Comenzaron
los acelerados preparativos para mi boda. Don Curro nos resultó muy útil. Su
hermano, el socialista, era juez de familia. Con un pequeño empujón y muchas lágrimas
de mi parte y pucheros de parte de la Duquesa, nos consiguió, en lo que canta
un gallo, la dispensa legal para casarme.
En los tres
días que se demoró en llegar la bendita dispensa, mi madrina encargó a su
modista un tailleur de organdí para
que yo vistiera en mi boda, con un sombrero que hacía juego.
Durante
esos preparativos, no vi a Davide. Supersticiones de Doña Isabel a las que me
adhería temerosa de cualquier mal agüero que impidiese mi felicidad. La tarde
antes de casarme, envié un telegrama a mi tía. Era muy escueto.
“Pasado
mañana llegamos, yo y mi marido, al Pazo”. Que lo interpretase como quisiese.
Fue esa
misma tarde—no podía creer que en unas horas estaría ya casada—al regresar a la
casa, que encontré un mensaje de Delarah Brand esperándome. La sabía ya
informada, tanto por la Duquesa como por Davide, de nuestro casamiento. Podíame
imaginar su furia. ¿Y ahora quería verme? Tenía que encontrarme con mi madrina donde
la modista, pero imprudente como soy, me
fui a ver a mi rival.
Delarah
rentaba una casa cercana a la nuestra. Era un chalet muy moderno, con esa
estructura cúbica tan propia de las ideas del Bauhaus. Me horrorizaba pensar
que estructuras como ésta afearían Málaga en el futuro.
Fue la
misma Frau Brand, quien me abrió la puerta lo que me indicó que sus criados no
estaban. Sin palabras, me hizo un gesto para que entrara. Me olía todo a
trampa, pero segura de que esa guerra nunca declarada la ganaría yo, quería ser
cortés con mi rival derrotada.
La sala
era una combinación de cómodos muebles finlandeses y alfombras turcas. Sobre
las alfombras y los cojines del sillón y sofá, había gatos, perros pequeños y
hasta monos. En un bergere Louis XV
una coneja negra daba pecho a sus crías. Y al lado de la lámpara colgaba una
gran jaula desde la cual un papagayo
albo me saludó en tres idiomas.
Delarah
se veía muy guapa, en su pijama de seda negra, pero muy pálida. Noté que le
costaba contenerse. Seguramente deseaba despedazarme.
―Gracias
por venir― dijo finalmente ―, pero pasa
al comedor. Aquí no podemos sentarnos a hablar.
La seguí
hasta una larga sala cruzada casi en su totalidad por una mesa barroca
flanqueada por sillas forradas en felpa azul. Ese era el único mobiliario,
porque todo el otro espacio estaba ocupado por plantas en macetas de arcilla,
de porcelana y canastillas de bambú. Algunas colgaban del techo y de ellas
sobresalían lianas, orquídeas y otras flores de enredadera que cubrían las
paredes. Esta exuberancia vegetal continuaba hasta la habitación adyacente que,
a juzgar por sus paredes y tejado de vidrio, era un invernadero.
― ¿Te
gusta?― Delarah notó mi mirada admirada ―. No puedo vivir sin plantas. Debo
tener un invernadero donde quiera que esté.
Me
indicó una silla y noté que sobre la mesa había una bandeja con copas y un balde
del hielo del cual sobresalía el gollete de una botella de champaña.
Sin
preguntarme si me apetecía, mi anfitriona sirvió dos copas.
―No,
gracias― dije cuando me acercó la copa.
―No es
mi plan envenenarte― dijo con cierta sorna ―sólo quiero que hablemos de cosas
que nos convienen a ambas.
Me atreví
a aceptar. No estaba acostumbrada, pero el líquido además de darme placer, me
envalentonó a tutearla. Después de todo, ella me trataba de “tú”.
―Como tú
digas. Comienza que te escucho.
Me miró
sorprendida como si fuese yo una de sus mascotas que súbitamente se largara a
hablar.
―En mi
cuarto tengo un pasaporte con tu foto y nombre, pero con una fecha de nacimiento que te hace
mayor de edad ― me dijo ―. También hay dinero y un pasaje en el Sevillano hasta
Barcelona. Desde allá harías un trasbordo a Paris. No te costará un centavo.
Serás libre de hacer la vida que te plazca.
― ¿Por
qué ahora?― sorprendida, bebí otro sorbo ― ¿Por qué no antes, cuando no
hallábamos una solución para mi problema?
Me miró
con gran dureza.
―Antes
me importabas un rábano. Ahora te has vuelto un estorbo.
― ¡Qué
pesar!― dejé la copa en la mesa ―. Lamento ser un estorbo y hacerte perder
tiempo en comprar documentos falsos, pero no los necesito. Mañana seré libre
gracias a mi marido.
Sus
ojos fulguraron.
― ¿Marido?
Esa palabra te queda grande. ¿Y crees insensata que serás libre? Te verás
atrapada en la peor de las trampas.
―Que
tus matrimonios fuesen trampas― verdaderamente la champaña me volvía atrevida ―,
no quiere decir que el mío será un fracaso.
―Sois
de mundos diferentes. Nunca seréis felices. Viviréis en un Kastiyo en Sefarad, como llama Davide a un mundo de ilusiones, pero
la realidad terminará por matarte.
Aunque
Delarah hablaba como mujer despechada, sentí
un escalofrió en mi espalda. Quizás sabía algo que yo ignoraba.
―Dijiste
que hablaríamos de cosas que nos convenían a ambas. Ya te escuché. Ahora me
toca a mí hacerte una pregunta. ¿Qué viste en las cartas sobre mi primo y yo?
―Nada―
dijo con sequedad.
― ¿Qué
viste?― exigí.
Desvió
los ojos para evitar mi mirada.
―Que le harías inmensamente infeliz y que él también
te haría sufrir― su voz estaba cargada de amargura, pero no le creí.
― ¡Mientes!
― ¿Por
qué crees que miento?― preguntó sorprendida.
―Para
todos los efectos, Davide no se casa conmigo. Es solo un subterfugio para
emanciparme.
―Eso es
lo que dice él― dijo ella despectivamente.
― ¿Y tú
no le crees? ¿Por qué? ― Antes de responder ella le respondí yo ―.Porque sabes
que me quiere. ¿Lo viste en las cartas o en sus ojos?
― En
ambos lados― su voz sonaba apagada, casi derrotada, pero repentinamente se alzó
en un tono desafiante ―Las cartas me dijeron que seréis inmensamente infelices.
―Tus
cartas mienten― tomé otro sorbo de champaña. Increíble como me aportaba coraje.
O tal vez era la certeza del amor de mi primo ―. Son instrumentos del Diablo
que solo te dirán medias verdades. Más me importa tu miedo al amor que me tiene
Davide. Con ese amor, venceremos cualquier adversidad.
―Si te
lo permito― Frau Brand me lanzó una
mirada de víbora, pero yo no temía a sus miradas.
―Discúlpame,
pero ya llevas tiempo eliminando rivales.
Me imagino que hubo otras en tu camino.
Aún así no llegaste a ninguna parte con
Davide. ¿No será que en tu empeño de alejar tentaciones de él, olvidaste cómo se conquista a un hombre? Ni siquiera estás
divorciada. ¿Crees que mi primo aceptaría acostarse con la mujer de otro?
Me di
cuenta que estaba al borde de la impertinencia y del bofetón. Pero Delarah no
me golpeó. Al contrario. Como a la mayoría
de las personas honestas, y ella lo era, la verdad la desarmaba. Se puso de pie
y comenzó a caminar de un lado a otro del comedor.
―Si
supiera que Davide me haría suya, me divorciaba mañana mismo, pero hay algo más
que le detiene. Sé que le gusto como mujer, pero nunca me ha dado una señal de
que podría quererme.― Fumaba con furia, alternando chupadas al cigarro con
palabras que decía sin mirarme como si monologara.― Te equivocas. No ha habido
rival, aunque siempre sospeché que la habría. Su prima Dass, el recuerdo de su
esposa, pero no alguien como tú― me miró con odio ―. Alguien tan
insignificante.
Me
levanté bruscamente. No necesitaba oír más ofensas.
―Para él
no soy insignificante― le solté con tono cortante.
―Lo eres.
¿No te das cuenta? ¡Allah Todopoderoso! ¿Cómo puedes pretender saber lo que
Davide quiere o necesita? El no es de este mundo, es demasiado grande para que
tú le comprendas.
De
pronto, supe a que se refería y me sentí un poco celosa de que Delarah
conociese ese aspecto tan secreto de mi prometido.
― ¿Te
refieres a lo que sucede cuando hay luna llena?― pregunté con voz displicente.
Me miró
con ojos inmensos de sorpresa.
― ¿Lo
sabes y no tienes miedo?
―Ni un poquito.―
sonreí desdeñosa ― ¿Viste? No soy tan insignificante.
Me dirigí
hacia la puerta que comunicaba con el salón, pero no alcancé a dar vuelta la
manija cuando algo pasó silbando por mi hombro. Era el cigarrillo de Delarah.
Cruzó el umbral y cayó en la alfombra donde se alzó inmediatamente una llama
gigante que alcanzó el techo y un humo rojizo llenó el cuarto haciéndome
retroceder.
Al
volverme vi que Delarah me miraba sin un asomo de alarma, más bien se veía
burlona. ¿Ese era su modo de detenerme? Sin perder la presencia de ánimo, alcé
mis brazos al cielo.
― ¡Zafiel,
valedme!
Antes
de aparecer mi ángel, ya le brindaba yo una canción, un poco desacorde con las
circunstancias, puesto que elegí un charlestón que le gustaba a la Duquesa. “Madre, cómprame un negro”.
No acaba de terminar la primera estrofa, y los
goterones de agua apagaban el incendio. La torrencial lluvia no sólo azotaba el
salón. También regaba las plantas del invernadero y nos calaba hasta el hueso a
las dos que estábamos en el comedor. Delarah parada como estatua, mientras yo
cantaba y batía palmas.
Cuando
la lluvia terminó, había dos centímetros de agua en el piso y Delarah y yo
teníamos la ropa pegada al cuerpo y tiritábamos de frío en medio de la
primavera malagueña. Erráticamente, Delarah pasó del estupor a la risa más
sincera. Se rió doblada en dos.
― ¡Bre! Pero no me lo creo. ¡Qué estúpida
he sido!
Parecía loca. Se levantó y me miró de hito en
hito.
― ¿Cómo no lo pude ver antes? Eres bruja y has
hechizado a Davide, pero para brujerías
me pinto yo― alzó su brazo y lo dirigió al salón.
Nerviosa,
entré ahí, era la única salida que conocía de la casa. Todo estaba mojado y ni
rastro de las mascotas. Pero en el sillón donde antes descansaba una coneja, había
una gran serpiente negra. Un silbido a
mi espalda me hizo volverme. En la jaula del papagayo ahora una víbora verde sacaba
su cabeza por entre los barrotes. Por detrás del sofá, por debajo de los
cojines cobras de colores y tamaños diversos avanzaban hacia mí. Me repugnaban
los reptiles. Asqueada y aterrorizada, corrí al comedor cerrando la puerta tras
de mi. Delarah me sonrió socarrona.
― ¿Crees
que una puerta puede detener mi poder?
No alcancé
a responderle porque la pieza se sacudió debido a un sordo rumor que venía del
invernadero. Era un sonido de algo pesado que pasaba a llevar plantas y flores
en su avance hacia el comedor.
Antes mis
ojos espantados, apareció una sierpe grande como caballo, tan blanca como
Davide a la luz de la luna, y toda cubierta de escamas de plata. El monstruo se
movió sinuoso, pasando sin mirar a Delarah y dirigiéndose directamente hacia mí.
Su gigantesca cabeza parecía labrada en mármol y sus ojos eran aguamarinas
deslumbrantes. Sin embargo, en su hocico vi colmillos afilados como navajas de Albacete.
El
terror contrajo mi estómago. Me tambaleé a punto de desmayarme de miedo. En ese instante la capucha de la cobra cayó
hacia atrás y de su cabeza emergió una mujer pequeña, muy bella y de largos
cabellos negros, que me hizo una elaborada salema.
―Que la
paz sea contigo, Violante, que hablas con los ángeles― me saludó ―Soy Maimuna,
Reina de los Djins.
Todavía
tiritando de susto, me las arreglé para hacer una reverencia.
―Pero
siéntate, mujer― se río Su Alteza ―. Pareces una lombriz de lo blanca que te
has puesto.
Se
volvió hacia Delarah.
―Ofrécele un asiento a tu visita. ¿Qué pensará
de tu hospitalidad?
Delarah
riéndose me acercó una silla.
―Ya
viste, bruja, que conmigo los hechizos no valen. Ahora delante de mi Reina,
debes prometer que desencantarás a Davide.
―No
encanté a nadie― dije intentando sacar voz firme de mi garganta.
―Quizás
tenga razón― La reina le dijo a Delarah ―.Me han contado cosas prodigiosas de
esta hija de hombre.
Se volvió
hacia mí.
―Me dicen que tu voz puede encantar hasta a
los ángeles. Demuéstramelo. Me agradan las coplas. ¿Te sabes alguna?
Cantar
era lo último que quería, pero si mi vida iba en ello...
Comencé
a entonar con voz muy leve “Lola, la Piconera”, pero a medida que la letra salía
de mi boca, ocurrió lo de siempre. La música se hizo dueña de mí y mi cuerpo
entero se relajó como si no estuviese enfrente de una mujer-sierpe. Canté como
si fuese esa mi música y yo fuera fruto de tierra andaluza.
Hasta Delarah, dejó atrás la guasa, y me miró con expresión entre alucinada y pasmada.
La
reina me aplaudió y noté en sus ojos color tinta una mirada cariñosa. Ya no parecía
reptil.
―Pero
es que tú no encandilas a los ángeles, lo que tienes es voz de ángel.―Se volvió
hacia Frau Brand.
―Delarah,
no hay nada que hacer. Esta no es bruja, sino algo más poderoso y eso es lo que
ha visto tu lobo en ella.
Delarah
hizo un puchero que rompería el corazón más duro.
― ¿Me
estás diciendo que no puedes hacer nada?― Los ojos y la voz las tenía llenas de
lágrimas.
― Te
estoy diciendo que yo no puedo hacer nada. Allah, el Clemente y Misericordioso,
ha querido que esta mujer, feíta e insignificante como la ves, posea un don que ni nosotros los Djins gozamos.
―Le has
cantado a Davide― el grito de Delarah me hizo retroceder. Estaba segura que se
abalanzaría sobre mí para ahorcarme ―. Así es como le has embaucado.
― ¡Qué
no, borrica! Sólo canto para los ángeles. Y para vos, Alteza― agregué
apresurada. Mis palabras complacieron a la efrit
quien se sonrió.
― ¡Basta!―
La voz de la reina se alzó sobre el llanto de Delarah―. El hombre-lobo no
necesita oír su voz para saber que su prima es la mujer que el Amo del Mundo le
ha destinado. No precisa ella de afeites ni artificios para dominarle. En
cambio, tú que has usado de todas sus artes no has conseguido doblegar la
voluntad de Ascarelli.
Delarah
se desplomó en una silla y comenzó a llorar como una cría. Rompía el corazón
ver su dolor.
―Tres
veces me he casado y únicamente he vivido de traiciones y humillaciones. No
conocía el amor hasta que vi a Ascarelli por primera vez. ¿Por qué Allah me
maldice de esta manera?
―Ese
hombre no es para ti, Hija de los Creyentes.― insistió Maimuna. ― ¿Acaso reza
como tú? ¿Cree en lo que tú crees?
― ¿Y esta
rumi que se santigua y hace salemas a
los ídolos? ― Delarah furiosa me señaló con su dedo acusador ― ¿Ella si cree en
lo que él cree?
―Los
caminos de Allah a veces son tortuosos―
explicó Su Majestad con mucha paciencia. Me di cuenta que también le
dolía la desdicha de su protegida ―Tal vez esté escrito que sea ella quien guie
a Ascarelli por los reinos subterráneos.
Me
lanzó una larga mirada.
―Algún día te llevaré a mi reino, Violante.
Nosotros los Djins, como la mayoría de las razas que Allah ha creado similares
a los humanos, pero más poderosas, no
podemos cantar por lo que apreciamos una buena canción.
Quedé
sumamente sorprendida. Yo sabía de la existencia de otras razas que convivían,
como los mouros, con los humanos en
mundo paralelos, pero me pasmaba el saber que sólo nosotros podíamos cantar.
―Hasta a
los ángeles les está vetado usar sus voces y nada más pueden elevar su canto a
Allah para alabarle― Maimuna lanzó una risa de castañuelas ―.Por eso te
agradecen tus canciones. Les hace sentir un poco dioses. Pero ya debes irte. En
casa te estarán esperando. Mañana te casas y tienes mi enhorabuena.
―La mía
no― insistió Delarah ―. Que Iblis te confunda. No te mentí sobre las cartas. Serás
muy infeliz junto a Davide y no sabrás hacerle feliz.
―No es
eso todo lo que dicen las cartas― dijo Maimuna lanzándole una mirada de
reproche ―Violante, tú y tu marido os haréis infelices mutuamente, pero también
conoceréis juntos la felicidad del verdadero amor. Tu matrimonio será como todo
el amor humano, un subir y descender de colinas de dolor y alegría. Pero así es
la vida que Allah te depara.
―Y yo
la acepto― dije.
Hice
una gran reverencia a la reina, pero no me atreví a despedirme de Delarah. Sin voltear a verla, abrí la puerta del
salón. No había agua en el piso, ni humo en el aire. Los reptiles ya no estaban
y crucé el salón ante la mirada impertérrita de las mascotas de Delarah.
Sólo al
encontrarme fuera de su villa, me atreví a apoyarme en la pared y a cubrirme la
boca porque las nauseas casi me tumbaban. Nunca sintiera tanto susto en mi vida.
Ni la noche en el Foxo se comparaba a
conocer a tan exaltado personaje como era la Reina de los Djins.

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