Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

lunes, 9 de julio de 2012

9. El licántropo



(foto de rubyplaza.com)


Al día siguiente, vino Virginia, la peluquera, y se encerró con mi madrina por más de una hora. Luego de mi desayuno, me reuní con ellas para ver como progresaba el peinado de la Duquesa.  Mi madrina, como toda mujer chic de la época, llevaba el cabello corto y rizado gracias a métodos artificiales. Sólo necesitaba de un lavado y una sesión de rizadores bajo esa maravilla moderna, el secador eléctrico. Cuando llegué, Virginia retiraba los bigudíes y acomodaba la melena de Doña Isabel.
― Quiero que Virginia te corte el cabello ― dijo mi madrina ―. Marie me contó que rompió un peine tratando de desenredártelo. Con esos problemas, es más aconsejable llevar el cabello corto.
Acepté aunque me negué al tinte y a la permanente al agua que Virginia me ofreció. Tras otra hora de trabajo, y después de cortar bucle tras bucle que terminaron en la alfombra del budoir, Virginia anunció su obra terminada.  Me vi en el espejo con el cabello corto, tan feúcha como siempre, pero me consoló el pensar que ahora podría peinarme sola y sin tanto fastidio.
― Te ves guapísima ― dijo la Duquesa que me veía con los ojos del cariño ―. Ahora sí estás presentable para conocer a tu abuelo.
― Ni siquiera sabemos si vendrá.
Dejé que un peine recorriese el corto trayecto de mi melena para asegurarme de que los nudos eran cosa del pasado.
― Por supuesto que vendrá ― mi madrina me asió del brazo y me llevó a la terraza lejos del oído de la peluquera.
 ― Le he mandado un telegrama al “Alfonso XIII” justamente esta mañana— dijo con cara de conspiradora.
― ¿Pero y Delarah?
― ¿No pensarías que iba a dejar que una extraña se hiciese cargo de nuestros asuntos verdad?― Preguntó mi madrina con una sonrisita.
La Duquesa era de esas personas que parecen tontas sólo porque se les ocurren las cosas un poco más tarde de lo debido, pero eso no implicaba que no fuera un ser pensante o no pudiese tomar control sobre su mundo. Como Grande de España que era, le incomodaba dejar sus asuntos en manos de una plebeya. Pero había otra razón tras su reparo.
― Me imagino que te habrás dado cuenta. Delarah se trae algo con Davide Ascarelli, que muy primo tuyo  será, pero es un individuo al que no quiero en nuestras vidas.
De pronto, me invadió una curiosidad malsana por conocer todos los detalles de la vida amorosa de Frau Brand y del primo con el que se comunicaría bajo las sábanas.
A mi madrina la pintaban para el chisme. Ni corta ni perezosa me contó todo con pelos y señales, sin importarle que yo fuese todavía doncella y mis oídos no aptos para ciertas cosas. La conversación resultó tan jugosa que siguió hasta el almuerzo.
Aparentemente, Frau Brand, era mujer sin escándalos. Tenía tres maridos en su pasado, pero no era el tipo de hembras que jugaba al amor. Usaba su belleza para subyugar y tener a los hombres a sus pies, pero gozaba cruelmente negándoles todo favor.
― La creía fría ― susurró mi madrina ―. Incluso pensé que era de ésas de hoy en día que no les gustan los machos. Y de pronto aparece este Don Nadie y le da vuelta el mundo.
― ¿Por que le llamasteis “Doctor Brujo” ayer? ― pregunté
― Por eso, porque hace cosas extrañas ― mi madrina inclinó la cabeza y me habló al oído ―. Brujerías. ¿Sabes como conoció a Delarah?
Bruscamente, mi madrina dejó atrás los detalles picantes de novelas francesas para adentrarse en el terreno de lo mágico, un espacio que me conocía al dedillo.
― Delarah no puede tener hijos. Creo que por eso fue su segundo divorcio. Es difícil para ella, pobrecilla. Desde entonces, despilfarra su cariño de madre en perros, gatos, pájaros, todo tipo de bestezuela que pueda domesticarse y quepa en su equipaje porque los lleva consigo a todos lados. Delarah viaja constantemente. No sé si porque no soporta a Brand o a los Nazis que le rodean. Fue en una parada en Trieste que una de sus pekinesas, Roxelana, huyó de la suite del hotel. La pobre Delarah enloquecida se lanza a la calle a buscar a su mascota. Cerca del puerto, un viento horrible que tienen allá la derrumba en la calzada y se tuerce el tobillo. ¿Y quién aparece en ese momento y en uniforme completo? No sé si te conté que tu primo es médico militar. Aventurero, matasanos y soldadote ― La Duquesa sacudió la cabeza ― ¡Qué mezcla!
Según mi madrina, mi primo con sólo un masaje hizo desaparecer el dolor de la torcedura. Acto seguido, el médico cargó a Frau Brand hasta el hotel.
No pude evitar que, a pesar de todo mi pragmatismo y mi desprecio por el amor romántico, me estremeciese una historia que mi imaginación ya dotaba de imágenes. Yo también me enamoraría así de un caballero-soldado que apareciese de la nada a rescatarme.
― Pero aún falta lo mejor ― la Duquesa se olvidaba hasta de su caldo ante la magnitud del cuento ― .Tras dejar a Delarah con el tobillo descansando sobre un cojín, Ascarelli pidió ver los objetos de Roxelana: su collar, su cobija, el pocillo donde comía. Lo tanteó todo, lo olió todo y luego salio de la suite siguiendo el rastro de la perra ¿A qué no sabes donde la encontró? En la cocina. La muy guarra estaba hurgando en la basura. Y todos creyéndola en la calle. Lo más extraordinario es que el medico no usó clarividencia como la mayoría de los embaucadores. Encontró a Roxelana gracias a su olfato. La rastreó como un piel roja de novela de Karl May.
 La Duquesa hizo un gesto de asco y bebió un poco de agua para calmarse. Contar el cuento la perturbaba tanto como a mí escucharlo.
― O como un lobo ― dije yo maravillada.
― Tú sabrás de lobos más que yo, rica. A lo que voy, es que este tipejo usa técnicas diferentes a las de los gigolos comunes.
― ¿Pero le saca dinero?
― Aparentemente no. Creo que si lo hiciese, Delarah ya lo hubiese dejado. Entre nos, es un poco tacaña. Pero no creo que ella sea su única víctima.
― ¿Son amantes?
Los criados entraron con el plato principal, liebre al jugo. La Duquesa esperó a que se retirasen para continuar su cuento.
― Eso es lo más grave del cuento. Delarah jura que no la ha tocado, que es un perfecto caballero. ¡Caballero! ― Doña Isabel lanzó un respingo ―. Ese sabe donde va, juega el mismo juego que Delarah en el pasado. Por eso la trae loca.
Me quedé helada. ¿O sea un hombre podía ser como las mujeres? Calentarnos y luego dejarnos arder sin apagar nuestro fuego. La Duquesa tenía razón, eso le otorgaría a Ascarelli un poder inmenso y peligroso.
― ¿Es muy guapo? ― Me sorprendí yo misma al hacer esa pregunta
― Le he visto sólo una vez. Y por suerte fue en un desfile militar en Roma y no hubo ocasión de presentarnos. No soy de las que se pirran por los hombres de uniforme, pero he de confesar que éste si estaba guapote. Muy alto, muy majo, llevaba el uniforme de teniente como si fuese el de un general ― lanzó un suspiro ―. Bueno, si fuera enano y feo no seria un aventurero ¿verdad?
― Vosotras mencionasteis también a un niño hemofílico.
 ― La Principessa D’Asti, una hija ilegitima del viejo Rey Vittorio Emanuelle, tiene un nieto que sufre de hemofilia. Ella es la madrina del regimiento donde sirve Ascarelli. Una vez, de visita para pasar revista, el pequeño, que la acompañaba, sufrió un golpe. Ya te imaginaras quien lo atendió. En menos de quince minutos, ya había parado la hemorragia.
 ― ¡Como Rasputín!― exclamé admirada.
― Exactamente. Es un charlatán y un arribista porque Adelina D’Asti cayó fácilmente en su saco. Lo próximo es que se llevó al medicucho a Roma y lo ha presentado nada menos que con Su Majestad Elena, quien estaba encantada al saber que Ascarelli venía de Dalmacia y hablaba serbo-croata. Claro, como ella es de Montenegro.
― ¿Pero si es dálmata, cómo puede servir en el ejército italiano?
― Ni idea, se habrá hecho ciudadano, supongo. Es irredentista. Incluso dicen que participó, siendo un crío, en la toma de Fiume con D’Annunzio. Para mí que es otra de esas papas muy gordas que les cuenta a las ilusas como Delarah. Creo que el padre de él era veneciano, pero los Alcalay son judíos dálmatas. Tu madre nació en Dubrovnik. Da igual. Los fascistas y los irredentistas, que son más fascistas que el Duce, dicen que todo eso ha de ser de Italia algún día.
Esta lección de geopolítica nos alejaba del tema que me preocupaba, los supuestos poderes de mi primo, así que busqué cortarla.
― ¿Crees que de verdad posea poderes? ― pregunté.
― ¿No te digo que es un charlatán y un arribista?  Si ya se lo he dicho a Delarah, pero ella emperrada. ¿Explícame tú? Si el hombre es tan ducho en curas milagrosas ¿por qué no las ejerció con algún huérfano o soldado raso? No, si el señorito tenía que montar su circo precisamente en presencia de una señora de la talla de la Principessa.
― ¿Será mi abuelo de la misma calaña?― pregunté con aprehensión.
― No ― La Duquesa en eso fue enfática ― Me asombra saber que son parientes. ¿Como no lo supe antes si a Delarah el nombre de Ascarelli no se le cae de la boca?
― ¿Vendrá mi primo con el abuelo? Tampoco sé que le has dicho para que venga.
― Pues nada. Cuanto se puede decir en un telegrama. Solo ‘Necesito de su consejo en un asunto que nos atañe a los dos”.
― ¿Y con eso crees que vendrá?
― Si mal no recuerdo, tu madre me contó que tu abuelo es un curioso empedernido, de los que investigan todo como Sherlock Holmes y que ama los acertijos ― La Duquesa alzó las manos al cielo ― Estoy segura que vendrá. Y ya aquí…es cuestión de nosotras convencerle de que es su deber ayudarnos.
En aquel momento entró un criado con un telegrama. La Duquesa lo leyó y lanzó unos de sus característicos grititos de alegría.
― ¿No te dije?
Me extendió el telegrama que en letras cuadradas decía someramente
“Recibido. Estaré en Málaga a las cinco de la tarde”.
― No dice en qué viene ni si viene acompañado ― comenté.
― ¿En qué va a venir mujer? ¿En burro? Tiene que ser en tren. A menos que venga volando. ¿No te dije que ya tenemos aeropuerto en Málaga? Pero no sé de vuelos de Sevilla. Y en cuanto a compañía. Si mal no conozco a Delarah, ella habrá atrapado al Dr. Ascarelli temprano y le tendrá entretenido hasta la cena con esos requiebros tan poco dignos ― arrugó la nariz, para luego desarrugarla. Señal de que Frau Brand y su recalcitrante amante ya no eran parte de sus pensamientos.
― Ordenaré un té a la inglesa. Tengo un foie gras para sándwiches y un jamón de York. ¿Crees que le apetezca al Dr. Alcalay?
Me llevé las manos a la cabeza recordando el régimen alimenticio de Naiciña.
― El abuelo no come cerdo. Nada de patés ni jamón. Mejor no servir carne.
La alegría de mi madrina se tornó en desaliento.
― Pues no sé nada de dietas judías. No vaya ser que le ofendamos. Tendrás tú que encargarte de dar las órdenes en la cocina.
― Haré algo mejor ― me puse de pie ― .Yo cocinaré.
La Duquesa me miró como si acabase de desnudarme en la sala, pero como todos los excéntricos tenia paciencia con las chifladuras ajenas.
― Haz como te parezca ― me dijo ―. Yo me voy a tomar una siesta. Tienes carta blanca en la cocina.

(Foto de sophistymom.com)


Quien no me dio carta blanca fue Candela, la cocinera. Era muy posesiva con su territorio y no le parecía que una señorita condesa viniera a darle vueltas a sus ollas y pucheros. Por eso, envió a Marie a interrogar a la señora Duquesa. La francesa volvió contoneándose y anunció que mi madrina ordenaba dejarme hacer en el reino de Candela y que no le fastidiasen más su siesta.
A estas palabras, la cocinera pegó un respingo y anunció que también se iba a dormir la siesta y me dejó sola en compañía de la pincha de cocina, una chica un poco menor que yo llamada Reyes. Marie se instaló ante una taza de café en un rincón de la cocina a observar mis maniobras sin levantar un dedo para ayudarme. Cocinar estaba muy por debajo de sus obligaciones.
Aparte de nosotras, toda la casa dormía. Toda Málaga dormía bajo ese sol tan ardiente. Yo no tenía costumbre de siestas, y mis ansías de cocinar eran inmensas. El reino de Candela era amplio y muy blanco. Sólo las cacerolas de cobre y hierro daban un toque de color.
Lo primero que hice fue pasar revista a la despensa que ocupaba el cuarto cercano. Ahí, en anaqueles y gavetas se ocultaban los tesoros más diversos. Las verduras y los alimentos que se echaban a perder se guardaban en una nevera traída de Londres, un lujo desconocido por mí. Pegada a mis talones, iba Reyes quien me señalaba a cada rato nuevos ingredientes. Estaba tan entusiasmada como yo.
― Hay que usar sólo mantequilla fresca y aceite de oliva ― le dije ―. Nada de grasas animales.
No gozaba yo de mucho tiempo. Por lo que descarté preparar eclairs y tartas complicadas, decidiéndome por emparedados, scones y una receta mágica de Sister Julian de unas Madeleines dignas de Proust.
Con los ojos inmensos de asombro, Reyes acató mis ordenes como si fuesen disposiciones mágicas. Se sentía un aprendiz de hechicera. Fue ella quien rebanó el pan para hacer los sandwichs de tomate y pepinos. Entretanto, sobre la mesa que brillaba de limpia, armé volcanes de harinas y polvos de hornear, casqué huevos, amasé y estiré pastas que luego fueron a dar moldes y al fogón.
Mientras se cocinaban los scones de hierbas y las madeleines, revisé la platería, la porcelana china y el servicio de té de Sevres que se usaría. También la provisión de infusiones de mi madrina. Escogí de ella un té de jazmín oriental.
En retornando de su siesta, enviamos a Jorge, el chofer,  a buscar limones frescos al jardín. Reyes llenó unos recipientes redondos con mantequilla y mermelada de naranja inglesa. Marie se despegó de su puesto de vigilancia y se ofreció a cargar bandejas de bocadillos al salón de té, labor que no le parecía indigna de su rango.
Todos lanzaron gritos de asombro cuando del fogón saqué las bandejas con los scones redondos y perfumados a eneldo y romero, y las madeleines con cortezas doradas y esa forma que recordaba a las vieiras de mi tierra.
La campanilla de la Duquesa interrumpió nuestro embelezo y Marie corrió escaleras arribas a atender a su señora. Yo dejé órdenes precisas para que se cubriese todo con servilletas antes de llevarlo a la terraza donde se tomaría el té.
Ahora lejos de la dinámica de la cocina, los nervios hicieron presa de mí. ¿Qué iba a pasar conmigo? ¿Le agradaría a mi abuelo? Eran las quince después de las cuatro. Lo vi en el reloj de la escalera mientras subía a mi cuarto. No tenía tiempo de bañarme, aunque estaba toda sudada.
Me cambié de ropa interior en el baño y me lavé las axilas, aplicándome polvo talco. Me demoré un poco en escoger que ponerme. Finalmente, elegí un vestido estampado en verde y blanco que la Duquesa me regalara. Era de mangas cortas y una falda que llegaba hasta casi el suelo. Calcé unos zapatos, también obsequio de La Duquesa. Tenían su poquito de tacón, pero nada parecido a los zancos de Delarah.
La imagen del espejo era un poco más acicalada que la de todos los días, pero muy lejos de deslumbrante. Bueno, quizás una chica deslumbrante no fuese la nieta ideal que un abuelo esperaba. Amarré una cinta verde alrededor de mi corta melena y me lamenté de no tener cosméticos como los que usaban Delarah y mi madrina. Recordé mi perfume. Su pungente aroma seria ideal para tapar cualquier olor a transpiración que exudara mi cuerpo.
Apliqué Tabú liberalmente en mis muñecas, escote y detrás de las orejas. Fui en busca de mi bolsa donde ocultaba las joyas de Naiciña y extraje unos zarcillos de perlas que eran de ella de soltera. Eran sus joyas favoritas y por ende las mías. Quizás el verlos recordase a su hija al Dr. Alcalay.
Unos golpes en la puerta anunciaron la presencia de mi madrina que entró toda enjoyada y pintada.
― Pero mírate ― dijo encantada ―. Eso. A ponerse guapa para el abuelo. Lo que es yo me marcho a la estación.
 Miré mi reloj pulsera. Faltaban veinte para las cinco.
― Los trenes siempre se atrasan ― me tranquilizó la Duquesa ―. Tengo tiempo. Me ha dicho Marie que has hecho maravillas en la cocina. Mira por donde nos has salido cocinera.
― Mejor ser Maritornes, si no puedo ser Dulcinea ― dije con humor ácido
― No digas tonterías ― me besó en la frente ―. Tú serás Dulcinea. Recuerda lo que te profetizó Delarah.
Lo que dijera Delarah fue que el amor llegaría a mi vida. Nunca profetizó que éste sería reciproco.
En lo que se fue mi madrina, me fui al espejo a quitarme la marca de pintalabios que dejara en mi frente. Reparé en que hacía una semana que no rezaba ni iba a misa. ¿Cómo podía esperar que El Señor me ayudase si me olvidaba de El? Saqué mi rosario del bolso y comencé a decir Aves Marías hasta que la modorra me venció. Me quedé transpuesta sobre la cama, mi mente ocupada en sueños en los que se mezclaban imágenes de Delarah, de mi Tía Aniña y de un oficial alto cuyo rostro no podía ver.
Abrí lo ojos sobresaltada. El sol de la tarde entraba a raudales por la ventana. Tomé mi reloj pulsera de la mesita de noche. Eran las cinco, ya mi madrina estaría con el abuelo.
Me levanté, y alisé ante el espejo las arrugas de mi vestido y el desorden en mi cabello. Tan nerviosa estaba que volví a ponerme perfume. Seria mejor que bajase a la cocina a supervisar el té o a la sala a esperar al invitado. Mi cabeza era un lío.

Bajé con cuidado,   tratando de no enredarme con la falda larga. La casa estaba tan quieta que sólo al llegar al pie de la escalera noté a un hombre sentado en un sillón de la sala.
Al oírme descender, el extraño se desenroscó, no hay otra manera de describir su movimiento, para levantarse. Era el hombre más alto que viera en mi vida. Más alto que Don Andrés. Más alto que Gary Cooper.
Su cuerpo, fornido, pero bien proporcionado, estaba encerrado en un traje color café con leche, de corte excelente. Reconocí la mano de un sastre ingles.  El tipo de traje que Don Andrés compraba una vez al año y mi difunto prometido usaba todos los días.
Lectora, si me detengo a describirte los detalles de su ropa antes que su rostro, es porque era lo único que veía. Su faz seguía en las alturas como la de un ángel. A medida que se me acercaba, con movimientos gráciles y animales, casi impropios en un hombre tan grande, pude ver su cara.
Era un rostro extraordinario. Precedido por una larga nariz que crecía sobre labios gruesos, pero perfectamente cincelados. No era lo único grande de sus facciones. En sus orejas gigantes se podía servir sopa, pero eran muy bonitas y bien formadas, casi tanto como esos ojos inmensos y oscuros. Dos pozos que me miraban con la sorpresa con la que el minero observa la primera pepita de oro.
Nunca nadie me mirara así. Quizás por eso no le tuve miedo, y vaya que debía tenérselo. Porque, Lectora, estaba ante un ente aterrador de cuya existencia me advirtieran tanto Catuxa como Don Andrés. Mi olfato no se equivocaba y su cercanía me certificó que me hallaba ante un licántropo.
El lobo vestido por sastres ingleses, nunca habló. Se limitó a acercárseme siempre con esa mirada maravillada en los ojos. Antes de yo poder huir, ya me estrechaba entre sus brazos estrellando mi nariz contra su corbata color vino, y llenándome los pulmones de un olor a hoja seca y a capullos de cerezo combinado con limón y pino. Un aroma que de sólo olerlo, me hacia despreciar cualquier otra fragancia.
Sus brazos se cerraban alrededor míos tan fuertes como cadenas. Temí que fuese a romperme los huesos como hacían las boas, pero no llegó a hacerme daño. Pronto no me importó esa presión que me volvía parte de su cuerpo.
Sus labios tibios se hundieron en mi cabello, absorbiendo mi olor y me imagino el perfume de puta que me bañaba. Su mano gigantesca de dedos largos y suaves me acarició la oreja. Por primera vez atiné a moverme y alcé mi mano para acariciar la suya. Pasé a llevar mi lóbulo izquierdo y ahí noté la ausencia del zarcillo de Naiciña.




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