Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

miércoles, 4 de julio de 2012

7. La Tía Aniña



(fotos.lainformacion.com)


Recordar lo que pasó después todavía me acongoja. Tuve que llamar a los hombres del pueblo y convencerles de que era urgente subir a la Castañeira esa noche. Sólo mi juramento de que el pedrazo ya alejara a los lobos, les permitió subir. Fue una larga noche y un largo amanecer.
Para cuando regresamos al Pazo con el cuerpo sin vida de Federico, Tía Aniña todavía dormía. El Alcalde Fonseca, que fungía como autoridad, tomó mi declaración. A primera vista, la causa de la muerte de mi primo era evidente. Se desnucó al golpearse con el suelo de granito. La misma suerte que pude correr yo años atrás, a no ser por las pieles que Don Andrés, en mala hora, retirara.
Mi tía finalmente despertó para encontrarse con el cadáver de su único hijo tendido sobre una mesa en el salón principal. Sus ayes remecieron el Pazo. Me tuve que encerrar en la torre para no oírla. Sólo deseaba que se llevaran a Federico, que le velasen y enterrasen lo más pronto posible, pero mis deseos no se cumplieron.
Junto con el médico llegaron las autoridades de Quiroga. Un inspector y un par de representantes de la Guardia Civil que se pusieron a investigar, a preguntar y a revolverlo todo. Un asunto muy engorroso.
Catuxa subió a mi cuarto con la noticia de que querían interrogarme. “Al mal paso darle prisa”, dije para mis adentros. Me pasé el peine por mi alborotada melena y bajé al segundo salón, el más pequeño.
No alcanzaba el último escalón, cuando de la nada surgió la Tía Aniña y me propinó un tremendo bofetón.
― ¡Asesina! ― me escupió en la cara.
Era la primera vez en mi vida que recibía un golpe, Lectora. Si hasta los lobos me trataban con delicadeza. Su violencia me hizo automáticamente devolverle el sopapo. Su cara lívida de rabia palideció más por sorpresa que dolor, y dio un paso de cautela hacia atrás.
― ¿Cómo te atreves?― gritó.
― ¿Cómo se atreve usted? Recuerde que está bajo mi techo y que si me pega la gana, la pongo de patitas en la calle ― dije sobándome la mano. Tampoco yo tenía costumbre de andar a tortazos con la gente.
― Tú le has matado—insistió en su ridícula acusación ―. Raiña Lupa. ¿Acaso crees que no sé de tus locuras en el monte?
― No maté a nadie. Es él quien me faltó—le dije irritada, aunque me sorprendió el epíteto.
― Por eso, por eso le has matado. Azuzaste a la jauría de lobos en su contra.
― ¿Así que usted sabía de los amores de su hijo con la criada?― puse las manos en jarra ―. ¡Vieja alcahueta, y loca para más remate!
Seguiríamos intercambiando insultos de pescaderas, sino aparecen en el umbral los representantes de la autoridad. Un hombrecillo pequeño y obeso vestido de negro que venía flanqueado por los guardias de gris con sus tricornios alados.
― Estos señores parecen querer hacerme peguntas—le advertí a mi tía ―. Retírese de mi vista.
Me obedeció, gruñendo por lo bajo, y se fue hacia el salón donde estaba el cuerpo de Federico. No la seguí. No me parecía de buen gusto responder a mis inquisidores ante un cadáver. Tal vez todo terminara en una ordalía medieval y ante mi presencia las heridas de Federico sangraran. No estaba yo tampoco muy segura de no ser la causante de su muerte, Lectora, pero no era algo que compartiría con extraños.
Les llevé al salón de música y respondí a todas sus preguntas con voz entera y mirándoles a los ojos. En medio del interrogatorio, aparecieron Don Matías y Don Andrés que se pararon tras mi silla como ángeles protectores.
Con mucha vergüenza, conté sobre el encuentro de mi primo y de la criada, mí huída al bosque y como Fred me persiguiera. Evité sí mencionar a los lobos y a los ángeles.
― Tuve miedo, Señores, no sabía lo que él iba a hacerme. Ya no confiaba en Federico. Ahora permití que mi voz temblara un poco.
El inspector asintió y vi cierta humanidad en sus ojos. Con eso se dio por satisfecho y se marchó.
A pesar de las protestas de Tía Aniña, no dieron permiso de enterrar a Fred hasta terminar con sus pesquisas. Pusieron una gran batea llena de hielo en el establo para convertirla en un frigorífico improvisado. Todo el mundo se persignaba al pasar por el portón del establo. Con ese calor, pronto el cadáver hedería.
En medio de tanto alboroto, se sumó otro personajillo al Gran Guiñol que era ahora mi hogar. Al día siguiente, Carmiña reapareció en el Pazo insistiendo en ver el cuerpo de su amante.
― ¡Usted le mató! ― me gritó al verme en la cocina. Al parecer iba a ser coro de Tía Aniña.
― Si fuera como tú dices, le matara ahí cuando os descubrí juntos, ¡cochinos!― le grité.
  Carmiña era de esa gente tonta que cree que repitiendo las cosas, convence.
― Usted le mató. El iba a marcharse conmigo.
Una sincera risa brotó de mi pecho.
― ¿Irse con una solipanta como tu? ¿Fred, tan quisquilloso? Ni que te lavaras el palmito cada tres horas.
― ¿Acaso creía que se quedaría con usted? ¿Acaso piensa que la amaba?
 Carmiña avanzó envalentonada por lo que ella estaba segura era su verdad. Su movimiento, me hizo agarrar una sartén, única arma cerca de mí. Pero sus palabras me interesaron.
― Me queda claro que no me quería. ¿Pero a ti sí?
― Le queda claro que no la quería—Carmiña se volvió mi eco ―. Se iba a casar con usted por lástima y porque quería ser conde.
Me entró la risa de nuevo. ¿Cómo no se me ocurriera antes? Fred menospreciaba España, pero amaba los títulos aristocráticos que sonarían mejor en Longchamps y Ascot que en un Madrid sin rey.
― ¡Largo!― amenacé a Carmiña con la sartén ―. Te dije que si te veía en mi casa te hacía cachitos.
― Quiero ver a mi Fred—exigió Carmiña.
Eso terminó por acabar mi escasa paciencia y me lancé contra ella blandiendo la sartén y dándole golpes en los hombros, espalda y cola.
Lanzando alaridos como un perro atropellado, Carmiña salió de la cocina, pero antes de escapar de mi propiedad, se detuvo. A prudente distancia, volvió a proferir amenazas.
― Iré al pueblo. ¡Gritaré en todos los caminos que usted le mató!
Le arroje la sartén con tan mala puntería que le pasó rozando el brazo. Pegó un brinco y salió corriendo como una liebre.
Nunca llegó a gritar en ningún camino. Los lugareños me respetaban y estaban de mi lado en esta historia tan sórdida que enturbiaba mi vida. Las autoridades tampoco le hicieron caso ni a ella ni a Tía Aniña que seguía gimoteando y sembrando cizaña.
Las autoridades se ocupaban solo de hechos concretos y estos corroboraban mi cuento.  Ni mis huellas ni la de los lobos pasaban cerca del Foxo.  Las huellas de Federico y las hierbas aplastadas de la entrada indicaban su caída y que en ella no jugara parte ningún agente externo. Su muerte era evidentemente producto de un golpe contra la roca.
La explicación de su desorientación recayó en el granizo inesperado. Todos los que rescataron el cuerpo de mi primo declararon ver trozos de hielo en el bosque. Un pedrazo imprevisto e inexplicable, puesto que, además de ser casi verano, únicamente cayó en la Castañeira, pero la policía trabajaba con pistas y no con fenómenos climáticos. Declararon la muerte de Federico como accidente y cerraron el caso.
Para alivianar mi conciencia, fui a confesarme, pero Don Matías seguía siendo muy jesuita.
― Tu primo se cayó porque andaba corriendo en la oscuridad en un bosque que no conocía. Reza tres Rosarios completos a ver si te quitas rabia y rencor del corazón y aprendes a perdonarlo. Lo demás es música.

Esperaba que mi tía se marchara tras el entierro, al cual no quise asistir. Ante mi sorpresa ni intentó hacer una maleta.
Después del funeral, mandó que le sirvieran el chocolate en el cuarto y luego ordenó que se me llamase como si fuera ella una emperatriz que convoca a su súbdito. La encontré tendida en su cama todavía en sus ropas de luto.
― Quiero que sepas que no me importa el dictamen de la justicia—me dijo ―. Tengo la seguridad que planeaste la muerte de Fred. ¡Qué curioso que al boticario se le ocurriese retirar las pieles unos días antes de que mi hijo cayese en el foso!
Crucé los brazos sobre el pecho para evitar la tentación de arañarla. Mi Tía Aniña, como Carmiña, sacaba lo peor de mí.
― Me tiene sin cuidado lo que usted piense. Su teoría es absurda. ¿Cómo estaría yo tan segura de que Fred me seguiría? ¿Y cómo provoqué el pedrazo?
Tía Aniña frunció los labios en un amago de sonrisa que no cuajó.
― Es posible que mi historia suene increíble, pero con dinero, todo funciona en este país.  Quizás en un tribunal sí me escuchen y crean que tu amigo Andrés fue tu cómplice. ¿Quieres hacer la prueba?
Yo era muy joven y no conocía el mundo, pero me sonó lo que decía como gran verdad.
― Acabáramos. ¿Qué es lo que busca? ¿Quedarse en el Pazo? Sí lo detesta. ¿Quedarse con mis tierras? Si es tan rica como dice ¿para qué las quiere?
Jugó un poco con los encajes de su vestido, tomándose su tiempo en responder. ¡Cómo gozaba la muy maldita con la situación!
― Tienes razón. Detesto esta ruina que llamas casa y en cuanto pueda me vuelvo a la civilización. En lo que respecta a tus viñedos, por mi pueden secarse. Me encantaría verte en la calle sin fortuna.
― ¿Y luego qué? ― pregunté impaciente.
― Y luego que eres menor de edad. Que te tengo que cuidar, pero que me parta un rayo si llevo a la asesina de mi hijo a vivir bajo mi techo.
Me lanzó una mirada siniestra.
― Conozco un convento muy bueno en Oporto donde podrás estar hasta que cumplas los veintiún años. Eso si no tomas el velo antes ― Se río sin ganas ―. Las monjas de esa orden son muy estrictas y sabrán como rehabilitarte y quitarte esas manías de hablar con lobos y hacer hechizos.
― Usted no puede... ― y apenas dije esas palabras supe que si podía ―. Hay algo que se llama Juzgado de Familia. Puedo demostrar que como tutora usted no vale un duro.
― ¿Demostrar qué, demostrar qué? ¿Imbecil qué no te das cuenta que no eres nadie? Ya te dije, con dinero todo se consigue. Y yo lo tengo y tú no.
Estaba espantada y ella olía mi miedo como lo hacen los lobos. Eso la azuzaba a ser más cruel.
― Estoy dispuesta a comprar testigos que demuestren que eres una loca. Quizás prefieras pasártelas en el manicomio y no en un convento. Por la memoria de mi hijo, estoy dispuesta a enlodarte a ti y a quien haya que enlodar para demostrar que fue tu cómplice. Para rendir cuentas ante la ley sí eres mayor de edad. Así que ya estás avisada.
Para ocultar mi miedo y rabia tuve que abandonar el cuarto. Lo hice con un gran portazo, pero el ruido no me calmó.
Hice venir a Don Andrés y a Don Matías. Necesitaba del consejo de mis mayores. Nos encerramos en la sala de música, pero no había mucho que planear. Lo vi en sus ojos. Tía Aniña tenía el cochino por el rabo.
― Lamentablemente, lo que dice es verdad—dijo Don Andrés ― Con dinero se consigue todo y tú no lo tienes.
Miré a Don Matías, pero hasta la Iglesia se doblegaba ante el poder de Mammón.
― Somos tus amigos, pero no tus parientes de sangre. Y tú eres menor de edad.
― ¿Y mis tíos en Irlanda?
Don Matías sacudió la cabeza.
― Tu tía Grace era sólo una prima lejana de tu padre. No creo que pueda hacer mucho.
Desalentada por las palabras del párroco, me dejé caer en una silla.
― ¿Entonces no hay salida? ¿Tendré que ir a ese convento portugués?
― Tal vez haya alguien—como siempre Don Matías avanzaba con mucha cautela ―. Está tu madrina, la Duquesa de Málaga. Me tomé la libertad de escribirle contándole sobre estos hechos tan tristes que te han ocurrido. Estaba en el extranjero que es donde pasa tanto tiempo, desde que el Rey, nuestro señor, nos ha dejado.
Sacó un pañuelo del bolsillo de su sotana y se sonó. No supe si andaba acatarrado o si el recuerdo de Don Alfonso destronado lo hacía infeliz.
La Señora Duquesa me ha escrito y me dice que si la necesitas, Violante, ella estará en Madrid esta semana y te ofrece su casa como refugio.
Ante esa esperanza, salté de mi asiento.
― No hay tiempo que perder. Voy a hacer mis maletas. Don Andrés me acompañará a Monforte. De allá, telegrafiaremos a mi madrina.
La puerta de la sala se abrió como empujada por una ráfaga de viento y Tía Aniña hizo su entrada triunfal como los elefantes en una representación de “Aída”.
 ― ¿Así que aquí os reunís a complotar en contra mía? Pues es bueno que sepáis, Señores míos, que quien ayuda a esta desquiciada es su cómplice y mi enemigo.
Nos quedamos mudos, pero ella a no acababa. Fijó sus ojos de arpía en Don Andrés que le respondió con una mirada que reflejaba la ingenuidad de un ternero.
― Yo me andaría con cuidado si fuera usted, Señor Boticario, que bien le puedo implicar en la muerte de mi Fred—la voz de mi tía enronquecía con su amenaza.
Don Andrés se quedó en silencio y mi tía orientó su ponzoña hacia Don Matías.
― No vaya a pasarle lo mismo, Señor Párroco.
Me señaló a mí para luego dirigir su dedo al cura.
― Recordad que estamos en República y que los grandes enemigos de España son la aristocracia y la Iglesia.
Su gesto y palabras me colmaron de rabia y sorpresa.
― No doy crédito. Me acaba de amenazar con monjas portuguesas, y ahora se pone marxista. ¿Quién la entiende?
 Tía Aniña sonrió despectiva.
― Aprende algo, Violante. Una debe ser ecléctica y práctica en todo momento.
Esa fue la gran lección que me dio Tía Aniña. En los horribles años que le esperaban a España y a Europa sabría yo sobrevivir siendo ecléctica y práctica como decía ella.
― Quiero que os vayáis de mi casa y que no volváis—ordenó mi tía ―. En cuanto a Violante, no saldrá de este Pazo hasta que yo lo decida. Así que nada de jugarretas ni de citas a escondidas. Tengo gente vigilándola.
― Pues déjeme usted despedirme de mis amigos. Y a solas—le exigí—. Y nada de andar escuchando tras las puertas como las tatas o voy a saber de donde Fred sacó esos gustos tan finos para revolcarse con una pincha de cocina.
Me miró enfurecida, pero segura de su poder, me dio ese último gusto y se marchó.
Me acerqué a Don Andrés y le hablé muy quedo. ¿Quién quitaba que mi tía no tuviera c la oreja pegada a la puerta?
― Mañana, después de almuerzo, a las tres en punto, espéreme usted en el puente.
Quiso preguntarme detalles que no le di. Estaba madurando un plan. Tenía poco tiempo. Mi madrina detestaba Madrid, pronto se iría a veranear a la Costa Azul, a Biarritz o a sus tierras andaluzas.

Después que mis visitas se marcharon, Tía Aniña me pidió las llaves de mi cuarto. ¡Qué atrevida!
― Las perdí—le mentí muy fresca.
Mi Tía llamó a Catuxa.
― Entrégame inmediatamente las llaves del cuarto de Violante.
― No existen. ¿A quién se le ocurre encerrar a la niña? ― le contestó Catuxa secamente.
― ¡Entonces, pásame las llaves de la casa!
La voz de mi tía demostraba que estaba a punto de perder los estribos.
Catuxa fingió gran sorpresa.
― Si las hubo no las conocí. Es que aquí nunca se temió que entrasen ladrones. ¿Sabe? Con las trancas en la puerta ya bastaba.
― ¡Haz venir un cerrajero inmediatamente!
 La voz de mi tía chirriaba como un automóvil sin frenos. ¡Qué horror de mujer! Por suerte ya no sería mi suegra.
Catuxa se encogió de hombros.
― Tendrá que mandarle traer de Quiroga. Ya le dije, este no es pueblo de ladrones y nos la pasamos muy bien sin cerrajeros.
Tía Aniña hizo un esfuerzo heroico por calmarse.
― Muy bien. Mandaré a traer uno.
Sus ojos me saetearon tanto a mí como a Catuxa.
― Entretanto, ni penséis en escaparos. Violante no ha de dejar el Pazo. Y ya tengo hombres bien pagados, apostados en todas las entradas para advertirme si intenta desobedecerme.
― Cuanto dinero pierde usted, Doña Aniña—observó juiciosamente Catuxa ―. Esbirros, cerrajeros. ¿Y qué hará cuando tenga llave? ¿Encerrarnos? ¿Qué pasa si hay un incendio? Nos achicharraremos sólo por el capricho de la Señora.
Tía Aniña perdió toda compostura. Creí que golpearía a mi nodriza.
― ¡Lárgate! ― aulló ― Coge tus bártulos y márchate de esta casa.
 Contrastaba con su ira, la despectiva tranquilidad de Catuxa.
― ¡Boh! ¿Y quién le subirá su chocolate? ¿Y quién pondrá y retirará las trancas? Son pesadas, ¿sabe? No creo que sus esbirros estén dispuestos a hacerle su cama o lavarle el orinal.
Con un gemido sordo, Tía Aniña huyó de la sala. La pobre no entendía que no podía con nosotras.
― Mira ésta, cómo se le suben los humos a la cabeza. ¿Qué no sabe que tú eres la Condesa ahora?― preguntó Catuxa.
― Habrá que recordárselo—dije pensativa.

Tras cavilar un poco, decidí que nadie mejor para bajarle los humos a Doña Aniña, que Za’amiel, Amo de los Torbellinos. Este ángel era muy amigo de las lieder alemanas. Bastó una de Bach y otra de Schubert para convencerle que me ayudara.
Al día siguiente, almorcé con Tía Aniña como si nada. Su mirada glacial no me quitó el apetito. Necesitaba de mis fuerzas.
Retiraba ya los platos Catuxa, cuando comenzó a soplar una brisa que agitaba los visillos de las ventanas. Todas estaban abiertas debido al calor.
― Por fin. Es increíble que haga tanto calor aquí en la Sierra—dijo mi tía, abanicándose con la mano.
La brisa se mantuvo amable por unos instantes para luego subir el volumen. Los visillos bailaban contagiando a los cortinones. Ni la pesada felpa verde de la que estaban hechos les impedía agitarse. Uno, algo travieso, llegó a golpear a mi tía en el hombro.
― Qué todo en esta tierra tenga que ser tan exagerado— refunfuñó ― ¡Catuxa, cierra las ventanas!
Catuxa intento obedécela, pero la ventana se le escapó de las manos. Fui en su ayuda, pero las ventanas se negaban a moverse. La fuerza del viento las pegaba a la pared de piedra del Pazo.
― ¡Sois unas inútiles!—rugió Tía Aniña, levantándose del asiento y yendo hacia un ventanal, al que no alcanzó a llegar. Una ráfaga de viento la empujó como un tronco casi derribándola.
El viento volvió a entrar, pero ahora cargando una nube de polvo y hojas que invadió la sala, tumbando copas y obligándonos a cubrirnos boca y ojos con las manos. El viento aguijoneó a mi tía hasta hacerla huir del comedor y la persiguió como una maldición bíblica escalera arriba hasta su cuarto.
Ese mismo viento me enlazó por la cintura y me llevó en un baile frenético hasta el vestíbulo y de ahí afuera del Pazo. Alcancé a ver a los esbirros de mi tía luchando por contener el rebaño en el redil y defendiéndose del heno que volaba de los establos azotando todo a su paso. No tenían tiempo de vigilarme. Ni me vieron.
El viento me cargó casi por el aire hasta el puente. A medida que avanzaba, vi que otra ráfaga similar traía a Don Andrés hacia mí.
― Es admirable lo que hacen tus Ángeles, Raiña—fue su saludo.
No había mucho tempo para tertulias. Por suerte el viento ya no nos zarandeaba en el puente aunque seguía soplando tanto en el pueblo como en mis tierras. Saqué de mi bolsillo un broche de rubíes que perteneciera a Naiciña. El gran cofre de joyas de mi madre en últimos años se redujo a un joyerito, pero todavía quedaban en su interior algunas piezas valiosas. Por suerte, Aniña no las recordaba sino ya las andaría pidiendo.
Puse la alhaja en la mano del farmacéutico.
― Tome usted. Vaya a Monforte mañana, véndalo y cómpreme un boleto de ida a Sahagún y póngale un telegrama a mi madrina. Lo que sobre tráigalo.
― ¿Solo hasta Sahagún?
― De ahí haré un trasbordo a Madrid. Que el boleto sea en la clase más humilde, que no viajará ninguna condesa en ese tren.
Don Andrés se sonrió de oreja a oreja.
― Ya comprendo. ¿Cómo te hago llegar dinero y boleto?
― Pasaré a buscarlos mañana muy temprano. El boleto debe ser para el tren de la tarde. Encárguese usted de que un labriego con un carro me espere en la corredeira en la mañana para llevarme a Monforte. Déle mis señas, pero recuerde que deberá esperar a una vieja.
Apenas dichas mis palabras y ya el viento volvía a soplar en el puente separándome de mi amigo y portándonos en direcciones contrarias.

Estábamos, con Catuxa, barriendo las hojas que el viento dejará en la alfombra del comedor, cuando mi tía se atrevió a asomar su nariz por la casa.
― Qué tiempo endiablado tenéis aquí—nos reprochó.
Creo que se olía que algo tuve yo que ver con el torbellino, pero le daba vergüenza reconocerlo. Para apaciguar su ánimo, Catuxa le ofreció prepararle una trucha con almendras. Un plato que gustaba mucho a mi tía, señora de buen diente como era.
Lo que Catuxa olvidó comentarle fue que dentro del trozo de pez, destinado a mi tía, le introdujo todo el contenido de un papelillo de somníferos. Aunado al que tomaba religiosamente cada noche, el narcótico la tendría durmiendo hasta el almuerzo del día siguiente.
La noche ya estaba en camino, cuando Catuxa entró en mi cuarto cargando un lío de ropas.
― Esa ya anda roncando como lirón—comentó alborozada, mientras estiraba las prendas sobre ni cama.
― ¿Estas segura de que te servirán? Son las más viejas que tengo.
Revisé los toscos ropajes.
― Están perfectos.
Catuxa me miro preocupada.
― Déjame acompañarte. ¿Cómo vas a andar por España tu sola? Es peligroso.
― No para una abuelita—reí para disimular mi nerviosismo. Yo también estaba preocupada. Abracé a Catuxa. En el fondo de mi corazón, deseaba llévamela conmigo.
― Debes quedarte aquí y cuidar lo que fue de Padre. Yo volveré cuando pueda reclamarlo.
Catuxa se marchó y yo comencé a probarme mi disfraz. A pesar del grueso mantelo, el espejo me devolvió mi rostro de siempre. Con voz temblorosa entoné el “Dueto de Las Flores”.
Ante mi sorpresa, otra voz me hizo coro desde el espejo y en el cristal vi reflejada a la feticeira sentada sobre su roca del río.
― Te pregunto lo mismo que Catuxa—dijo con voz burlona ―.  ¿Estás segura de querer andar sola por el mundo?
― No tengo otro recurso.
― Pues que sea—la ondina pusose seria ― Sólo te digo una cosa. Haces esto y te metes de cabeza en un lío más grande. Pero si no lo haces, nunca podrás cumplir con la promesa a tu Naiciña ni con tu fada..
Tras esas palabras, la imagen de la feiticeira desapareció y en su lugar vi una de mi persona, pero con muchos más años y arrugas y un cabello totalmente cano. Respiré aliviada.
En un pequeño bolso, metí las joyas de mi madre. Sobre mi mesita de noche estaba el libro de María Hebrea. Parecía más grande que mi bolsa, pero al intentar meterlo, cupo perfectamente como si se empequeñeciera a propósito.
Hice un lío con mi ropa dominguera y mi bolso adentro de una vieja manta. Ese seria todo mi equipaje. Me tendí en la cama y me dormí. Necesitaba de mi descanso. Desperté al alba. La luz comenzaba a entrar por la ventana.
Bajé cautelosamente hasta la cocina. Pero no había que poner tanto cuidado, Tía Aniña dormía el sueño de los benditos. Aunque en su caso era el de los malditos.
Catuxa se santiguó al verme en mi aspecto de vieja.
― Si tal parece cosa del Diaño ― dijo.
Hizo la señal de la cruz sobre mi frente.
―  Anda y que tu Naiciña te cuide desde el Cielo.
No daba yo ni tres pasos fuera de casa, cuando uno de los mozos de establo, ya andaba corriendo hacia mí y dando voces.
― ¿Y tú quién eres?― me gritó en la oreja.
Recordando el plan, me quedé en silencio. Catuxa salió de casa.
― ¿Qué no tienes ojos? Es una pobre vieja que vino por ropa que ya no me sirve.
El mozo me observó con sospecha.
― ¿Cómo no la vi llegar? Mateo tampoco dio aviso y anda por la puerta del frente.
― ¿De cuando acá los mendigos entran por la puerta principal, zopenco?― Catuxa se puso las manos en la cintura ―. Vino por el bosque. ¿Acaso tienes gente allá apostada?
El hombre no se veía convencido. Con gesto insolente me arrancó el mantelo con el que me envolvía la cabeza. Una sola mirada a mi pelo cano y mi cara flaca y arrugada terminó por convencerle. Me dio un empellón.
― Anda, anda. Sigue tu camino.
Le obedecí, jurándome que algún día volvería y castigaría su insolencia. Pero lo cierto, Lectora, es que no las tenía todas conmigo. No estaba muy segura de que todo saldría bien.
Ya en el puente, volteé y envolví el monte y el Pazo en una sola mirada de adiós. No pude despedirme de Aurora ni de la manada. Quizás no les vería en mucho tiempo. Quizás no volvería nunca. Seguí mi camino con un peso en el corazón. Peso que me ayudó a caminar como si de verdad tuviese setenta años.

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