Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

viernes, 27 de julio de 2012

15. Vida de casada


(taringa.net)


Seguro de que mi tía ya era asunto del pasado, el Dr. Ascarelli, se tomó un tiempo para él y se fue a dar un baño. Fue Catuxa quien le instaló en la alcoba principal, la de mis padres y se ocupó de todos sus asuntos. Ya no le tenía miedo. De hecho, su rápida derrota de la Tía Aniña, convertíale ante sus ojos en el más perfecto de los caballeros andantes.
―Ando temiendo que sus cachorros te revienten el vientre―me dijo en la cocina―.pero que es un caballero no hay duda. Y muy guapo. Tuviste suerte.
―Más suerte tendré cuando me parta en dos―dije con tristeza.
Ante los ojos inquisidores de mi nodriza, le conté todos los detalles de mi matrimonio y como me era casi imposible conseguir que mi marido me hiciera su mujer.
Como siempre, Catuxa me consoló e infundió seguridad.
Criaturiña, es la mujer quien decide sobre estos asuntos. Por ahora dormirás en tu cuarto de soltera. Pero te voy decir un cosa, en una semana estareis compartiendo la misma cama.
 Me fui más tranquila a mi cuarto de soltera. Miré por la ventana hacia el bosque. Estaba de regreso en casa, era libre y el amor llenaba mi vida. ¿Qué más podía desear?
Catuxa entró sin golpear. Privilegios de nodriza. Traía una bolsa y unos paquetes en sus manos.
―Tu marido está en la bañera que tu padre mandó fabricar. Por suerte, Don Pedro, que Dios le tenga en su Gloria, la mandó hacer grande. Aquí traigo su ropa sucia. Voy a lavársela.
Levanté las cejas. Ya Catuxa trataba a Davide como si fuese dueño de su casa.
―Le dije que ahora que es tu marido también es Conde de Portela.
― ¿Y qué que te respondió?―me podía imaginar la cara de mi lobo. Quizás el Talmud prohibía los títulos nobiliarios.
―Soltó unas palabrejas raras y puso unos ojazos muy grandes.
― ¿Te dijo Jasbah Ja―lilah?―pregunté ―. Eso quiere decir “qué Dios no lo permita”.
―Lo que te digo. Ese hombre no es como el otro. No ambiciona nada tuyo.
―Con tal que ambicione mi cuerpo― señalé los paquetes― ¿Y eso?
―Unas cosillas que se trajo de Lisboa.
Le quité los paquetes y los abrí. Contenían una botella de vino y un pan trenzado.
― ¿Qué no tenemos pan en esta casa? Además Davide no bebe vino.
 Catuxa se infló en su sapiencia.
 ―Son el vino y el pan de los judíos. Lo que comen en sábado. Ahora debo ir a buscar los candelabros de la Condesa Susana.
Me sentí ofendida. ¿Acaso Catuxa sabía lo que yo ignoraba? ¿Acaso ella y Naiciña celebraban el Shabát a mis espaldas?
Catuxa se encogió de hombros.
―Yo siempre serví bien a tu madre y si a ella le pareció  incluirme en sus secretos...―. Cogió la botella y el pan―. Si me disculpas tengo que preparar todo para el Dr. Ascarelli.
No había caso, ya hasta Catuxa bebía los vientos por quien no quería ser conocido como Conde de Portela.
―¿Y mi tía?―pregunté antes que Catuxa cruzase el umbral. Esta hizo un gesto de desdén.
―Anda luchando con sus valijas. Quería que la ayudara. Pero, qué pesar, yo estoy ocupada atendiendo al nuevo señor del Pazo.
Se marchó silbando feliz. Al parecer, a todos les encantaba mi elección de esposo.

Por fin, mi tía se largó tal como yo le exigiera.  En marchándose ella, llegó Don Matías. El sí que no estaba contento con mi matrimonio. Por suerte para todos, Davide no hizo acto de presencia. Tras su baño, anunció que dormiría una siesta y ¡guay! de quien le molestase.
Don Matías se quedó a almorzar. Traté de sonar convincente al jurarle que lo de mi matrimonio era solo de mentirijillas, un subterfugio para quitarme de encima a mi tía.
―Pero no hacéis vida marital ¿verdad?―preguntó el párroco asustado―. Porque todavía no estáis casados y sería tremendo pecado.
―Tranquilo, Señor Cura―Catuxa dijo mientras le servía la sopa―. La niña duerme como soltera y a su marido le pusimos en la alcoba de los Condes.
Don Matías no parecía muy convencido.
― ¿Tiene planes de bautizarse? Yo gustoso le daría instrucción― la idea de Davide asistiendo al catecismo casi me provoca un ataque de risa.
―No sé.  Creo que sí― mentí, tratando de contener la carcajada.
Más o menos calmado, el párroco se fue. Dijo que acompañaría a Don Andrés y al Cabo Salgado a Quiroga, a asegurarse que todos los cargos fuesen retirados.
Quedé libre para celebrar mi primer Shabát con mi marido. Entre él y Catuxa me enseñaron a encender velas y a decir formulas extrañas.
Lectora, tú y yo compartimos tantos Shabatims juntas, aún en circunstancias dolorosas. Te sorprenderá saber que esa primera celebración me resultó tediosa e impenetrable. No sentí ninguna inquietud espiritual. Todo lo que había en mí era un rechazo a rituales que me separaban de mi marido.
Descubrí que a partir del encendido de las velas, Davide se volvía tan inútil como un inválido. No podía encender luces, ni bañarse, ni conducir, ni fumar. Estaba condenado a depender de no judíos como Catuxa o quedarse a dormir en la oscuridad.
― ¿Y entonces qué puedes hacer, hombre de Dios?― pregunté exasperada.
―El amor. De hecho, es un deber de la noche del viernes―dijo con gesto displicente.
Con gusto le daba con la botella de vino en la cabeza. Cómo gozaba atormentándome.

Vino, challah y velas de Shabat(123f.com)


Al día siguiente, Davide durmió hasta tarde. Fue entonces que yo decidí ir a hablar con Don Andrés. Como el más sabio del pueblo, era el único que podía ayudarme. Lo conocía de toda la vida y pasáramos ya tanto juntos que no me cohibía hablar con él de cosas íntimas.
―Unicamente usted puede saber o explicarme eso del baño ritual. Necesito que mi matrimonio se consume, y en lo posible que Davide me preñe. Sólo así estaré segura que no me va a dejar.
Don Andrés me miró largo y detenido.
―Ya veo que la Raiña tiene su plan trazado. ¿Pero me puedes decir, hija mía, qué afán es ese de construir una familia junto a un lobisomen?
Me ruboricé. Era la primera vez que mencionábamos la idiosincrasia de mi marido.
― ¿Tanto se le nota?―pregunté abochornada.
―Digamos que sé reconocer a mi gente.
Me hizo varias preguntas sobre la licantropía de Davide, sus orígenes y manifestaciones. Le conté lo poco que sabia.
Don Andrés suspiró.
―Malo, malo que te oculte tanto. Señal que hay algo turbio que no quiere que sepas. Eso puede ser peligroso.
― ¿Peligroso por qué? Si usted le vio, lo bien que me representó ante mi tía. Es un hombre cabal, hasta Catuxa dice que es un caballero, y obviamente no ambiciona nada de lo poco que tengo.
―Ambiciona que tú te vuelvas judía y eso no va a suceder.
Quise protestar pero el boticario me detuvo con un gesto.
―Hasta ahora él se comporta bien porque no le contrarías. Recuerda que como licántropo tiene más fuerza que un hombre normal. Quizás Catuxa no esté muy errada al decir que puede partirte en dos.
― ¡Pamplinas!― golpeé con mi puño contra su escritorio―.Prefiero que me parta en dos él a que me parta un rayo. Y eso es lo que pasará si le dejo ir y me quedo esperando a que llegue un hombre de mi altura. ¿Por qué he de acostarme con un enano canijo sólo porque soy menuda? Es Davide a quien quiero.
Don Andrés intentó calmarme.
―Nadie habla de enanos canijos. Únicamente que te busques un hombre normal. Es muy difícil para un licántropo vivir con una mujer. ¿Por qué crees que no me casé?
―Yo le quiero a él― insistí—. ¡Le quiero contento, le quiero enfadado, le quiero judío o musulmán, le quiero aunque sus partes sean el doble que las de otros! ¡Le quiero anormal porque, coño, yo no soy una mujer normal!
Mi discurso surtió efecto. Don Andrés se puso de pie y comenzó a revisar su biblioteca.
―Por aquí hay algunas cosas sobre rituales judíos. Tengo un par libros que compré bajo guía de tu madre y que esperaba me ayudasen a dar con las Puertas de María Hebrea.
Los textos de Don Andrés me resultaron más útiles que sus consejos. Descubrimos que el baño ritual bien podía ser en un arroyo, río o mar. Sólo tenía que ya estar bañada, encuerada, o con un tipo de bata muy suelta, sumergirme tres veces y decir una oración.

Mikveh (esefarad.com)

―Lo que nos sobra en esta región son ríos―dije mientras anotaba las palabras mágicas en un papel.
―Ay, Raiña― gimió Don Andrés―. Me parece que andas haciendo algo muy atolondrado. Déjame hablar antes con tu marido. Sondear su ánimo, conocerle mejor. ¿Qué tal si mañana nos vamos de pesca él y yo?
Me parecía una buena idea. De todos modos, quería a Davide fuera de casa a la hora de misa. Le gustase no, yo no podía dejar de ir. Tampoco quería irritar a Don Matías.
Volví a casa y encontré a mi marido levantado y leyendo. Eso al menos podía hacer en Shabát.
Catuxa inventose para el almuerzo un guiso de berenjenas y patatas, una ensalada de anchoas y como postre, su gran especialidad, las filloas rellenas con dulce de cereza, sin una gota de sangre y sin grasa de cerdo, estrictamente kashruth, fritas en mantequilla hecha en casa. La verdad es que tal banquete exigía de una caminata.

Filloas (amorfar.com)

― ¿Puedes dar un paseo?― le pregunté a mi marido tras el almuerzo.
El asintió.
―Entonces tengo un lugar que quiero mostrarte.
 Fue así que guíe a mi marido a la Castañeira y más arriba, hasta el castro.
Andábamos ahí admirando el valle, cuando tímidamente, por entre las piedras, aparecieron tres lobos. Eran Aurora y sus cachorros. No esperaba que bajasen a recibirnos. No solían hacerlo tan temprano.
Después de ver como se pusiera al conocer a Don Andrés, me preocupaba la reacción de Davide ante mis lobos.  En cuanto a mi hermana, la tenía yo por muy fiera y muy protectora de su territorio, sobre todo si sus crías andaban por ahí.
Me hinqué como era mi costumbre y ovillé mi cuerpo para empequeñecerlo aun más. Nada más mi cabeza quedó erguida como la de un a tortuga fuera del caparazón. Sólo entonces, emití el silbido que usaba para comunicarme con ellos.
Los lobatos siempre audaces se acercaron y me olfatearon. Mi hermana se mantuvo a prudente distancia con las orejas erguidas y la mirada alerta. Mi marido, en vez de imitar mi postura sumisa, se quedó parado de espaldas al precipicio, viéndose gigante como un baobab en contra del horizonte.
Entonces fue que Aurora hizo lo extraordinario, bajó las orejas, empequeñeció el cuerpo como yo y avanzó hacia nosotros con el hocico gacho y la cola ondeando en postura de amistad y sumisión. Cuando llegó al lado de Davide se echó a sus pies como un perro doméstico. Mi esposo estiró la mano y le acarició las orejas como si fuese su mascota.
Roto el hielo, nos pasamos casi una hora en compañía de Aurora y su familia. Los cachorros se volvieron más audaces y nos mordían en la barbilla y hasta se trepaban a la espalda del lobo mayor. Como todo lobo, el Dr. Ascarelli era muy paternal y paciente con las criaturas. Aurora le observaba con mirada cariñosa. Telepáticamente repitió lo que dijera Catuxa.
“Tuviste suerte”
Pero aunque hablamos de cosas de hembras, mientras mi esposo jugaba con los pequeños, no me contó porque le rindiera pleitesía a Davide.
Una mariposa apareció del bosque y revoloteó sobre nuestras cabezas. Los lobeznos la persiguieron con esa curiosidad propia de toda criatura, pero uno se detuvo y lanzando un gemido rodó por el suelo mordiéndose la pata. Mi marido corrió hacia él y examinó la parte almohadillada de la zarpa.
―Se ha clavado una astilla ― anunció y acto seguido se la quitó con sus aguzados dientes.
Cargó al lobito como si fuese una oveja y lo llevó al lado de su madre que le lamió la patita. La escena me conmovió y sorprendió. Me desarmaba ver que un hombre tan grande que podía ser duro y hasta altanero, tuviera esos gestos de ternura.
―No sabía que podías arrancar una espina en sábado― le dije cuando se sentó en el prado al lado mío.
―Se puede hacer cualquier cosa que implique salvar vidas.
― Pero el lobato no iba a morir por una astilla.
― Pero iba a sufrir, y Shabát debe ser un día de alegría para todas las criaturas.
Su lógica era tan deliciosa como la expresión en su rostro. No pude contenerme y cogiéndole de la barbilla, le besé los labios. Se paró y tomándome de la mano me alzó del suelo.
― Quizás debamos volver― dijo.
Con tristeza me despedí de los lobos. Por un momento deseé que viviésemos en el bosque donde todo era claro y bueno.
Estábamos en la Castañeira cuando recordé algo.
―Invité a Don Andrés a cenar.
La ceja alzada de mi marido me indicó que acababa de cometer una falta de cortesía. Quizá en el futuro debiera consultarle antes de invitar alguien. Quizás en el futuro debiera recordar que ya no estaba en sola y que tenía que pensar por dos.
―Creo que está interesado en ver la ceremonia con la que terminas el Shabát― traté torpemente de enmendar mi falta.
― No me digas ¿y de dónde le bajó tanta curiosidad?
―Es que a Don Andrés le gusta conocer todo, saber todas las costumbres de las gentes.
―Puedo entender eso― Davide me tomó por los hombros en señal de que aprobaba mi invitación.
―También creo que quiere que vayas a pescar truchas con él mañana. Tú dijiste que sabías pescar.
― Buena idea. Catuxa necesita provisiones para mis cenas. ¿Pero por qué me huele que Don Andrés quiere hablarme de algo?
― Tal vez quiera hablar cosas de licántropo― puse cara de inocente.
La sonrisa irónica atravesó sus facciones.
 ―Y quizás quiera hablarme de ti y de mis deberes conyugales.
Era exasperante esa costumbre que tenía Davide de conocer lo que yo pensaba.
― ¿Lees mis pensamientos?― pregunté bruscamente.
―No, pero tú eres fácil de leer― me tomó de los hombros ―Eres transparente. Por eso te quiero.
Alzándome en sus brazos me besó en la boca hasta hacerme perder el aliento.
―Mañana, por la tarde― dijo tras volverme al suelo ―hablaremos y después ya no habrá secretos entre ambos.
En sus oscuros ojos leí una promesa y yo me prometí también algo. Al día siguiente iría al río y tomaría el baño ritual. No quería pasar un día más sin ser la mujer de Davide.

Me levanté temprano, para encontrar que Davide ya se marchara con Don Andrés en pos de las truchas.
―Apenas tomaron un café. Iban con prisa y muy contentos ― me informó Catuxa al llegar yo a la cocina.
Me puso delante una taza de café negro. Todo lo que yo tomaba antes de comulgar.
― ¿Quién lo diría no? Que un par de lobisomens fuesen gente tan tratable.
Casi me desmayé al oírla.
― ¿Hay algo que tú no sepas?
Se echó a reír.
― Tú crees que me chupo el dedo. Pero en serio, nunca vi un hombre-lobo tan guapo Tienes suerte, Neniña.
Fui a la primera misa, la de las ocho. La gente me observó un poco sorprendida de verme sin mi marido, pero en esos días de la Segunda República muchos hombres no pisaban la iglesia.
 Mi confesión fue un poco incómoda. Por una vez tuve dificultades en decidir que debía confesar y que no. No estaba muy segura si podía comulgar. Lo hice para no levantar sospechas. Por suerte no me atraganté con la hostia como decían que ocurría con los pecadores.
Volví a casa bajo un cielo muy gris para mayo. Decidí que no podía aceptar un día tan feo para compartir con mi esposo. Subí a mi cuarto y cerrando la puerta, me dirigí a la ventana que daba a la Castañeira y tras recitar la formula entoné Parlami D’Amore Mariu. A Shamziel, Ángel del Sol, le gustaban las canciones italianas.


En un segundo, su rubia belleza se materializó en mi ventana. Pero sus ojos estaban alterados y los nervios hacían más agudo su acento inglés.
―No pidas sol, no pidas luz por ese hombre.
Se me sobrecogió el alma.
Danger!― gimió ―. Ese hombre vive de la oscuridad y quiere arrastrarte a ella―
¿Podían los ángeles enloquecer? Mi intuición me dijo que no.
―Aléjate de él, Violante. Los ángeles no podremos obedecerte si continuas a su lado. Sentí la voz de Shamziel alejarse y con ella se fue todo mi sosiego.











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