derramase ante los humanos, ahora salieron a borbotones de mis ojos al igual que mis sollozos de mi garganta. Estaba abrazada a Madre Loba, mi cara escondida en su pelaje gris, cuando sentí una presencia a mi lado. Al alzar mis ojos vi que mi estrella guía nuevamente iluminaba el Castro como una gran linterna. Y a esa luz vi a la Dama Do Castro en su vestido blanco veraniego.
― Madre Loba estará aquí esperándote las próximas vacaciones, y la siguiente, y la siguiente—anunció con su voz de agua.
Madre Loba se separó de mí y fue a echarse los pies de la Dama quien le acarició la cabeza.
― No temas, Violante. Los lobos, por respetar la vida de los humanos y mantener la armonía en esta tierra, estarán siempre bajo mi cuidado. Nada les ha de faltar y te doy mi palabra que mientras estés en el convento, los ángeles cuidarán del pueblo.
― Gracias ― dije. Su presencia me cohibía. Era tan bella y tan misteriosa.
― Esta es la última vez que me verás, Violante. Ya eres mujer y no suelo aparecérmeles a ellas. Pero sabe una cosa. Este viaje a Irlanda sólo es el principio. Toda tu vida será una larga serie de viajes. Únicamente así podrás cruzar todas mis Puertas.
― ¿Encontraré la próxima puerta en Irlanda? ― pregunté curiosa a lo que respondió con risas.
― Qué apurada vives, niña. Paciencia es lo que te falta encontrar.  ¿Sabes por qué nadie halló esa primera Puerta antes que tú?
Súbitamente se puso seria.
― Porque para todos los buscadores encontrar las Puertas de María Hebrea era el fin de su meta. No es así. Cruzar cada Puerta es el principio de una vida, y tú tendrás siete como los gatos. Ahora recién comienzas a vivirla y debes hacerte digna de mi obra. Después que lo consigas, alcanzarás la próxima Puerta. Pero eso será en largo tiempo más. Cuando ya seas esposa y madre.
La mención de asuntos mundanos trajo a mi corazón otra preocupación.
― ¿Encontraré el amor?
La Dama entornó los ojos.
― ¿Amor? Qué palabra tan ambigua. Si te refieres a enamorarte. Sucederá. Ningún humano se escapa de esa desdicha.
La congoja se reflejó en mi próxima pregunta.
― ¿Seré feliz o infeliz en el amor?
― El amor vendrá, Violante ― La dama frunció el ceño ―. Está en ti en convertirlo en castigo o recompensa.
Con estas últimas palabras, la Dama comenzó a disolverse en el aire hasta fundirse con la luz de la estrella. Madre Loba corrió hacia mí y ambas observamos como la luz ascendía hasta perderse en el negro azul de la noche.



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