Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

domingo, 22 de julio de 2012

13. Reader, I married him


 foto de (briderose.org)


A pesar del susto pasado, esa noche dormí tranquila. Ninguna pesadilla perturbó mi sueño y me levanté casi al alba, más fresca que una lechuga.
El traje de organdí llegó a tiempo. Enfundada en él, con una guirnalda de violetas que Marie puso en mi cabello, me dirigí en compañía de mi madrina al Ayuntamiento. Fue en la puerta donde me encontré a mi primo acompañado de Don Curro que sería su testigo.
Hacía tres días que no veía a Davide y verle ahora me recordó lo mucho que le extrañaba. Sin decir una palabra, me pasó un bouquet de rosas blancas. Nuestra boda fue breve. Cuestión de firmar libros y de aguantarnos un discurso del juez. Cuando salimos, iba yo del brazo de mi marido.
Aunque aceptamos un brindis en casa de mi madrina, y a pesar de la insistencia de la Duquesa, ni Davide ni yo quisimos pasar la noche en Málaga. Asuntos urgentes exigían nuestra presencia en Galicia y cuanto más pronto nos marchásemos, mejor.
Alcancé nada más a quitarme mi vestido de bodas y a cambiarme en una túnica blanca sin espalda ni mangas, parte del ajuar que la Duquesa me comprara en Madrid. Lo cubrí con un bolero de lino color gris que se cerraba al frente con un gran moño a lunares rojo y negro. Una cinta del mismo material ribeteaba mi sombrero.

(Foto de Revista Familia, enero de 1936)

Al mirarme al espejo me impresioné. No que me viese guapa, pero sí parecía mujer casada y respetable.
Davide quiso que viajásemos por carretera en su Hispano-Suiza.
―Tu tía puede mandar gente a esperarnos en las estaciones. Esto nos dará más libertad de movimiento.
Sus palabras me sonaron cuerdas, aunque creo que si me dijera que era mejor que camináramos hasta Galicia, y en cueros, le haría caso. Así de colada andaba yo por aquel entonces.
Fuimos a Sevilla a recoger el equipaje de Davide e inmediatamente emprendimos viaje, pero no hacia arriba en la Península como yo esperara sino de nuevo al Sur, hacia el mar.
― ¿Y no íbamos a tomar la Vía de La Plata?― pregunté.
―Creo que es peligroso ir por Extremadura. Mejor perderle la pista a tu tía e ir por Portugal.
Casi brinqué del asiento.
―Pero si no tengo pasaporte.
―No te preocupes. Con el certificado de matrimonio ya nos arreglaremos.
Se veía tan despreocupado que me tranquilicé. Davide siempre parecía saber lo que hacía y el que no me consultase todavía no me sonaba a una falta grave.
 Pasamos por la Cuesta del Caracol y nos internamos en el Aljarafe. No se veían muchos coches. A lo más una que otra bicicleta. Había perros, muchos y sonoros, parecían no tener amo. A sus ladridos mi esposo les respondía con miradas de reproche que los silenciaba. Me di cuenta que podía comunicarse telepáticamente con los canes y de esa manera evitara los ladridos de los mastines del cortijo.
Durante todo el trayecto, Davide me habló de cosas impersonales. Me dio una lección histórica sobre los fenicios, tartesios, romanos, moros y todos los que tuvieron la mala pata de circular por esas muy leales y nobles tierras.
Antes de su tercera década de vida, el Dr. Ascarelli era ya un sabio humanista, de los del siglo pasado, experto en ciencias y otras disciplinas. No me aburría, pero deseaba que pasara a temas más íntimos como él, su pasado, o nosotros. Noté que cada vez que la conversación se acercaba a un terreno más personal la desviaba ágilmente.
Por ahí nos cruzó una piara de cerdos que me recordó a la del Marqués.
―No comes cerdo como los moros. ¿Ni siquiera cuando eres lobo?
―En general, soy semi vegetariano, pero cuando soy lobo puedo comer de todo, incluso animales impuros como el cerdo o prohibidos como el caballo. Hasta una vez, de niño, pesqué un pulpo en el Adriático―.  Se detuvo y me di cuenta que pisábamos ese terreno prohibido y que para mi seguiría siendo ignoto, su pasado, su infancia. ¿Por qué no quería recordarlo?
―Entiendo que no puedas comer cerdo, ¿pero por qué no pruebas carne de vaca o ternera?
―Porque contienen sangre.
Mi pregunta precipitó otra larga lección sobre las reglas del Kashruth, sobre la prohibición de consumir sangre, sobre los rituales para sacrificar al ganado y a las aves y prepararlas para consumo humano y sobre partes del animal que no pueden comerse.  Comencé a aburrirme. Además me entró un hambre de escalofrío. Por suerte, Davide decidió detenerse en una fonda de Sanlúcar.
No fue mucho lo que nos dieron en la fonda. Yo me moría por una chuleta, y sí las había en el menú, pero me pareció poco cortés atiborrarme cuando mi marido sólo podía consumir gazpacho y ensalada.
La comida rebozaba aceite de oliva, el gazpacho estaba salado y las sardinas de lata tenían sabor a viejo. A Davide parecía no importarle. Comía con gran apetito, pero como lobo. Para él la comida era un medio de supervivencia, no de placer. Terminada la cena, y sin esperar el postre, mi marido se levantó y con voz de amo me ordenó que siguiéramos nuestro camino. Apenas tuve tiempo de pedirle a la dueña de la fonda que me envolviese un poco de fruta y ya nos pusimos en marcha. 
El humor me estaba fallando. Me aburría el paisaje, el polvo del camino se me metía por los ojos.  Tuve que sacar una pañoleta de mi bolso y amarrarla alrededor de mi pamela como las damas antiguas hacían para aguantar esos primeros y polvorientos viajes en automóvil.
A mi marido el viaje no le afectaba. Protegía su cabeza con un Borsalino que hacía juego con su traje de lino crudo y sus ojos con grandes gafas de sol que le envidié
Para colmo, mi estómago seguía sintiéndose vacío.
― ¿Davide, comiste carne humana alguna vez?
Se río:
 ―No, monada, si lo hubiera hecho no estaría aquí. Me hubiera quedado en forma de lobo.
Eso era algo que aprendiera con Don Andrés. Ciertos lobisomen tenían prohibido, so pena de perder su humanidad, comer gente. Otros, en cambio, no tenían ese reparo.
― ¿Cómo es que te conviertes en lobo y se deshace tu ropa contigo?
―Muy simple. La luz de la luna llena desintegra los átomos que componen mi cuerpo y ropa. Cuando eso sucede, mi alma transmigra al cuerpo de un lobo. Al amanecer, los átomos se reúnen y lo que es mi parte física reaparece. Ahí mi alma regresa al cuerpo.
― ¿Y el lobo?
― Es una criatura astral que vuelve a otro plano paralelo al nuestro.
― ¿Por qué te conviertes en lobo?― vi su mandíbula endurecerse, pero mi curiosidad era más grande que mi miedo a molestarlo ―. Digo, lo de Don Andrés es por ser séptimo hijo varón. Pero hay otras causas para la licantropía. ¿Cuál es la tuya?
―No hay cosa de la que no hayan acusado a los judíos. Para muchos somos monstruos peores que los hombres-lobos. ¿Por qué entonces yo no debía ser una fiera con piel de hombre? ¿No dices que en tu tierra al lobo se le apoda “el Otro”? Pues en Europa los judíos siempre seremos los otros, los innombrables, la suma de todos los miedos de la gente mediocre. ―Hablaba si mirarme con voz sorda y los ojos fijos en la carretera.
No era una respuesta. Más bien sus palabras elevaban otras inquietudes. Me sentí llena de miedo ante la amarga ira que destilaba como hiel por su boca. Y luego, me sentí avergonzada no sé exactamente de qué. Quizás de los prejuicios absurdos de gente que aglomera a razas y credos bajo un mismo letrero negativo.
Finalmente, sentí una gran desazón al presentir que algún día, yo también seria “la Otra” y descubriría lo que experimenta el lobo cuando hombres armados le persiguen para darle muerte sin él ameritarlo.

Fue en el camino a Huelva, que de repente el calor también venció a mi marido. Detuvo el coche y se quitó la americana dejándola caer en el suelo del automóvil. Desabotonó los gemelos de sus puños y me los entregó para que los guardase en mi bolso.
Antes de poner en marcha el coche, se enrolló las mangas hasta los codos exponiendo sus brazos fuertes cubiertos de vello castaño.
Me embelesé mirando su piel y se desvaneció mi desosiego. Me invadió una rara ternura por mi marido. ¿Qué importaba que no se abriese a mí? Ya habría tiempo para que con mimos, me ganase su confianza y supiese el secreto de su pasado.
Mis ojos cayeron sobre su americana en el suelo, y me agaché a recogerla. Mi brazo se dobló por el peso. Era como si llevase un lingote en el bolsillo.
Abrí la prenda y mis ojos casi saltaron de las orbitas. En el interior, en la parte donde los hombres suelen llevar bolígrafos, había una colección de cuchillos. Uno largo y grueso como los de cocina y una navaja cerrada con mango de concha de almeja. A su lado, vi una especie de gubia como la que usaban los carpinteros y finalmente un escalpelo. Recordé lo que Delarah contara sobre Davide, que siempre iba armado, pero ni José María “El Tempranillo” cargó nunca tamaño arsenal.
Como oliendo mi temor, él volteó hacia mí y me vio con sus armas en la mano.
― ¿Te sorprende?― preguntó con un tono demasiado ligero para ser sincero. ―Soy cirujano. A veces, no puedo cargar todos los instrumentos en mi maletín.
Ni un paleto le creía ese cuento. Menudo cirujano, de los que destripan y degüellan. Por esa falsa razón de los enamorados que todo lo tiñe de rosa, me calmé. Poco me importaba que mi marido fuese un bandolero-cirujano mientras la sangría no me la abriera a mí.
Revisé el cesto de frutas. Encontré naranjas, ciruelas y envueltos en un grueso paño para que no traspasasen las espinas, había un par de higos chumbos.
―Detén el coche― ordené a mi marido mientras extraía la navaja de su americana.
―Para qué― me pregunto sorprendido, aunque detuvo el automóvil.
―Pues para comer el postre. Me sacaste de un ala de la fonda y tengo hambre―le respondí de mal modo mientras comenzaba a hacer cortes verticales en la piel de la fruta.
Levantó las cejas, pero no me reprendió.
― ¿Qué son esas?― se limitó a preguntar.
―Higos chumbos. Son muy ricos. Te apuesto a que no los probaste nunca― Extraje de la piel la fruta violácea, sembrada de pepitas, y la acerqué a sus labios.
―Te equivocas― me dijo tras comerse el pedazo de tuna ―.En Sicilia hacen un licor con ellos.
Con Davide todo era lección. Comencé a abrir la otra fruta.
―Quita, que lo hago yo. Esa navaja está muy afilada― Me sacó de las manos navaja, fruta y servilletas y comenzó a partir la piel como lo hiciera yo, sólo que sus incisiones eran más rápidas, profundas y precisas. A lo mejor era realmente cirujano, parecía tener práctica. A menos que así despellejase a sus enemigos.
Un rugido de dolor—hombres como mi esposo no lanzan ayes—interrumpió mis pensamientos. El muy bobo acababa de espinarse con una de las púas que quedara enredada en la servilleta.
― ¿No tendrás una pinza entre tanta armas blancas?― Revisé sus bolsillos, pero antes de encontrar nada, ya mi lobo se arrancaba la espina con sus dientes. Ahí noté que sus incisivos eran más afilados que su navaja, y sus colmillos eran casi tan atemorizadores como los de Su Alteza, Maimuna. Anda a ver si les daba de dentelladas a sus contrincantes antes de abrirles la panza.
Davide, ajeno a mis consideraciones, escupió la espina al camino y se observó el dedo donde una mínima gota de sangre indicaba el lugar clavado por la espina. Fue un impulso más fuerte que mí y que todavía no entiendo, pero me abalancé sobre su mano y metiéndome el dedo en a boca chupé la sangre y lamí su herida.
Su mirada de sorpresa cambió a otra que todavía yo no podía descifrar. Con mi misma impulsividad, aplastó su boca contra la mía, sorbiéndome aire y vida en un instante.  Sentí dentro de mi boca una mezcla de sabores, su sangre y su saliva que sabía a higo chumbo.
Sus dientes chocaron con los míos y sus gafas de sol resbalaron sobre mi cara.  Las aparté sin interrumpir ese beso violento. Sus manos recorrieron mi cuerpo con fiereza casi haciéndome doler sino fuera porque el placer cohibía cualquier dolor.
Sólo cuando sus dedos comenzaron a luchar con el lazo de mi bolero caí en cuenta que iba a hacerme mujer a la vera de un camino y a pleno sol. Afloró en mí un pudor de virgen.
―No, mi vida― dije empujándole suavemente ―no aquí.
Se detuvo, reflexionó un segundo y se puso los lentes de lo más tranquilo. Era increíble como funcionaba su auto-control. Yo, en cambio, estaba exhausta como una marioneta a la que le quitaron los hilos y dentro de mí ardía un fuego que no sabía como apagarse.
Mi marido se observó el dedo.
―Lo que has hecho es muy erótico, pero poco higiénico. ¿Sabes cuántos gérmenes habitan en la boca humana?
―Entonces nadie debería besarse―dije irritada, no sé si por la insensatez de sus palabras o por verle tan sereno mientras yo era brasa viva.
―Un buen punto en contra del beso―. Respondió impasible todavía examinándose el dedo―. Qué curioso, no veo la marca.
―Pero si apenas fue una heridita, ― gruñí indignada―. Cómo sois los machos. Cargáis navaja, os vais a la guerra, pero una espinita os tira al suelo como críos. A ver si os tocara parir como a nosotras.
― ¡Jasbah Jalilah!― exclamó alarmado mi primo.
Por primera vez escuché de su boca esa expresión hebrea que equivale a un “No lo permita Dios”.
Davide puso en marcha el automóvil y volvimos a la carretera.
―Más curioso― dijo después de un rato―. Ya no me duele el dedo. Es como si nunca me hubiera clavado nada.
― Anda a ver si mi saliva tiene anestesia como la de las sanguijuelas―dije con sorna.
―Al menos besas como una.
Se echó a reír hasta que se encontró con mi mirada de reproche.
 ― ¡Qué es un cumplido mujer!
―Pues que cumplido tan zafio―contesté irritada―. ¡Vaya que pesado me salió el marido!
―Y que rezongona me salió la mujercita.
A pesar mío me eché a reír. Viéndome más calmada, Davide puso su brazo alrededor mío, y con el vaivén del coche me fui durmiendo.

Ruinas del Castillo de Ayamonte (foto de es.wikipedia.org)


Cuando desperté, estábamos en Ayamonte, en la frontera portuguesa. Tenía una vaga idea de que debíamos pasar en barco el Guadiana, pero Davide parecía tener otra dirección en mente. Siguió el río hasta su desembocadura y se detuvo en unas ruinas que luego sabría eran el Castillo de Ayamonte, destruido por ese mismo y fatídico terremoto que arrasara Lisboa en el Siglo XVIII.
― ¿Y ahora qué? ― pregunté aprehensiva.
―Ahora a esperar― dijo tranquilo.
Me pidió los gemelos y volvió a colocárselos. Se bajó del coche, se puso la americana, el sombrero y sacando la pitillera encendió un cigarrillo. Su ropa estaba arrugada por el viaje, todas las arrugas que permite un buen casimir inglés, pero en mi marido no vi señales de cansancio o de desaliño. Yo no podía decir otro tanto. Me arrastré como lagartija fuera del Hispano-Suiza y como pude traté de enderezarme el sombrero.
En ese momento, un inmenso Mercedes apareció de la nada y se detuvo cerca de nosotros. Se apearon del vehículo dos hombres. Uno bajito, de edad mediana, bigote y traje a rayas. El otro, más joven y más alto, también era de bigotito.
Con paso marcial, el par de bigotes se nos acercó. Mi marido les observó en silencio y cuando estaban a unos pasos, lanzó el cigarrillo al suelo y lo pisó para apagarlo. Como impulsados por un resorte invisible, los extraños levantaron la mano en un saludo fascista, al cual Davide respondió de igual manera. Fue la primera vez que vi a mi esposo levantar la zarpa en esa guisa.
Conversaron un momento en italiano. Mi conocimiento de esa lengua era el de las operas de Naiciña, pero deduje que se presentaban. Curiosamente, no usaban el lei sino que se tuteaban a pesar de conocerse recién.  Más tarde me enteré que El Partido prohibía el trato ceremonial, puesto que todos eran “camaradas”.
El hombre pequeño―tenía un apellido compuesto, y a pesar de la camaradería, ostentaba el titulo de Comendattore―venía de la embajada italiana en Lisboa. El alto se llamaba Del Vecchio y era vice-cónsul o algo así en Faro. Davide me presentó como La mia moglie y ellos muy corteses me llamaron Donna Violante. Por primera vez, me trataban como lo que era, una mujer casada y parte del entorno al que pertenecía mi esposo.
Los italianos venían armados de legajos de papeles que nos permitieron embarcar, Hispano-Suiza y todo, en una barcaza que nos llevó a tierras lusitanas.
Fuimos a casa de Del Vecchio en Vila Real, una propiedad consular pequeña donde por fin pude ir al baño, y lavarme cara y manos. El resto del cuerpo tendría que esperar, aunque sentía el palmito sudoroso y empolvado no precisamente con talco.
Cuando bajé, una criada servía café y una bandeja de dulces portugueses que Davide no tocó, quizás temeroso de que los hicieran con grasa porcina. Los hombres siguieron sus conversaciones de mayores en un idioma que no entendía porque estaba plagado de tecnicismos arcanos para mí. Me entretuve en comerme los dulces que sabían a anís y canela.
Finalmente, Il Comendattore entregó a Davide un sobre de Manila para la embajada italiana en Lisboa y se despidió de nosotros. Del Vecchio se encargó de llevarnos a Faro a la estación de tren. Otro largo viaje, siguiendo el Mercedes y luego viendo todos los trámites necesarios para embarcarnos a nosotros y al Hispano-Suiza en un tren rumbo a Lisboa. Según me explicó mi marido, el viaje era de diez horas y llegaríamos de madrugada. Aun así, Davide no quiso pedir un coche dormitorio.
―Corremos menos riesgo de quedarnos dormidos y no perdemos tempo― me explicó.
Dijera misa. Yo apenas me encontré en la cabina privada, me quité los zapatos, lance el sombrero en el asiento de enfrente y me enrosqué como un gato, quedándome dormida inmediatamente. Todo un día yendo de la Ceca a La Meca, traqueteando por caminos olvidados de Dios, ya me merecía un descanso.
Cuando desperté unas horas más adelante, vi que alguien me cubriera con una manta de viaje y que a mi lado, semi tapado con su americana y con sus largas piernas estiradas por sobre el asiento de enfrente, dormía mi marido.
El se despertó a la hora de la cena. Por fin, en el vagón-restaurant pude comer como gente. Davide encontró un filete de atún asado en el menú que no ofendía su sensibilidad judía y yo, olvidándome de mis deberes conyugales, ordené un caldo de mariscos que me trajeron en una especie de marmita y que despaché en un dos por tres.
―Tú tienes hambre atrasada ― se admiraba mi marido.
― ¿Y tú no?―pregunté mientras me metía un cacho de pan a la boca―.Hijo, si no comemos decente desde ayer. Porque yo no sé tú, pero hoy no me desayuné por los nervios.
―Puedo pasarme hasta doce días sin comer―alardeó.
―Eso es como lobo― Bebí un poco de vino blanco para bañar el pan―.Pero como humano deberías tener hambre. Un hombre tan grande como tú tiene que alimentarse.
El lanzó una mirada su alrededor como temeroso de que escuchasen mis palabras.
Pero todos estaban enfrascados en sus cenas o en sus charlas.
―Ahora que estamos casados, voy a cocinarte y ya después de eso no te la vas a poder pasar sin mis guisos― le dije.
― ¿Sabes guisar?― El camarero le trajo su whisky.
―Y muy bien.
Tomó un sorbo y yo tomé nota de cómo lo bebía, con mucho hielo y diluido con soda. Era bueno saber que no abusaba del alcohol.
―Estás llena de secretos.
―Pues ya los irás averiguando, tal como yo me iré enterando de los tuyos.
Me miró de nuevo con esa mirada rara, medio guasona y medio…no sé. Era una mirada que me hacía enrojecer y sentir que estaba desnuda. Tal vez, así debían mirar todos los esposos a sus mujeres.
En cuanto a secretos, Davide tenía más de uno y más gordos que saber cocinar. Ningún simple médico, aún un oficial del Regio Esercito, era recibido por miembros del cuerpo diplomático sólo para cruzar una frontera. En eso estaba pensando, ya de regreso en mi cabina, cuando el sueño me atrapó.
Desperté con una bombilla eléctrica en mi cara y un marido sacudiéndome.
―Ya estamos aquí, Violante, es hora de bajarnos.
Yo no quería ni subir ni bajar, pero me puse de pie y comencé a trastabillar por el pasadizo, sujetándome de los muros como si estuviera en medio de un terremoto. Tenía las piernas tan entumecidas que mi marido tuvo que bajarme en brazos. Cuando el portero me trajo la pamela que dejara en la cabina, mis dientes castañeteaban de frío y casi no pude agradecerle.
La estación estaba oscura y helada, a pesar de ser mayo. Nos esperaban nuevamente gente de la embajada y uno de sus innumerables automóviles. Si algo les sobraba a los italianos eran vehículos.
Davide me introdujo en el automóvil y me arropó con un chal como si fuese una inválida. Luego se volvió con su gente a arreglar los trámites para que su auto llegase al Hotel Aviz. Era de maravillarse verle dar órdenes, y hablar en tono de mando en dos idiomas. Yo entendía el portugués porque se parecía al gallego, pero no lo dominaba como él que hablaba todas las lenguas. Finalmente, se sentó a mi lado en el coche y dio la orden de llevarnos al hotel.
No me preguntes, Lectora, como era el Aviz que para cuando llegué ya estaba al borde de los ronquidos. Mi esposo volvió a cargarme sin cortedad por pasillos, escaleras y elevadores. Otros, habría que llamarle su sequito, se ocuparon de pedir cuartos y llaves. Aunque tuve la impresión de que ya las reservas estaban hechas.
No te puedo describir lo que es sentirse cargada por el lobisomen más hermoso del planeta por pasillos y escaleras que olían a lavanda y saber que a él no le apocaba que le vieran con su mujer en brazos. Davide tenía mayor temor en disgustar al Altísimo que en romper reglas sociales, y para bien o para mal, jamás pasaba desapercibido.
Ay, Lectora, mi vida con él era una novela de Vicky Baum, todo era elegante y refinado.

Hotel Aviz (foto de restosdecoleccao.blogspot.com)


Me desperté con la luz del sol entrando a raudales por una ventana. En algún momento Davide se las arregló para depositarme en la cama y despojarme de mi bolero, y mis zapatos. Un poco avergonzada, tanteé mi pierna con mi pie y vi que tuvo la delicadeza de no quitarme las medias ni el vestido.
Estaba volteándome cuando mi hombro chocó con algo afilado como el borde de un hacha. Lancé un grito y salté de la cama. En un costado de ella estaba mi marido, semi vestido, o sea sin americana, ni zapatos, ni corbata, y en el medio como un muro divisorio, yacía una larga espada desenvainada.
― ¿Qué es eso?― pregunté horrorizada señalando el objeto ofensivo.
Mi marido abrió los ojos y parpadeó unos segundos hasta acostumbrarse a la luz.
―Es mi espada―me dijo como si fuera algo obvio. ―Es parte de mi uniforme. La llevó siempre cuando viajo.
O sea, aparte de la armería de bandolero que cargaba, también era espadachín. Esto no estaba en Vicky Baum. Esto era Emilio Salgari puro.
― ¿Me quieres decir que hace tu espada en medio de mi cama? Casi me filetea el hombro.
Me lo sobé y me acerqué al espejo de la cómoda para ver si estaba herida. En el vidrio vi el rostro contrito de Davide.
―Es que…― Por primera vez al Dr. Ascarelli le faltaban las palabras―. La puse ahí…porque...Es para evitar la tentación.
De pronto comprendí. Mi marido, como los caballeros del Rey Arturo, tendía su espada entre ambos para proteger mi pureza.
―Davide― le hablé muy suavemente acercándome de a poco a la cama. Quizás  estaba loco. Eso explicaría muchas cosas ―.Mi amor, ¿de qué tentación hablas?  Estamos casados.
Me miró con infinita ternura y un poco de lástima.
―No, Violante, no lo estamos.
Estupefacta, le vi alzarse, coger su espada y adosarla a la mesita de noche. Luego vino hacia mí y tomándome de la mano me llevó hasta el lecho. Me hizo sentar y él se arrodilló ante mí, de manera que nuestros ojos se encontrasen.
―Tú y yo vamos a tener que hablar― dijo en ese tono severo y jocoso con el que se dirigen los adultos a los niños.―Tesoro mío, ayer nos casamos por el civil. Una boda necesaria para emanciparte. De la cual no me arrepiento, porque mi vida daría por hacerte feliz.
No había un destello de mentira en sus negros ojos y mi corazón se encogió de ternura.
―Pero casarse es más que eso. Casarse es un compromiso que contraen ambos, el hombre y la mujer.
Creí comprender y bajé los ojos.
 ―Tú dices que no estamos casados ante Dios. Quieres que tengamos una boda según los ritos de tu religión.
Me asió de las manos.
 ―Compromiso es más que firmar papeles y seguir rituales. Compromiso es decidir que se va a vivir de una manera y yo quiero que vivas como yo. Quiero que en la casa donde formemos una familia, las cosas se hagan a mi modo, al modo en que fui criado.
Recordé las advertencias de Delarah sobre ser de mundos diferentes.
―Pero yo quiero vivir a tu modo, Davide ― En mi desesperado amor por él ni me daba cuenta de lo que decía ―.Enséñame a hacer las cosas como quieres que las haga tu mujer, la madre de tus hijos.
Davide me abrazo muy fuerte.
Bimba mia―exclamó para luego soltar un chorro de ternezas en italiano que terminaron por hacerme llorar.
―Violante, no prometas con tanta ligereza. Vivir como yo es muy difícil a menos que se haya nacido así. Es como si te pidiera que viviéramos en una madriguera en el bosque.
―Pídemelo―dije―. Sólo pide por esa boca. 
Intenté besarlo, pero él me apartó con gentil firmeza.
―Lo primero que has de saber es que mi mujer debe seguir las leyes de Niddah.
Nunca oyera yo esa palabra antes.  Un poco avergonzado por tratar un tema tan espinoso, mi marido me explicó que debido a mis reglas yo le estaba vedada sexualmente.
―Vosotras las mujeres, por vuestras fisiologías, sois más dependientes de vuestros cuerpos que nosotros. Tras cada regla, o pérdida de sangre uterina, una mujer casada debe someterse a un ritual para volverse Taherah, o sea poder reasumir su vida marital. Ese ritual es un baño de purificación.
―Pues si sólo es eso― me reí―.Ahí está el baño, me meto en la tina y ya.
Davide se echo a reír lo que me amoscó un tanto.
―Criatura, es un baño ritual. Se llama Mikvah y tiene que estar confeccionado con agua de lluvia o vertiente.
― ¿Y no hay uno en Lisboa?
―No sé. Hay una sinagoga.― se detuvo y se dio un palmazo en la frente ― ¡Violante, basta! No es cuestión de un baño. Antes de meternos en esos berenjenales, tenemos que estar seguros de que somos el uno para el otro. Si no, estaría siendo injusto contigo y aprovechándome de…
Se quedó buscando en una palabra que no llegó a pronunciar porque un duende impulsivo salió de mi boca en la forma de un exabrupto.
―Todo lo que dices son paparruchadas. Lo que pasa es que soy fea y no te gusto.
 Se puso de pie, con cara de enojo. Pues que pena, porque ya éramos dos los enfadados.
― Si supieras la tamaña barbaridad que acabas de decir. Si por algo puse mi espada entre ambos es porque me siento incapaz de no tocarte. Si sólo supieras lo mucho que te deseo.
Cerré los ojos esperando que me demostrase su deseo, pero esperé en vano. Cuando los abrí, mi marido hurgaba en sus maletas.
―Si quieres hacer un berrinche, estás en tu derecho. ― Sacó varias prendas que fue tirando sobre la cama, seguidas por útiles de aseo―. Lo que es yo, voy a bañarme.
―Yo también quiero bañarme.
―Pues conmigo no lo harás. Y yo tengo prioridad, porque en una hora vienen a buscarme de la embajada.
Cargado de chismes, se marchó dejándome con la boca abierta. Finalmente, me puse a hurgar yo en mi maleta y a sacar mis enseres y una muda de ropa.

Davide salió media hora más tarde, vestido con pantalones color beige y una camisa de seda. Iba descalzo y con el cabello húmedo.
―Ahí está el baño― me indicó la puerta.
Me abalancé hacia el cuarto de lavado, cerrando la puerta y pasando el picaporte tras de mí.
Noté con satisfacción que mi marido era de hábitos ordenados. Las toallas no estaban tiradas en un rincón, sino dobladas y en un banquito, y no vi salpicaduras de agua el suelo. Incluso enjuagó la tina. Al menos, era considerado.
Encontré toallas limpias y una pastilla de jabón de Marsella nueva. Había en todo del lugar un fuerte aroma a colonia.  Comencé a llenar la tina de agua caliente. Me desnudé y me metí en ella. El contacto con el agua tibia me quitó el mal humor. Me zambullí varias veces   y me enjaboné entera hasta el cabello. Cuando me enjuagaba, recordé lo del baño ritual. Al parecer no era para limpiarse sino para purificarse. ¿Era yo impura entonces?
Tras secarme, me envolví en la toalla y lavé mis medias y bragas con el mismo jabón. Un hábito que me inculcaran en el convento. Me daba vergüenza colgar mis prendas íntimas a secar, pero qué se le iba a hacer. No podía guardarlas mojadas. Me puse lingerie nueva y encima me coloque un vestido verde de lino.  Decidí dispensar de las medias. Hacía bastante calor.
Los zapatos seguían en mi maleta.  Así que descalza volví al cuarto. Debía caminar muy quedito o Davide estaba demasiado inmerso en lo que hacía, porque no notó mi presencia. Estaba vestido, hasta con zapatos y corbata, pero la americana que era parte de su traje colgaba del respaldo de una silla.
La del día anterior estaba desplegada sobre la cama como una pieza de caza y justamente Davide se ocupaba en destriparla con el escápelo. Noté que las vainitas de cuero estaban vacías. ¿El resto de los cuchillos ya estarían en su nueva chaqueta? ¿Todos sus trajes traerían esos aparejos para su colección de puñales?
Davide terminó de cortar el forro de seda del cual extrajo sobres, papeles y rollos de filme tan finos que ni yo al palpar la prenda, los notara. De novela de Emilio Salgari pasábamos ahora a Joseph Conrad.
― ¿Eres espía?―Pregunté con voz helada.
Alzó la cabeza sin sobresalto alguno.
―Soy militar y entre nosotros no usamos esa palabra tan tosca. Le llamamos “inteligencia”.  A todos los militares les interesa lo que hacen los militares en otros países―.
― ¿Entonces viniste a “inteligenciar”, a España?―pregunté en un tono que quería sonar moralista.
―A España y a Gibraltar.
No vi ni una pizca de arrepentimiento o vergüenza en su rostro. Para él todo era muy normal.
Metió los papeles y los rollos dentro del sobre que trajera desde Vila Martin. Sólo quedaron sobre la cama un sobre doblado y un pequeño rollo. Mi esposo tomó otro par de zapatos de su valija. Con un rápido movimiento, abrió el taco de uno, dejando ver un compartimiento secreto en el que escondió el filme.
― ¿Qué es eso?― pregunté.
Levantó el sobre.
―Cosas que hay que entregar en la mano de su destinatario. ¿Ves esta carta? La manda un inglés muy importante y es para El Duce. Los ingleses son gente muy práctica y no es bueno perder su amistad.
Metió el sobre en el compartimiento del otro zapato y luego zambulló el par en   su maleta.
―No confías en mi para hacerme tu mujer, pero me revelas algo tan secreto― dije estupefacta― ¿No temes que te delate?
― ¿A quién? Además no lo harías.
―Qué seguro estás.
―Es que sería muy feo. Acusar a tu marido, a tu primo. Somos parientes. ¿Qué no hay sentido de familia en España?
Su lógica era extraordinariamente cínica aunque él sonaba muy sincero.
Miró su reloj.
―Ya habrán mandado el coche de la embajada.
Se dirigió hacia la puerta.
― ¿Vas a dejarme sola aquí? ¿No temes que revise tus cosas y me entere de más secretos?
―Haz lo que quieras― Me besó en la frente ―.Aunque mi consejo seria que te desayunaras y arreglaras tu equipaje. En cuanto regrese, nos vamos a Oporto.
Se marchó dejándome muy incómoda. No registré sus valijas. Si las dejaba abiertas es que no había nada importante en ellas. En cuanto a la carta del inglés me tenía sin cuidado. La política me era tediosa. Pero un pensamiento me calentaba el cerebro. ¿Este viaje por Portugal era casual o Davide lo utilizó para cubrir sus actividades de inteligencia?


8 comentarios:

  1. Pero qué valiente es esta Violante, Male! Yo hubiese estado completamente aterrada, casada de un día para el otro con un perfecto desconocido, por más lobizón y primo que fuera, jeje! Tengo una pesadilla recurrente en la cual estoy casada con un hombre que no conozco... pero que la mayoría de las veces es muy buen mozo, jo. Ya que vamos a malgastar el inconsciente soñando tonterías, hay que hacerlo bien.
    En cuanto a Davide, madre mía, qué personaje. Me recuerda a una mezcla de montones de personas. En la erudición, en eso de ser una especie de enciclopedia andante de detalles históricos se parece al Santo... en lo de poner la espada en medio del lecho matrimonial... otra vez, mi madre... seguimos con la reminiscencia artúrica. Oye, que ese detalle me encantó... ;)

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    1. Interesante lo que dices, porque un lector acusó a Violante de ser “pasiva”. Por un lado esta su crianza independiente que la hace ser impulsiva, por otro es que es mi fantasía personal. A la edad de Violante yo estaba tan atrapada como ella y soñaba con que apareciera un Davide para rescatarme. Y apareció, pero ya estaba casado .
      Lo de la espada en la cama lo he encontrado hasta en Las Mil y una Noches. Me pregunto de donde habrá nacido.

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    2. Pasiva? Se me ocurre cualquier otro adjetivo antes que ese...! Me parece, más bien, que sabe cuándo dejarse orientar y cuándo le toca tomar la iniciativa a ella, algo que demuestra una gran madurez. A muchas nos lleva años descubrirlo, más ahora con todo el rollo de cierto feminismo "mal entendido" que sostiene que dejar que el hombre tome la iniciativa a veces, es lo mismo que ser sumisa... Yo a eso lo llamo inteligencia...

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    3. Lo que hice fue ponerle buenos guías. Yo creo mucho en la influencia positiva de adultos que con sus enseñanzas y ejemplo pueden encaminar bien a un niño y hacer de el un buen adulto. El problema y lo sabes como docente, es que el salón de clases a veces no es muy optimo para permitirnos realmente educar a nadie.

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    4. Absolutamente de acuerdo: no se puede hacer gran cosa cuando uno ve a un grupo de 35 jóvenes unas escasas tres o cuatro horas a la semana, con suerte...
      Catuxa y don Andrés han sido excelentes maestros, cada uno a su manera... así también la hermana Julian...

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    5. Lo de Sister Julian puede parecer un poco sacrílego, pero cuando estaba escribiendo la novela vi un especial de TVE sobre monjas, y una de las entrevistadas, una señora ya de la tercera edad pero muy cuerda hablo de que el término “esposa de Cristo” era real que ella, tenía una relación conyugal con su divino esposo. Al comienzo yo me preguntaba “¿y qué fumó ésta?” pero escuchándola tan coherente, me convenció. Sera porque no soy cristiana y tengo una percepción respetuosa pero no de adoración de Jesús, no sé, pero me impresionó tanto que la incluí.

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    6. Las religiosas de la Edad Media sí que se lo tomaban de esa forma, no hay manera que se vea como sacrilegio, entonces... La fe es algo tan personal, tan particular... la religión organizada es otra cosa, pero la manera en que un individuo la siente, eso es harina de otro costal... ¿qué autoridad puede meterse en la relación entre una criatura y su Creador?

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    7. Es por eso que los místicos de todas las religiones tienen siempre una manera muy personal de enfocar la fe, y es por eso que las religiones organizadas siempre comienzan tildandolos de herejes.
      Mm, tengo curiosidad por saber hasta donde has leído y que te esta pareciendo el resto de la novela.

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