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Seguro
de que mi tía ya era asunto del pasado, el Dr. Ascarelli, se tomó un tiempo
para él y se fue a dar un baño. Fue Catuxa quien le instaló en la alcoba principal,
la de mis padres y se ocupó de todos sus asuntos. Ya no le tenía miedo. De
hecho, su rápida derrota de la Tía Aniña, convertíale ante sus ojos en el más
perfecto de los caballeros andantes.
―Ando
temiendo que sus cachorros te revienten el vientre―me dijo en la cocina―.pero
que es un caballero no hay duda. Y muy guapo. Tuviste suerte.
―Más
suerte tendré cuando me parta en dos―dije con tristeza.
Ante los
ojos inquisidores de mi nodriza, le conté todos los detalles de mi matrimonio y
como me era casi imposible conseguir que mi marido me hiciera su mujer.
Como
siempre, Catuxa me consoló e infundió seguridad.
―Criaturiña, es la mujer quien decide
sobre estos asuntos. Por ahora dormirás en tu cuarto de soltera. Pero te voy
decir un cosa, en una semana estareis compartiendo la misma cama.
Me fui más tranquila a mi cuarto de soltera. Miré
por la ventana hacia el bosque. Estaba de regreso en casa, era libre y el amor
llenaba mi vida. ¿Qué más podía desear?
Catuxa
entró sin golpear. Privilegios de nodriza. Traía una bolsa y unos paquetes en
sus manos.
―Tu
marido está en la bañera que tu padre mandó fabricar. Por suerte, Don Pedro,
que Dios le tenga en su Gloria, la mandó hacer grande. Aquí traigo su ropa
sucia. Voy a lavársela.
Levanté
las cejas. Ya Catuxa trataba a Davide como si fuese dueño de su casa.
―Le
dije que ahora que es tu marido también es Conde de Portela.
― ¿Y
qué que te respondió?―me podía imaginar la cara de mi lobo. Quizás el Talmud prohibía
los títulos nobiliarios.
―Soltó
unas palabrejas raras y puso unos ojazos muy grandes.
― ¿Te
dijo Jasbah Ja―lilah?―pregunté ―. Eso
quiere decir “qué Dios no lo permita”.
―Lo que
te digo. Ese hombre no es como el otro. No ambiciona nada tuyo.
―Con
tal que ambicione mi cuerpo― señalé los paquetes― ¿Y eso?
―Unas
cosillas que se trajo de Lisboa.
Le
quité los paquetes y los abrí. Contenían una botella de vino y un pan trenzado.
― ¿Qué
no tenemos pan en esta casa? Además Davide no bebe vino.
Catuxa se infló en su sapiencia.
―Son el vino y el pan de los judíos. Lo que
comen en sábado. Ahora debo ir a buscar los candelabros de la Condesa Susana.
Me sentí
ofendida. ¿Acaso Catuxa sabía lo que yo ignoraba? ¿Acaso ella y Naiciña
celebraban el Shabát a mis espaldas?
Catuxa
se encogió de hombros.
―Yo
siempre serví bien a tu madre y si a ella le pareció incluirme en sus secretos...―. Cogió la
botella y el pan―. Si me disculpas tengo que preparar todo para el Dr.
Ascarelli.
No
había caso, ya hasta Catuxa bebía los vientos por quien no quería ser conocido
como Conde de Portela.
―¿Y mi
tía?―pregunté antes que Catuxa cruzase el umbral. Esta hizo un gesto de desdén.
―Anda
luchando con sus valijas. Quería que la ayudara. Pero, qué pesar, yo estoy
ocupada atendiendo al nuevo señor del Pazo.
Se
marchó silbando feliz. Al parecer, a todos les encantaba mi elección de esposo.
Por
fin, mi tía se largó tal como yo le exigiera.
En marchándose ella, llegó Don Matías. El sí que no estaba contento con
mi matrimonio. Por suerte para todos, Davide no hizo acto de presencia. Tras su
baño, anunció que dormiría una siesta y ¡guay! de quien le molestase.
Don
Matías se quedó a almorzar. Traté de sonar convincente al jurarle que lo de mi
matrimonio era solo de mentirijillas, un subterfugio para quitarme de encima a
mi tía.
―Pero no
hacéis vida marital ¿verdad?―preguntó el párroco asustado―. Porque todavía no
estáis casados y sería tremendo pecado.
―Tranquilo,
Señor Cura―Catuxa dijo mientras le servía la sopa―. La niña duerme como soltera
y a su marido le pusimos en la alcoba de los Condes.
Don Matías
no parecía muy convencido.
― ¿Tiene
planes de bautizarse? Yo gustoso le daría instrucción― la idea de Davide
asistiendo al catecismo casi me provoca un ataque de risa.
―No sé.
Creo que sí― mentí, tratando de contener
la carcajada.
Más o
menos calmado, el párroco se fue. Dijo que acompañaría a Don Andrés y al Cabo
Salgado a Quiroga, a asegurarse que todos los cargos fuesen retirados.
Quedé
libre para celebrar mi primer Shabát con mi marido. Entre él y Catuxa me
enseñaron a encender velas y a decir formulas extrañas.
Lectora,
tú y yo compartimos tantos Shabatims
juntas, aún en circunstancias dolorosas. Te sorprenderá saber que esa primera
celebración me resultó tediosa e impenetrable. No sentí ninguna inquietud
espiritual. Todo lo que había en mí era un rechazo a rituales que me separaban
de mi marido.
Descubrí
que a partir del encendido de las velas, Davide se volvía tan inútil como un inválido.
No podía encender luces, ni bañarse, ni conducir, ni fumar. Estaba condenado a
depender de no judíos como Catuxa o quedarse a dormir en la oscuridad.
― ¿Y
entonces qué puedes hacer, hombre de Dios?― pregunté exasperada.
―El
amor. De hecho, es un deber de la noche del viernes―dijo con gesto displicente.
Con
gusto le daba con la botella de vino en la cabeza. Cómo gozaba atormentándome.
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| Vino, challah y velas de Shabat(123f.com) |
Al día siguiente,
Davide durmió hasta tarde. Fue entonces que yo decidí ir a hablar con Don Andrés.
Como el más sabio del pueblo, era el único que podía ayudarme. Lo conocía de
toda la vida y pasáramos ya tanto juntos que no me cohibía hablar con él de cosas
íntimas.
―Unicamente
usted puede saber o explicarme eso del baño ritual. Necesito que mi matrimonio
se consume, y en lo posible que Davide me preñe. Sólo así estaré segura que no
me va a dejar.
Don Andrés
me miró largo y detenido.
―Ya veo
que la Raiña tiene su plan trazado. ¿Pero
me puedes decir, hija mía, qué afán es ese de construir una familia junto a un lobisomen?
Me
ruboricé. Era la primera vez que mencionábamos la idiosincrasia de mi marido.
― ¿Tanto
se le nota?―pregunté abochornada.
―Digamos
que sé reconocer a mi gente.
Me hizo
varias preguntas sobre la licantropía de Davide, sus orígenes y
manifestaciones. Le conté lo poco que sabia.
Don Andrés
suspiró.
―Malo,
malo que te oculte tanto. Señal que hay algo turbio que no quiere que sepas. Eso
puede ser peligroso.
― ¿Peligroso
por qué? Si usted le vio, lo bien que me representó ante mi tía. Es un hombre
cabal, hasta Catuxa dice que es un caballero, y obviamente no ambiciona nada de
lo poco que tengo.
―Ambiciona
que tú te vuelvas judía y eso no va a suceder.
Quise
protestar pero el boticario me detuvo con un gesto.
―Hasta
ahora él se comporta bien porque no le contrarías. Recuerda que como licántropo
tiene más fuerza que un hombre normal. Quizás Catuxa no esté muy errada al
decir que puede partirte en dos.
― ¡Pamplinas!―
golpeé con mi puño contra su escritorio―.Prefiero que me parta en dos él a que
me parta un rayo. Y eso es lo que pasará si le dejo ir y me quedo esperando a
que llegue un hombre de mi altura. ¿Por qué he de acostarme con un enano canijo
sólo porque soy menuda? Es Davide a quien quiero.
Don
Andrés intentó calmarme.
―Nadie
habla de enanos canijos. Únicamente que te busques un hombre normal. Es muy
difícil para un licántropo vivir con una mujer. ¿Por qué crees que no me casé?
―Yo le
quiero a él― insistí—. ¡Le quiero contento, le quiero enfadado, le quiero judío
o musulmán, le quiero aunque sus partes sean el doble que las de otros! ¡Le
quiero anormal porque, coño, yo no soy una mujer normal!
Mi
discurso surtió efecto. Don Andrés se puso de pie y comenzó a revisar su
biblioteca.
―Por
aquí hay algunas cosas sobre rituales judíos. Tengo un par libros que compré
bajo guía de tu madre y que esperaba me ayudasen a dar con las Puertas de María
Hebrea.
Los
textos de Don Andrés me resultaron más útiles que sus consejos. Descubrimos que
el baño ritual bien podía ser en un arroyo, río o mar. Sólo tenía que ya estar
bañada, encuerada, o con un tipo de bata muy suelta, sumergirme tres veces y
decir una oración.
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| Mikveh (esefarad.com) |
―Lo que
nos sobra en esta región son ríos―dije mientras anotaba las palabras mágicas en
un papel.
―Ay, Raiña― gimió Don Andrés―. Me parece que
andas haciendo algo muy atolondrado. Déjame hablar antes con tu marido. Sondear
su ánimo, conocerle mejor. ¿Qué tal si mañana nos vamos de pesca él y yo?
Me parecía
una buena idea. De todos modos, quería a Davide fuera de casa a la hora de
misa. Le gustase no, yo no podía dejar de ir. Tampoco quería irritar a Don Matías.
Volví a
casa y encontré a mi marido levantado y leyendo. Eso al menos podía hacer en Shabát.
Catuxa inventose
para el almuerzo un guiso de berenjenas y patatas, una ensalada de anchoas y
como postre, su gran especialidad, las filloas
rellenas con dulce de cereza, sin una gota de sangre y sin grasa de cerdo,
estrictamente kashruth, fritas en
mantequilla hecha en casa. La verdad es que tal banquete exigía de una caminata.
| Filloas (amorfar.com) |
― ¿Puedes
dar un paseo?― le pregunté a mi marido tras el almuerzo.
El
asintió.
―Entonces
tengo un lugar que quiero mostrarte.
Fue así que guíe a mi marido a la Castañeira y más arriba, hasta el
castro.
Andábamos
ahí admirando el valle, cuando tímidamente, por entre las piedras, aparecieron
tres lobos. Eran Aurora y sus cachorros. No esperaba que bajasen a recibirnos.
No solían hacerlo tan temprano.
Después
de ver como se pusiera al conocer a Don Andrés, me preocupaba la reacción de
Davide ante mis lobos. En cuanto a mi
hermana, la tenía yo por muy fiera y muy protectora de su territorio, sobre todo
si sus crías andaban por ahí.
Me
hinqué como era mi costumbre y ovillé mi cuerpo para empequeñecerlo aun más.
Nada más mi cabeza quedó erguida como la de un a tortuga fuera del caparazón.
Sólo entonces, emití el silbido que usaba para comunicarme con ellos.
Los
lobatos siempre audaces se acercaron y me olfatearon. Mi hermana se mantuvo a
prudente distancia con las orejas erguidas y la mirada alerta. Mi marido, en
vez de imitar mi postura sumisa, se quedó parado de espaldas al precipicio,
viéndose gigante como un baobab en contra del horizonte.
Entonces
fue que Aurora hizo lo extraordinario, bajó las orejas, empequeñeció el cuerpo
como yo y avanzó hacia nosotros con el hocico gacho y la cola ondeando en postura
de amistad y sumisión. Cuando llegó al lado de Davide se echó a sus pies como
un perro doméstico. Mi esposo estiró la mano y le acarició las orejas como si
fuese su mascota.
Roto el
hielo, nos pasamos casi una hora en compañía de Aurora y su familia. Los cachorros
se volvieron más audaces y nos mordían en la barbilla y hasta se trepaban a la
espalda del lobo mayor. Como todo lobo, el Dr. Ascarelli era muy paternal y
paciente con las criaturas. Aurora le observaba con mirada cariñosa. Telepáticamente
repitió lo que dijera Catuxa.
“Tuviste
suerte”
Pero
aunque hablamos de cosas de hembras, mientras mi esposo jugaba con los
pequeños, no me contó porque le rindiera pleitesía a Davide.
Una
mariposa apareció del bosque y revoloteó sobre nuestras cabezas. Los lobeznos
la persiguieron con esa curiosidad propia de toda criatura, pero uno se detuvo
y lanzando un gemido rodó por el suelo mordiéndose la pata. Mi marido corrió
hacia él y examinó la parte almohadillada de la zarpa.
―Se ha
clavado una astilla ― anunció y acto seguido se la quitó con sus aguzados
dientes.
Cargó
al lobito como si fuese una oveja y lo llevó al lado de su madre que le lamió
la patita. La escena me conmovió y sorprendió. Me desarmaba ver que un hombre
tan grande que podía ser duro y hasta altanero, tuviera esos gestos de ternura.
―No
sabía que podías arrancar una espina en sábado― le dije cuando se sentó en el
prado al lado mío.
―Se
puede hacer cualquier cosa que implique salvar vidas.
― Pero
el lobato no iba a morir por una astilla.
― Pero
iba a sufrir, y Shabát debe ser un día de alegría para todas las criaturas.
Su
lógica era tan deliciosa como la expresión en su rostro. No pude contenerme y cogiéndole
de la barbilla, le besé los labios. Se paró y tomándome de la mano me alzó del
suelo.
― Quizás
debamos volver― dijo.
Con
tristeza me despedí de los lobos. Por un momento deseé que viviésemos en el
bosque donde todo era claro y bueno.
Estábamos
en la Castañeira cuando recordé algo.
―Invité
a Don Andrés a cenar.
La ceja
alzada de mi marido me indicó que acababa de cometer una falta de cortesía.
Quizá en el futuro debiera consultarle antes de invitar alguien. Quizás en el
futuro debiera recordar que ya no estaba en sola y que tenía que pensar por
dos.
―Creo
que está interesado en ver la ceremonia con la que terminas el Shabát― traté
torpemente de enmendar mi falta.
― No me
digas ¿y de dónde le bajó tanta curiosidad?
―Es que
a Don Andrés le gusta conocer todo, saber todas las costumbres de las gentes.
―Puedo entender eso― Davide me tomó por los hombros en señal de que aprobaba mi invitación.
―Puedo entender eso― Davide me tomó por los hombros en señal de que aprobaba mi invitación.
―También
creo que quiere que vayas a pescar truchas con él mañana. Tú dijiste que sabías
pescar.
― Buena
idea. Catuxa necesita provisiones para mis cenas. ¿Pero por qué me huele que
Don Andrés quiere hablarme de algo?
― Tal
vez quiera hablar cosas de licántropo― puse cara de inocente.
La
sonrisa irónica atravesó sus facciones.
―Y quizás quiera hablarme de ti y de mis
deberes conyugales.
Era exasperante
esa costumbre que tenía Davide de conocer lo que yo pensaba.
― ¿Lees
mis pensamientos?― pregunté bruscamente.
―No,
pero tú eres fácil de leer― me tomó de los hombros ―Eres transparente. Por eso
te quiero.
Alzándome
en sus brazos me besó en la boca hasta hacerme perder el aliento.
―Mañana,
por la tarde― dijo tras volverme al suelo ―hablaremos y después ya no habrá
secretos entre ambos.
En sus
oscuros ojos leí una promesa y yo me prometí también algo. Al día siguiente iría
al río y tomaría el baño ritual. No quería pasar un día más sin ser la mujer de
Davide.
Me
levanté temprano, para encontrar que Davide ya se marchara con Don Andrés en
pos de las truchas.
―Apenas
tomaron un café. Iban con prisa y muy contentos ― me informó Catuxa al llegar
yo a la cocina.
Me puso
delante una taza de café negro. Todo lo que yo tomaba antes de comulgar.
― ¿Quién
lo diría no? Que un par de lobisomens
fuesen gente tan tratable.
Casi me
desmayé al oírla.
― ¿Hay
algo que tú no sepas?
Se echó
a reír.
― Tú
crees que me chupo el dedo. Pero en serio, nunca vi un hombre-lobo tan guapo
Tienes suerte, Neniña.
Fui a
la primera misa, la de las ocho. La gente me observó un poco sorprendida de
verme sin mi marido, pero en esos días de la Segunda República muchos hombres
no pisaban la iglesia.
Mi confesión fue un poco incómoda. Por una vez
tuve dificultades en decidir que debía confesar y que no. No estaba muy segura
si podía comulgar. Lo hice para no levantar sospechas. Por suerte no me
atraganté con la hostia como decían que ocurría con los pecadores.
Volví a
casa bajo un cielo muy gris para mayo. Decidí que no podía aceptar un día tan
feo para compartir con mi esposo. Subí a mi cuarto y cerrando la puerta, me
dirigí a la ventana que daba a la Castañeira
y tras recitar la formula entoné Parlami
D’Amore Mariu. A Shamziel, Ángel del Sol, le gustaban las canciones
italianas.
En un
segundo, su rubia belleza se materializó en mi ventana. Pero sus ojos estaban
alterados y los nervios hacían más agudo su acento inglés.
―No
pidas sol, no pidas luz por ese hombre.
Se me sobrecogió
el alma.
―Danger!― gimió ―. Ese hombre vive de la
oscuridad y quiere arrastrarte a ella―
¿Podían
los ángeles enloquecer? Mi intuición me dijo que no.
―Aléjate
de él, Violante. Los ángeles no podremos obedecerte si continuas a su lado.
Sentí la voz de Shamziel alejarse y con ella se fue todo mi sosiego.



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