Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

lunes, 2 de julio de 2012

6. Traición y muerte en la Sierra


El Nubeiro (foto de jardindelibertad.blogspot.com)



Cuando supo la noticia, Tía Aniña se puso tan contenta que, como dijo Catuxa, “no le cabía un garbanzo por el culo”. Me besó tantas veces que dejó en mi cara un muestrario de sus afeites.
― Yo sabia que ibas a aceptar. ¿Quién en su sano juicio despreciaría a mi Fred?
"Mi Fred" en ese momento estaba en Monforte, pero regresó al día siguiente con muchos regalos incluyendo una inmensa caja de bombones para mí. Su madre le estaba esperando en la entrada del Pazo. Aleteando como una gallina, le anunció la buena nueva. Fred puso una sonrisa de oreja a oreja y se me acercó, un poco tímido.
― Anda, besa a tu novia, que pronto seréis más que parientes —le apremió Tía Aniña.
Fred, sin palabras, me encajó la caja de bombones en las manos y me abrazó. Fue ahí que reparé en lo feúcha y pobretona que era yo. ¿Qué querría un hombre de mundo como mi primo conmigo? Ellos tenían más dinero que nosotros, los Condes de Portela. Si se casaba conmigo era porque me tenía lastima y quizás un poco de aprecio. Lo demostraban sus regalos. Eso me hizo cobrarle cariño, aunque todavía no me podía imaginar teniendo trato carnal con él.
Al parecer, Fred sí podía imaginarse teniendo contacto fisco más íntimo conmigo, puesto que al día siguiente me atrapó en la galería y me besó en la boca.
No fue nada parecido a lo que soñaba me haría sentir Gary Cooper. El beso de mi futuro marido fue una combinación de labios viscosos y mucha saliva. Por suerte, yo acababa de comerme un bombón y no me dio mucho asco. Por suerte, Fred no tenía mal aliento y su cuerpo exudaba olor a limpio y a una buena colonia inglesa.
Unos días mas tarde, nos comprometimos en una ceremonia discreta, a la que asistieron Don Álvaro, Don Andrés y el alcalde y su familia. Don Matías nos bendijo, aunque masculló algunas cosas sobre solicitar dispensa eclesiástica. Al fin y al cabo, Fred y yo éramos primos hermanos.  
Padre llamó a su abogado e hizo testamento. Sólo después permitió que el médico le examinase. Tanto ajetreo le dejó sin fuerzas. El médico sacudió varias veces la cabeza antes de decirnos que ya no había más que hacer. Don Andrés, fiel hasta el final, inyectó a Padre para que se fuese sin grandes dolores. La misión del Señor Conde en la tierra terminaba. La mía recién comenzaba.

No creo que Tía Aniña y Fred sufriesen mucho por la partida de Padre. A mí me hacía mucha falta. Para que no me ganase la nostalgia me metí a la cocina, a pesar de los chascarrillos de mi prometido. Alguien tenía que ayudar a Catuxa. Curioso, pero la muerte de Padre la afectaba más a ella que a nosotros. Era como si los años se le vinieran encima.
Para aliviarle el trabajo contraté una moza del pueblo llamada Carmiña. Era ahijada de una de nuestras antiguas criadas. No era de la Sierra, venía de Lugo y aparte de que le gustaban los cuplés, se sabía poco de ella. Se pintaba, usaba tacones, y no era respetuosa. Pero no la contraté yo para que me rindiera pleitesía. Además, Fred dictaminó que tenía aspecto “humano” y le agradaba tener a una chica de ciudad sirviéndole el desayuno.
 ― Mejor que esas viejas del pueblo—decía.
A pesar del luto, Tía Aniña insistió en que debíamos casarnos pronto.
― En septiembre poco después de que cumplas 17 años ― decidió.
Faltaban sólo cinco meses. El pueblo se escandalizaría. Lo normal era esperar a que pasase el luto, por lo menos un año, pero mi tía estaba harta de la Sierra y de servirnos de carabina.
Fred se marchó de viaje para evitar murmuraciones. Y mi vida siguió como siempre. Sólo la falta de Madre Loba y de Padre, más la omnipresente presencia de Tía Aniña, me recordaban los cambios en mi mundo.
Con la llegada del verano, Catuxa cobró más ánimos y me hizo ver que Carmiña era una inepta, aparte de ser una majadera.
― No respeta a nadie. Es desobediente. ¿Qué es eso de pintarse para servir la mesa? Mándala por donde vino.
A mí también me nacía mandarla a la porra, pero Federico regresó sin avisar. Tendríamos que esperar a que se marchase para despedir a Carmiña. A él le agradaba su servicio. Curiosamente, Carmiña nunca cometía torpezas y era muy modosa en su presencia.

Esa noche, hizo mucho calor. Tía Aniña se zampó sus polvos somníferos y cayó como leño en su cama. Deseaba yo que Fred y yo nos quedáramos en la terraza mirando las estrellas. ¿No era eso lo que hacían los novios? Pero tras fumarse el último cigarro, anunció que estaba agotado por el viaje y se largó a su cuarto.
Seguí su ejemplo, pero no podía dormir. Desde mi ventana miraba la Castañeira. Oía los aullidos de los lobos anunciando una buena cacería. Quería subir con ellos, pero ya no estaba para esos trotes.
Sentía el corazón pesado. Necesitaba hablar con alguien. Con Tía Aniña era imposible, aún despierta no tenía mi confianza. A la pobre Catuxa había que dejarla dormir. Me puse la bata y mis chinelas. Solo quedaba Federico.  Era impropio, pero ¿acaso no íbamos a casarnos en unos meses? Ya era hora que compartiéramos la intimidad mental, sino la de cuerpos, que debe existir en una pareja.
Prendí mi lámpara de gas y avancé por el pasillo. Casi al llegar a la pieza de mi novio escuché voces. Fred no estaba solo. Peor aún, le acompañaba una mujer. Tía Aniña dormía como un lirón. No podía ser ella.
Sin pensarlo dos veces, abrí la puerta. El espectáculo que me recibió más que obsceno, fue imprevisto. Peor que ver a mí futuro marido bajo una mujer en cueros, fue saber que ese cabello largo y esos pechos bamboleantes pertenecían a Carmiña. De milagro, no deje caer la lámpara y tuve el sentido común de depositarla sobre un aparador en el pasillo antes de emprender mi huída.
Me precipité escala abajo. De no asirme del barandal me iba de cabeza porque las chinelas me entorpecían el descenso. Furiosa, las sacudí de mis pies hasta que salieron volando. Sin atender los gritos de Fred, que a mi espalda me llamaba, escapé descalza de mi Pazo.
No quise correr hacia el pueblo, hacia la gente y hacia el escándalo. Necesitaba de otros protectores. Crucé el soto de hayas y subí al monte en busca de los lobos. Ni sentía como las pedrecillas del camino me rasgaban las plantas de los pies. En mi mente sólo había indignación. Ni siquiera dolor. Quería abofetearme por no prevenir, por no darme cuenta.
Es que jamás pensé que Fred, tan europeo y fino, pudiese comportarse como los señoritos de las novelas que andaban tras el culo de las sirvientas. No daba crédito. ¿Cómo mi novio me insultaba de esa manera? ¿Qué no había burdeles en Monforte y Lugo? ¿Por qué tenía que follar a mi criada bajo mi techo? Eso no se hacía.

(ft de deviakeprgalicia.com)

Fue al llegar a la Castañeira que sentí de nuevo la voz de mi primo. El muy memo me venía siguiendo. Por suerte, había bastante distancia entre ambos y él no conocía el camino y menos en la noche, a pesar de que cargaba una buena linterna inglesa.
Me metí ente los árboles y casi me tropecé con mi hermana Aurora. Con su intuición de loba comprendió enseguida que algo ocurría. Los otros lobos, tras matar un jabalí, estaban en proceso de arrastrarle hacia el castro para que comiesen los cachorros. Mi hermana me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiese, pero caí en cuenta que no debía permitir la entrada de mi primo al bosque. El nada tenía que hacer en nuestro mundo.
Por primera vez, esa noche tuve la sangre fría para pensar y actuar. Cerré los ojos e invité a Zaapiel, ángel del las tormentas, para que viniese. Ante mi apareció una mujer alta de capa negra y cabellos desordenados.
― Impide que Federico entre en la Castañeira ― supliqué.
― ¿Qué me das cambio?― preguntó el ángel con voz de trueno.
En mi desatino, entoné un cuplé que de tanto oír a Carmiña se me pegara en la memoria. Se llamaba “Tardes del Ritz”.


El sentir que de mi boca se escapaba esa canción tantas veces entonada por esa lagarta, me llenó de furia. Y la furia se le contagió al Ángel de las Tormenta, porque un viento huracanado se hizo sentir en el bosque.
Los castaños se inclinaban humildes al paso de Zaapiel.  El polvo del suelo se metía en los ojos. Aurora me arrastraba del borde de la bata y yo la seguía ansiosa de huir de ese bosque que más que visitado por ángeles, parecía estar poseído por demonios.
En ese instante oí, a través del ulular del viento, la voz de Federico gritando mi nombre.
El muy maldito, tras franquear la barrera del vendaval, estaba en la Castañeira.
― ¡Violante, Violanteeeee!—su voz me crispaba. Debía detenerlo. Esta vez, invoqué a Baradiel, Ángel del Granizo.
En un segundo le vimos en la copa de un árbol. Alto y flaco, era el Nubeiro con su sombrero de copa y su morral lleno del temido pedrazo.
― ¡Sácalo de aquí!—grité.
― ¡Págame!― ordenó el Nubeiro con voz cavernosa
Ya no sabía que cantar. Y me vino a la cabeza un disco frances que Fred tocaba en el gramófono. “Vouz, qu'avez vou fait de mon amour?” La misma pregunta que yo me hacía. ¿Qué has hecho de mi amor? No que yo estuviese enamorada de Federico, pero no soportaba la traición a mi cariño y mi confianza. El Nubeiro escuchó mi canción con ojos cerrados, para luego meter mano en su morral.

Como coro a mi reproche musical, cachos de granizo del porte de pelotas de tenis comenzaron a bombardear el bosque. Los gritos de Fred ahora eran de alarma y dolor. Hasta me daba risa. ¿Pero qué hacia el idiota que no salía de la Castañeira? ¿Qué no entendía el muy bruto que ese lugar no era para él?
La puntería del Nubeiro era muy precisa y ni un golpe nos cayó ni a mí ni a Aurora. Por el sonido de la voz de mi primo entendí que se alejaba, pero era un sonido zigzagueante. Al parecer, andaba desorientado y en vez de retroceder, iba hacia el río.
― No vaya ese loco a ahogarse—dije a Aurora. Hice un gesto al ángel para que se detuviese y salí tras Fred. El suelo estaba cubierto de trozos de hielo y me costaba avanzar. Ya no se sentía la voz de mi primo. ¿Iría camino a casa? No era posible, el bosque estaba tan oscuro como la proverbial boca de lobo. Incluso, a mí me era difícil avanzar.
De pronto, sentí que el hocico de Aurora se cerraba sobre mi bata, impidiéndome seguir. En lo negro de la noche, distinguí que a un par de metros se erigía la siniestra entrada del Foxo dos Lobos. El idiota de Federico debía estar adentro. Qué extraño que no gritase.
Mi orgullo volvió a hacer presa de mí y ni me molesté en llamarle. Quizás el muy cagado se desmayara del susto. Ahora por su culpa, tendría que ir al pueblo por ayuda. Tendría que exponer mi vergüenza ante mi gente.
Discutí el asunto telepáticamente con Aurora. Debía alejar a los lobos de la Castañeira. Pronto el lugar sería un hervidero de humanos. Así lo entendió ella y ambas partimos en direcciones opuestas.

Retorné al Pazo para buscar mis chinelas. Mis pies sangraban y me dolían. Me encontré a Carmiña, ya vestida, sentada en la escalera. Al verme, lanzó un sollozo que me sonó a mugido.
― ¿Donde está Federico?—gimió. 
Oírla llamar tan familiarmente a quien hasta hace poco era mi prometido, me calentó la sangre. Nunca actuaba yo con violencia hacia nadie, pero ahora me abalancé sobre ella y la zarandeé por el cabello.
― Óyeme bien, zorra, si tienes alguna inteligencia, te marchas ahora mismo, porque si regreso y te encuentro, te parto en cachitos.
Catuxa apareció por la puerta de la cocina, bostezando, y envuelta en un batón.
― ¿Qué sucede?—preguntó con voz soñolienta.
Solté a Carmiña que se ovilló junto a la baranda sollozando.
― A ésta le pagas lo que le debemos y la pones de patitas en la calle. Debo ir por Don Andrés. El tonto de Federico se cayó al Foxo.
Catuxa era muy lista para no darse cuenta de lo que pasaba. Se lanzó sobre Carmiña y comenzó a darle golpes y pescozones.
Cuando salía del Pazo, me pregunté si Catuxa estaba enterada de los amores de la criada y de mi primo. ¿Cuántos lo sabían?  ¿Era yo la única boba que no veía más allá de mis narices?
Crucé el puente y me dirigí a la puerta trasera de Don Andrés. Tuve que golpearla varias veces antes de ver luz en el segundo piso. Un rato después, Don Andrés en pijamas y pantuflas apareció en el portón.
― ¡Venga usted!  Traiga una cuerda. Federico se cayó en el Foxo.
Me miró con extrañeza.
 ― Creo que está aturdido, porque no responde—añadí.
Don Andrés no hizo movimiento alguno. Para hacerle reaccionar tendría que contarle todo. Lo hice sin escatimar detalle, llena de ira y vergüenza
― Quisiera sacarlo sin gran escándalo. Tendremos que traer un médico de Monforte, aunque las pieles de seguro amortiguaron su caída. Qué suerte que el Foxo esté tan bien forrado.
Por primera vez su mirada cambió.
― Ay, Raiña—dijo con gran tristeza.
― ¿Qué sucede? ― pregunté alarmada.
Puso cara de disculpa.
― Es que como se habló de sellar el Foxo...hace unos días retiré las pieles. Olían mal ¿Sabes?





No hay comentarios:

Publicar un comentario