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| foto de (briderose.org) |
A pesar
del susto pasado, esa noche dormí tranquila. Ninguna pesadilla perturbó mi
sueño y me levanté casi al alba, más fresca que una lechuga.
El
traje de organdí llegó a tiempo. Enfundada en él, con una guirnalda de violetas
que Marie puso en mi cabello, me dirigí en compañía de mi madrina al
Ayuntamiento. Fue en la puerta donde me encontré a mi primo acompañado de Don Curro
que sería su testigo.
Hacía
tres días que no veía a Davide y verle ahora me recordó lo mucho que le
extrañaba. Sin decir una palabra, me pasó un bouquet de rosas blancas. Nuestra
boda fue breve. Cuestión de firmar libros y de aguantarnos un discurso del
juez. Cuando salimos, iba yo del brazo de mi marido.
Aunque
aceptamos un brindis en casa de mi madrina, y a pesar de la insistencia de la Duquesa , ni Davide ni yo
quisimos pasar la noche en Málaga. Asuntos urgentes exigían nuestra presencia
en Galicia y cuanto más pronto nos marchásemos, mejor.
Alcancé
nada más a quitarme mi vestido de bodas y a cambiarme en una túnica blanca sin
espalda ni mangas, parte del ajuar que la Duquesa me comprara en Madrid. Lo
cubrí con un bolero de lino color gris que se cerraba al frente con un gran
moño a lunares rojo y negro. Una cinta del mismo material ribeteaba mi
sombrero.
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| (Foto de Revista Familia, enero de 1936) |
Al
mirarme al espejo me impresioné. No que me viese guapa, pero sí parecía mujer
casada y respetable.
Davide
quiso que viajásemos por carretera en su Hispano-Suiza.
―Tu tía
puede mandar gente a esperarnos en las estaciones. Esto nos dará más libertad
de movimiento.
Sus
palabras me sonaron cuerdas, aunque creo que si me dijera que era mejor que
camináramos hasta Galicia, y en cueros, le haría caso. Así de colada andaba yo
por aquel entonces.
Fuimos
a Sevilla a recoger el equipaje de Davide e inmediatamente emprendimos viaje,
pero no hacia arriba en la Península como yo esperara sino de nuevo al Sur,
hacia el mar.
― ¿Y no
íbamos a tomar la Vía
de La Plata ?―
pregunté.
―Creo
que es peligroso ir por Extremadura. Mejor perderle la pista a tu tía e ir por
Portugal.
Casi
brinqué del asiento.
―Pero
si no tengo pasaporte.
―No te
preocupes. Con el certificado de matrimonio ya nos arreglaremos.
Se veía
tan despreocupado que me tranquilicé. Davide siempre parecía saber lo que hacía
y el que no me consultase todavía no me sonaba a una falta grave.
Pasamos por la Cuesta del Caracol y nos
internamos en el Aljarafe. No se veían muchos coches. A lo más una que otra bicicleta.
Había perros, muchos y sonoros, parecían no tener amo. A sus ladridos mi esposo
les respondía con miradas de reproche que los silenciaba. Me di cuenta que
podía comunicarse telepáticamente con los canes y de esa manera evitara los
ladridos de los mastines del cortijo.
Durante
todo el trayecto, Davide me habló de cosas impersonales. Me dio una lección
histórica sobre los fenicios, tartesios, romanos, moros y todos los que
tuvieron la mala pata de circular por esas muy leales y nobles tierras.
Antes
de su tercera década de vida, el Dr. Ascarelli era ya un sabio humanista, de
los del siglo pasado, experto en ciencias y otras disciplinas. No me aburría,
pero deseaba que pasara a temas más íntimos como él, su pasado, o nosotros.
Noté que cada vez que la conversación se acercaba a un terreno más personal la
desviaba ágilmente.
Por ahí
nos cruzó una piara de cerdos que me recordó a la del Marqués.
―No
comes cerdo como los moros. ¿Ni siquiera cuando eres lobo?
―En
general, soy semi vegetariano, pero cuando soy lobo puedo comer de todo,
incluso animales impuros como el cerdo o prohibidos como el caballo. Hasta una
vez, de niño, pesqué un pulpo en el Adriático―.
Se detuvo y me di cuenta que pisábamos ese terreno prohibido y que para
mi seguiría siendo ignoto, su pasado, su infancia. ¿Por qué no quería recordarlo?
―Entiendo
que no puedas comer cerdo, ¿pero por qué no pruebas carne de vaca o ternera?
―Porque
contienen sangre.
Mi
pregunta precipitó otra larga lección sobre las reglas del Kashruth, sobre la prohibición de consumir sangre, sobre los
rituales para sacrificar al ganado y a las aves y prepararlas para consumo
humano y sobre partes del animal que no pueden comerse. Comencé a aburrirme. Además me entró un
hambre de escalofrío. Por suerte, Davide decidió detenerse en una fonda de Sanlúcar.
No fue
mucho lo que nos dieron en la fonda. Yo me moría por una chuleta, y sí las
había en el menú, pero me pareció poco cortés atiborrarme cuando mi marido sólo
podía consumir gazpacho y ensalada.
La comida
rebozaba aceite de oliva, el gazpacho estaba salado y las sardinas de lata
tenían sabor a viejo. A Davide parecía no importarle. Comía con gran apetito,
pero como lobo. Para él la comida era un medio de supervivencia, no de placer.
Terminada la cena, y sin esperar el postre, mi marido se levantó y con voz de
amo me ordenó que siguiéramos nuestro camino. Apenas tuve tiempo de pedirle a
la dueña de la fonda que me envolviese un poco de fruta y ya nos pusimos en
marcha.
El
humor me estaba fallando. Me aburría el paisaje, el polvo del camino se me metía
por los ojos. Tuve que sacar una
pañoleta de mi bolso y amarrarla alrededor de mi pamela como las damas antiguas
hacían para aguantar esos primeros y polvorientos viajes en automóvil.
A mi
marido el viaje no le afectaba. Protegía su cabeza con un Borsalino que hacía
juego con su traje de lino crudo y sus ojos con grandes gafas de sol que le envidié
Para
colmo, mi estómago seguía sintiéndose vacío.
―
¿Davide, comiste carne humana alguna vez?
Se río:
―No, monada, si lo hubiera hecho no estaría
aquí. Me hubiera quedado en forma de lobo.
Eso era
algo que aprendiera con Don Andrés. Ciertos lobisomen
tenían prohibido, so pena de perder su humanidad, comer gente. Otros, en
cambio, no tenían ese reparo.
― ¿Cómo
es que te conviertes en lobo y se deshace tu ropa contigo?
―Muy
simple. La luz de la luna llena desintegra los átomos que componen mi cuerpo y
ropa. Cuando eso sucede, mi alma transmigra al cuerpo de un lobo. Al amanecer,
los átomos se reúnen y lo que es mi parte física reaparece. Ahí mi alma regresa
al cuerpo.
― ¿Y el
lobo?
― Es una
criatura astral que vuelve a otro plano paralelo al nuestro.
― ¿Por
qué te conviertes en lobo?― vi su mandíbula endurecerse, pero mi curiosidad era
más grande que mi miedo a molestarlo ―. Digo, lo de Don Andrés es por ser
séptimo hijo varón. Pero hay otras causas para la licantropía. ¿Cuál es la
tuya?
―No hay
cosa de la que no hayan acusado a los judíos. Para muchos somos monstruos
peores que los hombres-lobos. ¿Por qué entonces yo no debía ser una fiera con
piel de hombre? ¿No dices que en tu tierra al lobo se le apoda “el Otro”? Pues
en Europa los judíos siempre seremos los otros, los innombrables, la suma de
todos los miedos de la gente mediocre. ―Hablaba si mirarme con voz sorda y los
ojos fijos en la carretera.
No era
una respuesta. Más bien sus palabras elevaban otras inquietudes. Me sentí llena
de miedo ante la amarga ira que destilaba como hiel por su boca. Y luego, me
sentí avergonzada no sé exactamente de qué. Quizás de los prejuicios absurdos
de gente que aglomera a razas y credos bajo un mismo letrero negativo.
Finalmente,
sentí una gran desazón al presentir que algún día, yo también seria “la Otra” y
descubriría lo que experimenta el lobo cuando hombres armados le persiguen para
darle muerte sin él ameritarlo.
Fue en
el camino a Huelva, que de repente el calor también venció a mi marido. Detuvo
el coche y se quitó la americana dejándola caer en el suelo del automóvil.
Desabotonó los gemelos de sus puños y me los entregó para que los guardase en
mi bolso.
Antes
de poner en marcha el coche, se enrolló las mangas hasta los codos exponiendo
sus brazos fuertes cubiertos de vello castaño.
Me
embelesé mirando su piel y se desvaneció mi desosiego. Me invadió una rara
ternura por mi marido. ¿Qué importaba que no se abriese a mí? Ya habría tiempo
para que con mimos, me ganase su confianza y supiese el secreto de su pasado.
Mis
ojos cayeron sobre su americana en el suelo, y me agaché a recogerla. Mi brazo
se dobló por el peso. Era como si llevase un lingote en el bolsillo.
Abrí la
prenda y mis ojos casi saltaron de las orbitas. En el interior, en la parte
donde los hombres suelen llevar bolígrafos, había una colección de cuchillos.
Uno largo y grueso como los de cocina y una navaja cerrada con mango de concha de
almeja. A su lado, vi una especie de gubia como la que usaban los carpinteros y
finalmente un escalpelo. Recordé lo que Delarah contara sobre Davide, que
siempre iba armado, pero ni José María “El Tempranillo” cargó nunca tamaño
arsenal.
Como
oliendo mi temor, él volteó hacia mí y me vio con sus armas en la mano.
― ¿Te
sorprende?― preguntó con un tono demasiado ligero para ser sincero. ―Soy
cirujano. A veces, no puedo cargar todos los instrumentos en mi maletín.
Ni un
paleto le creía ese cuento. Menudo cirujano, de los que destripan y degüellan.
Por esa falsa razón de los enamorados que todo lo tiñe de rosa, me calmé. Poco
me importaba que mi marido fuese un bandolero-cirujano mientras la sangría no
me la abriera a mí.
Revisé el
cesto de frutas. Encontré naranjas, ciruelas y envueltos en un grueso paño para
que no traspasasen las espinas, había un par de higos chumbos.
―Detén
el coche― ordené a mi marido mientras extraía la navaja de su americana.
―Para
qué― me pregunto sorprendido, aunque detuvo el automóvil.
―Pues
para comer el postre. Me sacaste de un ala de la fonda y tengo hambre―le
respondí de mal modo mientras comenzaba a hacer cortes verticales en la piel de
la fruta.
Levantó
las cejas, pero no me reprendió.
― ¿Qué
son esas?― se limitó a preguntar.
―Higos
chumbos. Son muy ricos. Te apuesto a que no los probaste nunca― Extraje de la
piel la fruta violácea, sembrada de pepitas, y la acerqué a sus labios.
―Te equivocas―
me dijo tras comerse el pedazo de tuna ―.En Sicilia hacen un licor con ellos.
Con
Davide todo era lección. Comencé a abrir la otra fruta.
―Quita,
que lo hago yo. Esa navaja está muy afilada― Me sacó de las manos navaja, fruta
y servilletas y comenzó a partir la piel como lo hiciera yo, sólo que sus
incisiones eran más rápidas, profundas y precisas. A lo mejor era realmente
cirujano, parecía tener práctica. A menos que así despellejase a sus enemigos.
Un
rugido de dolor—hombres como mi esposo no lanzan ayes—interrumpió mis
pensamientos. El muy bobo acababa de espinarse con una de las púas que quedara
enredada en la servilleta.
― ¿No
tendrás una pinza entre tanta armas blancas?― Revisé sus bolsillos, pero antes
de encontrar nada, ya mi lobo se arrancaba la espina con sus dientes. Ahí noté
que sus incisivos eran más afilados que su navaja, y sus colmillos eran casi
tan atemorizadores como los de Su Alteza, Maimuna. Anda a ver si les daba de dentelladas
a sus contrincantes antes de abrirles la panza.
Davide,
ajeno a mis consideraciones, escupió la espina al camino y se observó el dedo
donde una mínima gota de sangre indicaba el lugar clavado por la espina. Fue un
impulso más fuerte que mí y que todavía no entiendo, pero me abalancé sobre su
mano y metiéndome el dedo en a boca chupé la sangre y lamí su herida.
Su
mirada de sorpresa cambió a otra que todavía yo no podía descifrar. Con mi
misma impulsividad, aplastó su boca contra la mía, sorbiéndome aire y vida en
un instante. Sentí dentro de mi boca una
mezcla de sabores, su sangre y su saliva que sabía a higo chumbo.
Sus dientes
chocaron con los míos y sus gafas de sol resbalaron sobre mi cara. Las aparté sin interrumpir ese beso violento.
Sus manos recorrieron mi cuerpo con fiereza casi haciéndome doler sino fuera
porque el placer cohibía cualquier dolor.
Sólo
cuando sus dedos comenzaron a luchar con el lazo de mi bolero caí en cuenta que
iba a hacerme mujer a la vera de un camino y a pleno sol. Afloró en mí un pudor
de virgen.
―No, mi
vida― dije empujándole suavemente ―no aquí.
Se
detuvo, reflexionó un segundo y se puso los lentes de lo más tranquilo. Era
increíble como funcionaba su auto-control. Yo, en cambio, estaba exhausta como
una marioneta a la que le quitaron los hilos y dentro de mí ardía un fuego que
no sabía como apagarse.
Mi
marido se observó el dedo.
―Lo que
has hecho es muy erótico, pero poco higiénico. ¿Sabes cuántos gérmenes habitan
en la boca humana?
―Entonces
nadie debería besarse―dije irritada, no sé si por la insensatez de sus palabras
o por verle tan sereno mientras yo era brasa viva.
―Un
buen punto en contra del beso―. Respondió impasible todavía examinándose el
dedo―. Qué curioso, no veo la marca.
―Pero
si apenas fue una heridita, ― gruñí indignada―. Cómo sois los machos. Cargáis
navaja, os vais a la guerra, pero una espinita os tira al suelo como críos. A
ver si os tocara parir como a nosotras.
― ¡Jasbah Jalilah!― exclamó alarmado mi
primo.
Por
primera vez escuché de su boca esa expresión hebrea que equivale a un “No lo
permita Dios”.
Davide
puso en marcha el automóvil y volvimos a la carretera.
―Más
curioso― dijo después de un rato―. Ya no me duele el dedo. Es como si nunca me
hubiera clavado nada.
― Anda
a ver si mi saliva tiene anestesia como la de las sanguijuelas―dije con sorna.
―Al
menos besas como una.
Se echó
a reír hasta que se encontró con mi mirada de reproche.
― ¡Qué es un cumplido mujer!
―Pues
que cumplido tan zafio―contesté irritada―. ¡Vaya que pesado me salió el marido!
―Y que
rezongona me salió la mujercita.
A pesar
mío me eché a reír. Viéndome más calmada, Davide puso su brazo alrededor mío, y
con el vaivén del coche me fui durmiendo.
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| Ruinas del Castillo de Ayamonte (foto de es.wikipedia.org) |
Cuando desperté,
estábamos en Ayamonte, en la frontera portuguesa. Tenía una vaga idea de que
debíamos pasar en barco el Guadiana, pero Davide parecía tener otra dirección
en mente. Siguió el río hasta su desembocadura y se detuvo en unas ruinas que
luego sabría eran el Castillo de Ayamonte, destruido por ese mismo y fatídico terremoto
que arrasara Lisboa en el Siglo XVIII.
― ¿Y
ahora qué? ― pregunté aprehensiva.
―Ahora
a esperar― dijo tranquilo.
Me
pidió los gemelos y volvió a colocárselos. Se bajó del coche, se puso la
americana, el sombrero y sacando la pitillera encendió un cigarrillo. Su ropa
estaba arrugada por el viaje, todas las arrugas que permite un buen casimir inglés,
pero en mi marido no vi señales de cansancio o de desaliño. Yo no podía decir
otro tanto. Me arrastré como lagartija fuera del Hispano-Suiza y como pude
traté de enderezarme el sombrero.
En ese
momento, un inmenso Mercedes apareció de la nada y se detuvo cerca de nosotros.
Se apearon del vehículo dos hombres. Uno bajito, de edad mediana, bigote y traje
a rayas. El otro, más joven y más alto, también era de bigotito.
Con
paso marcial, el par de bigotes se nos acercó. Mi marido les observó en
silencio y cuando estaban a unos pasos, lanzó el cigarrillo al suelo y lo pisó
para apagarlo. Como impulsados por un resorte invisible, los extraños
levantaron la mano en un saludo fascista, al cual Davide respondió de igual
manera. Fue la primera vez que vi a mi esposo levantar la zarpa en esa guisa.
Conversaron
un momento en italiano. Mi conocimiento de esa lengua era el de las operas de Naiciña, pero deduje que se presentaban.
Curiosamente, no usaban el lei sino
que se tuteaban a pesar de conocerse recién.
Más tarde me enteré que El Partido prohibía el trato ceremonial, puesto
que todos eran “camaradas”.
El
hombre pequeño―tenía un apellido compuesto, y a pesar de la camaradería,
ostentaba el titulo de Comendattore―venía
de la embajada italiana en Lisboa. El alto se llamaba Del Vecchio y era vice-cónsul
o algo así en Faro. Davide me presentó como La
mia moglie y ellos muy corteses me
llamaron Donna Violante. Por primera
vez, me trataban como lo que era, una mujer casada y parte del entorno al que
pertenecía mi esposo.
Los
italianos venían armados de legajos de papeles que nos permitieron embarcar,
Hispano-Suiza y todo, en una barcaza que nos llevó a tierras lusitanas.
Fuimos
a casa de Del Vecchio en Vila Real, una propiedad consular pequeña donde por
fin pude ir al baño, y lavarme cara y manos. El resto del cuerpo tendría que
esperar, aunque sentía el palmito sudoroso y empolvado no precisamente con
talco.
Cuando
bajé, una criada servía café y una bandeja de dulces portugueses que Davide no
tocó, quizás temeroso de que los hicieran con grasa porcina. Los hombres
siguieron sus conversaciones de mayores en un idioma que no entendía porque
estaba plagado de tecnicismos arcanos para mí. Me entretuve en comerme los dulces
que sabían a anís y canela.
Finalmente,
Il Comendattore entregó a Davide un
sobre de Manila para la embajada italiana en Lisboa y se despidió de nosotros.
Del Vecchio se encargó de llevarnos a Faro a la estación de tren. Otro largo
viaje, siguiendo el Mercedes y luego viendo todos los trámites necesarios para
embarcarnos a nosotros y al Hispano-Suiza en un tren rumbo a Lisboa. Según me
explicó mi marido, el viaje era de diez horas y llegaríamos de madrugada. Aun
así, Davide no quiso pedir un coche dormitorio.
―Corremos
menos riesgo de quedarnos dormidos y no perdemos tempo― me explicó.
Dijera
misa. Yo apenas me encontré en la cabina privada, me quité los zapatos, lance
el sombrero en el asiento de enfrente y me enrosqué como un gato, quedándome
dormida inmediatamente. Todo un día yendo de la Ceca a La Meca, traqueteando
por caminos olvidados de Dios, ya me merecía un descanso.
Cuando
desperté unas horas más adelante, vi que alguien me cubriera con una manta de
viaje y que a mi lado, semi tapado con su americana y con sus largas piernas
estiradas por sobre el asiento de enfrente, dormía mi marido.
El se
despertó a la hora de la cena. Por fin, en el vagón-restaurant pude comer como
gente. Davide encontró un filete de atún asado en el menú que no ofendía su
sensibilidad judía y yo, olvidándome de mis deberes conyugales, ordené un caldo
de mariscos que me trajeron en una especie de marmita y que despaché en un dos
por tres.
―Tú
tienes hambre atrasada ― se admiraba mi marido.
― ¿Y tú
no?―pregunté mientras me metía un cacho de pan a la boca―.Hijo, si no comemos
decente desde ayer. Porque yo no sé tú, pero hoy no me desayuné por los nervios.
―Puedo
pasarme hasta doce días sin comer―alardeó.
―Eso es
como lobo― Bebí un poco de vino blanco para bañar el pan―.Pero como humano
deberías tener hambre. Un hombre tan grande como tú tiene que alimentarse.
El
lanzó una mirada su alrededor como temeroso de que escuchasen mis palabras.
Pero
todos estaban enfrascados en sus cenas o en sus charlas.
―Ahora
que estamos casados, voy a cocinarte y ya después de eso no te la vas a poder
pasar sin mis guisos― le dije.
― ¿Sabes
guisar?― El camarero le trajo su whisky.
―Y muy
bien.
Tomó un
sorbo y yo tomé nota de cómo lo bebía, con mucho hielo y diluido con soda. Era
bueno saber que no abusaba del alcohol.
―Estás
llena de secretos.
―Pues
ya los irás averiguando, tal como yo me iré enterando de los tuyos.
Me miró
de nuevo con esa mirada rara, medio guasona y medio…no sé. Era una mirada que
me hacía enrojecer y sentir que estaba desnuda. Tal vez, así debían mirar todos
los esposos a sus mujeres.
En
cuanto a secretos, Davide tenía más de uno y más gordos que saber cocinar. Ningún
simple médico, aún un oficial del Regio Esercito,
era recibido por miembros del cuerpo diplomático sólo para cruzar una frontera.
En eso estaba pensando, ya de regreso en mi cabina, cuando el sueño me atrapó.
Desperté
con una bombilla eléctrica en mi cara y un marido sacudiéndome.
―Ya
estamos aquí, Violante, es hora de bajarnos.
Yo no
quería ni subir ni bajar, pero me puse de pie y comencé a trastabillar por el
pasadizo, sujetándome de los muros como si estuviera en medio de un terremoto.
Tenía las piernas tan entumecidas que mi marido tuvo que bajarme en brazos.
Cuando el portero me trajo la pamela que dejara en la cabina, mis dientes
castañeteaban de frío y casi no pude agradecerle.
La estación
estaba oscura y helada, a pesar de ser mayo. Nos esperaban nuevamente gente de
la embajada y uno de sus innumerables automóviles. Si algo les sobraba a los
italianos eran vehículos.
Davide
me introdujo en el automóvil y me arropó con un chal como si fuese una inválida.
Luego se volvió con su gente a arreglar los trámites para que su auto llegase
al Hotel Aviz. Era de maravillarse verle dar órdenes, y hablar en tono de mando
en dos idiomas. Yo entendía el portugués porque se parecía al gallego, pero no
lo dominaba como él que hablaba todas las lenguas. Finalmente, se sentó a mi
lado en el coche y dio la orden de llevarnos al hotel.
No me
preguntes, Lectora, como era el Aviz que para cuando llegué ya estaba al borde
de los ronquidos. Mi esposo volvió a cargarme sin cortedad por pasillos,
escaleras y elevadores. Otros, habría que llamarle su sequito, se ocuparon de
pedir cuartos y llaves. Aunque tuve la impresión de que ya las reservas estaban
hechas.
No te
puedo describir lo que es sentirse cargada por el lobisomen más hermoso del planeta por pasillos y escaleras que
olían a lavanda y saber que a él no le apocaba que le vieran con su mujer en
brazos. Davide tenía mayor temor en disgustar al Altísimo que en romper reglas
sociales, y para bien o para mal, jamás pasaba desapercibido.
Ay,
Lectora, mi vida con él era una novela de Vicky Baum, todo era elegante y refinado.
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| Hotel Aviz (foto de restosdecoleccao.blogspot.com) |
Me desperté
con la luz del sol entrando a raudales por una ventana. En algún momento Davide
se las arregló para depositarme en la cama y despojarme de mi bolero, y mis
zapatos. Un poco avergonzada, tanteé mi pierna con mi pie y vi que tuvo la
delicadeza de no quitarme las medias ni el vestido.
Estaba volteándome
cuando mi hombro chocó con algo afilado como el borde de un hacha. Lancé un grito
y salté de la cama. En un costado de ella estaba mi marido, semi vestido, o sea
sin americana, ni zapatos, ni corbata, y en el medio como un muro divisorio,
yacía una larga espada desenvainada.
― ¿Qué
es eso?― pregunté horrorizada señalando el objeto ofensivo.
Mi marido
abrió los ojos y parpadeó unos segundos hasta acostumbrarse a la luz.
―Es mi
espada―me dijo como si fuera algo obvio. ―Es parte de mi uniforme. La llevó
siempre cuando viajo.
O sea,
aparte de la armería de bandolero que cargaba, también era espadachín. Esto no
estaba en Vicky Baum. Esto era Emilio Salgari puro.
― ¿Me
quieres decir que hace tu espada en medio de mi cama? Casi me filetea el
hombro.
Me lo
sobé y me acerqué al espejo de la cómoda para ver si estaba herida. En el vidrio
vi el rostro contrito de Davide.
―Es
que…― Por primera vez al Dr. Ascarelli le faltaban las palabras―. La puse
ahí…porque...Es para evitar la tentación.
De
pronto comprendí. Mi marido, como los caballeros del Rey Arturo, tendía su
espada entre ambos para proteger mi pureza.
―Davide―
le hablé muy suavemente acercándome de a poco a la cama. Quizás estaba loco. Eso explicaría muchas cosas ―.Mi
amor, ¿de qué tentación hablas? Estamos
casados.
Me miró
con infinita ternura y un poco de lástima.
―No,
Violante, no lo estamos.
Estupefacta,
le vi alzarse, coger su espada y adosarla a la mesita de noche. Luego vino
hacia mí y tomándome de la mano me llevó hasta el lecho. Me hizo sentar y él se
arrodilló ante mí, de manera que nuestros ojos se encontrasen.
―Tú y
yo vamos a tener que hablar― dijo en ese tono severo y jocoso con el que se
dirigen los adultos a los niños.―Tesoro mío, ayer nos casamos por el civil. Una
boda necesaria para emanciparte. De la cual no me arrepiento, porque mi vida daría
por hacerte feliz.
No había
un destello de mentira en sus negros ojos y mi corazón se encogió de ternura.
―Pero
casarse es más que eso. Casarse es un compromiso que contraen ambos, el hombre
y la mujer.
Creí
comprender y bajé los ojos.
―Tú dices que no estamos casados ante Dios. Quieres
que tengamos una boda según los ritos de tu religión.
Me asió
de las manos.
―Compromiso es más que firmar papeles y seguir
rituales. Compromiso es decidir que se va a vivir de una manera y yo quiero que
vivas como yo. Quiero que en la casa donde formemos una familia, las cosas se
hagan a mi modo, al modo en que fui criado.
Recordé
las advertencias de Delarah sobre ser de mundos diferentes.
―Pero
yo quiero vivir a tu modo, Davide ― En mi desesperado amor por él ni me daba
cuenta de lo que decía ―.Enséñame a hacer las cosas como quieres que las haga
tu mujer, la madre de tus hijos.
Davide
me abrazo muy fuerte.
―Bimba mia―exclamó para luego soltar un
chorro de ternezas en italiano que terminaron por hacerme llorar.
―Violante,
no prometas con tanta ligereza. Vivir como yo es muy difícil a menos que se
haya nacido así. Es como si te pidiera que viviéramos en una madriguera en el
bosque.
―Pídemelo―dije―.
Sólo pide por esa boca.
Intenté
besarlo, pero él me apartó con gentil firmeza.
―Lo
primero que has de saber es que mi mujer debe seguir las leyes de Niddah.
Nunca
oyera yo esa palabra antes. Un poco
avergonzado por tratar un tema tan espinoso, mi marido me explicó que debido a
mis reglas yo le estaba vedada sexualmente.
―Vosotras
las mujeres, por vuestras fisiologías, sois más dependientes de vuestros
cuerpos que nosotros. Tras cada regla, o pérdida de sangre uterina, una mujer casada
debe someterse a un ritual para volverse Taherah,
o sea poder reasumir su vida marital. Ese ritual es un baño de purificación.
―Pues
si sólo es eso― me reí―.Ahí está el baño, me meto en la tina y ya.
Davide
se echo a reír lo que me amoscó un tanto.
―Criatura,
es un baño ritual. Se llama Mikvah y
tiene que estar confeccionado con agua de lluvia o vertiente.
― ¿Y no
hay uno en Lisboa?
―No sé.
Hay una sinagoga.― se detuvo y se dio un palmazo en la frente ― ¡Violante,
basta! No es cuestión de un baño. Antes de meternos en esos berenjenales,
tenemos que estar seguros de que somos el uno para el otro. Si no, estaría
siendo injusto contigo y aprovechándome de…
Se
quedó buscando en una palabra que no llegó a pronunciar porque un duende
impulsivo salió de mi boca en la forma de un exabrupto.
―Todo
lo que dices son paparruchadas. Lo que pasa es que soy fea y no te gusto.
Se puso de pie, con cara de enojo. Pues que
pena, porque ya éramos dos los enfadados.
― Si supieras
la tamaña barbaridad que acabas de decir. Si por algo puse mi espada entre
ambos es porque me siento incapaz de no tocarte. Si sólo supieras lo mucho que
te deseo.
Cerré
los ojos esperando que me demostrase su deseo, pero esperé en vano. Cuando los abrí,
mi marido hurgaba en sus maletas.
―Si
quieres hacer un berrinche, estás en tu derecho. ― Sacó varias prendas que fue
tirando sobre la cama, seguidas por útiles de aseo―. Lo que es yo, voy a
bañarme.
―Yo también
quiero bañarme.
―Pues
conmigo no lo harás. Y yo tengo prioridad, porque en una hora vienen a buscarme
de la embajada.
Cargado
de chismes, se marchó dejándome con la boca abierta. Finalmente, me puse a
hurgar yo en mi maleta y a sacar mis enseres y una muda de ropa.
Davide
salió media hora más tarde, vestido con pantalones color beige y una camisa de
seda. Iba descalzo y con el cabello húmedo.
―Ahí
está el baño― me indicó la puerta.
Me
abalancé hacia el cuarto de lavado, cerrando la puerta y pasando el picaporte
tras de mí.
Noté
con satisfacción que mi marido era de hábitos ordenados. Las toallas no estaban
tiradas en un rincón, sino dobladas y en un banquito, y no vi salpicaduras de
agua el suelo. Incluso enjuagó la tina. Al menos, era considerado.
Encontré
toallas limpias y una pastilla de jabón de Marsella nueva. Había en todo del
lugar un fuerte aroma a colonia. Comencé
a llenar la tina de agua caliente. Me desnudé y me metí en ella. El contacto
con el agua tibia me quitó el mal humor. Me zambullí varias veces y me enjaboné entera hasta el cabello. Cuando
me enjuagaba, recordé lo del baño ritual. Al parecer no era para limpiarse sino
para purificarse. ¿Era yo impura entonces?
Tras
secarme, me envolví en la toalla y lavé mis medias y bragas con el mismo jabón.
Un hábito que me inculcaran en el convento. Me daba vergüenza colgar mis
prendas íntimas a secar, pero qué se le iba a hacer. No podía guardarlas
mojadas. Me puse lingerie nueva y
encima me coloque un vestido verde de lino.
Decidí dispensar de las medias. Hacía bastante calor.
Los
zapatos seguían en mi maleta. Así que
descalza volví al cuarto. Debía caminar muy quedito o Davide estaba demasiado
inmerso en lo que hacía, porque no notó mi presencia. Estaba vestido, hasta con
zapatos y corbata, pero la americana que era parte de su traje colgaba del
respaldo de una silla.
La del día
anterior estaba desplegada sobre la cama como una pieza de caza y justamente Davide
se ocupaba en destriparla con el escápelo. Noté que las vainitas de cuero
estaban vacías. ¿El resto de los cuchillos ya estarían en su nueva chaqueta?
¿Todos sus trajes traerían esos aparejos para su colección de puñales?
Davide
terminó de cortar el forro de seda del cual extrajo sobres, papeles y rollos de
filme tan finos que ni yo al palpar la prenda, los notara. De novela de Emilio
Salgari pasábamos ahora a Joseph Conrad.
― ¿Eres
espía?―Pregunté con voz helada.
Alzó la
cabeza sin sobresalto alguno.
―Soy
militar y entre nosotros no usamos esa palabra tan tosca. Le llamamos “inteligencia”. A todos los militares les interesa lo que
hacen los militares en otros países―.
― ¿Entonces
viniste a “inteligenciar”, a España?―pregunté en un tono que quería sonar
moralista.
―A
España y a Gibraltar.
No vi
ni una pizca de arrepentimiento o vergüenza en su rostro. Para él todo era muy normal.
Metió
los papeles y los rollos dentro del sobre que trajera desde Vila Martin. Sólo
quedaron sobre la cama un sobre doblado y un pequeño rollo. Mi esposo tomó otro
par de zapatos de su valija. Con un rápido movimiento, abrió el taco de uno,
dejando ver un compartimiento secreto en el que escondió el filme.
― ¿Qué
es eso?― pregunté.
Levantó
el sobre.
―Cosas
que hay que entregar en la mano de su destinatario. ¿Ves esta carta? La manda
un inglés muy importante y es para El Duce. Los ingleses son gente muy práctica
y no es bueno perder su amistad.
Metió
el sobre en el compartimiento del otro zapato y luego zambulló el par en su maleta.
―No
confías en mi para hacerme tu mujer, pero me revelas algo tan secreto― dije
estupefacta― ¿No temes que te delate?
― ¿A
quién? Además no lo harías.
―Qué
seguro estás.
―Es que
sería muy feo. Acusar a tu marido, a tu primo. Somos parientes. ¿Qué no hay
sentido de familia en España?
Su
lógica era extraordinariamente cínica aunque él sonaba muy sincero.
Miró su
reloj.
―Ya
habrán mandado el coche de la embajada.
Se dirigió
hacia la puerta.
― ¿Vas
a dejarme sola aquí? ¿No temes que revise tus cosas y me entere de más
secretos?
―Haz lo
que quieras― Me besó en la frente ―.Aunque mi consejo seria que te desayunaras
y arreglaras tu equipaje. En cuanto regrese, nos vamos a Oporto.
Se
marchó dejándome muy incómoda. No registré sus valijas. Si las dejaba abiertas
es que no había nada importante en ellas. En cuanto a la carta del inglés me
tenía sin cuidado. La política me era tediosa. Pero un pensamiento me calentaba
el cerebro. ¿Este viaje por Portugal era casual o Davide lo utilizó para cubrir
sus actividades de inteligencia?




Pero qué valiente es esta Violante, Male! Yo hubiese estado completamente aterrada, casada de un día para el otro con un perfecto desconocido, por más lobizón y primo que fuera, jeje! Tengo una pesadilla recurrente en la cual estoy casada con un hombre que no conozco... pero que la mayoría de las veces es muy buen mozo, jo. Ya que vamos a malgastar el inconsciente soñando tonterías, hay que hacerlo bien.
ResponderEliminarEn cuanto a Davide, madre mía, qué personaje. Me recuerda a una mezcla de montones de personas. En la erudición, en eso de ser una especie de enciclopedia andante de detalles históricos se parece al Santo... en lo de poner la espada en medio del lecho matrimonial... otra vez, mi madre... seguimos con la reminiscencia artúrica. Oye, que ese detalle me encantó... ;)
Interesante lo que dices, porque un lector acusó a Violante de ser “pasiva”. Por un lado esta su crianza independiente que la hace ser impulsiva, por otro es que es mi fantasía personal. A la edad de Violante yo estaba tan atrapada como ella y soñaba con que apareciera un Davide para rescatarme. Y apareció, pero ya estaba casado .
EliminarLo de la espada en la cama lo he encontrado hasta en Las Mil y una Noches. Me pregunto de donde habrá nacido.
Pasiva? Se me ocurre cualquier otro adjetivo antes que ese...! Me parece, más bien, que sabe cuándo dejarse orientar y cuándo le toca tomar la iniciativa a ella, algo que demuestra una gran madurez. A muchas nos lleva años descubrirlo, más ahora con todo el rollo de cierto feminismo "mal entendido" que sostiene que dejar que el hombre tome la iniciativa a veces, es lo mismo que ser sumisa... Yo a eso lo llamo inteligencia...
EliminarLo que hice fue ponerle buenos guías. Yo creo mucho en la influencia positiva de adultos que con sus enseñanzas y ejemplo pueden encaminar bien a un niño y hacer de el un buen adulto. El problema y lo sabes como docente, es que el salón de clases a veces no es muy optimo para permitirnos realmente educar a nadie.
EliminarAbsolutamente de acuerdo: no se puede hacer gran cosa cuando uno ve a un grupo de 35 jóvenes unas escasas tres o cuatro horas a la semana, con suerte...
EliminarCatuxa y don Andrés han sido excelentes maestros, cada uno a su manera... así también la hermana Julian...
Lo de Sister Julian puede parecer un poco sacrílego, pero cuando estaba escribiendo la novela vi un especial de TVE sobre monjas, y una de las entrevistadas, una señora ya de la tercera edad pero muy cuerda hablo de que el término “esposa de Cristo” era real que ella, tenía una relación conyugal con su divino esposo. Al comienzo yo me preguntaba “¿y qué fumó ésta?” pero escuchándola tan coherente, me convenció. Sera porque no soy cristiana y tengo una percepción respetuosa pero no de adoración de Jesús, no sé, pero me impresionó tanto que la incluí.
EliminarLas religiosas de la Edad Media sí que se lo tomaban de esa forma, no hay manera que se vea como sacrilegio, entonces... La fe es algo tan personal, tan particular... la religión organizada es otra cosa, pero la manera en que un individuo la siente, eso es harina de otro costal... ¿qué autoridad puede meterse en la relación entre una criatura y su Creador?
EliminarEs por eso que los místicos de todas las religiones tienen siempre una manera muy personal de enfocar la fe, y es por eso que las religiones organizadas siempre comienzan tildandolos de herejes.
EliminarMm, tengo curiosidad por saber hasta donde has leído y que te esta pareciendo el resto de la novela.