Regresé
al Pazo y dormité un par de horas, pero los nervios me despertaron antes que
llegará Catuxa a hacerlo. Fui a la biblioteca. Los libros en portugués estaban
en una sección que nunca tocaba, así que no la conocía bien, pero las obras de
Eça De Queiroz estaban a la vista, forradas en marroquí negro con letras
doradas en el lomo.
Busqué
el volumen donde estaba O Crime y lo
hojeé con cuidado. Tenía varias de esas páginas blancas, sedosas y vacías que
en las ediciones de lujo anteceden al texto. No alcancé a leer, porque Catuxa
apareció en la biblioteca. Venía encolerizada a preguntar dónde estaba la
cobija y por qué mis botas y abrigo estaban mojados. ¿Acaso yo paseaba de
noche?
Al ver
que mi silencio era mi respuesta, rezongó un poco más, para luego dejarme en paz.
Últimamente, Catuxa y Padre aceptaban todas mis excentricidades sin hacer mucho
alboroto.
A la
noche siguiente, esperé a que todos durmieran. Volví a ponerme mi ropa más
abrigada y, cargando el libro, subí esta vez hasta la Castañeira. A mi paso, la nieve dejaba de caer y la estrella
gigante volvía a iluminar mi senda. Sólo así pude cruzar el bosque hasta el
Castro.
Sorprendiome
el no ver rastro de los lobos. Aunque como no había nada que cazar, no bajaban
a menos que supiesen que les esperaba la ofrenda. Con la tormenta, el Castro
era un cúmulo de piedras blancas. Tenía yo
mucho frío y no había lugar donde sentarme. Mejor terminábamos rápido el
asunto.
Me
detuve ante el muro y comencé a leer. El libro se sentía como un bloque de
hielo, pero cuando lo abrí, la luz de la luna cayó directamente sobre sus
páginas y me calentó los dedos como si fuese el sol de verano. Ante mi sorpresa,
vi que las paginas sedosas, esa mañana vacías, ahora estaban llenas de
caracteres escritos a mano en un alfabeto antiguo y que de ellos se desprendía
un fuerte olor a almendra, como si estuviese hecho de mazapán.
“Yo
Violante Gómez, alias la Pelícana,” leí “antes de abjurar del Dio de mis mayores y así convertirme en
princesa, declaro que este es el primer capitulo de la obra de María, la Judía , quien se lo entregara
a Rebeca, la mayor de sus hijas para ocultamiento de su saber por los siglos de
los siglos. Así yo también le impongo el sortilegio que lo hará invisible a los
ojos de todo lector, hasta que ella llegue, la Ultima ”.
Mi
corazón latía lleno de excitación. ¿Sería posible que esta fuese la primera
Puerta de María Hebrea? Di vuelta la página y encontré otro texto escrito por
diferente mano.
“Yo
Miriam, llamada María la Judía ,
María Hebrea o María Profetiza, en esta mi séptima, y espero última
reencarnación, dejo aquí escrito todo lo que sé, todo lo que he aprendido por
gracia del Todopoderoso. Espero al fin poder regresar a mi Palacio de Siete
Pilares a impartir justicia, verdad y caridad que son el principio de toda sabiduría.
Desde allá he de verte, Hija Mía, aprender lo que yo supe y vivir y lo que viví
y no viví en siete vidas. Comencemos aquí con este texto que has de llamar La Puerta de las Tempestades”.
En
aquel momento, sentí un movimiento ante mí y supe que no estaba sola.
A un
metro de distancia, aparecióseme una mujer, o mejor, dicho una chica, un poco
mayor que yo, vestida de blanco y envuelta en un mantelo del mismo color. Era la mujer más bonita que viera en mi
vida. Más guapa que mi madrina, la
Duquesa de Málaga. Tenía que ser la Dama Do Castro, el espíritu guardián de tesoros.
― ¿Te
gusta lo que lees?― me preguntó ―. Se pone mejor.
Reconocí
su voz. Era la que me guiara hasta el libro.
― ¿Vas
a darme un tesoro?― pregunté abruptamente y olvidando toda regla de cortesía.
Se río con un sonido cristalino como el tintineo de las copas de cristal que
Padre trajera de Bohemia.
― Ya lo
tienes en tus manos. Es un gran tesoro. Haz de saber que el clima o tiempo,
como le llamáis, El Todopoderoso lo ha dejado en manos de ángeles
meteorológicos. Cada uno regula un aspecto de la ciencia del clima. En ese
libro, encontrarás mis instrucciones para convocar a cada ángel, pero recuerda,
convocar no implica que serás obedecida. Cada ángel te pedirá algo a cambio de
lo que solicites.
― ¿Qué
me pedirán? — pregunté, alarmada.
― Eso
lo sabrás cuando ellos te lo digan.
Me acarició la mejilla. Su caricia era tibia a
pesar del frío.
― Ahora
vete a casa y duerme, que mañana será un día atareado.
Azorada,
cerré el libro y comencé a alejarme del Castro, volteando cada tres pasos para
mirarla. Era tan mona que uno no quería despegar los ojos de ella. Finalmente,
llegué al bosque y no volteé más. Fue ahí que sentí su voz tan gentil. Si la
brisa pudiese hablar, sonaría como ella.
― Y
gracias por la colcha.
Como
autómata crucé la Castañeira,
siguiendo la luz de esa inmensa lámpara celestial que me no me dejaba ni un
instante. Sólo entonces cuando vi a A
Virxe arropada con mi cbija comprendí que ella, la
Dama Do Castro y María Hebrea eran una sola.
Esta
vez, sí me quedé dormida y Catuxa tuvo que despertarme a sacudones.
― ¡Vaya
con la remolona! ¿Otra vez salimos de noche, Doña Violante? ¿Y qué tanto tiene
que hacer, Usía, allá arriba en el monte?
Nuevamente,
no le di respuesta. No quería contar nada hasta no tener claro lo que debería
hacer.
Ya
vestida, me fui a la capilla, y a la tenue luz que entraba por el ventanuco
cubierto con un vitral verde y vino que representaba a Santiago Apóstol, me
puse a leer el libro. Descubrí que el Ángel de la Nieve , se llamaba Shalgiel,
y también encontré la formula de como reclamarlo. No la puedo escribir aquí por
que es secreta. Cuando llegue el momento, Lectora, tu misma lo descubrirás en La Puerta de las Tempestades,
que es tu herencia.
Recité
la formula en voz bajita como si estuviérame confesando. Tras decir esas
palabras en una lengua desconocida, me quedé trasfigurada, esperando un gran
trueno, rayos y apariciones. Nada ocurrió. Esperé y esperé hasta que el
desaliento y la queja de mis tripas me indicaron que era hora de desayunar.
Me
alejé de la capilla, pensando con tristeza que era absurdo pretender que una
rapaza como yo pudiese tener trato con los ángeles.
Se
sentía una atmósfera extraña en la casa .Un gran silencio. No se oían las
pisadas de padre, ni los gruñidos de Catuxa, ni venían sonidos de los establos
o del redil. La cocina estaba desierta, pero sobre el fuego hervía el pote con
leche caliente y los panes del desayuno yacían sobre el largo mesón.
La
puerta que llevaba al huerto se abrió y una corriente de aire helado invadió la
cocina. Fui a cerrarla cuando vi que por el camino pedregoso avanzaba un viejo
vestido de labriego. No era raro ver caminantes que pasaban por nuestras
tierras detenerse a pedir agua o algo que comer. Pero en un día tan nevado no
se esperaban extraños. ¿De dónde venía? ¿Cómo pudo cruzar esos caminos
obstaculizados por la nieve?
― Buenos
días neniña. ¿Tendrás algo caliente
para este viejo?― me preguntó.
Su voz
no sonaba a campesino y no me habló en lengua galega que era lo común entre los lugareños.
Le hice
pasar y sentarse cerca del fuego ¿Dónde estaba Catuxa que usualmente se ocupaba
de esos menesteres? Yo misma le serví un cuenco de leche y le corté un cacho de
pan.
El
viejo bebió la leche sonoramente. Tras agradecerme la comida, observó por la
ventana los copos que caían.
― Feo
tiempo nos da el Señor. ¿Te gustaría que dejara de nevar?
Asentí
en silencio. Me miró fijamente.
― ¡Entonces
canta! ¡Cántame una canción!― me ordenó.
No supe
que hacer ni decir. Sus ojos me apremiaban. Hacia tempo que no cantaba. Desde
la muerte de Naiciña me daba vergüenza
hacerlo. Me costó escoger de mi repertorio, pero finalmente comencé a entonar
la canción favorita de Catuxa. Romance da
lavandeira:
Era unha noite de lua
Era unha noite crara
El
viejo me escuchó atentamente. Cuando terminé mi canción, aplaudió. Acto seguido,
se levantó, tomó su sombrero y se dirigió a la puerta.
― Que
el Señor te cumpla todos tus deseos.
Le vi
alejarse sin nunca voltear la cabeza. Sólo cuando ya ganara la corredeira viró y me saludo. En ese mismo
momento paró de nevar.
Pasaron
dos increíbles días en que no cayó ni un solo copo. La gente por primera vez
comenzó a decir que quizás el invierno se alejaba y lo peor ya pasara. Pero aún
estaban los caminos cortados, aún la nieve tenía que retirarse y ahí habría que
ver cuanto daño hicieran en los huertos las heladas. Si sólo saliera el sol.
Consulté
con mi libro mágico y descubrí que el Ángel del Sol se llamaba Galgaliel.
Habría que llamarle.
Esta
vez subí a ver a A Virxe que seguía
bajo mi cobija en el borde de la Castañeira. Ahí
hice mi conjuro. Ni terminaba, cuando una mujer montada a caballo salió del
bosque. Era una amazona como las que salían en los libros, ataviada con un
elegante traje de montar, y sentada de costado como montaban antaño las
hembras. Sobre sus blancos pantalones llevaba un faldellín que en inglés, yo
sabía, se llamaba apron, y un
sombrero hongo en la cabeza.
Se
acercó a mí y a la estatua, medio sumida en nieve y pluma de ganso, y nos
observó con interés. Era rubia y bonita.
―
Parece que me he perdido—su voz tenía un leve acento extranjero ―. Subí a ver
el Castro. Quite curious.
Me moría
de curiosidad por saber a quién se le ocurría andar viendo ruinas en semejante
clima, pero la cortesía frenó mi lengua.
La
amazona miró el cielo tan gris como sus ojos.
― ¡Qué
feo día! ¿No te gustaría ver el sol?
― Por
supuesto que sí.
― Entonces
regálame una canción—dijo, brindándome una sonrisa luminosa.
Conciente
de que ésta no era una turista cualquiera le brindé lo mejor de mí. La Seguidilla
de “Carmen”, que Naiciña decía que me
salía muy bien.
Cuando
acabé, la mujer aplaudió con sus manos enguantadas.
― Charming ― fue su único comentario, y se
marchó lentamente en dirección al puente. No la seguí con la vista, porque
ahora sabía que esperar. Mis ojos se fijaron en el cielo aguardando el milagro.
Pocos
segundos mas tarde, las nubes se abrían y se asomaba un sol que mi tierra ya
olvidase. Llena de gozo, abracé la estatua y bailé alrededor de ella. Ahora ya
sabía como pagarles a los ángeles por sus servicios. Bueno estuvo que Naiciña me pusiera maestros de canto.
Detuve
mi algazara. No era coincidencia. La obsesión de Naiciña por mi voz tenía ese motivo secreto. Sobrecogida por un
temor sagrado y una extraña humildad, bajé al pueblo.
Me encontré
con Don Andrés a las puertas de la botica. Junto a otros observaban el progreso
del sol por un cielo de un azul pálido. Estiraban los brazos para sentir su
calor. Me uní a ellos en ese antiguo ritual con el que pueblos, como los
egipcios y los aztecas, agradecían un calor solar. Si supieran que era todo cuestión
de una canción.
El sol
siguió calentándonos, alcanzando temperaturas estivales. Las nieves se
fundieron, enfangándolo todo, pero nadie se quejaba. Había mucho que limpiar,
mucho que apartar, pero con calor en el lomo, se trabaja contento.
El
mundo exterior nos recordó y los lugareños recordaron a Nuestra Señora y fueron
a buscarla. Se sorprendieron al verla más tapada que una mora. Catuxa que fuera
con ellos, reconoció mi cobija y se los dijo. Ellos a su vez se lo dijeron a
Don Matías, quien me contó que sorprendidos por mi gesto, le preguntaron si
quizás A Virxe trajera el sol a
cambio de mi manto.
― ¿Qué
sé yo?― rezongó el viejo cura ―. Pero sabed una cosa. Con cariño y buenos
modales se consigue más de la gente que expulsándola de un pueblo.
Con el
sexto sentido de la gente de la
Sierra , dedujeron que el sol era un esfuerzo combinado de
Nuestra Señora y mío. Tras eso, comenzaron a tratarme con más respeto. Algunos
me tenían hasta un poco de miedo. Se santiguaban al verme pasar y a mis
espaldas me llamaban Raiña Lupa como
si yo fuese esa princesa legendaria. De milagro que tanto homenaje no se me fue
a la cabeza.
Le
conté a Don Andrés sobre mi hallazgo de la Puerta. Nunca antes, le viera tan alborozado.
― Te
encontró La Puerta, Raiña. ¡Existe!
Puedes ahora hablar con los ángeles.
De ahí
en delante, Don Andrés se convirtió en mi guía. Había cosas en La Puerta que yo no entendía y
él me ayudaba descifrar. Términos científicos, hasta astronómicos, que me dejaban
perpleja. El no podía ver lo que yo en el libro, pero me ayudaba esclarecer
palabras difíciles y a ponerme límites. Porque dones tan prodigiosos en manos
de una niña podían desbocarse.
Aparte
de guiarme a través del laberinto-texto, Don Andrés se convirtió en mi maestro.
No era posible que yo enfrentase tantas pruebas y dones en la ignorancia. Era
necesario educarme, enseñarme aún más de lo que una chica de mi edad sabía. Los
maestros de canto también regresaron. Ordenes de Don Andrés.
― Es
indispensable que cuides esa voz, Raiña.
Si es el medio con el que te ganas el favor de los ángeles debe estar en
perfectas condiciones.
Por eso
consiguió permiso de padre para llevarme a Lugo y hasta a Santiago, a oír opera, al teatro y a ver algo desconocido
por mi llamado “cinematógrafo”, donde no cantaban, pero hablaban a través de letreritos
intercalados. Más que por educarme, creo que fuimos allá porque Don Andrés era
un cinéfilo redomado. No me importaba. Me encantó ver a Don Quijote y a La Hermana San Sulpicio
cobrar vida en una pantalla.
― Imagínate
que en Los Estados Unidos ya hablan en las películas, y pronto hasta cantarán—me
contaba Don Andrés.
Con
tantas nuevas tareas, gozaba de los pocos espacios libres que me permitían
seguir con mis comistrajos y pucheros en la cocina de Catuxa, o irme por el
monte a estar un rato con los lobos. Madre Loba, siguiendo mis consejos, desterró
a su amante. Ahora ella y sus hermanas lideraban la manada. Para el verano,
Madre Loba tenía nuevos lobeznos. Dos varones y una hembra por la que concebí
un sorpresivo afecto. Hasta nombre le puse, Aurora, y pasó a ser mi hermana.
Milagrosamente,
las cosechas se salvaron y pronto hubo pasto para el ganado. Para que el
milagro fuese completo, el bosque volvió a llenarse de animales que los lobos
podían cazar. El milagro de las cosechas se lo adjudiqué a los ángeles. Pero la
comida de los lobos, y esto me lo confirmó Madre Loba, se debía estrictamente a
la caridad mágica de la Dama Do Castro.
Mi vida
no podía ser más perfecta. Estaba ocupada, contenta, rodeada de cariños humanos
y animales y conciente a mi tierna edad de que Dios existía y yo le servía muy a gusto. Nada podía empañar mi paz y
alegría, hasta que un día, después de mi doceavo cumpleaños, desperteme para
encontrar mis sábanas manchadas de sangre.
Hacía ya
un tiempo que tanto Catuxa como Madre Loba me advertían de la llegada de un
cambio inevitable, pero yo esperaba que se dilatase al menos un año más. Me
angustiaba la idea de ser mujer y cambiar mis hábitos. Ya tenía conciencia que
las mujeres llevaban una existencia limitada.
Catuxa
me hizo guardar cama, me dio unas pócimas de sabor infame y me enseñó a liarme
unos trapos entre las piernas. Tras eso, me llenó de consejos y advertencias.
De
ahora en adelante, viviría en constante peligro. Mis asuntos serían
escudriñados por mis semejantes que buscarían en mí cualquier descuido o gesto
indecoroso para convertirme en blanco de chismes y calumnias. Catuxa usó un
termino horrible, “honra”. Era ésta una bruja tan opresora como la madrastra de
los cuentos y que me esclavizaría hasta el día de mi muerte.
Estaba
tan apesadumbrada que no soportaba la cama. Me levanté y me vestí como pude,
aunque los omnipresentes trapos entre mis piernas me recordaban mi vergüenza.
No quise ir al pueblo, preferí bordear el río, alejándome del puente y yendo
hacia la cascada. Buscaba un lugar sereno y solitario donde pudiese llorar a
mis anchas. Pero al llegar al borde del agua vi que tampoco ahí estaría sola.
Sentada
en las piedras musgosas, una vieja peinaba su larguísima cabellera cana. No sé
si fue el largo del cabello del color de la espuma que parecía cubrir todas las
rocas, o el peine de oro que usaba, o el hecho de que la vieja estaba en cueros,
que me hizo reconocer en ella a una feiticeira.
Por
Catuxa sabía de la existencia de estas siniestras ondinas. Mí primer impulso
fue huir. Catuxa decía que estas viejas con su voz tan bella engatusaban a los
hombres para ahogarlos. Pero yo no era macho. Así que no me moví. Al notar la
presencia humana, el espíritu viró su cabeza y me miró de hito en hito.
― ¡Buen
día Raiña Lupa!― me gritó.
La miré
sorprendida. ¿Nos conocíamos?
― No te
quedes ahí parada. Ven a ayudarme que tengo un nudo en el cabello.
Impulsivamente,
salté por las piedras húmedas y acepté el peine de la ondina con el que comencé
a desenredar su largo cabello. Era una labor de nunca acabar, todo su pelo era
un matorral y me costaba no jalárselo.
― Lo
siento, pero no doy más—dije, tras un cuarto de hora de labor durante la cual
permanecimos ambas en perfecto silencio.
Le abrí
la mano y le puse el peine en la palma.
― ¡Has
de seguir, hasta que yo te diga basta!—ordenó con voz cavernosa.
Extrañamente,
no le tuve miedo.
―
Seguirás tú. Es tu cabello.
Me
atrapó el brazo con su zarpa helada como el hielo y fuerte como un dogal.
― Si no
fueras quien eres y te protegieran los Poderosos, ahora mismo te ahogaba. Aflojó
la presión y agregó con sonrisa siniestra.
― Me
cuentan que sabes cantar. Que tienes una voz preciosa.
― Nunca
tanto como la de una feiticeira—respondí
en tono gélido. Su sonrisa se tornó amable.
― Buena
respuesta, pero pondremos al bosque de juez. ¿Te sabes alguna canción para dos
voces? Comienza tú que yo te sigo.
Mi
razón me decía que me estaba metiendo en camisa de once varas, pero el orgullo
de los Portela me impedía no aceptar el desafió. Con congoja en el alma, porque
cantarla me recordaba a Naiciña,
inicié las primeras notas del Dueto de
las flores. Ante mi sorpresa, la ondina siguió con la voz de Malika, y
pronto la canción de Delibes resonó en el viejo bosque gallego.
Mientras
cantábamos, sentía la presencia de mil criaturas invisibles que eran nuestro
jurado. Pero no había caso, la voz de la
feiticeira era mágica, tan bella que no era de este mundo. A ratos, tenía
que quedarme en silencio para escucharla. Por fin, el dueto terminó y ella me
observó con una gran sonrisa.
― Canto
mejor yo, eso ya me lo sabía. Pero en este mundo de humanos no hay mejor voz
que la tuya. Cantas mejor que esa tal Melba que dicen que viene de las
Antípodas.
Estiró
el morro hacia el borde del río.
― Ve allá y mírate en el agua.
La
obedecí. Esa vez me moví con lentitud temblorosa, aunque yo no era hombre la
voz de la feiticeira también me
afectaba. Me agaché a mirarme en el
espejo del agua y lancé un grito porque en el reflejo me veía vieja y canosa
como la feiticeira.
Esta
lanzó grandes risotadas.
― No te
asustes, parva, lávate la cara.
Lo hice
apresuradamente, mojándome el vestido en el proceso. Para mi alivio, el reflejo
me devolvió mi cara feúcha y simple, pero joven.
― Ese
es mi regalo por tu buena canción y tu labor de peluquera—anunció la ondina ―. Cada
vez que lo necesites canta el “Dueto de las flores” y te volverás vieja. Si
quieres volver a ser moza, es cuestión de que te laves la cara.
―
Gracias—le dije, preguntándome para mis adentros de qué me serviría este nuevo
don. Como si leyese mis pensamientos, la vieja me gritó.
― Al de
Allá Arriba no se le antojó hacerte guapa. En la vida verás que hay ocasiones
en que más vale ser vieja sabia que moza tonta.
Me hizo un gesto para que me le acercase.
Cuando ya estaba a su lado, me tocó las cejas y el cabello.
― Tu
pelo tiene mas nudos que el mío, y es rojizo, pero tus ojos y cejas son
azafranados. Se nota que eres bruja y de las mejores. Algún día, embrujarás a
un hombre, quizás sin desearlo, y él quizás sin desearlo, te va a querer y te
va a odiar y te volverá a querer y luego a odiar. Así, hasta el día en que os
entierren en la misma tumba.
La miré
asustada.
― Recibiste
muchos dones, Violante. No esperes también ser afortunada en el amor.
Volvió
a hundir su peine en su blanco pelo.
― Ahora vete—ordenó, dándome la espalda.
Me alejé
con el corazón muy pesado. No es que fuese de naturaleza romántica, pero es
duro aceptar que no se tendrá algo que ni siquiera se conoce.
Esta
vez, compartí mi encuentro con Catuxa. Le conté todo esa tarde durante su hora
de planchado.
― Eres
un peligro—declaró mientras almidonaba las camisa de Padre― .Viramos la espalda
y te vas al monte a hablar con Dios sabe quién. ¿No reparas en que la feiticeira bien pudo cascarte la cabeza
contra las rocas?
Comenzó
a salpicar la ropa de agua sin parar de hablar.
― En
cuanto a lo del amor. No seas parva. ¿Cuántas mujeres conoces que son felices
en esa faena? Más vale tener un buen esposo que un mal amor.
Sus últimas
palabras rebosantes de sabiduría me tranquilizaron. Lo importante era tener un
buen marido. Lo del amor eran memeces que solo ocurrían en el cine.
Tomé
una decisión. Apenas pudiese me casaría. Que mi novio fuese feo o no me gustase,
importaba poco. De esa manera, yo no caería en la tentación de enamorarme.
Tampoco extrañaría lo que nunca conocería.
Y así tendría tiempo para hacer cosas útiles.
Poco
después de mi primera regla, mi padre me llamó a su despacho. Se veía
preocupado. Comenzó hablando de lo contento que estaba Don Andrés con mis
progresos escolares. Me di cuenta que daba rodeos porque temía mi reacción a
sus palabras. Se equivocaba por completo. Hacía un tiempo que sospechaba que mi
vida silvestre y libre iba a terminar.
― Tienes
deberes Violante. Quizá no haya dinero, pero heredarás un titulo, este Pazo y
obligaciones sociales y morales. Para eso debes educarte.
En
suma, Padre me enviaba a un convento de Cork donde todavía vivían algunos
parientes de mi abuela irlandesa.
La
noticia no me afectó como él creía. Toda yo necesitaba de un cambio, de un
espacio nuevo donde pudiese desarrollarme sin las presiones que imponían mi
estatus de protectora de la aldea.
― Quisiera
que tuvieras una vida normal—terminó Padre y yo concordé con él.
Después
de todo, si quería casarme debía aprender a vivir en el mundo en que ya
habitaba mi futuro esposo. Porque ciertamente yo no me iba a casar ni con un ángel, ni con un lobo.
Catuxa
y Don Andrés lo tomaron con más tristeza.
― Se te
va a extrañar mucho en estas tierras, Raiña.
Don Andrés hizo un esfuerzo heroico por
dominar el temblor sus labios. Catuxa no temía ocultar su dolor. Lloró
sonoramente y se sonó de igual manera.
― Una
cría hijos no mas para verlos marcharse. ¿Qué será de ti lejos de Galiza? ¿Por qué mandarte al otro lado
del mar? ¿Qué no hay escuelas en Santiago o Lugo?
La
tristeza de mi gente me enseñó que en la vida somos responsables por quienes
amamos y por quienes hacemos amarnos. No podía negar que me sentía culpable.
¿Cómo dejar a un pueblo cuyo clima controlaba y que confiaba en mí presencia
protectora?
A
sabiendas que no podría dormir, subí al Castro a despedirme. Madre Loba me
tranquilizó. El pueblo y la
Castañeira existían
antes de mi llegada. Seguirían existiendo. Yo volvería en los veranos y ella
sólo esperaba estar ahí para verme.
Noté un
dejo de preocupación en sus pensamientos. Los lobos no solían sobrevivir a su
séptimo año, y Madre Loba ya llevaba cinco en este mundo. Las lágrimas que no
derramase ante los humanos, ahora salieron a borbotones de mis ojos al igual
que mis sollozos de mi garganta. Estaba abrazada a Madre Loba, mi cara
escondida en su pelaje gris, cuando sentí una presencia a mi lado. Al alzar mis
ojos vi que mi estrella guía nuevamente iluminaba el Castro como una gran
linterna. Y a esa luz vi a la Dama Do Castro en su vestido blanco veraniego.
― Madre
Loba estará aquí esperándote las próximas vacaciones, y la siguiente, y la
siguiente—anunció con su voz de agua.
Madre
Loba se separó de mí y fue a echarse los pies de la Dama quien le acarició la
cabeza.
― No
temas, Violante. Los lobos, por respetar la vida de los humanos y mantener la
armonía en esta tierra, estarán siempre bajo mi cuidado. Nada les ha de faltar
y te doy mi palabra que mientras estés en el convento, los ángeles cuidarán del
pueblo.
― Gracias
― dije. Su presencia me cohibía. Era tan bella y tan misteriosa.
― Esta
es la última vez que me verás, Violante. Ya eres mujer y no suelo aparecérmeles
a ellas. Pero sabe una cosa. Este viaje a Irlanda sólo es el principio. Toda tu
vida será una larga serie de viajes. Únicamente así podrás cruzar todas mis Puertas.
― ¿Encontraré
la próxima puerta en Irlanda? ― pregunté curiosa a lo que respondió con risas.
― Qué
apurada vives, niña. Paciencia es lo que te falta encontrar. ¿Sabes por qué nadie halló esa primera Puerta
antes que tú?
Súbitamente
se puso seria.
― Porque
para todos los buscadores encontrar las Puertas de María Hebrea era el fin de
su meta. No es así. Cruzar cada Puerta es el principio de una vida, y tú
tendrás siete como los gatos. Ahora recién comienzas a vivirla y debes hacerte
digna de mi obra. Después que lo consigas, alcanzarás la próxima Puerta. Pero
eso será en largo tiempo más. Cuando ya seas esposa y madre.
La
mención de asuntos mundanos trajo a mi corazón otra preocupación.
― ¿Encontraré
el amor?
― ¿Amor?
Qué palabra tan ambigua. Si te refieres a enamorarte. Sucederá. Ningún humano
se escapa de esa desdicha.
La
congoja se reflejó en mi próxima pregunta.
― ¿Seré
feliz o infeliz en el amor?
― El
amor vendrá, Violante ― La dama frunció el ceño ―. Está en ti en convertirlo en
castigo o recompensa.
Con
estas últimas palabras, la Dama comenzó a disolverse en el aire hasta fundirse
con la luz de la estrella. Madre Loba corrió hacia mí y ambas observamos como
la luz ascendía hasta perderse en el negro azul de la noche.

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