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Recordar
lo que pasó después todavía me acongoja. Tuve que llamar a los hombres del
pueblo y convencerles de que era urgente subir a la Castañeira esa noche.
Sólo mi juramento de que el pedrazo
ya alejara a los lobos, les permitió subir. Fue una larga noche y un largo
amanecer.
Para
cuando regresamos al Pazo con el cuerpo sin vida de Federico, Tía Aniña todavía
dormía. El Alcalde Fonseca, que fungía como autoridad, tomó mi declaración. A
primera vista, la causa de la muerte de mi primo era evidente. Se desnucó al
golpearse con el suelo de granito. La misma suerte que pude correr yo años atrás,
a no ser por las pieles que Don Andrés, en mala hora, retirara.
Mi tía
finalmente despertó para encontrarse con el cadáver de su único hijo tendido sobre
una mesa en el salón principal. Sus ayes remecieron el Pazo. Me tuve que
encerrar en la torre para no oírla. Sólo deseaba que se llevaran a Federico,
que le velasen y enterrasen lo más pronto posible, pero mis deseos no se
cumplieron.
Junto
con el médico llegaron las autoridades de Quiroga. Un inspector y un par de
representantes de la Guardia
Civil que se pusieron a investigar, a preguntar y a
revolverlo todo. Un asunto muy engorroso.
Catuxa
subió a mi cuarto con la noticia de que querían interrogarme. “Al mal paso
darle prisa”, dije para mis adentros. Me pasé el peine por mi alborotada melena
y bajé al segundo salón, el más pequeño.
No
alcanzaba el último escalón, cuando de la nada surgió la Tía Aniña y me propinó
un tremendo bofetón.
―
¡Asesina! ― me escupió en la cara.
Era la
primera vez en mi vida que recibía un golpe, Lectora. Si hasta los lobos me
trataban con delicadeza. Su violencia me hizo automáticamente devolverle el sopapo.
Su cara lívida de rabia palideció más por sorpresa que dolor, y dio un paso de
cautela hacia atrás.
― ¿Cómo
te atreves?― gritó.
― ¿Cómo
se atreve usted? Recuerde que está bajo mi techo y que si me pega la gana, la
pongo de patitas en la calle ― dije sobándome la mano. Tampoco yo tenía
costumbre de andar a tortazos con la gente.
― Tú le
has matado—insistió en su ridícula acusación ―. Raiña Lupa. ¿Acaso crees que no sé de tus locuras en el monte?
― No
maté a nadie. Es él quien me faltó—le dije irritada, aunque me sorprendió el
epíteto.
― Por
eso, por eso le has matado. Azuzaste a la jauría de lobos en su contra.
― ¿Así
que usted sabía de los amores de su hijo con la criada?― puse las manos en jarra
―. ¡Vieja alcahueta, y loca para más remate!
Seguiríamos
intercambiando insultos de pescaderas, sino aparecen en el umbral los representantes
de la autoridad. Un hombrecillo pequeño y obeso vestido de negro que venía
flanqueado por los guardias de gris con sus tricornios alados.
― Estos
señores parecen querer hacerme peguntas—le advertí a mi tía ―. Retírese de mi vista.
Me obedeció,
gruñendo por lo bajo, y se fue hacia el salón donde estaba el cuerpo de
Federico. No la seguí. No me parecía de buen gusto responder a mis inquisidores
ante un cadáver. Tal vez todo terminara en una ordalía medieval y ante mi
presencia las heridas de Federico sangraran. No estaba yo tampoco muy segura de
no ser la causante de su muerte, Lectora, pero no era algo que compartiría con
extraños.
Les
llevé al salón de música y respondí a todas sus preguntas con voz entera y
mirándoles a los ojos. En medio del interrogatorio, aparecieron Don Matías y
Don Andrés que se pararon tras mi silla como ángeles protectores.
Con
mucha vergüenza, conté sobre el encuentro de mi primo y de la criada, mí huída
al bosque y como Fred me persiguiera. Evité sí mencionar a los lobos y a los ángeles.
― Tuve
miedo, Señores, no sabía lo que él iba a hacerme. Ya no confiaba en Federico. Ahora
permití que mi voz temblara un poco.
El
inspector asintió y vi cierta humanidad en sus ojos. Con eso se dio por
satisfecho y se marchó.
A pesar
de las protestas de Tía Aniña, no dieron permiso de enterrar a Fred hasta
terminar con sus pesquisas. Pusieron una gran batea llena de hielo en el
establo para convertirla en un frigorífico improvisado. Todo el mundo se
persignaba al pasar por el portón del establo. Con ese calor, pronto el cadáver
hedería.
En
medio de tanto alboroto, se sumó otro personajillo al Gran Guiñol que era ahora
mi hogar. Al día siguiente, Carmiña reapareció en el Pazo insistiendo en ver el
cuerpo de su amante.
―
¡Usted le mató! ― me gritó al verme en la cocina. Al parecer iba a ser coro de Tía
Aniña.
― Si
fuera como tú dices, le matara ahí cuando os descubrí juntos, ¡cochinos!― le
grité.
Carmiña era de esa gente tonta que cree que
repitiendo las cosas, convence.
― Usted
le mató. El iba a marcharse conmigo.
Una
sincera risa brotó de mi pecho.
― ¿Irse
con una solipanta como tu? ¿Fred, tan quisquilloso? Ni que te lavaras el
palmito cada tres horas.
― ¿Acaso
creía que se quedaría con usted? ¿Acaso piensa que la amaba?
Carmiña avanzó envalentonada por lo que ella
estaba segura era su verdad. Su movimiento, me hizo agarrar una sartén, única
arma cerca de mí. Pero sus palabras me interesaron.
― Me
queda claro que no me quería. ¿Pero a ti sí?
― Le
queda claro que no la quería—Carmiña se volvió mi eco ―. Se iba a casar con
usted por lástima y porque quería ser conde.
Me
entró la risa de nuevo. ¿Cómo no se me ocurriera antes? Fred menospreciaba
España, pero amaba los títulos aristocráticos que sonarían mejor en Longchamps
y Ascot que en un Madrid sin rey.
―
¡Largo!― amenacé a Carmiña con la sartén ―. Te dije que si te veía en mi casa
te hacía cachitos.
― Quiero
ver a mi Fred—exigió Carmiña.
Eso terminó
por acabar mi escasa paciencia y me lancé contra ella blandiendo la sartén y dándole
golpes en los hombros, espalda y cola.
Lanzando
alaridos como un perro atropellado, Carmiña salió de la cocina, pero antes de
escapar de mi propiedad, se detuvo. A prudente distancia, volvió a proferir
amenazas.
― Iré
al pueblo. ¡Gritaré en todos los caminos que usted le mató!
Le
arroje la sartén con tan mala puntería que le pasó rozando el brazo. Pegó un
brinco y salió corriendo como una liebre.
Nunca
llegó a gritar en ningún camino. Los lugareños me respetaban y estaban de mi
lado en esta historia tan sórdida que enturbiaba mi vida. Las autoridades
tampoco le hicieron caso ni a ella ni a Tía Aniña que seguía gimoteando y sembrando
cizaña.
Las autoridades
se ocupaban solo de hechos concretos y estos corroboraban mi cuento. Ni mis huellas ni la de los lobos pasaban
cerca del Foxo. Las huellas de Federico y las hierbas
aplastadas de la entrada indicaban su caída y que en ella no jugara parte
ningún agente externo. Su muerte era evidentemente producto de un golpe contra
la roca.
La explicación
de su desorientación recayó en el granizo inesperado. Todos los que rescataron
el cuerpo de mi primo declararon ver trozos de hielo en el bosque. Un pedrazo imprevisto e inexplicable, puesto
que, además de ser casi verano, únicamente cayó en la Castañeira ,
pero la policía trabajaba con pistas y no con fenómenos climáticos. Declararon
la muerte de Federico como accidente y cerraron el caso.
Para
alivianar mi conciencia, fui a confesarme, pero Don Matías seguía siendo muy
jesuita.
― Tu primo
se cayó porque andaba corriendo en la oscuridad en un bosque que no conocía. Reza
tres Rosarios completos a ver si te quitas rabia y rencor del corazón y
aprendes a perdonarlo. Lo demás es música.
Esperaba
que mi tía se marchara tras el entierro, al cual no quise asistir. Ante mi
sorpresa ni intentó hacer una maleta.
Después
del funeral, mandó que le sirvieran el chocolate en el cuarto y luego ordenó
que se me llamase como si fuera ella una emperatriz que convoca a su súbdito. La
encontré tendida en su cama todavía en sus ropas de luto.
―
Quiero que sepas que no me importa el dictamen de la justicia—me dijo ―. Tengo
la seguridad que planeaste la muerte de Fred. ¡Qué curioso que al boticario se
le ocurriese retirar las pieles unos días antes de que mi hijo cayese en el foso!
Crucé
los brazos sobre el pecho para evitar la tentación de arañarla. Mi Tía Aniña,
como Carmiña, sacaba lo peor de mí.
― Me
tiene sin cuidado lo que usted piense. Su teoría es absurda. ¿Cómo estaría yo
tan segura de que Fred me seguiría? ¿Y cómo provoqué el pedrazo?
Tía
Aniña frunció los labios en un amago de sonrisa que no cuajó.
― Es
posible que mi historia suene increíble, pero con dinero, todo funciona en este
país. Quizás en un tribunal sí me
escuchen y crean que tu amigo Andrés fue tu cómplice. ¿Quieres hacer la prueba?
Yo era
muy joven y no conocía el mundo, pero me sonó lo que decía como gran verdad.
― Acabáramos.
¿Qué es lo que busca? ¿Quedarse en el Pazo? Sí lo detesta. ¿Quedarse con mis
tierras? Si es tan rica como dice ¿para qué las quiere?
Jugó un
poco con los encajes de su vestido, tomándose su tiempo en responder. ¡Cómo
gozaba la muy maldita con la situación!
― Tienes
razón. Detesto esta ruina que llamas casa y en cuanto pueda me vuelvo a la
civilización. En lo que respecta a tus viñedos, por mi pueden secarse. Me encantaría
verte en la calle sin fortuna.
― ¿Y
luego qué? ― pregunté impaciente.
― Y
luego que eres menor de edad. Que te tengo que cuidar, pero que me parta un
rayo si llevo a la asesina de mi hijo a vivir bajo mi techo.
Me lanzó
una mirada siniestra.
― Conozco
un convento muy bueno en Oporto donde podrás estar hasta que cumplas los veintiún
años. Eso si no tomas el velo antes ― Se río sin ganas ―. Las monjas de esa
orden son muy estrictas y sabrán como rehabilitarte y quitarte esas manías de
hablar con lobos y hacer hechizos.
― Usted
no puede... ― y apenas dije esas palabras supe que si podía ―. Hay algo que se
llama Juzgado de Familia. Puedo demostrar que como tutora usted no vale un duro.
―
¿Demostrar qué, demostrar qué? ¿Imbecil qué no te das cuenta que no eres nadie?
Ya te dije, con dinero todo se consigue. Y yo lo tengo y tú no.
Estaba
espantada y ella olía mi miedo como lo hacen los lobos. Eso la azuzaba a ser más
cruel.
― Estoy
dispuesta a comprar testigos que demuestren que eres una loca. Quizás prefieras
pasártelas en el manicomio y no en un convento. Por la memoria de mi hijo,
estoy dispuesta a enlodarte a ti y a quien haya que enlodar para demostrar que
fue tu cómplice. Para rendir cuentas ante la ley sí eres mayor de edad. Así que
ya estás avisada.
Para
ocultar mi miedo y rabia tuve que abandonar el cuarto. Lo hice con un gran portazo,
pero el ruido no me calmó.
Hice
venir a Don Andrés y a Don Matías. Necesitaba del consejo de mis mayores. Nos
encerramos en la sala de música, pero no había mucho que planear. Lo vi en sus
ojos. Tía Aniña tenía el cochino por el rabo.
― Lamentablemente,
lo que dice es verdad—dijo Don Andrés ― Con dinero se consigue todo y tú no lo
tienes.
Miré a
Don Matías, pero hasta la Iglesia
se doblegaba ante el poder de Mammón.
― Somos
tus amigos, pero no tus parientes de sangre. Y tú eres menor de edad.
― ¿Y
mis tíos en Irlanda?
Don
Matías sacudió la cabeza.
― Tu
tía Grace era sólo una prima lejana de tu padre. No creo que pueda hacer mucho.
Desalentada
por las palabras del párroco, me dejé caer en una silla.
― ¿Entonces
no hay salida? ¿Tendré que ir a ese convento portugués?
― Tal
vez haya alguien—como siempre Don Matías avanzaba con mucha cautela ―. Está tu
madrina, la Duquesa
de Málaga. Me tomé la libertad de escribirle contándole sobre estos hechos tan
tristes que te han ocurrido. Estaba en el extranjero que es donde pasa tanto
tiempo, desde que el Rey, nuestro señor, nos ha dejado.
Sacó un
pañuelo del bolsillo de su sotana y se sonó. No supe si andaba acatarrado o si
el recuerdo de Don Alfonso destronado lo hacía infeliz.
― La Señora Duquesa me
ha escrito y me dice que si la necesitas, Violante, ella estará en Madrid esta
semana y te ofrece su casa como refugio.
Ante
esa esperanza, salté de mi asiento.
― No
hay tiempo que perder. Voy a hacer mis maletas. Don Andrés me acompañará a
Monforte. De allá, telegrafiaremos a mi madrina.
La
puerta de la sala se abrió como empujada por una ráfaga de viento y Tía Aniña
hizo su entrada triunfal como los elefantes en una representación de “Aída”.
― ¿Así que aquí os reunís a complotar en
contra mía? Pues es bueno que sepáis, Señores míos, que quien ayuda a esta
desquiciada es su cómplice y mi enemigo.
Nos
quedamos mudos, pero ella a no acababa. Fijó sus ojos de arpía en Don Andrés
que le respondió con una mirada que reflejaba la ingenuidad de un ternero.
― Yo me
andaría con cuidado si fuera usted, Señor Boticario, que bien le puedo implicar
en la muerte de mi Fred—la voz de mi tía enronquecía con su amenaza.
Don Andrés
se quedó en silencio y mi tía orientó su ponzoña hacia Don Matías.
― No
vaya a pasarle lo mismo, Señor Párroco.
Me señaló
a mí para luego dirigir su dedo al cura.
―
Recordad que estamos en República y que los grandes enemigos de España son la
aristocracia y la Iglesia.
Su
gesto y palabras me colmaron de rabia y sorpresa.
― No
doy crédito. Me acaba de amenazar con monjas portuguesas, y ahora se pone
marxista. ¿Quién la entiende?
Tía Aniña sonrió despectiva.
― Aprende
algo, Violante. Una debe ser ecléctica y práctica en todo momento.
Esa fue
la gran lección que me dio Tía Aniña. En los horribles años que le esperaban a
España y a Europa sabría yo sobrevivir siendo ecléctica y práctica como decía
ella.
―
Quiero que os vayáis de mi casa y que no volváis—ordenó mi tía ―. En cuanto a
Violante, no saldrá de este Pazo hasta que yo lo decida. Así que nada de jugarretas
ni de citas a escondidas. Tengo gente vigilándola.
― Pues
déjeme usted despedirme de mis amigos. Y a solas—le exigí—. Y nada de andar
escuchando tras las puertas como las tatas o voy a saber de donde Fred sacó
esos gustos tan finos para revolcarse con una pincha de cocina.
Me miró
enfurecida, pero segura de su poder, me dio ese último gusto y se marchó.
Me
acerqué a Don Andrés y le hablé muy quedo. ¿Quién quitaba que mi tía no tuviera
c la oreja pegada a la puerta?
― Mañana,
después de almuerzo, a las tres en punto, espéreme usted en el puente.
Quiso
preguntarme detalles que no le di. Estaba madurando un plan. Tenía poco tiempo.
Mi madrina detestaba Madrid, pronto se iría a veranear a la Costa Azul , a Biarritz
o a sus tierras andaluzas.
Después
que mis visitas se marcharon, Tía Aniña me pidió las llaves de mi cuarto. ¡Qué
atrevida!
― Las
perdí—le mentí muy fresca.
Mi Tía
llamó a Catuxa.
― Entrégame
inmediatamente las llaves del cuarto de Violante.
― No
existen. ¿A quién se le ocurre encerrar a la niña? ― le contestó Catuxa
secamente.
― ¡Entonces,
pásame las llaves de la casa!
La voz de
mi tía demostraba que estaba a punto de perder los estribos.
Catuxa
fingió gran sorpresa.
― Si
las hubo no las conocí. Es que aquí nunca se temió que entrasen ladrones. ¿Sabe?
Con las trancas en la puerta ya bastaba.
― ¡Haz
venir un cerrajero inmediatamente!
La voz de mi tía chirriaba como un automóvil
sin frenos. ¡Qué horror de mujer! Por suerte ya no sería mi suegra.
Catuxa
se encogió de hombros.
― Tendrá
que mandarle traer de Quiroga. Ya le dije, este no es pueblo de ladrones y nos
la pasamos muy bien sin cerrajeros.
Tía
Aniña hizo un esfuerzo heroico por calmarse.
― Muy
bien. Mandaré a traer uno.
Sus
ojos me saetearon tanto a mí como a Catuxa.
― Entretanto,
ni penséis en escaparos. Violante no ha de dejar el Pazo. Y ya tengo hombres
bien pagados, apostados en todas las entradas para advertirme si intenta desobedecerme.
―
Cuanto dinero pierde usted, Doña Aniña—observó juiciosamente Catuxa ―. Esbirros,
cerrajeros. ¿Y qué hará cuando tenga llave? ¿Encerrarnos? ¿Qué pasa si hay un
incendio? Nos achicharraremos sólo por el capricho de la Señora.
Tía
Aniña perdió toda compostura. Creí que golpearía a mi nodriza.
―
¡Lárgate! ― aulló ― Coge tus bártulos y márchate de esta casa.
Contrastaba con su ira, la despectiva
tranquilidad de Catuxa.
― ¡Boh! ¿Y quién le subirá su chocolate? ¿Y
quién pondrá y retirará las trancas? Son pesadas, ¿sabe? No creo que sus
esbirros estén dispuestos a hacerle su cama o lavarle el orinal.
Con un
gemido sordo, Tía Aniña huyó de la sala. La pobre no entendía que no podía con
nosotras.
― Mira
ésta, cómo se le suben los humos a la cabeza. ¿Qué no sabe que tú eres la Condesa ahora?― preguntó
Catuxa.
― Habrá
que recordárselo—dije pensativa.
Tras cavilar
un poco, decidí que nadie mejor para bajarle los humos a Doña Aniña, que Za’amiel,
Amo de los Torbellinos. Este ángel era muy amigo de las lieder alemanas. Bastó una de Bach y otra de Schubert para
convencerle que me ayudara.
Al día
siguiente, almorcé con Tía Aniña como si nada. Su mirada glacial no me quitó el
apetito. Necesitaba de mis fuerzas.
Retiraba
ya los platos Catuxa, cuando comenzó a soplar una brisa que agitaba los
visillos de las ventanas. Todas estaban abiertas debido al calor.
― Por
fin. Es increíble que haga tanto calor aquí en la Sierra —dijo mi tía, abanicándose
con la mano.
La
brisa se mantuvo amable por unos instantes para luego subir el volumen. Los
visillos bailaban contagiando a los cortinones. Ni la pesada felpa verde de la
que estaban hechos les impedía agitarse. Uno, algo travieso, llegó a golpear a
mi tía en el hombro.
― Qué
todo en esta tierra tenga que ser tan exagerado— refunfuñó ― ¡Catuxa, cierra
las ventanas!
Catuxa
intento obedécela, pero la ventana se le escapó de las manos. Fui en su ayuda,
pero las ventanas se negaban a moverse. La fuerza del viento las pegaba a la
pared de piedra del Pazo.
― ¡Sois
unas inútiles!—rugió Tía Aniña, levantándose del asiento y yendo hacia un
ventanal, al que no alcanzó a llegar. Una ráfaga de viento la empujó como un
tronco casi derribándola.
El
viento volvió a entrar, pero ahora cargando una nube de polvo y hojas que
invadió la sala, tumbando copas y obligándonos a cubrirnos boca y ojos con las
manos. El viento aguijoneó a mi tía hasta hacerla huir del comedor y la
persiguió como una maldición bíblica escalera arriba hasta su cuarto.
Ese
mismo viento me enlazó por la cintura y me llevó en un baile frenético hasta el
vestíbulo y de ahí afuera del Pazo. Alcancé a ver a los esbirros de mi tía
luchando por contener el rebaño en el redil y defendiéndose del heno que volaba
de los establos azotando todo a su paso. No tenían tiempo de vigilarme. Ni me
vieron.
El
viento me cargó casi por el aire hasta el puente. A medida que avanzaba, vi que
otra ráfaga similar traía a Don Andrés hacia mí.
― Es
admirable lo que hacen tus Ángeles, Raiña—fue
su saludo.
No había
mucho tempo para tertulias. Por suerte el viento ya no nos zarandeaba en el
puente aunque seguía soplando tanto en el pueblo como en mis tierras. Saqué de
mi bolsillo un broche de rubíes que perteneciera a Naiciña. El gran cofre de
joyas de mi madre en últimos años se redujo a un joyerito, pero todavía
quedaban en su interior algunas piezas valiosas. Por suerte, Aniña no las
recordaba sino ya las andaría pidiendo.
Puse la
alhaja en la mano del farmacéutico.
― Tome usted.
Vaya a Monforte mañana, véndalo y cómpreme un boleto de ida a Sahagún y póngale
un telegrama a mi madrina. Lo que sobre tráigalo.
― ¿Solo
hasta Sahagún?
― De
ahí haré un trasbordo a Madrid. Que el boleto sea en la clase más humilde, que
no viajará ninguna condesa en ese tren.
Don
Andrés se sonrió de oreja a oreja.
― Ya
comprendo. ¿Cómo te hago llegar dinero y boleto?
―
Pasaré a buscarlos mañana muy temprano. El boleto debe ser para el tren de la
tarde. Encárguese usted de que un labriego con un carro me espere en la corredeira en la mañana para llevarme a
Monforte. Déle mis señas, pero recuerde que deberá esperar a una vieja.
Apenas
dichas mis palabras y ya el viento volvía a soplar en el puente separándome de
mi amigo y portándonos en direcciones contrarias.
Estábamos,
con Catuxa, barriendo las hojas que el viento dejará en la alfombra del
comedor, cuando mi tía se atrevió a asomar su nariz por la casa.
― Qué
tiempo endiablado tenéis aquí—nos reprochó.
Creo
que se olía que algo tuve yo que ver con el torbellino, pero le daba vergüenza
reconocerlo. Para apaciguar su ánimo, Catuxa le ofreció prepararle una trucha
con almendras. Un plato que gustaba mucho a mi tía, señora de buen diente como
era.
Lo que
Catuxa olvidó comentarle fue que dentro del trozo de pez, destinado a mi tía,
le introdujo todo el contenido de un papelillo de somníferos. Aunado al que
tomaba religiosamente cada noche, el narcótico la tendría durmiendo hasta el
almuerzo del día siguiente.
La
noche ya estaba en camino, cuando Catuxa entró en mi cuarto cargando un lío de ropas.
― Esa
ya anda roncando como lirón—comentó alborozada, mientras estiraba las prendas
sobre ni cama.
― ¿Estas
segura de que te servirán? Son las más viejas que tengo.
Revisé
los toscos ropajes.
― Están
perfectos.
Catuxa me
miro preocupada.
― Déjame
acompañarte. ¿Cómo vas a andar por España tu sola? Es peligroso.
― No
para una abuelita—reí para disimular mi nerviosismo. Yo también estaba
preocupada. Abracé a Catuxa. En el fondo de mi corazón, deseaba llévamela
conmigo.
― Debes
quedarte aquí y cuidar lo que fue de Padre. Yo volveré cuando pueda reclamarlo.
Catuxa
se marchó y yo comencé a probarme mi disfraz. A pesar del grueso mantelo, el espejo me devolvió mi rostro
de siempre. Con voz temblorosa entoné el “Dueto de Las Flores”.
Ante mi
sorpresa, otra voz me hizo coro desde el espejo y en el cristal vi reflejada a
la feticeira sentada sobre su roca
del río.
― Te
pregunto lo mismo que Catuxa—dijo con voz burlona ―. ¿Estás segura de querer andar sola por el
mundo?
― No tengo
otro recurso.
― Pues que
sea—la ondina pusose seria ― Sólo te digo una cosa. Haces esto y te metes de
cabeza en un lío más grande. Pero si no lo haces, nunca podrás cumplir con la
promesa a tu Naiciña ni con tu fada..
Tras
esas palabras, la imagen de la feiticeira
desapareció y en su lugar vi una de mi persona, pero con muchos más años y
arrugas y un cabello totalmente cano. Respiré aliviada.
En un
pequeño bolso, metí las joyas de mi madre. Sobre mi mesita de noche estaba el
libro de María Hebrea. Parecía más grande que mi bolsa, pero al intentar
meterlo, cupo perfectamente como si se empequeñeciera a propósito.
Hice un
lío con mi ropa dominguera y mi bolso adentro de una vieja manta. Ese seria
todo mi equipaje. Me tendí en la cama y me dormí. Necesitaba de mi descanso. Desperté
al alba. La luz comenzaba a entrar por la ventana.
Bajé
cautelosamente hasta la cocina. Pero no había que poner tanto cuidado, Tía Aniña
dormía el sueño de los benditos. Aunque en su caso era el de los malditos.
Catuxa
se santiguó al verme en mi aspecto de vieja.
― Si tal
parece cosa del Diaño ― dijo.
Hizo la
señal de la cruz sobre mi frente.
― Anda y que tu Naiciña te cuide desde el Cielo.
No daba
yo ni tres pasos fuera de casa, cuando uno de los mozos de establo, ya andaba corriendo
hacia mí y dando voces.
― ¿Y tú
quién eres?― me gritó en la oreja.
Recordando
el plan, me quedé en silencio. Catuxa salió de casa.
― ¿Qué
no tienes ojos? Es una pobre vieja que vino por ropa que ya no me sirve.
El mozo
me observó con sospecha.
― ¿Cómo
no la vi llegar? Mateo tampoco dio aviso y anda por la puerta del frente.
― ¿De
cuando acá los mendigos entran por la puerta principal, zopenco?― Catuxa se
puso las manos en la cintura ―. Vino por el bosque. ¿Acaso tienes gente allá
apostada?
El hombre
no se veía convencido. Con gesto insolente me arrancó el mantelo con el que me envolvía la cabeza. Una sola mirada a mi
pelo cano y mi cara flaca y arrugada terminó por convencerle. Me dio un empellón.
― Anda,
anda. Sigue tu camino.
Le
obedecí, jurándome que algún día volvería y castigaría su insolencia. Pero lo
cierto, Lectora, es que no las tenía todas conmigo. No estaba muy segura de que
todo saldría bien.
Ya en
el puente, volteé y envolví el monte y el Pazo en una sola mirada de adiós. No
pude despedirme de Aurora ni de la manada. Quizás no les vería en mucho tiempo.
Quizás no volvería nunca. Seguí mi camino con un peso en el corazón. Peso que
me ayudó a caminar como si de verdad tuviese setenta años.

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