Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

martes, 24 de julio de 2012

14. La hija pródiga


Estación de Santa Apolonia, Lisboa (flickriver.com)


Davide retornó de la embajada en uno de los omnipresentes vehículos diplomáticos. Ese mismo coche cargó con nosotros y nuestro equipaje hasta la Estación de Santa Apolonia donde nos embarcaron en el tren de Oporto en el que ya iba el Hispano-Suiza. Almorzamos en el tren aunque yo me abstuve, dado que todavía no digería el desayuno. Me limité a observar a Davide comer esos buñuelos de bacalao que son tan comunes en la comida portuguesa. Antes de ordenarlas, mi marido interrogó largamente al maître sobre que ingredientes se usaba para fabricar las pataniscas. Sólo cuando tuvo la seguridad de que las freían en aceite de oliva, se atrevió a catarlas. ¡Qué pesado se ponía con esa obsesión dietética!

Pataniscas de bacalhau (comerbemcasa.com)

Ante mi sorpresa, nos apeamos del tren en Oporto. Davide mandó desembarcar su coche y seguimos viaje por el Caminho Portugues hasta Valença Do Miño. Una rareza más de mi marido. En eso pensaba durante nuestro recorrido, en el cual casi no hablábamos, cuando de pronto sentí su mano en mi hombro.
― ¿Te das cuenta ahora?―preguntó―. Si ya te incomodan mis idiosincrasias y cuestionas mis secretos. ¿Cómo será en un tiempo? Sólo cuando sepa que me aceptas a mí con todas mis manías, podré creer en tu compromiso.
― ¿Y si nunca te acepto?― Las palabras salieron antes de que pudiese morder mi lengua.
Mi marido exhaló un largo suspiro.
 ―Entonces, seguiremos siendo primos y muy buenos amigos. Y te daré el divorcio tal como se lo prometí a tu madrina.
La congoja se apoderó de mí, pero no podía ocultar mi incertidumbre y las dudas que mi primo adivinaba como si leyera mis pensamientos.
La zozobra sólo se pasó cuando llegamos a Valença y cruzamos ese puente que construyo Eiffel y que me trajo de regreso a España y a mi tierra gallega. Ya era de noche cuando llegamos a Vigo. Pensé que nos detendríamos en el puerto a pernoctar, o que al menos abordaríamos el tren a Ourense y de ahí otro a Monforte. No eran esos los planes del Dr. Ascarelli. Tras aprovisionarse de combustible, comprar un mapa y permitirme el lujo de un café, anunció que seguiríamos por carretera hasta la sierra.
Volví a creer que le fallaba el cerebro. Era una locura intentar ese viaje, aún con mapa. Se trataba de carreteras, algunas sin asfaltar, llenas de atajos y desvíos. Pero mis argumentos poco valían ante la tenacidad de mi marido que obviamente tenía cabeza de alcornoque.
―Al menos tomemos el tren― supliqué.
― ¿Te has vuelto loca? Tu tía debe haber puesto guardias desde Ourense hasta Madrid. Quizá les haya aquí en Vigo.
― ¿Pero cómo vamos a viajar de noche?― insistí.
Con una extraordinaria mezcla de paciencia y brusquedad, mi marido me explicó que no había tiempo. Que debíamos llegar al día siguiente porque estábamos a jueves, al que le seguía el viernes, que al atardecer de ese día comenzaba el Shabát judío, un periodo de descanso durante el cual él no podría hacer ningún trámite. Cuanto antes debíamos llegar a mi pueblo y solucionar lo de mi tía.
Que Dios me perdone, pero en ese momento maldije a todas las religiones, sobre todo las que imponen reglas tan opresivas, tales como indicarte qué comer, cuándo follar y qué hacer o no hacer en ciertos días. Ya estaba harta de mi marido y sus costumbres como la detenerse a ciertas horas para bajarse del auto y rezar. Por suerte, no cargaba una esterilla para arrodillarse como los moros.
Rezongando mentalmente, seguí a Davide por su loca peregrinación. El camino a Ourense no tuvo mayores contratiempos. La noche era tibia, con un cielo limpio tachonado de estrellas y las mimosas del camino nos envolvían con su perfume como si fuera una serenata.

Ourense de noche (medicodeguardia.blogspot.com)

Ourense dormía cuando llegamos. Se acercaba la medianoche. Cruzamos la ciudad silenciosa y nos aventuramos por tierras mágicas que nos elevaban en una ruta cercana al cielo. Varias veces nos fuimos por atajos que nos dejaban en ninguna parte obligándonos a retroceder.
Estas eran tierras oscuras conocidas más a pie o a caballo que por coches de lujo. Tierras de pasadizos secretos y rocas que hablaban. Por primera vez entendí que los habitantes rupestres adorasen el sol. En la oscuridad de la noche todo se veía turbio y atemorizante. Aunque no para Davide quien, descubrí, veía en la oscuridad. Yo, en cambio, apenas cargaba una pequeña linterna que lanzaba un mezquino chorro de luz.
Pasado Pantón, nos desviamos por un camino y terminamos en un castro desconocido. Al intentar retirarnos casi nos metimos en unos viñedos. Ahí, ocurrió lo increíble. Davide se dio por vencido.
Detuvo el automóvil y descendió con una rapidez insólita en un hombre tan grande. Acto seguido, comenzó a dar vueltas en redondo como un lobo enjaulado. Yo lo miraba hipnotizada. En la oscuridad, sólo era un bulto en movimiento perpetuo. Bruscamente detuvo su marcha circular y volvió al coche.
― ¿Tu madre está enterrada en tu pueblo? ― Ni acababa yo de asentir y ya venía la otra pregunta ― ¿Cargas algo de ella contigo?
Azorada, abrí mi bolso donde siempre cargaba las joyas de Naiciña y extraje un brazalete de oro.  Mi marido me lo arrebató y comenzó a frotarlo como si fuese una lámpara mágica, pero no salió ningún genio de ella. En cambio, Davide saltó de nuevo adentro del vehículo.
―Tu madre tenía tus ojos, pero el cabello más oscuro―.Me di cuenta que no hablaba conmigo sino que intentaba recordar a través de un monólogo en voz alta ― Era pequeña y redonda y tocaba a Ravel en el piano.
Quise corregirle, pero me di cuenta de que él no hablaba de mi Naiciña, la Condesa de Portela, sino de una mujer llamada Susana Alcalay quien fuera su prima.
Apuró la velocidad del vehículo y continuó divagando mientras conducía derecho sin dudas. Entremedio de la arboleda, y a la exigua luz de mi linterna, podía reconocer algunos espacios de la Ribeira Sacra. Y en un tiempo brevísimo, ya pasada Babel, vislumbré a los lejos la Torre del Homenaje y el Palacio del Conde de Lemos. Estábamos en Monforte.
― ¿Cómo volviste a encontrar el camino?― pregunté admirada.
―Seguí el olor de tu madre― dijo como quien hablara de una presa de caza.―. Sus efluvios todavía se perciben en esta tierra y en su pulsera, y puedo olfatearla―
― ¿Puedes hacer eso con cualquier persona?― vaya, qué peligroso don.
―Más o menos. Depende de cuánto sepa de ella, y de cuánto de ella quede en sus objetos personales.
― ¿Dónde aprendiste eso?
Por una vez, mi marido no evadió una pregunta sobre el pasado.
―En 1918, al acabar la guerra, me encontré en Dubrovnik absolutamente solo. Tu madre y su hermana habían huido a Viena a buscar fortuna y tu abuelo seguía en el frente. Tuve yo también que marcharme.
Hice cuentas y deduje que él sería apenas un niño en aquel entonces.
―No tenía dinero, ni mapas.  Nada más sabía que quería ir a donde hubiera gente amiga. Caminé y caminé. El mundo estaba despoblado, cubierto de nieve. Entendí por primera vez como debieron sentirse los sobrevivientes de la Peste Negra. Por doquier encontraba gente moribunda, heridas de guerra, gripe española y mucha hambre ― Se detuvo y yo sentí el estómago contraérseme de compasión ―.Por fin, di con una caravana de gitanos. Esa gente, la más despreciada de la tierra después de nosotros los judíos, se hizo cargo de mí. Su reina me enseñó como rastrear animales y personas.
Súbitamente, Davide enmudeció como avergonzado de revelarme una parte de sí mismo. Me di cuenta que si no hablaba de su pasado era porque estaba plagado de malos recuerdos. En silencio, coloqué mi mano sobre la suya en el volante.
― ¿Dónde queda la Judería?― preguntó, sin corresponder a mi caricia.
―Más arriba.  Por la Colina de San Vicente, cerca del Palacio del Conde de Lemos― hice memoria―.Después de la Puerta de Azogue.
Era de admirar la fidelidad del Hispano-Suiza que aceptaba todos los caminos sin rechistar.  Mi esposo lo detuvo y descendió cruzando la Puerta de Azogue. A la luz de mi linterna, vi que cargaba su maletín medico. ¿Pensaba practicar una visita a domicilio?
Le seguí y le vi apoyado en una pared de piedra musgosa. De su maletín sacaba ya unas cosiacas, unas cajitas y cordeles que en el camino ya descubriera servían para rezar.
― ¿Vas a rezar ahora?―pregunté―. Es madrugada.
―Pues es hora de hacer el rezo de la mañana. No hay mejor lugar que éste. No creo que encuentre una sinagoga en toda Galicia.
No podía argüirle lo contrario, así es que apagué la linterna para darle privacidad. Me apoyé contra la pared y recordé la última vez que estuviera allí con Naiciña. El recuerdo me llenó de nostalgia por mi madre, pero también me hizo ver que para ella y para su primo, estas paredes que eran nidos de lagartijas, representaban su pasado, parte de su historia y herencia y quizás también parte de la mía. Fue entonces que me vino a la memoria un nombre olvidado que todavía no pronunciara delante de mi marido.
Ya de regreso en el automóvil, y terminado sus rezos, le pregunté a Davide.
― ¿Conociste a la Tía Diamante?
En la oscuridad, sentí un gruñido de lobo que me hizo acurrucarme asustada en el asiento.
― ¿Qué sabes de ella?― La ira contenida en su voz me heló la sangre.
―Nada. Sólo que mi Naiciña dijo...Don Andrés me contó que...que...estaba loca.
La voz de Davide sonó más calmada.
―Efectivamente. Enloqueció al quedar viuda y murió loca, eso es todo. 
No lo era, puesto que nunca le oyera hablar de alguien con tanto rencor.


Volvimos al centro de Monforte y salimos del pueblo rumbo a Quiroga. Primero por caminos de tierra y luego por un puente romano, siempre siguiendo el margen del río Sil. Agotada, me quedé dormida.
Cuando desperté comenzaba a amanecer. Por fin, en la primera luz de la alborada, divisé las copas de los castaños y el corazón se me alborotó. Estaba en casa. Inmediatamente, los miedos que pospusiera en estos días prodigiosos, me agredieron sin poder yo evitarlo.
Siempre guiado por el aroma de Naiciña, mi marido entró al pueblo. Una de esas viejas, a las que ya no les queda sueño por lo que se levantan al alba, barría la entrada de su casa. Me reconoció y me hizo una venia, pero vi la alarma en sus ojos. Probablemente la rabia de Tía Aniña trastocara la vida de mis vasallos de una manera que yo todavía no imaginara.
Al final de esa calle estaba la farmacia de Don Andrés. El, siempre tan madrugador, estaba en la puerta, pero a su lado había un guardia civil. Ambos se volvieron a admirar el Hispano-Suiza. Salté del coche, apenas mi marido lo aparcó, y corrí hacia Don Andrés. Nos fundimos en un gran abrazo.
Raiña, entonces era cierto. Volviste―dijo besando mi cabello―. ¿Y tu marido?
De pronto, sentí todo su cuerpo tensarse como la cuerda de un arco. Volví la mirada y fui testigo por primera vez del encuentro de dos licántropos.
El mío estaba tan tieso como Don Andrés. Las aletas de la nariz las traía henchidas como quien huele algo fétido y la amenaza oscurecía aún más sus ojos. Ay, de mi, ¿Irían a morderse en plena calle? Presioné mi mano contra el tórax del boticario.
―Es el Dr.Ascarelli. Mi marido.
No dejé de presionar su pecho hasta que le sentí relajarse.
―Cómo hace las cosas Dios―susurró el boticario estrechando la mano de Davide.
―Este es el Cabo Salgado―Don Andrés terminó de hacer las presentaciones―. Mi guardia personal, puesto que estoy bajo arresto domiciliario.
― ¿Bajo qué cargos?― pregunté al guardia.
―Secuestro― contestó éste, un poco cortado.
― ¡Qué absurdo!― dijo mi marido―. ¿Cómo se puede acusar a un hombre del secuestro de quien ha regresado por su propio pie?
El Cabo recién vino a caer en quien yo era y me miró con mayor interés como si sopesase la idea de arrestarme.
―Entrad y tomaos un café conmigo―invitó Don Andrés―.Así os informareis de cómo están las cosas.
Entramos, y el Cabo nos siguió como un miembro más de mi sequito. Obviamente, la hospitalidad de Don Andrés le hacía olvidar sus deberes.
Tras servirnos café. Don Andrés nos contó lo que yo ya sospechaba. En mi ausencia, mi tía anduvo moviendo mar y tierra para encontrarme y castigar a quienes me ayudaron a huir.
―Se fue hasta a Madrid, a casa de tu madrina, e iba a partir a Andalucía, cuando llegó tu telegrama. Apenas regresó ayer, bufando como un dragón. Hizo poner guardias en las estaciones desde Monforte hasta Vigo.
Davide me lanzo una mirada de “te lo dije”.
―Hicisteis bien en venir por carretera― dijo Don Andrés―. Tu tía está en el Pazo, pero como ya sabes Raiña, tendréis que esperar hasta el mediodía para verla.
―Pues habrá que despabilarla antes―dijo mi marido―.No tengo todo el día y mejor solucionar este asunto lo más rápido posible.
El tono autoritario de mi marido nos espoleó. Me puse de pie. Al mal paso darle prisa.
―El coche no puede cruzar el puente. Mejor lo dejas aquí, Davide. Nadie lo va a tocar― le dije.
Don Andrés también se levantó.
―Quizás podríamos ponerlo en el establo, Dr. Ascarelli. Su mujer tiene razón. Aquí no roban nada, pero los chicos del pueblo van a querer manosearlo.
Después que el coche quedó bien guardado en el pajar, tomé del brazo a mi marido y me dispuse a cruzar el puente. Tras mucha deliberación, Don Andrés decidió acompañarnos.
―No sé si pueda. Se supone que no debo abandonar mi casa.
― No sea absurdo― le dije ―. Necesito de testigos. Venga usted, Cabo también, así no le acusan de no vigilar a su prisionero.
Al salir de la botica, nos encontramos a un pueblo despierto y enterado de mi llegada. Me saludaban tímidamente, se comían a mi esposo con los ojos, hasta nos escoltaron al puente, pero nadie se atrevía a hacerme preguntas.
Por suerte, ni mi Tía ni Don Matías despertaban aún. Eran las dos personas a quienes temía dar explicaciones.
Alguien incluso fue al Pazo a dar aviso, porque Catuxa con los brazos desplegados vino corriendo de la cocina a recibirnos.
Me abrazó tan fuerte que se me cayó el sombrero. Pero no se agachó a recogerlo porque el ver a Davide la dejó petrificada. No era que reconociese en él al licántropo. Era su tamaño lo que la alarmaba.
―Tu tía anda durmiendo, la muy maldita―dijo mientras nos llevaba a la cocina―.Podéis entrar tranquilos.
Se rezagó un poco dejando que los hombres se nos adelantaran y me susurró.
― ¿Es ese tu marido? pero si es el doble que tú.  ¿Cómo no te ha partido en dos?
Sus palabras me hicieron sonrojar, pero no había tiempo de dar explicaciones.
Catuxa nos instaló en el salón y nos sirvió vino dulce y bizcochos. Todos bebimos, menos el Cabo que estaba de servicio y mi marido que no tocaba el vino.
― ¿Tenemos whisky?― pregunté, recordando mis deberes de esposa y castellana.
―Queda la botella que trajo tu primo...― Catuxa se cortó ―Tu otro primo.
No había soda ni hielo, pero Davide se conformó con que lo diluyeran con agua.
―Creo que deberíamos brindar por los novios― anunció Don Andrés después que todos, hasta el Cabo aceptó un vaso de agua, tuvimos algún liquido en nuestras copas.
―Creo que alguien debería despertar a la Tía para que brinde con nosotros― dijo Davide con humor mordaz.
Catuxa se ofreció a resucitar a tía Aniña y muy oronda subió la escalera. ¡Se iba a perder la oportunidad de fastidiar a la intrusa!
Fue cuestión de minutos. Cinco quizás. Tía Aniña apareció como una tromba por el corredor y bajó la escalera haciendo sonar los tacos de sus chinelas.
De mañana, sin pintura, y con la cabeza llena de bigudíes, era un espectáculo chusquísimo. De milagro, se acordó de echarse un batón encima. Los caballeros se alzaron aunque se veía muy poca dama para rendirle cortesía.
En llegando abajo, sus ojos se fijaron en mí que permanecí en mi silla sentada con una pierna sobre la otra como viera sentarse a Delarah Brand. Luego su mirada cayó sobre mi gran marido. Tal como a Catuxa su tamaño la asustó. Pero su odio era más grande.
―Así que has vuelto― me dijo.
―Es lo que te puse en el telegrama que haría―respondí con una calma que nacía sólo de la certeza de que me veía más digna que mi bufonesca parienta.
Mi tía apuntó con el dedo a Don Andrés.
― ¿Qué hace ese hombre aquí? Está bajo arresto domiciliario.
― ¿Pero cómo puede alguien estar arrestado por secuestrar a quien está en su casa?― preguntó Davide con una leve sonrisa.
Mi tía lo miró asustada como si no creyese que un gigante fuera capaz hablar.
―En cuanto a qué hace aquí Don Andrés, es un invitado de la dueña del Pazo.― Davide se acercó a mi tía que retrocedió asustada―.Debe disculparme, Tía Aniña, porque no me he presentado. Soy Davide Ascarelli, el esposo de Violante.
Mi tía viró hacia la escalera y parapetada por la baranda se atrevió a alzar su dedo acusador.
―Ese matrimonio no puede ser legal.
Como si fuera un prestidigitador, mi esposo extrajo del bolsillo un papel. No sé que sería porque el certificado de matrimonio lo tenía yo.
―Le aseguro a usted que todo ha sido muy legal―.Sacudió el papel ante la cara de mi tía que no hizo ni un esfuerzo por tocarlo―.Un juez de familia otorgó la tutela de Violante a su marido que soy yo, convencido por las explicaciones pertinentes de parte de la madrina de la contrayente, la Señora Duquesa de Málaga.
Se detuvo como sopesando la mentira que iba a decir.
―Y también la del abuelo de Violante.
― ¿Su abuelo?― preguntó mi tía con voz impersonal.
―Sí, el Dr. Danilo Alcalay, padre de la difunta Condesa de Portela, que también es mi tío.
Por primera vez desde mi llegada, vi esa horrible sonrisa de arpía asomarse a la cara de Aniña.
―Ya. Si no esperaba menos de ti―me miró con desprecio―.Has ido en busca de los judíos.
Envalentonada con su insolencia, se atrevió a dirigirse a mi marido.
― ¿Cuánto pagaron para engañar a la ley? Sé que su gente todo lo compra.
Únicamente un destello en los ojos de mi lobo indicó que el insulto le dolía, pero prosiguió sonriendo y hablando con ese tono semi obsequioso.
―Le aseguro que ni yo ni “mi gente” hemos pagado nada.  No soy hombre de dinero, Doña Aniña. Soy un humilde médico militar, pero tengo amigos e influencias que pueden atestiguar por mi carácter.
―Pues que atestigüen en los tribunales― dijo mi tía―. Porque no he de descansar hasta disolver su matrimonio y obtener la tutela de Violante.
Davide se encogió de hombros.
―Haga lo que le plazca. Pero le recuerdo que ahora es usted sola en contra de Violante y su familia. Abuelo y marido pesan más que tía. Y no descontemos a la Duquesa que es cristiana vieja. Digo, porque veo que la ofenden tanto los de nuestra religión.
Me miró con sonrisa irónica.
― ¿No me dijiste que tu tía era come-curas, librepensadora y republicana? Pues acabamos de oírla expresar prejuicios y amenazas del viejo orden.
Ya mi tía no sonreía.
―Nos veremos ante el juez.
―Ya le dije, haga lo que le plazca. Pero le aconsejaría que no lo hiciera. Perdería su dinero inútilmente y saldrían cosas a relucir que no le gustarán.
― ¿Qué cosas?― preguntó mi tía.
―Su carácter podría quedar en duda. Su obsesión vengativa, sus abusos y amenazas que hicieron que Violante huyera de su lado. Los gastos desmedidos que ha hecho para encontrarla cuando es obvio que la detesta. Todo eso indica una mente enferma.
― ¿Me está llamando loca?―Mi tía se emplumó como una gallina clueca.
―No lo hago yo, pero lo harán los psiquiatras en el tribunal. Y de psiquiatra sé más que usted.
Quedé asombrada. No estaba segura de que lo que Davide decía era verdad. Pero aunque vanas, sus amenazas hacían mella en Aniña.
―Además está lo de su hijo. Tendríamos que hablar de sus costumbres y de su conducta para con mi mujer ―Davide se acarició la ceja con su dedo― ¿Quiere eso Doña Aniña? ¿Para qué ensuciar la memoria de un difunto?
El rostro de mi tía se arrugó como un trapo al ser estrujado y se echó a llorar. Se veía más vieja de lo que era.
―Te has salido con la tuya―me gritó con voz entrecortada por los sollozos―.Te has casado con tu primo. A ver si no le matas como al otro.
Me levanté furiosa.
―Sólo porque es la hermana de mi padre, le voy a dar un tiempo para que se vista como gente y recoja sus bártulos. Pero la quiero fuera de mi casa antes del atardecer―. Acaricié el brazo de Davide―.Mi marido y yo estamos de luna de miel y queremos estar solos.
Con un gemido ahogado y muy encorvada, mi tía subió la escalera.
No lo podía creer, acabábamos de ganar y en un tiempo brevísimo.
―No doy crédito―dijo Don Andrés en lo que mi tía desapareció escala arriba―.Le tomó a usted menos de tres golpes derribarla. ¿Cómo sería verle en un ring, Dr. Ascarelli?
―Ahí me hubiera tomado un sólo golpe―mi marido dijo pensativo―.Ya os dije, quería zanjar este asunto antes del Shabát.

No hay comentarios:

Publicar un comentario