Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

viernes, 20 de julio de 2012

II. Parte. Un Kastiyo en Sefarad


(fotolog.com)

11.  Plenilunio
Ronda, mayo de 1934

En el cortijo esperaban a mi madrina noticias que la hicieron dejar de lado las aviesas intenciones del Dr. Ascarelli. Sus tierras quedaban cerca de la serranía de Ronda y estaban cubiertas de olivares aunque también poseía bosques de alcornoque que explotaba.  Colindaba su latifundio con el de un tal Don Curro que en esos días andaba muy apuradillo metido en cosas de política. A nuestra llegada, mi madrina se encontró una nota de él pidiendo audiencia con la Duquesa.
― Querrá mi ayuda para las próximas elecciones― comentó Doña Isabel tras leer la carta ―Es un hombre bien colocado, su hermano es socialista, y su hijo milita en la Falange. Don Curro, en cambio, va donde los vientos soplen más tibios. Nunca nos ha hecho mal. Habrá que apoyarle.
Dio órdenes de enviar respuesta a Don Curro invitándole al almorzar al día siguiente.
Lamentablemente, el otro vecino de la Duquesa no era tan simpático. Se trataba de un Marqués de Tal que por muy grande de España que fuese, era un verdadero bandolero en lo que concernía a robar aguas para sus cultivos. Su ultima bajeza consistía en empujar la cerca un poquito cada día para quedarse con un metro más de tierras de mi madrina. Aunque unos metros  no tuviesen mayor significado en la inmensidad del latifundio de la Duquesa, era el principio lo que la ofendía.
― ¿Qué se puede esperar de un país donde los latifundistas se roban entre sí? ― Se lamentó durante la cena ― ¿Cómo queremos que el pueblo confíe en nosotros si los nobles damos tan mal ejemplo?
Aparentemente, el Marqués, que pasaba los veranos en Escocia y dejaba su tierra en manos de unos empleados más rateros que los contrabandistas de la sierra, necesitaba de esos terrenos para plantar melones.
― ¡Melones!― gritaba la Duquesa indignada ― ¿A quién se le ocurre plantar melones en estos parajes?

Cortijo en Ronda(andalusiancortijos.com)

Al día siguiente, mi madrina se enfrascó en discusiones con abogados y administradores sobre la factibilidad de derribar las cercas del Marqués. Luego del almuerzo atendió las aspiraciones políticas de Don Curro.
Yo la dejé en esos menesteres y aproveché de recorrer su latifundio, de visitar el bosque de pinsapos que no estaba habitado por criaturas más grandes que las nutrias y de hacer amistad con la jauría del cortijo, lo más cercano a un lobo que había en la región.


En Madrid, mi madrina me compró un extraño traje que estaba muy en boga en las playas europeas ese verano. Consistía en unos pantaloncitos cortos que los ingleses llaman “shorts” con tirantes y de un material a cuadros. Lectora, no te confundas. Eran unos shorts my discretos hasta la rodilla, pero igual no era algo que me atreviese a vestir en O Courel. Aunque debo reconocer que eran comodísimos.
Tan cómoda me sentía con esa ropa que al volver de mi paseo, no los cubrí con la falda del mismo material que complementaba el atuendo. Vestida así me fui a merendar.
La Duquesa no levantó ni una ceja. Ella era bastante liberal con la ropa y también gustaba de las prendas audaces en atmósfera informal. Ahora mismo estaba en pantalones azules cubiertos por una túnica de algodón griego cerrada con grandes botones de madera.
Estábamos así muy frescas echadas en nuestras sillas mientras ella fumaba, y yo me llenaba de confitura los dedos, cuando llegó un criado a anunciar que el Dr. Ascarelli acababa de llegar al cortijo.
En todo el día no pensé en él, pero la mención de su nombre me lo hizo recordar de manera casi dolorosa. Antes de ver como reaccionaba mi madrina, me levanté de un salto tan brusco que la silla cayó al suelo. Sin molestarme en recogerla, salí ligera al vestíbulo donde esperaba mi primo luciendo como si no acabara de viajar por una hora por caminos polvorientos. No había rastro de polvo ni sudor en su traje gris humo ni en su corbata azul.
Fue sólo cuando vi sus ojos recorriéndome desde el cabello mal peinado hasta mis sandalias de goma que me di cuenta de lo impropio de mi vestido. Pero sus ojos parecían estar satisfechos. Al menos mis piernas eran largas, poco común en mujeres bajitas y rellenas como yo. Se agachó a depositar un beso en mi frente y me maravillé que la sangre no se le fuese a la cabeza.
Lo vi alzar los ojos y mirar detrás de mí, por lo que deduje que mi madrina venía pisándome los talones. La presencia de Davide le impidió darme un pescozón por adelantarme antes de ella dar ordenes de que dijeran que no estábamos en casa.
Mi primo le besó la mano con esa cortesía un poco exagerada que siempre me sonaba a burla.
 ―Duquesa, lamento tanto irrumpir así en su casa y sin invitación. Pero me traen noticias que creo debéis saber cuanto antes.
Alarmada, la Duquesa olvidó la inquina que le tenía a mi primo y le hizo pasar. Davide aceptó un café pero no quiso merendar.
―Siento anunciarles que Senyor Jajám se niega a conocer a su nieta― dijo tras instalarnos en la mesa―. Me temo que se ha enfadado y se ha marchado a Italia.
Mis ánimos se cayeron hasta mis tobillos. Por primera vez desde mi salida de Galicia, sentí miedo y casi la certeza de que nada podría librarme de regresar donde mí tía.
― ¡Esto es terrible!― mi madrina se retorcía los dedos. No estaba acostumbrada a sentirse impotente.
―Creo que fue culpa mía― La voz de Davide sonaba tan desolada que tuve que tomarle por sincero ―.No supe exponer el caso bien y aquí en tierra extraña, sin otra persona que pudiese influir en él. Tal vez en mi urgencia por convencerle terminé haciendo lo contrario.
―No lo creo así― El corazón tierno de mi madrina no soportaba ver gente triste ―.No se culpe usted, Dr. Ascarelli. Yo ya sabía que su tío tiene la cabeza más dura que un alcornoque. Como la tuya, Violante.
―Ahora debo buscar a otra persona que pueda influir sobre él―continuó mi primo―. Quizás Dass, pero eso ha de tomar tiempo.
―Algo que no tenemos― .Era la primera vez que osaba hablar desde su llegada y mi voz salió tan transfigurada por el espanto que me asusté yo misma.
A él también le sorprendió la desazón que expresaba todo mi ser y me miró con una extraña compasión que iba más allá de la mera lástima.
―Mi oferta sigue en pie, Violante― dijo ―. Cásate conmigo y serás libre.
Mala idea fue decir eso. Le recordó a la Duquesa quien era y cuanto desconfiaba de él.
―Ya veremos―Dijo Doña Isabel con voz muy seca.
Se paró como dando por terminada la entrevista. Un poco cortado, Davide también se puso de pie.
―Creo que debo marcharme. Sólo vine porque pensé que debíais saberlo.
El estómago se me contrajo. ¿Era éste el final?  ¿No nos volveríamos a ver? Por suerte, La Duquesa tenía muy en claro su sentido de la hospitalidad.
―No sea absurdo. Ya está por caer la noche. No son carreteras para ser recorridas a oscuras,  aun con luna llena.
El anuncio de que se acercaba el plenilunio trajo otras consideraciones a mi cabeza, pero Davide no parecía estar preocupado.
―No quisiera obligarla a...―comenzó.
―Pues ya lo ha hecho― dijo cortante mi madrina ―. No se diga más. Se queda esta noche en el cortijo. No voy a cargar con otra preocupación pensando qué le pueda pasar por esos caminos de Dios. Me temo que nuestra cena será un poco frugal.
― No se apure usted― dijo mi primo ―.Pero preferiría, si no le molesta, cenar antes de que oscureciese. Me temo que no he comido en todo el día. Con la prisa de llegar no he probado bocado ni he descansado.
Su sonrisa era tan encantadora que no se le podía negar nada.
―Disculpe mi mala educación pero mayor descortesía sería dormirme en su mesa. Con una ensalada me basta.
―Es cierto ―recordó la Duquesa ―Delarah me contó que es usted vegetariano.
―Me imagino que Delarah le habrá dado a usted un informe completo de mi persona― dijo el Dr. Ascarelli con una gran sonrisa, pero acompañada ésta de una mirada de Gorgona que petrificaba a cualquiera. Mi madrina bajó los ojos avergonzada como si temiera que Davide pudiera leer en ellos todas las cosa feas que soltara en el pasado en contra suya.

 Ensalada malagueña (foto de todareceta.es)


Y fue así que me encontré a punto de pasar la noche con Davide bajo un mismo techo. Sonaba un poco picante, pero lo que me preocupaba era qué haríamos una vez que se convirtiese en lobo.
Yo me puse la falda para verme más decente y me uní a mi madrina que estaba en la cocina dando órdenes para que preparasen una cena temprana y vegetariana para su huésped. Su humor mejoró al enterarse que el gazpacho y la ensalada malagueña no infringían las leyes de alimentación judía.
―Pero no os creáis que yo comulgo ruedas de carreta y que voy a dar mi brazo a torcer ― me anuncio ―.Antes te caso con un banderillero de cuarta que por un par de duros nos firma el divorcio. Porque si le dejamos, éste no te suelta, ni tu a él. Ahh, si el Santo Oficio todavía existiese nos librábamos de ese mequetrefe en un dos por tres.
Me irritó su comentario. Si el Santo Oficio existiese nos pondría sambenitos tanto a mi primo como a mí.
Aun así la cena fue cordial. Al Dr. Ascarelli le pareció muy interesante la ensalada malagueña con esa combinación de patatas, bacalao y naranjas y le hizo los honores aunque sospeché que su estómago se preparaba para la cacería nocturna. ¿Pero qué encontraría en los bosques más que una mísera liebre? Tal vez si fuese hasta la Laguna de Piedra podría servirse un flamenco para la cena. ¿Le gustaría el flamenco?
La Duquesa se puso a hablar de sus problemas con sus vecinos. Davide la escuchó con atención aunque creo que los melones del Marqués y las aspiraciones políticas de Don Curro le tenían sin cuidado
―Es un buen hombre Don Curro― dijo La Duquesa ―Su hijo es Falangista. ¿Ha oído usted hablar de la Falange, Dr. Ascarelli? Creo que se parece a su Partido Fascista.
―Todos se parecen a 'mi partido' y al final todos son malas imitaciones.― observó Davide con una leve sonrisa―.La Falange ha estado reclutando gente de origen español en Milán y Roma. Un amigo mío, que como yo obtuvo la nacionalidad española en los días de Primo De Rivera, intentó unirse a sus filas y le rechazaron con un gentil 'Debemos examinar tu caso'. Al parecer, La Falange no quiere judíos en sus filas.
Su sonrisa se convirtió en una mueca de desprecio. Nunca viera yo tanto desdén en un rostro. Un desdén que torcía su boca y opacaba sus ojos tan bonitos.
― ¿Se imagina usted Duquesa, que el Partido Fascista hiciese esos distingos? ¿Qué le importa al partido qué dioses adoramos? Lo único que importa es que creamos en Italia.
― ¿Hay muchos judíos en el Partido?― preguntó Doña Isabel.
―En el ejército y en el Partido hay muchos, les hemos dado  tres mártires y tres Sansepolcristas. El Duce nos aprecia y tiene muchas amistades en la comunidad hebrea.
―Como la Sarfatti― dijo mi madrina con retintín.
La sonrisa de Davide, la genuina, volvió a iluminar su faz.
―Donna Margherita que me honra con su amistad, ya no es la amiga íntima del Duce, pero siguen siendo buenos amigos a pesar de que ella disienta con algunas de las medidas de Mussolini.
―Quien le escuche creería que el Partido es un paraíso para los judíos― dijo la Duquesa con gesto aburrido.
―Italia es un Paraíso para los judíos― La voz de Davide se llenó de orgullo―. Tenemos tres almirantes y diez generales de origen hebreo. ¿Puede decir lo mismo de cunas de la libertad como Francia o los Estados Unidos?
― ¿Me quiere hacer creer que no hay antisemitismo en Italia?― la Duquesa puso cara de escéptica ―. Francia y los yanquis lo sufren.
―El antisemitismo es un mal imposible de erradicar―observó mi primo pensativo, ―pero podría decirle que en Italia carece de importancia y nunca usted verá un sentimiento anti-judío como se ve en Alemania o en Polonia hoy en día. Creo que los italianos están conscientes de que los judíos estamos dispuestos a derramar hasta la última gota de sangre por Italia.
La Duquesa batió palmas.
― ¡Bravo! pero quién lo diría.  Dr. Ascarelli, su patriotismo conmueve y ha cambiado mi opinión sobre los judíos. Siempre se les acusa de apátridas. Acusación totalmente falsa en su caso.
Davide se sonrojó. Por un momento se vio muy joven. No sabía exactamente su edad, pero asumía que se acercaba a la treintena.
―No puedo hablar por todos los judíos del mundo, Duquesa, pero sí por los italianos.
―Pero no hable usted más de sangre ―suplicó la Duquesa ―.Trae imágenes de guerra a la cabeza y esperamos que ya no haya más guerras en Europa.
―Lamentablemente, Doña Isabel, las guerras nunca terminan. Es una sola incrustada de breves treguas. Siempre quedan asuntos pendientes, pueblos descontentos― De nuevo los ojos de mi primo se oscurecieron ―. Como médico soy pacifista, como militar no puedo cerrar los ojos a las realidades de Europa. En Versalles, se hicieron las cosas muy mal.  Los italianos no fuimos tratados como aliados, sino como mendigos.
Observé que su mano se cerraba con violencia sobre el tenedor. Busqué desesperada otro tema que volviese a iluminar su mirada.
―Dijiste que tenías la nacionalidad española. ¿Cómo es eso?
―Chifladuras de tu abuelo―río mi primo ―. El cree que España vuelve a ser un país abierto para los judíos. Cuando obtuvo el pasaporte solicitó uno para mí. Facilita los viajes.
― ¿No cree usted que España sea un país para los judíos?― preguntó la Duquesa.
― ¿Bromea usted? Si aquí hay gente que todavía sueña con que regrese el Santo Oficio.
Fue el turno de mi madrina de sonrojarse y nuevamente me sentí un poco incómoda. Era como si mi primo escuchase tras las puertas o leyese nuestros pensamientos.
― ¿Dónde naciste tú?― pregunté para cambiar el tema ―.El abuelo es de Dalmacia ¿verdad?
―Y mi madre también― Por alguna razón sus ojos volvieron a opacarse ―. Mi padre que murió antes de yo nacer, era veneciano. Yo nací en Trieste, que entonces era parte del Imperio Austro-Húngaro, pero mi madre me inscribió en el registro civil de Venecia.
―Y desde entonces usted se ha sentido italiano― advirtió la Duquesa ―. Lo dicho, es usted un patriota exagerado. Habla de Italia como Don Quijote hablaría de su Dulcinea.
―Es que Italia es mi primer amor y mi mayor empresa es protegerla― dijo Davide.
Melonar (flickr.com)
Me puse celosa. Nunca pensé que un hombre pudiese amar a su país como si fuese su mujer.

Aún había luz en el cielo, cuando Davide se fue a dormir. No había tiempo que perder. Hice lo inconcebible. Me escabullí hasta su cuarto que estaba a unos pasos del mío. No me importaba lo que pensaran él o los demás. La luna llena era nuestra prioridad.
Entré sin golpear. La puerta estaba sin llave. Tal como me imaginaba estaba ante la ventana oteando el cielo que de púrpura cambiaba a un azul profundo. Se volvió sobresaltado y me miró de una manera que metía susto.
―Por suerte la casa es de un solo piso ―le dije ―.Puedes saltar por la ventana sin mayor problema.
― ¿Y por qué querría saltar por la ventana?― No dejaba de mirarme con esos ojos llenos de alarma y sospecha.
―No creo que debas alejarte mucho del cortijo.― No respondí su pregunta porque no había tiempo.  Fui a la ventana y señale hacia mi izquierda ―. No te aconsejo ir de cacería donde Don Curro, pero el Marqués tiene una piara de cerdos un poco más allá del melonar. Hay cercas, pero son bajas y creo que un lobo puede saltarlas.
La palabra “lobo” fue suficiente para que se alejase de mí a una velocidad imprevista, ni Don Andrés se movía tan rápido. En un suspiro, estuvo al lado de la puerta y ahora si se aseguró de cerrarla con llave.
Mi instinto me alentó a saltar por la ventana y huir hasta llegar a Málaga, pero mi curiosidad me perdió. Y ese breve momento de vacilación se acabó cuando de nuevo, y tan veloz como llegara hasta la puerta, mi primo se halló a mi lado. Su expresión era indescriptible, pero muy perturbadora.
― ¿Y quién te dijo que yo cazo cerdos?― preguntó burlón ―. Quizás me apetezca otro tipo de carne.
El miedo me petrificó. Qué tonta era y qué fácilmente olvidaba las advertencias de Don Andrés. Este era otro tipo de licántropo. Uno muy malo para mi salud.
 Su mano se cerró sobre mi brazo. Se sentía como una manopla de hierro. No me hacía daño, pero imagine que si me movía me rompería el brazo. Vi su rostro descender hacia el mío y cerré los ojos creyendo que me dolería menos si no le veía arrancarme la cara de un mordisco.
Su boca cayó sobre mi rostro, pero no donde le esperaba. Sus labios se cerraron sobre los míos con tanta violencia que nuestros dientes entrechocaron. Hizo presión hasta que abrí la boca y el mordisco se tornó beso, pero nada parecido al de Federico.
La boca de Davide poseía sabor y olor propio que afectaban todos mis sentidos casi tanto como esa lengua que obligaba a la mía a moverse a su ritmo. Ya no era yo de piedra sino de carne y de sangre que bullía como una cazuela en el fuego. Todavía me restaba timidez para abrazarle y nada más atinaba a presionar mis palmas sobre sus antebrazos.
Demasiado pronto terminó ese beso. Davide, con esa velocidad que ya le sabía, saltó por la ventana, quedando yo adentro y ahora por primera vez al nivel de su cabeza.
― ¡Loca! ―su voz seguía siendo burlona, pero había cierto dejo de ternura en ella. Me besó en la nariz y metió algo entre mis manos. Era la llave.
― ¡Vete!―Ordenó ―.Y cierra la puerta por fuera. No me mires ni te quedes aquí.  Y no te preocupes por mí.
― ¿Y tu ropa?― pregunté ― ¿No vas a dejarla aquí?
―Se va conmigo― me guiñó un ojo ―.Se diluye con mi cuerpo durante el cambio.
Vamos, ciertamente, que era un licántropo diferente a Don Andrés.
Hasta que la luna no le alumbrase Davide seguiría siendo humano. Miré el cielo y de pronto vi a la luna surcando lo negro. En ese momento, un gran relámpago iluminó el cuarto cegándome y arrojándome al suelo. Cuando abrí los ojos todo estaba oscuro. La lámpara de gas estaba apagada. Asustada, me levanté y a tientas encontré la puerta. La abrí y me halle en un pasillo iluminado.
Apenas llegada a mi cuarto y apagado el quinqué para desvestirme en la oscuridad, sentí un golpe en la puerta.
― ¿Violante, estás ahí?―Era mi madrina ― ¿No te habrás acostado ya? Si son apenas las nueve.
―Estoy agotada madrina y ya me puse la camisa― mentí y comencé a quitarme la falda.
―Pensé que jugaríamos una partida de naipes, pero ya veo que tu primo te ha contagiado. ¿Ya se fue a dormir?
―Así creo― le contesté de mala gana, mientras me bajaba los tirantes de los shorts.
―Seguro se levanta con las gallinas― Mi madrina alzaba la voz como esperando que Davide la escuchara, algo muy posible si estuviera él en su cuarto ― ¡Qué costumbres!
La Duquesa nunca se levantaba antes de las diez.
Aliviada la oí alejarse y me puse mi camisa de dormir. Apenas metí los brazos en las cortas mangas cuando me acordé. ¡Los perros!
Para llegar a las tierras del Marqués, Davide tenía que pasar por los caniles. No había manera de que esos perros permitiesen la pasada de un lobo sin informarnos.
Sin percatarme que estaba descalza, y sólo envuelta en una delgada camisa de batista, abrí los postigos y salté por la ventana. Todo estaba silencioso. Un mundo negro bañado de luz de luna. Corrí hacia los caniles. En el silencio, solo se oían los chasquidos de mis pisadas y mi respiración agitada.
Llegué sin aliento a los caniles. Los perros al reconocerme se acercaron meneando la cola. No se veían alterados como se esperaría de quienes acababan de ver un animal extraño.
― ¿Visteis un lobo pasar?― pregunté, pero no me respondieron.
Mis pies me llevaron hasta la cerca que separaba el latifundio de la Duquesa de las tierras del Marqués. En la oscuridad, me costaba distinguir las formas, pero algo grande se movía en el melonar. Algo que emitía un sonido característico. ¡Algo se comía los melones!
La luna vino en mi ayuda, lanzando su linterna plateada sobre la plantación. En medio del melonar vi un animal muy grande y blanco. Al comienzo, le tomé por un oso polar. Pero luego, al ver el largo hocico enterrado en un melón gigante me di cuenta que se trataba de un lobo. Un lobo ártico, el doble del tamaño de uno normal. Muy lindo y albo con una piel como la de un abrigo de armiño.
Me quedé alelada mirándole comerse el melón con gran rapidez para luego saltar sobre otro. ¿Qué diría el Marqués al ver el destrozo de su adorado melonar? La sola idea me dio risa. Una risa muy leve, pero que los agudos oídos del lobo captaron. La bestia levantó la cabeza y clavó en mí sus ojos. Eran negros y brillantes y en ellos leí la misma mirada entre tierna y socarrona con la que Davide me despidiera hacía un rato.
La luna ahora me jugó la mala pasada de envolverme con su luz. Ya no veía a mi licántropo, pero él podía verme. Avergonzada, volteé, corrí de regreso a la casa y salté por mi ventana abierta. Tenía los pies helados y ni una pizca de sueño.
Prendí el quinqué y me metí bajo las cobijas. No había manera de dormirme así que me puse a hojear la biografía de María Antonieta de Stefan Zweig, el nuevo disfraz de La Puerta de las Tempestades. Estaba en la mitad de unas instrucciones de cómo provocar una tormenta de arena cuando me ganó el sueño que me cubrió como esa tormenta.

(pantallamix.com)


Tuve un sueño extraño en el que caminaba por el sendero que llevaba al Castro. Enfrente de mi estaba la Dama do Castro, con sus brazos estirados, pero casi al llegar a ella, el lobo blanco se cruzó en mi camino.
―Escoge― decía la Dama ―. El o yo.
Desperté sobresaltada. Era de día y vi que a los pies de mi cama estaba mi primo enfrascado en el libro. Iba a quitárselo de las manos cuando recordé que sólo yo podía ver el texto.
―No sabia que te gustaban las biografías― dije desperezándome.
―Ni yo que te veías tan bonita a la luz de la luna― cerró el libro y me lanzó una mirada que congeló cualquier protesta de mi parte sobre lo falso de sus palabras. 
―Se dice ‘buenos días’― me dijo.
―Sabía que los lobos comíais de todo― dije bajando los ojos porque su mirada me quemaba ―.Pero jamás pensé que os gustaran los melones.
―No sé a los otros. A mi sí me gustan― se río ―.Además no quería que el Marqués se enfadara así es que tuve que despreciarle sus cerdos.
―Pues va a estar furioso. Imagínate, esos melones son la niña de sus ojos― Me alarmé ― ¿Dejaste huellas? Te seguirán hasta acá.
―Ya las cubrí― dijo despreocupadamente ―.  Llevo 28 años no dejando huellas.
Bueno, me acababa de decir su edad. Curioso, que fuese descubriendo cosas así al azar. Todavía no me atrevía a hacerle preguntas directas.
―La próxima luna llena te llevaré a un lugar donde puedas cazar― dije sin tener un lugar fijo en la cabeza.
Me lanzo una mirada inquisitiva.
 ― ¿Eso significa, Señora Condesa, que planea pasar más tiempo conmigo?― tomó mi mano ― ¿Acepta entonces mi humilde propuesta de matrimonio?
―Así es ―dije sin titubear. Ahora, fui yo quien atrajo su cabeza hacia la mía. Este beso fue mucho mejor que el de la noche anterior.
―Anoche, a la luz de la luna― dijo Davide cuando al fin nos separamos ―Tu camisa era transparente como un vidrio… Pude verte como el Dio te echó al mundo― seguí sus palabras a la vez que su dedo bajaba por mi busto y toda su mano me tocaba en lugares hasta entonces ignotos a caricia alguna.
 ―No puedo quitarme tu imagen de la cabeza― dijo y volvió a besarme.
Sus manos seguían recorriendo mi cuerpo dejándome transfigurada por emociones desconocidas. Una parte de mi cabeza me decía que nuestro comportamiento era impropio y que si seguíamos cometeríamos un pecado que ameritaría más que un par de Rosarios de penitencia, pero ya no tenía voluntad propia. Mi cuerpo mandaba.
Por la misericordia divina, Davide fue el primero en recobrar la cordura. Se separó de mí y me miró con sorpresa como si no me conociera.
―Tenemos que hacer las cosas bien― dijo ―ya bastante trabajo nos costará convencer a tu madrina.
Se dirigió a la ventana y volvió a saltar por ella.
―Esto me gusta — dijo ―.Vivamos en una casa como ésta, en cuartos separados donde podamos saltar por las ventanas para encontrarnos.
― ¡Ya, vete, loco!― dije riendo ―.Que tengo que vestirme.
―Pues vístete― me respondió muy cachondo ― ¿Qué problema hay? Quiero verte hacerlo.
La conversación se estaba volviendo muy libertina, así que cerré los postigos tan de prisa que casi le atrapé los dedos. El cuarto quedó a oscuras lo que trajo un poco de paz a mi corazón saltarín, y un poco de frescor a mi cuerpo que ardía como si estuviera en una hoguera.

Teníamos que esperar a que bajase mi madrina a desayunar para darle la noticia de nuestro compromiso. Como te dije, Lectora, Doña Isabel nunca se levantaba antes de las diez. En lo que lo hacía, yo me puse un vestido blanco y me las arreglé para peinarme. El cabello corto facilitaba esta operación.
 La Duquesa bajó envuelta en un gigantesco peignoir color malva. Me saludó de beso y observó a Davide como si no recordase que era su huésped. Por las mañana, y antes de su café, andaba muy despistada.
Cuando al fin nos encontrábamos ante el desayuno, apareció el administrador muy agitado. El Marqués, que se hallaba de visita, acababa de descubrir sus melones pisoteados y medio comidos.
―Se trata de un gran animal, Usía― dijo el administrador ―, y las huellas llegan hasta nuestra cerca.
― ¿Un animal más grande que él?― se rió la Duquesa ― ¿Y vino hasta nuestra cerca? ¿Acaso hay huellas en nuestras tierras?
― Hasta la cerca llegan las huellas y luego desaparecen. Parecen de un perro gigante o de un lobo.
― ¡Qué tontería! No hay lobos en esta región. Seria un zorro, ¿pero qué zorro come melones? Deben ser una broma de su misma gente. Que no me arruine el desayuno con sus pamplinas.
Davide y yo cruzamos miradas cómplices por sobre la mesa. Mi madrina no nos vio, enfrascada como estaba en leer su correspondencia: la que venía de Málaga y la que venía de Madrid y que le enviaba su mayordomo. De pronto lanzó un grito. Volvimos nuestros ojos hacia ella y vimos que enarbolaba un telegrama.
―Han puesto preso a Don Andrés― dijo compungida.
El telegrama era de Don Matías. Sólo decía ―DON ANDRES ARRESTADO. ESPERO INSTRUCCIONES.
 Mi madrina me mostró otra carta.
 ―Justamente, leía esta carta que el cura párroco me escribiera hace tres días. No me había fijado en el telegrama.
Arrebaté la carta de sus manos. Don Matías la informaba del berrinche de mi tía, de sus acusaciones y gritos. Todo lo que sospechara ya que haría.  El temor de Don Matías era que Tía Aniña mandara investigadores a Monforte y que descubriesen la venta de la joya. El telegrama del arresto de Don Andrés confirmaba los temores del párroco.
―Debo volver― dije estrujando la carta en mis manos. Davide sacudió la cabeza
―No todavía― volvió los ojos a mi madrina ―.Debemos utilizar bien el poco tiempo que tenemos.
Acto seguido, mi primo comenzó a dar órdenes como si fuéramos su subalternos. Ya no había en él ni resabios de esa manipuladora cortesía. Ahora era un militar planeando una estrategia. Casanova, médico, licántropo y ahora soldado. ¿Cuántos hombres se escondían en él?
―Duquesa, ha de mandar inmediatamente órdenes a Madrid que su mayordomo telegrafié al sacerdote o incluso a la tía de Violante diciéndole que la chica está con usted, pero en Madrid.
La Duquesa le lanzó una mirada medrosa.
―Pero, entonces irán a Madrid, a mi casa.
―Y ahí, su mayordomo les informara que vosotras habéis partido con rumbo desconocido. Incluso, puede decirle que os habéis ido a Paris, a San Sebastián, a cualquier parte. En lo que descubran que estáis en Málaga, ya estaremos casados.
Usaba sus largos dedos para señalar cada movida y esos dedos parecían varitas mágicas que creaban un hechizo y nos ponían bajo su voluntad.
―Entretanto, habrá que conseguir una dispensa. Tenemos a favor que el padre de Violante jamás otorgó la patria potestad de su hija a su hermana. En su testamento especificó que su deseo era verla emancipada por su marido. Ahora, usted solicitará del juez de familia que le otorgue la tutela de la niña, pero para dármela en matrimonio. Yo creo que con un buen abogado y sus influencias, puede conseguir una dispensa matrimonial sin tener que pasar por tribunales.
La duquesa apabullada por tanto complot, me lanzó una mirada suplicante.
―No hay tiempo para buscar un novillero de cuarta, madrina― le dije.
― ¿Que novillero de cuarta? ―pregunto mí primo por primera vez bajando su voz de mando.
Sin responderle, miré a mi madrina:
―Quiero casarme con él.
Doña Isabel se vio desfallecer.
―Estoy muy vieja. No puedo pelear contra vosotros dos― cerró los ojos ―. Que se haga la voluntad de Dios.
Yo también cerré los ojos. Si no fuera por el arresto de Don Andrés, Lectora, aquel sería el día más feliz de mi vida


2 comentarios:

  1. Hace poco hablábamos de los uniformes, y nos contabas tu inclinación hacia los médicos militares... ya se nota, mujer, ya se nota... ;)

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    1. Si, la combinación esta presente en casi todas mis novelas.

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