Las Siete Puertas de María Hebrea


(Registrado en la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, Santiago de Chile. Abril del 2010 # Registro 190084)

La Puerta de las Tempestades

“Esta primera puerta debe abrirla quien conozca de tempestades, las del tiempo y las del alma. Hija mía, si lees este libro es que eres de tierras de ventiscas, tormentas y vendavales. Tierras aisladas, donde en las noches de invierno sólo se oye la lluvia en el tejado y el aullido de los lobos en el bosque. No temas, que yo te enseñaré a domar el clima y a domar el corazón de los hombres.”

Maria Hebrea

miércoles, 11 de julio de 2012

10. Té con el Dr. Ascarelli


(foto de clanchyscake.com)




Por fin, el licántropo me soltó y pude respirar. No dijimos una palabra solo nos separamos casi tres centímetros, lo suficiente para yo poder alzar los ojos y verle. Nos miramos con sorpresa por unos minutos, parpadeando a intervalos, como si nos conociéramos, pero no supiéramos quienes éramos. Como quizás se miraron Adán y Eva al verse por primera vez en el Paraíso.
Nuestro interludio fue interrumpido por el taconeo nervioso de mi madrina que invadió el salón, se veía muy acalorada. Paró en seco al ver al extraño.
― ¡Ah! Ya os habéis conocido. ¿Qué te parece tu primo, Violante? De milagro nos hemos cruzado. Si no me hubiera pasado horas en la estación.
― Mi querida Duquesa ― mi primo le brindó a Doña Isabel una sonrisa que bien valía que ardiera Troya por ella ―. Nunca podré disculparme lo suficiente. En mi prisa, se me olvidó poner en el telegrama que venía por carretera.
― ¿Es que a quién se le habría ocurrido?― dijo mi madrina olvidando que nosotras viajáramos desde Madrid en su Daimler. ―. La gente viene a Málaga por tren, por caballo, por burro...bueno, ahora tenemos un aeropuerto.
Parecía empeñada en hacer un listado de vehículos, pero mi primo no la escuchaba. Noté que me observaba, pero ahora con ojos calculadores, muy diferentes a como me mirase antes.
― Querida prima. Al fin nos conocemos.
Tenía una voz profunda. Hablaba español perfectamente, incluso con zedas y modismos, pero con un poco de ese tintineo cantarín que adoptan los italianos cuando aprenden nuestra lengua.
― Fui a la cocina a ordenar que nos traigan el té ― interrumpió la Duquesa ―. Chica, has estado muy ocupada. Qué de cosas ricas que has hecho.
Bajé los ojos cohibida. A lo mejor al Dr. Ascarelli no le parecía que una condesa anduviera de fregona.
― Tu abuelo no ha podido venir ― la Duquesa lanzó una mirada de enfado a mi primo como si quisiera dejarle en claro que no era a él a quien esperábamos.
― Mi tío ha tenido que marcharse a Gibraltar ― explicó el Dr. Ascarelli ―. Ni se ha enterado de vuestra invitación.
― Vaya que fue parco su telegrama, Doctor ― le ladró mi madrina ―. Cuantas cosas se ha guardado.
Davide se rió enseñando una dentadura perfecta. Noté lo afilado de sus comillos y me maravillé de cómo Dios hace las cosas. Tenía un primo, el hombre más apuesto de la tierra y, para más remate, lobisomen.
― Pero, Doña Isabel, para eso se han hecho los telegramas, para decir solo lo justo y necesario. Pero heme aquí dispuesto a responder a todas vuestras preguntas.
Con eso nos dispusimos a tomar el té en la terraza junto a un licántropo. Me pregunté divertida que diría mi madrina si supiese de las costumbres lobunas de su invitado.
El Dr. Ascarelli se instaló en una silla demasiado pequeña para su envergadura física. La mayoría de los hombres altos sufren de piernas muy largas o de troncos muy extensos. No era ese el caso de mi primo. Davide tenía el cuerpo perfectamente dividido en partes iguales por lo que su torso y cabeza sobresalían de su respaldo y sus luengas piernas no encontraban sitio. Si las doblaba, las rodillas amenazaban con volar con mesa y todo; si las estiraba nos ponía en peligro de recibir un buen puntapié en las canillas. 
Pobrecillo, yo no me reía únicamente porque me ganaba la compasión por su incómoda postura que no le impidió tragar ni hablar. Y cómo tragaba y hablaba. Por suerte yo anduve preparando suficientes viandas para dos invitados, pero este Fierabrás comía por tres.
En lo breves intervalos en que tenía la boca vacía, nos informó que no llegó a ver a Delarah—me agradó notar que su voz no temblaba al decir su nombre—y que mi abuelo pasaría el fin de semana en Gibraltar.
― Mañana viernes, me reuniré con él. Ahí expondré tu caso, Violante ― Sonaba muy bonito mi nombre en su boca ―. Pero debéis darme todos los detalles para informarle apropiadamente.
Mientras el Dr. Ascarelli vaciaba una bandeja de bcadillos, le contamos mi historia, la que la Duquesa conocía, y la que yo quería contar. Había detalles que por muy primo y licántropo que fuera, Davide no debía saber.
― Todo esto es muy triste.― Se limpió la boca con una servilleta. ― Ciertamente, Violante no puede seguir bajo la tutela de su tía. Y Senyor Jajám, siendo su abuelo…
Nuestras miradas de sorpresa invitaron a Davide a informarnos que mi abuelo era conocido como “Senyor Jajám”, un titulo que se le daba a los rabinos y que Jajám en hebreo quería decir “sabio”. Mi abuelo, según mi primo, era rabino y muy sabio. La Duquesa se apresuró en explicarme que rabino era como un sacerdote judío.
― Aunque se casan y tienen hijos.
Le lanzó una mirada triunfante a Davide como si esperase un aplauso por saber tanto de los judíos. Era la primera vez que le miraba de frente. Hasta ese instante, andaba rehuyéndole la mirada al médico como temerosa de caer bajo su embrujo.
― Como los pastores protestantes ― dije.
― Algo así ― respondió Davide aceptando la taza de té que le brindaba su anfitriona. ― . El asunto es Violante, que no quiero que te hagas ilusiones. Tu abuelo es muy testarudo. Nunca perdonó a tu madre.
Sus palabras nos cayeron un chaparrón de agua helada. Mi madrina y yo nos miramos desoladas.
― No le culpéis ― dijo mi primo ―. Fue muy duro para él retornar de la guerra y encontrar que sus dos hijas habían huido del hogar. Una para cocinar y otra para cantar en la opera y luego fugarse con un cristiano.
Entonces sí tenía yo una tía cocinera.
― Y muy buena ― me contó Davide ―. Dass es la mejor cocinera de Austria y su restaurante es uno de los más selectos de Viena.
― ¿Está hablando de Dass, la dueña del restaurante del mismo nombre? ― preguntó mi madrina ―. Todo el mundo la conoce. Hasta yo he cenado con ella.
― Es la misma. Hadassah Alcalay.
― Qué familia tan extraordinaria y desperdigada por un mundo que, tal como dice el dicho, es un pañuelo ― Mortificaba a mi madrina el no haber conocido todos esos detalles ―. Dicen que es la mejor chef de Europa.
― Dass heredó el talento de su padre ― dijo Davide.
― ¿Mi abuelo cocina?― por primera vez oía algo sobre Senyor Jajám que nos unía.
― Es un magnifico cocinero y Dass no se le queda a la zaga. Justamente para Pesaj, es la Pascua judía, ― se detuvo a explicar ―, cocinaron juntos en Trieste, una cena que ha dado que hablar.
Sentí una extraña nostalgia por esa familia tan interesante que el desliz de mi madre y la tozudez de mi abuelo me privaran de conocer. Me imaginaba en esa cocina desconocida compartiendo el placer de guisar en compañía de mi gente.
― ¿Pero si perdonó a Dass por qué no perdonó a Susana?― preguntó la Duquesa.
Davide la miró como si le preguntara por qué los hombres orinaban de pie.
― Pero es que Dass nunca ha dejado de ser judía.
Naiciña...mi madre tampoco ―. Me sentía obligada a reivindicarla y conté de sus ayunos y hábitos alimenticios.
Davide me lanzó una mirada condescendiente.
― Eso solo implica que se sentía culpable, pero murió católica y fue enterrada como tal. Nadie la obligó. Tú en cambio, no tuviste opción, por lo tanto no hay en ti pecado. El judaísmo se hereda por el lado materno, por eso tú eres judía ya. Si quisieras ser de los nuestros no necesitarías someterte a ritual alguno.
Por primera vez caí en cuenta de que el Dr. Ascarelli era “el Otro”. No solo por su licantropía sino porque a pesar de su gallardía y los lazos de sangre que nos unían, era un extraño, un hombre de costumbres e ideas diferentes. Y me di cuenta con dolor que yo también era una extraña. Para él, yo no era “de los nuestros”.
A mi madrina esas consideraciones la tenían sin cuidado. Todo lo que le importaba es que yo seguía siendo un peso sobre su espalda.
― Todo esto es muy injusto― se lamentó ―. Si al menos Violante tuviese novio. Entonces la casábamos y Santo Remedio. Marido pesa más que tía y abuelo juntos.
Las aletas de la nariz de Davide se agitaron como ocurre con los animales cuando olfatean una presa. Ni corta ni perezosa, Doña Isabel le informó sobre las costumbres españolas respecto al matrimonio de una menor.
― Haberlo dicho antes ― exclamó mi primo ―. Yo me ofrezco a casarme con Violante y a sacarla de este atolladero.
Mi corazón se paralizó. Jamás en mis sueños me imaginara casada con un hombre tan, tan, tan... La lista de adjetivos que se merecía era infinita.
La Duquesa, en cambio, estaba petrificada de horror. Temí que llamase a los criados para que sacaran al atrevido a escobazos de su casa.
― Muy amable de su parte― dijo con los labios apretados por lo que las palabras salieron como escupidas por ametralladora ―. Pero no hay necesidad de molestarse tanto.
― Duquesa, no me malinterprete ― Mi primo alzó las manos como para defenderse ― Hablo de un matrimonio civil, estrictamente para emancipar a Violante. Sin ninguna obligación conyugal de su parte ni de la mía.
― ¡Qué bonito! ― dijo la Duquesa ― ¿Y después de esa boda, qué? Usted se marcha a Italia. ¿Y cómo queda la niña?
― ¿Pero Duquesa, qué no sabe que en España hay divorcio? Un matrimonio no consumado, tiene todas las posibilidades de ser anulado por sus tribunales.
Me lanzó una mirada que me puso roja hasta las orejas, y por primera vez en mi vida me imaginé desnuda en una cama bajo un hombre.
― Preferiría que hablase con su tío primero antes de echar manos a recursos tan...extremos ― dijo mi madrina.
― Tiene usted razón.
La sonrisa diplomática de Davide no me escondió la dureza de sus ojos. Mi lobo se sentía ofendido. Mi lobo era orgulloso. Se paró un poco bruscamente, pero tan poco que no se le pudo tildar de maleducado.
 ― Será mejor que me ponga en camino. Les agradezco la hospitalidad ― Se inclinó educadamente ante nosotros ―. Pero debemos apresurarnos en tomar decisiones, porque no estaré en España por mucho tiempo.
La Duquesa se levantó para escoltarle y yo me pegué a sus talones. No quería perderme un segundo de la presencia del Dr. Ascarelli. No acababa de irse y ya me dolía su ausencia.
Le acompañamos hasta su automóvil. Antes de subir, besó la mano de mi madrina y a mi me besó la mejilla. Privilegio de primos, pero la piel se me puso ya no de gallina sino de gallinero.
― Si esto no resulta, quiero que sepas que mi oferta siguen pie ― me dijo ― Pero habría que decidirse pronto. Solo tengo unos días más de permiso.
Apenas había partido, mi madrina se volvió hacía a mi enfurecida.
― ¿Pero has visto ese Hispano-Suiza? Es más grande que el de Alfonso. ¡Qué atrevido!
Al principio, creí que la ofendía que un judío poseyera un vehiculo más grande que los del derrocado Rey de España, pero sus siguientes palabras me explicaron que era la propuesta de Davide la que escandalizaba.
― ¡Qué faena tan poco fina se ha mandado! Enseguida nos ha clavado las banderillas. ¡Casarse contigo! ¿Qué diría tu padre?
― Poco podría decir ― le contesté muy cachonda ― .Puesto que él se casó con la prima de Davide.
― ¡Mira cómo se te pone el morro al decir “Davide”! ― Me plantó un pescozón en el brazo ― .Si no me chupo el dedo. Ya vi que te ha dejado tan chalada como a Delarah y te pasaste todo el rato haciéndole ojitos. ¿Qué les hace ese engendro a las hembras?
No le respondí. No iba a negar lo evidente, pero tampoco quería predisponer a mi madrina en mi contra. Guardé silencio y bajé la cabeza en actitud humilde. Pero para mis adentros me dije que si llegaba a casarme con Davide me las arreglaría para que él cumpliese con sus obligaciones conyugales.
Hispano Suiza 1934 (ft de supercars.net)

Davide salió de nuestras vidas, pero Delarah irrumpió en ellas como una Furia de mito griego. No perdonaba el plantón en Sevilla. Eso de quedar como boba esperando mientras Davide a su espalda venia a visitarnos, la enfurecía. La propuesta de matrimonio del Dr. Ascarelli la escandalizó.
Se encerró con mi madrina en su budoir, y desde mi cuarto oía sus gritos. Bueno, los de la turca quien estaba francamente histérica.
Entretanto, yo busqué mi arete por todos lados, pero ni en mi cuarto, ni en la cocina estaba. Tranquilicé a las criadas diciéndoles que era falso, sin valor y que no me importaba su pérdida. Lo que si me importaba eran la profecía de Delarah de que el amor llegaría a mi vida el día que perdiese una prenda muy querida.
 Cuando por fin la gritona se marchó, La Duquesa vino a verme a mi cuarto y me ordenó que empacase.
― Te vas al cortijo y te quedas ahí bien guardadita. Yo me encargaré de Ascarelli si es que vuelve.
Obedecí sin rechistar. No me convenía enemistarme con mi madrina, pero ya habría manera de encontrar a mi primo.
En el Daimler, rumbo al cortijo, La Duquesa me relató lo que Delarah le contase. Era todo un informe policíaco sobre el pasado del Dr. Ascarelli. De nuevo, mi madrina se olvidaba de que yo era joven y virgen, y soltaba unas cosas que ruborizarían a una meretriz.
― Ese hombre vive de las mujeres, pero escucha, lo peligroso es que las enamora y nada les hace. Solo las hipnotiza.
― ¿Acaso no le gustan las mujeres?― me hice la inocente.
― Quia, que eso no seria tan malo ― dijo Doña Isabel ― El Dr. Ascarelli, una vez al año al comenzar la primavera, viaja a ciudades recónditas y busca el burdel más preciado. Ahí se encierra con la ramera más curtida del lugar. ¡A veces hasta una semana!
Se detuvo asustada ante la sola idea.
―Y cuando se marcha, las pobres mujeres deben guardar cama.
― ¿Les pega?― pregunté alarmada.
― No hija ― bajó la voz para que no nos escuchara el chofer ―. Las agota, como a un caballo de carrera.
― ¿Y luego?― dije despectiva ―. Siempre oí que hasta los caballeros frecuentan lupanares, y que eso es bueno para las esposas. Que así las dejan en paz.
El estúpido informe de Delarah, no incluía lo más importante, la licantropía de mi primo. El resto de su confesión no me traía sorpresas. Reconocí por la descripción de sus hábitos, que Davide sufría de un ciclo anual de celo. También lo sufría Don Andrés, y de ahí sus visitas a burdeles citadinos. No era nada del otro mundo, o al menos del mundo mío de espíritus y lobisomens.
― Es que eso que les hace también se lo hizo a su mujer― remachó mi madrina.
Volví mi cara hacia ella. ¿Mi primo era casado?
― Se casó a los 17 años. ¿Te imaginas? Su pobre tío le halló en cama con una mujer. Al ser ella judía, les casó. Era mayor que Ascarelli, pero muy sana. Sin embargo, a los tres meses murió, ¡agotada!
― ¿La mató por su dinero?― pregunté con cierta guasa.
― No, chiquilla, si ella no era rica. Por eso no hallaron nada sospechoso. ¿Pero no te parece a ti raro que a una mujer joven y sin antecedentes cardiacos le de un patatús a los tres meses de casada? Atiende lo que te digo. La secó. Las chupa hasta el tuétano, como un vampiro.
Tuve que morderme los labios para no reírme. La cara de espanto de la Duquesa era impagable.
― Además va siempre armado― continuó.
― ¿Cómo no? Si es militar.
― Y tiene malas amistades.
― Si, como la Reina de Italia y Delarah Brand.
― Pero hija, que no es choteo.― Me cogió la barbilla con la mano ― .Es un hombre peligroso. Se ha batido en tres duelos y todos los ha ganado. Y dice Delarah que sabe manejar la navaja tan bien como un gitano cordobés.
― Y aun así Delarah bebe los vientos por él ― dije con voz seca ― Me parece que sus recomendaciones suenan a las de hembra desairada.
― Violante, que sólo buscamos protegerte.
― Tu quizás. Ella me ve como rival. Y yo solo quiero un marido que me libre de mi tía. El plan de él suena factible. Casarnos y descasarnos usando las leyes de esta España Roja.
― Es que me temo que él quiera más ― dijo Doña Isabel.
― ¿Qué le puedo ofrecer yo?
― Lo mismo que deseaba tu primo, tu título... Ese hombre es un trepador. Y un título de nobleza lo es todo en el mundo donde Ascarelli aspira moverse.
Me volteé hacia la ventana y me ensimisme en mis pensamientos.
Mi madrina me sobó el hombro.
― Perdona que sea tan dura hija. Pero las verdades hay que decirlas.
Curiosamente, sus palabras no me herían. En nuestro medio todos los matrimonios se hacían por conveniencia. A mi me convenía casarme con Davide porque así me libraba de mi tía y de una necesidad que naciera en mi al momento de conocer a mi primo. Era un fuego desconocido que me abrasaba las entrañas y que solo él podría apagar. Yo no tenía nada que ofrecerle, ni belleza ni fortuna. Si deseaba mi titulo, con gusto se lo regalaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario