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| Cork en los 30's (foto de catalogue.nli.ie) |
Te mentiría,
Lectora, si dijera que en esos años en Cork no extrañé a los míos, ya que más
de un lagrimón manchó las cartas que semanalmente enviaba a O Courel. Te mentiría si te dijera que
no usé de mis artes de vez en cuando para que saliera el sol en un día de
excursión o para que un chaparrón terminase con una clase de gimnasia al aire
libre. La Puerta
de las Tempestades permanecía a mi lado, en mi mesita de noche, su texto
disfrazado de la vida de Santa Teresa de Lisieux. Pero también te mentiría,
Lectora, si te dijera que mis años de convento fueron desdichados.
De
tanto oír a otras quejarse de que estudiar bajo tutelas de monjas es un
infierno, a veces cuestiono mi complacencia. Lo cierto es que no lo pasaba del
todo mal. . Tal vez fuera la novedad de vivir entre extraños lo que aliviaba la
monotonía o la fijación mental que tenía del regreso a casa lo que hacía pasar
el tiempo más rápido.
Mi vida
era casi nauseabundamente normal, tal como lo quisiera Padre. Mis compañeras
tenían una idea preconcebida sobre las españolas. Esperaban que éstas fuesen de
ojos negros, tocasen las castañuelas y llevasen clavel en la oreja y navaja en
la liga. Cuando me vieron pelirroja y hablando inglés casi sin acento, dejé de
interesarles. Cuando descubrieron que, como ellas, yo luchaba contra las
espinillas, hacía dieta para bajar la grasa de los muslos y sufría reglas
dolorosas, me hicieron parte de su grupo.
Las monjas me creían dócil y amable. Mis
logros en historia y literatura, las hacía olvidar mi patosidad en las ciencias
y cuando me oían entonar el Ave María en el coro de la capilla se les escapaba
de la mente que a mis trece, catorce y quince años todavía contase con los
dedos y fuera incapaz de entender los rudimentos del álgebra y la geometría.
Para mí,
ellas eran todas iguales, gallinas cálidas, escondidas bajo tocas albas que
decían siempre lo mismo, y que, aparte de uno que otro castigo, eran
inofensivas. Sólo una destacaba de ese rebaño, y se convirtió en mi favorita.
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| St. Vincent's convent (foto de corkheritage.ie) |
Su
nombre era Sister Julian. Estaba a cargo de la cocina e impartía clases
culinarias, ¡pero qué clases, Lectora! Criada por una abuela parisina, dueña de una pastelería,
Sister Julian era experta en el arte de fabricar “gateaux” de
todos los tipos y eso le daba una peligrosa aura mundana, equivalente a
perfumarse tras las orejas.
Debido
a ese estigma cosmopolita, Sister Julian llevaba una vida aparte de las demás
monjas. Se pasaba el día gritándole a sus pinchas en esa cocina siempre
humeante como las Calderas de Pedro Botero, o en una esfera distante, dictando
clases desde una tarima sobre la cual estaban el hornillo y la mesa de cortar
cubierta de ingredientes y utensilios.
Sus
alumnas debíamos mantenernos a una prudente distancia, intentando imitar en
nuestras vasijas y bandejas las maravillas que fabricaba la monja, que al
guisar caía en un estado de casi mística euforia en el cual se olvidaba de
nuestra existencia.
Únicamente
importaban esa masa que estiraba con tanto cuidado sobre su mesón o ese glasé
de chocolate que a ratos probaba para luego esbozar una sonrisa picaresca que
no se esperaba en una religiosa. Ahí supe que cocinar y probar nuestra obra
puede ser una experiencia muy sensual.
No sé
exactamente como logré traspasar la muralla invisible que separaba a la maestra
de cocina de sus alumnas. Quizás fue porque de todos los gateaux fabricados por las colegialas, los míos más se asemejaban a
las confecciones de Sister Julian o tal vez reconoció en mí a otra alma excéntrica
como ella. Comenzó a prestarme una atención peculiar y a fijarse más en lo que yo
hacía. Hasta bajaba de su pedestal a darme indicaciones y a probar el relleno
de mi dacquois o el batido de mi
merengue para la boule de neige.
Pasé a
ser su asistente, a ordenar sus utensilios antes de clase, y luego a lavarlos
cuando éstas terminaban. Parecía un trabajo ínfimo, pero yo era conciente de
que también era un privilegio. Mi prestigio aumentó cuando me permitió
descender con ella a sus reinos subterráneos, a su lareira.
Era una
de esas cocinas conventuales de paredes pedregosas y grises. De tamaño era más
grande que la de Catuxa. Un verdadero laboratorio siempre humeante como ya lo
describí. La única diferencia es que la comida era aquí una necesidad y no un
placer por lo que Sister Julian, a veces tenía que coartar su espíritu creativo
y resignarse a platos tan sosos como el porridge
del desayuno o las innumerables variaciones de col hervida, ingrediente
infaltable en la comida irlandesa.
Normalmente,
la comida del internado era exactamente lo que se espera de ella: insípida, aburrida
y escasa. Pero en las fiestas, se le daba a Sister Julian las llaves de la
despensa, dinero de la hucha conventual, y carta blanca para que fabricase
maravillosas galas que nos tenían a todas al borde del pecado de la gula.
En esas
ocasiones, en que yo le servía de marmitona principal, aprendí a conocer a mi
nueva maestra. Sister Julian era tan parlanchina como Catuxa. Su tema principal
era ella.
Nunca me
hizo preguntas ni se interesó en mi pasado o presente. Hablaba de su tiempo en
Paris o de la cocina en general. Sobre todo de los grandes cocineros de la historia
que eran su obsesión: Vatel, Brillian-Savarin, Escoffier. Todos varones.
Por una
vez, me atreví a interrumpirla, lamentando que a las mujeres no se nos considerase
dignas cocineras. Me corrigió. Las mujeres no serían dignas de cocinar para
reyes y dignatarios, pero muchas tenían sus nombres en las listas de glorias culinarias.
Me habló de Mrs. Beeton, de Eliza Acton, y de otras damas de Estados Unidos que
publicaban libros de recetas y textos sobre el manejo del hogar que quizás eran
más útiles y necesarios que las filigranas artificiosas que apelaban a la
glotonería de gourmets.
―It´s why I am here ― me explicó—No deseaba
pasarme la vida llenando barrigas ajenas y aguantando quejas de clientes con
indigestión.
Me sorprendí.
― Yo creía
que todas las monjas teníais algo llamado “vocación”.
― Mi
vocación es la cocina—dijo sin empacho ― .Si estoy en un convento it´s because I fell in love.
Hasta
las orejas se me enrojecieron con esa confesión. No me cabía en la cabeza que
una monja se enamorase, a menos que fuese la Doña Inés del Tenorio.
Pero pronto oí más, porque la vida amorosa de Sister Julian era un tema
obligado de conversación. Como toda católica,
yo sabía que las monjas eran “Esposas de Cristo”, así con mayúscula, pero más
parecía título honorario, quizás alegórico a su virginidad y soltería. Me
negaba a creer que yo vivía en medio de un harem de mujeres casadas con el Crucificado.
Sister Julian,
sin embargo, me forzó a enfrentar esa cruda realidad. Porque ella tenía plena
conciencia de estar casada y no con una imagen de palo o yeso.
Había
días en que llegaba a la cocina con sus ojos enrojecidos de no dormir y de
llorar. Pronto supe que esos ojos indicaban una pelea marital. La monja discutía
con su Divino Esposo y de milagro no se iban a las manos.
― Esta
vez no me perdona—decía con voz lagrimosa ―. He ido demasiado lejos.
Jesús
siempre la perdonaba y tenían una reconciliaciones estupendas, tras la cuales
llegaba brindando sonrisas con expresión lánguida y bajando los ojos un poco
temerosa de que leyésemos en ellos sus intimidades conyugales. Intimidades que
yo tenía claro eran más intensas y satisfactorias que las copulas de Fulgencia
con los toros de Don Álvaro, o las del Marqués de Bradomín con sus queridas.
Pensarás,
Lectora, que se trataba de una loca fanática, pero yo reconocí que nada en ella
era falso o producto de una mente enferma. Estoy segura que se comunicaba con Jesús y que tenían un
matrimonio tan o más real que el de mis padres. Sister Julián me legó los misterios
de su pattisserie, pero también me
enseñó el secreto de un matrimonio armonioso. De cuándo y cómo se debía ser
flexible con un marido cuyo carácter era tan recio como el de la esposa.
Los
fines de semana se me dejaba libre y cruzaba la puerta del convento para
pasarlos con los Hennessey, los parientes de la abuela. Uncle Arthur Hennessey era el director de una fábrica de conservas
y casi ni se le veía el pelo por casa. Pero su mujer “Auntie Grace” y sus hijos,
Hugh y Sean, se desvivían por hacerle la vida mas fácil a la prima española.
Auntie era chapada a la antigua en algunas cosas y
en otras era singularmente moderna. Creía que las mujeres debían llevar vidas
activas y trabajar. Se preocupaba por mis estudios y mi vida social. Todos los
domingos debía ir a misa con la familia, pero en la tarde se corrían los
muebles del living, se invitaba amigos y se organizaba un baile. Fue con ellos
que aprendí a bailar y le tomé el gusto a esa música moderna que venía de otro
lado del Atlántico.
Los sábados
por la tarde, lloviese o tronase, íbamos al cine. Ahora en las películas los
actores hablaban, cantaban y cada vez estaban más guapos. Me volví adicta a las
revistas de cine, que canjeaba con mis compañeras por los cigarrillos egipcios
de mis primos. Como mis compañeras, también me enamoré de un hollywoodense. El
mió era Gary Cooper, un vaquero larguirucho que a ratos me traicionaba con Clara
Bow en películas de aviadores.
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| Clara Bow y Gary Cooper (to de movieactors.com) |
El año
escolar se pasaba en un periquete. Cuando menos lo esperaba, ya estaba en el
barco rumbo a A Coruña, de ahí era solo un brinco hasta la Sierra donde yo seguía
siendo objeto de miradas de respeto y amor. Es que por entonces, Lectora, yo no
conocía otras miradas.
Padre
no pasaba ya todos los veranos en la Sierra. Bajábamos
anualmente a Ribadeiro a pasear en velero. Aprendí los nombres de los peces y a
hacer nudos y creo que engordé más de tanto comer centollo y vieiras.
Cuando
estábamos en la Sierra ,
Don Andrés y yo nos escapábamos al cine en Monforte. Allá pude seguir ese affaire secreto con Gary Cooper, que yo
tenía claro, era una fantasía inocente, por lo cual podría amarle aun después
de casada con ese marido ideal con el que todavía planeaba ir al altar.
Luna
llena o no, en noches de mucho calor yo subía a la Castañeira
a estar con los lobos. Madre Loba estaba más vieja y cansada. Quien comandaba
el clan ahora era Aurora. Mi hermana ya tenía pareja, cachorros y mucho poder. Pero
por cortesía, Madre Loba seguía siendo nominalmente la líder del clan. Casi no
podía cazar y era Aurora quien le traía la comida. Yo también acostumbré a
traerle golosinas.
Descubrí
que los lobos pueden ser gourmands y
comen cualquier cosa, hasta pasto que les sirve para limpiar su sistema
digestivo. Pero Madre Loba en su vejez era una verdadera glotona, tanto comía
salmón con eneldo como huevos duros. Sister Julian me enseñó a hacer la famosa
tarta de manzana irlandesa y Madre Loba pronto la convirtió en su favorita. Se podía
zampar una entera y de una sentada. Eran los privilegios de la vejez cuando ya
no se pueden dar otros gustos.
De esa
manera, pasaba yo mis vacaciones hasta el momento que tenía que dejar la magia
atrás y regresar a la realidad de Cork que también tenía sus ventajas.
Así
pasaron los años, yo me fui ensanchado hacia los lados, como decía Catuxa, y volvime
mujer. No muy guapa, pero al menos no asustaba. Lo más importante es que era
feliz. Tan feliz, Lectora, que la desgracia me tomó por sorpresa.
Fue
después de las Pascuas del 34, yo ya contaba dieciséis años, cuando una mañana
vinieron a la cocina a avisarme que la Madre Superiora me esperaba en
su despacho. Asustada, me quité el mandil. Una llamada de tan exaltado
personaje nada bueno debía traer.
― ¿Has
cometido alguna falta?― preguntó Sister Julian mientras me escoltaba al
despacho.
No
recordaba ninguna. Entré presintiendo que me aguardaban malas nuevas.
La cara
de la Madre Superiora, debajo de su pesado velo, no expresaba reproche, solo
tristeza. Entonces sí se trataba de una mala noticia.
― My dear child—comenzó. El terror me impidió
oír con claridad sus próximas palabras y debió repetírmelas. Había yo de
regresar inmediatamente a mi tierra. Padre estaba grave. Padre se moría.
La
congoja me siguió retorciendo las entrañas por largo tiempo. Mis próximos días
se volvieron una serie de recuerdos nebulosos y movimientos mecánicos que me
llevaron a abandonar el convento, a despedirme de mis parientes y a embarcarme
rumbo a Galicia. Todo mi viaje estuvo martillado por un solo temor: que Padre
muriese antes de yo llegar.
Fue un
alivio encontrarle, no en cama, como esperaba sino sentado en la biblioteca,
pero como un anciano ante el fuego innecesario, puesto que no hacía tanto frío.
Sus piernas estaban cubiertas por una manta escocesa. Eso tampoco era común en
él.
Se
alegró de verme, e intentó vanamente tranquilizarme sobre su enfermedad. Fue
Don Andrés quien tuvo, más tarde y a solas, que informarme sobre el verdadero
estado de Padre.
― Es
cáncer, Raiña. Se lo diagnosticaron
en el otoño. No quiso que te avisáramos para no alarmarte, pero el mal avanza
con gran velocidad. No se espera que viva más de un mes.
Me negué
a aceptar tan fatídico vaticino, pero fue Catuxa quien terminó de convencerme.
― Se
nos va el Señor Conde, y los médicos no saben que hacer. ¿Qué será de nosotras?
No era común
en Catuxa desesperarse y ser tan fatalista. Me di cuenta que mi orfandad era
inevitable.
La lista
de malas noticias no acababa ahí. Esa noche, subí al bosque a ver a mi manada y
reconocí el final también en los ojos de Madre Loba. Deseé llevarla al Pazo a
ponerla junto al fuego como a Padre. Quizás ese calor impidiese que la muerte
se los llevase. Pero mis sueños eran vanas quimeras. La lucha de un niño contra
la fuerza de lo desconocido.
¿De qué
valía conocer el lenguaje de los lobos y comunicarme con ángeles? ¿De qué valía
ser obediente y buena si el Cielo me quería huérfana y sola? Nadie tenía respuesta, ni siquiera Don Matías.
Comencé
a dividir mi tiempo, el poco que me quedaba, entre monte y Pazo. Empleaba mis
mañanas leyéndole a Padre viejos libros que se sabía de memoria hasta verle
dormitar. Entre los médicos y don Andrés le administraban drogas fuertes para adormecer
sus dolores. Después del almuerzo hasta la merienda, me trasladaba al Castro
donde Madre Loba pasaba sus días. Ya ni apetito tenía para mi Apple pie, pero se alegraba de verme. Lo
notaba porque intentaba alzarse o mover el rabo cuando me veía llegar.
Un par
de días después de mi llegada, apareció una visita en el Pazo. Una mañana me
encontré junto a Padre, en la biblioteca, a una mujer de mediana edad, mediana
estatura y mediana sonrisa, envuelta en un abrigo cuyo collar de piel se alzaba
tras su cabeza como el respaldo de un sillón.
― Saluda
a tu tía Aniña—dijo mi padre.
La
mujer se abalanzó sobre mí y me estampó dos sonoros besos, dejando sendas
marcas de rouge en mis mejillas.
― ¿Es
esta Violante? Pero qué guapa se ha puesto. El vivo retrato de su querida
madre. La falsedad que resumían sus palabras me indicaron que la Tía Aniña, era
un ser mediocre que no podía tener mayor importancia en mi vida.
En el
pasado, escuché a Catuxa hablar bastante de esa hermana menor de padre, quien
estaba casada con un comerciante de A Coruña y se sentía tan a gusto allá que
no nos visitaba jamás. Según Catuxa, nunca quiso a Naiciña. Una sola mirada a mi tía me bastó para saber el por qué.
No me
agradaba, pero Padre, en su preocupación de desahuciado, consideraba que yo
debía tener a alguien de mi sangre cerca cuando llegase su fin.
Por
suerte, la Tía Aniña
no era muy dada a cotillear en familia. Era muy dormilona. Solicitó de Don Andrés
una gran cantidad de papelitos de esos que traían somníferos.
Se
plantaba uno a la cena y no daba muestras de vida sino hasta después de las
doce del mediodía siguiente. Desayunaba en cama, leyendo las crónicas sociales,
de los periódicos que hacía traer semanalmente de A Coruña y Santiago. Luego se
pasaba casi una hora en la bañera para aparecer muy elegante y pintarrajeada al
almuerzo. Después se sentaba a aburrir a padre con cháchara de un pasado no
compartido y que no le interesaba nadita a él. Hablaba mucho de viajes, de
automóviles y de su hijo Federico que al parecer era todo un portento y un Don
Juan.
― Las
chicas lo persiguen y no sólo en España. Es que mi Fred…
Se le enternecía la voz al hablar de su
querubín, y por una vez la sinceridad humanizaba sus facciones.
Yo
aprovechaba esas chácharas, para escaparme al monte. La Tía Aniña me incomodaba.
Era como un insecto demasiado pequeño para molestar, pero lo suficientemente
grande para ser visible.
Una tarde,
volvía yo del monte cuando vi al otro lado del puente, un objeto
extraordinario. Un automóvil. Se veían muy pocos circular por el pueblo. Este
además era notorio, un Alfa Romeo de dos asientos y de un rojo diabólico.
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| Alfa Romeo 1933 (foto de sportscardigest.com) |
Estaba
yo tan inmersa en el color hipnótico que azotaba mi vista como el capote de un
torero, que no me fijé en el conductor que estaba parado a su lado, muy ocupado
en limpiar sus gafas de sol. El sí me vio y cruzó el puente a grandes zancadas.
― ¡Tú
debes ser la prima!
Me besó
casi tan sonoramente como su madre, pero sólo en la mejilla, en la comisura de
los labios, De paso, me dejó una mínima estela de baba en la piel. Se apartó un
poco y señaló el coche.
― ¿Te
gusta mi Alfa Romeo?
La verdad es que el automóvil estaba mejor que
el dueño. El primo Federico era el vivo retrato de su madre. Si las chicas le
perseguían, sería para darle palos porque estaba muy feo. Sin embargo, se veía
más genuino que Tía Aniña. Al menos sus ojos lo fueron para examinarme y en su
mirada leí que lo vio todo. Mis rizos desgreñados, mis botas enlodadas, y ese sweater gigante de marinero que llevaba,
que heredara a padre, y que ostentaba varios agujeros. En cuanto a mi físico.
No podía evitarlo. Tal como Bradomín, yo era fea, católica y sentimental. Aún
así, la mirada de mi primo no esbozó reproche y su sonrisa no era para nada
despectiva.
― Me
dicen que estudias en Irlanda, ¿entonces hablarás ingles? ― cuando asentí lanzó
una carcajada y puso su brazo alrededor de mis hombros― Marvelous! I do hate the Spanish gibberish!
Pronto
comprendí que no sólo el idioma disgustaba a Fred. No amaba a nuestro país. Ni
siquiera a la moderna España de ese 1934, sin Rey y con República. Era de esos
que veían a la
Península Ibérica como un terruño africano, atrasado y aburrido.
Mi primo se lo pasaba en el extranjero, ya que ni Madrid le atraía.
― El
día en que se fabriquen en España coches como los italianos, trajes como los
londinenses y cigarros como en Egipto, me quedaré por acá ― nos anunció durante
la cena.
A pesar
de su maladversión por su patria, Federico no era ningún pelma, al contrario,
era bastante entretenido. Tenía muchas anécdotas que contar, y parecía no
importarle ninguna de mis excentricidades. Según él, las mujeres debían gozar
de libertad.
― Las
hace más interesantes—decía.
Se
estaba poco en casa, siempre estaba yendo a ciudades grandes. Viajes de los
cuales volvía con revistas de moda para su madre, y discos ingleses para mi. Descubrí
que le gustaba el jazz, y que era un gran bailarín. También se trajo un
gramófono de esas expediciones, el de
Naiciña ya era chatarra. A veces poníamos música y bailábamos en uno de los
salones, bajo la mirada vigilante y astuta de Tía Aniña.
Madre
Loba murió una semana después de la llegada de Fred al Pazo. Fue un final tranquilo
y solitario. Don Andrés me ayudó a enterrarla en el Castro que fuera su última
morada. Enterré con ella un puñado de semillas de manzana con la esperanza de
que un árbol naciese sobre su tumba, un manzano que recordase el amor de mi
segunda madre por el apple pie.
Volví
llorosa y apesadumbrada al Pazo donde Padre intentó consolarme.
― Todos
te estamos dejando Violante—dijo mientras acariciaba mi cabello. El también
estaba malucho, peor que antes y ya prefería quedarse en cama.
― Debes odiarnos por dejarte sola. Si se
pudiera evitar, Madre Loba y yo seguiríamos aquí, en esta tierra.
Comencé
a llorar avergonzada. ¿Cómo podía pensar que yo les culparía por morirse?
―
Pronto será mi turno—continuó Padre y la serenidad de sus palabras me heló la
sangre.
― ¿Que
será de ti entonces? Tía Aniña es tu parienta más cercana, pero no creo que os llevéis
bien.
No pude
contradecirle.
― Faltan
cinco años para que seas mayor de edad y entres en posesión de lo poco que he
de dejarte. Cinco años pueden ser muy largos, pero hay una manera de que puedas
emanciparte antes.
Lo miré
sorprendida.
―
¿Cómo?
― Cásate
con Federico.
El
pedido me sacó de mis casillas. Nada más alejado de mi mente en ese día de luto
que una boda ¿Y con Fred?
― Me haría
muy feliz y me dejaría más tranquilo saberte casada con él. Es tan europeo, no
te impondrá nada y te dará libertades impensadas en un esposo español. Además creo
que podría tolerar un poco tus excentricidades.
Poco a
poco, mi mente práctica iba viendo la sabiduría tras las palabras del Señor
Conde. Federico era un hombre cosmopolita que creía en los derechos de la mujer.
Viviría en el extranjero. Quizás hasta me dejase tranquila en mi Pazo. Nunca podría
amarle, pero hasta eso, insensata de mí, me parecía en aquel entonces una
ventaja.
― Si
ese es su deseo, Padre—dije con voz temblorosa.
― Eres
la mejor hija que ningún padre pueda desear. Ya veras lo felices que seréis—En
aquel momento pareció leer mi mente ―. Ya sé que no podrás quererle, pero
créeme, hija. El amor es muy bonito, pero nos esclaviza, nos hace perder
contacto con la realidad. No quiero que seas esclava de nadie.




De modo que Violante tenía, como todas nosotras, sus chongos fílmicos! Impresionante, toda una pionera...
ResponderEliminarMe gustó mucho la interpretación de la comida y su importancia... ¿te acuerdas eso de "Como agua para chocolate", la idea que el alimento es la manera que tenemos las mujeres de "entrar" en los hombres? Yo siempre lo he percibido así, de hecho hasta relacionándolo con las dotes de la curación... el primer gesto del curador es alimentar, nutrir, la enfermedad se combate equilibrando el cuerpo y, entre otras cosas, el cuerpo se equilibra con lo que ingiere... es tan interesante... de hecho, la cocina es una de las manifestaciones de la magia ¿verdad?
Bueno, espero que el comentario sirva de prueba, también... y que tus otras lectoras se animen a participar!
Querida Guivi,
EliminarNo sabes como agradezco tu esfuerzo por leer mi novela, y más por gustar de ella y por comentarlas. Los chongos fílmicos no los inventamos nosotras. Piensa en Rodolfo Valentino cuya muerte provocó suicidios entre sus fangirls, y antes que el cine, había idolos teatrales que enloquecían a las mujeres como Sir Henry Irving, la inspiración de “Dracula”.
“Como agua para chocolate” es una inspiración seminal, un libro muy influyente, pero también esta, el que antes de enfermarme, yo llegué a ser una muy buena cocinera. Amo y respeto la comida. Con una madre con desordenes alimenticios, crecí con una relación muy ambigua con el alimento hasta que descubrí que la obesidad tiene poco que ver con el arte de cocinar que como tu dices es el arte de curar. No hay nada que consuele más que un platillo bien hecho y bien presentado, pero hecho con cariño. De ahí viene mi discusión sobre quien cocina mejor, mujeres u hombres.
Es un tema tan lindo, este de la cocina y lo que significa...
EliminarTe cuento algo medio personal, pero a esta altura ya hay confianza suficiente... desde hace un par de años, vendimos, con el Santo, nuestro primer departamento para comprar una casita más grande, donde cupiesen bien nuestras dos criaturas y la parva innumerable de libros que acumulamos como buena pareja de profes de Historia que somos... y fue toda una revolución, con refacción general y estafa del arquitecto incluida. Cuestión que terminamos despidiendo al susodicho arqui, mudándonos a una obra en construcción y dejando a cargo de todo al Santo (con una dosis menor de ayuda mía, a mí me tocan los niños en primer lugar...), pasamos meses sin agua caliente, sin revestimiento de los pisos, sin pintura, sin calefacción, sin cocina!!! Recién ahora este lugar se parece más a una vivienda que a una zona de desastre... pero durante mucho tiempo, la habitación que iba a ser la cocina fue una especie de campo minado, con todo un lienzo de pared abierto literalmente al patio, y conmigo obligada a cocinar absolutamente todo sólo con un horno microondas y una sartén eléctrica... me las arreglé como pude, pero había días en que me ganaba la deseperación. Y una de esas veces le dije al Santo: "El corazón de una casa es su cocina, allí es donde se preparan los alimentos... esta casa carece de cocina, por lo tanto no tiene corazón". Al borde de las lágrimas estaba, y así me pongo cuando lo recuerdo. El santo me sonrió con ternura, me dio un abrazo y dijo, a media voz: "Pero claro que tiene corazón... vos sos el corazón de esta casa, porque pese a todo, seguís cocinándonos todos los días..." Creo que no podría haberme hecho sentir mejor si me hubiera dicho que hacía magia, o que era más linda que Marilyn Monroe... Mira si no es importante la cocina, mira si con ella no se llega al corazón de los que amamos, eh...
Ayy, tu Santo Varón...Voy a guardarme esa frase para algún héroe de mis novelas. Me alegro que tu casa ya tomé aspecto de hogar.
EliminarMi casa también esta patas p’arriba, pero es por el descuido de mis padres. En la casa principal hay agua caliente para bañarse, pero no para lavar platos, y en casa de Mi Ma es lo mismo (no fue siempre así), estoy too el día calentando ollas de agua hirviendo. Pero si fuéramos una familia armónica, si hubiera cariño, o un mínimo de coherencia las cosas se sobrellevan.
Yo creo que hay dos cosas que toda mujer debe amar: los niños (y eso no implica que todas tengamos que parir) y la cocina (y eso no implica que nos guste el trabajo doméstico. Yo odio limpiar y hacer camas).La novela que escribí antes de esta tenía una heroína que hacía magia con la comida.