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| El Nubeiro (foto de jardindelibertad.blogspot.com) |
Cuando
supo la noticia, Tía Aniña se puso tan contenta que, como dijo Catuxa, “no le
cabía un garbanzo por el culo”. Me besó tantas veces que dejó en mi cara un
muestrario de sus afeites.
― Yo
sabia que ibas a aceptar. ¿Quién en su sano juicio despreciaría a mi Fred?
"Mi
Fred" en ese momento estaba en Monforte, pero regresó al día siguiente con
muchos regalos incluyendo una inmensa caja de bombones para mí. Su madre le
estaba esperando en la entrada del Pazo. Aleteando como una gallina, le anunció
la buena nueva. Fred puso una sonrisa de oreja a oreja y se me acercó, un poco
tímido.
― Anda,
besa a tu novia, que pronto seréis más que parientes —le apremió Tía Aniña.
Fred,
sin palabras, me encajó la caja de bombones en las manos y me abrazó. Fue ahí
que reparé en lo feúcha y pobretona que era yo. ¿Qué querría un hombre de mundo
como mi primo conmigo? Ellos tenían más dinero que nosotros, los Condes de
Portela. Si se casaba conmigo era porque me tenía lastima y quizás un poco de
aprecio. Lo demostraban sus regalos. Eso me hizo cobrarle cariño, aunque
todavía no me podía imaginar teniendo trato carnal con él.
Al
parecer, Fred sí podía imaginarse teniendo contacto fisco más íntimo conmigo,
puesto que al día siguiente me atrapó en la galería y me besó en la boca.
No fue
nada parecido a lo que soñaba me haría sentir Gary Cooper. El beso de mi futuro
marido fue una combinación de labios viscosos y mucha saliva. Por suerte, yo
acababa de comerme un bombón y no me dio mucho asco. Por suerte, Fred no tenía
mal aliento y su cuerpo exudaba olor a limpio y a una buena colonia inglesa.
Unos
días mas tarde, nos comprometimos en una ceremonia discreta, a la que
asistieron Don Álvaro, Don Andrés y el alcalde y su familia. Don Matías nos
bendijo, aunque masculló algunas cosas sobre solicitar dispensa eclesiástica.
Al fin y al cabo, Fred y yo éramos primos hermanos.
Padre
llamó a su abogado e hizo testamento. Sólo después permitió que el médico le examinase.
Tanto ajetreo le dejó sin fuerzas. El médico sacudió varias veces la cabeza
antes de decirnos que ya no había más que hacer. Don Andrés, fiel hasta el final,
inyectó a Padre para que se fuese sin grandes dolores. La misión del Señor
Conde en la tierra terminaba. La mía recién comenzaba.
No creo
que Tía Aniña y Fred sufriesen mucho por la partida de Padre. A mí me hacía mucha
falta. Para que no me ganase la nostalgia me metí a la cocina, a pesar de los
chascarrillos de mi prometido. Alguien tenía que ayudar a Catuxa. Curioso, pero
la muerte de Padre la afectaba más a ella que a nosotros. Era como si los años
se le vinieran encima.
Para
aliviarle el trabajo contraté una moza del pueblo llamada Carmiña. Era ahijada
de una de nuestras antiguas criadas. No era de la Sierra , venía de Lugo y
aparte de que le gustaban los cuplés, se sabía poco de ella. Se pintaba, usaba
tacones, y no era respetuosa. Pero no la contraté yo para que me rindiera
pleitesía. Además, Fred dictaminó que tenía aspecto “humano” y le agradaba
tener a una chica de ciudad sirviéndole el desayuno.
― Mejor que esas viejas del pueblo—decía.
A pesar
del luto, Tía Aniña insistió en que debíamos casarnos pronto.
― En
septiembre poco después de que cumplas 17 años ― decidió.
Faltaban
sólo cinco meses. El pueblo se escandalizaría. Lo normal era esperar a que
pasase el luto, por lo menos un año, pero mi tía estaba harta de la Sierra y de servirnos de carabina.
Fred se
marchó de viaje para evitar murmuraciones. Y mi vida siguió como siempre. Sólo
la falta de Madre Loba y de Padre, más la omnipresente presencia de Tía Aniña,
me recordaban los cambios en mi mundo.
Con la
llegada del verano, Catuxa cobró más ánimos y me hizo ver que Carmiña era una
inepta, aparte de ser una majadera.
― No
respeta a nadie. Es desobediente. ¿Qué es eso de pintarse para servir la mesa?
Mándala por donde vino.
A mí
también me nacía mandarla a la porra, pero Federico regresó sin avisar.
Tendríamos que esperar a que se marchase para despedir a Carmiña. A él le
agradaba su servicio. Curiosamente, Carmiña nunca cometía torpezas y era muy
modosa en su presencia.
Esa
noche, hizo mucho calor. Tía Aniña se zampó sus polvos somníferos y cayó como
leño en su cama. Deseaba yo que Fred y yo nos quedáramos en la terraza mirando
las estrellas. ¿No era eso lo que hacían los novios? Pero tras fumarse el
último cigarro, anunció que estaba agotado por el viaje y se largó a su cuarto.
Seguí
su ejemplo, pero no podía dormir. Desde mi ventana miraba la Castañeira. Oía los
aullidos de los lobos anunciando una buena cacería. Quería subir con ellos,
pero ya no estaba para esos trotes.
Sentía
el corazón pesado. Necesitaba hablar con alguien. Con Tía Aniña era imposible,
aún despierta no tenía mi confianza. A la pobre Catuxa había que dejarla
dormir. Me puse la bata y mis chinelas. Solo quedaba Federico. Era impropio, pero ¿acaso no íbamos a
casarnos en unos meses? Ya era hora que compartiéramos la intimidad mental,
sino la de cuerpos, que debe existir en una pareja.
Prendí
mi lámpara de gas y avancé por el pasillo. Casi al llegar a la pieza de mi
novio escuché voces. Fred no estaba solo. Peor aún, le acompañaba una mujer.
Tía Aniña dormía como un lirón. No podía ser ella.
Sin
pensarlo dos veces, abrí la puerta. El espectáculo que me recibió más que
obsceno, fue imprevisto. Peor que ver a mí futuro marido bajo una mujer en
cueros, fue saber que ese cabello largo y esos pechos bamboleantes pertenecían
a Carmiña. De milagro, no deje caer la lámpara y tuve el sentido común de
depositarla sobre un aparador en el pasillo antes de emprender mi huída.
Me
precipité escala abajo. De no asirme del barandal me iba de cabeza porque las
chinelas me entorpecían el descenso. Furiosa, las sacudí de mis pies hasta que
salieron volando. Sin atender los gritos de Fred, que a mi espalda me llamaba,
escapé descalza de mi Pazo.
No
quise correr hacia el pueblo, hacia la gente y hacia el escándalo. Necesitaba
de otros protectores. Crucé el soto de hayas y subí al monte en busca de los
lobos. Ni sentía como las pedrecillas del camino me rasgaban las plantas de los
pies. En mi mente sólo había indignación. Ni siquiera dolor. Quería abofetearme
por no prevenir, por no darme cuenta.
Es que
jamás pensé que Fred, tan europeo y fino, pudiese comportarse como los señoritos
de las novelas que andaban tras el culo de las sirvientas. No daba crédito. ¿Cómo
mi novio me insultaba de esa manera? ¿Qué no había burdeles en Monforte y Lugo?
¿Por qué tenía que follar a mi criada bajo mi techo? Eso no se hacía.
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| (ft de deviakeprgalicia.com) |
Fue al
llegar a la Castañeira
que sentí de nuevo la voz de mi primo. El muy memo me venía siguiendo. Por
suerte, había bastante distancia entre ambos y él no conocía el camino y menos
en la noche, a pesar de que cargaba una buena linterna inglesa.
Me metí
ente los árboles y casi me tropecé con mi hermana Aurora. Con su intuición de
loba comprendió enseguida que algo ocurría. Los otros lobos, tras matar un
jabalí, estaban en proceso de arrastrarle hacia el castro para que comiesen los
cachorros. Mi hermana me hizo un gesto con la cabeza para que le siguiese, pero
caí en cuenta que no debía permitir la entrada de mi primo al bosque. El nada
tenía que hacer en nuestro mundo.
Por
primera vez, esa noche tuve la sangre fría para pensar y actuar. Cerré los ojos
e invité a Zaapiel, ángel del las tormentas, para que viniese. Ante mi apareció
una mujer alta de capa negra y cabellos desordenados.
―
Impide que Federico entre en la
Castañeira ― supliqué.
― ¿Qué
me das cambio?― preguntó el ángel con voz de trueno.
En mi
desatino, entoné un cuplé que de tanto oír a Carmiña se me pegara en la
memoria. Se llamaba “Tardes del Ritz”.
El
sentir que de mi boca se escapaba esa canción tantas veces entonada por esa
lagarta, me llenó de furia. Y la furia se le contagió al Ángel de las Tormenta,
porque un viento huracanado se hizo sentir en el bosque.
Los
castaños se inclinaban humildes al paso de Zaapiel. El polvo del suelo se metía en los ojos.
Aurora me arrastraba del borde de la bata y yo la seguía ansiosa de huir de ese
bosque que más que visitado por ángeles, parecía estar poseído por demonios.
En ese
instante oí, a través del ulular del viento, la voz de Federico gritando mi
nombre.
El muy
maldito, tras franquear la barrera del vendaval, estaba en la Castañeira.
―
¡Violante, Violanteeeee!—su voz me crispaba. Debía detenerlo. Esta vez, invoqué
a Baradiel, Ángel del Granizo.
En un
segundo le vimos en la copa de un árbol. Alto y flaco, era el Nubeiro con su sombrero de copa y su
morral lleno del temido pedrazo.
―
¡Sácalo de aquí!—grité.
― ¡Págame!―
ordenó el Nubeiro con voz cavernosa
Ya no
sabía que cantar. Y me vino a la cabeza un disco frances que Fred tocaba en el
gramófono. “Vouz, qu'avez vou fait de mon
amour?” La misma pregunta que yo me hacía. ¿Qué has hecho de mi amor? No
que yo estuviese enamorada de Federico, pero no soportaba la traición a mi
cariño y mi confianza. El Nubeiro
escuchó mi canción con ojos cerrados, para luego meter mano en su morral.
Como
coro a mi reproche musical, cachos de granizo del porte de pelotas de tenis
comenzaron a bombardear el bosque. Los gritos de Fred ahora eran de alarma y
dolor. Hasta me daba risa. ¿Pero qué hacia el idiota que no salía de la Castañeira? ¿Qué no entendía el muy bruto
que ese lugar no era para él?
La
puntería del Nubeiro era muy precisa
y ni un golpe nos cayó ni a mí ni a Aurora. Por el sonido de la voz de mi primo
entendí que se alejaba, pero era un sonido zigzagueante. Al parecer, andaba
desorientado y en vez de retroceder, iba hacia el río.
― No
vaya ese loco a ahogarse—dije a Aurora. Hice un gesto al ángel para que se detuviese
y salí tras Fred. El suelo estaba cubierto de trozos de hielo y me costaba
avanzar. Ya no se sentía la voz de mi primo. ¿Iría camino a casa? No era
posible, el bosque estaba tan oscuro como la proverbial boca de lobo. Incluso,
a mí me era difícil avanzar.
De
pronto, sentí que el hocico de Aurora se cerraba sobre mi bata, impidiéndome
seguir. En lo negro de la noche, distinguí que a un par de metros se erigía la
siniestra entrada del Foxo dos Lobos.
El idiota de Federico debía estar adentro. Qué extraño que no gritase.
Mi
orgullo volvió a hacer presa de mí y ni me molesté en llamarle. Quizás el muy
cagado se desmayara del susto. Ahora por su culpa, tendría que ir al pueblo por
ayuda. Tendría que exponer mi vergüenza ante mi gente.
Discutí
el asunto telepáticamente con Aurora. Debía alejar a los lobos de la Castañeira.
Pronto el lugar sería un hervidero de humanos. Así lo
entendió ella y ambas partimos en direcciones opuestas.
Retorné
al Pazo para buscar mis chinelas. Mis pies sangraban y me dolían. Me encontré a
Carmiña, ya vestida, sentada en la escalera. Al verme, lanzó un sollozo que me
sonó a mugido.
―
¿Donde está Federico?—gimió.
Oírla
llamar tan familiarmente a quien hasta hace poco era mi prometido, me calentó
la sangre. Nunca actuaba yo con violencia hacia nadie, pero ahora me abalancé
sobre ella y la zarandeé por el cabello.
― Óyeme
bien, zorra, si tienes alguna inteligencia, te marchas ahora mismo, porque si
regreso y te encuentro, te parto en cachitos.
Catuxa
apareció por la puerta de la cocina, bostezando, y envuelta en un batón.
― ¿Qué
sucede?—preguntó con voz soñolienta.
Solté a
Carmiña que se ovilló junto a la baranda sollozando.
― A ésta
le pagas lo que le debemos y la pones de patitas en la calle. Debo ir por Don
Andrés. El tonto de Federico se cayó al Foxo.
Catuxa
era muy lista para no darse cuenta de lo que pasaba. Se lanzó sobre Carmiña y
comenzó a darle golpes y pescozones.
Cuando
salía del Pazo, me pregunté si Catuxa estaba enterada de los amores de la
criada y de mi primo. ¿Cuántos lo sabían?
¿Era yo la única boba que no veía más allá de mis narices?
Crucé
el puente y me dirigí a la puerta trasera de Don Andrés. Tuve que golpearla
varias veces antes de ver luz en el segundo piso. Un rato después, Don Andrés
en pijamas y pantuflas apareció en el portón.
― ¡Venga
usted! Traiga una cuerda. Federico se
cayó en el Foxo.
Me miró
con extrañeza.
― Creo que está aturdido, porque no
responde—añadí.
Don
Andrés no hizo movimiento alguno. Para hacerle reaccionar tendría que contarle
todo. Lo hice sin escatimar detalle, llena de ira y vergüenza
― Quisiera
sacarlo sin gran escándalo. Tendremos que traer un médico de Monforte, aunque
las pieles de seguro amortiguaron su caída. Qué suerte que el Foxo esté tan bien forrado.
Por
primera vez su mirada cambió.
― Ay, Raiña—dijo con gran tristeza.
― ¿Qué
sucede? ― pregunté alarmada.
Puso
cara de disculpa.
― Es
que como se habló de sellar el Foxo...hace
unos días retiré las pieles. Olían mal ¿Sabes?


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